Luzaideko mitologia eta folklorea

Luzaide-Valcarlos es una pequeña localidad fronteriza del Alto Pirineo Navarro con una extensión de 45 kilómetros cuadrados, poblada de robles, hayas, castaños, avellanos, cerezos, helechales, espinos y zarzas. Está conformada por 7 barrios: Gainekoleta/Gañekoleta (“ferrería de arriba”), Gaindola (“ferrería de Galindo”), Elizaldea (la zona de la iglesia, el ayuntamiento y otros edificios públicos), Bixkar (“loma”), Azoleta (entre el rincón de Aitzurre y el paraje de Lezta), Pekotxeta (“casas de abajo”, con tiendas locales) y las Ventas o Pertole (zona transfronteriza de comercio variado).

Los restos prehistóricos encontrados en el término municipal (Dolmen de Epersaro y Túmulo de Zubibeltzeko) atestiguan que fue un territorio habitado desde antiguo, tanto por la especie humana como por espíritus ancestrales. No obstante, su identidad propia empezó a forjarse a raíz de la legendaria Batalla de Errozabal o Roncesvalles (778) en la cual los vascones derrotaron al ejército de Carlomagno y cayó el famoso Roldán. En el s.IX, se convirtió en punto de paso de las peregrinaciones a Santiago de Compostela. En 1100, Fortún Sanz de Yarnoz donó al Monasterio de Leire los terrenos que ahora forman parte de Luzaide. En 1271, este monasterio vendió a la Colegiata de Roncesvalles dos casas-hospitales, junto a ermita de San Salvador de Ibañeta, que se ubicaban en Luzaide. Esto supuso el surgimiento histórico de la villa (aunque su denominación fue recogida en un documento anterior de 1234). En 1335, Luzaide pasó a tener 30 viviendas, a las cuales se sumaron 9 casas más por el reparto de tierras realizado por Don Felipe (lugarteniente del rey navarro) en 1342. En 1406, Carlos III promulgó un privilegio de permuta por el cual quedó desvinculado de Ultrapuertos y fue anexionado a la merindad de Sangüesa. En 1592, tras la caída del Reino de Navarra, dejó de ser gestionado por el Valle de Erro y se constituyó como ayuntamiento propio.

Otro de los sucesos que marcaron la historia de estas tierras, más allá de las diversas contiendas que se libraron en sus lindes, fue el proceso de brujería llevado a cabo en 1525 (4 años después de la Batalla de Noain). En aquel año, el Consejo Real de Castilla envió al Inquisidor Balanza a Luzaide y Orreaga para hacer averiguaciones sobre algunos/as vecinos/as de la zona. Entre los/as acusados/as, se encontraban Graciana de Ceztau, María Miguel Parnos y Peio, María Bordel, Martín de Lozouain, Graciana de Esnotz, María del Caballo Blanco, María la Serora (mal traducido como María la Abadesa), Mikela de Burguete, María de Garralda, Martín de Zaldaiz, Juana de Erro y Juan Navarro. Los/as acusados/as, sometidos/as a tortura y luego condenados/as a la hoguera (además de ser confiscados sus bienes), acabaron confesando ser los/as autores/as del asesinato de un niño de Erro, renegar de Dios y de la Virgen, subir por la chimenea para volar con sus escobas a diversos lugares donde se reunían a celebrar sus ceremonias herejes (descampado de Zaldaiz, Alto de Ibañeta, torre de Urkulu…), arrodillarse tras el macho cabrío y besarle el culo mientras ponían la mano izquierda sobre el pecho, retozar con mozos/as, usar ungüentos y ponzoñas.

En la confesión de Martín de Zaldaiz, éste menciona a una tal “Jurdana” (variante de Jordana) como autora de la conversión a brujo y que ésta le legó una cosa negra con forma de gato para que trabajase a su servicio. También contó que viajaban el viernes al “baztarre/batzarre” (asamblea de brujos/as), untándose un ungüento hecho con sapos desollados y corazones de niños. Dicho ungüento se lo aplicaban con el dedo “mendigual” de la mano izquierda en el pie izquierdo, la rodilla izquierda, en el lado izquierdo del pecho, en la mejilla izquierda y en la mano izquierda. Asimismo, afirmaba que el Demonio les ordenaba que hiciesen todo el mal que pudieran: echar veneno a panes y pastos, matar a niños estando tumbados/as sus camas, etc Por último, citó que el Diablo les daba dinero que luego se acababa convirtiendo en carbón. Por su parte, Juana de Erro fue encontrada con hierbas como la belladona y botes de ungüento verdoso (hecho con romero). Ésta añadió que también se celebraran juntas de brujos/as entre Villava y la Magdalena. Miguela/Mikela agregó que había visto a sus compañeras cabalgando sobre caballos blancos (¿Ireluak?) con “grandes músicas de rebeques” y “cantando de modo peregrino”.

En 1575 tuvo lugar un nuevo proceso en el cual intercedieron el alcalde de Espinal y los monjes de Roncesvalles. Gracias a la defensa de estas personalidades, la mayoría de los/as acusados/as fueron absueltos/as y la pena más alta fue un destierro de 10 años para Graziana de Loizu.

Estos sucesos y los relatos derivados de ellos tuvieron una fuerte resonancia en el imaginario colectivo de la comunidad. En dichos relatos, encontramos una fusión de creencias populares con visiones sabáticas deformadas por la mentalidad puritana de la época.

Revisando textos de Satrústegui, Barandiarán, Caro Baroja, Pío Baroja, J.M. de Goizueta, A. Chaho y O. de Marliave, podemos reconstruir la mitología propia de tierras valcarlinas y darle un sentido a su visión particular sobre la brujería, sus creencias de carácter pagano y prácticas sincréticas basadas en el folklore popular.

El primer enclave destacado de la zona es el pico de Anie en la montaña de Auñamendi, ubicada en los Pirineos Atlánticos (existe la comarca navarra con el mismo nombre formada por 6 valles, entre ellos Valcarlos). Auñamendi (2507m) suele traducirse como “monte del cabrito”, aunque el término “Ahuña” también podría referirse al viento del Este (punto en el que está situado el lugar). Se trata de un conglomerado de rocas blanquecinas, con aire ruinoso, que contrasta con el verdor oscuro de los abetos negros del bosque de Isseaux. El pico de Anie ejerce de centinela de los valles colindantes y gobierna las aldeas de Lescun (Francia) y Larra (Navarra). Según Taine y Barandiarán, allí habita una divinidad femenina de fuerte carácter y con poder para convocar tempestades a la que llaman “Yona Gorri” por su vestimenta de color rojo fuego. Este es uno de los sobrenombres por los cuales se conoce a Mari en la zona, seguramente por su vinculación con las mariquitas como animal sagrado (“izaki donea”). A la “marigorri” o mariquita se la denomina “amadre gona-gorri” o “abuela de la falda roja” (además de Vaquita de San Antón). Según la creencia popular, para predecir el tiempo, hay que colocarla en el dedo índice y decirle: “Mari gorri, gona gorri, Bihar euzki ala ebi?“. Si vuela, saldrá el sol y hará buen día; si se queda, es señal de lluvia. En caso de que se desee pedir sol, debe recitarse la fórmula: “Amandre gona gorri, bihar eguzki”.

Los lugareños saben que Yona Gorri no gusta de visitas intrusivas y ven con malos ojos que los turistas o forasteros entren en su morada sin el debido respeto, pues su manera de mostrar descontento es enviar violentas tormentas de granizo. Asimismo, cualquier agravio hacia una mariquita, se percibe como una transgresión.

Chaho y, más tarde, Pío Baroja, recogen una segunda leyenda sobre la montaña de Auñamendi, donde se cree que vive un hada benéfica llamada Maithagarri o Maitagarri dentro de un magnífico palacio con jardines mágicos. Dicho ser feérico se enamoró y mantuvo una relación con el apuesto pastor Luzaide. Aquí vale la pena que nos detengamos a analizar la etimología de Maitagarri. El término, recogido en Euskaltzandia, documenta el vocablo en el S. XVII como un adjetivo que significa “digna de ser amada” y generalizado como “encantadora”, “cariñosa”, “llena de amor”. Asimismo, como sustantivo, la variante “maitegarri” se usa para referirse al ser amado o a una cosa deseada. José Dueso usa, posteriormente, este mismo término para referirse de forma genérica a las lamias.

Por su parte, Marliave da cuenta de la existencia de Jauna Gorri (Señor Rojo), a quien describe como un genio montañés con una vinculación solar que gobierna el Pico de Anie y desencadena tormentas en Aspe, Roncal y Belagua. El autor señala que esta entidad posee un jardín con plantas de inmortalidad. Si se recogen las hierbas de la vertiente gascona del monte, se puede fabricar un licor que da una fuerza sobrehumana capaz de derrotar a los “basajauns” o “peluts”, guardianes de los tesoros de Jauna Gorri, escondidos en las cavernas de Lapiaz. La interpretación de Marliave apunta a que Jauna Gorri sería una representación del macho cabrío o Akerbeltz como consorte de Mari o Yona Gorri. Posteriormente, el cabrón fue demonizado y pasó a convertirse en un avatar del Diablo (Etsai).

Así pues, Auñamendi se acabó transformando en un lugar “maldito”, donde se creía que las brujas iban a celebrar sus reuniones. J.M. de Goizueta, en sus “Leyendas vascongadas”, recoge una imagen onírica similar a la de las cabalgatas nocturnas de otros lugares de Europa, donde describe a un cortejo de damas blancas que bien podrían ser lamias, difuntas o bellas mujeres que se han desdoblado de sus cuerpos: “envueltas en la neblina producida por los vapores que salían del agua, vio aparecer hasta una docena de doncellas sin par hermosura, coronadas las frentes de rosas azules, cubiertos sus aéreos cuerpos con vestimentas talares de gasas blancas como la nieve: estrellas de pálido brillo adornaban el centro de sus coronas de flores. Eleváronse pausadamente sobre la superficie del agua; y asiéndose de las manos, prosiguieron cantando la música extraña que tanto había llamado la atención del caballero. Todos aquellos rostros estaban pálidos, los ojos medio cerrados y velados por luengas pestañas, y los cabellos abundantes, sueltos sobre sus espaldas alabastrinas…”

En esta parte de la geografía pirenaica es especialmente patente el difuso límite entre Mari y las Lamiak, así como la asimilación de las lamias a las brujas o viceversa. La primera evidencia la encontramos en la sima de “Leizegorria” (la cueva roja) en el barrio de Azoleta, más arriba del caserío Argina. Según los vecinos, se considera que es una caverna de “mal agüero” por el carácter irritable de las lamias que habitan allí (similar al que atribuyen a “Yona Gorri”). Satrústegui recogió el testimonio de un informante valcarlino que contaba que una vez metieron a un perro por el agujero y el animal salió junto al Molino de Ferrán que encuentra cerca de Casa París. El Etxejaun de uno de los caseríos de la zona me contó que hay una fuente junto a la cueva, pero que no se debe beber el agua porque no es buena para consumo humano.

Casa París es otro de los enclaves míticos de Luzaide vinculados a las lamias (Laminak o Lamiñak), a las cuales se describe con pies de pato (o garras de ave), peinándose con su carda dorada al lado del fuego e hilando con el huso. Los vecinos relataban que solían tener predilección por las ovejas negras. Una de estas lamias era pedigüeña y solía bajar cada noche por la chimenea para reclamar comida a la Etxekoandre. Catalina Camino del Caserío Buruxuri (1957) contó a Satrústegui que la dueña solía quedarse todas las noches hilando en cocina. Las lamias le solicitaban insistentemente “urin-brox” (migas fritas con manteca). El marido, cansado de que las migas se esfumasen, decidió disfrazarse de su mujer y ponerse a hilar con la sartén en la mano. Una de las lamias se acercó y le dijo sospechando: “anoche hilabas “firrin-firrin” (fino, suave) y hoy “furrun-furrun(torpemente). ¿Cómo te llamas?”. El hombre contestó: “Neronek-neure-buru” (yo-a mí misma, en el dialecto bajonavarro de Baigorri). La lamia se quedó en bucle repitiendo lo mismo, ocasión que aprovechó el dueño para tirarle el contenido hirviendo por encima. La lamia salió del hogar gritando enfurecida. A su regreso, las compañeras le preguntaron: “¿Quién te ha hecho esto?”. Ella contestó: “yo a mí misma”. Las otras respondieron: “Si tú te has hecho a ti misma, ¿qué vas a hacer a nadie?” De ahí que las lamias no regresaran a Casa París.

Otro punto donde solían rondar las lamias era el peñón que había junto al Caserío Bordel, al lado de la carretera que baja del Alto de Ibañeta. Se cree que vivían debajo de la roca y el níspero que allí había servía como chimenea de su morada subterránea (del árbol salía “humo” en las mañanas más frías del año). Se cuenta que una de ellas perdió un broche de oro en el trayecto de regreso del caserío Kiteria de Gañekoleta. La lamia regresó a dicho lugar a pedirle a la dueña que se lo devolviera, pero ésta insistía en que no lo tenía. Pensando que le ocultaba la verdad, llamó a sus compañeras y cubrieron de piedras los campos del caserío. Los miembros de la casa acudieron al párroco para pedir ayuda. Éste conjuró a las lamias y las confinó durante 200 años debajo del peñón, sin que pudieran salir (curiosa esta condena del sacerdote, sabiendo que María Bordel fue acusada de brujería). Durante las obras de acondicionamiento de la carretera, las excavadoras y la dinamita hicieron desaparecer la mítica roca a principios de los años 70. A pesar de ello, aún se mantiene la prohibición de no coger ningún broche ni ningún peine del suelo, por si es propiedad de una lamia.

Otros testimonios narran que existía otra lamia en Pekotxeta, con un carácter más sociable y juguetón. Solía vestir de azul y sentarse sobre el yugo del ganado mientras los vecinos estaban arando. El pan blanco recién horneado era su manjar preciado. Este tipo de ofrenda es mencionada en otra historia de un vecino del Bixkar (1959). Éste relataba que cuando vivía la gente del bosque (lamias), una de ellas se acercó a una mujer del barrio para que asistiera a una de sus compañeras que estaba enferma. La vecina accedió a tratarla y fue convidada a cenar bajo la prohibición de que no se llevaría comida ni ningún otro objeto de su morada. La señora cogió un pedacito del pan de las lamias. Ellas se apercibieron y le reclamaron que dejara el pan si no quería ser arrojada al agua (morir ahogada). La vecina tiró el pan y la dejaron en paz.

Por otro lado, hay historias que aseguran que determinadas personas eran lamias (¿o deberíamos decir brujas?). Carmen Goñi de Gañekoleta (1958) contó que se decía que la dueña de Lasarra-Zaharra era lamia. Una noche, un vecino del barrio que regresaba a casa, se encontró un gato en la fuente de Boloki. Se santiguó asustado y le dio un garrotazo al animal. Al día siguiente, la señora de Lasarra apareció muerta. Otra versión, facilitada por otros vecinos de Gañekoleta, afirmaba que la dueña del caserío Martinenea era lamia. En una ocasión, el difunto señor de Atxua, notó que un gato negro le seguía por el camino de regreso de la feria de Burguete. Se metió por el sendero de Casa Doray y en el collado de Muno le asestó un tremendo golpetazo con un palo. Al día siguiente, encontraron muerta sobre la chapa del fogón a la dueña del citado caserío.

Otro aspecto a destacar de la mitología local es la presencia de criaturas nocturnas como Inguma (o Mahuma), los Gaizkiñek, o los cambia-formas. Curiosamente, a las “laminak” a veces se las asocia con el “gizotso” u hombre lobo. A las “sorginak” también se las describe muchas veces como animales negros que aparecen en cruces de caminos o junto a fuentes (normalmente gatos, pero también perros, ovejas, asnos, etc), como luces en la noche que te persiguen y te agreden o metiendo espíritus o servidores en las almohadas para provocar pesadillas o enfermedades. A todas las criaturas nocturnas, lamias y brujas incluidas, las detiene el canto del gallo al amanecer, además del “eguzkilore” (flor de sol) que se coloca en las puertas de las casas como amuleto de protección. Igualmente, se cree que, si el gallo canta a medianoche, hay brujas o espíritus acechando y se debe evitar que cante 3 veces para aplacar su influjo maléfico (matándolo si es preciso).

En un viejo pasquín encontrado en Luzaide (Gure Almanaka), se dibujaba así a las lamias: “eran una especie de hombres-lobo (Gizotso), medio persona, medio bruja, que vinieron aquí hace 200 siglos. Durante el día se ocultaban en cavidades rocosas y, por la noche, andaban volando a modo de almas errantes con sábanas blancas y rojas, silbando en medio de una horrible algarabía”. La diferencia que Satrústegui establece entre lamias y brujas es que las primeras eran criaturas extrañas, pasivas, que habitaban en cavidades fuera del vecindario, ajenas a cualquier culto y que se valían de sus encantos para trabar amistad, encandilar a los hombres o solicitar asistencia de parteras o curanderas; en cambio, las segundas, son personas bautizadas que reniegan de Dios, practicantes de ritos satánicos y causantes activas de males físicos y morales a personas y bienes.

Inguma (localmente conocido como Mahuma, Mamuzar o Mamua) es otro de esos genios nocturnos que es tan temido como las “sorginak” (brujas). Se cuenta que vive en un refugio abierto en la roca en el barrio de Gañekoleta llamado “Mamu-xilo”. Esta criatura suele colocarse sobre el pecho de los durmientes y atormenta a sus víctimas con pesadillas, sentimientos de miedo y angustia, sensación de opresión en el pecho y falta de aire, agarrotamiento o parálisis durante el sueño, pellizcos o cardenales en el cuerpo, agotamiento, estados depresivos y neutralización de las capacidades de las personas. Algunos de estos mismos daños son atribuidos a las brujas. Para evitar estos ataques, se recitaba una plegaria a San Andrés (sincretismo con Amets, sueño): “San Andres, barda ein dut amets, zurez eta neunez. Yinkoa ta Andre dena Maria, har nazazie zien hunez. Amen.” En el caso valcarlino, debemos subrayar una relación entre Mahuma y el profeta Mahoma, apreciándose una tensión mítico-histórica con los musulmanes como población hereje.

Algo parecido sucede con la figura del Judu Erratia, Juif Errant o Judío Errante. Este personaje es un anciano con barba blanca y vestido de harapos negros que no dejaba de vagar por los montes y que se aparecía una vez cada 100 años, llevándose a los niños y sus respectivas almas. Fue citado por primera vez en 1228 por el monje benedictino Matthieu Paris del Monasterio de Saint Albans. No obstante, la leyenda empezó a popularizarse durante el s. XVI. Se trata de una variante clara del mito de Ehiztari Beltza o el Cazador Maldito (natural en un entorno de caza como el de Luzaide) que fue deformada por el desprecio hacia la comunidad judía, que tenía una notable presencia en la cercana Bayona por su control sobre el comercio del chocolate (tan apreciado en Valcarlos). Así, el Judu Erratia pasó a convertirse en el típico “hombre del saco” con atributos saturninos. La existencia de algunas estelas funerarias en el cementerio de Luzaide donde puede apreciarse la estrella de David sugieren que, efectivamente, hubo (y quizás siguen existiendo) vecinos/as judíos/s, hecho que no es de extrañar dado su carácter fronterizo.

Otra de las criaturas terribles que atemorizaba a la población era Herensuge, la gran serpiente o dragón de siete cabezas que raptaba doncellas y se alimentaba de ellas (comportamiento que también se atribuye a Gaueko, representación de la noche). Las historias populares relatan que habitaba en la sima de Xiximurru, que sitúan en la Selva de Irati (en el vecino Valle de Aezkoa). En relación a este númen, que aparece en forma de culebra, se han conservado varias creencias y ritos. En primer lugar, se dice que tiene predilección por la leche de las mujeres lactantes y para evitar que se alimente de ellas y les pique, se debe recitar “Adam eta Eva”, echando ceniza de la chimenea y cortando con una guadaña. Si se ve a un lagarto muerto o una serpiente muerta, está prohibido pronunciar “hil dut” o “kalitu dut”. Hay que hacer tres cruces con la lengua sobre una piedra y besarla tres veces.

Entre los monstruos locales debemos incluir a Tartalo, nuestro cíclope autóctono. Una leyenda narra que un pastor que iba a cuidar de su rebaño se encontró con Tartalo e intentó engañarle para no ser devorado. Después le metió un pincho en el ojo para cegarlo y escapar. Con el fin de que no pudiera rastrearlo durante la persecución, le tiró un dedo en dirección a un barranco para que se precipitase en él.

La contrapartida benéfica de Tartalo es el Basajaun o Señor del Bosque. Este ser es descrito como un gigante peludo y forzudo, con un pie de cabra o pata en forma de kaiku. Los vecinos de Luzaide creen que vive en la cueva de Mailuxe o Mailuze (barrio de Azoleta) junto a su mujer la Basandere y que la gruta comunica mágicamente con Donibane Garazi (o Saint-Jean-de-Pied-de-Port). Por propia experiencia diría que se pasea por el Dolmen de Epersaro con algún otro Jentil. El Basajaun tiene un comportamiento claramente protector hacia los humanos, ayudándoles a cuidar a sus rebaños de los ataques de lobos (u otros depredadores) y vigilando para que nada malo les suceda a sus propietarios. Si detecta algún peligro o necesita algo, se comunica por señas o silbidos. Una vieja leyenda, también presente en Aezkoa, narra que el Basajaun se enamoró de una pastora de Saint-Étienne-de-Baïgorry (Valle de los Aldudes, Francia) que quedó embarazada del númen. La Basandere, celosa, la metió en un tronco estando preñada y tanto la madre como el bebé fallecieron.

Otra leyenda aezkoana, pero que tiene resonancia en Luzaide, es la de un “hombre-oso” llamado Unai. Se trataba de una criatura grande y peluda, con apariencia humanoide y rasgos de oso que habitaba en la Selva de Irati. Según cuenta la historia popular, una moza de Mendibe que iba camino de Otsagabia, fue raptada por un oso y quedó encinta. El oso la retuvo en su cueva hasta que consiguió escapar junto a Unai cuando éste tenía 6 años. Al principio, los lugareños miraban con recelo al niño por su fealdad y fuerza descomunal, pero finalmente fue aceptado y se convirtió en el mejor pastor de vacas del lugar. ¿Podría ser Unai el mismo Basajaun de Luzaide en una versión más humanizada que, a su vez, recoge el folklore de los cambia-formas autóctonos? Uno de los disfraces del carnaval valcarlino que consiste en un conjunto de pieles rodeadas por enredaderas o zarzas nos da algunas pistas.

El hombre-lobo de Luzaide, al igual que el Basajaun, comparten una fortaleza extraordinaria, además de una pierna redondeada en forma de kaiku. Durante la noche de San Juan, se dice que hay un momento en el que las piedras se convierten en pan y las aguas en vino. Quien presencie ese instante y lo integre como un misterio, alcanzará la prosperidad y felicidad de por vida. En cambio, si no logra aprehenderlo, será condenado a la maldición del Gizotso. Recapitulando, hay dos formas de convertirse en hombre-lobo en estas tierras, siendo lamia o medio lamia (que es sinónimo de bruja, en muchos casos), o ser testigo de un secreto mágico sin merecerlo. A esta podríamos añadir una tercera, que es cruzándose con un lobo o loba (el último lobo desapareció de Luzaide en 1928).

Ante semejante bestiario, los valcarlinos necesitaban aliarse con poderes que pudieran contrarrestar los horrores y peligros de la noche. El mayor de ellos, después de Mari o Maitagarri (si estaba de buenas), era la fuerza de la diosa sol: Eguzki o Iruzki (en el dialecto local). Satrústegui, Barandiarán e Iribarren aportan evidencias del arraigo del culto a este númen en la zona. Satrústegui recogió varias fórmulas para saludarla al amanecer y despedirse al atardecer:

“O Iruzki Saindia, eman zahuzu biziko eta hileko argia” (Santa Sol, danos luz de vida y muerte)

Iruzki Saindia, irudi ziin zipirtaka!” (Santa Sol, imagen resplandeciente)

Adio Iruzki Saindia! Bihar artio!” (Adiós, Santa Sol, hasta mañana)

Bihar artio Joanes, zauri bihar muga onez! (Adiós Juan, ven mañana con buena suerte)

Por su parte, Iribarren refirió el caso de un baserritarra de Luzaide que acostumbraba cada año a recibir al sol durante el Solsticio de Verano, arrodillado en el campo y haciendo gestos de adoración hacia el cielo. También se tiene constancia de que las mujeres de la localidad mantenían la costumbre de ofrecer tortas de harina de maíz (talos) a Iruzki en el s.XX. Asimismo, el fuego como representación del sol tenía un gran poder. Antes de acostarse, la señora de la casa cubría el fuego con ceniza y recitaba ciertas fórmulas para que no se apagase ni ocurriese nada malo. La chimenea era un lugar para dejar ofrendas y también para arrojar los dientes de leche de los niños mientras se decía “oizu zaharra eta ekatzu berria” (llévate lo viejo y trae lo nuevo) con el fin de asegurar su protección.

