An dabiltz eiztarie ta txakurrek

La Cacería Salvaje es un mito, asociado a la época oscura del año, que está presente en todo el folklore europeo. Tradicionalmente, se la representa como un desfile de espíritus desbocados, en desenfrenada persecución a través de los cielos o la tierra, o bien como una procesión de almas errantes que están obligadas a vagar por los bosques o los caminos durante las noches de otoño e invierno.  Esta compañía estaba formada, originalmente, por espíritus de la naturaleza que podían ser de ambos sexos o bien por almas de difuntos, lideradas por un Dios o una Diosa relacionado/a con la naturaleza salvaje, el inframundo o el destino. Posteriormente, el líder de esta procesión de espíritus pasó a ser un personaje importante (rey, noble, sacerdote…), un pecador, un diablo o una bruja, acompañado por almas condenadas, animales, demonios o brujas.

Normalmente, su presencia era percibida como una algarabía nocturna, ruidos atronadores, aullidos o quejidos lastimeros, sonido de instrumentos (cuerno, flauta, campanas…) o cánticos que se producían en un ambiente de tormenta y/o niebla. Quienes tenían la oportunidad de verla, describían cortes feéricas, guerreros caídos, cazadores negros, grupos de espectros, demonios, brujas, almas portando una vela, sombras, luces pálidas, fuegos verdes, etc En cualquier caso, quienes se cruzaban accidentalmente con esta hueste de espíritus intentaban por todos los medios ocultarse, huir o no interactuar directamente con ella, ya que hacerlo suponía unirse inevitablemente a ella. Además, esta aparición solía entenderse como un presagio calamidad, hambruna, plaga, muerte o guerra.

Esta leyenda hunde sus raíces en las prácticas extáticas de cofradías de cazadores y/o guerreros (Ulfhednar, Berserker, Heluri, Harii, Fianna, etc) y grupos, principalmente de mujeres, que rendían culto a diosas de la naturaleza, el destino y la muerte (Holda, Perchta, Hella, Hécate, Proserpina, Diana, etc). Luego, durante el medievo, ese éxtasis pasó a ser representado por el desdoblamiento o vuelo del espíritu, voluntario o involuntario, que posibilitaba que alguien se uniese a las cabalgatas nocturnas de espíritus, brujas y demonios.

Algunos autores plantean que la Caza Salvaje podría tener una inspiración astronómica en aquellas constelaciones que se observan durante el periodo invernal pero no pueden encontrarse con otras constelaciones que prevalecen durante el verano. Este sería el caso de Orión, Canis Major y Lepus que, representan, respectivamente, la figura del cazador, el perro y la liebre, elementos que están presentes en algunas versiones de la Cacería Salvaje, como las representaciones del mito que podemos encontrar en territorio vasco.

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Ehiztari Beltza (Cazador Negro) es la referencia más antigua que se conoce de la leyenda en el País Vasco. Tanto Barandiarán como Caro Baroja describen a este ser como un jinete errante, vestido con negros ropajes de caza, cabalgando veloz sobre su caballo y seguido por una jauría que persigue a una liebre. Los relatos populares explican que este hombre era un apasionado de la caza que fue condenado por Dios a acechar por toda la eternidad a una liebre, aspecto que había tomado el Diablo para tentarlo y hacerle abandonar la misa.

En la mayor parte de las narraciones, este cazador fantasmal aparece en las noches de tormenta, cuando el fuerte viento ulula de forma amenazante entre los árboles. Normalmente, su presencia no suele ser visible pero se percibe por la agitación del viento y el movimiento de la hojarasca, así como por el triste aullar de sus perros. No obstante, una mujer vinculada al caserío Tellerietexe, describió a principios del siglo pasado las sombras del cazador y de sus perros bajo la luz de la luna en una noche de invierno. Barandiarán llegó a sugerir que las fantasmagóricas sombras de estos sabuesos podían tratarse, en realidad, de almas.

Esta representación del mito es la que más se asemeja a sus homólogos franceses, ingleses, irlandeses y galeses: Le Chausser Maudit; Monsieur de la Fôret; Mau Piquer; Mesneé d’Hellequin; Herne the Hunter; Arawn; O´Donoghue; Dando’s dogs; Gabriel’s Hounds; etc Además, se cree que es la más antigua de todas las que se conocen en la Península. El propio Caro Baroja apuntó que el cazador maldito vasco estaba directamente emparentado con Herne y Wotan, entidades predecesoras que pudieron aportar sus matices a la recreación autóctona.

Mateo Txistu representa una versión más moderna del mito original. El personaje en el que se inspiró su leyenda, en este caso, fue la de un sacerdote que tenía a su cargo una pequeña parroquia y era muy aficionado a la caza. Los vecinos sabían cuando salía a cazar por los silbidos con los que llamaba a sus perros. Un día, estando en el bosque, se le presentó un distinguido caballero, que el cura reconoció como el Diablo. Como el Demonio no pudo engañarle, buscó una fórmula para vengarse. Un domingo, durante la misa, tomó la forma de una liebre blanca y los perros comenzaron a ladrar furiosamente. El sacerdote interrumpió la misa y salió tras la liebre sin poder regresar jamás. Comúnmente, su aparición es precedida por violentas y repentinas ráfagas de viento, silbidos que se confunden con el viento en las noches de tormenta, el sonido del txistu (flauta) o el aullido lejano de los perros. Esta figura es bien conocida en la zona de Tolosa, Ataun, Amezketa y el Goierri. En Zerain y Soraluze, en cambio, le dan el nombre de Juanito Txistulari y dicen que se trataba de un cura de Elosua. En Usurbil, sin embargo, lo conocen como Pristi Juan.

