GAU BELTZA, DOMU SANTU ETA ARIMEN EGUNA

En el antiguo calendario tradicional vasco, el invierno (negu) o época oscura del año comenzaba con la celebración de la última cosecha, la matanza del cerdo y la entrega de ofrendas a los antepasados. Estos hitos terrestres estaban alineados, a su vez, con determinados eventos estelares anuales: la aparición del Triángulo Invernal (neguko triangulea) en la bóveda de los cielos y la lluvia de meteoros de las Oriónidas.

El Triángulo Invernal está conformado por las estrellas fijas Sirio (Canis Major o Izarrora), Procyon (Canis Minor o Txakur txikia) y Betelgeuse (Orión o Ehiztaria). Orión, en la mitología vasca, tiene su reflejo en la figura de Ehiztari Beltza (Cazador Negro), líder de la Cacería Salvaje. Ambos canes representan a los sabuesos que acompañan al cazador en busca de la liebre blanca en la que el Diablo se convirtió para tentar al cazador y lograr que abandonara la misa.

Como ya expliqué en otro artículo, la Cacería Salvaje es un mito europeo con diversas variantes locales que simboliza el proceso de desintegración, caos y desgobierno que supone la entrada en un periodo hostil donde la naturaleza deja de ofrecer su aspecto más amable, activándose nuestros instintos más primarios para garantizar la supervivencia a cualquier coste. Asimismo, se trata de una representación simbólica de ciertos fenómenos atmosféricos propios del cambio estacional, usualmente acompañados de oscuridad, niebla y tempestades.

Por su parte, las Oriónidas ilustran esa algarabía de las cortes de seres feéricos, almas de difuntos, espectros errantes, criaturas de pesadilla, demonios y brujos/as que montan sobre corceles blancos, lobos, aves u otros animales totémicos propios del folclore autóctono, emitiendo ruidos espeluznantes (gritos, aullidos, quejidos lastimeros, toques de instrumentos…) que hacen temblar hasta a los más valientes. En nuestra cultura, se conoce a estos espíritus como “Oihulariak” (Aulladores/ Gritadores). El “oihu” es una forma de llamada salvaje que suele causar una fuerte impresión psicológica sobre quien lo recibe, mayormente de inquietud o miedo, aunque no necesariamente se emite con el propósito de atemorizar, sino más bien de advertir que no se transgredan ciertos límites en un lugar habitado por ciertas criaturas sobrenaturales.

Esta época trae consigo un reequilibrado cósmico de la mano de ciertas entidades tenebrosas como Gaueko, Herio, los Intxisuak, los Gaizkiñek, los Mozorroak, las Arimaerratuak o los/as Sorginak que despiertan nuestros más profundos temores y desafían las perecederas estructuras del mundo físico que los humanos hemos construido para lograr cierta sensación de seguridad ante un devenir impredecible y la mutación constante que está presente en los ciclos naturales. Una manera de sortear los peligros de estos espíritus que no pertenecen al mundo de los vivos es dedicando una fiesta en la que se llevan a cabo distintas actividades para garantizar una convivencia respetuosa con estos seres. Dicha festividad, que celebramos el 31 de octubre, es conocida como Gau Beltza (Noche Oscura), Arimen Gaua (Noche de Ánimas) o Defuntuen gaua (Noche de Difuntos) y tiene orígenes muy antiguos.

Por la etimología y por las reminiscencias folclóricas disponibles, podríamos deducir que originalmente esta noche estaría dedicada a Gaueko como representación de la oscuridad primigenia y a su corte de espíritus nocturnos. En euskera, existe el término “gau-agerkun”, que puede traducirse como aparición o fantasma. También está el vocablo “gauazko” (nocturno) que se aplica como adjetivo a aves oscuras (cuervos) u otros animales que salen de noche (“gau-ihiziak”) como el búho, la lechuza, el lobo o el murciélago. Coincidentemente, Gaueko toma la forma de estas bestias para manifestarse. También las ánimas suelen aparecerse bajo el aspecto de pájaros negros (mayormente córvidos). Por su parte, los Ieltxu, Idditu o Idizelai se presentaban a veces como aves negras que echaban fuego por la boca, asuntando a quienes transitaban de noche en tiempo de Gaueko (desde las 11 de la noche hasta el amanecer). En cuanto a plantas que incluyen el prefijo “gau”, cabe destacar el ciprés o “gau-arbola” (árbol de la noche), vinculado a ritos funerarios y ceremonias en honor a los difuntos. En Egipto se utilizaba para confeccionar ataúdes y, tanto griegos como romanos, lo empleaban en espacios y rituales fúnebres por su asociación a deidades ctónicas.