Adicionalmente, se ha de considerar que las festividades más señaladas en el calendario tradicional de Luzaide eran de índole solar: el Solsticio de Invierno, la Candelaria, la Cruz de Mayo y el Solsticio de Verano. En el Solsticio de Invierno, se quemaba el “gabonzuzi” y se guardaba su ceniza para fabricar talismanes (con el tiempo se sustituyó por la ceniza del Miércoles Santo o Miércoles de ceniza). Igualmente, se hacía la bendición sobre el pan. En la Candelaria, la Etxekoandre encendía una vela especial bendecida en la iglesia y daba tres vueltas alrededor de otro miembro de la familia que permanecía arrodillado. Luego derramaba tres gotas de cera sobre el hombro o sobre el cabello. Podía repetir este rito en otros lugares de la casa, en los campos o sobre el ganado (principalmente sobre las ovejas). En la Cruz de Mayo, se hacían cruces con las ramas de laurel a las que se añadían tres puñados de sal para protegerse contra las tormentas. En San Juan también se fabricaban enramadas o cruces protectoras con laurel y espino blanco. En esa fecha, se solía colocar a las gallinas bajo una rama de laurel cruzada con una hoz para que incubasen los huevos. Otra forma de protección particular para el ganado era confeccionar un amuleto con un cencerro, una rama de laurel bendecida, cera de las velas de la Candelaria y un hueso de una pieza de caza bendecida para hacer pasar a los animales bajo él.

Otras supersticiones que dieron lugar a otros actos de magia folklórica son:

-La creencia de que el mes que entraba en viernes sería malo.

– No cambiar de borda o terreno a los animales en viernes.

– No cortar las uñas ni el pelo en día con R.

Recordemos que el viernes era el día de Mari y el momento en que tradicionalmente los/as brujos/as se reunían para celebrar sus juntas o asambleas.

Próximamente, me gustaría detenerme a profundizar en el simbolismo del folklore vegetal de Luzaide, comparándolo con el de otros valles vecinos. De todos modos, os animo a leer la bibliografía consultada para profundizar en los aspectos tratados en este artículo.

 

*Agradecimiento personal a David Mariezkurrena por sus aportaciones durante la conferencia sobre “Mitos y leyendas en la tradición oral de Luzaide” impartida como parte del Curso de Antropología Cultural y Etnografía (Aranzadi). También a Juantxo Irisarri por la foto del carnaval de Valcarlos (el blog de las danzas de Luzaide está reseñado más abajo).

 

Bibliografía, webgrafía y fotografías

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https://www.abebooks.com/first-edition/L%C3%A9gende-Juif-errant-compositions-dessins-Gustave/22021361217/bd

 

 

 

 

 

Luzaideko Antropologia Kulturala-Etnografia Ikastaroa

La Sociedad de Ciencias Aranzadi (Aranzadi Zientzia Elkartea), en colaboración con el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide, desarrolló un Curso Práctico de Antropología Cultural y Etnografía con un completo programa de actividades en este municipio del Pirineo Navarro durante la segunda quincena de junio, en el que tuve el honor de participar.

Para quienes no conozcan la historia y trayectoria de Aranzadi, es preciso comentar que esta institución sin ánimo de lucro se fundó en 1947 tras la supresión de la Sociedad de Estudios Vascos durante el franquismo. Su intención era y sigue siendo continuar la labor de investigación del medio natural y humano en Euskal Herria. Su nombre toma el apellido de uno de sus fundadores y miembros más ilustres: el antropólogo, etnólogo, botánico y zoólogo Telésforo de Aranzadi Unamuno (1860-1945). Este personaje dirigió la primera campaña de excavaciones en los dólmenes de Aralar junto a José Miguel de Barandiarán y Enrique Eguren entre los años 20 y 30. Antes del estallido de la Guerra Civil Española, se unió a este primer equipo Julio Caro Baroja. Posteriormente, personalidades de distintas disciplinas y ámbitos de la cultura se convirtieron en miembros destacados, como es el caso de Jesús Elósegi, Eduardo Chillida, Manuel Laborde, Joaquín Gómez de Llarena, Ramón Margalef o Félix Rodríguez de la Fuente, entre otros. En la actualidad cuenta con unos 1700 socios y 14 departamentos. Entre sus publicaciones periódicas destacan las revistas Aranzadiana y Munibe.

La formación que tuvo lugar en Luzaide fue inspirada por un proyecto pionero de investigación y preservación del patrimonio etnográfico denominado “Zaharkiñak”, dirigido por Fermín Leizaola, Director del Departamento de Etnografía de Aranzadi y discípulo del Aita Barandiarán. Dicho proyecto fue iniciado en Andoáin en 1989 con el apoyo económico de la Diputación Foral de Guipúzcoa y la colaboración del Ayuntamiento y los vecinos del municipio. Consistía en la cesión temporal de objetos privados antiguos sacados de caseríos, bordas, talleres y astilleros con el fin de registrar, restaurar y dar a conocer elementos pertenecientes a modos de vida y costumbres extintas o en vías de desaparición.

Esta iniciativa tuvo 17 ediciones posteriores en diferentes localidades de la geografía vasca, en las cuales se realizaron exposiciones temporales in-situ como una alternativa a la musealización tradicional. Gracias a ella se catalogaron e investigaron amplias colecciones de objetos (más de 25.000 piezas). No obstante, lo más valioso fue conseguir la sensibilización de la comunidad hacia la riqueza de su legado histórico y la necesidad de preservarlo, la puesta en valor de sus rasgos identitarios como pueblo para que fueran transmitidos a las siguientes generaciones, así como su implicación activa en la dinamización cultural y civil en espacios públicos. Otro de los aspectos destacables del proyecto es que, durante el proceso de recogida y documentación de las piezas, se registraban los nombres de las mismas en la lengua vernacular del lugar, así como las historias ligadas a cada una, lo cual permitía refrescar y conservar el vocabulario autóctono junto a sus usos y significados (ver más aquí: https://www.ankulegi.org/wp-content/uploads/2012/03/0312Leizaola.pdf) .

Partiendo de los mismos fundamentos y nutriéndose de la experiencia de Leizaola, Suberri Matelo Mitxelena, miembro activo del Departamento de Arqueología de Aranzadi y colaborador del Departamento de Etnografía, tomó la iniciativa de diseñar y coordinar un nuevo proyecto de “recuperación patrimonial” y “concienciación comunitaria” en estrecha colaboración con el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide, contando con la financiación de un Programa de Desarrollo Rural. Dicho proyecto podríamos dividirlo en dos estadios: la organización de un curso práctico de antropología cultural y etnografía con trabajo tutorizado de campo, complementado con charlas teóricas impartidas por expertos de diversas instituciones y visitas culturales guiadas por miembros representativos de Aranzadi; una exposición de los objetos vinculados al patrimonio de la localidad que tendrá lugar en el edificio que sirvió como antigua Casa de las Monjas y escuela infantil.

El domingo 17 de junio la mayor parte del grupo nos encontramos en la plaza del pueblo y seguidamente nos instalamos en una de las habitaciones del albergue de peregrinos, la cual fue reservada amablemente por el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide para nuestro hospedaje. Posteriormente, comimos en el restaurante Ardandegia, propiedad de Fernando Alzón, alcalde de la localidad y excelente cocinero. Allí tuvimos espacio para charlar distendidamente mientras degustábamos la exquisita comida casera de nuestro anfitrión. A su vez, tuvimos ocasión de conocer con más detalle de los entresijos de las labores que íbamos a realizar en los días siguientes. Por la tarde, una de nuestras compañeras, Nuria, valcarlina de nacimiento, nos llevó a dar un paseo por el pueblo para irnos familiarizando con sus rincones, las familias vinculadas a cada casa y las actividades económicas del lugar, mientras nos contaba historias de su infancia y juventud. A las 19h Suberri inauguró oficinalmente el curso con la presentación pública del proyecto en la sede del Ayuntamiento.

El lunes 18 de junio a las 9h nos reunimos con el resto de compañeras/os en la sede de la asociación Argiola (cedida por el Ayuntamiento) a fin de que todas/os estuviésemos convenientemente informadas/os de los objetivos del proyecto, las tareas a desarrollar y los procedimientos vinculados al trabajo de campo. Tras la reunión, acudimos a casa de la concejala Elena Goñi, que fue nuestra primera colaboradora, además de nuestra madrina y enlace diplomático para gestionar las relaciones con los vecinos/as voluntarios/as que abrieron las puertas de sus casas para nosotros/as y aportaron objetos significativos de la historia de su familia y su pueblo.

En nuestra primera recogida de datos y piezas trabajamos en parejas para rellenar los distintos campos de las fichas de catalogación de piezas. También tomamos fotografías de los objetos y filmamos, con el consentimiento de la participante, parte del proceso y de las narraciones que surgieron de cada uno de ellos. Al final de la visita, se entregó el correspondiente documento de cesión en el que se indicaba el listado de las piezas recogidas para su estudio y restauración, así como las cláusulas donde se estipulaba que los/as propietarios/as podrán solicitar en cualquier momento el retorno de estas. Después procedimos al traslado de las mismas al local de Argiola y el resto de la jornada la dedicamos a afianzar el sistema de catalogación y a tomar contacto con el software informático para digitalizar las fichas en papel.

El rato de descanso que tuvimos antes de la primera ponencia algunas lo dedicamos a dar un refrescante paseo por el bosque hasta llegar a uno de los caseríos que se encuentran antes de tomar el camino al paso canadiense. Como no conocíamos el sendero, pedimos asistencia a un mozo que estaba alimentado a sus ovejas. Nuria, muy resuelta, preguntó al joven el nombre de la casa y recordó que conocía a la familia. Finalmente, la Etxekoandre salió del caserío y nos invitó a pasar, mostrándonos los bellos rincones de su hogar. Le pusimos al tanto de nuestra labor en el pueblo y estuvimos charlando animadamente. A nuestro regreso, presenciamos el entierro de uno de los vecinos en el cementerio local y escuchamos los melodiosos cantos del coro de hombres que acompañaban al cortejo que le estaba dando sepultura.

A las 19h David Mariezkurrena, Director de la revista Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra, nos deleitó con una conferencia sobre “Mitos y leyendas en la tradición oral de Luzaide”, donde hizo mención a los trabajos precursores en esta materia de Resurrección Mª de Azkue (Fundador de la Real Academia de la Lengua Vasca y miembro de la Sociedad de Estudios Vascos) y José Mª Satrústegui (antropólogo, etnógrafo y sacerdote de Luzaide durante más de una década), así como a la pervivencia de algunas leyendas sobre Mari, Herensuge, las Lamiak, el Basajaun, Tartalo, Inguma, las Sorginak, el Judu Erratia (Judío Errante) o animales que se consideran sagrados (abejas, mariposas, mariquitas, arañas, cuco, gallo…) o maléficos (lagarto, serpiente, gatos, perros aulladores…). Asimismo, se mencionaron algunos ritos de folklore popular llevados a cabo en fechas señaladas como la Candelaria, la Cruz de Mayo, San Juan, el Día de Todos los Santos o el Solsticio de Invierno. En el próximo artículo, me gustaría abordar con más detenimiento este tema, partiendo de las notas tomadas en la charla y de los textos de los autores mencionados, por la relevancia que tienen aún hoy estas creencias en la mentalidad de algunos vecinos/as mayores que se enorgullecen de que su Etxea se encuentre junto a una de esas moradas mágicas o conservan la memoria de esos relatos para poder transmitirlos a generaciones futuras.

El segundo día de trabajo de campo fue intenso pero muy gratificante. Varias vecinas y vecinos del barrio de Gañekoleta mostraron una entusiasta colaboración e incluso nos recompensaron con un gentil refrigerio. Para mí quedará el recuerdo de esos magníficos hogares, con suelos de madera de roble, amplias chimeneas adornadas con pucheros antiguos que ahora sirven de jarrones y hermosas piezas de cobre amarillo, el mobiliario rústico tradicional de la zona y los “sabaiaos” llenos de tesoros dormidos a la espera de ser rescatados. Debo confesar que quedé gratamente asombrada del mimo con el cual conservaban algunos de esos objetos y de algunos de los relatos personales que emanaron de ellos. Incluso surgió naturalmente una referencia a una aparición de un difunto hace un par de años que me resultó fascinante, siendo una entusiasta de estos temas que escapan a la realidad ordinaria.

Aquella tarde, una vez finalizados los trabajos, volvimos a visitar el barrio ya que nos hablaron de la posibilidad de bañarnos en una regata que hay al otro lado de una cueva. Personalmente tenía una especial curiosidad por el lugar porque David Mariezkurrena había hecho referencia a relatos que mencionaban manifestaciones de un númen en esa zona. Solo puedo decir que el lugar era una delicia y que efectivamente sentí una vibración especial allí, además de apreciar ciertas señales que no escapan a los ojos de aquellas que vemos más allá de lo evidente.

A las 19h Xabier Kerexeta, historiador y etnógrafo al que vengo siguiendo desde hace un tiempo a través de su blog “Kalegoi”, realizó una interesante exposición sobre “Microterritorios transfronterizos”, diferenciando las unidades administrativas religiosas de los municipios civiles y poniendo distintos ejemplos de la gestión y convivencia de lugares fronterizos como Luzaide- Arneguy, Irún-Hendaya, Roncal-Baretous, Xareta (Zugarramurdi, Sara, Ainhoa, Urdazubi), Baztán-Baigorri, Aran-Pallars Sobirá o Andorra.

El tercer día estuvimos trabajando con tesón en el barrio de Azoleta, donde sus vecinos/as nos trataron con la misma hospitalidad y buena disposición que veníamos recibiendo desde el primer momento. El Etxejaun y la Etxekoandre de una de esas casas que sirven de frontera a uno de los enclaves míticos de la zona fueron especialmente atentos con nosotros. Ambos, en distinta medida, me ayudaron a profundizar en el simbolismo y sentido de ciertas manifestaciones del folclore popular como las cruces de laurel, el sonido de las distintas tipologías de cencerros, el uso de las velas y su cera que son bendecidos el día de la Candelaria, la plantación de ciertos árboles y plantas junto a la casa así como la evitación de otras especies vegetales, la utilización de las aguas de distintas fuentes y los rituales funerarios propios del municipio.

En la primera parte de la tarde, estuvimos etiquetando y limpiando algunas piezas. En la segunda parte de la tarde, asistimos a la primera de las conferencias que Fermín Leizaola impartió como contenido teórico del curso y que versó sobre la cocina tradicional con su equipamiento. En ella habló de la evolución del centro del hogar a lo largo de la historia, desde el fogón bajo (“bekosue” o “sukileku”), pasando por la chimenea pirenaica o de tambor fálico, continuando con la cocina con escaño o “zizailu” abatible, siguiendo con la cocina económica, hasta llegar a la moderna cocina de inducción. Entre los objetos destacados, no podía faltar la “laratza” o cadena del “llar”, la “neskatua” o criada (soporte de hierro), el “suburni” o pieza de metal para apoyar los troncos, el “auzpoa” o fuelle, el “suondoko” o sujeta-pucheros, la “pertxa” o caldero de cobre, la “ferreta” o contenedor de agua de boca, el “kriseiu” o candil de aceite, los candelabros con “ascensor” o el “motrailu” (almirez). También mencionó algunas técnicas de lavado de la ropa como la “lisibación”, utilizando un lienzo de lino y ceniza apagada (o “sosa le blanc”) y mostró varias planchas de carbón. Si queréis conocer estos objetos en vivo y en directo, os recomiendo que estéis pendientes de las publicaciones web de Aranzadi a partir de septiembre (fecha prevista de la inauguración de la exposición en la Seroren Etxea o Casa de las Monjas). De todos modos, procuraré manteneros informados a través de las noticias del blog.

Desde la tarde del miércoles hasta la tarde del sábado tuvimos el gran privilegio de contar con Fermín Leizaola como tutor del grupo de 11 alumnas/os, además de que ejerciera de conferenciante y guía en la primera de las excursiones programadas para visitar los hórreos del Valle de Aezkoa. Con él compartimos tareas, convivencia, anécdotas y aprendizajes. Las lecciones ejemplares de humildad, sabiduría, genialidad y compromiso que recibimos de él fueron de un valor incalculable. De él también aprehendimos unas orientaciones básicas para llevar a cabo investigaciones etnográficas, profundizando en técnicas como: la elaboración de cuestionarios, la conducción de una entrevista, la observación participante, el registro de los objetos y su historia, el siglado, la descripción y categorización de las piezas, así como el análisis de las mismas. Asimismo, comprendí e interioricé que la etnografía es una ciencia interdisciplinar y poliétnica donde, en palabras de Barandiarán, “lo no vivido, es difícilmente interpretado”.

A primera hora de la mañana del jueves fuimos a recoger piezas a otro caserío. Luego Fermín Leizaola impartió una clase magistral que fue seguida de varias actividades tutorizadas en las cuales se implicó totalmente, dando ejemplo. Por la tarde, continuamos con las tareas de etiquetado, descripción, catalogación y limpieza de las piezas. A las 19h, Fermín realizó una presentación sobre el pastoreo en Euskal Herria, tema en el cual es un gran experto. Inició su exposición hablando del hito que supuso para la raza humana la domesticación de ciertos animales y citó algunas evidencias encontradas en la Cueva de los Osos, la Cueva de Arenaza o la Cueva de Marizulo, entre otras. Posteriormente, vinculó lingüísticamente el término “ari” (preindoeuropeo), con el vocablo “abere” (riqueza/ganado) y la palabra oveja (“ardi/a”). Después hizo referencia a la existencia de restos de cabañas o “txabolak” de pastores junto a dólmenes como Jentilarri, Trikuarriak o Tregoarriak, costumbre que se ha mantenido hasta hace pocas décadas. A continuación, clasificó las tipologías de chabolas en tres categorías: las de la zona de Aralar, Aitzgorri y Urbasa, las ubicadas en el entorno del Gorbea y las Pirenaicas. En lo que respecta a las ovejas, se focalizó en los diferentes marcados de las orejas, en los tipos de ocres o sellos hechos a fuego vivo y en las tipologías de cencerros con sus badajos o “mingai” (lengua) para poder reconocer el rebaño o un miembro en concreto por el sonido.

Otro aspecto interesante que tocó fue el uso de los cencerros como elemento de protección y el “suharri” o piedra de sílex, la famosa “piedra de rayo” que se utiliza junto a la “ardagaia” (seta) y un eslabón para hacer lumbre en los fogones bajos de los pastores, además de como elemento mágico vinculado al control del tiempo atmosférico. Finalmente, se abordó el aspecto económico de la venta de carne, lana y consumo de productos lácteos. Entre los instrumentos asociados a esta actividad, encontramos objetos cotidianos como el “kaiku” (recipiente para ordeñar y recoger la leche), la “abatza” o molde para fabricar quesos y la “oporra” o tazón para tomar la leche acompañada de talos (torta de maíz típica de Euskadi y que probablemente se importó de América del Sur). En cuanto a vestimenta, señaló el “irasko” o espaldero, confeccionado con piel de macho cabrío capado.

El viernes trabajamos en dos grupos: unos continuamos siglando, clasificando y documentando las piezas, mientras otros seguían con tareas de limpieza, lijado y tratamiento de los objetos. Después cambiamos de actividad para que pudiéramos aprender a hacer de todo. Dentro del equipo había algunas personas que tenían más experiencia y fueron las que ejercieron de tutoras con los que no teníamos entrenamiento previo. De ese modo, se aseguraba tanto la calidad de los procedimientos como se posibilitaba un aprendizaje con una progresiva autonomía. Poco a poco la dinámica de los trabajos de campo iba cogiendo un mayor rodaje y todos/as estábamos cada vez más motivados/as al ir viendo los resultados.

Por la tarde, Xabier Irujo, Director del Centro de Estudios Vascos en la Universidad de Nevada y profesor en esta misma institución, impartió una ponencia sobre la revisión que llevado a cabo sobre la batalla de Errozabal o batalla de Roncesvalles (778) y aprovechó el viaje para presentar el libro que recoge sus hallazgos en Luzaide en compañía de Juantxo Agirre, secretario de Aranzadi. En su discurso argumentó que este enfrentamiento no fue una mera escaramuza en la que las tribus vasconas, apoyadas por musulmanes, atacaron la retaguardia del ejército carolingio comandada por Roldán. Tras el análisis en profundidad de seis textos principales en latín que describen el suceso, ha llegado a la conclusión de que la contienda fue una batalla campal y decisiva (certamen), liderada por tropas vasconas (sin intervención de ningún sacarraceno) que aprovecharon en su favor la dificultad de paso del terreno y el cansancio del enemigo. Ésta se produjo durante varios días a lo largo de los 33 km que separan Zubiri de Luzaide, ya que en una calzada de unos 4-5 metros de ancho era inviable hacer pasar en formación a un ejército de algo menos de dos legiones que estaba huyendo con lo que habían saqueado en el asedio de Pamplona. La mayoría de las fuentes consultadas coinciden en que el enfrentamiento final tuvo lugar en la zona de Ibañeta, entre el llano de Errozabal y Luzaide, muy probablemente en el puerto de Zize. Recientemente se han descubierto unos miliarios y restos de una vía romana en el entorno de Ibañeta, lo cual representa un indicio muy relevante que apoya la existencia del paso de Zize.

Otro de los puntos a destacar de la investigación de Irujo es que sostiene una posible alianza entre Otsoa Lupus II, Duque de Aquitania, y un cabecilla vascón llamado Eneko, cuñado de Ximen el Fuerte y seguramente gobernante de Pamplona y su comarca. Fuentes árabes, además, mencionan que Eneko falleció en el año 820. Su hijo fue Eneko Aritza (más conocido como Iñigo Arista), primer rey de Pamplona.

El hecho de que las primeras crónicas sobre la Batalla de Roncesvalles se escribieran tras la muerte de Carlomagno nos lleva a pensar que se trató de una vergonzosa derrota en la que el rey franco dejó tirado a su propio ejército, hecho que debía ser ocultado a toda costa. Así pues, la “Chanson de Roland” (escrita en el S.IX) no fue otra cosa que una maniobra de manipulación política, adornada poéticamente, para limpiar el nombre de Carlomagno y otorgar un final épico a los caídos en batalla. Un engaño que ha durado siglos y que ha beneficiado a mucha gente, mientras que los verdaderos héroes y sus descendientes han quedado en la sombra.

Si os interesa saber más sobre el estudio que se ha hecho sobre este acontecimiento, os animo a leer “778: La batalla de Errozabal en su contexto histórico” de Xabier Irujo, publicado en la editorial vasca Ekin: http://editorialvascaekin-ekinargitaletxea.blogspot.com/ Asimismo, Juan Mari Txoperena participó en la filmación de un documental sobre la contienda llamado: “778: La Chanson de Roland” (Canal Historia). No obstante, se habilitará un espacio expositivo específico en la Casa de la Monjas de Luzaide para mostrar a los visitantes un resumen de este hecho histórico, incorporando los nuevos descubrimientos que se han realizado en torno a él.

El sábado 23 de junio realizamos una ruta guiada por Fermín Leizaola para conocer los hórreos (“garaiak”) del Valle de Aezkoa (Merindad de Sangüesa). Este lugar es uno de los más bellos de la Navarra Pirenaica y conserva 15 de los 22 hórreos de la Comunidad Foral. Nosotros visitamos 14 de esos 15 hórreos, ya que el último se encuentra en mal estado de preservación. Empezamos el trayecto en la localidad de Garralda, hogar de nuestra compañera Kontxesi y de José Etxegoien (historiador). José Etxegoien tuvo la amabilidad de invitarnos a pasar a su casa y nos mostró, entre otras cosas, una gran fotografía del gran incendio que asoló casi todo el municipio en 1898. Igualmente nos enseñó otras fotografías y objetos que forman parte de la historia de su familia y el valle.