En Kortezubi se cuenta la anécdota de que Mateo Txistu fue, realmente, un sacerdote de Mallabia y que una noche fue visto tras su condena por una mujer que estaba horneando pan en su casa. Parece ser que, atraído por el olor del pan, le pidió un bollo, pero cuando la mujer fue a entregárselo, no pudo llegar a alcanzarlo por la presteza con la que pasó a su lado.

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Una tercera variante de la misma leyenda la encontramos en la historia de Martín Abade (S.XVII). Este relato está inspirado en la figura de un abad llamado Martín, arcipreste de Léniz. Se cuenta de él que era un hombre de buenos sentimientos, pero de carácter vehemente y bastante apegado a los placeres terrenales. Su mayor pasión era la caza y, en ocasiones, su afición interfería con sus deberes sagrados. Un día, mientras estaba celebrando la misa en la anteiglesia de Udala, escuchó el característico ladrido de sus perros que anunciaba que habían encontrado una presa y no pudo resistir la tentación de seguirlos, interrumpiendo el oficio justo cuando había empezado el santo sacrificio. Aquella noche hubo una gran tormenta y niebla, de la cual el Abad nunca salió.

Los aldeanos creen que su alma en pena mora por las rocas de Udala, los sombríos bosques que rodean la gruta de San Valerio, en Mondragón, la anteiglesia de Garagarza, los caseríos de Aramayona y los alrededores de Gelazibar. El escritor alavés Ladislao de Azcona recoge el testimonio de que las familias de estos territorios, cuando estaban acurrucadas en torno al hogar durante las noches tempestuosas de invierno y escuchaban que el viento producía siniestros y violentos rumores, exclamaban: Abadeko txakurrak! (Los perros del Abad).

Por último, existe otra versión que relaciona a este cazador con el Rey Salomón en Dohozti y Oiartzun, al cual denominan como Errege Xalamon o Salomon Apaiza. En dicha variante también se repite la afición por la caza del personaje, el pecado de abandonar la misa y salir detrás de una liebre.

En Aragón y Cataluña también encontramos derivaciones muy similares de la misma leyenda. En Aragón y, especialmente, en el Valle de Isábena y el Valle de Lierp, existen distintos relatos sobre el Barón de Espés. Este personaje está inspirado, probablemente, en el Conde Bernando de Ribagorza. En unas narraciones, se da entender que se trataba de un tirano, que esclavizaba a sus súbditos y que tenía una gran afición por la caza, haciendo apuestas con señores de otros castillos. En otras historias se narra que daba limosnas al Monasterio de Obarra para comprar su entrada al cielo y que allí conoció a una novicia, a la cual frecuentaba de tanto en tanto. En una versión se relata que las brujas del Turbón le prohibieron ir a Obarra, cosa que desobedeció, encontrando la muerte a manos de sus propios perros que fueron enloquecidos con encantamientos; en una segunda variante, se dice que lo mataron los duendes o demonios de la zona; en otra, se cuenta que una bruja le advirtió que no fuese a Obarra porque los monjes le estaban esperando para darle escarmiento, echándole finalmente a sus perros para que lo devorasen.

En el ámbito catalán, la leyenda más conocida es la del Conde Arnau, señor de Mataplana. Podemos encontrar distintas versiones de la historia que condenan sus correrías libertinas por los túneles naturales de la comarca del Ripollés, su pasión sacrílega por una monja, el abandono de la misa por acudir a una cacería, su intento de modificar el curso del río Llobregat, sus engaños y malos usos hacia sus vasallos y sus supuestas relaciones con las “encantadas” (hadas). Asimismo, se le atribuye haber realizado un pacto con el Diablo, motivo por el cual fue condenado a vagar con su jauría y las almas en pena.

Paralelamente, en la Isla de Mallorca, mora El Comte Mal, el espectro de un noble despiadado que, a causa de sus pecados y faltas, fue condenado a vagar eternamente montado en su caballo negro.

Según Fernando Sánchez-Dragó, la figura de este cazador maldito presente en distintos territorios, fue cristianizada durante la Alta Edad Media en la imagen de Santiago Matamoros, el santo de la Reconquista. Curiosamente, este santo también cabalga seguido por una jauría, en este caso, de perros blancos, dando caza a una horda de infieles sarracenos. Cabe señalar que este santo, patrón de la Ruta Jacobea, también estaría asociado a las estrellas, concretamente, a la Vía Láctea.

Como es bien conocido, el Camino de Santiago fue anteriormente una ruta de peregrinación pagana vinculada a la tradición del Ara Solis (El Ocaso o la Muerte del Sol), según la cual la barca del sol viaja por el océano para introducirse en el Erebo. Muchos viajeros se orientaban durante la noche siguiendo la posición de Sirio o “Estrella del Perro”, situada en la Canis Major. Esta constelación es la última de la Vía Láctea y está precedida por la Canis Minor, que es representada como uno de los perros que siguen a la constelación de Orión. Se cree que peregrinos y navegantes trazaban una línea imaginaria desde “El Collar de Perlas” o “Las Tres Marías” para ubicar a Sirio en el espacio celeste.

