Oihulariak

En la mitología vasca existen diversos númenes, genios y espíritus que anuncian su presencia y se comunican mediante gritos, chillos, aullidos o relinchos nocturnos denominados “oihu”, “oiu” u “oyu”. De ahí que, popularmente, se les conozca con el sobrenombre de “oihulariak”(oiulariak, ojulariak), “oihukariak, “oihutariak”u “oihu-egileak” (oiu-egilleak, oyu egilleak), cuya traducción sería “los que gritan” o “gritadores”.

El “oihu” es una forma de llamada salvaje, más frecuente de escuchar durante la época oscura del año y que suele causar un efecto psicológico sobre quien lo recibe, mayormente de inquietud o miedo, aunque no necesariamente se emite con el propósito de atemorizar sino más bien de advertir: bien sea de que se está entrando en el territorio que custodia dicha entidad y, en algunos casos, se avisa incluso de posibles peligros.

Habitualmente en las leyendas se instruye sobre las consecuencias de ignorar estas señales y no se recomienda (e incluso se castiga) responder a dicho grito con uno semejante, especialmente si no se reconoce qué tipo de espíritu puede estar emitiéndola o no se comprende el mensaje. No obstante, en otras, se pone de manifiesto que algunas de estas criaturas míticas acuden a la contestación sin que ello implique un daño o perjuicio para quien las convoca. Es más, se da a entender que el humano que conscientemente replica porque tiene la intención de convocar a dicha entidad o solicitar su ayuda en su mismo “idioma”, propicia un reconocimiento y entendimiento mutuo.

Un ejemplo del primer caso lo encontramos en leyendas asociadas a Gaueko. Como ya se ha explicado en anteriores artículos, este numen es la representación de la noche y su dominio se extiende durante este periodo bajo una serie de normas y tabúes que, si no se cumplen, suelen tener consecuencias desastrosas. En unas ocasiones, Gaueko se manifiesta imitando el silbido del viento y susurrando “Eune eunezkontzat eta gaue gauekontzat” (el día para los del día, la noche para los de la noche); en otras, mediante gritos, relinchos o aullidos (especialmente cuando toma forma de bestias y más comúnmente bajo el aspecto de lobo).

Una leyenda de Lekeitio cuenta que dos muchachas que regresaban tarde a casa una noche escucharon, de pronto, un relincho semejante al de un caballo salvaje que provenía de las profundidades del bosque. Las jóvenes continuaron su camino despreocupadas, hablando entre ellas. Luego, se oyó un grito desgarrador y, posteriormente un aullido. Aterradas, echaron a correr, seguidas por una sombra gigantesca que iba quebrando las ramas de los árboles a su paso. Consiguieron llegar a la puerta del caserío y la aporrearon hasta que la señora de la casa les abrió, lanzándose dentro. La dueña cerró la puerta con todas sus fuerzas pero, antes de que pudiera echar el cerrojo, la criatura que perseguía a las mozas dio un fuerte golpetazo a la puerta, haciendo temblar el umbral y los muros del baserri. A la mañana siguiente, las tres mujeres salieron y vieron hundidas sobre la madera maciza las marcas de las garras de Gaueko. Aunque las muchachas lograron salir ilesas, la Etxekoandre sufrió insomnio y pesadillas hasta que finalmente enloqueció. Pues ella había contemplado con horror a Gaueko y había sentido su aliento gélido en el rostro mientras trataba de cerrar la puerta. Aquella terrible visión la acompañó y la torturó hasta el final de sus días (“Mitologika”, A. Bergara, R. Alzate  y R. del Río).

En este caso, las protagonistas desobedecen el horario establecido por sus mayores, permitiendo que cayese la noche antes de llegar al caserío. Invaden el reino de Gaueko conociendo la prohibición de abandonar la protección de la casa entre la medianoche y el amanecer. También desoyen los avisos del propio numen que les advierte de la invasión de su territorio. Además, quiebran la paz nocturna con sus cuchicheos, aunque en este caso no respondiesen a la llamada a modo de provocación.

Seguidamente veremos un claro ejemplo de réplica irrespetuosa. Una leyenda de Ataun, recogida por Barandiarán, cuenta que los caseros de Artzate y sus vecinos se encontraban una noche echando combustible en un horno calero de piedra caliza. En plena faena, escucharon un grito que venía de lo alto de Iruzuloeta (Sierra de Olatzaitz), donde tenían una de sus moradas los gentiles. Uno de los trabajadores contestó: “mejor sería que vinieras aquí a ayudarnos en lugar de pegar gritos ahí fuera”. Entonces el gentil lanzó una enorme piedra que justamente fue a parar encima del horno, destrozándolo. Allí permanece aún el pedrusco sobre el horno abandonado.

Otro relato de la Sierra del Gorbea narra la historia de una aldeana que estaba segando helechos en la montaña de Mugulegorreta. Un basajaun (en otras versiones, Tartalo) que vivía en el lugar y no le había dado permiso para cosechar allí ni había recibido ninguna ofrenda para solicitar su consentimiento, emitió un “oihu”. La joven, sin pararse a pensar, le contestó con un “ijiji”. El guardián de lugar, que interpretó que se estaba mofando, la secuestró y la llevo a su cueva. Nunca más se supo de la doncella.

Otros genios como los Iexltu o Idditu, de naturaleza traviesa, suelen asustar a aquellos que transitan de noche con griteríos o aullidos, especialmente si caminan por parajes peligrosos como montañas escarpadas, bosques cercanos a simas o parajes próximos a acantilados. A veces, sus chillidos llevan a los viajeros a desorientarse y perderse e incluso a caer por precipicios cuando intentan escapar de ellos.