Posteriormente, Fermín nos explicó las características particulares que distinguen a los hórreos aezkoanos frente al hórreo de Masamiguel y nos habló de las políticas de conservación que se habían llevado a cabo a lo largo de los años, no carentes de complicaciones. Seguidamente, nos trasladamos a Aribe. Allí se encuentra el hórreo de Domench, que ha sufrido varias modificaciones que lo han convertido en una casa de dos plantas, aunque aún se puede apreciar parte de la estructura original con sus “tornarratos”. Después acudimos a Aria a visitar 3 de los 4 hórreos que aún perviven. Allí realizamos una parada para almorzar junto a la iglesia y tuvimos oportunidad de visitar el camposanto, en el cual había algunas tumbas en forma de estelas discoideas.

A continuación, viajamos a Orbaizeta, conocida por su fábrica de armas, a ver tres hórreos más. El que más me gustó fue el de Primorena, que se encuentra situado entre dos calles y separado de la casa. La curiosidad de esta construcción es que la manilla de la puerta tiene forma de salamandra y conserva un “eguzkilore” en sustitución de la enramada de laurel y espino blanco que se solía colocar en el dintel para proteger el grano de las tormentas. Seguidamente, retrocedimos hasta Orbara para conocer el hórreo de Jabat, que conserva seis de los ocho “tornarratos” originales.

Proseguimos nuestro camino y llegamos a Garaoia, donde el propietario del hórreo de Maisterra nos invitó a entrar en el interior del edificio para ver los contenedores donde se guardaba el grano. Algunas aprovechamos la ocasión para ir a la iglesia y visitar el camposanto, que también contiene algunas estelas discoidales. Finalmente, arribamos a Hiriberri, último punto de la ruta, donde contemplamos cuatro hórreos más. El más interesante, para mi gusto, es el que se encuentra cerca de la iglesia.

Para aquellos/as que estéis interesados/as en conocer más sobre esta temática, recomiendo la lectura del artículo “Contribución al estudio del hórreo en la Navarra Pirenaica” de Fermín Leizaola, junto a dos artículos más de José Etxegoien: “Hórreos de Navarra” y “El hórreo en Euskalherria”. Igualmente, podéis ver un vídeo de los hórreos de Aezkoa en el siguiente enlace: https://youtu.be/ArzRz9EK7To

La tarde del sábado, tras una copiosa comida con una larga sobremesa en Burguete/Auritz, nos fuimos a festejar el Solsticio de Verano a Donibane Garazi (Saint-Jean-de-Pied-de-Port), aunque una servidora se retiró antes para recoger discretamente las plantas mágicas que se recolectan en esta fecha señalada.

La mañana de San Juan nos permitieron entrar a la iglesia de Luzaide antes de que comenzase la misa e iniciásemos nuestra siguiente excursión a la borda y dolmen de Epersaro, atravesando el Infernuko Erreka (Regata del Infierno), guiados por Juan Mari Martínez Txoperena y su esposa. Juan Mari, a pesar de trabajar como restaurador profesional, ha sido un gran colaborador del Departamento de Arqueología de Aranzadi durante más de 30 años. Su gran afición siempre ha sido el megalitismo y es una de las personas que mejor conoce el dolmen Epersaro y el cercano túmulo de Zubibeltzeko (Barrio del Bixkar) así como sus alrededores, ya que fue él quien los descubrió en 2014 junto a Rafa Zubiria. Aprovecho para animaros a leer su blog si sois entusiastas de esta materia: http://megalitos.txoperena.es/

El camino para llegar al dolmen comienza en el kilómetro 53 de la carretera N-115. El sendero discurre a través de un frondoso hayedo. Luego hay que sortear un salto de agua que, si ha llovido bastante, puede estar muy empantanado y dificultar el paso. El camino acaba en una pequeña borda de piedra abandonada que se encuentra junto a un roble alcanzado por el rayo. A partir de ahí hay que andar unos 200-300 metros hasta el dolmen, atravesando zarzas, helechales y algunas matas de digital o dedalera (ojo con ella, no la cojáis alegremente sin tener conocimientos de etnobotánica). No es recomendable que hagáis este camino a finales de otoño o en invierno por la inclinación del terreno y la cantidad de vegetación que se forma. Todo aquel que quiera hacer esta ruta debe ir convenientemente equipado (no ir con “playeras”, ni con pantalón corto ni zapatillas de deporte que no agarren bien el pie y tengan una buena suela). Y, por supuesto, recordad que un dolmen es un monumento funerario con gran valor patrimonial y un carácter sagrado. Se ruega encarecidamente no fumar en el lugar ni arrojar basura, además de tener una actitud respetuosa hacia el monumento y el territorio que lo rodea. Los Gentilak, el Basajaun y el resto de las criaturas que habitan la zona os lo agradecerán. A continuación, os dejo el enlace a un vídeo donde podréis contemplar la belleza de este yacimiento prehistórico: https://youtu.be/hF_9Qk3geQg

Aunque no estaba previsto, Juan Mari nos condujo al puerto de Ibañeta para contemplar el valle desde otro punto de vista y hacer una pequeña explicación sobre las excavaciones de la vía romana. Si queréis aproximaros a las investigaciones que se llevan desarrollando en torno a la calzada del Pirineo desde el 2008, Aranzadi publicó a finales del 2017 un libro titulado “Jornadas sobre las calzadas romanas en la Antigüedad”. Asimismo, se ha editado una separata denominada “La vía de Hispania a Aquitania en el paso del Pirineo por Ibañeta. Resultado de la investigación sobre la calzada romana desde Campo Real – Fillera a Donezaharre”.

El lunes 25 de junio por la mañana reanudamos los trabajos de campo. Un grupo fue a recoger más piezas a otros caseríos mientras los demás nos quedábamos limpiando y restaurando objetos en el local de Argiola. Hicimos un descanso a mediodía y una vecina se acercó a ofrecernos algunas piezas que ella consideró que podían ser interesantes para la catalogación y exposición. Parece que se estaba corriendo la voz entre la comunidad sobre las labores que se estaban realizando y se fueron sumando, inesperadamente, nuevas piezas a la colección, lo cual era una tremenda alegría. Por la tarde, todos/as dedicamos un rato a tareas de tratamiento de piezas. En el descanso, antes de la ponencia, unos se fueron a refrescar al río y otros a comprar a la carnicería Arrosagaray (parada obligada para todo visitante de Luzaide).

A las 19h José Etxegoien nos ofreció un interesante y didáctico recorrido por la historia de Luzaide desde que se menciona el lugar por primera vez en un documento del Archivo de la Colegiata de Roncesvalles en 1234 hasta la actualidad. Desde el primer momento, Valcarlos destacó por las ventas existentes para albergar a los peregrinos que realizan el Camino de Santiago, así como por el pastoreo de la ganadería y la caza. Posteriormente, se instalaron 4 o 5 herrerías, entre las que destacaron las de la Reclusa o la de Navarrola. En el S.XIII se construyó una torre defensiva en Luzaide, que se perdió hacia el 1479. Posteriormente, Fernando el Católico, en su campaña de conquista del Reino de Navarra, construyó un castillo en el Camino Alto.

Valcarlos, como zona transfronteriza sufrió el impacto de diversas tensiones políticas y socio-económicas. Primero, entre 1400 y 1615, aguantó las escaladas de poder por el control de los pastos entre el Vizconde de Erro y el Vizconde de Echauz apoyado por la nobleza de Baigorri. Después estalló la guerra entre Francia y España en 1635. Más tarde, aconteció la Guerra de Convención el 1793, proseguida de una terrible epidemia el 1794 y un incendio en 1795 que arrasó con casi toda la población de Luzaide. En 1808 estalló la Guerra de la Independencia y los ejércitos de Napoleón se nutrieron del pillaje en Valcarlos, Aezkoa y Salazar. En 1822, se inició la Primera Guerra Carlista y, en 1834, Zumalacárregui conquistó la fábrica de armas de Orbaizeta. Por tanto, la zona se convirtió en campo de batalla para ambos bandos. En 1849 empezó la Segunda Guerra Carlista, sufriendo este territorio una suerte similar a la de la primera. Teniendo en cuenta estos factores, es lógico que el contrabando se convirtiera en una actividad principal para la supervivencia de los vecinos.

A principios de 1900, pareció levantar cabeza gracias a la instalación de la fábrica de ocre y la central eléctrica. No obstante, en 1920 desapareció la minería como recurso económico. En su momento, hubo un hotel, un balneario y un cine, pero estas propuestas del sector servicios acabaron fracasando. Entre los años 20 a los 60 empezó a despoblarse la zona, perdiendo su estructura comunitaria. Actualmente, el Alto Pirineo Navarro es el territorio con menor población de toda la Comunidad Foral. De ahí que sea tan importante promover iniciativas que reactiven la economía y el crecimiento poblacional ya que, de otro modo, recursos como la escuela rural local desaparecerán. En este sentido, José Etxegoien transmitió un mensaje reivindicativo para concienciar de la gravedad del problema y animar a la cooperación comunitaria entre las instituciones y los/as vecinos/as de los diversos valles.

El martes 26 de junio fue un día de intenso trabajo que mereció mucho la pena. Al igual que el día anterior, por la mañana nos repartimos en dos grupos: unos se quedaron realizando tareas de restauración y los demás fuimos a recoger piezas a otro de los barrios del pueblo. En esta ocasión tuvimos la oportunidad de incorporar a la colección interesantes piezas de un taller de “eskalapinek” (zuecos de madera) que documentó el investigador Juan Garmendia Larrañaga en los años 70. La fabricación de este tipo de calzado es un oficio artesanal tradicional que está prácticamente desaparecido y poder preservar estos objetos es de una relevancia absoluta.

Antes de comer, hicimos una parada para ver por dentro la Casa de las Monjas y estuvimos haciendo una lluvia de ideas a fin de recoger propuestas de cara a organizar los distintos espacios de la exposición. En la primera parte de la tarde, todos/as trabajamos con ahínco en labores de tratamiento de piezas. Nuestros avances se iban haciendo cada vez más manifiestos y eso alimentaba la implicación del grupo.

En la segunda parte de la tarde asistimos a una conferencia sobre el reconocimiento de los Inauteriak (Carnavales) y sus danzas como bien de interés cultural por su valor patrimonial inmaterial, impartida por Mikel Ozkoidi y Karlos Irujo. Entre estas manifestaciones singulares del folklore popular del Alto Pirineo Navarro podemos incluir los carnavales de Ituren y Zubieta (Valle del Baztán), los carnavales de Lantz (Valle de Anue), pero también los Bolantzak (Volantes) de Valcarlos. Dado que abordé ampliamente este tema en otro artículo (febrero de 2018), os remito a la publicación en papel de estos autores que podéis encontrar en Elkar por si queréis profundizar en él: https://www.todostuslibros.com/autor/ozkoidi-perez-mikel-irujo-asurmendi-karlos

El miércoles 27 de junio se realizó una nueva recogida de objetos, entre ellos una de las piezas estrella que se exhibirán como parte del mobiliario de la cocina tradicional pirenaica en la Casa de las Monjas. No quiero dar más detalles para no quitarle emoción al asunto… Asimismo, se continuaron las labores de restauración. Ese día no se programó ninguna conferencia, pero el grupo pudo degustar “gâteau basque” traído de Donibane Garazi como parte de la celebración de cumpleaños de una servidora.

Debido a compromisos familiares ineludibles, tuve que ausentarme del curso antes de su cierre el viernes 29 de junio. Mis compañeras/os dedicaron los últimos dos días a finalizar los trabajos de reparación de las piezas y avanzar en la digitalización de las fichas. El total se consiguieron reunir y documentar 370 piezas relacionadas con la cocina tradicional, los trabajos agrícolas, los oficios antiguos y las creencias mágico-religiosas de Luzaide. Nada de esto hubiera sido posible sin la estrecha colaboración vecinal y el gran apoyo recibido de los representantes del Ayuntamiento de la localidad.

La charla del jueves 28 de junio versó sobre la Etxea o casa tradicional y fue conducida por el profesor y escritor Juan Carlos Etxegoien (alias Xamar, haciendo honor a la casa Xamarrena de Garralda). El contenido de esta exposición podéis encontrarlo en su libro “Etxea- ondarea, historia, mintzoa”, publicado en 2016 por la editorial Pamiela y disponible en Elkar: https://www.elkar.eus/es/liburu_fitxa/etxea-ondarea-historia-mintzoa/xamar/9788476819678 Para los no vascohablantes, comentar que se está trabajando en un traducción del texto en castellano para hacerlo accesible a un público más amplio.

Por último, la ponencia del viernes 29 de junio, impartida por la filóloga y miembro de Ikerfolk Ane Albisu, giró en torno a la vestimenta festiva tradicional y su historia a lo largo de 100 años. La conferenciante ilustró parte de su discurso con varios trajes tradicionales e indumentaria de carnaval que se encontraban ya expuestos en la sede del Ayuntamiento de Luzaide, a los cuales se sumaron una “manteleta” de mujer y una “kapa” funeraria de hombre que los vecinos cedieron. En 2008, Ane publicó los resultados de un exhaustivo estudio realizado sobre la vestimenta tradicional vasca y su historia cuyo título es: “Atondu. XXI. Menderako proposamenta (Ondarea)”. Su libro puede adquirirse a través de Amazon: https://www.amazon.es/Atondu-XXl-Menderako-proposamena-Ondarea/dp/8497833457 Aquellos que no sepáis euskera, podéis leer un resumen en el siguiente artículo de Euskonews: http://www.euskonews.com/0359zbk/gaia35901es.HTML

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El cierre del curso no podía ser otro que una buena cena en la sede de la sociedad gastronómica de Luzaide, orquestada por el concejal Michel Granada, a quien hay que premiar su disposición para asegurar el disfrute de una agradable velada.

Para poner el broche final a esta crónica de mis vivencias valcarlinas, quisiera agradecerle al universo y a los espíritus del territorio que se diera la feliz sincronicidad de enterarme tres semanas antes del inicio del curso que una parte de nuestro linaje vivió durante algún tiempo en Luzaide. Gracias a mi prima María Artal, a que renuncié voluntariamente a la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo y a la valentía de tirarme a la piscina sin la seguridad de que me admitirían en el curso, tuve una de las mejores experiencias de mi vida. También quiero agradecer a Suberri Matelo, coordinador del curso, que me diera la oportunidad de participar y aprender junto a un grupo maravilloso de personas a las que guardo con cariño en mi corazón. Igualmente, deseo hacer una mención especial a mis compañeras/os de viaje: Leire, Iratxe, Aran, Jokin, Kontxesi, Kristina, Klara, Zuriñe, Nuria y Eduardo. Mil gracias por los buenos momentos que hemos pasado juntos y por todo lo que hemos compartido. Espero que nos volvamos a encontrar pronto.

Fotografías

La mayor parte de las fotografías fueron tomadas por la autora del blog

Las fotografías nº 4, 6 y 12 han sido extraídas de la noticia publicada sobre el curso en la web de Aranzadi: http://www.aranzadi.eus/etnografia/antropologia-cultural-en-luzaide

Las ilustraciones del puente internacional del Barrio de Pekotxeta y de los Bolantak son parte de una publicación de José Mª Satrústegui sobre el grupo doméstico de Valcarlos: http://www.vianayborgia.es/bibliotecaPDFs/CUET-0002-0000-0115-0213.PDF

 

 

Inauteriak, Aratusteak, Basaratusteak

El Carnaval es una festividad con un origen pagano remoto. La palabra carnaval proviene del latín “carrus navalis” (carro naval). Esta idea surge de los rituales babilonios y egipcios en los cuales se transportaba al dios Marduk y a la diosa Isis, respectivamente, sobre naves engalanadas.

Los primeros testimonios conocidos sobre esta celebración datan del 5000 a.C. Al inicio de la primavera, se celebraba en Babilonia una festival en honor a Marduk que consistía en la deposición temporal del poder por parte de las autoridades y en la ridiculización de la justicia. Durante el primer día, un sacerdote retiraba del rey todos los emblemas que señalaban su poder y lo exponía a agresiones físicas. Además, a los sirvientes se les permitía dar órdenes a sus amos. Otra de las tradiciones consistía en soltar a un prisionero, vestirlo con prendas de rey y proveerlo de manjares y mujeres. Al 5º día, el “falso rey” era depuesto y condenado. De esta manera el pueblo quedaba liberado del caos y la malicia.

Posteriormente, el judaísmo, convirtió esta antigua festividad babilónica en la fiesta de Purim, en la cual se celebra la salvación del pueblo de Israel gracias a que Ester suplicó su perdón al rey persa Mardoqueo (a quien algunos historiadores identifican como Jerjes I). Durante Purim los judíos tienen la costumbre de disfrazarse, usar máscaras, tocar música, bailar, cantar, comer y beber en abundancia, así como recitar coplillas burlescas y organizar representaciones teatrales.

En Egipto, al inicio de la primavera existía un festival en honor a Isis en el cual se transportaba la imagen de la diosa sobre una barca adornada con guirnaldas y flores hasta la costa para bendecir el inicio de la temporada de navegación.  Luego el culto a Isis se extendió entre los mercaderes griegos. Cuando Egipto se convirtió en parte del Imperio Romano, Isis fue asimilada a otras diosas relacionadas con la fertilidad.

Antes de la llegada de los cultos isiacos, los griegos celebraban un festival en honor a Dionisos. Según el mito helénico, Dionisos llegó desde Oriente en un navío sin tripulación. De ahí que fuera costumbre transportar la figura del dios en un carro adornado a través de las calles y los campos. Dicho carro era acompañado de una multitud de fieles disfrazados y con máscaras que ocultaban su identidad pública, los cuales entonaban himnos bajo los efectos de la embriaguez.

Dionisos, fue posteriormente asimilado al Baco romano. Sus festividades fueron introducidas en Roma hacia el 200 a.C. Inicialmente, tanto los misterios dionisíacos como las Bacanales eran ceremonias secretas en las que participaban únicamente mujeres, conducidas por sacerdotisas. Su origen se remonta a un culto anterior a Pan/ Fauno. Poco a poco, la participación se fue extendiendo entre los hombres y se aceptó también la presencia de esclavos.

Tanto los ritos dionisíacos como las bacanales poseían un componente caótico, extático y sexual destacado. Las fieles, conocidas como “ménades”, se vestían con pieles y se adornaban con laurel. Los devotos, denominados “sátiros”, se ponían cuernos en la cabeza y a menudo se cubrían con hojas. Utilizaban vino, sustancias enteógenas y el frenesí de la danza para eliminar las inhibiciones y provocar estados alterados de conciencia. El propósito final de estos ritos no era entregarse simplemente a la lujuria, sino que tenía un sentido místico. Dionisos/Baco era una deidad cnótica, relacionada con la tierra y el inframundo, que permitía contactar con la auténtica naturaleza del espíritu para provocar cambios en el individuo. Debido al carácter mistérico de estos cultos, hay muchos aspectos que actualmente desconocemos. Su conversión en una festividad popular hizo que se conservaran ciertos elementos folclóricos, pero desconectados de su significado religioso profundo.

Por otra parte, el carnaval se asocia a las Lupercales romanas. Su denominación proviene de la combinación de los términos “lupus” (lobo) e “hircus” (macho cabrío), animales que eran sacrificados en la cueva Lupercal, lugar donde había vivido la loba que amamantó a Rómulo y Remo. Los Lupercos, cofradía salvaje vinculada a la figura mítica del lobo, que luego pasó a formar parte del sacerdocio regular romano, cortaban tiras de las cabras sacrificadas y corrían cubiertos de pieles y una máscara, azotando a las mujeres para propiciar su fertilidad. De esta forma recreaban el pasaje de la leyenda del rapto de las Sabinas.

Los germanos, los escandinavos, los celtas, los celtíberos y otros pueblos europeos tenían sus propios cultos a la naturaleza salvaje, llevados a cabo por cofradías de cazadores y guerreros (“harii”,”berserker”,”ulfhednar”,”fianna”,”seguidores de Vaélico”…) que realizaban rituales extáticos bajo los efectos de plantas como la amanita muscaria, el cornezuelo, la belladona o el beleño negro. En ellos la figura del lobo (junto con la del oso) poseía igualmente un carácter sagrado como símbolo de muerte cósmica y reintegración cíclica.

En los carnavales rurales vasco-navarros y pirenaicos hallamos reminiscencias de estas mismas celebraciones que reconectaban con lo salvaje y buscaban el retorno al caos o desgobierno primitivo, aboliendo la organización impuesta por la civilización.

En euskera, el término para designar estas festividades es “Inauteriak”, “Iñauteriak” o “Inauteak”. Según José Dueso, podría provenir bien del vocablo “iñau”, que significa “burlesco” y el sufijo “te” que se emplea para indicar “temporada”. Baroja sugiere otra posible etimología derivada de “iñaute”, añadiendo el sufijo “eri” que se traduciría como “enfermo” pero también como “malo” o “vicioso”. Teniendo en cuenta que uno de los propósitos del carnaval es encarnar lo que es considerado malicioso o perjudicial para liberarse de ello, esta interpretación tendría su sentido. De todos modos, existe la palabra “iñote” o “iyote” para designar al carnaval propiamente dicho. Por último, investigadores como Caro Baroja se focalizan más en la relación del carnaval con la carne, tomando como referencia el sentido más moderno que adquirió en Europa a finales del S.XV por influencia del cristianismo con su prohibición de comer carne durante la Cuaresma y abstenerse de mantener relaciones sexuales.

A mi juicio, esta asociación podría provenir de tiempos arcaicos, ya que “carnero” en vasco se dice “ahari” y la “carne” se denomina “haragi”, pudiendo ser el sufijo “eri” una derivación fonética. Adicionalmente, el mes de febrero, que es cuando se celebran la mayoría de los carnavales, recibe no solo la denominación de “otsaila” (mes de los lobos), sino también “zezeila” (mes de los toros), animales totémicos autóctonos que tienen su representación en estas celebraciones y que podríamos relacionar con cultos mediterráneos (minoicos, griegos, romanos). Tampoco podemos olvidar que tanto el lobo como el oso, después de una temporada de carestía durante el invierno, necesitan consumir más cantidad de comida para reponer fuerzas. Igualmente, durante inviernos muy duros, el sacrificio de animales que inicialmente estaban destinados a la criar, podría convertirse en una necesidad.

Otro aspecto que es necesario puntualizar es que los carnavales no son un momento aislado dentro del calendario tradicional vasco y otros calendarios europeos, sino que forman parte del ciclo de festividades invernales. En origen, este periodo de algarabía, descontrol y destrucción del viejo orden (tanto divino como social), comenzaba con el inicio de la época oscura del año: la fiesta en honor a los difuntos. En muchos lugares de la geografía vasco-navarra y pirenaica, los carnavales comienzan tras la Navidad y finalizan en Cuaresma, como es el caso de Andoain y otras localidades guipuzcoanas. No obstante, en la mayor parte del País Vasco Francés (especialmente en Zuberoa), empiezan en Año Nuevo y acaban el Martes de Carnaval. En lugares del norte de Navarra como Agoitz o Donamaria empiezan la víspera de Epifanía. En el resto del norte de Navarra, tienen lugar tres semanas antes del Miércoles de Ceniza. En Ituren, Zubieta y Aurtitz, se festejan después de San Antón, durante el último lunes y martes de enero. En otros pueblos navarros, el primer jueves (Izekunde) se dedica a los compadres, el segundo jueves (Emakunde) a las comadres y el último jueves (Jueves Gordo) a los mozos (Gizakunde). En cambio, en Oiartzun (Guipúzcoa), otras localidades alavesas y vizcaínas, los carnavales se inauguran después de la Candelaria.