Oier Araolaza fue el precursor de las primeras investigaciones antropológicas modernas que buscaban rescatar la esencia de las viejas tradiciones de la Víspera del Día de Difuntos. Este elgoirbatarra recogió testimonios orales de personas mayores que recordaban la costumbre de vaciar nabos, calabazas o remolachas (e incluso patatas grandes), dándoles después forma de rostro con ojos huecos y colocando velas en su interior. Luego las dejaban en los campos o en los caminos con la intención de asustar a los vecinos. Asimismo, algunos informantes describían el reaprovechamiento de trapos viejos, telas de saco y cuerdas para confeccionar disfraces de mozorro”, “zamorro” o “muzurru” (fantasma, coco, monstruo).

Posteriormente, los antropólogos Jaime Altuna y Josu Ozaita consiguieron la beca de investigación Juan San Martín del Ayuntamiento de Eibar y la Universidad Vasca de Verano (UEU) para continuar esta labor, que concluyó con la publicación del libro Itzalitako kalabazen berpiztea. Arimen Gau, Halloween eta Gau Beltzaren haur-ospakizunen ikerketa etnografikoa(2018). En este trabajo, se ilustra, además de lo anteriormente comentado, la costumbre de ir casa por casa recogiendo comida (castañas, nueces, avellanas, almendras, tortas de pan, embutido), dulces o dinero como pago para no ser víctima de sustos y bromas pesadas. Joxemiel Bidador, apoyándose en los ensayos de Gabriel Imbuluzqueta y Mikel Aranburu (entre otros), da cuenta de estas cuestaciones pecunarias en la cuenca del Baztán-Bidasoa y en otras partes de Navarra (Valle de Arce, Valle de Ollo, Valle de Etxauri, Valle de Imotz, Merindad de Olite, Cendea de Olza…). En la zona de Pamplona y alrededores recibían el denominativo de “txinurris”, derivado del vocablo “txingurri” (hormiga), puesto que recordaban a la recolección minuciosa de provisiones que este animal realiza antes de la llegada del invierno. Los niños solían ser los protagonistas, actuando de puente entre los muertos y los vivos: tras reclamar y recibir víveres o dinero, recitaban oraciones a los difuntos de aquellos vecinos que habían pagado honradamente el tributo. Itziar Diez de Ultzurru recopiló varias fórmulas, ya registradas por otros autores, similares al famoso “truco o trato” (“trick or treat”):

  • Ziria ala saria! (vela o premio)
  • Sosa ala pota! (céntimo/moneda o pieza de comida)
  • Xanduli, manduli, kirriki, eman goxokiak guri! (onomatopeyas que simulan sonidos de animales, danos dulces)
  • Xanduli Manduli, Kikirriki… ¡écheme nueces por aquí!
  • Txingila, mingila, karruskario, sagarrak merke ta udareak kario. (cencerro, nudo, rechinar de dientes, manzanas baratas y peras caras)
  • Txingila mingila kurruskario, ireki ezazu armairua! (Abre las puertas del armario)
  • Txinurrie, mandurrie, alakatan, txinurrie!
  • Txinurrie, manurrie kankan kankan txinurrie. Bota bota kastañera lurrera” (onomatopeya de golpe de martillo, ¡echen castañas para cubrir las montañas!)
  • Tirriti-tarrata mandulon, domine domine sandulon, ¡en esta casa no hay turrón! (imitando el sonido de remolinos de viento y desgarros, ruidos de carraca)
  • Domine domine kastañe, i si no zikiñe! (Señor, señor, castaña; o si no, indecencia/suciedad)
  • Txinurrie, mandurrie, aratako kastañere, si nos echas pa tu tía!

En Euskal Herriko Ahotsak (Voces del País Vasco), repositorio de recopilación y difusión del patrimonio oral vasco, se pueden encontrar decenas de testimonios en euskera de personas de distintos puntos de Euskal Herria que explican las particulares de esta festividad.

En las entrevistas realizadas, además de lo anteriormente comentado, se aprecia que esto se hacía durante todo el otoño, pero la costumbre se intensificaba durante el Día de Difuntos y Todos los Santos (aunque podía extenderse hasta San Martín). Antiguamente los paisanos creían que en estas fechas regresaban las almas de los muertos. La manera de evitar que ciertos espíritus se te llevaran al Otro Mundo era camuflarse, imitando su aspecto. Por otro lado, el hecho de colocar velas en los caminos era una manera de iluminar a las almas errantes y ayudar a los antepasados a regresar al hogar familiar. En la sociedad tradicional, la convivencia con la muerte y los difuntos era constante y asumida con naturalidad por la comunidad. Los fallecidos actuaban como guardianes del territorio en el que descansaban sus restos mortales, encargándose de preservar sus límites y procurar la regeneración/abundancia del lugar. Es por esto que en Euskal Herria se creía que el día de Todos los Santos era un buen momento para sembrar habas y trigo.