Otros espíritus menos conocidos son los Ireluak, entidades con forma de “pottoka” que anuncian su llegada con relinchos. La pottoka es una de las razas de caballos autóctonos, descendientes del Equus prehistórico, que ha vivido en condiciones semi-salvajes, resultando difícil de domar. El culto al caballo como animal totémico está muy presente en el País Vasco, Navarra y Pirineos, encontrando su silueta en pinturas rupestres de las cuevas de Ekain, Altxerri, Atxeta, Santimamiñe, Urkiaga, Izturitxe, Aldekerdi y Torrea. En la región de Tardets, las leyendas representan al Irelu como un caballo blanco o una yegua que secuestra a los/as mozos/as del lugar para llevarlos a sus moradas (cueva de Lexarrigibele, sima de Obantzun, cueva de Ahantz). En la Sierra de Alarar, el Irelu suele aparecer también como un caballo blanco, pero montado por un jinete esbelto que premia o castiga a los aldeanos. Una historia popular cuenta que un pastor estaba con su rebaño en Puterri y ,de pronto, escuchó un relincho. Se volvió y vio la figura de un caballo blanco montado por un caballero. El misterioso jinete le preguntó dónde se situaba la cueva de aquella montaña. El pastor le acompañó hasta la entrada de la gruta y éste le recompensó con una moneda de oro. En Ataun, en cambio, los Irelu se manifiestan como caballos de fuego que cruzan de noche el espacio para viajar a cuevas como la de Sugaarzulo, simas como la de Unbedi o montes como Gurutxegorri, Aspildi o Igartu. Asimismo, existen relatos sobre estos seres míticos en Larraun o en las rutas que se usaban para el contrabando en los Pirineos. En Zuberoa y Nafarroa Behera, se describe al Irelu como un caballo blanco sin cabeza conocido como Zamari Zuria que suele hacer acto de presencia para anunciar una muerte o accidente grave. Además de ejercer de emisario sobrenatural entre las criaturas vivas y muertas, también realizaban trabajos relacionados con protección y la fertilización del cereal y ayudaban en la construcción de puentes que unían dos regiones (aunque esto probablemente sea una metáfora).

Las Lamias, los Maide y los Intxixu son entidades feéricas a las que también se les ha descrito como gritadores o aulladores. En varias leyendas de Aramaio se cuenta que estos genios han hecho pasar malos ratos a quienes se han atrevido a contestar a sus gritos. Uno de estos relatos explica la historia de un pastor de Laumugarrixeta que respondió al grito de uno de estos seres y que, en el momento de resguardarse en su choza para pasar la noche, escuchó un fuerte golpetazo en la puerta, la cual quedó marcada con la forma de un manotazo (o un zarpazo, según versiones).

En otras leyendas se menciona que las lamias se comunican frecuentemente mediante “irrintzis” (“risas”). El “irrintzi”, según la definición de J.B. Daranatz, es un “grito estridente, sonoro y prolongado, de un solo aliento, que los pastores gustan de hacer resonar en los flancos de las montañas y que los vascos en general lanzan gustosos en señal de alegría”. Algunos cronistas medievales sugirieron que estos gritos de los montañeses vascos eran una forma de atemorizar a sus enemigos. Probablemente estos escribas se referían a los vascones o descendientes ya cristianizados de esta tribu prerromana, quienes perpetuaron este tipo de emisión como forma de causar un efecto psicológico sobre sus combatientes antes de la batalla. Autores como Duvoisin consideran que estos gritos tienen un origen bastante más lejano, que se remonta a los albores de la humanidad, así como un uso más cotidiano, encontrándose expresiones semejantes en la cultura hebrea, en las tribus árabes del norte de África (zaghareet) o los pueblos nórdicos (kulning o herding), entre otros. Independientemente de si el uso inicial del “irrintzi” se limitaba a un contexto guerrero o se trataba de una forma de comunicación entre montañeses o con otras criaturas, no podemos ignorar la supervivencia de este peculiar grito hasta nuestros días y su uso popular en festividades como expresión de regocijo. Incluso se ha convertido en motivo de divertimento, ya que en muchas localidades se organizan concursos para ver qué “irrintzi” es el más largo.

En Elorrio, Axpe y Arrazola, se transmite una historia muy parecida a la de Lekeitio donde las protagonistas son las lamias. En este caso, las muchachas del relato se habían pasado el día cosiendo en un caserío vecino y, en el camino de vuelta a casa, escucharon un “irrintzi” al que inmediatamente contestaron, pensando que probablemente se trataba de alguna de sus amigas o de algún vecino. Luego escucharon otro “irrintzi”, al que también respondieron, creyendo que se trataba de un juego. Seguidamente, escucharon un tercer “irrintzi” que igualmente replicaron. De pronto, miraron hacia atrás y vieron una figura llameante que se aproximaba a ellas a la velocidad del viento. Asustadas, pidieron asilo en un caserío vecino para librarse del peligro. Seguidamente, escucharon un sonoro golpe en la puerta. Al día siguiente, vieron las marcas de cinco uñas en la madera (en otras versiones, la marca que dejaron fue la de diez dedos).

En Abadiño, donde todavía se cuentan relatos similares, se advierte que nadie debe dar tres “santzos” en la cima de Gaztelu ya que, de lo contrario, las lamias o los maide que allí viven pueden secuestrarte. Estos particulares gritos que, a menudo se traducen como “relinchos”, son expresiones de júbilo como los “irrintzis” y que podríamos aproximar a la onomatopeya “iujuju” o “iujujujui”. También solemos encontrar referencias a estos chillidos en registros de fiestas de los pueblos, especialmente durante la verbena de San Juan, cuando suena la música o hay baile.

https://www.youtube.com/watch?v=c_v4qJyV7pQ

Continuando con estas emisiones salvajes, cabe mencionar que en Oiartzun y otros lugares de Guipúzcoa se cree que cuando los perros empiezan a ladrar sin explicación o se oyen silbidos o relinchos sin que ningún animal ande suelto, es que un Intxixu está haciendo de las suyas. De esta forma intentan llamar la atención de aquellos que se encuentran en la casa para que, llevados por la curiosidad, dejen la protección del hogar y salgan a mirar afuera. Es más, existe la expresión popular “eres más malo que un Intxixu”, que se dirige a los niños que son muy alborotadores o traviesos.

Aquí es preciso hacer un apunte para añadir que tanto Ehiztari Beltza (o Mateo Txistu), como Herio (la muerte) se manifiestan habitualmente de una forma muy semejante. En el caso de nuestro Cazador Negro, que va acompañado de su jauría (representación local de la Caza Salvaje), es común o bien escucharlo como un agudo silbido que recuerda al sonido del fuerte viento o como el aullido lejano de sus perros. Por su parte, la presencia de Herio a veces se intuye por el ladrido de los perros del hogar sin que exista aparentemente ninguna amenaza o bien porque el gallo canta a deshora.

