Sugaar, Sugoi, Maju

En este artículo describiré y analizaré la figura de Sugaar, el “culebro” o “cuélebre” de la mitología vasca, diferenciándolo de Herensuge y explicando su relación con la diosa Mari.

El término Sugaar (o Sugahar) deriva de los vocablos “suge” (serpiente) y “ar” (macho), aunque también se ha sugerido que su etimología podría proceder de la fusión de “su/a” (fuego) y gar (llama), con el significado de “llama de fuego” que es una de sus representaciones en la cual se le describe como un relámpago (sin cabeza ni cola). En otras poblaciones, como Betelu, recibe el sobrenombre de Suarra, palabra que provendría de “su/a” (fuego) y “har/harra” (gusano), delimitando la forma de esa flama. En otras localidades (Sara, Arrate) se le conoce como Sugoi, que deriva de las palabras “suge” (serpiente) y “goi” (mayor), haciendo referencia a su tamaño. Por último, en otras villas como Azkoitia se refieren a este númen como “Maju” o Maiu”, masculinización de Maya, que es otro de los nombres que recibe Mari. Bajo este aspecto, aparecía en forma de media luna de fuego justo antes de que estallase una tempestad.

Es relevante analizar esta conexión con Mari, ya que algunos autores como Barandiarán u Ortiz-Osés apuntan a que, inicialmente, Maju era uno de los rostros bajo el cual se presentaba la Dama. Recordemos que la Gran Madre de los vasco-navarros es una diosa polimorfa (que puede transformarse en diversas figuras) y partenogénica (capaz de auto-fecundarse). Uno de sus muchos aspectos precisamente es el de la serpiente, un símbolo originalmente de carácter matriarcal que representaba la fuerza ctónico-acuática, la metamorfosis de la naturaleza a través de la metáfora del cambio de piel y el mundo como círculo y ciclo de eterno retorno (“uroboros”). Frecuentemente, en los relatos populares, se describe a Mari como una serpiente en llamas que, en ocasiones, porta una hoz de fuego o la media luna, mostrando todo su poder femenino. Posteriormente, la serpiente fue convertida en un ser fálico-masculino de rango inferior y dependiente de su consorte femenina, al igual que el dios de las cosechas neolítico fue entendido como una emanación de la Madre Tierra.

Según las leyendas, Mari y su esposo Sugaar mantienen encuentros sexuales adoptando forma humana los viernes (día señalado en el calendario lunar y momento en que se reúnen las brujas), provocando grandes tormentas y descargas eléctricas (pensemos en el rayo como elemento fecundador de la tierra). En euskera, la palabra “harreman”, que es la que se usa para hablar de esta relación con connotaciones eróticas, refleja la dinámica interacción entre ambas polaridades, pues incluye los términos “ar” (masculino) y “eme” (femenino). Asimismo, el vocablo deriva de “hartu” (coger o tomar) y “eman” (dar u ofrecer). En esta hermosa síntesis encontramos la complementariedad necesaria que da lugar a la unidad primigenia de todos los seres y procesos en la naturaleza. Como señala Guillermo Piquero, este vínculo dual femenino-terrestre y masculino-celeste es el que configura el matrimonio sagrado o “hierogamos”, propiciando la fertilidad y la fecundidad. En opinión de Jakue Pascual, la implosividad y expansividad de estas fuerzas primigenias quedaría representada en el “lauburu” (rueda solar de cuatro cabezas o brazos). De la unión mágica entre estas dos polaridades, surgirían, según algunas versiones, Eguzki (dios sol) e Ilargi (diosa luna), mientras que en otras narraciones nacerían Atarrabi (el hijo piadoso y cristiano) y Mikelats (el retoño rebelde y pagano), en cuyas figuras podemos apreciar un sincretismo con la historia de Caín y Abel.

En el Medievo, la serpiente pasó a ser una representación del mal o del propio Satanás, tomando como referencia los textos bíblicos del Génesis, aunque en otras versiones se define a esta “sierpe” (o “nahash”) como la cómplice del Diablo, conectando con la historia de Eva y su antecesora Lilith (la primera esposa de Adán, que abandonó el Edén y se unió a Samael). Así pues, iremos comprobando que, con el paso del tiempo, la figura de la serpiente fue adquiriendo connotaciones cada vez más negativas, monstruosas y demoníacas. Igualmente, el “cuélebre” y el “dragón” pasarán a confundirse, atribuyéndose indistintamente leyendas a Sugaar y Herensuge, como puede ser el caso de la historia de los hermanos de la cueva de Balzola, el caballero de Belzuntze o la epopeya de Teodosio de Goñi.

No obstante, si atendemos a las moradas que se asignan a una y otra entidad, podemos verificar que se tratan de entidades separadas. En el caso de Sugaar, en Ataun (Guipúzcoa), se le ubica en la sima de Agamunda, en la cueva de Kuutzegorri y en la caverna de Arrateta; en otras localidades guipuzcoanas, cuentan que merodea por Azkoitia, Mutriku y Andoain; en Navarra, dicen que habita en las cavidades de Uztei en el monte Balerdi, en la montaña de Elortalde y en Gorriti; en Vizcaya, se le sitúa en Mundaka y Kortezubi; en Álava, se le vincula a Salcedo.