En la tradición europea, especialmente en la franja atlántica, los primeros enterramientos neolíticos construidos fueron los dólmenes y cromlechs. En el ámbito euskaldun se creía que estos monumentos habían sido edificados por los Mairu y Maide (almas sin bautizar) las cuales custodiaban el acceso a otros planos y podían otorgar bendiciones si se les daba culto. Inicialmente, dicha veneración se realizaba en el mismo monumento megalítico. Una vez que la Etxea (casa) se convirtió en santuario, pasaron a dejarse ofrendas de pan, frutas de temporada, bebidas alcohólicas y frutos secos junto a la chimenea para conseguir su favor. Gau Beltza es una noche propicia para honrar a estos espíritus, además de a las almas de aquellos/as antepasados/as poderosos/as que forman parte del linaje del practicante mágico (lo que en el panorama anglosajón se conoce con el sobrenombre de “Mighty Dead”).

Arimen gaua también es un tiempo favorable para la necromancia, particularmente a través de oráculos de huesos (osteomancia). En Iparralde, Euskadi y Navarra, la astragalomancia o “sakapon“ se practicaba con 4, 5 o 6 piezas (tortoloxak, ezurkoak, karnakulak, akerkos, mailak) , dependiendo de la región. Cada una de las cuatro caras tenía denominaciones y significados diferentes. La “panza” o “karne” de la taba inspiraba connotaciones positivas, mientras que el “kulo” o “zulo” se interpretaba de manera negativa. Las caras intermedias (“tate”, “pon”) solían mostrar un resultado dudoso o incierto. En zonas marítimas se practicaba adivinación utilizando las espinas del pescado, que eran arrojadas al fuego.

Los difuntos de la familia pasan igualmente a convertirse en aliados espirituales y protectores del hogar. Estos antepasados custodios reciben el nombre de Etxekojaunak y son recordados cada luna nueva, pero muy especialmente en esta parte del ciclo anual. El elemento principal para canalizar la relación con ellos es laargizaiola” (en su defecto, cirios o velas), además de las ofrendas de comida y bebida. Antaño se realizaban los enterramientos en las inmediaciones de la casa hasta que el cristianismo prohibió las inhumaciones en el domicilio, de modo que este vínculo era mucho más estrecho. Posteriormente (s. XIII al XVIII), pasaron a hacerse en un espacio de la iglesia llamado “jarleku”, losa sepulcral que llevaba grabada el nombre de la familia y donde se colocaban los cuerpos con los pies hacia el altar mayor y la cabeza hacia la puerta principal. Sobre este espacio, la Etxekoandre (o la representante femenina de mayor rango después de ella) encendía la “argizaiola” con la intención de iluminar el camino del difunto hacia el Otro Mundo mientras rezaba alguna oración. En ocasiones, también se dejaban algunas monedas o unas tortas como ofrenda. El único lugar de Euskadi donde se perpetúa esta tradición actualmente es Amezketa (Guipúzcoa). En algunos lugares de Vizcaya (Orozko, Duranguesado), Álava (Llodio) y Navarra (zona de Ujué), sin embargo, se pueden ver, ejemplares de “ezko-argiak” o “eleizako kandelak (hachones). En otros pueblos de la Ribera Navarra y de la Merindad de Sangüesa también se mantiene la costumbre de encender lamparillas de aceite (popularmente conocidas como “mariposas”). A partir del s. XIX, se generalizó el traslado de los restos mortales a los camposantos y se empezaron a usar velas corrientes.

El Día de Todos los Santos (1 de noviembre) es conocido como Domu Santu eguna, Santu guztien eguna, Domuru Santuru, Domini Santu, Dome Santoe u Omiasaindu. Antes de la llegada del cristianismo se celebraba el Gaztainerre Eguna o Gaztaina eguna (día de las castañas), muy especialmente en las localidades situadas en el tramo central del río Deba (Guipúzcoa), en los pueblos en torno al Parque Natural del Gorbea (Vizcaya, Álava) y en los alrededores de Urkiola. Esta misma tradición es equivalente al Magosto gallego (derivado de “Magnus Ustus”, gran fuego), el Amagüestu asturiano, la Magosta cántabra, el Magustu portugués, el Calbote o Calbotada castellano-leonés/a, la Castanyada o Castañada catalano-aragonesa, la Castanhada occitana, la Chaquetía extremeña o los Finaos canarios. En el caso euskaldun, se preparaba un banquete a base de castañas asadas, caracoles en salsa, tortas de maíz o morokil (polenta), chorizo o “txistorra”, manzanas asadas, vino y sidra. Posteriormente, se contaban historias de miedo al calor del fuego. En otros lugares de la península encontramos, además de castañas, bellotas, nueces, avellanas, higos, boniatos, granadas, dulce de membrillo, garrapiñadas, pastel de calabaza, buñuelos de manzana, panellets, huesos de santo y orujo. El propósito de estos festejos, originalmente, era mostrar agradecimiento por la última cosecha del año y honrar a los antepasados, compartiendo una parte de lo recogido con ellos. Esta fecha se consideraba apropiada para realizar purificaciones, acudir al curandero local e ir al cementerio a visitar las tumbas de los seres queridos.