Un último grupo de entidades emisoras de algarabía nocturna son los/as brujos/as. Las “sorginak”, no obstante, suelen expresarse mediante “irrintzis” al igual que las “lamiak” mientras que los sorgin hombres (a los que en Ataun se les conoce, curiosamente, como Intxixu) suelen manifestarse utilizando “santzos” cuando van volando por los aires de camino al Sabbath o durante estas reuniones de brujos/as ante Akerbeltz y/o Mari. En la obra “Bakarrizketak”(1915) de Juan Ignazio Uranga hay un fragmento donde se describe a estos “brujos” o entidades masculinas presidiendo el desfile de las brujas, aludiendo a su griterío y a las nefastas consecuencias que conlleva su aparición: “Oraiñ ere emen datoz intxisuak, sorgiñ zitalen aurrelariyak, pake maitiaren ondatzalle petralak, nere odolak irakiñaz zorne pikortuaz arri biurtzera, ta osasunaren zañariyak uztelduaz maxutatzera.” (Ahora también aquí vienen los Intxixu, la miserable prelatura de las brujas, deshonestos devastadores de la amada paz, para llevarse mi sangre en un hervor de sus dientes tibios y superar la putrefacción en sus venas con mi salud).

En este ejemplo se aprecia claramente la confusión (o difuminación) entre la figura del brujo/a, seres de naturaleza feérica (“lamiak”, “intxisuak”) y difuntos sin descanso que han sido convertidos en monstruos (vampiros). Al igual que sucede en otros lugares de Europa, estas manifestaciones de la pervivencia del mito de la Cacería Salvaje pueden conformarse por huestes de almas de difuntos, seres feéricos (tanto de carácter benéfico como maléfico) y mortales que desdoblan su espíritu del cuerpo (“volando” junto a ellos). Las figuras que suelen liderar estos séquitos o procesiones propias de la época oscura del año son, en el caso vasco, la propia Mari o Akerbeltz (o el Diablo, en representaciones medievales). A menudo, la Dama suele presidir la marcha sobre un carnero y los/as brujos/as acuden transformados en animales o montados sobre bestias (gatos o perros negros, lobos, urracas o cuervos, zorros, caballos, bueyes o toros, osos…). La reminiscencia de esta conexión con lo salvaje, estos cambios de forma y estas algarabías nocturnas pervive en los Carnavales y en algunas danzas populares como la “atzeri-dantza” (a la cual ya hice referencia en un artículo anterior).

       

La pregunta que nos puede surgir tras analizar estos ejemplos es si los gritos que emiten estos personajes son meramente una de sus características distintivas como integrantes de esta Cacería Salvaje o si estas locuciones representan un sistema de comunicación simbólico que es capaz de conectar con la parte más primitiva y caótica de nosotros/as mismos/as (con nuestra sombra, como se entiende desde la psicología junguiana). En mi opinión, aunque no podemos negar que estos gritos constituyen una seña de identidad hasta cierto punto, su diversidad y sus usos son bastante más complejos que lo que hemos podido apreciar en la primera parte del artículo.

Y es que además de los “oihus”, los “irrintzis” y los “santzos”, Chaho (1845) distinguió otros 19 tipos de llamadas utilizadas en Euskal Herria:

  • Dei: un grito para despertar a una persona o grupo de personas. A su vez, el vocablo “deadarti” se referiría a un individuo o entidad que saca del sueño a los durmientes con su llamada.
  • Hela: utilizado como señal de alerta ante un posible atisbo de peligro.
  • Deihadarra: usado como grito de alarma ante la amenaza de un enemigo o alguna catástrofe (fuego, tormenta, etc). Existe el término “deihadarkari” para describir a un ser que es capaz de alertar con su grito.
  • Karrankla, txarrantxa o garranga: vocerío de los pastores del Pirineo en la defensa de sus rebaños contra el lobo. Encontramos también el término “karrankari” para referirse a quien emite este tipo de grito. La karrankla o karranka era, además, una pieza de hierro o acero con salientes puntiagudos que se colocaba a las caballerías. Asimismo, la txarrantxa era una de las denominaciones que recibía el rastrillo de lino y la cardadora de la lana, así como el peine de oro de las lamias. Por su parte, la karlaka era un collar de clavos que se utilizaba como amuleto de protección. 
  • Karraska: crujido o chasquido que se produce cuando algo se desgarra, se rompe o estalla. Asimismo, se trata del sonido de los truenos fuertes cuando están a punto de descargar. 
  • Orroko: un grito de horror ante algo que causa terror.
  • Karraxia: un sonido para expresar o causar confusión.
  • Auhendu: un clamor de lamento para sacar la tristeza. Existe un verbo de fonética similar (aihendu) que significa hacer brotar o nacer los pámpanos.
  • Heiagora: un gemido para manifestar aflicción.
  • Marraska: lloro o llanto por una amarga pena. También tiene sentido de “berrido”.
  • Marraka: un quejido de profundo dolor. Se vincula generalmente a los gatos (maullidos), aunque también tiene el significado de “balido” (ovejas).
  • Marruma: un grito ahogado o alarido. En Iparralde también se traduce como mugido o bramido.
  • Uhuri: un sonido ululante o aullante.
  • Marrobia o marrubia: un chillido o alarido rugiente, semejante a un mugido o bramido.
  • Kikisai: un grito de alegría que podría relacionarse con el “kikiriki” de los gallos.
  • Shinka: expresión de júbilo que tal vez tenga algún nexo con el vocablo “zinka” que significa jurar, conjurar o maldecir.
  • Hozengu: grito de aclamación por una hazaña destacada. Podría estar relacionado con el verbo “ozendu” que significa resonar o hacerse oír.
  • Khereillu: término para describir un griterío o algarabía colectiva.
  • Dundura: una llamada colectiva, unida por un vínculo o propósito común.