Estas relaciones dan que pensar si es posible conocer algunos de los misterios relacionados con la Caza Salvaje a través de los cielos, antes de continuar profundizando en los secretos y poderes que aún permanecen en los antiguos bosques.

 

 

La ilustración de portada se encuentra entre los fondos de la Enciclopedia Auñamendi. La segunda ilustración  fue extraída de un post en un foro: https://www.camoin.com/tarot-forum/le-mat-the-creature-t1291.html La última ilustración del artículo es obra de Akerbeltz (Devianart). http://akerbeltz.deviantart.com/art/Mateo-Txistu-103970860

Hil artean, bizi

Dada la importancia de la muerte en la cultura vasca, unas de las criaturas más temidas durante la época oscura del año eran las apariciones de difuntos o antepasados (hildakoen agerkundak). Entre el pueblo vasco era bien sabido que la muerte suponía una transición que no era inmediata y por eso se llevaban a cabo una serie de ritos para facilitar la transmigración y evitar que las almas quedasen atrapadas, vagando por los “caminos de muertos” (Hilbide, Difunten Bidea, Andabidea, Elizbide…). Además de las ceremonias habituales, ya descritas anteriormente, se evitaba hablar mal de los muertos e incluso se proscribía mencionarlos, a excepción de mentarlos para dirigirles oraciones u ofrendas con el fin de favorecer su tránsito. Otra práctica habitual era renovar el fuego del hogar, encendiendo de nuevo la chimenea tras el entierro, ya que el fuego era una representación de la vitalidad y existía una conexión muy clara entre éste, la casa y la sepultura. Con este ritual lo que se pretendía era “romper” simbólicamente el “cordón umbilical” entre la Etxea y el Elizbide para que el muerto no se sintiera apegado a su morada terrenal. En algunas localidades del norte de Euskal Herria, se mantenía la costumbre de reunir al cortejo fúnebre tras el entierro y los vecinos del finado encendían una hoguera delante de la puerta de la casa del difunto, formando los asistentes un círculo alrededor de ésta y rezando una oración sin la presencia del sacerdote.

No obstante, era frecuente que el difunto se apareciese o manifestase poco después de la muerte, mostrándose en su aspecto mortal, como una luz, una sombra, en el interior de los espejos o en forma de ruidos (crujir de las tablas del suelo o de los muebles, movimiento de hojas, arrastre de cadenas…). También era común que se quedase por un tiempo en el aposento donde falleció, o debajo del alero de la casa (por eso las Seroras iban al zaguán a rezar después del entierro). A veces también adoptaba la forma de un pájaro canoro y se posaba en los árboles cercanos a la casa o descansaba en el alfeizar de la ventana. Una forma de que no volviera a aparecerse era preguntarle qué quería y, tras cumplir su último deseo, voluntad o tarea pendiente, dejaba de manifestarse.

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Quienes no tenían la fortuna de recibir estas atenciones por parte de sus parientes, se convertían en almas errantes (arimaerratu) y estaban condenadas a vagar por los caminos (andabideak), las encrucijadas o entre las zarzas. Normalmente se presentaban ante los vivos en forma de luz pálida (imbuidas de luz lunar); como alma luminosa portando la ropa con la que fueron enterrados y, a veces, una candela (argia); como sombras sin dueño (gerixetia); como un espectro con la figura que el difunto tenía en vida (izugarri); como una ráfaga de viento; o como un olor a aceite quemado en las orillas de los ríos o en las vaguadas. Estos encuentros ocurrían entre el Toque de Ánimas (anochecer) y el Toque del Alba (amanecer). Los aparecidos solían buscar la cooperación de los mortales para que les ofreciesen luz, alguna ofrenda o una oración (aliviando así su sufrimiento), o bien que realizasen una buena obra o acabasen asuntos pendientes por ellos, de modo que así pudiesen liberarse de su pena. Los vivos, a menudo, también pedían algún favor a las ánimas a cambio de su ayuda.

En Errenteria o Gernika, por ejemplo, si se sabía que un difunto tenía pendiente alguna promesa que cumplir, se iba al convento de las monjas y se le pedía a una de ellas que, ante el altar de la Virgen, rezase un rosario. A continuación, se daba una limosna y se encargaban varias misas por el fallecido. En Busturia, se describen encuentros en los que las almas errantes no aceptan rosarios y solicitan que se les enciendan velas en el altar o candelas frente a la imagen de la Virgen. En cambio, en Bermeo, se creía que una forma de liberar a las ánimas era acompañarlas en peregrinación a un lugar sagrado, como la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Esta creencia se fundamenta en la idea de que una de las tareas que realizan las almas errantes era cumplir con la asistencia a aquellas procesiones a las que no hubiese acudido en vida, cantando o rezando con una o dos velas en la mano.