Como se ha explicado en varios artículos relacionados con la época oscura del año (Negu, en euskera), la Caza Salvaje es un mito muy antiguo, ampliamente extendido por Europa. Entre sus integrantes encontramos monstruos con rasgos animales como los Krampus o las Pertchen, brujos/as como la Befana o Black Annis, representaciones de espíritus feéricos (doncellas de Santa Lucía) y difuntos, además de otros personajes que la lideran (normalmente, deidades o númenes como Odín, Holda, Cailleach, Cernunnos, Diana, Herodías, Mari o Akerbeltz). En las distintas versiones de relatos de esta temática, se narra que toparse con estas huestes o cortejos, implicaba unirse a ellos, al menos en espíritu (aunque en muchos casos suponía la muerte del cuerpo físico). Durante la época solsticial se pone especialmente de manifiesto que, en la mentalidad popular, se conserva la idea de que estas criaturas castigan o premian a los mortales, en función de su comportamiento y la consideración de dejar alguna ofrenda u obsequio para honrarlos o aplacarlos. De ahí que haya tradiciones en torno a entrega de alimentos u otros presentes. Como veremos a continuación, esto no es exclusivo de dichas fechas, sino que los escarmientos, sacrificios y tributos también forman parte de los carnavales.

Otro punto que es preciso señalar es que los carnavales representan una expresión viva de la antigua concepción que se tenía del alma (subdividida en partes) y la interrelación entre el mundo terrenal y otras dimensiones ocultas, entre lo natural y lo mágico. Claude Lecouteux, además de subrayar que en la antigüedad no existía una distinción clara entre sueño y realidad (inconsciente y consciente), pone de relieve la creencia pagana de que cualquier individuo está compuesto por un cuerpo físico, la fuerza vital que procede de la energía cósmica y anima el cuerpo, el doble físico que puede afectar a la materia (que, según distintas tradiciones chamánicas, deja su esencia en los huesos) y el doble espiritual o acompañante. Este doble espiritual o genio tutelar es el que puede cambiar de forma y a menudo adopta la apariencia de animal, aunque puede presentarse con forma humanoide, con el aspecto de un antepasado difunto o bajo la apariencia de una entidad feérica. A continuación, se mostrarán ejemplos de esta relación en los disfraces de los Inauteriak e incluso podremos atisbar un cierto regusto a rituales chamánicos de la Prehistoria y cultos mistéricos de la Edad Antigua.

Uno de los carnavales más potentes en cuanto a elementos simbólicos es el que se celebra entre Ituren y Zubieta (Navarra). Los personajes principales son los Joaldunak (también conocidos como Zanpazarrak) y el Hartza (oso). Los Joaldunak son hombres (nunca mujeres) vestidos con una larga camisa, enaguas blancas, pantalones azules, faja (“gerriko”) y un chaleco de piel de oveja, un pañuelo rojo, un largo capirote cubierto de cintas y coronado con plumas de gallo (“ttuntturroak”) y abarcas. En la espalda cargan dos enormes y sonoros cencerros (“polunpak”) junto a dos cencerros pequeños sin badajo (“joareak”), en la mano portan una especie de látigo o hisopo (“hisopua”) hecho de crines de caballo con un mango de madera cubierto de piel y algunos llevan colgado un cuerno (de llamada). Estos mozos ataviados con partes animales se colocan en dos filas y hacen sonar rítmicamente los cencerros para despertar a la tierra dormida y sacar al oso de su letargo, además de alejar las enfermedades y todo tipo de mal. La manera en que agitan los hisopos tampoco es trivial, ya que con las crines de caballo parecen acariciar el suelo y con ese gesto estarían fertilizando la tierra, lo cual recuerda mucho a un ritual realizado en Escandinavia durante el Dísting (o Dísarblot), festividad se honraba a Jörd (la Madre Tierra) y a las Landvættir (espíritus feéricos de la naturaleza).

En la Saga de los Volsungos se relata que unos campesinos llevaron a cabo una ceremonia de fertilidad en la que usaban el pene de un caballo y recitaban un conjuro con el objetivo de conseguir prosperidad. En la cultura nórdica el caballo era un animal sagrado relacionado con el dios Frey. En Euskal Herria, el caballo se relaciona con los Ireluak, espíritus con forma de “pottoka” (caballo) que hacen de mensajeros entre el mundo invisible y el de los humanos (ver artículo sobre los “oihulariak”). Igualmente, tienen una clara relación con la fertilidad. Así pues, el hisopo de los Joaldunak bien podría ser una representación de su miembro viril. Otro personaje que también barre el suelo con crines de caballo mientras hace sonar los cencerros es “Txerrero” de Zuberoa. Adicionalmente, en esta misma región también destaca la figura de Zamalzain, un ser mitad hombre y mitad caballo que es herrado durante la representación. Esta misma costumbre de herrar la figura de un hombre-caballo la encontramos en el personaje de “Zaldiko” del carnaval de Lantz. En el Sobrarbe (Aragón) también existe el “Caballé”.

Por su parte, el Hartza (oso) es un animal que tiene un fuerte arraigo en territorio euskaldun y a lo largo de los Pirineos. Junto al lobo, es uno de los seres con mayor presencia atávica en estos lugares y es considerado una imagen de fuerza, resistencia, defensa del territorio y fecundidad. Se cree que el oso pudo ser uno de los tótems principales de los cazadores prehistóricos y las tribus autóctonas de la zona, pues encontramos representaciones muy antiguas en el arte rupestre de Euskadi (cueva de Santimamiñe en Kortezubi, cueva de Ekain en Deba, cueva de Laperra en Karrantza). La figura del oso también pervive en la leyenda de Juan el Oso, una narración que presenta la redención de un salvaje. En unas versiones se dice de este personaje que era hijo de un oso, mientras que en otras se cuenta que era descendiente de un hombre y una mujer de fuerte constitución y cuya potente voz asustó a un adivino que pasaba por una cueva. En todos los casos se le ilustra como un gigante u hombretón peludo al estilo del Basajaun o Señor del Bosque. No sería descabellado pensar que este númen no sólo se apareciese en forma humanoide, sino también como animal, aunque lo más probable es que se trate de una representación de humanos que conservaban ese nexo con la naturaleza salvaje.

El Hartza está presente no sólo en Ituren, Zubieta y Aurtitz, sino también en Arizkun, Andoin, Zalduondo, Abanto, Markina, Sarriguren, Arles sur Tech, Saint Laurent de Cerdans, Prats-de-Mollo y Bielsa (Pirineos Aragonés). En todos los casos, el oso va acompañado de un “Domador” con disfraz de pastor o carbonero que lo lleva atado con una cadena con el fin de evitar que ataque a las mujeres o las personas que no van disfrazadas. En los Pirineos Orientales, al principio está suelto y acosa a las jóvenes pastoras. Luego es perseguido por los vecinos hasta que es capturado y llevado a la plaza, donde se le afeita y se le insta a volver a su forma humana (viéndose en este caso un claro ejemplo de la escenificación de un cambio de forma). En Ituren y Aurtitz, la particularidad del Hartza es que lleva un par de bolsas de cuero con forma de testículos y cuernos de cabra. Además, a pesar de estar atado, lidera la procesión de los Joaldunak.

Algunos interpretan que estos cuernos son una manera de representar el poder de Akerbeltz como entidad relacionada con la naturaleza salvaje, aunque en muchos lugares se le tiene por protector de los animales en general, tanto domésticos como criados en libertad. El culto al macho cabrío también es bastante antiguo, probablemente casi tanto como el del oso. En la cueva de Ekain que se ha mencionado anteriormente, encontramos igualmente imágenes de este tipo de animales. Además, en Aquitania se descubrieron unas inscripciones de época romana (s.III d.C.) en las que está tallado el nombre de Aherbeltse”, una deidad que adoraban las tribus locales antes de la llegada de los romanos y que ya tenía la atribución de protector de los animales.

En el cortejo que sigue a los Joaldunak y el Hartza encontramos otras figuras denominadas “Mozorroak”. El término “mozorro” en euskera significa “careta o disfraz” y está relacionada con el vocablo “zomorro” (bicho, coco). Los “mozorroak” se cubren la cara con un trozo sábana vieja, con tela de saco, con una máscara de animal (lobo, zorro, gato…) o con una careta de diablillo, visten pieles de oveja y un taparrabos. Normalmente llevan carretas con troncos de árboles, hojas y representaciones de hombres-árbol que son tiradas por burros o portan ramas de árboles con las que azotan a las mozas. A veces también arrastran pellejos de jabalí o zorro y montan cabezas de caballo unidas a un palo. Su función es atemorizar a los vecinos y crear el caos en la plaza. En ocasiones organizan peleas de machos cabríos.

Tanto el lobo, el zorro, el jabalí y el gato son animales en los que Mari, las Lamias y los/as brujos/as se transforman. El zorro por su color rojizo y su astucia también ha sido relacionado popularmente con el Diablo. Por su parte, el jabalí (“basurde”) y su primo el cerdo son animales que el cristianismo consideró impuros y maléficos, sometiéndolos y vinculándolos a San Antón con el fin de que se convirtieran en un símbolo de su victoria sobre judíos, musulmanes y paganos. En cambio, en las creencias precristianas el jabalí era considerado un animal totémico vinculado a la fuerza, el coraje y la prosperidad.

En algunos pueblos de Vizcaya (Gatika, Arrankudiaga, Ugao, Arrigorriaga, Zaratamo, Arakaldo, Orozko, Zamudio, Derio, Otxandio…) aún se conserva una antigua costumbre ligada a estas fechas llamada “Basaratuste”, “Basaratiste” o “Basaoste” (también conocida como “Kanporamartxo” o “Sasimartxo). En origen, se trataría de un “carnaval en el bosque” (aún se conserva la palabra “aratuste” o “aratixte” para designar al carnaval en el occidente vasco) como espacio sagrado al que se entregaría una ofrenda de comida y bebida. Actualmente, se organiza una comida campestre bastante más profana donde se asan trozos de cerdo ensartados en un pincho (“txitxi-burruntzi”) y se bebe vino tinto o sidra. Por su parte, en la zona del Goierri (Guipúzcoa), el jueves anterior a la última semana de carnaval los mozos iban por los caseríos cantando versos en los que se advertía de la venida del lobo y recogían chorizo, jamón u otras piezas de carne como tributo para el lobo (“Otsabilko”). Este rito tendría un carácter propiciatorio para evitar que este animal se comiera al ganado.

Otras figuras carnavalescas que debemos señalar son los “Momotxorroak” de Alsasua, criaturas que son mitad hombre y mitad toro. Visten pantalón azul, una camisa manchada de sangre, pieles de oveja y llevan una máscara con cuernos de toro, trozos de metal y crines de caballo en el pelo. En su espalda cuelgan cencerros. En la mano portan un sarde que usan para atemorizar y agredir a quien encuentran a su paso. El martes de carnaval, los momotxorroak salen gritando y embistiendo a los vecinos. Luego realizan una danza alrededor del fuego, llamada “Momotxorroen dantza”. En un punto de su recorrido, se les une un ser mitad hombre y mitad macho cabrío subido en un carro , quien enseña lascivamente sus atributos a la compañía de sorginak o brujas que le siguen, las cuales también aúllan y ríen lujuriosamente. El cortejo se une al desenfreno de los momotxorroak y celebran un “akelarre”, al que se unen los “Akerrak” (seguidores de Aker que van vestidos con cuernos de cabra y que también podemos encontrar en los carnavales de Sarriguren).

Según J.M. Barandiarán, el toro en la mitología vasca es el aspecto habitual que adopta un númen llamado “Zezengorri”, aunque recibe otras denominaciones en función de la zona: Txekorgorri, Txahalgorri, Ahatxegorri, Ahatxe… Se trata de un espíritu subterráneo con forma de toro rojizo que escupe fuego por la boca y las fosas nasales, abrasando así a sus enemigos y a todo aquel que cruza sin permiso una morada sagrada. Se le considera un guardián de cuevas y simas en las que se cuenta que existen tesoros y a veces surge en defensa del lugar con los cuernos y la cola encendidos en llamas. En ocasiones, también se le describe con forma humana, bajando a los pueblos a castigar a una persona que le ha disgustado o injuriado. Su aparición en medio de la noche suele ser considerada un mal presagio. La creencia en esta entidad probablemente surgió de un tipo de bovino salvaje que anteriormente pastaba por las montañas vascas y pirenaicas (“Betizu”) y que se relaciona con la diosa Mari bajo la forma de vaca roja (“Behigorri”). Algunos de los lugares donde este tipo de leyendas tienen más arraigo son: Aralar, Ataun, Etxalar, Orozko, Bermeo, Sara, Camou… En algunas historias posteriores se dice que aparece como un toro de oro, pudiendo haberse fusionado el relato autóctono con el mito del becerro de oro y/o el vellocino de oro. Tampoco podemos olvidar que el toro era un símbolo de la potencia sexual del Júpiter romano.

 

Otro animal que tiene una importante presencia en el folclore vasco y pirenaico es el gallo como elemento purificador y protector. Aún hoy podemos encontrar sus patas clavadas en las puertas y tejados de las casas, en espadañas de algunas iglesias e incluso en los palos de mayo. En las zonas costeras también solía colgarse en el palo mayor de los barcos, especialmente durante las batallas navales. No obstante, en la zona del Baztán se considera un signo de mal agüero que el gallo cante a deshoras, siendo un indicio de muerte, calamidad o de la visita de algún mal espíritu (o brujas). En algunos pueblos, después de esto, se echaba sal en la lumbre, mientras que en otros se solía sacrificar al gallo, como recogieron Barandiarán y Erkoreka. Claude Lecouteux confirmó en sus estudios la existencia de la costumbre de sacrificar un gallo en Euskal Herria, no sólo ese caso, sino cuando se creía que una persona había sido embrujada o cuando se iba a construir un nuevo hogar. En este último supuesto, se le cortaba el cuello, se dejaba la sangre manar enfrente de la casa, se le colgaba del dintel de la puerta principal y se salpican las últimas gotas por el marco. Seguidamente, se asaba al animal, cuya carne servía de primer alimento para la familia recién llegada. Posteriormente, el rito evolucionó y se lanzaba un gallo o gallina negra dentro de la casa antes de entrar a vivir, ya que se decía que sería el primer ser vivo en morir.

Además, en lugares como Sara o Galdakao existía la creencia de que había un espíritu maléfico que adoptaba la forma de gallo, llamado “Gaizkine” o “Gaiskiñe”. Si una persona enfermaba misteriosamente y no se conocía la causa, se solía mirar en la almohada para ver si las plumas formaban la silueta de un gallo, pues la tradición oral cuenta que estos espíritus se meten en las almohadas para provocar pesadillas y malestar. Si aparecía dicho símbolo, se consideraba que la enfermedad era incurable, pero si no se veía dicha figura, se llevaban las plumas a un cruce de caminos y se quemaban para asegurar la sanación del enfermo.

Tanto en las festividades solsticiales como en los carnavales podemos contemplar resquicios de estas manifestaciones populares. En Arrankudiaga se ha conservado una tradición carnavalesca, celebrada durante el Jueves Gordo, conocida como el día del “Eguen Zuri”. En dicha fecha los niños del pueblo salen a cantar coplas mientras golpean las “makilak” (bastones) contra en suelo, con la intención de despertar a la tierra (igual que se hace durante el día de Santa Águeda). Antiguamente, después de hacer la ronda por los distintos barrios para recoger alimentos o algo de dinero, se sacrificaba un gallo apaleándolo con las “makilak” como forma de purificación y de prevenir cualquier tipo de mal. Desde hace 30 años no se comete crueldad contra el animal y se lleva un cuadro o un estandarte con su imagen. El gallo, además de todo lo mencionado anteriormente, es considerado un elemento de renacimiento y está relacionado con la sexualidad por su apetito insaciable. Se creía que cuanto más humillante y dolorosa era la muerte del animal, mejor augurio. Desde la mirada de la moralidad católica, se pensaba que de ese modo se redimían simbólicamente los pecados de la carne, aunque como se ha citado previamente, el sentido original era distinto.

En otros Inauteriak, la manera en que se expulsa el mal es sometiendo a escarnio público y quemando a un muñeco de paja y trapo que sirve como chivo expiatorio de la comunidad. En el carnaval de Zalduondo este monigote se llama “Markitos”, quien suele ser transportado a lomos de un burro que preside un cortejo de osos y cabras (el burro, al igual que el caballo en otros contextos, es el transporte de diversos seres míticos, como el Olentzero en Euskadi o la Befana en Italia). En Lantz tenemos a “Miel Otxin”, un gigante de unos tres metros inspirado en la figura de un afamado bandolero, que va vestido con pantalón azul, camisa de colores, polainas de cuero, una careta y un sombrero estrafalario. Esta figura es perseguida por un grupo de personajes alborotadores con ropas coloridas (antiguamente pieles), la cara cubierta y un gorro cónico, que gritan mientras agitan sus escobas o palos y crean el caos entre los vecinos (“Txatxoak”). En Kanpezu se inmola a “Toribio”, muñeco vestido como un carbonero (recordemos que el Olentzero tiene su lado siniestro), quien es seguido por los “Katziruloak”. Estos acompañantes van con un capirote en la cabeza y su “zurriago”, hostigando y castigando a los niños. En Uztaritze (Lapurdi) se quema un monigote llamado “Zanpantzar” que representa la gula (en Abanto existe otro que simboliza el hambre llamado “Zangaluzea”). En zonas mineras como Gallarta se lanza a las brasas a “Bizkarbaltza”, una figura negra con cabeza de animal que representa enfermedades como el cólera que afectaron a los mineros. En Llodio se ajusticia a la “Bruja de Leziaga”, la representación de una “sorgin” que, según los relatos populares, se mesaba el cabello con un peine de oro y atraía a los pastores a su cueva mediante su canto. Este tipo de conductas son más propias de una Lamia que de una bruja, aunque entre ambas figuras existe una estrecha relación (ver el artículo “Etorkizuna, kontakizuna”).

En varios carnavales de la geografía vasco-navarra y pirenaica encontramos referencias a brujos/as. En Ituren, Zubieta, Alsasua, Antzuola, Sopuerta, Ilarduia, Egino, Andoin, Olite, Abanto y Oiartzun salen grupos de brujas que siguen al cortejo de personajes principales. Concretamente, en Oiartzun, encontramos una combinación de “Sorginak” e “Intxisuak”. En Ataun, los “Intxisuak” eran la representación de brujos o hechiceros que acompañaban a sus homólogas femeninas. Sin embargo, en Oiartzun y otras localidades guipuzcoanas el vocablo se refiere a un espíritu escurridizo y travieso, mitad hombre y mitad “betizu” (toro salvaje), que habita cuevas como la de Arditurri y al cual se le atribuye la construcción de monumentos megalíticos. Esta combinación de hombre-toro, está presente tanto en Alsasua como en Bakaiku, siendo en este último lugar donde su aspecto recuerda más un chamán de los que se encuentran pintados en las cavernas prehistóricas que a una suerte de Minotauro como sucede en Alsasua. Por su parte, la construcción de megalitos también se asocia a los gentiles, motivo por el cual, probablemente, en otras villas se cree que los Intxisuak son un tipo de Jentilak. En cambio, en otros lugares relacionan al Intxisu con un Iratxo o Ieltxu por su semejanza fonética.

Los seres feéricos y otros genios tienen su espacio legítimo en los Inauteriak. En las “Maskaradak” de Zuberoa observamos la recreación de dos tipos de entidades contrapuestas: “Beltzak” (negros) y “Gorriak” (rojos). El grupo de los “Beltzak” estaría constituido por seres nocturnos de carácter maléfico (vinculados a Gaueko), que son representados con prendas oscuras, rotas o harapientas y se comportan de una manera muy desorganizada, ruidosa y a menudo agresiva. En cambio, los “Gorriak” llevan atuendos limpios, hermosos y cuidados, manteniendo siempre la compostura y una conducta respetuosa. Estas figuras estarían asociadas a Mari en su aspecto de creadora de vida y regidora del orden cósmico. Si extrapolamos estos dos grupos a otras mitologías europeas, los “Beltzak” representarían a la Corte Oscura (Unsheelie court, Fomorianos, Svartálfar…) y los “Gorriak” a la Corte Luminosa (Sheelie court, Tuatha Dé Dannan, Alfr…), que simbolizan las fuerzas destructoras y creadoras del universo, respectivamente. Este patrón de vestimenta y conducta se puede apreciar en casi todos los personajes que conforman los carnavales, lo cual nos da una pista de su verdadera naturaleza.

En los carnavales de Amezketa, Ugarte, Bedaio y Abaltzisketa se escenifica una danza en dos grupos de 8-12 individuos: el primero va de negro, con los ropajes típicos de un carbonero y la cara tiznada, mientras que el segundo grupo viste de blanco con faja y gorro rojo. Este baile se conoce como “Talai dantza” y se ejecuta con palos, representando una danza guerrera, donde se hace visible la rivalidad entre los seres del día y la noche, luchando por alargar el invierno o posibilitar la entrada de la primavera. El jefe de cada grupo es denominado “mozorro”, aunque existe la figura del “zesterue” (cestero o el que lleva la cesta), quien recoge la comida y bebida que entregan los vecinos (tradicionalmente carne de cerdo, huevos y vino tinto o sidra, en consonancia con el tipo de ofrendas que se suelen dar a estos seres). Otro ejemplo de estos grupos son los carboneros de Goizueta y Markina que persiguen a las mujeres con pellejos de vino inflado (“zagis”) y bailan una danza de palos (“Zahagi dantza”) con otras figuras de blanco que llevan faja y gorro rojizo. En Aoiz también encontramos a los “kaskabobos”, disfrazados de arlequín, y los “maskaritas”, que van con pamela.

Dentro del grupo de los “Beltzak” podríamos hacer un aparte para un dar lugar especial a los “hombres del saco” o “zaku zaharrak” que existen en distintos Inauteriak locales, como el de Lesaka e Isaba. Estos personajes van completamente tapados con telas de saco, están rellenos de paja y/o hierba seca y portan unas vejigas infladas o palos con los que golpean a los vecinos. En ocasiones, algunos se manchan de hollín y grasa. Dentro de este grupo podríamos incluir a personajes con nombre propio como el “Ziripot” de Lantz (gordinflón con un bastón, que podría ser el Basajaun), a las “Basa-andereak” (señoras del bosque) de Saint-Jean-Pied-de-Port o a los “Perratzaileak” (caldereros o herreros) de Lantz.

 

Por otro lado, debemos detenernos a hablar de los “Mamuxarroak” (o “Mamoxarroak”) de Unanua y los “Kotilungorriak” de Uztaritze, que son unas excepciones dentro del grupo de los “Gorriak”. En Unanua (e Igantzi), los personajes se visten con pantalón blanco, camisa blanca, pañuelo y máscaras rojas y portan cascabeles y una vara en la mano. Durante el desfile de carnaval estos mozos se dedican a azotar a las mujeres al estilo de los Lupercos romanos. Los implicados en esta farsa encarnan la figura del “Mamur”, genio que suelen tomar forma de insecto u hombrecillo diminuto y que puede capturarse durante la mágica Noche de San Juan. En Uztaritze, el disfraz consiste en una máscara, una falda, un gorro y un pañuelo rojo, conjuntado con unas enaguas y una camisa blanca. En la mano, portan una suerte de hiposo muy similar al de los Joaldunak, que lleva igualmente crines de caballo. El cortejo va presidido por dos figuras que llevan el pantalón blanco y el resto de la ropa roja, además de la misma máscara carmesí. En este caso, ellos portan dos palos. El conjunto al completo estaría representando a un grupo de “Galtzagorriak”.

El último carnaval que se celebra en Euskal Herria y que tiene un claro contenido mitológico es el de Mundaka, conocido como “Lamiako Maskarada”. Esta tradición fue recuperada en 1978, pero tiene una historia bastante más antigua y llamativa. Su origen se remonta a una leyenda en la que una mujer llamada Prudencia murió de pena por el dolor de no volver a su hijo que viajaba en un barco. Una vez fallecida, se transformó en Lamia y, en su nueva condición, despedía con su canto a todas las embarcaciones que abandonaban las aguas del Ibaizabal para echarse a la mar. La Lamia en cuestión, durante esta mascarada, va acompañada de un cortejo de lamias que visten de negro, tienen el cabello blanco y el rostro pálido. Junto a ellas caminan los “Atorrak”, personajes que visten sábanas blancas y tienen la cara pintada de blanco.

Esta escenificación tiene una especial relevancia porque los difuntos y los seres mágicos prácticamente se fusionan. En muchas narraciones populares vascas y de otros lugares de Europa a veces no se hace distinción entre difuntos y seres feéricos, pues ambos son miembros de la Cacería Salvaje en igualdad de condiciones. Adicionalmente, en otras representaciones que hemos mencionado a lo largo del artículo hallamos figuras de personas vivas con la capacidad de desdoblarse en espíritu o cambiar de forma, como es el caso de las sorginak o los hombres-bestia.