Por su parte, Barandiarán asoció dos términos más a la caracterización de estos espíritus gritadores: “ahakari” e “iliskari”, que provienen de “ahakar” (riña, disputa) y “liskar” (discusión, pelea, reyerta), traduciéndose como “quienes discuten o riñen”; e “izkolari”, que vendría a significar “el que grita quejándose”. Los Galtzagorriak, esos duendes caseros que destacan por sus ropajes rojos y su fuerte carácter, bien podrían recibir estas denominaciones cuando expresan su descontento. No obstante, probablemente otros espíritus de índole más doméstica como los Iratxoak pueden reaccionar de manera similar o pelearse con otros.

Como podemos apreciar, los propósitos y estilos comunicativos de estas locuciones están meticulosamente definidos en la etimología euskérica. Sin embargo, aquellos que no hemos vivido continuamente en un entorno rural tradicional, hemos perdido la capacidad de distinguir ciertas sutilezas que nos ayudarían a interpretar mejor el medio natural y las señales de la tierra oculta, favoreciendo la convivencia y el entendimiento con el mundo visible e invisible.

A esto debemos añadir que la educación recibida en nuestro entorno sociocultural actual ha reprimido estas expresiones salvajes o primitivas en nosotros/as mismos/as, a excepción de momentos muy puntuales como festividades destacadas donde se nos permite saltarnos ciertas reglas (Carnavales, Solsticio de Verano, Día de las Ánimas…) o en situaciones donde nuestro estado mental y/o emocional se pone al límite (un accidente, una catástrofe, el fallecimiento de un ser querido, un parto, una agresión, una situación de pánico…). El júbilo exaltado, el placer extremo, la ira encendida, la intensa desesperación o la melancolía más honda son manifestaciones que están vetadas por la civilización y que acaban quedando relegadas muchas veces a un cuarto oscuro que preferimos ignorar o bien son disimuladas o atenuadas por temor a que se desborden en el momento menos apropiado y expongan nuestra vulnerabilidad.

De ahí que me haya parecido relevante tratar este tema como una potencial fuente de inspiración y herramienta para revertir ciertos procesos de domesticación que nos han colocado en posiciones sumisas o pasivo-agresivas nada favorables para nuestra salud, desarrollo psíquico y evolución espiritual, especialmente si transitamos el sendero torcido de la brujería u otras tradiciones iniciáticas. No podemos ignorar que dentro de nuestro cerebro hay más porcentaje de bestia que de homínido superior, con lo cual contamos con los mecanismos para reconectar de nuevo con los ciclos del mundo natural y con el resto de seres que lo integran, renunciando al fraudulento antropocentrismo que hemos aprendido.

Con esto no estoy sugiriendo que volvamos a imitar el estilo de vida de las cavernas ni que dejemos de ejercer el autocontrol cuando sea preciso. Mi reflexión apunta hacia un reconocimiento y redescubrimiento de ese lado salvaje para hacernos más conscientes y libres de ciertos condicionamientos. En segundo orden, convendría analizar cómo es nuestra relación con esos elementos primitivos y explorar nuevas vías de enlace con esos aspectos primarios de  nosotros/as mismos/as y de unificación con el ecosistema en el que vivimos. Por último, en lo que respecta a la práctica espiritual, recuperar estos códigos arcanos facilitaría la afinidad, el entendimiento y la vinculación con ciertas entidades que pueden convertirse en valiosos aliados (no me refiero únicamente a los ancestros, al doble, a los animales guía o a las plantas maestras, sino a un abanico bastante más amplio de relaciones).

Algunas leyendas donde se ilustra una comunicación respetuosa y eficaz con los númenes y otros espíritus del territorio prueban que esto ha sido posible a lo largo del tiempo, aunque las condiciones hayan ido empeorando y la desconfianza o el rechazo se haya ido instaurando. La que me resulta más significativa es una que expliqué en detalle en el artículo dedicado a los Jentilak o gigantes de la mitología vasca. Una variante muy parecida recogida por Barandiarán (1922) en Liginaga relata la historia de un familiar de uno de sus informantes. El hombre contó que su hermano se dirigía a San Juan Pie de Puerto y le anocheció por el camino. Asustado, en la oscuridad del bosque, sin saber adónde ir, emitió un relincho (en el relato original se usa la palabra “zinka” con el sentido de conjurar o convocar). Pronto recibió respuesta desde los frondosos árboles. Dio unos cuántos pasos más y gritó de nuevo, buscando ayuda. Tuvo contestación desde el punto donde había dado el primer relinchó. Al llegar a una choza que hay en Ibarrondo, volvió a chillar. Luego, al entrar en la cabaña donde se encontraban otros pastores alrededor del fuego preguntó quién le estaba respondiendo. Ellos replicaron que ellos no habían sido, que se trataba del Basajaun: guardián de los bosques. A esto añadieron que, si ellos contestaran a sus llamadas, el numen se presentaría allí. Así pues, el Basajaun se había encargado de conducirlo sano y salvo al refugio para evitar otros peligros de la noche, comprendiendo que la petición de auxilio estaba justificada. Además, el muchacho demostró que conocía bien el modo de solicitar dicha petición.

¿Cómo podemos entonces volver a reincorporar e integrar este conocimiento olvidado y prácticamente extinto? Posiblemente la única manera de lograrlo sea pasando muchas más horas deambulando por los campos, bosques y parajes perdidos que ejercen de frontera entre las dos realidades y estando receptivos/as a esos poderes antiguos que todavía los habitan. Será un trabajo que requerirá mucha paciencia, voluntad, tesón, devociones, ofrendas y sacrificios. Igualmente, necesitará de buenas dosis de autoconocimiento y de trabajo con la sombra para desandar lo conocido, a menudo cojeando, para ser capaces de sumergirnos en lo desconocido, con su lado terrible y su parte maravillosa. Por último, nos enfrentaremos a las consecuencias de entablar nuevos lazos que modifiquen nuestra experiencia subjetiva y las conexiones con otros elementos a los que también estamos vinculados y que quizás, en cierto momento, dejen de tener sentido. Cumpliremos las condiciones de los pactos que decidamos realizar con estas entidades y asumiremos los precios a pagar, reestructurando nuestro modo de vida o de enfrentarnos a ciertas situaciones. 