En el caso de Euskal Herria, el 1 de noviembre se realizaba y se sigue realizando una misa en honor a los difuntos conocidos (ya que los que no se recuerdan dejan de tener potestad sobre los asuntos importantes de los vivos). En este espacio se llevaba a cabo la ofrenda de luz y pan/tortas/roscas (argi-orgik) sobre un paño negro, muy especialmente si se celebraba el aniversario del fallecido/a. En esta fecha también se obsequiaba al párroco con una “olata” u oblea o, en su defecto, bollos artesanalmente horneados. En algunas villas de Álava la ofrenda se componía de cuatro piezas de pan tierno. Adicionalmente, si había algún difunto que había partido recientemente, se le dejaba una vela encendida los días 1 y 2 de noviembre en la casa en la que había habitado, o bien se ponía un cirio en el altar del propio hogar, dedicando una oración por el descanso de su alma. Por último, se acudía al cementerio a llevar flores como gesto de afecto. Popularmente se sigue creyendo que los pétalos de determinadas flores, especialmente las de aquellas que son muy olorosas, sirven para atraer e incluso contener a las almas de los muertos (crisantemos, ciclámenes, pensamientos…). En consecuencia, se evitaba ponerlas en casa y estaban únicamente destinadas a engalanar las tumbas. Por otro lado, la costumbre de colocar círculos de flores atendía al simbolismo de encerrar al alma del difunto para que no abandonara su lugar en el Otro Mundo y no pudiera perturbar a los vivos.

La preocupación por asegurar un tránsito fluido hacia la Otra Vida y aliviar el sufrimiento de las almas innobles o con asuntos pendientes (“arimaerratu”) ha ocupado una parte importante de las tradiciones populares y ritos de magia folclórica de Euskal Herria. La mayoría de ellas derivan de un sincretismo que entrelaza las dos creencias más extendidas sobre la muerte: la creencia en la transmigración/reencarnación y la partida del mundo mortal con supervivencia del doble espiritual. En la vertiente cantábrica, en general, se pensaba que el alma seguía poseyendo algún resquicio de sustancia equiparable al aliento, un soplo de aire, una tenue luz o una sombra tras abandonar el cuerpo. En ocasiones, los muertos también se materializaban mediante olores característicos, especialmente si el fallecido/a lo había hecho en circunstancias traumáticas o violentas, o se trataba de una persona cuya conducta en vida dejó bastante que desear. Asimismo, eran frecuentes las manifestaciones del alma a través de ruidos u desplazamiento de ciertos objetos personales, especialmente si tenían un fuerte apego a ellos. Adicionalmente, es conocida la atracción de las almas hacia el agua como medio de purificación. Los lugares de agua contenida o estancada pueden convertirse en refugio de almas errantes, de modo que tendía a renovarse frecuentemente cualquier recipiente con agua para evitar que se acomodaran allí. Por último, se evitaba hablar mal de los difuntos e incluso, en algunos lugares y momentos se proscribía mencionar su nombre. De ese modo uno se protegía de que le acosaran o se apegaran.

El Día de Fieles Difuntos (2 de noviembre), denominado Arimen eguna o Hilen Eguna, precisamente está destinado a ocuparse de las almas en pena o que han dejado de ser recordadas. Antiguamente era una festividad de gran arraigo e importancia dentro de nuestro folclore, hasta que fue eliminada oficialmente del calendario litúrgico tras el Concilio Vaticano II (1965). La consagración de la Capilla de San Pedro a Todos los Santos en el s.VIII, se trataran de mártires o simples feligreses, fue una estrategia de la Iglesia para sustituir los ritos paganos supervivientes por otros de índole cristiana. Dentro de la doctrina católica se considera que todos los bautizados, vivos o muertos, sin importar sus faltas, forman parten de una misma comunidad en la cual los que se encuentran más cercanos a Dios interceden por aquellos que siguen o han seguido un más camino desviado, según su moral. A finales del s.X se añadió la celebración de Fieles Difuntos para orar por aquellos creyentes que había pasado a mejor vida y, muy especialmente, por quienes se encontraban en fase de tránsito. De este modo, se pretendía reforzar la estrategia ya iniciada para enmascarar reminiscencias de cultos populares a los difuntos.

Dentro del folclore euskaldun se creía que las almas del purgatorio solían vagar por la tierra desde el mediodía de Todos los Santos hasta el día siguiente. Si, en este período, un difunto se aparecía había que decirle: “Parte onekoa, bazara, ser gura dozun ezaizu; parte txarrekoa bazara, zoaz nigandik zazpi estatuar” (Si eres de buena parte, di lo que deseas; si eres de mala parte, aléjate de mi siete estadios). Normalmente las almas errantes buscan el apoyo de los vivos para solucionar algún asunto inconcluso, saldar deudas con otras personas o materializar promesas que no pudieron cumplir antes de morir. No obstante, hay otras que solo buscan luz y atención (canalizada usualmente mediante la oración) porque llevan demasiado tiempo encerradas en un bucle sin fin. Cualquier detalle hacia ellas que sirva para romper su aislamiento y confortarlas un poco, sirve de ayuda.

