Luzaideko mitologia eta folklorea

Luzaide-Valcarlos es una pequeña localidad fronteriza del Alto Pirineo Navarro con una extensión de 45 kilómetros cuadrados, poblada de robles, hayas, castaños, avellanos, cerezos, helechales, espinos y zarzas. Está conformada por 7 barrios: Gainekoleta/Gañekoleta (“ferrería de arriba”), Gaindola (“ferrería de Galindo”), Elizaldea (la zona de la iglesia, el ayuntamiento y otros edificios públicos), Bixkar (“loma”), Azoleta (entre el rincón de Aitzurre y el paraje de Lezta), Pekotxeta (“casas de abajo”, con tiendas locales) y las Ventas o Pertole (zona transfronteriza de comercio variado).

Los restos prehistóricos encontrados en el término municipal (Dolmen de Epersaro y Túmulo de Zubibeltzeko) atestiguan que fue un territorio habitado desde antiguo, tanto por la especie humana como por espíritus ancestrales. No obstante, su identidad propia empezó a forjarse a raíz de la legendaria Batalla de Errozabal o Roncesvalles (778) en la cual los vascones derrotaron al ejército de Carlomagno y cayó el famoso Roldán. En el s.IX, se convirtió en punto de paso de las peregrinaciones a Santiago de Compostela. En 1100, Fortún Sanz de Yarnoz donó al Monasterio de Leire los terrenos que ahora forman parte de Luzaide. En 1271, este monasterio vendió a la Colegiata de Roncesvalles dos casas-hospitales, junto a ermita de San Salvador de Ibañeta, que se ubicaban en Luzaide. Esto supuso el surgimiento histórico de la villa (aunque su denominación fue recogida en un documento anterior de 1234). En 1335, Luzaide pasó a tener 30 viviendas, a las cuales se sumaron 9 casas más por el reparto de tierras realizado por Don Felipe (lugarteniente del rey navarro) en 1342. En 1406, Carlos III promulgó un privilegio de permuta por el cual quedó desvinculado de Ultrapuertos y fue anexionado a la merindad de Sangüesa. En 1592, tras la caída del Reino de Navarra, dejó de ser gestionado por el Valle de Erro y se constituyó como ayuntamiento propio.

Otro de los sucesos que marcaron la historia de estas tierras, más allá de las diversas contiendas que se libraron en sus lindes, fue el proceso de brujería llevado a cabo en 1525 (4 años después de la Batalla de Noain). En aquel año, el Consejo Real de Castilla envió al Inquisidor Balanza a Luzaide y Orreaga para hacer averiguaciones sobre algunos/as vecinos/as de la zona. Entre los/as acusados/as, se encontraban Graciana de Ceztau, María Miguel Parnos y Peio, María Bordel, Martín de Lozouain, Graciana de Esnotz, María del Caballo Blanco, María la Serora (mal traducido como María la Abadesa), Mikela de Burguete, María de Garralda, Martín de Zaldaiz, Juana de Erro y Juan Navarro. Los/as acusados/as, sometidos/as a tortura y luego condenados/as a la hoguera (además de ser confiscados sus bienes), acabaron confesando ser los/as autores/as del asesinato de un niño de Erro, renegar de Dios y de la Virgen, subir por la chimenea para volar con sus escobas a diversos lugares donde se reunían a celebrar sus ceremonias herejes (descampado de Zaldaiz, Alto de Ibañeta, torre de Urkulu…), arrodillarse tras el macho cabrío y besarle el culo mientras ponían la mano izquierda sobre el pecho, retozar con mozos/as, usar ungüentos y ponzoñas.

En la confesión de Martín de Zaldaiz, éste menciona a una tal “Jurdana” (variante de Jordana) como autora de la conversión a brujo y que ésta le legó una cosa negra con forma de gato para que trabajase a su servicio. También contó que viajaban el viernes al “baztarre/batzarre” (asamblea de brujos/as), untándose un ungüento hecho con sapos desollados y corazones de niños. Dicho ungüento se lo aplicaban con el dedo “mendigual” de la mano izquierda en el pie izquierdo, la rodilla izquierda, en el lado izquierdo del pecho, en la mejilla izquierda y en la mano izquierda. Asimismo, afirmaba que el Demonio les ordenaba que hiciesen todo el mal que pudieran: echar veneno a panes y pastos, matar a niños estando tumbados/as sus camas, etc Por último, citó que el Diablo les daba dinero que luego se acababa convirtiendo en carbón. Por su parte, Juana de Erro fue encontrada con hierbas como la belladona y botes de ungüento verdoso (hecho con romero). Ésta añadió que también se celebraran juntas de brujos/as entre Villava y la Magdalena. Miguela/Mikela agregó que había visto a sus compañeras cabalgando sobre caballos blancos (¿Ireluak?) con “grandes músicas de rebeques” y “cantando de modo peregrino”.

En 1575 tuvo lugar un nuevo proceso en el cual intercedieron el alcalde de Espinal y los monjes de Roncesvalles. Gracias a la defensa de estas personalidades, la mayoría de los/as acusados/as fueron absueltos/as y la pena más alta fue un destierro de 10 años para Graziana de Loizu.

Estos sucesos y los relatos derivados de ellos tuvieron una fuerte resonancia en el imaginario colectivo de la comunidad. En dichos relatos, encontramos una fusión de creencias populares con visiones sabáticas deformadas por la mentalidad puritana de la época.

