Izena duen guztia omen da

Como reza el dicho vasco, “todo lo que tiene nombre, existe”. No importa si somos capaces de percibirlo con nuestros sentidos mortales o no. La realidad de este mundo y de otros que conviven de forma paralela al nuestro, es mucho más compleja de lo que las ciencias y otras disciplinas hasta ahora han podido delimitar.

Sin embargo, esa chispa creadora y vivificadora que queda impregnada en la voz, los signos, los símbolos o la palabra escrita, una vez que se enciende, nunca llega a apagarse del todo. Incluso si no somos capaces de recordar el nombre o nos resistimos a pronunciarlo, su esencia buscará nuevas vías para acudir a nuestra mente, a nuestros labios, a nuestras manos y a nuestro corazón.

Todo ser, de una manera u otra, busca la eterna permanencia, aunque pierda su forma original o parte de sus atributos. Está dispuesto a adaptarse,a transformarse y reinventarse una y otra vez para sobrevivir. Pero jamás renunciará a su verdadera identidad, al sentido y propósito primordial ligado a su nombre. Tampoco al espacio que le corresponde por derecho.

Los númenes, los espíritus y los ancestros, no son precisamente la excepción, a pesar del abandono y maltrato que han sufrido a lo largo de los siglos y que es, más salvaje si cabe, en estos tiempos modernos de frenesí social y auge tecnológico. Están heridos, se han vuelto desconfiados, distantes y más implacables ante ciertos comportamientos que consideran intolerables, pero no han desaparecido ni han perdido la esperanza en recuperar lo que es suyo.

Desde nuestra visión antropocentrista, nos hemos situado en el ombligo del universo y nos hemos adueñado de lugares, tesoros y conocimientos que no nos pertenecen, sin hacernos responsables de las consecuencias. Hemos relegado y condenado sin pudor alguno a las plantas, a los animales y a los seres invisibles o que invisibilizamos a una existencia miserable, exigiendo su servicio con desdén y un autoritarismo ególatra. Nos comportamos con crueldad ante unas criaturas con las que anteriormente establecimos alianzas para subsistir y desarrollarnos a todos los niveles. Seres que, a pesar de nuestro desprecio e irresponsabilidad, siguen perpetuando nuestra continuidad en este mundo.

Afortunadamente, algunos estamos despertando y dejando atrás el espejismo de la supuesta “normalidad” o “comodidad”.  Hemos escuchado el latir tenue del territorio y las voces susurrantes de los Antiguos. Su llamado se ha hecho cada vez más fuerte en nosotros a medida que nos esforzamos en recuperar su lenguaje, su orden simbólico y sus nombres secretos. Torpemente y con humildad, tratamos de restaurar esa relación y, a su vez, reconectar con la sabiduría que está oculta en cada rincón del territorio. La única sabiduría que puede salvarnos de nosotros mismos y devolvernos la esencia perdida.

 

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