En definitiva, será un camino lleno de retos y de aventuras que conducirá a quienes estén preparados a vivir con más intensidad, autenticidad y pasión, aunque ello supondrá el abandono de la confortable seguridad y una transformación que puede resultar extraña o indeseable a los ojos de muchos. Por eso este itinerario no está hecho para todo el mundo. Son pocos/as los/as que pueden asumir la responsabilidad real del cambio sin perder la razón o autodestruirse en el proceso. En tu elección habrás de sopesar los riesgos y beneficios que entraña: posiblemente puedes conformarte con seguir una vía diurna y seguir ocultando tus “pecados” de la vía nocturna; o quizás haya llegado ese punto de ruptura donde, además, dispongas de los requisitos para aprender a transitar los dos senderos. Primero, habrás de quebrar con sudor y lágrimas aquello que te bloquea o encadena y dejar caer los velos, aceptando la verdad de tu propia desnudez. La desaparición de tu viejo yo resultará desconcertante y, a menudo, dolorosa. Te verás expuesto/a y, para poder salir victorioso de las pruebas a las que serás sometido/a, precisarás algo más que fortaleza: una mezcla equilibrada de conocimiento y sabiduría. Si finalmente logras la construcción de nuevos puentes y la rectificación o recreación de ciertas rutas, tu existencia se tornará más compleja pero también más plena.

Personalmente, creo que vale la pena dar un salto de fe como el Loco del tarot y volver a abrazar la vida con la curiosidad de un/a niño/a, porque lo que hay en el precipicio suele estar bastante distorsionado y nunca es tan malo como imaginamos, mientras que las posibilidades pueden ser casi infinitas.

* Para la redacción de este artículo, además de las referencias citadas, se ha utilizado el Diccionario de Valdizarbe y Valdemañeru de Fernando Pérez de Laborda.

  •  La portada ha sido extraída en: fbcdn-sphotos-h-a.akamaihd.net
  • La primera ilustración es un representación que puede encontrarse en el libro “Mitologika: una versión contemporánea de los seres mágicos de Euskadi” de Aritza Bergara, Raquel Alzate y Ricardo del Río.
  • La segunda imagen es una caracterización de un “Jentil”, diseñada por María Abásolo.
  • La tercera fotografía es una representación de Irelu, extraída de Wikipedia: https://eu.wikipedia.org/wiki/Zaldia_euskal_mitologian
  • El vídeo es un fragmento de la grabación de la Lamiako Maskarada de Leioa(2017) , filmada por Telebilbao. En ella se emite un irrintzi.
  • Las dos fotografías que se muestran juntas pertenecen a Juan Luis Asensio y retratan una danza donde aparecen los Intxixu y las Sorginak juntos.
  • La  ilustración que denomina “Shapeshifter” y ha sido extraída de Pinterest, donde no se menciona la autoría ni la fuente.
  • El último dibujo es obra de Febras y se puede encontrar en Devianart: arsfeb.deviantart.com

Eguna egunezko-arentzat eta gaua gauezkoarentzat

El equilibrio cósmico en la tradición vasca es entendido como una alternancia entre el día y la noche, la luz y la oscuridad, lo natural y lo sobrenatural. El día es el espacio de lo natural, del sol (Eguzki) y de los seres humanos; la noche es dominio de Gaueko, de la luna (Ilargi) y de lo sobrenatural. Pero todas las criaturas comparten algo en común: habitan en un mismo territorio, están atadas a la tierra (bien sea la superficie o el mundo subterráneo) y se encuentran bajo el gobierno de una misma Señora (Amalur).

No obstante, en el momento en que Eguzki se sumerge en los mares bermejos del ocaso (“Itxasgorrieta”), regresando a las entrañas de su madre y permitiendo el ascenso de su hermana Ilargi, una fuerza, tan antigua e incluso más que la propia Mari, se alza en toda su magnificencia. Hablamos de la oscuridad primigenia, del señor de las tinieblas que después pasó a convertirse en la personificación de la noche: Gaueko.

Gaueko es considerado un númen de carácter maléfico, aunque yo lo describiría como una fuerza primigenia, territorial, firme e implacable ante la transgresión de las leyes cósmicas y mágicas. El tipo de consciencia de un ser cuya esencia representa la propia oscuridad del tiempo ha de ser, por fuerza, caótica, extraña y distante al entendimiento humano. De ahí que la relación que se ha mantenido con esta entidad haya sido de miedo y evitación en la mayoría de los casos. Normalmente se le representa como una presencia invisible, fundida en la negrura de la noche, que se hace sentir como una ráfaga de viento o una gélida sensación que aterroriza y paraliza a los humanos. No obstante, al igual que Mari, es un ser zoomórfico que puede cambiar de apariencia a su antojo, convirtiéndose en cuervo, lechuza, toro, carnero, lobo negro (“otsobeltza”) o monstruo. En relatos más modernos, no obstante, se le asocia directamente con el Diablo.

El reinado de Gaueko comienza desde la medianoche hasta el amanecer. Durante este periodo gobierna bajo sus propias normas, quedando prohibido que los humanos abandonen la protección ancestral de la Etxea, realicen ciertas labores por la noche (como cortar leña o lavar la ropa), roben, presuman o hagan apuestas para demostrar la valentía de enfrentarlo. Aquellos que osan salir por la noche y alardean de no temer a la oscuridad, mueren o desaparecen para nunca regresar. En algunos relatos, incluso se cuenta que come pastores y ovejas. La única manera de combatirlo era con la Carlina acaulis o Eguzkilore, la flor que Mari regaló a los humanos para aplacar a los seres de la noche.

A continuación, presentaré algunas de las leyendas más famosas relacionadas con Gaueko. En Oiartzun se relata que una muchacha salió con su cántaro a buscar agua a la fuente pasado el toque del Ángelus. En unas versiones se dice que la familia, preocupada, salió a buscarla al amanecer, pero solo encontraron el caldero lleno de sangre; en otras, se explica que los familiares vieron, más tarde, cómo caía el recipiente por la chimenea manchado con gotas de sangre. Barandiarán, en su libro “Mitología vasca” también expone que existen otras variantes de la historia en las cuales es Basajaun quien castiga a la joven, mientras que en la zona de Nafarroa Beherea se dice que el secuestrador es el Diablo. El hecho de que se estableciese una relación entre Basajaun y Gaueko ha llevado a algunos autores a sugerir que, quizás, originalmente Gaueko era en realidad una entidad gentílica.