Muchas ancianas que aún tienen consciencia y conocimientos relacionados con los misterios de la muerte dedican novenarios (“bereratzigarren”) cada cierto tiempo a las “almas del purgatorio”. El Día de Fieles Difuntos se considera un momento propicio para iniciar una devoción destinada a estos muertos “innobles”. En diversas corrientes espirituales, la novena es el tiempo estimado que tarda un difunto en desprenderse de su envoltura carnal, aunque luego le seguirán otras fases en las que distintas partes del alma se irán destejiendo y reintegrando. Adicionalmente, en varias ermitas de toda nuestra geografía, como la de San Juan de Gaztelugatxe, se dejaban las puertas del templo abiertas durante el Arimen Eguna (noche incluida) a fin de que los aparecidos tuvieran ocasión de solucionar algún asunto pendiente con la intermediación de un vivo.

Para finalizar, cabe señalar que el Hilen Eguna solía considerarse el día más indicado para exhibir reliquias de santos/as e intercambiar oraciones por indulgencias. A las salida de las iglesias a menudo se vendían relicarios, reproducciones de huesos e imágenes en forma de dulce. Estos confites benditos se llevaban al altar del hogar o bien se conservaban para una ocasión en la que se requiriera la intercesión del santo/a.

 

Bibliografía consultada

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euskalmitologia.com

 

An dabiltz eiztarie ta txakurrek

La Cacería Salvaje es un mito, asociado a la época oscura del año, que está presente en todo el folklore europeo. Tradicionalmente, se la representa como un desfile de espíritus desbocados, en desenfrenada persecución a través de los cielos o la tierra, o bien como una procesión de almas errantes que están obligadas a vagar por los bosques o los caminos durante las noches de otoño e invierno.  Esta compañía estaba formada, originalmente, por espíritus de la naturaleza que podían ser de ambos sexos o bien por almas de difuntos, lideradas por un Dios o una Diosa relacionado/a con la naturaleza salvaje, el inframundo o el destino. Posteriormente, el líder de esta procesión de espíritus pasó a ser un personaje importante (rey, noble, sacerdote…), un pecador, un diablo o una bruja, acompañado por almas condenadas, animales, demonios o brujas.

Normalmente, su presencia era percibida como una algarabía nocturna, ruidos atronadores, aullidos o quejidos lastimeros, sonido de instrumentos (cuerno, flauta, campanas…) o cánticos que se producían en un ambiente de tormenta y/o niebla. Quienes tenían la oportunidad de verla, describían cortes feéricas, guerreros caídos, cazadores negros, grupos de espectros, demonios, brujas, almas portando una vela, sombras, luces pálidas, fuegos verdes, etc En cualquier caso, quienes se cruzaban accidentalmente con esta hueste de espíritus intentaban por todos los medios ocultarse, huir o no interactuar directamente con ella, ya que hacerlo suponía unirse inevitablemente a ella. Además, esta aparición solía entenderse como un presagio calamidad, hambruna, plaga, muerte o guerra.

Esta leyenda hunde sus raíces en las prácticas extáticas de cofradías de cazadores y/o guerreros (Ulfhednar, Berserker, Heluri, Harii, Fianna, etc) y grupos, principalmente de mujeres, que rendían culto a diosas de la naturaleza, el destino y la muerte (Holda, Perchta, Hella, Hécate, Proserpina, Diana, etc). Luego, durante el medievo, ese éxtasis pasó a ser representado por el desdoblamiento o vuelo del espíritu, voluntario o involuntario, que posibilitaba que alguien se uniese a las cabalgatas nocturnas de espíritus, brujas y demonios.

Algunos autores plantean que la Caza Salvaje podría tener una inspiración astronómica en aquellas constelaciones que se observan durante el periodo invernal pero no pueden encontrarse con otras constelaciones que prevalecen durante el verano. Este sería el caso de Orión, Canis Major y Lepus que, representan, respectivamente, la figura del cazador, el perro y la liebre, elementos que están presentes en algunas versiones de la Cacería Salvaje, como las representaciones del mito que podemos encontrar en territorio vasco.

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Ehiztari Beltza (Cazador Negro) es la referencia más antigua que se conoce de la leyenda en el País Vasco. Tanto Barandiarán como Caro Baroja describen a este ser como un jinete errante, vestido con negros ropajes de caza, cabalgando veloz sobre su caballo y seguido por una jauría que persigue a una liebre. Los relatos populares explican que este hombre era un apasionado de la caza que fue condenado por Dios a acechar por toda la eternidad a una liebre, aspecto que había tomado el Diablo para tentarlo y hacerle abandonar la misa.

En la mayor parte de las narraciones, este cazador fantasmal aparece en las noches de tormenta, cuando el fuerte viento ulula de forma amenazante entre los árboles. Normalmente, su presencia no suele ser visible pero se percibe por la agitación del viento y el movimiento de la hojarasca, así como por el triste aullar de sus perros. No obstante, una mujer vinculada al caserío Tellerietexe, describió a principios del siglo pasado las sombras del cazador y de sus perros bajo la luz de la luna en una noche de invierno. Barandiarán llegó a sugerir que las fantasmagóricas sombras de estos sabuesos podían tratarse, en realidad, de almas.

