An dabiltz eiztarie ta txakurrek

La Cacería Salvaje es un mito, asociado a la época oscura del año, que está presente en todo el folklore europeo. Tradicionalmente, se la representa como un desfile de espíritus desbocados, en desenfrenada persecución a través de los cielos o la tierra, o bien como una procesión de almas errantes que están obligadas a vagar por los bosques o los caminos durante las noches de otoño e invierno.  Esta compañía estaba formada, originalmente, por espíritus de la naturaleza que podían ser de ambos sexos o bien por almas de difuntos, lideradas por un Dios o una Diosa relacionado/a con la naturaleza salvaje, el inframundo o el destino. Posteriormente, el líder de esta procesión de espíritus pasó a ser un personaje importante (rey, noble, sacerdote…), un pecador, un diablo o una bruja, acompañado por almas condenadas, animales, demonios o brujas.

Normalmente, su presencia era percibida como una algarabía nocturna, ruidos atronadores, aullidos o quejidos lastimeros, sonido de instrumentos (cuerno, flauta, campanas…) o cánticos que se producían en un ambiente de tormenta y/o niebla. Quienes tenían la oportunidad de verla, describían cortes feéricas, guerreros caídos, cazadores negros, grupos de espectros, demonios, brujas, almas portando una vela, sombras, luces pálidas, fuegos verdes, etc En cualquier caso, quienes se cruzaban accidentalmente con esta hueste de espíritus intentaban por todos los medios ocultarse, huir o no interactuar directamente con ella, ya que hacerlo suponía unirse inevitablemente a ella. Además, esta aparición solía entenderse como un presagio calamidad, hambruna, plaga, muerte o guerra.

Esta leyenda hunde sus raíces en las prácticas extáticas de cofradías de cazadores y/o guerreros (Ulfhednar, Berserker, Heluri, Harii, Fianna, etc) y grupos, principalmente de mujeres, que rendían culto a diosas de la naturaleza, el destino y la muerte (Holda, Perchta, Hella, Hécate, Proserpina, Diana, etc). Luego, durante el medievo, ese éxtasis pasó a ser representado por el desdoblamiento o vuelo del espíritu, voluntario o involuntario, que posibilitaba que alguien se uniese a las cabalgatas nocturnas de espíritus, brujas y demonios.

Algunos autores plantean que la Caza Salvaje podría tener una inspiración astronómica en aquellas constelaciones que se observan durante el periodo invernal pero no pueden encontrarse con otras constelaciones que prevalecen durante el verano. Este sería el caso de Orión, Canis Major y Lepus que, representan, respectivamente, la figura del cazador, el perro y la liebre, elementos que están presentes en algunas versiones de la Cacería Salvaje, como las representaciones del mito que podemos encontrar en territorio vasco.

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Ehiztari Beltza (Cazador Negro) es la referencia más antigua que se conoce de la leyenda en el País Vasco. Tanto Barandiarán como Caro Baroja describen a este ser como un jinete errante, vestido con negros ropajes de caza, cabalgando veloz sobre su caballo y seguido por una jauría que persigue a una liebre. Los relatos populares explican que este hombre era un apasionado de la caza que fue condenado por Dios a acechar por toda la eternidad a una liebre, aspecto que había tomado el Diablo para tentarlo y hacerle abandonar la misa.

En la mayor parte de las narraciones, este cazador fantasmal aparece en las noches de tormenta, cuando el fuerte viento ulula de forma amenazante entre los árboles. Normalmente, su presencia no suele ser visible pero se percibe por la agitación del viento y el movimiento de la hojarasca, así como por el triste aullar de sus perros. No obstante, una mujer vinculada al caserío Tellerietexe, describió a principios del siglo pasado las sombras del cazador y de sus perros bajo la luz de la luna en una noche de invierno. Barandiarán llegó a sugerir que las fantasmagóricas sombras de estos sabuesos podían tratarse, en realidad, de almas.

Esta representación del mito es la que más se asemeja a sus homólogos franceses, ingleses, irlandeses y galeses: Le Chausser Maudit; Monsieur de la Fôret; Mau Piquer; Mesneé d’Hellequin; Herne the Hunter; Arawn; O´Donoghue; Dando’s dogs; Gabriel’s Hounds; etc Además, se cree que es la más antigua de todas las que se conocen en la Península. El propio Caro Baroja apuntó que el cazador maldito vasco estaba directamente emparentado con Herne y Wotan, entidades predecesoras que pudieron aportar sus matices a la recreación autóctona.

Mateo Txistu representa una versión más moderna del mito original. El personaje en el que se inspiró su leyenda, en este caso, fue la de un sacerdote que tenía a su cargo una pequeña parroquia y era muy aficionado a la caza. Los vecinos sabían cuando salía a cazar por los silbidos con los que llamaba a sus perros. Un día, estando en el bosque, se le presentó un distinguido caballero, que el cura reconoció como el Diablo. Como el Demonio no pudo engañarle, buscó una fórmula para vengarse. Un domingo, durante la misa, tomó la forma de una liebre blanca y los perros comenzaron a ladrar furiosamente. El sacerdote interrumpió la misa y salió tras la liebre sin poder regresar jamás. Comúnmente, su aparición es precedida por violentas y repentinas ráfagas de viento, silbidos que se confunden con el viento en las noches de tormenta, el sonido del txistu (flauta) o el aullido lejano de los perros. Esta figura es bien conocida en la zona de Tolosa, Ataun, Amezketa y el Goierri. En Zerain y Soraluze, en cambio, le dan el nombre de Juanito Txistulari y dicen que se trataba de un cura de Elosua. En Usurbil, sin embargo, lo conocen como Pristi Juan.