En otra leyenda, se narra que un carbonero de Ezkoriatza se tropezó una noche con un toro que bloqueaba el sendero por el que caminaba. Tras intentar cruzar tres veces y pedirle a la bestia que le cediese el paso, el toro se puso sobre dos de sus patas y gritó: “La noche para los de la noche y el día para los del día”. La bestia persiguió fieramente al aldeano, aunque éste consiguió escapar de Gaueko.

Otra leyenda bien conocida es la de las hilanderas del caserío Lauzpelz (actualmente en ruinas) de la región de Ataun. Una de las muchachas que se reunía con sus compañeras a hilar en este lugar, apostó que traería agua de la fuente Joxintxiota, situada en un monte cercano. Así pues, tomó una herrada y se encaminó hacia el lugar, bajo la expectante mirada del resto de hilanderas. Poco a poco su figura se perdió en la oscuridad de la noche y sus compañeras se refugiaron dentro del caserío, preocupadas. De pronto, un fuerte viento sopló en el portal de Lauzpelz y se escuchó una voz lúgubre que pronunció: “Gaue Gauekoontzat eta eune eunezkoontzat” (La noche para Gaueko y el día para el del día). Y desde entonces, nada se supo de la atrevida joven.

Otra leyenda de Berastegi recupera parte del relato anterior y plantea un desarrollo diferente. En esta historia, se cuenta que vivía un grupo de gentiles en la montaña Akerkoi. En el caserío de Elaunde habitaba una muchacha llamada Catalina que solía hilar de noche bajo la luz de la luna que llegaba a través de la ventana de su dormitorio. Una noche vinieron a visitarla los gentiles y acabaron secuestrándola mientras exclamaban: “la noche para Gaueko y el día para el de día, Catalina de Elaunde para nosotros”. Así la hilandera recibió su castigo, a manos de los servidores de Gaueko, por hacer una tarea relacionada con el destino bajo la luz de la mágica luna.

El último de los relatos a mencionar fue transmitido por la Etxekoandre del caserío Sukaldetxiki. Esta señora narró que una mujer de Beruete llamada María se fue con una artesa a lavar la ropa al río. Allí la descubrieron unas Sorginak, cómplices de Gaueko, quienes le quitaron la artesa para después echarla por la chimenea del caserío mientras gritaban a sus familiares: “iune iunekoentzat eta gabe gabekoantzat, perrata zuentzat eta Maria goontzat “(el día para los de día y la noche para el de la noche, la artesa para vosotros y María para nosotros”). Cabe señalar que el oficio de lavandera, al igual que el de hilandera, también era considerado un arte mágico, pues algunas Lamias aparecen en algunas leyendas como lavanderas, especialmente para anunciar la muerte de una persona. Asimismo, las Lamiak y las Sorginak tienen una estrecha relación.

Otros seres de la noche asociados a Gaueko son los Ieltxu (Gernika), Iritxu (Bermeo), Idditu (Mungia) o Idizelai (Espartza), genios traviesos que, en ocasiones, se presentan con forma humanoide y, otras veces, toman forma de aves que expulsan fuego por la boca. Habitualmente se aparecen como una llamarada de fuego y tienen la costumbre de hacer que los viajeros que moran de noche se pierdan en los caminos, los bosques o las montañas, aunque otras leyendas relatan que podían guiarlos a simas, despeñaderos o acantilados para poner a prueba su coraje, asustarlos y disuadirlos de salir de noche. No obstante, algunas de estas bromas acababan en accidentes graves o muertes trágicas. De ahí que el pueblo considerara que también tenían un carácter maligno.

Otras entidades muy temidas en distintos lugares de la geografía vasca y del Pirineo eran los Gaizkiñes. Originalmente, estos genios eran duendes de dormitorio o espíritus familiares cuyo dominio era la atención a los durmientes. No obstante, en otras regiones (Sara, Elorrio) se trataban de criaturas nocturnas ligadas al sueño con un carácter claramente maligno. Normalmente, los Gaizkiñes se escondían o materializaban en las almohadas utilizando las plumas para adoptar la forma de una cabeza de gallo o ave. De esta manera activaban su poder, provocando pesadillas e incluso enfermedades. La única manera de remediar las dolencias producidas por estos genios era encontrando la cabeza del gallo o ave y quemarla.

Otro ser estrechamente vinculado a los Gaizkiñes y a quien podríamos considerar “jefe” o “señor” de los mismos es Inguma (también conocido como Ingunbe o Maumau). Inguma también es considerado un genio maléfico que se aparece igualmente cuando las personas de la casa están durmiendo. Como ocurre con los Gaizkiñes, puede aparecer con forma humanoide, aunque a menudo toma alguna forma animal como la un gato o de otro depredador, como sucede con la Pesanta catalana. Suele colocarse sobre el pecho de los durmientes, pudiendo apretar la garganta de éstos para que no puedan gritar y advertir de su presencia. Comúnmente, se divierte dificultando la respiración de su víctima, causándole angustia emocional, desatando terribles visiones o provocando temibles pesadillas. Con el fin de evitar las acometidas de esta entidad, además de poner el Eguzkilore en la puerta, se recitaban distintos tipos de fórmulas antes de acostarse como: “Inguma, enauk hire bildur, Jinkoa eta Andre Maria Artzentiat lagun; Zeruan izar, lurrean belar, Kostan hare Hek guziak kondatu arte Ehadiela nereganat ager.” (Inguma, no te temo. A Dios y a la Señora María tomo por protectores. En el cielo estrellas, en la tierra yerbas, en la costa arenas, hasta haberlas contado todas, no te me presentes). En otros lugares, como Ezpeleta, añadían a esta fórmula la invocación a Gauargi, un genio benéfico de la noche: “Hi, aldiz, jin akitala, Gauarguia!” (¡Que, en cambio, vengas a mi tú, Gauarguia!).