Por último, en este fin de fiesta encontramos una representación de Mari y otros númenes como Sugaar, el Basajaun, Urtzi, Eguzki e Ilargi, además de otros genios como los “galtzagorriak” y los “jentilak”.

En resumen, a lo largo de este artículo hemos podido apreciar una gran diversidad de manifestaciones folclóricas derivadas del mito europeo de la Caza Salvaje, así como escenificaciones de las Batallas Nocturnas entre distintos tipos de espíritus que representan las energías creadoras y destructoras del universo y la continuidad entre la vida, muerte y renacimiento dentro de un ciclo de eterno retorno. Asimismo, hemos analizado elementos fundamentales del totemismo vasco y ritos de carácter extático como los cambios de forma. Estas prácticas siguen teniendo una resonancia palpable en las creencias sincréticas actuales que perviven en espacios rurales (especialmente en zonas de montaña que se encuentran más aisladas). Igualmente, poseen un gran peso en la praxis de brujería tradicional autóctona y representan una inspiración para la reinterpretación y actualización de la misma. Por último, cabe señalar que el culto a los antepasados y la interacción con los principales númenes o espíritus locales continúa estando viva, aunque más en un nivel simbólico que vivencial.

 

Fuentes consultadas:

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Documental sobre los carnavales navarros: https://www.youtube.com/watch?v=c_yD8A2svBY

Documental sobre los carnavales de Ituren y Zubieta: https://www.youtube.com/watch?v=p2zp3u-tYPM&t=618s

Documental de la “Adarrak dantzan” (o “Momotxorren dantza”) dirigido por Beatriz de la Vega

Documental del Carnaval de Lantz (RTVE)

Facebook de Sorgin

Oihulariak

En la mitología vasca existen diversos númenes, genios y espíritus que anuncian su presencia y se comunican mediante gritos, chillos, aullidos o relinchos nocturnos denominados “oihu”, “oiu” u “oyu”. De ahí que, popularmente, se les conozca con el sobrenombre de “oihulariak”(oiulariak, ojulariak), “oihukariak, “oihutariak”u “oihu-egileak” (oiu-egilleak, oyu egilleak), cuya traducción sería “los que gritan” o “gritadores”.

El “oihu” es una forma de llamada salvaje, más frecuente de escuchar durante la época oscura del año y que suele causar un efecto psicológico sobre quien lo recibe, mayormente de inquietud o miedo, aunque no necesariamente se emite con el propósito de atemorizar sino más bien de advertir: bien sea de que se está entrando en el territorio que custodia dicha entidad y, en algunos casos, se avisa incluso de posibles peligros.

Habitualmente en las leyendas se instruye sobre las consecuencias de ignorar estas señales y no se recomienda (e incluso se castiga) responder a dicho grito con uno semejante, especialmente si no se reconoce qué tipo de espíritu puede estar emitiéndola o no se comprende el mensaje. No obstante, en otras, se pone de manifiesto que algunas de estas criaturas míticas acuden a la contestación sin que ello implique un daño o perjuicio para quien las convoca. Es más, se da a entender que el humano que conscientemente replica porque tiene la intención de convocar a dicha entidad o solicitar su ayuda en su mismo “idioma”, propicia un reconocimiento y entendimiento mutuo.

Un ejemplo del primer caso lo encontramos en leyendas asociadas a Gaueko. Como ya se ha explicado en anteriores artículos, este numen es la representación de la noche y su dominio se extiende durante este periodo bajo una serie de normas y tabúes que, si no se cumplen, suelen tener consecuencias desastrosas. En unas ocasiones, Gaueko se manifiesta imitando el silbido del viento y susurrando “Eune eunezkontzat eta gaue gauekontzat” (el día para los del día, la noche para los de la noche); en otras, mediante gritos, relinchos o aullidos (especialmente cuando toma forma de bestias y más comúnmente bajo el aspecto de lobo).

Una leyenda de Lekeitio cuenta que dos muchachas que regresaban tarde a casa una noche escucharon, de pronto, un relincho semejante al de un caballo salvaje que provenía de las profundidades del bosque. Las jóvenes continuaron su camino despreocupadas, hablando entre ellas. Luego, se oyó un grito desgarrador y, posteriormente un aullido. Aterradas, echaron a correr, seguidas por una sombra gigantesca que iba quebrando las ramas de los árboles a su paso. Consiguieron llegar a la puerta del caserío y la aporrearon hasta que la señora de la casa les abrió, lanzándose dentro. La dueña cerró la puerta con todas sus fuerzas pero, antes de que pudiera echar el cerrojo, la criatura que perseguía a las mozas dio un fuerte golpetazo a la puerta, haciendo temblar el umbral y los muros del baserri. A la mañana siguiente, las tres mujeres salieron y vieron hundidas sobre la madera maciza las marcas de las garras de Gaueko. Aunque las muchachas lograron salir ilesas, la Etxekoandre sufrió insomnio y pesadillas hasta que finalmente enloqueció. Pues ella había contemplado con horror a Gaueko y había sentido su aliento gélido en el rostro mientras trataba de cerrar la puerta. Aquella terrible visión la acompañó y la torturó hasta el final de sus días (“Mitologika”, A. Bergara, R. Alzate  y R. del Río).

En este caso, las protagonistas desobedecen el horario establecido por sus mayores, permitiendo que cayese la noche antes de llegar al caserío. Invaden el reino de Gaueko conociendo la prohibición de abandonar la protección de la casa entre la medianoche y el amanecer. También desoyen los avisos del propio numen que les advierte de la invasión de su territorio. Además, quiebran la paz nocturna con sus cuchicheos, aunque en este caso no respondiesen a la llamada a modo de provocación.

Seguidamente veremos un claro ejemplo de réplica irrespetuosa. Una leyenda de Ataun, recogida por Barandiarán, cuenta que los caseros de Artzate y sus vecinos se encontraban una noche echando combustible en un horno calero de piedra caliza. En plena faena, escucharon un grito que venía de lo alto de Iruzuloeta (Sierra de Olatzaitz), donde tenían una de sus moradas los gentiles. Uno de los trabajadores contestó: “mejor sería que vinieras aquí a ayudarnos en lugar de pegar gritos ahí fuera”. Entonces el gentil lanzó una enorme piedra que justamente fue a parar encima del horno, destrozándolo. Allí permanece aún el pedrusco sobre el horno abandonado.

Otro relato de la Sierra del Gorbea narra la historia de una aldeana que estaba segando helechos en la montaña de Mugulegorreta. Un basajaun (en otras versiones, Tartalo) que vivía en el lugar y no le había dado permiso para cosechar allí ni había recibido ninguna ofrenda para solicitar su consentimiento, emitió un “oihu”. La joven, sin pararse a pensar, le contestó con un “ijiji”. El guardián de lugar, que interpretó que se estaba mofando, la secuestró y la llevo a su cueva. Nunca más se supo de la doncella.

Otros genios como los Iexltu o Idditu, de naturaleza traviesa, suelen asustar a aquellos que transitan de noche con griteríos o aullidos, especialmente si caminan por parajes peligrosos como montañas escarpadas, bosques cercanos a simas o parajes próximos a acantilados. A veces, sus chillidos llevan a los viajeros a desorientarse y perderse e incluso a caer por precipicios cuando intentan escapar de ellos.

Otros espíritus menos conocidos son los Ireluak, entidades con forma de “pottoka” que anuncian su llegada con relinchos. La pottoka es una de las razas de caballos autóctonos, descendientes del Equus prehistórico, que ha vivido en condiciones semi-salvajes, resultando difícil de domar. El culto al caballo como animal totémico está muy presente en el País Vasco, Navarra y Pirineos, encontrando su silueta en pinturas rupestres de las cuevas de Ekain, Altxerri, Atxeta, Santimamiñe, Urkiaga, Izturitxe, Aldekerdi y Torrea. En la región de Tardets, las leyendas representan al Irelu como un caballo blanco o una yegua que secuestra a los/as mozos/as del lugar para llevarlos a sus moradas (cueva de Lexarrigibele, sima de Obantzun, cueva de Ahantz). En la Sierra de Alarar, el Irelu suele aparecer también como un caballo blanco, pero montado por un jinete esbelto que premia o castiga a los aldeanos. Una historia popular cuenta que un pastor estaba con su rebaño en Puterri y ,de pronto, escuchó un relincho. Se volvió y vio la figura de un caballo blanco montado por un caballero. El misterioso jinete le preguntó dónde se situaba la cueva de aquella montaña. El pastor le acompañó hasta la entrada de la gruta y éste le recompensó con una moneda de oro. En Ataun, en cambio, los Irelu se manifiestan como caballos de fuego que cruzan de noche el espacio para viajar a cuevas como la de Sugaarzulo, simas como la de Unbedi o montes como Gurutxegorri, Aspildi o Igartu. Asimismo, existen relatos sobre estos seres míticos en Larraun o en las rutas que se usaban para el contrabando en los Pirineos. En Zuberoa y Nafarroa Behera, se describe al Irelu como un caballo blanco sin cabeza conocido como Zamari Zuria que suele hacer acto de presencia para anunciar una muerte o accidente grave. Además de ejercer de emisario sobrenatural entre las criaturas vivas y muertas, también realizaban trabajos relacionados con protección y la fertilización del cereal y ayudaban en la construcción de puentes que unían dos regiones (aunque esto probablemente sea una metáfora).

Las Lamias, los Maide y los Intxixu son entidades feéricas a las que también se les ha descrito como gritadores o aulladores. En varias leyendas de Aramaio se cuenta que estos genios han hecho pasar malos ratos a quienes se han atrevido a contestar a sus gritos. Uno de estos relatos explica la historia de un pastor de Laumugarrixeta que respondió al grito de uno de estos seres y que, en el momento de resguardarse en su choza para pasar la noche, escuchó un fuerte golpetazo en la puerta, la cual quedó marcada con la forma de un manotazo (o un zarpazo, según versiones).

En otras leyendas se menciona que las lamias se comunican frecuentemente mediante “irrintzis” (“risas”). El “irrintzi”, según la definición de J.B. Daranatz, es un “grito estridente, sonoro y prolongado, de un solo aliento, que los pastores gustan de hacer resonar en los flancos de las montañas y que los vascos en general lanzan gustosos en señal de alegría”. Algunos cronistas medievales sugirieron que estos gritos de los montañeses vascos eran una forma de atemorizar a sus enemigos. Probablemente estos escribas se referían a los vascones o descendientes ya cristianizados de esta tribu prerromana, quienes perpetuaron este tipo de emisión como forma de causar un efecto psicológico sobre sus combatientes antes de la batalla. Autores como Duvoisin consideran que estos gritos tienen un origen bastante más lejano, que se remonta a los albores de la humanidad, así como un uso más cotidiano, encontrándose expresiones semejantes en la cultura hebrea, en las tribus árabes del norte de África (zaghareet) o los pueblos nórdicos (kulning o herding), entre otros. Independientemente de si el uso inicial del “irrintzi” se limitaba a un contexto guerrero o se trataba de una forma de comunicación entre montañeses o con otras criaturas, no podemos ignorar la supervivencia de este peculiar grito hasta nuestros días y su uso popular en festividades como expresión de regocijo. Incluso se ha convertido en motivo de divertimento, ya que en muchas localidades se organizan concursos para ver qué “irrintzi” es el más largo.

En Elorrio, Axpe y Arrazola, se transmite una historia muy parecida a la de Lekeitio donde las protagonistas son las lamias. En este caso, las muchachas del relato se habían pasado el día cosiendo en un caserío vecino y, en el camino de vuelta a casa, escucharon un “irrintzi” al que inmediatamente contestaron, pensando que probablemente se trataba de alguna de sus amigas o de algún vecino. Luego escucharon otro “irrintzi”, al que también respondieron, creyendo que se trataba de un juego. Seguidamente, escucharon un tercer “irrintzi” que igualmente replicaron. De pronto, miraron hacia atrás y vieron una figura llameante que se aproximaba a ellas a la velocidad del viento. Asustadas, pidieron asilo en un caserío vecino para librarse del peligro. Seguidamente, escucharon un sonoro golpe en la puerta. Al día siguiente, vieron las marcas de cinco uñas en la madera (en otras versiones, la marca que dejaron fue la de diez dedos).

En Abadiño, donde todavía se cuentan relatos similares, se advierte que nadie debe dar tres “santzos” en la cima de Gaztelu ya que, de lo contrario, las lamias o los maide que allí viven pueden secuestrarte. Estos particulares gritos que, a menudo se traducen como “relinchos”, son expresiones de júbilo como los “irrintzis” y que podríamos aproximar a la onomatopeya “iujuju” o “iujujujui”. También solemos encontrar referencias a estos chillidos en registros de fiestas de los pueblos, especialmente durante la verbena de San Juan, cuando suena la música o hay baile.

https://www.youtube.com/watch?v=c_v4qJyV7pQ

Continuando con estas emisiones salvajes, cabe mencionar que en Oiartzun y otros lugares de Guipúzcoa se cree que cuando los perros empiezan a ladrar sin explicación o se oyen silbidos o relinchos sin que ningún animal ande suelto, es que un Intxixu está haciendo de las suyas. De esta forma intentan llamar la atención de aquellos que se encuentran en la casa para que, llevados por la curiosidad, dejen la protección del hogar y salgan a mirar afuera. Es más, existe la expresión popular “eres más malo que un Intxixu”, que se dirige a los niños que son muy alborotadores o traviesos.

Aquí es preciso hacer un apunte para añadir que tanto Ehiztari Beltza (o Mateo Txistu), como Herio (la muerte) se manifiestan habitualmente de una forma muy semejante. En el caso de nuestro Cazador Negro, que va acompañado de su jauría (representación local de la Caza Salvaje), es común o bien escucharlo como un agudo silbido que recuerda al sonido del fuerte viento o como el aullido lejano de sus perros. Por su parte, la presencia de Herio a veces se intuye por el ladrido de los perros del hogar sin que exista aparentemente ninguna amenaza o bien porque el gallo canta a deshora.

Un último grupo de entidades emisoras de algarabía nocturna son los/as brujos/as. Las “sorginak”, no obstante, suelen expresarse mediante “irrintzis” al igual que las “lamiak” mientras que los sorgin hombres (a los que en Ataun se les conoce, curiosamente, como Intxixu) suelen manifestarse utilizando “santzos” cuando van volando por los aires de camino al Sabbath o durante estas reuniones de brujos/as ante Akerbeltz y/o Mari. En la obra “Bakarrizketak”(1915) de Juan Ignazio Uranga hay un fragmento donde se describe a estos “brujos” o entidades masculinas presidiendo el desfile de las brujas, aludiendo a su griterío y a las nefastas consecuencias que conlleva su aparición: “Oraiñ ere emen datoz intxisuak, sorgiñ zitalen aurrelariyak, pake maitiaren ondatzalle petralak, nere odolak irakiñaz zorne pikortuaz arri biurtzera, ta osasunaren zañariyak uztelduaz maxutatzera.” (Ahora también aquí vienen los Intxixu, la miserable prelatura de las brujas, deshonestos devastadores de la amada paz, para llevarse mi sangre en un hervor de sus dientes tibios y superar la putrefacción en sus venas con mi salud).

En este ejemplo se aprecia claramente la confusión (o difuminación) entre la figura del brujo/a, seres de naturaleza feérica (“lamiak”, “intxisuak”) y difuntos sin descanso que han sido convertidos en monstruos (vampiros). Al igual que sucede en otros lugares de Europa, estas manifestaciones de la pervivencia del mito de la Cacería Salvaje pueden conformarse por huestes de almas de difuntos, seres feéricos (tanto de carácter benéfico como maléfico) y mortales que desdoblan su espíritu del cuerpo (“volando” junto a ellos). Las figuras que suelen liderar estos séquitos o procesiones propias de la época oscura del año son, en el caso vasco, la propia Mari o Akerbeltz (o el Diablo, en representaciones medievales). A menudo, la Dama suele presidir la marcha sobre un carnero y los/as brujos/as acuden transformados en animales o montados sobre bestias (gatos o perros negros, lobos, urracas o cuervos, zorros, caballos, bueyes o toros, osos…). La reminiscencia de esta conexión con lo salvaje, estos cambios de forma y estas algarabías nocturnas pervive en los Carnavales y en algunas danzas populares como la “atzeri-dantza” (a la cual ya hice referencia en un artículo anterior).

       

La pregunta que nos puede surgir tras analizar estos ejemplos es si los gritos que emiten estos personajes son meramente una de sus características distintivas como integrantes de esta Cacería Salvaje o si estas locuciones representan un sistema de comunicación simbólico que es capaz de conectar con la parte más primitiva y caótica de nosotros/as mismos/as (con nuestra sombra, como se entiende desde la psicología junguiana). En mi opinión, aunque no podemos negar que estos gritos constituyen una seña de identidad hasta cierto punto, su diversidad y sus usos son bastante más complejos que lo que hemos podido apreciar en la primera parte del artículo.

Y es que además de los “oihus”, los “irrintzis” y los “santzos”, Chaho (1845) distinguió otros 19 tipos de llamadas utilizadas en Euskal Herria:

  • Dei: un grito para despertar a una persona o grupo de personas. A su vez, el vocablo “deadarti” se referiría a un individuo o entidad que saca del sueño a los durmientes con su llamada.
  • Hela: utilizado como señal de alerta ante un posible atisbo de peligro.
  • Deihadarra: usado como grito de alarma ante la amenaza de un enemigo o alguna catástrofe (fuego, tormenta, etc). Existe el término “deihadarkari” para describir a un ser que es capaz de alertar con su grito.
  • Karrankla, txarrantxa o garranga: vocerío de los pastores del Pirineo en la defensa de sus rebaños contra el lobo. Encontramos también el término “karrankari” para referirse a quien emite este tipo de grito. La karrankla o karranka era, además, una pieza de hierro o acero con salientes puntiagudos que se colocaba a las caballerías. Asimismo, la txarrantxa era una de las denominaciones que recibía el rastrillo de lino y la cardadora de la lana, así como el peine de oro de las lamias. Por su parte, la karlaka era un collar de clavos que se utilizaba como amuleto de protección. 
  • Karraska: crujido o chasquido que se produce cuando algo se desgarra, se rompe o estalla. Asimismo, se trata del sonido de los truenos fuertes cuando están a punto de descargar. 
  • Orroko: un grito de horror ante algo que causa terror.
  • Karraxia: un sonido para expresar o causar confusión.
  • Auhendu: un clamor de lamento para sacar la tristeza. Existe un verbo de fonética similar (aihendu) que significa hacer brotar o nacer los pámpanos.
  • Heiagora: un gemido para manifestar aflicción.
  • Marraska: lloro o llanto por una amarga pena. También tiene sentido de “berrido”.
  • Marraka: un quejido de profundo dolor. Se vincula generalmente a los gatos (maullidos), aunque también tiene el significado de “balido” (ovejas).
  • Marruma: un grito ahogado o alarido. En Iparralde también se traduce como mugido o bramido.
  • Uhuri: un sonido ululante o aullante.
  • Marrobia o marrubia: un chillido o alarido rugiente, semejante a un mugido o bramido.
  • Kikisai: un grito de alegría que podría relacionarse con el “kikiriki” de los gallos.
  • Shinka: expresión de júbilo que tal vez tenga algún nexo con el vocablo “zinka” que significa jurar, conjurar o maldecir.
  • Hozengu: grito de aclamación por una hazaña destacada. Podría estar relacionado con el verbo “ozendu” que significa resonar o hacerse oír.
  • Khereillu: término para describir un griterío o algarabía colectiva.
  • Dundura: una llamada colectiva, unida por un vínculo o propósito común.

Por su parte, Barandiarán asoció dos términos más a la caracterización de estos espíritus gritadores: “ahakari” e “iliskari”, que provienen de “ahakar” (riña, disputa) y “liskar” (discusión, pelea, reyerta), traduciéndose como “quienes discuten o riñen”; e “izkolari”, que vendría a significar “el que grita quejándose”. Los Galtzagorriak, esos duendes caseros que destacan por sus ropajes rojos y su fuerte carácter, bien podrían recibir estas denominaciones cuando expresan su descontento. No obstante, probablemente otros espíritus de índole más doméstica como los Iratxoak pueden reaccionar de manera similar o pelearse con otros.

Como podemos apreciar, los propósitos y estilos comunicativos de estas locuciones están meticulosamente definidos en la etimología euskérica. Sin embargo, aquellos que no hemos vivido continuamente en un entorno rural tradicional, hemos perdido la capacidad de distinguir ciertas sutilezas que nos ayudarían a interpretar mejor el medio natural y las señales de la tierra oculta, favoreciendo la convivencia y el entendimiento con el mundo visible e invisible.

A esto debemos añadir que la educación recibida en nuestro entorno sociocultural actual ha reprimido estas expresiones salvajes o primitivas en nosotros/as mismos/as, a excepción de momentos muy puntuales como festividades destacadas donde se nos permite saltarnos ciertas reglas (Carnavales, Solsticio de Verano, Día de las Ánimas…) o en situaciones donde nuestro estado mental y/o emocional se pone al límite (un accidente, una catástrofe, el fallecimiento de un ser querido, un parto, una agresión, una situación de pánico…). El júbilo exaltado, el placer extremo, la ira encendida, la intensa desesperación o la melancolía más honda son manifestaciones que están vetadas por la civilización y que acaban quedando relegadas muchas veces a un cuarto oscuro que preferimos ignorar o bien son disimuladas o atenuadas por temor a que se desborden en el momento menos apropiado y expongan nuestra vulnerabilidad.

De ahí que me haya parecido relevante tratar este tema como una potencial fuente de inspiración y herramienta para revertir ciertos procesos de domesticación que nos han colocado en posiciones sumisas o pasivo-agresivas nada favorables para nuestra salud, desarrollo psíquico y evolución espiritual, especialmente si transitamos el sendero torcido de la brujería u otras tradiciones iniciáticas. No podemos ignorar que dentro de nuestro cerebro hay más porcentaje de bestia que de homínido superior, con lo cual contamos con los mecanismos para reconectar de nuevo con los ciclos del mundo natural y con el resto de seres que lo integran, renunciando al fraudulento antropocentrismo que hemos aprendido.

Con esto no estoy sugiriendo que volvamos a imitar el estilo de vida de las cavernas ni que dejemos de ejercer el autocontrol cuando sea preciso. Mi reflexión apunta hacia un reconocimiento y redescubrimiento de ese lado salvaje para hacernos más conscientes y libres de ciertos condicionamientos. En segundo orden, convendría analizar cómo es nuestra relación con esos elementos primitivos y explorar nuevas vías de enlace con esos aspectos primarios de  nosotros/as mismos/as y de unificación con el ecosistema en el que vivimos. Por último, en lo que respecta a la práctica espiritual, recuperar estos códigos arcanos facilitaría la afinidad, el entendimiento y la vinculación con ciertas entidades que pueden convertirse en valiosos aliados (no me refiero únicamente a los ancestros, al doble, a los animales guía o a las plantas maestras, sino a un abanico bastante más amplio de relaciones).

Algunas leyendas donde se ilustra una comunicación respetuosa y eficaz con los númenes y otros espíritus del territorio prueban que esto ha sido posible a lo largo del tiempo, aunque las condiciones hayan ido empeorando y la desconfianza o el rechazo se haya ido instaurando. La que me resulta más significativa es una que expliqué en detalle en el artículo dedicado a los Jentilak o gigantes de la mitología vasca. Una variante muy parecida recogida por Barandiarán (1922) en Liginaga relata la historia de un familiar de uno de sus informantes. El hombre contó que su hermano se dirigía a San Juan Pie de Puerto y le anocheció por el camino. Asustado, en la oscuridad del bosque, sin saber adónde ir, emitió un relincho (en el relato original se usa la palabra “zinka” con el sentido de conjurar o convocar). Pronto recibió respuesta desde los frondosos árboles. Dio unos cuántos pasos más y gritó de nuevo, buscando ayuda. Tuvo contestación desde el punto donde había dado el primer relinchó. Al llegar a una choza que hay en Ibarrondo, volvió a chillar. Luego, al entrar en la cabaña donde se encontraban otros pastores alrededor del fuego preguntó quién le estaba respondiendo. Ellos replicaron que ellos no habían sido, que se trataba del Basajaun: guardián de los bosques. A esto añadieron que, si ellos contestaran a sus llamadas, el numen se presentaría allí. Así pues, el Basajaun se había encargado de conducirlo sano y salvo al refugio para evitar otros peligros de la noche, comprendiendo que la petición de auxilio estaba justificada. Además, el muchacho demostró que conocía bien el modo de solicitar dicha petición.