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Algunas de las precauciones que tomaban los aldeanos si deambulaban de noche eran:

  • Nunca se debían dar tres vueltas a la casa después del Toque de las Ánimas.
  • No caminar por las aceras, ya que se creía que los difuntos transitaban por ellas y nunca lo hacían por el centro de los caminos.
  • No decir “gabon” (buenas noches) a los desconocidos, especialmente si se tenía la sospecha de que pudiese ser un “arimaerratia”.
  • Si el difunto establecía contacto, había que averiguar si venía con buenas o malas intenciones con fórmulas como “parte onekoa edo parte txarrekoa zara?” (¿Eres de buena o mala parte?) o “parte onekoa bazara, zer gura dozun esaizu; parte txarrekoa bazara, zoaz nigandik zazpi estatuan” (Si eres de buena parte, dime lo que deseas; si eres de mala parte, visítame en siete estados).
  • Nunca hay que tocar a un alma errante porque está impregnada del fuego del “purgatorio”, teniendo que poner un pañuelo entre medio para saludarle o recibir algo del difunto.
  • Siempre que un vivo y un muerto viajasen juntos, el difunto debía ir siempre delante y el mortal detrás, ya que si se hacía a la inversa, el vivo acabaría cargando con el alma del difunto sobre sus espaldas.

Una manera de ahuyentar a los condenados era mostrando alguna cruz, medalla, escapulario o imagen sagrada y rezando “Angelus domine nuciavi marie…”, tres Avemarías, una oración “por las almas del purgatorio” y un Padrenuestro. Si el difunto seguía apareciéndose se le preguntaba: “¿Qué ofrenda me traes?” Entonces el espíritu debía contar su pecado, aquello que tenía pendiente o que no le permitía descansar. Una vez que esa tarea se completaba y el cura tocaba las campanas, quedaba liberado de toda culpa o carga.

Si el difunto merodeaba por los alrededores de la casa o llegaba a entrar en ella, se podía quemar una mezcla de artemisa (“zinta-belar”), manzanilla amarga (“andragiñe”), romero (“erromero”) y hierba de San Juan (“asiki-belar”) bendecidas el día de la Candelaria, o bien las hierbas bendecidas en la Noche de San Juan.

En caso de que el difunto se manifestase en sueños, oprimiendo el pecho del durmiente para extraerle parte de su fuerza vital, era costumbre arraigada en algunas localidades peregrinar a una iglesia o ermita dedicada a San Miguel, confesarse, comulgar y ofrecer una misa por el alma del condenado.

La extendida creencia en las “arimaerratu” dio pie a que se realizasen prácticas espiritistas, habitualmente durante la Noche de Difuntos. Éstas se hicieron especialmente populares durante la segunda mitad de la década de los años veinte. Las reuniones se organizaban en torno a una mesa de tres patas (Iru kaderako maijje) y el alma se comunicaba por el ruido de los golpes que hacían las patas. Pronto dichas prácticas fueron perseguidas por la Iglesia, la cual llevó a cabo duras campañas contra cualquier acto que implicase establecer contacto con los difuntos.

 

Sortzen denak hiltzea zor

La personificación de la muerte entre los vascos recibe el nombre de Erio, Herio, Herio Anderea (“Señora Muerte”) o Heriotza en los dialectos orientales y Balbe o Balbea en los dialectos occidentales. En el folklore popular se le/la representa como un esqueleto que puede llevar o no un sudario y que sujeta una guadaña y/o un reloj de arena. Este genio se coloca en la cabecera de la cama en el caso de que la persona agonizante por enfermedad natural o afectada por “begizko” (mal de ojo), “birao” (maldición) o intervención de criaturas mágicas  vaya a morir, separando su alma de su cuerpo y encargándose del destino de su espíritu en función de la calidad moral del difunto.

Algunos de los presagios de muerte más conocidos son:

  • El aullido lastimero de un perro (“intziri tristea”) o la aparición espectral de un perro negro (al estilo del Cancerbero greco-romano)
  • Un gallo cantando a medianoche o a deshora (los aldeanos, para ahuyentar a Herio echaban tres puñados de sal al fuego e incluso llegaban a matar al gallo)
  • Una gallina que canta como un gallo (en otras versiones, Balbe aparece como un gallo desplumado)
  • El graznido reiterado de córvidos, cuervos volando en círculos alrededor del caserío o una pareja de cuervos volando bajo
  • El ulular repetido e inquieto de búhos o lechuzas
  • El crujido de las tablas del suelo, de las paredes o de los muebles
  • El eco prologado de una campana (“agoniko kanpaia”)
  • Que se apagase la lumbre del hogar o la llama de las velas de golpe
  • Romper un espejo
  • Derramar aceite en el suelo
  • Parir en Viernes Santo
  • Reunirse 13 personas bajo un mismo techo
  • Un gran aluvión para las almas piadosas y una tempestad para los condenados