En la Sierra de Aralar, encontramos algunas de las historias populares más antiguas asociadas a este númen. Las más conocida narra que un pastor crio a una gran serpiente a base de leche, consiguiendo domesticarla y hacer que acudiese a su encuentro cuando la llamaba con un silbido. Lo que el pastor no comprendía es que el silbido no era lo que atraía a la serpiente, sino la ofrenda que le entregaba (este elemento es una reminiscencia de la Era Dorada o principio de los tiempos, donde la Tierra manaba leche y miel y hombres y animales se comunicaban fluidamente). Un buen día, el pastor quiso demostrar a sus amigos su habilidad para dominar a la serpiente, pero se olvidó de llevar el cuenco de leche. Así que, cuando la llamó mediante un silbido y ésta vio que no traía su alimento, se abalanzó a su cuello y lo mató. En versiones más modernas de otras comarcas o concejos, el pastor sobrevive y acaba con la vida de la serpiente aplastando su cabeza en la puerta de una ermita. Aquí podemos encontrar ciertos paralelismos con las leyendas vinculadas a Herensuge, en las que se refleja la lucha entre el protagonista y la bestia.

Otras variantes más elaboradas presentan a Sugaar como un personaje tentador o retador que pone a prueba las habilidades de aquellos a los que se enfrenta. Por ejemplo, en Kortezubi se cuenta que la serpiente fue en busca de nuevos competidores, encontrándose con una zorra, que usando su astucia le indicó que fuese a una ferrería para que midiese su poder con hombres forzudos. Uno de los herreros aceptó el reto del “culebro”, pero le hizo esperar fuera mientras calentaba unas tenazas al rojo vivo. A continuación, salió rápidamente y la sujetó firmemente con ellas mientras la serpiente se retorcía desesperada. Al final, el animal suplicó al ferrón que la soltase y éste replicó: “Fíjate que solo he usado dos dedos: si hubiese utilizado diez, ya estarías muerta”. La sierpe se alejó dolorida, planeando una venganza futura por haber sido humillada.

En esta historia cabe destacar la figura del herrero como una profesión ligada a la magia. Los forjadores, en diversas tradiciones europeas, eran considerados como unos primitivos alquimistas por su habilidad de transformar los metales con el poder del fuego. Además, muchos talismanes como las herraduras, los clavos, los cencerros, los cascabeles y las campanillas (utilizadas también en la cultura vasca), eran creados por estos artesanos, ya que tenían la potestad de enfrentarse a las criaturas mágicas. Esta asociación proviene del papel que jugaron distintos dioses o maestros forjadores en el progreso tecnológico y avance cultural: Hefesto en Grecia, Vulcano en Roma, Goibniu en la mitología celta, los dvergar o enanos en la cultura nórdica, Tubal o Tabal entre los hebreros y asirios, etc

El caso vasco no es una excepción. Popularmente se dice que el Basajaun, que provenía de la estirpe de los Jentilak o Gentiles (gigantes), fue el primer herrero, además del primer agricultor y molinero. No obstante, Augustin Chaho cuenta que los pastores de la región de Soule se referían a sí mismos como “aitoren semeak” (Hijos de Aitor), que podría ser una derivación de “aitonen semeak” (hijos de buenos padres). El mito de este Aitor, hijo del Tubal bíblico (vinculado a la metalurgia), lo define como en el primer patriarca euksaldun. Más adelante, la historia fue traducida al castellano por Arturo Champión. Otros autores como Navarro Villoslada en su obra “Amaya o los vascos en el S.VIII” perpetuaron esta historia para reclamar territorialmente las siete provincias vascas, diciendo que fueron fundadas por los siete hijos de Aitor.

Retomando las leyendas vinculadas a Sugaar, podemos analizar esta relación entre la serpiente y el poder de transmutación. Como ya he mencionado anteriormente, este númen solía adoptar forma humana en sus encuentros con la diosa Mari. Sin embargo, existe un relato de dos hermanos vizcaínos, muy similar a la de Herensuge, en la cual estos personajes se encuentran a Sugoi en la entrada de una cueva mientras estaban paseando. El menor le arrojó una piedra para espantarlo, con tal fuerza que le arrancó un pedazo de la cola. El mayor de ellos fue llamado a ser soldado, mientras que el pequeño se quedó en el caserío, no atendiendo demasiado bien a sus progenitores. Estando el mayor de servicio en Nochebuena, sin poder visitar a la familia, se presentó ante él un feo individuo que le preguntó si quería volver a casa. El hombre contestó afirmativamente. El extraño sujeto le pidió como condición que llevase dos presentes a su casa tras pasar por su cueva y que regresase tres días después. El desconocido le entregó un terrón de oro para él y un cinturón rojo de seda para su hermano. El hermano menor, tras escuchar la historia de su familiar, rechazó el regalo y lo ató al árbol que había fuera de la casa, el cual echó a arder como la pólvora, dejando un gran agujero en el suelo. Pasado el tiempo acordado, los dos hermanos se presentaron en la cueva. Salió a recibirles con mala cara el individuo, al cual le faltaba un brazo. Sin saludar, fijó su mirada en el hermano menor y dijo: “¿Por qué me dejaste manco?” El muchacho lo negó, hasta que finalmente se dio cuenta de que el brazo que le faltaba correspondía con el pedazo de cola que le quitó al “culebro”. Entonces, el desconocido se transformó de nuevo en serpiente maldiciendo: “A partir de hoy, no faltará jamás manco, cojo, sordo o ciego en Iturriondobetia”. Luego se volvió a ocultar en el interior de la caverna.