Posteriormente, se recurrió a Santa Inés, a San Andrés o a las Vírgenes locales como protectores de los malos sueños. Una de las oraciones más conocidas a Santa Inés era la siguiente: “Amandre Santa Inés, bart egin det amets: onez bada, bien partez; txarrez bada, dijoala bere bidez. (Señora Santa Inés; anoche he soñado: si es por bien, dé parte de los dos; si es por mal, que se vaya por su camino). En Arakil, se rezaba a la Virgen del Carmen diciendo: “Ama Birjina Karmes: nik egin dut amets; nere amets guztak izan berorren onez” (Madre Virgen Carmen: yo he soñado; todos mis sueños sean para vuestro bien). Por último, en Luzaide, se pronunciaba la siguiente plegaria a San Andrés: “San Andrés, barda ein dut amets, zurez eta neurez. Yinkoa ta Andre dena Maria, har nazazie zien hunez. Amen”. (San Andrés, anoche he soñado, por vos y por mí. Dios y Señora Santa María, recibidme por vuestra bondad. Amén). También era costumbre llevar a los sonámbulos a ermitas dedicadas a Santa Inés o San Andrés o a lugares donde hubiera reliquias de santos. Asimismo, se creía que los sueños que se recibían en el día 13 del mes, se trataban de sueños proféticos que se harían realidad.

Seguidamente, hablaremos de Gauargi tanto por su conexión con Inguma como con el propio Gaueko. En la zona de Guipuzkoa y de Zuberoa se le conoce como un genio benigno de la noche, con un aura feérica, que se aparece en forma de luz o como un punto móvil luminoso y juguetón (tal y como corresponde a su etimología, “luz de la noche”). Como hemos anticipado, se puede invocar a Gaurgi para protegerse de Inguma, Gaueko o de otros seres nocturnos como los Ieltxus para evitar perderse o tener algún percance si se viaja de noche. Hay autores que consideran que Gauargi, en realidad, no es una entidad separada de Gaueko, sino una parte luminosa de este númen. Concretamente, se ha planteado la hipótesis de que algunas personas, como cazadores, leñadores, viajeros, hilanderas, lavanderas o sorgiñas, podían haber establecido en el pasado algún pacto con Gaueko para solicitar su permiso y realizar sus tareas de forma segura durante la noche. Si ese pacto era aceptado, Gaueko se presentaba como una luz para guiarles o acompañarles en su camino.

También podemos encontrar una conexión entre Gaueko, Gauargi y los difuntos que se aparecen en forma de luces (“argia”). Una leyenda de Gallartu cuenta que los condenados se aparecían como luces pálidas a las que se podía combatir  si se portaba un escapulario o medalla de la Vírgen o algún santo, rezando el “Angelus domine nuciavi Marie”, tres Avemarías y un Padrenuestro dedicado a las almas del purgatorio.

Otros espíritus que trabajaban durante la noche y tenían una consideración benigna en Álava, Navarra, Guipúzcoa, Lapurdi y Baja Navarra, eran los Maide o Mairu. A semejanza de los gentiles, son personajes mitológicos que evocan probablemente a los vascones no creyentes, anteriores a la introducción del cristianismo. Normalmente, el término hacía referencia a infantes no bautizados o creyentes de otras religiones como moros o judíos. En otras versiones, se consideraba que los Mairu podían ser antepasados que vivían en la naturaleza salvaje junto a las lamias y que podían regresar al hogar bajando por la chimenea para recoger las ofrendas que los habitantes de la casa habían dejado para ellos. Estos seres, además de poder colaborar con tareas de mantenimiento de la Etxea, eran famosos por ser constructores de monumentos megalíticos, especialmente dólmenes. Popularmente, se consideraba que conseguir un hueso del brazo de un Mairu (criatura no bautizada), permitía adquirir algunas propiedades mágicas que permitían caminar de forma segura durante la noche (usándolo de antorcha) o adormecer a los habitantes de la casa. Así pues, en estos seres podemos encontrar elementos fusionados que les confieren una naturaleza feérica, gentílica y ancestral (difuntos).

La última de las criaturas de la noche asociadas a Gaueko y a Ilargi que ha causado, durante siglos, una tremenda fascinación y, al tiempo, un enorme pavor, es el hombre lobo o Gizotso (también conocido como Garou o Lobisome). Al igual que en otras regiones de Europa y del mundo, el Gizotso era contemplado como un ser monstruoso, mitad hombre, mitad lobo que habitaba en los bosques o parajes selváticos y que podía aparecerse en forma de lobo, de cancerbero infernal o de monstruo, con o sin cadenas. Al igual que en otras mitologías, el Gizotso puede cambiar su aspecto original gracias a la luz de la luna, consiguiendo una fuerza descomunal. Adicionalmente, se encuentra asociado a la muerte o a procesos de transformación mágicos. La particularidad de nuestro Gizotso es que en algunos lugares, como en Valcarlos (Navarra), se le describe con un pie en forma circular que lo identifica como criatura que habita entre dos mundos, al igual que sucede con las lamias y su pie de oca o ave. La leyenda más conocida sobre el Gizotso proviene de Zeanuri y relata que un día unos aldeanos avistaron a un hombre lobo que venía desde Urkia y fueron a avisar a una mujer de Aguinao. Alarmados, le gritaron: “Apresúrate, que viene el Gizotso”. La mujer, que estaba lavando en el río, corrió hacia su casa lo más rápido que pudo, pero la fiera le alcanzó y le arrancó los pechos de cuajo.

Como ya se explicó en anteriores artículos, ver un perro negro o un lobo era considerado un aviso de la presencia de Herio así como un presagio de muerte. Resurrección María de Azkue, además, narra que en la zona de Barakaldo se habían recogido testimonios donde, la noche siguiente en la que fallecía un individuo, aparecía un gran perro que llevaba en el hocico una tea que desprendía, en unas versiones, fuego y, en otras, llamas verdes. Cuando se cruzaba con alguien, el sabueso se zambullía en el primer arroyo que encontraba y desaparecía. Por otro lado, los perros negros o cancerberos infernales que acompañan a Ehiztari Beltza como figura que representa la Caza Salvaje, forman parte de esa procesión fantasmal propia de la época oscura del año.