En Kortezubi se cuenta la anécdota de que Mateo Txistu fue, realmente, un sacerdote de Mallabia y que una noche fue visto tras su condena por una mujer que estaba horneando pan en su casa. Parece ser que, atraído por el olor del pan, le pidió un bollo, pero cuando la mujer fue a entregárselo, no pudo llegar a alcanzarlo por la presteza con la que pasó a su lado.

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Una tercera variante de la misma leyenda la encontramos en la historia de Martín Abade (S.XVII). Este relato está inspirado en la figura de un abad llamado Martín, arcipreste de Léniz. Se cuenta de él que era un hombre de buenos sentimientos, pero de carácter vehemente y bastante apegado a los placeres terrenales. Su mayor pasión era la caza y, en ocasiones, su afición interfería con sus deberes sagrados. Un día, mientras estaba celebrando la misa en la anteiglesia de Udala, escuchó el característico ladrido de sus perros que anunciaba que habían encontrado una presa y no pudo resistir la tentación de seguirlos, interrumpiendo el oficio justo cuando había empezado el santo sacrificio. Aquella noche hubo una gran tormenta y niebla, de la cual el Abad nunca salió.

Los aldeanos creen que su alma en pena mora por las rocas de Udala, los sombríos bosques que rodean la gruta de San Valerio, en Mondragón, la anteiglesia de Garagarza, los caseríos de Aramayona y los alrededores de Gelazibar. El escritor alavés Ladislao de Azcona recoge el testimonio de que las familias de estos territorios, cuando estaban acurrucadas en torno al hogar durante las noches tempestuosas de invierno y escuchaban que el viento producía siniestros y violentos rumores, exclamaban: Abadeko txakurrak! (Los perros del Abad).

Por último, existe otra versión que relaciona a este cazador con el Rey Salomón en Dohozti y Oiartzun, al cual denominan como Errege Xalamon o Salomon Apaiza. En dicha variante también se repite la afición por la caza del personaje, el pecado de abandonar la misa y salir detrás de una liebre.

En Aragón y Cataluña también encontramos derivaciones muy similares de la misma leyenda. En Aragón y, especialmente, en el Valle de Isábena y el Valle de Lierp, existen distintos relatos sobre el Barón de Espés. Este personaje está inspirado, probablemente, en el Conde Bernando de Ribagorza. En unas narraciones, se da entender que se trataba de un tirano, que esclavizaba a sus súbditos y que tenía una gran afición por la caza, haciendo apuestas con señores de otros castillos. En otras historias se narra que daba limosnas al Monasterio de Obarra para comprar su entrada al cielo y que allí conoció a una novicia, a la cual frecuentaba de tanto en tanto. En una versión se relata que las brujas del Turbón le prohibieron ir a Obarra, cosa que desobedeció, encontrando la muerte a manos de sus propios perros que fueron enloquecidos con encantamientos; en una segunda variante, se dice que lo mataron los duendes o demonios de la zona; en otra, se cuenta que una bruja le advirtió que no fuese a Obarra porque los monjes le estaban esperando para darle escarmiento, echándole finalmente a sus perros para que lo devorasen.

En el ámbito catalán, la leyenda más conocida es la del Conde Arnau, señor de Mataplana. Podemos encontrar distintas versiones de la historia que condenan sus correrías libertinas por los túneles naturales de la comarca del Ripollés, su pasión sacrílega por una monja, el abandono de la misa por acudir a una cacería, su intento de modificar el curso del río Llobregat, sus engaños y malos usos hacia sus vasallos y sus supuestas relaciones con las “encantadas” (hadas). Asimismo, se le atribuye haber realizado un pacto con el Diablo, motivo por el cual fue condenado a vagar con su jauría y las almas en pena.

Paralelamente, en la Isla de Mallorca, mora El Comte Mal, el espectro de un noble despiadado que, a causa de sus pecados y faltas, fue condenado a vagar eternamente montado en su caballo negro.

Según Fernando Sánchez-Dragó, la figura de este cazador maldito presente en distintos territorios, fue cristianizada durante la Alta Edad Media en la imagen de Santiago Matamoros, el santo de la Reconquista. Curiosamente, este santo también cabalga seguido por una jauría, en este caso, de perros blancos, dando caza a una horda de infieles sarracenos. Cabe señalar que este santo, patrón de la Ruta Jacobea, también estaría asociado a las estrellas, concretamente, a la Vía Láctea.

Como es bien conocido, el Camino de Santiago fue anteriormente una ruta de peregrinación pagana vinculada a la tradición del Ara Solis (El Ocaso o la Muerte del Sol), según la cual la barca del sol viaja por el océano para introducirse en el Erebo. Muchos viajeros se orientaban durante la noche siguiendo la posición de Sirio o “Estrella del Perro”, situada en la Canis Major. Esta constelación es la última de la Vía Láctea y está precedida por la Canis Minor, que es representada como uno de los perros que siguen a la constelación de Orión. Se cree que peregrinos y navegantes trazaban una línea imaginaria desde “El Collar de Perlas” o “Las Tres Marías” para ubicar a Sirio en el espacio celeste.

Estas relaciones dan que pensar si es posible conocer algunos de los misterios relacionados con la Caza Salvaje a través de los cielos, antes de continuar profundizando en los secretos y poderes que aún permanecen en los antiguos bosques.

 

 

La ilustración de portada se encuentra entre los fondos de la Enciclopedia Auñamendi. La segunda ilustración  fue extraída de un post en un foro: https://www.camoin.com/tarot-forum/le-mat-the-creature-t1291.html La última ilustración del artículo es obra de Akerbeltz (Devianart). http://akerbeltz.deviantart.com/art/Mateo-Txistu-103970860

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