En esta narración, a diferencia de la Herensuge, se añaden dos elementos novedosos: el hermano menor es puesto en evidencia, no sólo por agraviar a Sugaar, sino por no atender adecuadamente a sus mayores, faltas que quedan contempladas en las “leyes” de la Gran Madre y sus criaturas; además, el númen condena a su estirpe por su mala actuación. Este tipo de intervención también la observamos en algunas leyendas vinculadas a Mari, lo cual viene a reforzar el vínculo entre ambas divinidades.

Juan Inazio Hartsuaga apunta a que esta conexión entre el arquetipo de la Madre Tierra y el Dios Serpiente podría proceder de mitos pre-helénicos. El ejemplo más claro lo encontramos en los Pelasgos, pueblo indígena que habitaba en tierras griegas y que distintos arqueólogos han asociado a la cultura neolítica pre-indoeuropea. Según Apolodoro de Rodas, los dioses de los Pelasgos reinaron antes que los del Olimpo. Sus divinidades principales eran Ofión y Eurynome, cuyas relaciones sexuales dieron lugar a toda la creación. Podemos encontrar parejas semejantes en Oriente Próximo, como es el caso de Hedammu e Ishtar o Enki y Damkina.

El Dios Serpiente, al igual que la Gran Madre, también recibía ofrendas de los agricultores para que fecundara los campos. El poeta romano Propercio describe una de estas ofrendas, realizada en Lanuvium (cerca de Roma). El pueblo relataba que había un dragón que vivía en una sima cerca de la ciudad y que desde allí la protegía. Todos los años, en primavera, una doncella virgen debía descender al interior de la caverna con una cesta llena de comida. La criatura, tras abrir sus llameantes fauces, devoraba con ansia la ofrenda mientras las doncellas tiritaban de terror. Si la bestia consideraba que eran castas, regresaban sanas y salvas a su hogar, produciéndose una buena cosecha. Si no eran puras, las cosechas podían malograrse.

En esta narración no se menciona expresamente que las muchachas fueran engullidas, como ocurre en los relatos medievales, pero ya se dota de cierta hostilidad o malignidad a la Gran Serpiente.

La relación entre Sugaar y la fertilidad se aprecia bastante mejor en una leyenda medieval que sirve como legitimación del linaje de los señores de Vizcaya, que al igual que sucede en otros mitos europeos reciben parte de los dones o atributos de las deidades de las que descienden. Según la crónica de Lope García de Salazar (1454), Sugaar sedujo a la hija del rey de Escocia que se alojaba en Mundaka y la dejó embarazada, naciendo del fruto de esta unión Jaun Zuria (Juan, el Blanco), primer señor de Vizcaya (no histórico). Cuando el muchacho cumplió 22 años, los vecinos lo eligieron capitán de las tropas vizcaínas para que se luchase contra el hijo del rey de León. El príncipe de León había exigido enfrentarse formalmente a alguien de linaje real y, por esta razón, Jaun se convirtió en el candidato ideal. Finalmente, el enemigo fue derrotado en la batalla de Arrigorriaga y Jaun Zuria pasó a convertirse en el Señor de Vizcaya. Al morir el Señor de Durango, se casó con su hija, pasando a ser también gobernador de estas tierras, a quien concedió sus fueros. El sobrenombre de “blanco” haría referencia al blanco de su piel o cabello, es decir, que probablemente era albino, característica que en distintas culturas se consideraba mágica.

La primera versión documentada de la leyenda de Jaun Zuria, empero, se atribuye al conde portugués Pedro de Barcelós (1320). No obstante, autores como Andrés E. Mañaricua y J. Bilbao, opinan que el cronista no se basó en el precedente portugués, sino que los propios Señores de Vizcaya de la época fueron los informantes de Lope García de Salazar.

Tras este recorrido podemos evidenciar que la figura de Sugaar es más antigua que la de Herensuge y que existen notables diferencias entre ambas divinidades, dejando a un lado algunas semejanzas. A pesar de que actualmente se trata de un númen con su autonomía propia, su fuerte conexión con Mari lo relega a un papel de consorte y actualmente no existen apenas reminiscencias de su culto particular.