Esta representación del mito es la que más se asemeja a sus homólogos franceses, ingleses, irlandeses y galeses: Le Chausser Maudit; Monsieur de la Fôret; Mau Piquer; Mesneé d’Hellequin; Herne the Hunter; Arawn; O´Donoghue; Dando’s dogs; Gabriel’s Hounds; etc Además, se cree que es la más antigua de todas las que se conocen en la Península. El propio Caro Baroja apuntó que el cazador maldito vasco estaba directamente emparentado con Herne y Wotan, entidades predecesoras que pudieron aportar sus matices a la recreación autóctona.

Mateo Txistu representa una versión más moderna del mito original. El personaje en el que se inspiró su leyenda, en este caso, fue la de un sacerdote que tenía a su cargo una pequeña parroquia y era muy aficionado a la caza. Los vecinos sabían cuando salía a cazar por los silbidos con los que llamaba a sus perros. Un día, estando en el bosque, se le presentó un distinguido caballero, que el cura reconoció como el Diablo. Como el Demonio no pudo engañarle, buscó una fórmula para vengarse. Un domingo, durante la misa, tomó la forma de una liebre blanca y los perros comenzaron a ladrar furiosamente. El sacerdote interrumpió la misa y salió tras la liebre sin poder regresar jamás. Comúnmente, su aparición es precedida por violentas y repentinas ráfagas de viento, silbidos que se confunden con el viento en las noches de tormenta, el sonido del txistu (flauta) o el aullido lejano de los perros. Esta figura es bien conocida en la zona de Tolosa, Ataun, Amezketa y el Goierri. En Zerain y Soraluze, en cambio, le dan el nombre de Juanito Txistulari y dicen que se trataba de un cura de Elosua. En Usurbil, sin embargo, lo conocen como Pristi Juan.

En Kortezubi se cuenta la anécdota de que Mateo Txistu fue, realmente, un sacerdote de Mallabia y que una noche fue visto tras su condena por una mujer que estaba horneando pan en su casa. Parece ser que, atraído por el olor del pan, le pidió un bollo, pero cuando la mujer fue a entregárselo, no pudo llegar a alcanzarlo por la presteza con la que pasó a su lado.

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Una tercera variante de la misma leyenda la encontramos en la historia de Martín Abade (S.XVII). Este relato está inspirado en la figura de un abad llamado Martín, arcipreste de Léniz. Se cuenta de él que era un hombre de buenos sentimientos, pero de carácter vehemente y bastante apegado a los placeres terrenales. Su mayor pasión era la caza y, en ocasiones, su afición interfería con sus deberes sagrados. Un día, mientras estaba celebrando la misa en la anteiglesia de Udala, escuchó el característico ladrido de sus perros que anunciaba que habían encontrado una presa y no pudo resistir la tentación de seguirlos, interrumpiendo el oficio justo cuando había empezado el santo sacrificio. Aquella noche hubo una gran tormenta y niebla, de la cual el Abad nunca salió.

Los aldeanos creen que su alma en pena mora por las rocas de Udala, los sombríos bosques que rodean la gruta de San Valerio, en Mondragón, la anteiglesia de Garagarza, los caseríos de Aramayona y los alrededores de Gelazibar. El escritor alavés Ladislao de Azcona recoge el testimonio de que las familias de estos territorios, cuando estaban acurrucadas en torno al hogar durante las noches tempestuosas de invierno y escuchaban que el viento producía siniestros y violentos rumores, exclamaban: Abadeko txakurrak! (Los perros del Abad).

Por último, existe otra versión que relaciona a este cazador con el Rey Salomón en Dohozti y Oiartzun, al cual denominan como Errege Xalamon o Salomon Apaiza. En dicha variante también se repite la afición por la caza del personaje, el pecado de abandonar la misa y salir detrás de una liebre.

En Aragón y Cataluña también encontramos derivaciones muy similares de la misma leyenda. En Aragón y, especialmente, en el Valle de Isábena y el Valle de Lierp, existen distintos relatos sobre el Barón de Espés. Este personaje está inspirado, probablemente, en el Conde Bernando de Ribagorza. En unas narraciones, se da entender que se trataba de un tirano, que esclavizaba a sus súbditos y que tenía una gran afición por la caza, haciendo apuestas con señores de otros castillos. En otras historias se narra que daba limosnas al Monasterio de Obarra para comprar su entrada al cielo y que allí conoció a una novicia, a la cual frecuentaba de tanto en tanto. En una versión se relata que las brujas del Turbón le prohibieron ir a Obarra, cosa que desobedeció, encontrando la muerte a manos de sus propios perros que fueron enloquecidos con encantamientos; en una segunda variante, se dice que lo mataron los duendes o demonios de la zona; en otra, se cuenta que una bruja le advirtió que no fuese a Obarra porque los monjes le estaban esperando para darle escarmiento, echándole finalmente a sus perros para que lo devorasen.