En el momento del fallecimiento, lo primero que se hace es cerrar los ojos del difunto para que la muerte no se proyecte sobre otro ser humano. Seguidamente, se abre la ventana de la habitación del muerto y la puerta del caserío o se quita una de las tejas de la casa para que su alma no quede atrapada en el interior del domicilio. Después, se cubren los espejos, los retratos y el escudo familiar con paños negros (“hilmihisiak”). En algunos hogares, incluso se paraban los relojes. Normalmente, una anciana de la Etxea (preferiblemente soltera o viuda) solía ser la encargada de lavar, vestir y amortajar al difunto (“beztiu”) con un sudario bordado. En tiempos medievales, a los hombres se les ataviaba con sus ropajes guerreros y sus armas, mientras que a las mujeres se las acompañaba de su hueca y huso (o huso e hilo). En tiempos más modernos, se les vestía con las ropas de boda o el traje de los domingos. A los niños, siempre se les envolvía con ropajes blancos, como angelitos. Por su parte, la Etxekoandre tenía que preparar sobre la mesilla o tocador una suerte de altar mortuorio con una tela blanca de hilo bordado (con una cruz o lauburus), un vaso de agua bendita o agua de manantial, una lamparilla de aceite encendida y una ramita de laurel bendecida en el Domingo de Ramos. Luego, la Etxekoandre se ponía a rezar a la luz de las velas con la Andereserora (o Serora), otra mujer anciana o una vecina especialista en estos menesteres (“erresadoriek”), con el fin de que el alma encontrase el camino (cruzase el velo sin perderse y pudiese regresar a las raíces del árbol o a la caverna). Otros ritos habituales eran las purificaciones. La muerte se asociaba a la impureza y se creía que era contagiosa, por lo cual la casa o algunos objetos debían ser “limpiados”. En Orozko, por ejemplo, se quemaba el colchón del difunto en una encrucijada, mientras que en Sara se quemaba un manojo de paja en representación de ello, al tiempo que se asperjaba con agua bendita y se rezaban algunas oraciones. En Kortezubi y otros pueblos, se quemaba alcohol con azúcar y una mezcla de ciertas hierbas para purificar la casa y los establos.

Mientras tanto, se enviaba a los jóvenes a anunciar la partida de esa persona de este mundo. Estos jóvenes, conocidos como “mandatariak”, se ocupaban de comunicar el fallecimiento al sacerdote, al sacristán, al notario, a otros familiares y vecinos/as. Cuando el sacristán recibía el aviso, tenía que “tocar a muerto” (hil-kanpaia”) para dar a conocer a los habitantes del lugar lo acontecido. En pueblos como Elorrio, se tocaban siete veces si era un hombre, mientras que se daban seis campanadas si era una mujer. En Zeanuri, en cambio, eran tres campanadas para el hombre y dos para la mujer. Si la persona fallecida era un hombre de cierto rango, las campanadas eran más abundantes y más largas. Para los/as niños/as, se usaba un repiqueteo particular o una campana más pequeña con un timbre más agudo y vivaz (“aingeru-kanpaia”). No obstante, estaba prohibido tocar la campana desde el ocaso hasta que amaneciese, teniendo que esperar hasta la mañana siguiente si el acontecimiento se producía en esa franja.

Según nos cuenta Barandiarán, el aviso de la partida del difunto no se daba únicamente a los seres humanos, sino también a los animales y otros seres de la Etxea. Los primeros animales a los que se comunicaba la noticia tapando el panal con un paño negro o anudando una cinta negra, eran las abejas, pues ellas se ocupaban de producir la cera de las velas. Para exhortarlas a la fabricación de cera se usaban fórmulas como “Argitzarie eitzatzue, berei argitzeko” (Ziga) o “Erletxuak, erletxuak, egui zute argizaria. Nagusia hil da, ta bear da elizan argia” (Bera). También se anunciaban los fallecimientos a las vacas, obligándoles a levantarse si estaban echadas y se hacía lo propio con las gallinas u ocas, haciéndolas correr y aletear mientras se comunicaba el acontecimiento.

En el momento en que el sacerdote se presentaba en la casa para darle la extremaunción al muerto, la Etxekoandre le destapaba los pies y se los frotaba con agua bendita y laurel. El sacerdote, por su parte, traía las bulas, si se habían requerido, depositándolas también a los pies del lecho mortuorio. Asimismo, era común colocar crucifijos, rosarios y escapularios sobre el muerto, así como introducir monedas u objetos de valor en los bolsillos. En algunos pueblos (Zumaia, Ituren, Amezketa…) se conserva la antiquísima costumbre de atar las manos y los pies de los difuntos con una cinta negra, la cual está asociada al miedo a los aparecidos y a la precaución de restarles movilidad por si volvían del Otro Mundo. Después, se hacía el velatorio (“gaubela”, “beigiria”), al cual acudían familiares y vecinos para rezar un rosario con sus 15 misterios. En algunos lugares, se rezaba un rosario al atardecer para iniciar el acto y otro al amanecer para cerrar el velatorio. Posteriormente, se pasó a rezar un único rosario durante el funeral o después de este en la iglesia. También era costumbre que una mujer de buena voz y gran memoria, normalmente la misma a la que se llamaba para rezar por el difunto, dirigiese las oraciones por el alma del fallecido durante todo el velatorio. Entre rato y rato de oración, era común contar anécdotas de la vida del muerto mientras se compartía un refrigerio que consistía en un poco de queso y vino o galletas y aguardiante (karidadea).

Igualmente, era costumbre que durante los primeros días de duelo, otros parientes o los/as vecinos/as se encargasen de las labores domésticas: la Etxekoandre permanecía al cuidado de la cocina y la lumbre, el resto de mujeres limpiaban y lavaban y los hombres asumían el cuidado de los campos y el ganado. Esto no era considerado un mero gesto de solidaridad o cortesía, sino que se entendía como un deber sagrado.