El único guiño que podemos apreciar en el folclore popular lo encontramos en la veneración a Santa Marta, hermana de Lázaro y mujer que hospedó a Jesucristo en su casa de Betania. Esta Santa, curiosamente, es patrona de las amas de casa, así como de las lavanderas, cocineras, sirvientas y gobernantas de casas de huéspedes. Se la representa precisamente con una saya roja y poniendo un pie sobre la cabeza de la serpiente. Las historias cuentan que salvó a un niño de las fauces de una gran serpiente (entendida como símbolo del mal), a la cual dominó con una serie de ensalmos o conjuros, haciendo uso de unas cintas o cuerdas e hisopo (Hyssopus officinalis). Estas cintas o ceñidores las podemos vincular a la leyenda de los dos hermanos. El hisopo, tradicionalmente, era y es utilizado desde antiguo para realizar limpiezas o purificaciones y también se administra como calmante pulmonar y gástrico. Adicionalmente, se usa para mejorar el estado de ánimo y devolver la energía vital (y sexual, en algunos casos), especialmente en las mujeres (elemento necesario para poder propiciar la fecundidad, si se está buscando la concepción).

Muchas Etxekoandreak (o Señoras de la Casa) acuden a esta santa buscando la protección de sus hogares, prendiéndole velas rojas o velas blancas con una cinta roja y haciendo una novena durante nueve martes seguidos (tres veces tres). Ocasionalmente, queman hisopo como ofrenda (presente que en realidad estarían entregando a la serpiente). Mágicamente, el martes está asociado al Marte romano, cuyo carácter pasional, combativo y colérico también podríamos atribuir a Sugaar.

 

 

La imagen de la portada es obra de Borja González Hoyos y puede encontrarse en el siguiente enlace: http://blogs.hoy.es/extremadurasecreta/2014/02/07/serpientes-legendarias-el-deslabon/.

Las ilustraciones de los númenes se encuentran en el libro “Mitologika: una versión contemporánea de los seres mágicos de Euskadi” de Aritza Bergara y Raquel Alzate

El cuadro de Jaun Zuria se titula “La jura del Señor de Vizcaya” y es de Anselmo Guinea (1882)

– La ilustración de Santa Marta es una pintura de José Rafael Garcés Sanches

Herensuge, Edensuge, Iraunsuge

Con la celebración del Solsticio de Verano o Noche de San Juan se abrió la puerta mágica del periodo estival, irrumpiendo con majestuosidad el poder de un antiguo númen vinculado a los misterios del fuego y la alquimia: Herensuge.

La palabra Herensuge deriva del término euskérico “suge” que significa “serpiente”, aunque podríamos vincularla a otros vocablos como “erheri” (salamandra) o “erexegin” (encender), conceptos que probablemente acabaron definiendo su apariencia de dragón.  Otras terminologías asociadas que podríamos considerar serían: “eresi”, tanto con el significado de “deseo o ansia”(variante del vizcaíno “erautsi”), “terror o espanto” (derivado del bearnés, “heresse”) y “persecución” (acepción probablemente posterior ligada a “herex” o hereje); “hereze/hereza/heresa” que hace referencia al color amarillo de una hierba llamada “gualda”, “gabarro” o “flor de San José” (reseda ruteola) que podría recordar al dorado de las escamas de un dragón; “herren/erren” que significa “cojo”, señalando seguramente la ausencia de patas en la parte posterior, pues en algunas representaciones se sustituyen los cuartos traseros por una cola. De todos modos, la palabra “erren” también significa “espina”, que bien podría relacionarse con la cresta de pinchos o placas salientes de este animal mítico, aunque recordemos que para entrar en el mundo de las hadas y otros seres de leyenda hay que saltar por encima de todas las zarzas, asumiendo el sacrificio de ser arañado por sus espinas. Un último vocablo que cabría mencionar, a pesar de que la relación sea menos evidente, sería “heren” con el significado de “tercio o tercera parte”, ya que el número tres en la concepción cosmogónica y mágica de los vascos tiene una gran importancia (al igual que en otras tradiciones como la celta).

Otra cuestión a considerar es que autores como Lahovary relacionan a Herensuge con la “Serpent d’Airain” o “serpiente de bronce” bíblica. Esta serpiente sería la que surgió del bastón de Aarón, hermano mayor de Moisés y primer sumo sacerdote de Israel. Este personaje arrojó su bastón frente al faraón de Egipto, convirtiéndose en una sierpe que desafío y devoró a las otras serpientes de los magos del reino (Libro del Éxodo).