En el ámbito catalán, la leyenda más conocida es la del Conde Arnau, señor de Mataplana. Podemos encontrar distintas versiones de la historia que condenan sus correrías libertinas por los túneles naturales de la comarca del Ripollés, su pasión sacrílega por una monja, el abandono de la misa por acudir a una cacería, su intento de modificar el curso del río Llobregat, sus engaños y malos usos hacia sus vasallos y sus supuestas relaciones con las “encantadas” (hadas). Asimismo, se le atribuye haber realizado un pacto con el Diablo, motivo por el cual fue condenado a vagar con su jauría y las almas en pena.

Paralelamente, en la Isla de Mallorca, mora El Comte Mal, el espectro de un noble despiadado que, a causa de sus pecados y faltas, fue condenado a vagar eternamente montado en su caballo negro.

Según Fernando Sánchez-Dragó, la figura de este cazador maldito presente en distintos territorios, fue cristianizada durante la Alta Edad Media en la imagen de Santiago Matamoros, el santo de la Reconquista. Curiosamente, este santo también cabalga seguido por una jauría, en este caso, de perros blancos, dando caza a una horda de infieles sarracenos. Cabe señalar que este santo, patrón de la Ruta Jacobea, también estaría asociado a las estrellas, concretamente, a la Vía Láctea.

Como es bien conocido, el Camino de Santiago fue anteriormente una ruta de peregrinación pagana vinculada a la tradición del Ara Solis (El Ocaso o la Muerte del Sol), según la cual la barca del sol viaja por el océano para introducirse en el Erebo. Muchos viajeros se orientaban durante la noche siguiendo la posición de Sirio o “Estrella del Perro”, situada en la Canis Major. Esta constelación es la última de la Vía Láctea y está precedida por la Canis Minor, que es representada como uno de los perros que siguen a la constelación de Orión. Se cree que peregrinos y navegantes trazaban una línea imaginaria desde “El Collar de Perlas” o “Las Tres Marías” para ubicar a Sirio en el espacio celeste.

Estas relaciones dan que pensar si es posible conocer algunos de los misterios relacionados con la Caza Salvaje a través de los cielos, antes de continuar profundizando en los secretos y poderes que aún permanecen en los antiguos bosques.

 

 

La ilustración de portada se encuentra entre los fondos de la Enciclopedia Auñamendi. La segunda ilustración  fue extraída de un post en un foro: https://www.camoin.com/tarot-forum/le-mat-the-creature-t1291.html La última ilustración del artículo es obra de Akerbeltz (Devianart). http://akerbeltz.deviantart.com/art/Mateo-Txistu-103970860

Hil artean, bizi

Dada la importancia de la muerte en la cultura vasca, unas de las criaturas más temidas durante la época oscura del año eran las apariciones de difuntos o antepasados (hildakoen agerkundak). Entre el pueblo vasco era bien sabido que la muerte suponía una transición que no era inmediata y por eso se llevaban a cabo una serie de ritos para facilitar la transmigración y evitar que las almas quedasen atrapadas, vagando por los “caminos de muertos” (Hilbide, Difunten Bidea, Andabidea, Elizbide…). Además de las ceremonias habituales, ya descritas anteriormente, se evitaba hablar mal de los muertos e incluso se proscribía mencionarlos, a excepción de mentarlos para dirigirles oraciones u ofrendas con el fin de favorecer su tránsito. Otra práctica habitual era renovar el fuego del hogar, encendiendo de nuevo la chimenea tras el entierro, ya que el fuego era una representación de la vitalidad y existía una conexión muy clara entre éste, la casa y la sepultura. Con este ritual lo que se pretendía era “romper” simbólicamente el “cordón umbilical” entre la Etxea y el Elizbide para que el muerto no se sintiera apegado a su morada terrenal. En algunas localidades del norte de Euskal Herria, se mantenía la costumbre de reunir al cortejo fúnebre tras el entierro y los vecinos del finado encendían una hoguera delante de la puerta de la casa del difunto, formando los asistentes un círculo alrededor de ésta y rezando una oración sin la presencia del sacerdote.

No obstante, era frecuente que el difunto se apareciese o manifestase poco después de la muerte, mostrándose en su aspecto mortal, como una luz, una sombra, en el interior de los espejos o en forma de ruidos (crujir de las tablas del suelo o de los muebles, movimiento de hojas, arrastre de cadenas…). También era común que se quedase por un tiempo en el aposento donde falleció, o debajo del alero de la casa (por eso las Seroras iban al zaguán a rezar después del entierro). A veces también adoptaba la forma de un pájaro canoro y se posaba en los árboles cercanos a la casa o descansaba en el alfeizar de la ventana. Una forma de que no volviera a aparecerse era preguntarle qué quería y, tras cumplir su último deseo, voluntad o tarea pendiente, dejaba de manifestarse.