La relación que se ha mantenido con el lobo en Euskal Herria, al igual que en otros muchos territorios, ha sido mayoritariamente de odio y agresión por considerarlo un asesino de ganado que ponía en peligro la economía doméstica de los caseríos. Así podemos apreciarlo en la siguiente leyenda de la Sierra de Entzia. Se dice que en las Campas de Legaire, tierra de lobos, vivía un pastor con su perro Ozki, al cual no atendía demasiado bien, obligándole a trabajar hambriento. Un día el pastor bajó a Agurain a abastecerse y dejó al perro al mando del rebaño. Al regresar encontró que algunas de las ovejas habían sido salvajemente atacadas y otras yacían muertas. El pastor, al no ver a su perro, creyó que había sido el causante de aquella carnicería. En ese momento apareció el perro desde detrás de unos matorrales con la boca llena de sangre y el pastor interpretó que definitivamente había sido el culpable, así que le pegó un tiro para matarlo. Al regresar a por las ovejas heridas, se encontró con un enorme lobo muerto y se dio cuenta de que la sangre del perro era fruto de la lucha mantenida con el lobo. Cuando el pastor se percató de su error, cogió la escopeta y se apuntó con ella en la cabeza. En el momento en que la bala salió de la escopeta, el perro, que en realidad había quedado inconsciente y no estaba muerto, se levantó y fue hacia su dueño, pero no pudo evitar la tragedia. Esta es la justicia que la naturaleza reservó para el pastor maltratador de su fiel amigo y asesino de otros lobos.

Otro aspecto a considerar en relación al lobo, es su conexión totémica con los poderes telúricos, tanto de la naturaleza salvaje como del inframundo, que lo convierten en una entidad con un carácter liminal. También es una criatura ligada a la fertilidad, a la regeneración, al espíritu de supervivencia y a la iniciación en las sociedades cazadoras y guerreras. No obstante, también hemos de considerar que el lobo es uno de los mamíferos superiores que tiene más desarrollados el olfato, la vista y el oído así como un sistema de comunicación complejo que combina un lenguaje corporal particular y una serie de señales olfativas. Esto permite una organización social más elaborada dentro de la especie, con roles bien definidos dentro de la manada y una serie de características que diferencian a unos grupos de otros, aunque sigan existiendo una serie de instintos comunes. En este sentido, el lobo es uno de los seres vivos que, sin perder su sentimiento de grupo, puede desarrollar una mayor individualización dentro del mundo animal. Esto lo acerca bastante a la organización y el comportamiento humano. Quizás por ello, a lo largo de la historia, ha tenido seguidores que han buscado la conexión con él para profundizar en los misterios de la vida y la muerte.

En el caso de la tradición vasca, esta relación mística ha estado presente entre algunas familias cuyo nombre o escudo familiar estaba asociado al lobo, como podría ser el caso del apellido Otsoa/Ochoa (que significa, literalmente, lobo en euskera) o López (del latín, “lupus”, que también significa lobo) u otras familias como los Ilarraza o los Landa cuyos escudos portan lobos. Algunos baserritarras comentan que algunas personas que tuvieron un fuerte contacto con esa energía ancestral ligada a la familia, bien adquirieron poderes de cambiaformas o se conviertieron en loberos, dejando atrás una parte de su alma humana.

Asimismo, en las dos vertientes del Pirineo, pero muy especialmente en los valles pirenaicos oscenses, existen testimonios, algunos de los cuales fueron escritos, sobre mujeres aulladoras o latrantes. Concretamente, Fray Guillermo Serra, obispo de Hipona y profesor de teología, durante su visita en 1499 a las parroquias pertenecientes al Obispado de Jaca, hace una mención explícita a “mujeres que ladraban como perros”, que estaban bajo el influjo de alguna suerte de magia o poseídas por algún tipo de demonio. Otros testimonios detallan que estas mujeres realizaban gestos desordenados mirando al cielo, sin caerse, y que emitían sonidos similares a aullidos de lobo durante el plenilunio. Por su parte, Olivier de Marliave destaca las manifestaciones de mujeres latrantes y las persecuciones de brujas que se produjeron en la Baja Navarra entre 1587 y 1594. Además, a principios del siglo XVII, surgió un brote de mujeres aulladoras en Lucq (Béarn) que comenzaron a ser exorcizadas por el padre Olgiati, un religioso bernabita, perteneciente a una orden cuyo cometido era contrarrestar la presencia de creyentes protestantes. Los documentos que narran este acontecimiento explican que Olgiati utilizaba reliquias en sus exorcismos y adquirió fama de tener poderes taumatúrgicos, además de ser capaz de sanar el mal de ladrar. No obstante, siglos antes de estos sucesos la zona ya tenía fama de ser territorio de brujas y se contaba que estas brujas se transformaban en animales para entrar en las casas.

El cambio de paradigma entre la visión pagana de estas mujeres aulladoras a su demonización desde la óptica cristiana se relaciona con la influencia de los monjes benedictinos, a cuya orden pertenecían algunos personajes clave como el padre Olgiati (Lucq) o Blanco de Lanuza (Tramacasilla, Sandiniés).

Otro dato interesante a considerar es que hasta finales del s.XIX sobrevivió la festividad de la “Fête des Aboyeurs” o “Hesta de los Gagnolis” en el pueblo de Poubeau. Julien Sacaze presenció en 1871 que los participantes imitaban el sonido de aullidos junto a una piedra propiciadora de fertilidad. Este ritual se vincula directamente con las antiguas creencias del hombre lobo o “loup garou”, cuyos orígenes paganos podrían rastrearse en mitos celtas, nórdicos y greco-romanos, además de en las creencias vasco-pirenaicas.

Al parecer, la relación entre la brujería y la licantropía fue más intensa en la zona del Pirineo Francés, aunque todavía es necesario descubrir y analizar otros casos acontecidos en el País Vasco, el Pirineo Aragonés y Cataluña, donde también existen historias de la misma índole.

 

 La ilustración que preside el texto se titula “Beauty and the beast” y ha sido elaborada por STorA (Devianart): http://stora.deviantart.com/art/Beauty-and-The-Beast-Illustration-3-377230870