¿Cómo podemos entonces volver a reincorporar e integrar este conocimiento olvidado y prácticamente extinto? Posiblemente la única manera de lograrlo sea pasando muchas más horas deambulando por los campos, bosques y parajes perdidos que ejercen de frontera entre las dos realidades y estando receptivos/as a esos poderes antiguos que todavía los habitan. Será un trabajo que requerirá mucha paciencia, voluntad, tesón, devociones, ofrendas y sacrificios. Igualmente, necesitará de buenas dosis de autoconocimiento y de trabajo con la sombra para desandar lo conocido, a menudo cojeando, para ser capaces de sumergirnos en lo desconocido, con su lado terrible y su parte maravillosa. Por último, nos enfrentaremos a las consecuencias de entablar nuevos lazos que modifiquen nuestra experiencia subjetiva y las conexiones con otros elementos a los que también estamos vinculados y que quizás, en cierto momento, dejen de tener sentido. Cumpliremos las condiciones de los pactos que decidamos realizar con estas entidades y asumiremos los precios a pagar, reestructurando nuestro modo de vida o de enfrentarnos a ciertas situaciones. 

En definitiva, será un camino lleno de retos y de aventuras que conducirá a quienes estén preparados a vivir con más intensidad, autenticidad y pasión, aunque ello supondrá el abandono de la confortable seguridad y una transformación que puede resultar extraña o indeseable a los ojos de muchos. Por eso este itinerario no está hecho para todo el mundo. Son pocos/as los/as que pueden asumir la responsabilidad real del cambio sin perder la razón o autodestruirse en el proceso. En tu elección habrás de sopesar los riesgos y beneficios que entraña: posiblemente puedes conformarte con seguir una vía diurna y seguir ocultando tus “pecados” de la vía nocturna; o quizás haya llegado ese punto de ruptura donde, además, dispongas de los requisitos para aprender a transitar los dos senderos. Primero, habrás de quebrar con sudor y lágrimas aquello que te bloquea o encadena y dejar caer los velos, aceptando la verdad de tu propia desnudez. La desaparición de tu viejo yo resultará desconcertante y, a menudo, dolorosa. Te verás expuesto/a y, para poder salir victorioso de las pruebas a las que serás sometido/a, precisarás algo más que fortaleza: una mezcla equilibrada de conocimiento y sabiduría. Si finalmente logras la construcción de nuevos puentes y la rectificación o recreación de ciertas rutas, tu existencia se tornará más compleja pero también más plena.

Personalmente, creo que vale la pena dar un salto de fe como el Loco del tarot y volver a abrazar la vida con la curiosidad de un/a niño/a, porque lo que hay en el precipicio suele estar bastante distorsionado y nunca es tan malo como imaginamos, mientras que las posibilidades pueden ser casi infinitas.

* Para la redacción de este artículo, además de las referencias citadas, se ha utilizado el Diccionario de Valdizarbe y Valdemañeru de Fernando Pérez de Laborda.

  •  La portada ha sido extraída en: fbcdn-sphotos-h-a.akamaihd.net
  • La primera ilustración es un representación que puede encontrarse en el libro “Mitologika: una versión contemporánea de los seres mágicos de Euskadi” de Aritza Bergara, Raquel Alzate y Ricardo del Río.
  • La segunda imagen es una caracterización de un “Jentil”, diseñada por María Abásolo.
  • La tercera fotografía es una representación de Irelu, extraída de Wikipedia: https://eu.wikipedia.org/wiki/Zaldia_euskal_mitologian
  • El vídeo es un fragmento de la grabación de la Lamiako Maskarada de Leioa(2017) , filmada por Telebilbao. En ella se emite un irrintzi.
  • Las dos fotografías que se muestran juntas pertenecen a Juan Luis Asensio y retratan una danza donde aparecen los Intxixu y las Sorginak juntos.
  • La  ilustración que denomina “Shapeshifter” y ha sido extraída de Pinterest, donde no se menciona la autoría ni la fuente.
  • El último dibujo es obra de Febras y se puede encontrar en Devianart: arsfeb.deviantart.com

Jentilak, Gentiles, Gigantes

En pleno rigor veraniego (“udamina”) y a las puertas del mes de agosto (“agorrilla”, “dagonilla”, “garrilla”), en muchos pueblos se cierra la temporada de cosecha de los cereales con fiestas en las se ofrecen panes, roscas o rosquillas a diversos santos.

No obstante, según las viejas creencias, los primeros agricultores y molineros, además de los primeros pastores y constructores, fueron los “Gentiles” o “Jentilak”. Según Barandiarán, la palabra “gentil” podría traducirse como “idólatra” o “pagano”, aunque se han sugerido diversas interpretaciones sobre su origen o naturaleza. Para unos autores, el “jentil” era la representación mítica del hombre primitivo y salvaje, que vivía en la montaña (habitualmente en cuevas) o en un paraje alejado y poco accesible y que estaba dotado de una fuerza extraordinaria. Para otros, el término hacía referencia a un pagano que vivía en paz con los cristianos pero que no se mezclaba demasiado con ellos, viviendo en un lugar aislado donde pudiera mantener su forma de vida y sus creencias en un espacio seguro e íntimo. Otras personas consideraban que estos individuos eran habitantes de zonas altas de montaña, rudos y poco civilizados, que no se llevaban bien con los cristianos y se aprovechaban de ellos cuando tenían ocasión. Si tomamos como referencia las leyendas, podemos apreciar que estas atribuciones se entremezclan y probablemente reflejan la evolución de una misma creencia y/o realidad sociocultural.

Por otro lado, podemos vincular a los Jentilak con personajes de otras mitologías europeas como los Gigantes, los Titanes, los Jotuns, los Fomoré o los Lechïï o Leshiye. Asimismo, existen conexiones como otros seres parecidos de otras culturas como Endiku (Sumeria), Putana (India), Pan Gu (China), los Nephilim (hebreos), los Jigou (Tibet) o los Patagones (América del Sur).

Normalmente se localizaba a los Jentilak en cavernas o monumentos megalítcos. Algunas de sus moradas más destacadas eran: “Jentilzulo” en Orozko, Leiza y Eguino; “Jentiletxe” en Mutriku y Alzania ;“Jentikoba” en Ispaster; “Jentieetxea” en Olaz; “Jentilbaratz” en Arano; “Jentileio” en Udiain; “Jentilzubi” en Dima; “Jentillarri” en Aralar; “Jentil Sukalde” en Urdiain; “Basainzulota” en Vidania; la montaña de Burunda; el monte Andutz; la caverna del monte Saastarri (Ataun); las minas de Arrola (Zerain); la cueva de Beraun (Berastegi); el desfiladero de Atarreta; la caverna de Artzate (Ataun); el dolmen de Balankalek; el Flysch de Zumaia; el dolmen de Arraztaran. No obstante, podemos sumar a la lista las casas señoriales de Ojarbi, Animasagasti y Maubi de Idiazábal, el puente de Mandabita, así como las iglesias de Muxica, Ondarroa, Markina, Elgeta, Antigua de Zumárraga, Oñate, Opakua, Zurbano, Urdiain, Ataun y Oiartzun, construcciones atribuidas a los Jentilak (una vez ya cristianizados).

El representante más famoso de esta raza mítica es el Basajaun (o Baxajaun), a quien podemos encontrar también en la mitología aragonesa como Basajarau, Bonjarau o Bosnerau (especialmente en los valles pirenaicos de Ansó, Tena y Broto). A este personaje se le describe como una criatura de gran tamaño y fuerza colosal, con aspecto antropomorfo, cubierto de pelo y con una larga melena hasta los pies, siendo capaz de correr entre la vegetación más rápido que las bestias y aguantar las inclemencias del tiempo sin importar la estación. Se dice igualmente que nunca enfermaba ni pedía vigor y que se alimentaba de lo que la naturaleza le ofrecía, además de los trozos de pan que solía recibir como ofrenda de parte de los pastores o lugareños. En los relatos populares más antiguos se le representa como un guardián de los bosques, de carácter bonachón y protector, que habitaba en lugares elevados y en cavernas (macizo de Mondarrain, cuevas de Aitzibitarte, nacedero del Errobi, cavernas de Ataun, cuevas de Mendukilo, cueva de Mailuxe…). Asimismo, cuidaba de los rebaños en las montañas, haciendo que los animales le saludasen con una sonora sacudida de sus cencerros. En el momento en que se acercaba una tempestad, acechaban manadas de lobos o había algún peligro para aquellos que viajasen o trabajasen de noche, silbaba con fuerza o daba gritos para prevenir o salvar a los humanos. Estos gritos, denominados “oihu” u “oyu”, que también emiten otros genios de la mitología vasca, ha otorgado a ciertos númenes el sobrenombre de “oihulariak”(gritadores o gritones).

A modo de apunte, cabe mencionar que probablemente el “irrintzi”, al igual que otras tipologías de gritos descritos por Chaho, fuesen una forma primitiva de comunicación con estos espíritus de la naturaleza para transmitirles distintos mensajes (alegría, lamento, alerta, llamada, horror, dolor, etc), que luego pasase a utilizarse a nivel social. Los cronistas medievales interpretaron este tipo de voces prolongadas como una manera de atemorizar a los enemigos, produciendo un efecto psicológico disuasorio antes de una emboscada o una batalla.

Volviendo al Basajaun, es preciso comentar que es dueño de valiosas riquezas como objetos de oro, así como de conocimientos secretos como el cultivo del trigo, la molienda, la fabricación de las primeras herramientas (sierras, hachas…), la construcción de monumentos megalíticos y otros edificios (casas, puentes…) y el arte de la forja. Se trata de una criatura liminal que hace de nexo entre la naturaleza salvaje y la cultura. Hay autores lo vinculan a figuras como el Pan griego o el Fauno romano, hasta el punto de que Isidoro de Sevilla establece una asimilación total en su obra “Etimologías”, donde los presenta como idénticos bajo la categoría de “pilosi” (peludos).

El Basajaun, al igual que los Jentilak, es presentado con una personalidad dual, especialmente en los testimonios recogidos por Cerquand: en unos relatos se le dibuja como un ser asilvestrado, brutal y terrorífico con el que es mejor no toparse, mientras que en otros se le muestra claramente como un personaje bondadoso, protector, iniciador del desarrollo tecnológico y amigo de la humanidad. Cabe señalar que, en algunos relatos, el término Basajaun se utiliza en plural, haciendo referencia a la comunidad de Jentilak como un grupo de hombres y mujeres salvajes, tal y como nos muestra Satrústegui. Es más, no es descabellado pensar que el nombre original de estos gigantes vascos-navarros, aragoneses y pirenaicos fuera en realidad ese.

Otras denominaciones que recibe el Basajaun es Anxo o Antxo, que sería su aspecto de cuidador de rebaños, aunque algunas narraciones lo muestran como si se tratase de una entidad aparte. Por otro lado, hay quien interpreta que Tartalo o Torto, el cíclope de la mitología vasca que se come el ganado, pudiera ser una demonización del Basajaun pastor. Adicionalmente, se vincula al Basajaun una mujer de similares características: la Basandere. Esta Señora del Bosque vendría a ser su consorte o polaridad femenina, aunque esta entidad también serviría para explicar la existencia de otros gigantes pertenecientes a una misma estirpe.

Una de las leyendas que muestran el carácter benévolo de Basajaun es la de los pastores de Esterenzubi, en la frontera con Francia. Allí vivían cuatro hombres en una cabaña, uno de ellos tan solo un muchacho. Antxo solía acercarse a calentarse al fuego cuando dormían y comía algún pedazo de pan o una porción de la comida que dejaban voluntariamente como ofrenda. Una noche, el más joven se dio cuenta de que los demás no habían dejado la parte de Antxo y preguntó dónde estaba. Sus compañeros le contestaron de malos modos que dejase él algo si quería, que ellos no iban a darle nada aquel día. El muchacho, honradamente, dejó su tributo en el lugar habitual. El señor salvaje llegó como de costumbre a calentarse y tomó la porción de muchacho. Luego se llevó las pieles de los pastores que no habían compartido su alimento. A la mañana siguiente no encontraron sus ropas y le pidieron al joven que intercediese por ellos. El muchacho, que no era tonto, pidió una compensación y ellos le entregaron una mala novilla. Luego partió a la cueva donde se alojaba el Señor de los Bosques. Respetuosamente pidió permiso para entrar en su morada y le rogó que le devolviese los ropajes de sus compañeros. El Basajaun, agraviado por lo que habían hecho, se negó de primeras. El joven insistió y finalmente el hombre salvaje le preguntó: “¿Qué te dan a cambio de la molestia?” El pastor contestó: “una mala novilla”. Antxo, apiadándose de él, le retornó las ropas y le dijo: “Tómalas y acepta esta varita de avellano. Marca a tu novilla y dale con la vara cien golpes, el último más fuerte que los anteriores”. El muchacho hizo lo que le sugirió y ,tras un corto periodo de tiempo, la novilla quedó preñada y dio a luz un rebaño de ciento y un hermosos animales.

Otra narración recogida en Liginaga refiere que un pastor iba a San Juan de Pie de Puerto y se le hizo de noche por el camino. Asustado por la oscuridad, dio un grito para ver si había alguien que pudiera asistirle. Pronto obtuvo una respuesta que venía desde lo profundo del bosque. Caminó unos cuantos pasos más y quiso comprobar si no eran imaginaciones suyas, emitiendo en nuevo grito. Recibió contestación desde el sitio en que él dio su primer grito. Al llegar a la choza de Ibarrondo, volvió a gritar. Cuando entró en la choza, preguntó a los otros pastores: “¿quién era el que me estaba respondiendo?” Ellos le informaron que no se trataba de ninguno de los presentes, que había sido el Basajaun para asegurarse de que llegara a salvo a la cabaña.

Otro relato de Askoa cuenta que en el puerto de montaña de Lizarrusti, cerca de Ataun, vivía un Basajaun en una cueva. Éste se asoció con un grupo de carboneros que trabajaban cerca de Askoa. Uno de ellos metió su hacha en un tronco, hundiéndose un extremo. El hombre rogó al Basajaun que metiera sus manos en la hendidura para sacar el hacha e introducirla después en el otro extremo. El Señor de los Bosques hizo lo que le pidió. El carbonero logró sacar su hacha y las partes separadas del tronco se juntaron, aprisionando las manos del númen. Dominado por la maña y la astucia del carbonero, fue conducido al pueblo de Ataun con el fin de ser exhibido delante de los vecinos de Ataun. Después el carbonero lo desató del tronco. El Basajaun volvió corriendo a su caverna de Askoa. El carbonero regresó también a sus labores. Sin embargo, un buen día el carbonero desapareció misteriosamente y nadie volvió a saber nunca más de él.

Otra leyenda de Mendibe recoge la historia de Basajaun y su esposa Basandere. Según los vecinos del lugar, hace mil años sólo había dos caseríos: Lohibarria y Garseaberroa. Un día, el pastor de Lohibarria fue con el rebaño a la zona de Galharbeko-potxa, cerca de Irati. Al aproximarse a una de las cuevas vio a la Basandere sobre una roca, peinándose el cabello. A su lado tenía un candelabro dorado que acababa de limpiar. El joven se quedó mudo admirando el candelabro. La Basandere se percató de su presencia y de cómo miraba su tesoro y se dirigió a él. El muchacho le pidió que le diera el candelabro pero ella se negó, alegando que había sido un regalo de su esposo el Basajaun. El pastor insistió, piropeó a la dama y trató de seducirla cantando antiguas cantigas de amor de Nafarroa Behera. Finalmente, ella le entregó su preciado regalo. El muchacho decidió salvaguardar el valioso candelabro en la ermita de San Salbatore. La Bansandere, al darse cuenta de que había sido engañada, empezó a perseguirlo hasta llegar a la cuesta de la ermita. El Basajaun escuchó los gritos de su mujer y se sumó a la persecución, plantándose en dos saltos junto al joven para abalanzarse sobre él y recuperar lo que era suyo. El muchacho se encomendó a San Salvador para que se apiadase de él y le ayudara a librarse de los gigantes. En ese momento, sonó la campana de la iglesia y los númenes quedaron paralizados. El Basajaun, lleno de furia, le gritó que se las pagaría la próxima vez que lo encontrase en ayunas. Luego, ambos personajes, se retiraron al bosque. Sin embargo, unos días más tarde, el pastor salió de casa sin haber comido. El Basajaun lo interceptó en medio del monte y trató de aplastarlo. Pero el joven recordó que había estado trillando el día anterior y que habían quedado restos del grano en su cabello. Tomó el trigo y se lo metió en la boca rápidamente. Al romper el ayuno, el Basajaun desapareció.  El candelabro continúa en la ermita de San Salbatore, pero dicen que ya no es tan hermoso como antes. La capilla se quemó dos veces y el candelabro se volvió negro. Los habitantes de Mendibe han intentado bajarlo al pueblo, pero nunca han podido llevarlo más allá del collado de Harizkurutxeta, por lo que el candelabro permanecerá en la iglesia para siempre.

Otro relato refleja la presencia del Basajaun y la Basandere en la Selva de Irati. Chaho recopiló el testimonio de unos obreros de la zona en 1790,  los cuales aseguraban haber visto a estas dos criaturas en varias ocasiones. Uno de ellos explicó que una vez se encontró con una mujer de largos cabellos negros, que moraba por el bosque totalmente desnuda. Pronto llamó la atención del resto de trabajadores, que la miraban con curiosidad. Animada por el impacto de su aparición, regresó al día siguiente a la misma hora. Los obreros acordaron apresarla, intentando no hacerle daño. Uno de ellos se acercó a ella poco a poco, mientras otro de los compañeros hablaba en voz alta, gesticulando, para atraer la atención de la salvaje. Empero, en el momento en que el leñador extendió el brazo para agarrar la pierna de dama, un grito masculino de alarma surgió del bosque, alertando a la muchacha. Ésta dio un salto con gran agilidad y huyó hacia el bosque como un relámpago. Desde entonces, no se ha vuelto a avistar a los Señores del Bosque.

Posteriormente, las narraciones fueron adquiriendo connotaciones cada vez más negativas. En Beirie, se cuenta que una noche los habitantes de la casa Inhurria se encontraban pelando mazorcas. Como no tenían rastrillo para recoger el maíz, el criado le pidió a la hija mayor que fuese a buscarlo al campo. La “andragai” (heredera) se animó a apostar con el sirviente. El criado se comprometió a darle diez monedas por completar la tarea. Cumpliendo con la palabra dada, la joven fue al campo, que estaba situado sobre una zona elevada. Allí estaba el Basajaun, que la cogió por los cabellos y se la echó al hombro, cruzando por Larzabale hasta la montaña de Salbatore. La doncella escuchó sonar la campana del alba y recitó una plegaria para ser salvada. Al instante, el Basajaun la soltó y ella cayó junto a la caverna de San Salvador de Mendibe.

Otra leyenda de Behorlegi (Baja Navarra) relata que Anxo había raptado a la hija del caserío Ithurburu y la había escondido en el macizo de Aldudes, desde donde asustaba a los vecinos de la comarca tirando grandes piedras. Un seminarista se dispuso a rescatar a la muchacha, conjurando al salvaje a gritos. El númen no se mostraba porque sabía que que el aprendiz de cura llevaba consigo diversos símbolos sagrados y protecciones. Viendo que no salía, el aspirante a sacerdote intentó llamar su atención astutamente: “¡Mira, mira, Anxo, dos cabezas bajo un mismo sombrero!”. Lleno de curiosidad, el genio le respondió entonces: “Conozco una maravilla mayor que esa: sé cuántas fuentes hay en los Aldudes. Además, he bebido de todas ellas”. Entonces el seminarista le respondió que ya no lo haría más, maldiciendo a Anxo para siempre.

En otra historia popular se representa a Anxo con las características de Tartalo. En ella se explica que un gigante de un solo ojo y fuerza descomunal vivía en la cueva de Domaikia, en Zuia (Álava). Los habitantes de la zona estaban aterrorizados porque Anxo robaba todo tipo de alimentos y mataba vacas y ovejas. El miedo de la población fue creciendo porque en los últimos días había raptado a muchos caminantes que pasaban cerca de la cueva, de los cuales no se volvía a saber. Muchos vecinos de Domaikia habían decidido marcharse a vivir a otro sitio y, los que habían permanecido en la villa, presenciaban con horror la merma del ganado y sufrían los enormes destrozos en las huertas, que los condenaban al hambre y la pobreza. Desesperados, decidieron ir a matar al monstruo. Los más valientes, armados con azadas y estacas, se dirigieron hacia la morada de Anxo. Sin embargo, a medida que se iban acercando a la cueva del gigante, empezaron a temblar. Cuando se encontraban a pocos metros de la caverna, apareció la temible criatura. Todos se quedaron paralizados mientras él los miraba con su único ojo,riendo a carcajadas. Los jóvenes, muertos de miedo, se dispusieron a atacarle. Anxo se abalanzó contra ellos. En pocos minutos los había matado a todos, menos a uno, que fingió su defunción.

El gigante recogió los cuerpos sin vida y los fue lanzando hacia el interior de la cueva, incluyendo el del muchacho que permanecía vivo. El joven no se atrevía ni a respirar. Luego, oyó que Anxo decía: “¡Ciérrate, Txarranka!” Entonces una gran piedra redonda tapó la entrada de la cueva. Joxe Martín seguía inmóvil. Finalmente levantó la cabeza y comprobó que el gigante no estaba en la cueva. Miró a su alrededor que el lugar estaba lleno de esqueletos de hombres y animales. El muchacho se echó a llorar. Seguidamente, intentó calmarse y pensar en cómo salir de aquel siniestro lugar. De pronto,escuchó el vozarrón del salvaje en el exterior de la cueva, que repetía la frase para abrir la puerta de la caverna. Joxe Martín se escondió rápidamente debajo de los cuerpos de sus amigos y esperó. Anxo cogió al que estaba encima de él, lo asó en una gran fogata y se lo comió. Después se tumbó encima de unas pieles de oveja y se quedó dormido. Aprovechando que el gigante dormía y que la entrada estaba abierta, el joven se arrastró hasta la salida sin hacer el menor ruido y corrió durante varios kilómetros sin mirar hacia atrás. Al llegar a un pequeño río, se paró a beber agua y se tumbó sobre la hierba para descansar. Los primeros rayos del sol lo despertaron. Pensó en ponerse a salvo, pero en el último momento reunió fuerzas para vengar la muerte de sus amigos. Así que regresó a la cueva. Se subió a un árbol y se ocultó entre las ramas, urdiendo un plan para vencer al gigante. Entonces llamó al gigante y lo retó. Anxo se dispuso a salir de su cueva, burlándose de él y amenazando con aplastarle como a una hormiga. En el momento en que el cuerpo del gigante estaba en medio del agujero, gritó el joven: “¡Ciérrate, Txarranka!” Y la piedra se movió, atrapando la cabeza de Anxo y matándolo en el acto. Desde entonces, los habitantes de la localidad pudieron vivir tranquilos.