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Quienes no tenían la fortuna de recibir estas atenciones por parte de sus parientes, se convertían en almas errantes (arimaerratu) y estaban condenadas a vagar por los caminos (andabideak), las encrucijadas o entre las zarzas. Normalmente se presentaban ante los vivos en forma de luz pálida (imbuidas de luz lunar); como alma luminosa portando la ropa con la que fueron enterrados y, a veces, una candela (argia); como sombras sin dueño (gerixetia); como un espectro con la figura que el difunto tenía en vida (izugarri); como una ráfaga de viento; o como un olor a aceite quemado en las orillas de los ríos o en las vaguadas. Estos encuentros ocurrían entre el Toque de Ánimas (anochecer) y el Toque del Alba (amanecer). Los aparecidos solían buscar la cooperación de los mortales para que les ofreciesen luz, alguna ofrenda o una oración (aliviando así su sufrimiento), o bien que realizasen una buena obra o acabasen asuntos pendientes por ellos, de modo que así pudiesen liberarse de su pena. Los vivos, a menudo, también pedían algún favor a las ánimas a cambio de su ayuda.

En Errenteria o Gernika, por ejemplo, si se sabía que un difunto tenía pendiente alguna promesa que cumplir, se iba al convento de las monjas y se le pedía a una de ellas que, ante el altar de la Virgen, rezase un rosario. A continuación, se daba una limosna y se encargaban varias misas por el fallecido. En Busturia, se describen encuentros en los que las almas errantes no aceptan rosarios y solicitan que se les enciendan velas en el altar o candelas frente a la imagen de la Virgen. En cambio, en Bermeo, se creía que una forma de liberar a las ánimas era acompañarlas en peregrinación a un lugar sagrado, como la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Esta creencia se fundamenta en la idea de que una de las tareas que realizan las almas errantes era cumplir con la asistencia a aquellas procesiones a las que no hubiese acudido en vida, cantando o rezando con una o dos velas en la mano.

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Algunas de las precauciones que tomaban los aldeanos si deambulaban de noche eran:

  • Nunca se debían dar tres vueltas a la casa después del Toque de las Ánimas.
  • No caminar por las aceras, ya que se creía que los difuntos transitaban por ellas y nunca lo hacían por el centro de los caminos.
  • No decir “gabon” (buenas noches) a los desconocidos, especialmente si se tenía la sospecha de que pudiese ser un “arimaerratia”.
  • Si el difunto establecía contacto, había que averiguar si venía con buenas o malas intenciones con fórmulas como “parte onekoa edo parte txarrekoa zara?” (¿Eres de buena o mala parte?) o “parte onekoa bazara, zer gura dozun esaizu; parte txarrekoa bazara, zoaz nigandik zazpi estatuan” (Si eres de buena parte, dime lo que deseas; si eres de mala parte, visítame en siete estados).
  • Nunca hay que tocar a un alma errante porque está impregnada del fuego del “purgatorio”, teniendo que poner un pañuelo entre medio para saludarle o recibir algo del difunto.
  • Siempre que un vivo y un muerto viajasen juntos, el difunto debía ir siempre delante y el mortal detrás, ya que si se hacía a la inversa, el vivo acabaría cargando con el alma del difunto sobre sus espaldas.

Una manera de ahuyentar a los condenados era mostrando alguna cruz, medalla, escapulario o imagen sagrada y rezando “Angelus domine nuciavi marie…”, tres Avemarías, una oración “por las almas del purgatorio” y un Padrenuestro. Si el difunto seguía apareciéndose se le preguntaba: “¿Qué ofrenda me traes?” Entonces el espíritu debía contar su pecado, aquello que tenía pendiente o que no le permitía descansar. Una vez que esa tarea se completaba y el cura tocaba las campanas, quedaba liberado de toda culpa o carga.

Si el difunto merodeaba por los alrededores de la casa o llegaba a entrar en ella, se podía quemar una mezcla de artemisa (“zinta-belar”), manzanilla amarga (“andragiñe”), romero (“erromero”) y hierba de San Juan (“asiki-belar”) bendecidas el día de la Candelaria, o bien las hierbas bendecidas en la Noche de San Juan.

En caso de que el difunto se manifestase en sueños, oprimiendo el pecho del durmiente para extraerle parte de su fuerza vital, era costumbre arraigada en algunas localidades peregrinar a una iglesia o ermita dedicada a San Miguel, confesarse, comulgar y ofrecer una misa por el alma del condenado.

La extendida creencia en las “arimaerratu” dio pie a que se realizasen prácticas espiritistas, habitualmente durante la Noche de Difuntos. Éstas se hicieron especialmente populares durante la segunda mitad de la década de los años veinte. Las reuniones se organizaban en torno a una mesa de tres patas (Iru kaderako maijje) y el alma se comunicaba por el ruido de los golpes que hacían las patas. Pronto dichas prácticas fueron perseguidas por la Iglesia, la cual llevó a cabo duras campañas contra cualquier acto que implicase establecer contacto con los difuntos.