La serpiente que se menciona en la Biblia recibe la denominación de “nahash” o “najash” (del hebreo, נָחָשׁ o nāḥās). Dicho término se utiliza tanto a la hora de hacer referencia a la serpiente del Génesis que tentó a Eva y Adán para que comieran del árbol del conocimiento como a la que aparece en el Libro del Éxodo (la traducción literal del hebreo es “el serpiente” y nos remitiría a la idea de Satán como personificación del mal). En Oriente Próximo este animal estaba asociado a distintas divinidades (Tiamat en Babilonia, Apofis en Egipto, Ningishida en Mesopotamia, Enki en Sumeria, etc), que posteriormente se transformaron en criaturas temibles con connotaciones demoniacas. La serpiente, originalmente, era considerada una entidad creadora, protectora y dadora de conocimiento, aunque también existen representaciones de monstruo marino primigenio que tienen una naturaleza destructora (Taninim o Leviatán; Jörmungandr).

En la versión bíblica masorética, producida por eruditos hebreos que buscaban una transmisión fiel de su contenido, se menciona la palabra “nahash” como una especie particular de serpiente, ya que se utilizaban los términos “Seraphim” y “Tannin” para designar a otras tipologías de ofidios. La palabra “serafín”, en antiguo hebreo, provenía del verbo “saraph” que significa “quemar”. Por tanto, los serafines serían “los que queman”. No obstante, otra acepción que se le da al término es el de “quien provoca inflamación” o “venenoso”. Este sentido se asociaba a la representación primitiva de los serafines como criaturas serpentiformes de fuego con alas que habitaban en el desierto. Dicha simbología probablemente tenga sus antecedentes en las cobras femeninas egipcias, conocidas como “Urei”, que estaban vinculadas a la diosa Uadjet y tenían una función protectora para evitar las picaduras de las serpientes y otros males de naturaleza mágica. Progresivamente, la referencia a las serpientes se ocultó en los textos bíblicos porque estos animales adquirieron unas connotaciones negativas a partir del periodo helénico (por su asociación a Medusa). Es de suponer que con los “Tannin” ocurrió algo semejante, pues originalmente eran unos monstruos en forma de serpiente marina que estaban presentes en las mitologías cananeas, fenicias y hebreas como símbolos del caos y el mal.

En el Libro de los Números de la Biblia, la palabra “nahash” también se emplea para hacer referencia a una forma de adivinación con serpientes. Se cree que el verbo hebreo del que deriva (niḥeš), cuyo sentido es el de practicar la adivinación, provenía del arameo. La asociación ente Yahvé y la magia, no obstante, es más evidente en el pasaje del Éxodo citado anteriormente.

Volviendo al contexto vasco, podemos ver que algunos de estos elementos ancestrales se preservan en la figura de Herensuge. Este númen era representado como un dragón de espíritu furioso, demoníaco y destructor, que volaba dejando un rastro de fuego a su paso, emitía un sonido aterrador y se alimentaba de ganado y, en ocasiones, de humanos a los que raptaba y estrangulaba. En la mayor parte de relatos se le describe con una sola cabeza y cuatro patas, aunque en otros tiene siete cabezas o no tiene patas traseras. Según se cuenta en Ezpeleta, las siete cabezas no son permanentes, pero cuando surge la séptima, esta criatura se incendia en llamas e inicia su vuelo raudamente hacia Poniente, donde se hunde en Itxasgorrieta o “región de los mares bermejos” (lugar donde la diosa Eguzki se oculta cada día). Aquí se ve claramente su asociación con el sol y con el fuego como elemento vinculado a él.

Los nombres por los cuales se conoce a este númen varían de una localidad a otra: en Ainhoa se le denomina Herensuge; en Ezpeleta y Labort, Herainsuge; en Tardets, Lerensuge; en Sara y Zugarramurdi, Erensuge o Eldensuge; en Camou y Game, Errensuge; en Uhart-Mixe, Edansuge; en Ataun, Iraunsuge; en Doneztebiri, Edensuge o Edeinsuge; en Errenteria y Uhart-Mixe, Edaansuge; en Zaldivia, Igensuge; en Otxandio, Ersuge; en Liguinaga, Ensuge; en Zubiri y Lekeitio, Sierpe; en Mondragón (anteriormente, Arrasate), Dracoi o Dragón.

De estas variantes me gustaría destacar tres de ellas, ya que añaden algunos matices a la personificación de esta criatura mítica. La primera a mencionar sería “Edensuge” (con su derivación fonética Edaansuge), que establece una relación directa entre el númen y la serpiente del Paraíso, dando a entender que se trata de la misma entidad. Por otro lado, “Edansuge”, aunque probablemente sea otra variante fonética del primer sobrenombre mencionado, podría analizarse desde su etimología euskérica. “Edan”, en “batua” (versión moderna y estandarizada del euskera), significa beber, pero en euskera antiguo se traduciría como “absorber” con el sentido de ingerir e empaparse de la esencia de aquello que se consume, integrándola dentro del ser. Si pensamos en Herensuge como criatura de fuego primordial, podemos imaginar que todo lo que pasa por ella retorna a la fuente y acrecienta su poder, transformándolo. También sería factible interpretar esa “absorción” en términos mistéricos, refiriéndonos a la asimilación de conocimiento oculto, siendo este númen el facilitador de dicha sabiduría arcana. Por último, quisiera remarcar el vocablo “Iraunsuge”, del cual habría que señalar el término “Iraun” que significa “permanecer o perdurar” (haciendo referencia a que hablamos de un ser que está más allá del tiempo y que ha sobrevivido a los ciclos de cambio), pero también “sufrir” y “resistir” (dando a entender que su pervivencia ha sido puesta a prueba y que el sacrificio forma igualmente parte de su naturaleza).