Llegado el momento de trasladar el cuerpo a la iglesia (“progua”), se colocaba el cadáver en una caja de madera atada sobre una escalera o en andas con una suerte de hombreras de paño bordado. Los caminos o vías a través de las cuales se transportaba el cuerpo y viajaba el cortejo fúnebre recibían las siguientes denominaciones: “Andabidea”, “Gorputz bidea”, “Guruzte bidea”, “Hilbidea”, “Auzoteguiko bidea”, “Difunten bidea”, “Erri-bidea”, “Aingeru bidea”, “Camino del cadáver”, “Camino de la Anteiglesia”, etc  Estos caminos conectaban la Etxea con el cementerio y eran consideradas vías sagradas (al estilo de los “iter ad sepulchrum” romanos), por lo cual estaba prohibido construir casas cerca de ellos, acortar términos en las tierras contiguas o cambiar el itinerario por otro que fuese más corto o más cómodo. Si por algún motivo extraordinario se variaba la ruta, el nuevo camino era usado desde entonces en adelante.

De acuerdo con Aguirre, la organización del cortejo fúnebre (segizioa) variaba según localidades. Por ejemplo, en Amezketa, se colocaba delante la cruz parroquial portada por el sacristán, luego el féretro sostenido por jóvenes que habitaban en las casas más cercanas a la familia afectada, después una mujer soltera de la familia llevando las ofrendas (un cestillo cubierto de un paño negro con dos panes, un cerillo con un lazo negro, dos argizaiolak y una cruz de plata; si el difunto era rico, se añadía carne de carnero, oveja o buey). Tras ellos marchaba el sacerdote con o sin monaguillos. Tres pasos más atrás, los hombres encabezados por los parientes o allegados y, finalmente, las mujeres. Barandiarán, en cambio, relata que primero van los sacerdotes con o sin los niños cantores, luego los mozos  llevando al difunto, después los hombres con los familiares o vecinos encabezados por el alcalde y, por último, las mujeres. En algunos lugares de Guipúzcoa, “rescataban” un carnero o un buey que adornaban con un manto negro, borlas en el pescuezo y un pan de cuatro libras en cada cuerno. Dicho animal, conocido como “carnero de muerto” (azurrobia), presidía el cortejo fúnebre y a veces incluso se le permitía estar dentro de la iglesia durante el funeral. Por otro lado, el cortejo se solía cerrar con plañideras pagadas que, en Vizcaya, eran conocidas como “erostariak”, mientras que en la Baja Navarra se las denominaba “nigar-egileak”. Las plañideras clásicas se limitaban a llorar y a lamentarse, pero existía otro tipo de plañideras que conocían letanías concretas para acompañar al alma del difunto llamadas “iletak”.

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En recorridos largos se solía parar el algún “baserri” cercano a la ruta y se colocaba una mesa exterior cubierta de un paño negro para depositar el cuerpo. Al acercarse a la iglesia, se detenía la comitiva de nuevo para cambiar de calzado y acicalarse antes de entrar al templo. Durante el oficio, el ataúd permanecía en un atrio o se dejaba en una ermita cercana. Cuando transportaban al difunto al lugar de entierro tras la misa, los vecinos solían arrodillarse y descubrirse. Si la casa se encontraba en el casco antiguo de la villa, tanto parientes como vecinos salían con sus hachas en la mano.

Barandiarán describe una jerarquización de los ritos funerarios, clasificándolos de “primerísima” categoría, de “primera”, de “segunda” y de “tercera”, según el estrato social al que pertenecía el difunto y la pompa con la que se revestía el acto. Aguirre distingue cinco tipos de funerales y detalla cada uno de ellos:

  • Funeral sencillo o de caridad: las campanas tocaban para anunciar la muerte y el luto. Durante el oficio, se ponía una tela negra en el suelo, al igual que en la ceremonia de recuerdo en el aniversario.
  • Funeral de tercera: incluía tañido de campana, misa de réquiem, sacerdotes vestidos de raso negro y cantos gregorianos acompañados con el órgano. El aniversario se celebraba de igual manera.
  • Funeral de segunda: se componía por toque de campana, misa de réquiem y cantos gregorianos acompañados de órgano. La iglesia se adornaba con cruces y ciriales normales, se prendía un incensario y se quemaba hisopo. Los oficiantes vestían terno de damasco negro y el difunto era colocado en un túmulo de madera tallada en la nave central.
  • Funeral de primera: se daba un toque solemne de agonía con una gran campana. Los altares laterales y los muros del presbiterio de la iglesia se cubren con ternos de terciopelo negro. A los lados del altar mayor, se colocaban cruces y ciriales de metal plateado. En el altar principal, se colocaba una estola, se ponía incienso e hisopo. El muerto era colocado en un túmulo de madera ricamente labrada, custodiado por cuatro hachones encendidos y candelabros. Se iluminaba también el cuerpo central del retablo y se encendía la lámpara de araña. Durante el oficio, se rezaba la Misa de Réquiem de Perossi y se contrataba un coro de hombres acompañado por un órgano. También se hacía otra misa durante el canto de los rezos nocturnos. La celebración de aniversario se hacía como un funeral de segunda.
  • Funeral de primerísima: se tañía una campana grande en agonía y se rezaba misa de réquiem de Perossi con todos sus elementos. Los muros del presbiterio se adornaban con terciopelo negro y la cubierta del púlpito se cubría con la misma tela, pero bordada en plata y oro. Los sacerdotes vestían ternos de terciopelo negro, bordados de la misma manera. La iluminación del templo era completa, se incluían elementos auxiliares eran todos de plata y a veces se quemaba mirra. El difunto era colocado en un túmulo de la mejor calidad. Si se trataba de un cargo eclesiástico, se ponía un cáliz encima. El aniversario seguía las pautas de un funeral de segunda.