Una variante de este relato sería la que diera origen al famoso cuento de “Juan sin miedo”, uno de los que formó parte del repertorio que me acompañó en mi tierna infancia. Siguiendo la estructura de la narración de Toti Martínez de Lezea, Juan era un mozalbete de un pueblo navarro que se reía de las leyendas sobre aparecidos, espíritus, demonios y demás genios fantásticos. Tanto se mofaba de las creencias supersticiosas de sus vecinos, que lo acabaron echando del pueblo. Juan se fue en busca de aventuras y llegó a Elkorri, un lugar solitario entre el puerto de Lizarrusti y Etxarri Aranatz. Allí había una casa abandonada excavada en la piedra a la que nadie se atrevía a entrar. El joven decidió limpiar un poco el lugar, encendió la chimenea y se dispuso a preparar un buen puchero para saciar el hambre. De pronto, oyó una voz procedente del canal de la chimenea que le preguntaba: “¿Caeré o no caeré?”. El muchacho, no dándole importancia, respondió: “Si quieres, sí; si no quieres, no”. A continuación, una enorme cabeza con forma humana cayó rodando fuera de la chimenea. Juan, cogiéndola con el asador, la lanzó a un rincón de la cocina. Al poco tiempo volvió a escuchar  la misma voz y respondió de manera idéntica. Inmediatamente cayó un tronco humanoide, que el joven también lanzó al rincón. Una y otra vez continuó el diálogo, hasta que cayeron todos los miembros del cuerpo, formando la silueta completa de un grandullón. Luego dijo el genio: “Dices que no soy, pero sí soy”. Juan le respondió: “Sí, ya lo veo, pero mantente lejos de mí.” El joven continuó preparando la cena. El hombretón señaló una azada que se encontraba cerca de la puerta y le invitó a que la cogiera. Juan contestó que la cogiera él si quería. El ser mágico tomó la azada y salió de la cocina. Curioso por ver lo que hacía, el muchacho le siguió a otro cuarto de la casa. La voz le ordenó entonces que cavase con la azada, pero él volvió a negarse. El extraño comenzó a cavar hasta que sacó un montón de oro. Por su valentía decidió entregárselo diciendo: “Sin nombre no valdría nada” (ya que el joven en ningún momento le había preguntado su nombre o le había nombrado, pues no creía en estas apariciones). Después se esfumó. Juan cogió el oro y regresó a su pueblo. A partir de ese momento nunca más volvió a reírse de las creencias ajenas y vivió respetablemente el resto de su vida.

Finalmente, no podemos olvidar la leyenda que narra cómo a los Basajaunes o Jentilak se les arrebató el secreto de la agricultura. En ella se cuenta que hace muchos años vivían estos hombres salvajes en una cueva de Muskia, los cuales cultivaban las tierras en las terrazas que había en las montañas y de las cuales sacaban una gran cantidad de trigo que guardaban celosamente en su morada. Por aquel entonces, el ser humano (en otras versiones, los cristianos), no tenían conocimiento para sembrar y recoger frutos. Esto fue así hasta que el joven Martiniko, también conocido como Martin Txiki (Martín, el pequeño), se propuso apropiarse de dichos saberes. Calzándose unos zapatos mucho más grandes que su pie, se dirigió a la cueva de los Basajaunes para proponerles un reto. La prueba consistía en saltar de un montículo de trigo a otro hasta llegar al final de la fila. Los Basajaunes pudieron cruzar ágilmente de un lugar a otro, mientras que Martiniko cayó en medio de dos montones. Los gigantes se rieron de él sin darse cuenta de que lo que pretendía en realidad era llevarse algunos granos de cereal dentro del calzado. Aunque el muchacho había conseguido las semillas, no conocía el procedimiento para cultivarlas, así que se acercó otra vez a la morada de los Basajaunes y se quedó escondido escuchando mientras estos cantaban:

“Si los hombres supieran esta canción,
bien se aprovecharían de ella:
Al brotar la hoja, siembra el maíz
al caer la hoja siembra el trigo
por San Lorenzo siempre es el nabo.”

Pero el secreto de la agricultura no era el único que poseían los hombres salvajes y Martiniko quería conocerlos todos. Por tanto, Martiniko partió de nuevo hacia la cueva de los Basajaunes sin saber muy bien cómo se las iba a ingeniar para arrebatarles el conocimiento de la sierra así que, cuando se encontró con ellos, tuvo que improvisar:

– ¿Sabéis una cosa? Ya se cómo construir una sierra – presumió Martin Txiki.

Los Basajaunes se sorprendieron y uno de ellos le contestó:

– ¡Ah! Te has fijado en la forma que tiene el filo de la hoja de los castaños.

Martiniko descubrió entonces el secreto y, agradeciendo su ayuda, se marchó apresuradamente a la herrería para fabricar una sierra, dándole al filo la forma de las hojas de los castaños. Los Basajaunes se enfadaron muchísimo por el engaño y descendieron hasta la aldea, presentándose en la herrería. Agarrando la sierra contra el yunque, le dieron un golpe tremendo a la altura del filo con la intención de romperla, dejando los dientes de la sierra uno para un lado y el siguiente para el otro. Sin embargo, en lugar de romperla, lo que consiguieron fue una nueva herramienta mucho más eficaz. Y así empezaron a aprender los humanos el arte de la forja, convirtiéndose en grandes ferrones y desplazando a los Jentilak.

Este pequeño héroe civilizador, semejante al Prometeo de la mitología griega, destaca, no solo por su astucia, sino por su habilidad de engañar y burlarse. Este arquetipo del transgresor ingenioso capaz de sortear el peligro o “trickster” se encuentra en el folklore de todas las culturas, desde Europa hasta América del Norte, desde Oriente Próximo hasta Japón, pasando por Australia, tal y como señala Rinaldo Acosta. En el caso vasco, el personaje de Martiniko luego se cristianizaría en la figura de San Martín.

Como puntualiza Olivier de Marliave, no resulta extraño que la transmisión de conocimientos se plantease de esta manera en la zona pirenaica, punto de paso e intercambio desde la Prehistoria entre los pobladores del continente y la península, así como entre las gentes de la vertiente atlántica y mediterránea. En el caso de estas leyendas observamos elementos muy arcaicos, algunos de ellos previos a la romanización y que podríamos asociar a los vascones e incluso a pobladores anteriores. En la mitología de los Pirineos, al igual que en otras cosmologías antiguas, el trigo y otros cereales suelen estar vinculados a mitos fundacionales. Además, entre los vasco-navarros, observamos que se diferencia un primer dominio de la agricultura en zonas de montaña, desarrollado por una cultura pagana que es representada por los Jentilak, del cultivo en valles y llanos que se vincula a los cristianos.

Por otra parte, el fin de los Gentiles viene marcado por la llegada de Kixmi, sobrenombre despectivo para referirse a Cristo como mono o primate.  Esta historia fue recogida por Barandiarán y, según Juan Inazio Hartsuaga, se trataría de una leyenda con unos 400 años de antigüedad que vendría a sustituir convenientemente a otra datada hace miles de años. Su estructura, en opinión de este autor, sigue el hilo de los sermones medievales basados en animalarios. El relato cuenta que, hace mucho tiempo, vivían los gentiles en una cueva del monte Leizadi de Ataun. Un día, apareció en el cielo una estrella singular. Los Jentilak se asustaron al verla, pues la interpretaron como un augurio. Buscaron a uno de los ancianos que estaba medio ciego y le abrieron los párpados para que contemplase aquella señal y la interpretase. El sabio suspiró diciendo: “¡Ay, hijos míos! Ha nacido Kixmi y estamos perdidos.” Después solicitó que le tirasen por un precipicio, pues sabía que aquel acontecimiento traería el final para su pueblo. Poco después, empezó a difundirse el cristianismo por el mundo y los Gentiles se fueron desperdigando hasta perderse para siempre. El último superviviente sería el Olentzero.

Además de los desfiles de gigantes y cabezudos, presentes en toda la geografía hispánica, existen otras manifestaciones populares en las que estos personajes tienen un papel. En 1981 se celebró por primera vez una fiesta que pretendía recuperar las historias y el folklore de los Jentilak, reflejando las tensas relaciones entre esta raza mítica y los cristianos, así como la evolución sociocultural y de creencias entre estos dos grupos. Actualmente, el “Jentilen etorrera” o la fiesta conmemorativa de la llegada de los Gentiles se organiza en Ataun anualmente.

Otra reminiscencia que nos permite comprobar la importante resonancia de los Jentilak en el imaginario vasco la encontramos en sus particulares deportes rurales, especialmente en el levantamiento de piedras o Harrijasotzea. Asimismo, el juego de los bolos también posee un origen mágico y religioso asociado a estos gigantes. En los relatos populares se describe a estos personajes lanzando piedras enormes. Concretamente entre Orozko y Arakaldo, se ofrecen dos versiones distintas para explicar el origen de los bolaños o proyectiles esféricos presentes en el monte Untzueta y el de Santa Marina. La creencia folklórica apunta a que los Jentilak jugaban a pelota con piedras de arenisca de cuatro o cinco arrobas. De ahí que estos bolos se conozcan con la denominación de “Jentil harriak”. La explicación histórica hace referencia a los proyectiles de trabuco que utilizaron las tropas castellanas de Pedro I el Cruel (S.XV) durante el asedio a la atalaya que se encontraba en la cima del monte Untzueta y que había sido el punto de control de acceso a Vizcaya durante siglos.

Sea como fuere, el famoso levantador de piedras o harrijasotzaile Iñaki Perurena ha construido artesanalmente un museo dedicado a la mitología e historia de la piedra, denominado Peru-Harri, en Leitza. Entre las esculturas exteriores del parque destaca la enorme figura de un Jentil levantado una gran piedra, al estilo de Polifemo, quien sustentaba el mundo sobre sus hombros. Sin duda, un lugar de visita obligada para comprender mejor la naturaleza de los Jentilak y las peculiaridades del mítico deporte rural de levantar piedra.

 

 

 

-La fotografía de portada es una escultura llamada “Basajaun” de Rober Garay.

La primera imagen es el cuadro “Dos salvajes” del pintor Durero.

– La segunda fotografía es una imagen de Jentiletxe, tomada de la siguiente página: https://es.wikiloc.com/wikiloc/imgServer.do?id=8075358

-La imagen del Basajaun ha sido extraída de esta web: https://www.geocaching.com/geocache/GC5P234_basajaun-en-millena

El grabado de Anxo se encuentra en: http://www.planetabenitez.com/IOI/gente47.htm

-La ilustración de la Basandere procede de: http://www.hiru.eus/cultura-vasca/basandere

La imagen de Tartalo se encuentra en el libro “Mitologika: el mundo de los gigantes” de Aritza Bergara

El dibujo de Martin Txiki y los Jentilak se encuentra en un cuento llamado “Martin Txiki eta Jentilak” de Zerraren Armaketa que se puede ver en este enlace de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=2ngkJXUm27c

La fotografía del desfile del Jentilen etorrera pertenece a la asociación Jentibaratza Kultur Elkartea y se puede encontrar en: https://zuzeu.eus/euskal-herria/jentilen-etorrera/

La última ilustración de los Jentilak lanzando piedras se halla en el libro “Mitología del pueblo vasco” de Aritza Bergara. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sugaar, Sugoi, Maju

En este artículo describiré y analizaré la figura de Sugaar, el “culebro” o “cuélebre” de la mitología vasca, diferenciándolo de Herensuge y explicando su relación con la diosa Mari.

El término Sugaar (o Sugahar) deriva de los vocablos “suge” (serpiente) y “ar” (macho), aunque también se ha sugerido que su etimología podría proceder de la fusión de “su/a” (fuego) y gar (llama), con el significado de “llama de fuego” que es una de sus representaciones en la cual se le describe como un relámpago (sin cabeza ni cola). En otras poblaciones, como Betelu, recibe el sobrenombre de Suarra, palabra que provendría de “su/a” (fuego) y “har/harra” (gusano), delimitando la forma de esa flama. En otras localidades (Sara, Arrate) se le conoce como Sugoi, que deriva de las palabras “suge” (serpiente) y “goi” (mayor), haciendo referencia a su tamaño. Por último, en otras villas como Azkoitia se refieren a este númen como “Maju” o Maiu”, masculinización de Maya, que es otro de los nombres que recibe Mari. Bajo este aspecto, aparecía en forma de media luna de fuego justo antes de que estallase una tempestad.

Es relevante analizar esta conexión con Mari, ya que algunos autores como Barandiarán u Ortiz-Osés apuntan a que, inicialmente, Maju era uno de los rostros bajo el cual se presentaba la Dama. Recordemos que la Gran Madre de los vasco-navarros es una diosa polimorfa (que puede transformarse en diversas figuras) y partenogénica (capaz de auto-fecundarse). Uno de sus muchos aspectos precisamente es el de la serpiente, un símbolo originalmente de carácter matriarcal que representaba la fuerza ctónico-acuática, la metamorfosis de la naturaleza a través de la metáfora del cambio de piel y el mundo como círculo y ciclo de eterno retorno (“uroboros”). Frecuentemente, en los relatos populares, se describe a Mari como una serpiente en llamas que, en ocasiones, porta una hoz de fuego o la media luna, mostrando todo su poder femenino. Posteriormente, la serpiente fue convertida en un ser fálico-masculino de rango inferior y dependiente de su consorte femenina, al igual que el dios de las cosechas neolítico fue entendido como una emanación de la Madre Tierra.

Según las leyendas, Mari y su esposo Sugaar mantienen encuentros sexuales adoptando forma humana los viernes (día señalado en el calendario lunar y momento en que se reúnen las brujas), provocando grandes tormentas y descargas eléctricas (pensemos en el rayo como elemento fecundador de la tierra). En euskera, la palabra “harreman”, que es la que se usa para hablar de esta relación con connotaciones eróticas, refleja la dinámica interacción entre ambas polaridades, pues incluye los términos “ar” (masculino) y “eme” (femenino). Asimismo, el vocablo deriva de “hartu” (coger o tomar) y “eman” (dar u ofrecer). En esta hermosa síntesis encontramos la complementariedad necesaria que da lugar a la unidad primigenia de todos los seres y procesos en la naturaleza. Como señala Guillermo Piquero, este vínculo dual femenino-terrestre y masculino-celeste es el que configura el matrimonio sagrado o “hierogamos”, propiciando la fertilidad y la fecundidad. En opinión de Jakue Pascual, la implosividad y expansividad de estas fuerzas primigenias quedaría representada en el “lauburu” (rueda solar de cuatro cabezas o brazos). De la unión mágica entre estas dos polaridades, surgirían, según algunas versiones, Eguzki (dios sol) e Ilargi (diosa luna), mientras que en otras narraciones nacerían Atarrabi (el hijo piadoso y cristiano) y Mikelats (el retoño rebelde y pagano), en cuyas figuras podemos apreciar un sincretismo con la historia de Caín y Abel.

En el Medievo, la serpiente pasó a ser una representación del mal o del propio Satanás, tomando como referencia los textos bíblicos del Génesis, aunque en otras versiones se define a esta “sierpe” (o “nahash”) como la cómplice del Diablo, conectando con la historia de Eva y su antecesora Lilith (la primera esposa de Adán, que abandonó el Edén y se unió a Samael). Así pues, iremos comprobando que, con el paso del tiempo, la figura de la serpiente fue adquiriendo connotaciones cada vez más negativas, monstruosas y demoníacas. Igualmente, el “cuélebre” y el “dragón” pasarán a confundirse, atribuyéndose indistintamente leyendas a Sugaar y Herensuge, como puede ser el caso de la historia de los hermanos de la cueva de Balzola, el caballero de Belzuntze o la epopeya de Teodosio de Goñi.

No obstante, si atendemos a las moradas que se asignan a una y otra entidad, podemos verificar que se tratan de entidades separadas. En el caso de Sugaar, en Ataun (Guipúzcoa), se le ubica en la sima de Agamunda, en la cueva de Kuutzegorri y en la caverna de Arrateta; en otras localidades guipuzcoanas, cuentan que merodea por Azkoitia, Mutriku y Andoain; en Navarra, dicen que habita en las cavidades de Uztei en el monte Balerdi, en la montaña de Elortalde y en Gorriti; en Vizcaya, se le sitúa en Mundaka y Kortezubi; en Álava, se le vincula a Salcedo.

En la Sierra de Aralar, encontramos algunas de las historias populares más antiguas asociadas a este númen. Las más conocida narra que un pastor crio a una gran serpiente a base de leche, consiguiendo domesticarla y hacer que acudiese a su encuentro cuando la llamaba con un silbido. Lo que el pastor no comprendía es que el silbido no era lo que atraía a la serpiente, sino la ofrenda que le entregaba (este elemento es una reminiscencia de la Era Dorada o principio de los tiempos, donde la Tierra manaba leche y miel y hombres y animales se comunicaban fluidamente). Un buen día, el pastor quiso demostrar a sus amigos su habilidad para dominar a la serpiente, pero se olvidó de llevar el cuenco de leche. Así que, cuando la llamó mediante un silbido y ésta vio que no traía su alimento, se abalanzó a su cuello y lo mató. En versiones más modernas de otras comarcas o concejos, el pastor sobrevive y acaba con la vida de la serpiente aplastando su cabeza en la puerta de una ermita. Aquí podemos encontrar ciertos paralelismos con las leyendas vinculadas a Herensuge, en las que se refleja la lucha entre el protagonista y la bestia.

Otras variantes más elaboradas presentan a Sugaar como un personaje tentador o retador que pone a prueba las habilidades de aquellos a los que se enfrenta. Por ejemplo, en Kortezubi se cuenta que la serpiente fue en busca de nuevos competidores, encontrándose con una zorra, que usando su astucia le indicó que fuese a una ferrería para que midiese su poder con hombres forzudos. Uno de los herreros aceptó el reto del “culebro”, pero le hizo esperar fuera mientras calentaba unas tenazas al rojo vivo. A continuación, salió rápidamente y la sujetó firmemente con ellas mientras la serpiente se retorcía desesperada. Al final, el animal suplicó al ferrón que la soltase y éste replicó: “Fíjate que solo he usado dos dedos: si hubiese utilizado diez, ya estarías muerta”. La sierpe se alejó dolorida, planeando una venganza futura por haber sido humillada.

En esta historia cabe destacar la figura del herrero como una profesión ligada a la magia. Los forjadores, en diversas tradiciones europeas, eran considerados como unos primitivos alquimistas por su habilidad de transformar los metales con el poder del fuego. Además, muchos talismanes como las herraduras, los clavos, los cencerros, los cascabeles y las campanillas (utilizadas también en la cultura vasca), eran creados por estos artesanos, ya que tenían la potestad de enfrentarse a las criaturas mágicas. Esta asociación proviene del papel que jugaron distintos dioses o maestros forjadores en el progreso tecnológico y avance cultural: Hefesto en Grecia, Vulcano en Roma, Goibniu en la mitología celta, los dvergar o enanos en la cultura nórdica, Tubal o Tabal entre los hebreros y asirios, etc

El caso vasco no es una excepción. Popularmente se dice que el Basajaun, que provenía de la estirpe de los Jentilak o Gentiles (gigantes), fue el primer herrero, además del primer agricultor y molinero. No obstante, Augustin Chaho cuenta que los pastores de la región de Soule se referían a sí mismos como “aitoren semeak” (Hijos de Aitor), que podría ser una derivación de “aitonen semeak” (hijos de buenos padres). El mito de este Aitor, hijo del Tubal bíblico (vinculado a la metalurgia), lo define como en el primer patriarca euksaldun. Más adelante, la historia fue traducida al castellano por Arturo Champión. Otros autores como Navarro Villoslada en su obra “Amaya o los vascos en el S.VIII” perpetuaron esta historia para reclamar territorialmente las siete provincias vascas, diciendo que fueron fundadas por los siete hijos de Aitor.

Retomando las leyendas vinculadas a Sugaar, podemos analizar esta relación entre la serpiente y el poder de transmutación. Como ya he mencionado anteriormente, este númen solía adoptar forma humana en sus encuentros con la diosa Mari. Sin embargo, existe un relato de dos hermanos vizcaínos, muy similar a la de Herensuge, en la cual estos personajes se encuentran a Sugoi en la entrada de una cueva mientras estaban paseando. El menor le arrojó una piedra para espantarlo, con tal fuerza que le arrancó un pedazo de la cola. El mayor de ellos fue llamado a ser soldado, mientras que el pequeño se quedó en el caserío, no atendiendo demasiado bien a sus progenitores. Estando el mayor de servicio en Nochebuena, sin poder visitar a la familia, se presentó ante él un feo individuo que le preguntó si quería volver a casa. El hombre contestó afirmativamente. El extraño sujeto le pidió como condición que llevase dos presentes a su casa tras pasar por su cueva y que regresase tres días después. El desconocido le entregó un terrón de oro para él y un cinturón rojo de seda para su hermano. El hermano menor, tras escuchar la historia de su familiar, rechazó el regalo y lo ató al árbol que había fuera de la casa, el cual echó a arder como la pólvora, dejando un gran agujero en el suelo. Pasado el tiempo acordado, los dos hermanos se presentaron en la cueva. Salió a recibirles con mala cara el individuo, al cual le faltaba un brazo. Sin saludar, fijó su mirada en el hermano menor y dijo: “¿Por qué me dejaste manco?” El muchacho lo negó, hasta que finalmente se dio cuenta de que el brazo que le faltaba correspondía con el pedazo de cola que le quitó al “culebro”. Entonces, el desconocido se transformó de nuevo en serpiente maldiciendo: “A partir de hoy, no faltará jamás manco, cojo, sordo o ciego en Iturriondobetia”. Luego se volvió a ocultar en el interior de la caverna.

En esta narración, a diferencia de la Herensuge, se añaden dos elementos novedosos: el hermano menor es puesto en evidencia, no sólo por agraviar a Sugaar, sino por no atender adecuadamente a sus mayores, faltas que quedan contempladas en las “leyes” de la Gran Madre y sus criaturas; además, el númen condena a su estirpe por su mala actuación. Este tipo de intervención también la observamos en algunas leyendas vinculadas a Mari, lo cual viene a reforzar el vínculo entre ambas divinidades.

Juan Inazio Hartsuaga apunta a que esta conexión entre el arquetipo de la Madre Tierra y el Dios Serpiente podría proceder de mitos pre-helénicos. El ejemplo más claro lo encontramos en los Pelasgos, pueblo indígena que habitaba en tierras griegas y que distintos arqueólogos han asociado a la cultura neolítica pre-indoeuropea. Según Apolodoro de Rodas, los dioses de los Pelasgos reinaron antes que los del Olimpo. Sus divinidades principales eran Ofión y Eurynome, cuyas relaciones sexuales dieron lugar a toda la creación. Podemos encontrar parejas semejantes en Oriente Próximo, como es el caso de Hedammu e Ishtar o Enki y Damkina.

El Dios Serpiente, al igual que la Gran Madre, también recibía ofrendas de los agricultores para que fecundara los campos. El poeta romano Propercio describe una de estas ofrendas, realizada en Lanuvium (cerca de Roma). El pueblo relataba que había un dragón que vivía en una sima cerca de la ciudad y que desde allí la protegía. Todos los años, en primavera, una doncella virgen debía descender al interior de la caverna con una cesta llena de comida. La criatura, tras abrir sus llameantes fauces, devoraba con ansia la ofrenda mientras las doncellas tiritaban de terror. Si la bestia consideraba que eran castas, regresaban sanas y salvas a su hogar, produciéndose una buena cosecha. Si no eran puras, las cosechas podían malograrse.

En esta narración no se menciona expresamente que las muchachas fueran engullidas, como ocurre en los relatos medievales, pero ya se dota de cierta hostilidad o malignidad a la Gran Serpiente.

La relación entre Sugaar y la fertilidad se aprecia bastante mejor en una leyenda medieval que sirve como legitimación del linaje de los señores de Vizcaya, que al igual que sucede en otros mitos europeos reciben parte de los dones o atributos de las deidades de las que descienden. Según la crónica de Lope García de Salazar (1454), Sugaar sedujo a la hija del rey de Escocia que se alojaba en Mundaka y la dejó embarazada, naciendo del fruto de esta unión Jaun Zuria (Juan, el Blanco), primer señor de Vizcaya (no histórico). Cuando el muchacho cumplió 22 años, los vecinos lo eligieron capitán de las tropas vizcaínas para que se luchase contra el hijo del rey de León. El príncipe de León había exigido enfrentarse formalmente a alguien de linaje real y, por esta razón, Jaun se convirtió en el candidato ideal. Finalmente, el enemigo fue derrotado en la batalla de Arrigorriaga y Jaun Zuria pasó a convertirse en el Señor de Vizcaya. Al morir el Señor de Durango, se casó con su hija, pasando a ser también gobernador de estas tierras, a quien concedió sus fueros. El sobrenombre de “blanco” haría referencia al blanco de su piel o cabello, es decir, que probablemente era albino, característica que en distintas culturas se consideraba mágica.

La primera versión documentada de la leyenda de Jaun Zuria, empero, se atribuye al conde portugués Pedro de Barcelós (1320). No obstante, autores como Andrés E. Mañaricua y J. Bilbao, opinan que el cronista no se basó en el precedente portugués, sino que los propios Señores de Vizcaya de la época fueron los informantes de Lope García de Salazar.

Tras este recorrido podemos evidenciar que la figura de Sugaar es más antigua que la de Herensuge y que existen notables diferencias entre ambas divinidades, dejando a un lado algunas semejanzas. A pesar de que actualmente se trata de un númen con su autonomía propia, su fuerte conexión con Mari lo relega a un papel de consorte y actualmente no existen apenas reminiscencias de su culto particular.