En cuanto a sus moradas, se dice que el cuerpo de Herensuge yace siguiendo el curso del río Plazaola (Larraun, Navarra), con la parte delantera en el Valle de Ultzama y la parte trasera en la Sierra de Aralar. Otros relatos narran que habita en la cueva de Azalegui o en la caverna de Ertzagania en la Sierra de Ahuski (Pirineos Navarro-Franceses), mientras que otros localizan su guarida en la montaña de Muragain (ente Álava y Guipúzcoa) y otros apuntan a la Peña de Orduña (Vizcaya). También hay leyendas que lo sitúan en el Bosque de Arbailles (región de Nueva Aquitania, entre Soule y Nafarroa Behera), en la cueva de Faardikoharri (Sara) y en la caverna de Urgull (San Sebastián). Asimismo, otras historias cuentan que vive en el monte Mondarrain (Lapurdi), otras en la cueva de Balzola (Vizcaya) y otras que merodea por las minas del monte Udala, cerca de Arrasate (actual Mondragón).

La leyenda del nacimiento de Herensuge, que se remonta al S.XIV, fue recogida por el filólogo e historiador Augustin Chaho, nacido en Tardets (Zuberoa) en 1810. Este autor probablemente documentó este relato gracias al Vizconde Charles de Belzuntze (Lapurdi). En dicho pueblo es donde tuvieron lugar los hechos. Según se cuenta, hace varios siglos un gallo puso un huevo y lo escondió en un estercolero que se encontraba en un cruce de caminos, cerca de Hirubi. Al cabo de siete años, surgió una culebra del huevo. Siete años más tarde, la serpiente había aumentado cien veces su tamaño. Luego le salieron tres cabezas y echaba fuego por todas ellas. En su lomo tenía dos grandes alas que le permitían sobrevolar la región, sembrando el terror en la zona. Gastón Armand, nieto del alcalde de Baiona y muchacho con gran ansia de aventura, se enteró de que el dragón acababa de salir de su letargo de siete años, causando importantes destrozos. Fue donde su abuelo después de hablar con unos cuantos testigos y le pidió que le permitiese ir a matar al monstruo. Éste se lo negó, pero el joven decidió enfrentarse a Herensuge a escondidas. Preparó sus armas y algunas provisiones y, acompañado por su escudero, se dirigió a su guarida. Llamó al dragón con tono amenazante y espero a que surgiese de la cueva, mientras su escudero corría a esconderse. Una vez estuvieron frente a frente, se estudiaron durante unos segundos y el animal lanzó una primera llamarada. Luego se abalanzó sobre el muchacho, quien clavó su lanza en el corazón del dragón hasta que este se desplomó. Por el peso, la bestia empezó a deslizarse por la sima y Gastón no tuve tiempo de apartarse, rodando junto al dragón montaña abajo. Finalmente, el abuelo encontró ambos cuerpos en el río Errobi. Cortó la cabeza del monstruo y enterró a su nieto con la espada del tatarabuelo Txikon, quien estuvo presente en la jura del fuero de Ricado Corazón de León. Desde entonces, una serpiente con tres cabezas preside el escudo de la familia Belzuntze.

A raíz de esta leyenda, se forjó la creencia de que el huevo era el arma mágica para vencer a esta criatura, evitando su renacimiento. Normalmente se trataba de un huevo pequeño, empollado por una paloma azulada en la hierba. Las mujeres de Alsasua afirmaban que debían transportarlo bajo las alas de una gallina (preferentemente negra) a un cruce de caminos y romperlo allí, comprobando que no tuviera yema. Una vez destruido, tenían que prender un fuego encima.

 

Una de las historias más conocidas sobre Herensuge es la del Dragón de Arrasate. Esta localidad era un antiguo pueblo en la cuenca del Alto Deba que compaginaba las tareas agro-ganaderas con la minería. Una vez al año, el monte cercano crujía y del interior de una sima emergía el terrible monstruo, echando fuego por la boca y arrasando todo lo que quedaba bajo sus enormes patas. Los habitantes de la villa, que llevaban mucho tiempo sufriendo las devastadoras apariciones de Herensuge, decidieron pactar con la bestia. Cada vez que la tierra empezaba a temblar, los vecinos tenían que entregarle una doncella soltera que elegían a suertes y conducían hasta la entrada de la cueva. De ese modo, evitaban los ataques del dragón. Un día, la escogida fue la prometida de un valeroso herrero. Una vez que este logró zafarse de aquellos que lo sujetaban para evitar el sacrificio de su amada, el herrero fue a su taller y tomó una puntiaguda barra de hierro frío que calentó al rojo vivo. Con ella subió hasta la entrada de la gruta cuando justo el animal salía a devorar a la doncella que gritaba espantada. El herrero, de un salto, se interpuso entre ambos y se enfrentó al dragón. Herensuge lanzó una gran llamarada pero el joven logró esquivarla, clavando después con todas sus fuerzas la barra de hierro en la garganta del monstruo, que cayó al suelo moribundo. Como recuerdo de la proeza del herrero, el escudo de la localidad incluyó en su interior la figura del dragón. Actualmente, en Mondragón existe una escultura de Herensuge para rememorar la historia.