En Lekeitio, los entierros recibían también varias categorías:

  • Zortzikoa (“de a ocho”): a él acudían cuatro Seroras portando las ofrendas y dos velas cada una.
  • Laukoa (“de a cuatro”): contaban con dos Seroras que llevaban las ofrendas y dos velas cada una.
  • Batekoa (“de a una”): solo asistía una Serora con las ofrendas más humildes y una única argizaiola (vela tradicional).

En cuanto al lugar de inhumanación, ha cambiado a lo largo del tiempo. Originalmente, se enterraba a los difuntos adultos en los terrenos de la propia Etxea y a los niños, bien bajo el alero o bajo las raíces del árbol familiar. En los primeros tiempos del cristianismo, se enterraba a los fieles en la parte anterior de las iglesias, extramuros (“zumitauie”), a no ser que perteneciese a la realeza, la nobleza, el obispado u ostentase un cargo importante. Allí normalmente se colocaba una estela discoidal, especialmente en Navarra. Posteriormente, se introdujo la costumbre de enterrar a los difuntos dentro de la iglesia y para ello se parceló el suelo a fin de dar espacio a todas las familias de la localidad. Cada Etxea, por tanto, tenía asignada una parcela o “jarleku”, un espacio para enterrar y honrar a sus muertos. Sobre este “jarleku” se colocaba la Etxekoandre en los aniversarios, misas en favor del difunto o en días señalados como el Día de Todos los Santos (“Animen eguna”) con una o dos argizaiolak. Finalmente, se ha pasado a enterrar a los difuntos en los cementerios más alejados de la iglesia principal. Durante el entierro, cada uno de los asistentes echaba un puñado de tierra sobre la tumba. En algunos lugares, solían besar la tierra antes de ponerla sobre el féretro.

Tras el entierro, se reunían todos/as los participantes en la casa y se celebraban las “comidas de funeral” o “banquetes funerarios” (okasiñuak). Normalmente, se solían hacer dos comidas, una cuando se iniciaba el luto (argia) y otra tras la celebración del entierro (ogistia).  No obstante, en lugares como Lazkao,  se hacían hasta tres convites y, por ello, los banquetes funerarios recibían el nombre de “entierroko-boda” por su abundancia y el buen ambiente de convivencia que reinaba.

El cuidado del difunto, no obstante, no acababa tras el entierro, pues los vascos mantenían una creencia dualista o sincrética según la cual el fallecido/a, independientemente de que fuera al cielo, al infierno o junto a Mari, tenía otro tipo de vida “post mortem” que debía nutrirse simbólicamente. El alma, aún separada del cuerpo, seguía poseyendo algún resquicio de sustancia material, equiparable al aire, al aliento, a un soplo o una tenue luz pálida. El espíritu del muerto requería que se le iluminase, se le alimentase y se le cuidase de manera personalizada, especialmente durante los primeros meses tras la defunción, ya que se temía que pudiera convertirse en un alma errante o en pena (arimaerratia).

La forma tradicional de iluminar al muerto era con una argizaiola (“tabla de cera”) o una lamparilla de aceite. La argizaiola o cerillo de difuntos es una talla de madera con aspecto antropomorfo que representa el cuerpo del muerto y tiene enrollada una larga tira de cera virgen alrededor. Habitualmente, las argizaiolak se fabricaban en madera de haya o roble (árboles sagrados) e incluyen representaciones de plantas o flores, símbolos solares (lauburus y otro tipo de ruedas solares), símbolos lunares, estrellas, estelas discoidales, cruces o figuras de ángeles. La función de esta argizaiola era transmitir el fuego del hogar a los difuntos dentro del culto doméstico o llevar la llama de la chimenea hasta la iglesia, donde permanecía encendida durante toda la misa.

sepulcros

También era común colocar paños o manteles bordados a mano sobre la tumba o en un altar dedicado a los difuntos, sobre los cuales se depositaban las ofrendas (olatak). Si el funeral o el muerto era de primera categoría, se le ofrecía una pierna cordero o carnero; si el difunto era de segunda en la escala social, se le ofrendaba bacalao; si el fallecido era humilde, se le entregaban tortas u obladas (“oladak”) y huevos. No obstante, se podían añadir otros alimentos (queso, tocino, gallina, frutas, castañas, dulces…) o bebida (vino, pacharán, licor…) que fueran del gusto del muerto. A las mujeres incluso se les puede ofrendar sus flores o sus canciones favoritas. Normalmente estas ofrendas se renuevan cada luna nueva y, muy especialmente, el Día de Difuntos, que es cuando el velo entre los mundos es más fino.

Otro aspecto a considerar en el culto a los antepasados es que no se rompen fácilmente los compromisos que estos tienen con los vivos. Es más, en algunos casos, parte de los difuntos de la familia pasan a convertirse en guardianes o protectores de la Etxea. Estos antepasados custodios reciben el nombre de Etxekojaunak y era frecuente que los descendientes e incluso los siervos fueran a pedir consejo a los cabezas de familia (mujeres u hombres) con la siguiente fórmula: “Hau edo horren egiteko zure argitasuna nahi nuke” (Quisiera vuestro aviso/consejo para hacer esto o lo otro).