El único guiño que podemos apreciar en el folclore popular lo encontramos en la veneración a Santa Marta, hermana de Lázaro y mujer que hospedó a Jesucristo en su casa de Betania. Esta Santa, curiosamente, es patrona de las amas de casa, así como de las lavanderas, cocineras, sirvientas y gobernantas de casas de huéspedes. Se la representa precisamente con una saya roja y poniendo un pie sobre la cabeza de la serpiente. Las historias cuentan que salvó a un niño de las fauces de una gran serpiente (entendida como símbolo del mal), a la cual dominó con una serie de ensalmos o conjuros, haciendo uso de unas cintas o cuerdas e hisopo (Hyssopus officinalis). Estas cintas o ceñidores las podemos vincular a la leyenda de los dos hermanos. El hisopo, tradicionalmente, era y es utilizado desde antiguo para realizar limpiezas o purificaciones y también se administra como calmante pulmonar y gástrico. Adicionalmente, se usa para mejorar el estado de ánimo y devolver la energía vital (y sexual, en algunos casos), especialmente en las mujeres (elemento necesario para poder propiciar la fecundidad, si se está buscando la concepción).

Muchas Etxekoandreak (o Señoras de la Casa) acuden a esta santa buscando la protección de sus hogares, prendiéndole velas rojas o velas blancas con una cinta roja y haciendo una novena durante nueve martes seguidos (tres veces tres). Ocasionalmente, queman hisopo como ofrenda (presente que en realidad estarían entregando a la serpiente). Mágicamente, el martes está asociado al Marte romano, cuyo carácter pasional, combativo y colérico también podríamos atribuir a Sugaar.

 

 

La imagen de la portada es obra de Borja González Hoyos y puede encontrarse en el siguiente enlace: http://blogs.hoy.es/extremadurasecreta/2014/02/07/serpientes-legendarias-el-deslabon/.

Las ilustraciones de los númenes se encuentran en el libro “Mitologika: una versión contemporánea de los seres mágicos de Euskadi” de Aritza Bergara y Raquel Alzate

El cuadro de Jaun Zuria se titula “La jura del Señor de Vizcaya” y es de Anselmo Guinea (1882)

– La ilustración de Santa Marta es una pintura de José Rafael Garcés Sanches

Herensuge, Edensuge, Iraunsuge

Con la celebración del Solsticio de Verano o Noche de San Juan se abrió la puerta mágica del periodo estival, irrumpiendo con majestuosidad el poder de un antiguo númen vinculado a los misterios del fuego y la alquimia: Herensuge.

La palabra Herensuge deriva del término euskérico “suge” que significa “serpiente”, aunque podríamos vincularla a otros vocablos como “erheri” (salamandra) o “erexegin” (encender), conceptos que probablemente acabaron definiendo su apariencia de dragón.  Otras terminologías asociadas que podríamos considerar serían: “eresi”, tanto con el significado de “deseo o ansia”(variante del vizcaíno “erautsi”), “terror o espanto” (derivado del bearnés, “heresse”) y “persecución” (acepción probablemente posterior ligada a “herex” o hereje); “hereze/hereza/heresa” que hace referencia al color amarillo de una hierba llamada “gualda”, “gabarro” o “flor de San José” (reseda ruteola) que podría recordar al dorado de las escamas de un dragón; “herren/erren” que significa “cojo”, señalando seguramente la ausencia de patas en la parte posterior, pues en algunas representaciones se sustituyen los cuartos traseros por una cola. De todos modos, la palabra “erren” también significa “espina”, que bien podría relacionarse con la cresta de pinchos o placas salientes de este animal mítico, aunque recordemos que para entrar en el mundo de las hadas y otros seres de leyenda hay que saltar por encima de todas las zarzas, asumiendo el sacrificio de ser arañado por sus espinas. Un último vocablo que cabría mencionar, a pesar de que la relación sea menos evidente, sería “heren” con el significado de “tercio o tercera parte”, ya que el número tres en la concepción cosmogónica y mágica de los vascos tiene una gran importancia (al igual que en otras tradiciones como la celta).

Otra cuestión a considerar es que autores como Lahovary relacionan a Herensuge con la “Serpent d’Airain” o “serpiente de bronce” bíblica. Esta serpiente sería la que surgió del bastón de Aarón, hermano mayor de Moisés y primer sumo sacerdote de Israel. Este personaje arrojó su bastón frente al faraón de Egipto, convirtiéndose en una sierpe que desafío y devoró a las otras serpientes de los magos del reino (Libro del Éxodo).

La serpiente que se menciona en la Biblia recibe la denominación de “nahash” o “najash” (del hebreo, נָחָשׁ o nāḥās). Dicho término se utiliza tanto a la hora de hacer referencia a la serpiente del Génesis que tentó a Eva y Adán para que comieran del árbol del conocimiento como a la que aparece en el Libro del Éxodo (la traducción literal del hebreo es “el serpiente” y nos remitiría a la idea de Satán como personificación del mal). En Oriente Próximo este animal estaba asociado a distintas divinidades (Tiamat en Babilonia, Apofis en Egipto, Ningishida en Mesopotamia, Enki en Sumeria, etc), que posteriormente se transformaron en criaturas temibles con connotaciones demoniacas. La serpiente, originalmente, era considerada una entidad creadora, protectora y dadora de conocimiento, aunque también existen representaciones de monstruo marino primigenio que tienen una naturaleza destructora (Taninim o Leviatán; Jörmungandr).

En la versión bíblica masorética, producida por eruditos hebreos que buscaban una transmisión fiel de su contenido, se menciona la palabra “nahash” como una especie particular de serpiente, ya que se utilizaban los términos “Seraphim” y “Tannin” para designar a otras tipologías de ofidios. La palabra “serafín”, en antiguo hebreo, provenía del verbo “saraph” que significa “quemar”. Por tanto, los serafines serían “los que queman”. No obstante, otra acepción que se le da al término es el de “quien provoca inflamación” o “venenoso”. Este sentido se asociaba a la representación primitiva de los serafines como criaturas serpentiformes de fuego con alas que habitaban en el desierto. Dicha simbología probablemente tenga sus antecedentes en las cobras femeninas egipcias, conocidas como “Urei”, que estaban vinculadas a la diosa Uadjet y tenían una función protectora para evitar las picaduras de las serpientes y otros males de naturaleza mágica. Progresivamente, la referencia a las serpientes se ocultó en los textos bíblicos porque estos animales adquirieron unas connotaciones negativas a partir del periodo helénico (por su asociación a Medusa). Es de suponer que con los “Tannin” ocurrió algo semejante, pues originalmente eran unos monstruos en forma de serpiente marina que estaban presentes en las mitologías cananeas, fenicias y hebreas como símbolos del caos y el mal.

En el Libro de los Números de la Biblia, la palabra “nahash” también se emplea para hacer referencia a una forma de adivinación con serpientes. Se cree que el verbo hebreo del que deriva (niḥeš), cuyo sentido es el de practicar la adivinación, provenía del arameo. La asociación ente Yahvé y la magia, no obstante, es más evidente en el pasaje del Éxodo citado anteriormente.

Volviendo al contexto vasco, podemos ver que algunos de estos elementos ancestrales se preservan en la figura de Herensuge. Este númen era representado como un dragón de espíritu furioso, demoníaco y destructor, que volaba dejando un rastro de fuego a su paso, emitía un sonido aterrador y se alimentaba de ganado y, en ocasiones, de humanos a los que raptaba y estrangulaba. En la mayor parte de relatos se le describe con una sola cabeza y cuatro patas, aunque en otros tiene siete cabezas o no tiene patas traseras. Según se cuenta en Ezpeleta, las siete cabezas no son permanentes, pero cuando surge la séptima, esta criatura se incendia en llamas e inicia su vuelo raudamente hacia Poniente, donde se hunde en Itxasgorrieta o “región de los mares bermejos” (lugar donde la diosa Eguzki se oculta cada día). Aquí se ve claramente su asociación con el sol y con el fuego como elemento vinculado a él.

Los nombres por los cuales se conoce a este númen varían de una localidad a otra: en Ainhoa se le denomina Herensuge; en Ezpeleta y Labort, Herainsuge; en Tardets, Lerensuge; en Sara y Zugarramurdi, Erensuge o Eldensuge; en Camou y Game, Errensuge; en Uhart-Mixe, Edansuge; en Ataun, Iraunsuge; en Doneztebiri, Edensuge o Edeinsuge; en Errenteria y Uhart-Mixe, Edaansuge; en Zaldivia, Igensuge; en Otxandio, Ersuge; en Liguinaga, Ensuge; en Zubiri y Lekeitio, Sierpe; en Mondragón (anteriormente, Arrasate), Dracoi o Dragón.

De estas variantes me gustaría destacar tres de ellas, ya que añaden algunos matices a la personificación de esta criatura mítica. La primera a mencionar sería “Edensuge” (con su derivación fonética Edaansuge), que establece una relación directa entre el númen y la serpiente del Paraíso, dando a entender que se trata de la misma entidad. Por otro lado, “Edansuge”, aunque probablemente sea otra variante fonética del primer sobrenombre mencionado, podría analizarse desde su etimología euskérica. “Edan”, en “batua” (versión moderna y estandarizada del euskera), significa beber, pero en euskera antiguo se traduciría como “absorber” con el sentido de ingerir e empaparse de la esencia de aquello que se consume, integrándola dentro del ser. Si pensamos en Herensuge como criatura de fuego primordial, podemos imaginar que todo lo que pasa por ella retorna a la fuente y acrecienta su poder, transformándolo. También sería factible interpretar esa “absorción” en términos mistéricos, refiriéndonos a la asimilación de conocimiento oculto, siendo este númen el facilitador de dicha sabiduría arcana. Por último, quisiera remarcar el vocablo “Iraunsuge”, del cual habría que señalar el término “Iraun” que significa “permanecer o perdurar” (haciendo referencia a que hablamos de un ser que está más allá del tiempo y que ha sobrevivido a los ciclos de cambio), pero también “sufrir” y “resistir” (dando a entender que su pervivencia ha sido puesta a prueba y que el sacrificio forma igualmente parte de su naturaleza).

En cuanto a sus moradas, se dice que el cuerpo de Herensuge yace siguiendo el curso del río Plazaola (Larraun, Navarra), con la parte delantera en el Valle de Ultzama y la parte trasera en la Sierra de Aralar. Otros relatos narran que habita en la cueva de Azalegui o en la caverna de Ertzagania en la Sierra de Ahuski (Pirineos Navarro-Franceses), mientras que otros localizan su guarida en la montaña de Muragain (ente Álava y Guipúzcoa) y otros apuntan a la Peña de Orduña (Vizcaya). También hay leyendas que lo sitúan en el Bosque de Arbailles (región de Nueva Aquitania, entre Soule y Nafarroa Behera), en la cueva de Faardikoharri (Sara) y en la caverna de Urgull (San Sebastián). Asimismo, otras historias cuentan que vive en el monte Mondarrain (Lapurdi), otras en la cueva de Balzola (Vizcaya) y otras que merodea por las minas del monte Udala, cerca de Arrasate (actual Mondragón).

La leyenda del nacimiento de Herensuge, que se remonta al S.XIV, fue recogida por el filólogo e historiador Augustin Chaho, nacido en Tardets (Zuberoa) en 1810. Este autor probablemente documentó este relato gracias al Vizconde Charles de Belzuntze (Lapurdi). En dicho pueblo es donde tuvieron lugar los hechos. Según se cuenta, hace varios siglos un gallo puso un huevo y lo escondió en un estercolero que se encontraba en un cruce de caminos, cerca de Hirubi. Al cabo de siete años, surgió una culebra del huevo. Siete años más tarde, la serpiente había aumentado cien veces su tamaño. Luego le salieron tres cabezas y echaba fuego por todas ellas. En su lomo tenía dos grandes alas que le permitían sobrevolar la región, sembrando el terror en la zona. Gastón Armand, nieto del alcalde de Baiona y muchacho con gran ansia de aventura, se enteró de que el dragón acababa de salir de su letargo de siete años, causando importantes destrozos. Fue donde su abuelo después de hablar con unos cuantos testigos y le pidió que le permitiese ir a matar al monstruo. Éste se lo negó, pero el joven decidió enfrentarse a Herensuge a escondidas. Preparó sus armas y algunas provisiones y, acompañado por su escudero, se dirigió a su guarida. Llamó al dragón con tono amenazante y espero a que surgiese de la cueva, mientras su escudero corría a esconderse. Una vez estuvieron frente a frente, se estudiaron durante unos segundos y el animal lanzó una primera llamarada. Luego se abalanzó sobre el muchacho, quien clavó su lanza en el corazón del dragón hasta que este se desplomó. Por el peso, la bestia empezó a deslizarse por la sima y Gastón no tuve tiempo de apartarse, rodando junto al dragón montaña abajo. Finalmente, el abuelo encontró ambos cuerpos en el río Errobi. Cortó la cabeza del monstruo y enterró a su nieto con la espada del tatarabuelo Txikon, quien estuvo presente en la jura del fuero de Ricado Corazón de León. Desde entonces, una serpiente con tres cabezas preside el escudo de la familia Belzuntze.

A raíz de esta leyenda, se forjó la creencia de que el huevo era el arma mágica para vencer a esta criatura, evitando su renacimiento. Normalmente se trataba de un huevo pequeño, empollado por una paloma azulada en la hierba. Las mujeres de Alsasua afirmaban que debían transportarlo bajo las alas de una gallina (preferentemente negra) a un cruce de caminos y romperlo allí, comprobando que no tuviera yema. Una vez destruido, tenían que prender un fuego encima.

 

Una de las historias más conocidas sobre Herensuge es la del Dragón de Arrasate. Esta localidad era un antiguo pueblo en la cuenca del Alto Deba que compaginaba las tareas agro-ganaderas con la minería. Una vez al año, el monte cercano crujía y del interior de una sima emergía el terrible monstruo, echando fuego por la boca y arrasando todo lo que quedaba bajo sus enormes patas. Los habitantes de la villa, que llevaban mucho tiempo sufriendo las devastadoras apariciones de Herensuge, decidieron pactar con la bestia. Cada vez que la tierra empezaba a temblar, los vecinos tenían que entregarle una doncella soltera que elegían a suertes y conducían hasta la entrada de la cueva. De ese modo, evitaban los ataques del dragón. Un día, la escogida fue la prometida de un valeroso herrero. Una vez que este logró zafarse de aquellos que lo sujetaban para evitar el sacrificio de su amada, el herrero fue a su taller y tomó una puntiaguda barra de hierro frío que calentó al rojo vivo. Con ella subió hasta la entrada de la gruta cuando justo el animal salía a devorar a la doncella que gritaba espantada. El herrero, de un salto, se interpuso entre ambos y se enfrentó al dragón. Herensuge lanzó una gran llamarada pero el joven logró esquivarla, clavando después con todas sus fuerzas la barra de hierro en la garganta del monstruo, que cayó al suelo moribundo. Como recuerdo de la proeza del herrero, el escudo de la localidad incluyó en su interior la figura del dragón. Actualmente, en Mondragón existe una escultura de Herensuge para rememorar la historia.

La leyenda del Dragón de Mondarrain tiene una estructura similar a la anterior. La diferencia radica en que la joven elegida como ofrenda para el monstruo fue la hija del rey. En este caso, el héroe fue un pastor que combatió al dragón con su bastón y la ayuda de su fiel perro que fue desgarrando las cabezas de Herensuge. Posteriormente, el pastor cortó las siete cabezas, las siete lenguas y añadió un pedacito de las siete enaguas que llevaba el vestido de la princesa. Después se marchó. Como el rey había prometido la mano de su hija a quien la salvase, un joven astuto aprovechó la ocasión y se atribuyó el mérito, llevando como prueba las siete cabezas. Así, el gobernante le permitió casarse con ella. En el banquete de bodas, apareció el pastor con su perro mostrando las lenguas del dragón y los siete trozos de saya de la princesa. Ésta reconoció a su verdadero salvador y acabó casándose con el pastor.

Otra narración de características similares explica que en Alzay fue el hijo del señor del Castillo de Zaro (hoy en ruinas) quien se enfrentó al dragón, envenenándolo y provocando que su cuerpo ardiese en llamas, obligándole a alejarse hacia el mar y segando a su paso las hayas del bosque de Itze.

Otro relato describe las peripecias de dos hermanos del caserío Bargondia, que se propusieron ir a buscar el tesoro que se decía que guardaban las lamias en la caverna de Balzola. El más joven de los dos fue el que penetró en la cueva, encontrándose a una enorme serpiente dormitando. El hermano mayor, viendo el peligro, intentó frenar sin éxito las ansias del joven que, sin pensar, le lanzó una gran piedra a la bestia, cortándole un trozo de la cola. Dolorido, Herensuge se replegó rápidamente en el interior de la gruta. El hermano mayor le reprochó su falta, aunque las consecuencias no llegarían hasta más tarde. Debido a un periodo de escasez, el hermano mayor tuvo que emigrar a tierras lejanas y añoraba mucho su hogar. Un día que lamentaba especialmente la ausencia de sus seres queridos, apareció un hombre elegantemente vestido al que le faltaba la pierna izquierda. Cogiéndole de la mano, lo llevó por los aires hasta la cueva de Balzola. Entonces, el misterioso caballero le dijo: “Ya estás en tu casa. Para que no tengas que marcharte de nuevo, te entrego este cofre de oro y a tu hermano dale de mi parte este cinturón”. Seguidamente, el hombre desapareció y el agraciado fue a casa de su hermano menor a contarle lo sucedido. Al mentar que al caballero le faltaba una pierna, el joven recordó lo ocurrido hace años y decidió atar el cinturón a un nogal para ver qué sucedía. Entonces el árbol echó a arder hasta quemarse por completo en segundos. Los dos hermanos se miraron y comprendieron que hombre era, en realidad, Herensuge, que quería castigar a quien le agravió y premiar a quien trató de evitarlo y se había sacrificado por el bienestar de su familia.

Otra leyenda de gran relevancia es la que tiene como protagonista a Teodosio de Goñi, guerrero vascón del s.VIII, hijo del Señor del Valle de Goñi (merindad de Estella) y uno de los doce miembros del Consejo que gobernaba tierras navarras. Se cuenta que este guerrero, tras luchar contra los godos, se encontró con un extraño caballero de camino a casa que le dijo que su mujer, Constanza de Butrón, le estaba siendo infiel con otro. Loco de celos, el noble espoleó su caballo hasta llegar a su hogar, donde vio la silueta de un hombre yaciendo con una mujer. Pensando que se trataba de su esposa y su amante, los mató con su espada. Al salir de la habitación, se encontró a su mujer. Horrorizado, le preguntó quienes dormían en aquella alcoba. La dama le dijo que se trataba de sus padres, a quienes había alojado en la mejor habitación de la casa: la suya. Por su crimen, Teodosio emprendió una peregrinación a Roma, arrastrando una gruesa cadena y durmiendo al raso. Posteriormente, continuó la penitencia siete años más, esperando a que la cadena se rompiese como signo de liberación divina. Un día, mientras vagaba por la Sierra de Aralar, escuchó un estruendo que venía de una sima. Al acercarse, vio al dragón que justo acaba de despertarse hambriento de un letargo de cien años. Debilitado por el penoso castigo, Teodosio no tenía fuerzas para defenderse y pidió la asistencia del Arcángel San Miguel. Dios escuchó la llamada del caballero en apuros y apremió al Arcángel para que lo ayudara. San Miguel bajó con la chispa del Creador sobre su cabeza y luchó con la bestia hasta darle muerte. Esta historia tiene una clara conexión con la leyenda de Sant Jorge (o Sant Jordi) y el dragón, que está presente tanto en territorio catalán y aragonés como en otros lugares de Europa (Inglaterra).

Según la creencia popular, en agradecimiento por la intervención del Arcángel, Teodosio de Goñi y su esposa mandaron construir el Santuario de San Miguel de Aralar. En dicha iglesia hay unas cadenas colgadas de los muros que, supuestamente, son las del noble y sirven para quitar los males de cabeza y los dolores de dientes si se dan tres vueltas a su alrededor. También se puede encontrar dentro del templo un agujero que es considerado la boca del infierno, ya que bajo él se dice que yace el cuerpo del dragón. Los vecinos de la zona cuentan que, si se mete la cabeza en este agujero, se quitan igualmente los dolores de cabeza. Las mujeres con dificultades para concebir acuden allí el día de San Miguel para pedir que se les conceda la gracia de quedar embarazadas.

Algunos autores como José Dueso vinculan esta asociación entre el Arcángel y la fecundidad a un culto anterior a Hermes/Mercurio o una deidad semejante (¿quizás Herensuge en una faceta más benévola?). Por esta asociación, la Iglesia Católica tuvo sus reticencias respecto a incluir a San Miguel en su calendario festivo. La advocación a este Arcángel no fue aprobada hasta el S.VI, momento en que se inauguró la basílica de la Vía Salaria y se empezó a celebrar el 29 de septiembre como festividad dedicada a San Miguel. Aparte de este día, se asignó el 8 de mayo como segunda fecha para venerar a esta entidad. Curiosamente ésta coincide con la celebración de las Cruces de Mayo (fiesta que sustituyó a la antigua celebración pagana del Beltane celta o el Walpurgis nórdico). Durante estos festejos los campesinos llevaban sus semillas o un puñado de cereales o legumbres para que las cosechas fueran protegidas y las tierras nuevamente fecundadas. Por otra parte, el 29 de septiembre, en algunas localidades como Arretxinaga (Vizcaya), se ejecuta un baile llevado a cabo por hombres solteros, llamado “Ezpata-dantza” (danza de la espada), que sería una reminiscencia de esta lucha entre el héroe y el dragón.

Desde mi perspectiva, la manifestación de folklore popular que sigue rindiendo un homenaje, aunque soterrado, a Herensuge, es la procesión de “faros”, “falles”, “harts”, “haros”, o “brandons” que acontece en San Juan en algunas localidades de los Pirineos (tanto navarros, aragoneses, catalanes y franceses). El ritual consiste en que un grupo de hombres jóvenes (mayores de 16 años), liderados por un hombre adulto (padre, padrino, abuelo) o de rango (alcalde), encienden en lo alto de las montañas unas grandes teas hechas con distintas maderas (roble, álamo blanco, haya, brezo, etc) que luego portan mientras descienden haciendo una hilera en forma de gran serpiente de fuego (un recorrido de unos 20-45 minutos). En algunos lugares, llevan las fallas hasta la puerta del cementerio o a una plaza porticada y dibujan una cruz con las cenizas de la antorcha en el dintel de las puertas o arcos. A la bajada, normalmente les esperan las mujeres solteras con un ramo de flores, dulces (coca, pastas) y licor dulce (moscatel, pacharán). Antiguamente, este rito tenía un sentido iniciático para los varones que iba más allá del evidente simbolismo fálico, sexual y fertilizador. Hoy en día, a pesar de que se ha hecho un gran esfuerzo de reconstrucción y documentación en algunos pueblos, especialmente en la zona de Pallars Sobirà, se ha intentado por otro lado popularizar la fiesta y se permite la participación de otros miembros de la comunidad.

Así que habrá que seguir analizando estos ritos, observar su evolución y prestar una dedicada atención a sus elementos sagrados…

 

  • Una mención especial al Ecomuseu de Esterri d’Aneu por el excelente trabajo de divulgación que han realizado en la exposición de “Les Falles del Pirineu”que puede visitarse gratuitamente en la iglesia de Isil gracias a la buena voluntad sus trabajadores/as y colaboradores/as. Moltes gràcies per la vostra dedicació!

 

  • Otra fuente consultada: https://reydekish.com/2013/10/09/la-serpiente-en-las-culturas-ancestrales/

 

La ilustración de la portada es una creación de Woari, cuya página en Deviantart es: http://woari.deviantart.com/art/Hydra-356170122

La fotografía de la escultura del Dragón de Arrasate es propiedad intelectual de José Javier Sandoval y ha sido tomada de: http://www.eitb.eus/usuarios/fotos/tiempo-naturaleza/detalle/8474832357/dragon-arrasate/

La fotografía de las “falles d’Alins” se ha extraído de la siguiente web: http://www.fallesalins.cat/les-falles/la-baixada-de-falles-dalins/