La leyenda del Dragón de Mondarrain tiene una estructura similar a la anterior. La diferencia radica en que la joven elegida como ofrenda para el monstruo fue la hija del rey. En este caso, el héroe fue un pastor que combatió al dragón con su bastón y la ayuda de su fiel perro que fue desgarrando las cabezas de Herensuge. Posteriormente, el pastor cortó las siete cabezas, las siete lenguas y añadió un pedacito de las siete enaguas que llevaba el vestido de la princesa. Después se marchó. Como el rey había prometido la mano de su hija a quien la salvase, un joven astuto aprovechó la ocasión y se atribuyó el mérito, llevando como prueba las siete cabezas. Así, el gobernante le permitió casarse con ella. En el banquete de bodas, apareció el pastor con su perro mostrando las lenguas del dragón y los siete trozos de saya de la princesa. Ésta reconoció a su verdadero salvador y acabó casándose con el pastor.

Otra narración de características similares explica que en Alzay fue el hijo del señor del Castillo de Zaro (hoy en ruinas) quien se enfrentó al dragón, envenenándolo y provocando que su cuerpo ardiese en llamas, obligándole a alejarse hacia el mar y segando a su paso las hayas del bosque de Itze.

Otro relato describe las peripecias de dos hermanos del caserío Bargondia, que se propusieron ir a buscar el tesoro que se decía que guardaban las lamias en la caverna de Balzola. El más joven de los dos fue el que penetró en la cueva, encontrándose a una enorme serpiente dormitando. El hermano mayor, viendo el peligro, intentó frenar sin éxito las ansias del joven que, sin pensar, le lanzó una gran piedra a la bestia, cortándole un trozo de la cola. Dolorido, Herensuge se replegó rápidamente en el interior de la gruta. El hermano mayor le reprochó su falta, aunque las consecuencias no llegarían hasta más tarde. Debido a un periodo de escasez, el hermano mayor tuvo que emigrar a tierras lejanas y añoraba mucho su hogar. Un día que lamentaba especialmente la ausencia de sus seres queridos, apareció un hombre elegantemente vestido al que le faltaba la pierna izquierda. Cogiéndole de la mano, lo llevó por los aires hasta la cueva de Balzola. Entonces, el misterioso caballero le dijo: “Ya estás en tu casa. Para que no tengas que marcharte de nuevo, te entrego este cofre de oro y a tu hermano dale de mi parte este cinturón”. Seguidamente, el hombre desapareció y el agraciado fue a casa de su hermano menor a contarle lo sucedido. Al mentar que al caballero le faltaba una pierna, el joven recordó lo ocurrido hace años y decidió atar el cinturón a un nogal para ver qué sucedía. Entonces el árbol echó a arder hasta quemarse por completo en segundos. Los dos hermanos se miraron y comprendieron que hombre era, en realidad, Herensuge, que quería castigar a quien le agravió y premiar a quien trató de evitarlo y se había sacrificado por el bienestar de su familia.

Otra leyenda de gran relevancia es la que tiene como protagonista a Teodosio de Goñi, guerrero vascón del s.VIII, hijo del Señor del Valle de Goñi (merindad de Estella) y uno de los doce miembros del Consejo que gobernaba tierras navarras. Se cuenta que este guerrero, tras luchar contra los godos, se encontró con un extraño caballero de camino a casa que le dijo que su mujer, Constanza de Butrón, le estaba siendo infiel con otro. Loco de celos, el noble espoleó su caballo hasta llegar a su hogar, donde vio la silueta de un hombre yaciendo con una mujer. Pensando que se trataba de su esposa y su amante, los mató con su espada. Al salir de la habitación, se encontró a su mujer. Horrorizado, le preguntó quienes dormían en aquella alcoba. La dama le dijo que se trataba de sus padres, a quienes había alojado en la mejor habitación de la casa: la suya. Por su crimen, Teodosio emprendió una peregrinación a Roma, arrastrando una gruesa cadena y durmiendo al raso. Posteriormente, continuó la penitencia siete años más, esperando a que la cadena se rompiese como signo de liberación divina. Un día, mientras vagaba por la Sierra de Aralar, escuchó un estruendo que venía de una sima. Al acercarse, vio al dragón que justo acaba de despertarse hambriento de un letargo de cien años. Debilitado por el penoso castigo, Teodosio no tenía fuerzas para defenderse y pidió la asistencia del Arcángel San Miguel. Dios escuchó la llamada del caballero en apuros y apremió al Arcángel para que lo ayudara. San Miguel bajó con la chispa del Creador sobre su cabeza y luchó con la bestia hasta darle muerte. Esta historia tiene una clara conexión con la leyenda de Sant Jorge (o Sant Jordi) y el dragón, que está presente tanto en territorio catalán y aragonés como en otros lugares de Europa (Inglaterra).