Otra figura a destacar en los ritos funerarios y el culto a los muertos es la Andereserora, Serora, Bendita o Beata, la expresión histórica del sacerdocio femenino público en Euskal Herria. Inicialmente, las seroras podían ser doncellas que no se hubieran casado nunca o mujeres solteras o viudas a partir de los cuarenta años, todas ellas piadosas, honestas, muy honradas y de una reputación intachable. Posteriormente, se descartó a las mozas jóvenes por la tentación que suponía para los varones y también porque ellas pudieran enamorarse y llegaran a casarse, abandonando sus quehaceres. Básicamente, una mujer que entraba a servir como Serora era considera como una monja, pues simbólicamente se casaba con la iglesia y la comunidad a la que servía en una ceremonia pública, entregando su dote. No obstante, a diferencia de una monja cristiana, ostentaba cierto poder que, desgraciadamente fue menguando hasta que finalmente éste fue arrebatado por las autoridades.

La primera mención que se realiza sobre las seroras es el 4 de abril de 1302 en un documento escrito por el obispo de Bayona, en el cual se hace referencia a que estas Benditas o Benitas recibían un sueldo anual y se ocupaban de comprar cirios y otras cosas para las misas, así como de asistir a los funerales o misas de aniversario. Gabriel de Henao las compara a las Diaconisas de primer siglo de la Iglesia, pues al igual que estas se encargaban de limpiar el templo y las cosas necesarias para la misa, el ornato al culto sagrado en iglesias o ermitas y la asistencia en los ritos funerarios. Sin embargo, para ellas estaba vetada la asistencia a bodas y bautizos, así como la participación en labores o fiestas profanas.

Según Larramendi, las funciones de las seroras incluían:

  • Atender la decencia y limpieza de la iglesia: barrer una vez a la semana; dar cera al suelo de la iglesia; limpiar el claustro cuatro veces al año; lavar las vestimentas, sábanas y otras ropas de lienzo.
  • Cuidar de que las lámparas, especialmente la que ilumina el Sacramento, permanezcan encendidas y reponerlas en caso de que sea necesario (posteriormente hubo pleitos para que no se ocuparan de las dos velas principales del altar mayor ni fabricasen velas para los grandes eventos)
  • Recoger el agua para las abluciones de los clérigos
  • Traer el vino de la oblación
  • Tocar la campana en los días y horas dispuestas y cuidar del reloj
  • Vestir los altares y adornar la iglesia, a excepción de los días de San Miguel, Natividad, Pascua de Resurrección y Corpus Christi.
  • Cuidar del ceremonial particular de las mujeres en funerales, entierros, aniversarios, procesiones y otros actos que organizase la iglesia
  • Guiar el duelo desde la casa del difunto a la iglesia y, acabado el oficio, volver al zaguán de la misma casa para rezar algo por el muerto.
  • Ocuparse de los objetos sagrados que se fueran a usar en la misa (hasta 1586, derecho que perdieron por Mandato del Obispo de Pamplona)
  • Custodiar la plata de la Iglesia (hasta 1591)

El Mandato de la Visita, datado en 1569, describe el hábito de las Seroras como la combinación de una saya blanca y un manto negro. No obstante, también vistieron el sayón de Franciscanos, Carmelitas y Dominicos.

Entre los derechos de las seroras, se contemplaban los siguientes:

  • Percibir un sueldo anual correspondiente a la asignación parroquial y a su cargo (30 pesetas, al igual que el sacerdote)
  • Cada familia que no pudiera dar una aportación anual, entregaba un celemín de trigo y otro de maíz; los que sí perciban asignación, cinco celemines de trigo y cinco de maíz.
  • Recibir diez reales anuales de manos del cura o de la familia que tenga una silla en la iglesia.
  • Percibir del Administrador el carbón y la leña que necesite durante un año.
  • Recibir las sobras de las ofrendas de los funerales (cera de las velas, obladas…) y las monedas que la familia le entregase voluntariamente por su asistencia.
  • Ser inquilina (sin pagar renta) de una pequeña casa con huerto, llamada Seroretegi, así como disponer libremente de una porción del robledal de paseo y de la porción de bosque que se halle en el plano inferior del cementerio.
  • Poder cambiar de una iglesia o ermita a otra.

Como se puede apreciar, tanto sus deberes como sus derechos eran considerables y, en consecuencia, su posición entre la comunidad era notable, provocando la envidia y la condena de los sacerdotes, sacristanes, frailes y otros cargos eclesiásticos. Tanto fue así, que el número de pleitos con las sesoras aumentó y esto dio lugar a que se les fueran quitando progresivamente parte de sus roles y derechos legítimos.

En 1633 se emitió un mandato que supuso el inicio de la decadencia de estas sacerdotisas. En 1747, se expidió una Carta-Orden desde el Consejo Real que exigía a los/as ermitañas dejar los hábitos y vestirse con las ropas propias del pueblo llano. Posteriormente, en Guipúzcoa, se prohibió que las Seroras recibieran las oblaciones y limosnas que habían recibido anteriormente durante los sepelios. Finalmente, en 1769 se indicó que no se permitieran nuevos nombramientos, reemplazando las vacantes de las seroras que fallecían o dimitían con sacristanes. Hacia 1800 las Seroras desaparecieron para siempre y el culto a los antepasados pasó a ser totalmente privado.

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La imagen de portada fue encontrada aquí: https://heartheboatsing.com/2015/08/13/death-on-the-water/