Según la creencia popular, en agradecimiento por la intervención del Arcángel, Teodosio de Goñi y su esposa mandaron construir el Santuario de San Miguel de Aralar. En dicha iglesia hay unas cadenas colgadas de los muros que, supuestamente, son las del noble y sirven para quitar los males de cabeza y los dolores de dientes si se dan tres vueltas a su alrededor. También se puede encontrar dentro del templo un agujero que es considerado la boca del infierno, ya que bajo él se dice que yace el cuerpo del dragón. Los vecinos de la zona cuentan que, si se mete la cabeza en este agujero, se quitan igualmente los dolores de cabeza. Las mujeres con dificultades para concebir acuden allí el día de San Miguel para pedir que se les conceda la gracia de quedar embarazadas.

Algunos autores como José Dueso vinculan esta asociación entre el Arcángel y la fecundidad a un culto anterior a Hermes/Mercurio o una deidad semejante (¿quizás Herensuge en una faceta más benévola?). Por esta asociación, la Iglesia Católica tuvo sus reticencias respecto a incluir a San Miguel en su calendario festivo. La advocación a este Arcángel no fue aprobada hasta el S.VI, momento en que se inauguró la basílica de la Vía Salaria y se empezó a celebrar el 29 de septiembre como festividad dedicada a San Miguel. Aparte de este día, se asignó el 8 de mayo como segunda fecha para venerar a esta entidad. Curiosamente ésta coincide con la celebración de las Cruces de Mayo (fiesta que sustituyó a la antigua celebración pagana del Beltane celta o el Walpurgis nórdico). Durante estos festejos los campesinos llevaban sus semillas o un puñado de cereales o legumbres para que las cosechas fueran protegidas y las tierras nuevamente fecundadas. Por otra parte, el 29 de septiembre, en algunas localidades como Arretxinaga (Vizcaya), se ejecuta un baile llevado a cabo por hombres solteros, llamado “Ezpata-dantza” (danza de la espada), que sería una reminiscencia de esta lucha entre el héroe y el dragón.

Desde mi perspectiva, la manifestación de folklore popular que sigue rindiendo un homenaje, aunque soterrado, a Herensuge, es la procesión de “faros”, “falles”, “harts”, “haros”, o “brandons” que acontece en San Juan en algunas localidades de los Pirineos (tanto navarros, aragoneses, catalanes y franceses). El ritual consiste en que un grupo de hombres jóvenes (mayores de 16 años), liderados por un hombre adulto (padre, padrino, abuelo) o de rango (alcalde), encienden en lo alto de las montañas unas grandes teas hechas con distintas maderas (roble, álamo blanco, haya, brezo, etc) que luego portan mientras descienden haciendo una hilera en forma de gran serpiente de fuego (un recorrido de unos 20-45 minutos). En algunos lugares, llevan las fallas hasta la puerta del cementerio o a una plaza porticada y dibujan una cruz con las cenizas de la antorcha en el dintel de las puertas o arcos. A la bajada, normalmente les esperan las mujeres solteras con un ramo de flores, dulces (coca, pastas) y licor dulce (moscatel, pacharán). Antiguamente, este rito tenía un sentido iniciático para los varones que iba más allá del evidente simbolismo fálico, sexual y fertilizador. Hoy en día, a pesar de que se ha hecho un gran esfuerzo de reconstrucción y documentación en algunos pueblos, especialmente en la zona de Pallars Sobirà, se ha intentado por otro lado popularizar la fiesta y se permite la participación de otros miembros de la comunidad.

Así que habrá que seguir analizando estos ritos, observar su evolución y prestar una dedicada atención a sus elementos sagrados…

 

  • Una mención especial al Ecomuseu de Esterri d’Aneu por el excelente trabajo de divulgación que han realizado en la exposición de “Les Falles del Pirineu”que puede visitarse gratuitamente en la iglesia de Isil gracias a la buena voluntad sus trabajadores/as y colaboradores/as. Moltes gràcies per la vostra dedicació!

 

  • Otra fuente consultada: https://reydekish.com/2013/10/09/la-serpiente-en-las-culturas-ancestrales/

 

La ilustración de la portada es una creación de Woari, cuya página en Deviantart es: http://woari.deviantart.com/art/Hydra-356170122

La fotografía de la escultura del Dragón de Arrasate es propiedad intelectual de José Javier Sandoval y ha sido tomada de: http://www.eitb.eus/usuarios/fotos/tiempo-naturaleza/detalle/8474832357/dragon-arrasate/

La fotografía de las “falles d’Alins” se ha extraído de la siguiente web: http://www.fallesalins.cat/les-falles/la-baixada-de-falles-dalins/