Revisando textos de Satrústegui, Barandiarán, Caro Baroja, Pío Baroja, J.M. de Goizueta, A. Chaho y O. de Marliave, podemos reconstruir la mitología propia de tierras valcarlinas y darle un sentido a su visión particular sobre la brujería, sus creencias de carácter pagano y prácticas sincréticas basadas en el folklore popular.

El primer enclave destacado de la zona es el pico de Anie en la montaña de Auñamendi, ubicada en los Pirineos Atlánticos (existe la comarca navarra con el mismo nombre formada por 6 valles, entre ellos Valcarlos). Auñamendi (2507m) suele traducirse como “monte del cabrito”, aunque el término “Ahuña” también podría referirse al viento del Este (punto en el que está situado el lugar). Se trata de un conglomerado de rocas blanquecinas, con aire ruinoso, que contrasta con el verdor oscuro de los abetos negros del bosque de Isseaux. El pico de Anie ejerce de centinela de los valles colindantes y gobierna las aldeas de Lescun (Francia) y Larra (Navarra). Según Taine y Barandiarán, allí habita una divinidad femenina de fuerte carácter y con poder para convocar tempestades a la que llaman “Yona Gorri” por su vestimenta de color rojo fuego. Este es uno de los sobrenombres por los cuales se conoce a Mari en la zona, seguramente por su vinculación con las mariquitas como animal sagrado (“izaki donea”). A la “marigorri” o mariquita se la denomina “amadre gona-gorri” o “abuela de la falda roja” (además de Vaquita de San Antón). Según la creencia popular, para predecir el tiempo, hay que colocarla en el dedo índice y decirle: “Mari gorri, gona gorri, Bihar euzki ala ebi?“. Si vuela, saldrá el sol y hará buen día; si se queda, es señal de lluvia. En caso de que se desee pedir sol, debe recitarse la fórmula: “Amandre gona gorri, bihar eguzki”.

Los lugareños saben que Yona Gorri no gusta de visitas intrusivas y ven con malos ojos que los turistas o forasteros entren en su morada sin el debido respeto, pues su manera de mostrar descontento es enviar violentas tormentas de granizo. Asimismo, cualquier agravio hacia una mariquita, se percibe como una transgresión.

Chaho y, más tarde, Pío Baroja, recogen una segunda leyenda sobre la montaña de Auñamendi, donde se cree que vive un hada benéfica llamada Maithagarri o Maitagarri dentro de un magnífico palacio con jardines mágicos. Dicho ser feérico se enamoró y mantuvo una relación con el apuesto pastor Luzaide. Aquí vale la pena que nos detengamos a analizar la etimología de Maitagarri. El término, recogido en Euskaltzandia, documenta el vocablo en el S. XVII como un adjetivo que significa “digna de ser amada” y generalizado como “encantadora”, “cariñosa”, “llena de amor”. Asimismo, como sustantivo, la variante “maitegarri” se usa para referirse al ser amado o a una cosa deseada. José Dueso usa, posteriormente, este mismo término para referirse de forma genérica a las lamias.

Por su parte, Marliave da cuenta de la existencia de Jauna Gorri (Señor Rojo), a quien describe como un genio montañés con una vinculación solar que gobierna el Pico de Anie y desencadena tormentas en Aspe, Roncal y Belagua. El autor señala que esta entidad posee un jardín con plantas de inmortalidad. Si se recogen las hierbas de la vertiente gascona del monte, se puede fabricar un licor que da una fuerza sobrehumana capaz de derrotar a los “basajauns” o “peluts”, guardianes de los tesoros de Jauna Gorri, escondidos en las cavernas de Lapiaz. La interpretación de Marliave apunta a que Jauna Gorri sería una representación del macho cabrío o Akerbeltz como consorte de Mari o Yona Gorri. Posteriormente, el cabrón fue demonizado y pasó a convertirse en un avatar del Diablo (Etsai).

Así pues, Auñamendi se acabó transformando en un lugar “maldito”, donde se creía que las brujas iban a celebrar sus reuniones. J.M. de Goizueta, en sus “Leyendas vascongadas”, recoge una imagen onírica similar a la de las cabalgatas nocturnas de otros lugares de Europa, donde describe a un cortejo de damas blancas que bien podrían ser lamias, difuntas o bellas mujeres que se han desdoblado de sus cuerpos: “envueltas en la neblina producida por los vapores que salían del agua, vio aparecer hasta una docena de doncellas sin par hermosura, coronadas las frentes de rosas azules, cubiertos sus aéreos cuerpos con vestimentas talares de gasas blancas como la nieve: estrellas de pálido brillo adornaban el centro de sus coronas de flores. Eleváronse pausadamente sobre la superficie del agua; y asiéndose de las manos, prosiguieron cantando la música extraña que tanto había llamado la atención del caballero. Todos aquellos rostros estaban pálidos, los ojos medio cerrados y velados por luengas pestañas, y los cabellos abundantes, sueltos sobre sus espaldas alabastrinas…”

En esta parte de la geografía pirenaica es especialmente patente el difuso límite entre Mari y las Lamiak, así como la asimilación de las lamias a las brujas o viceversa. La primera evidencia la encontramos en la sima de “Leizegorria” (la cueva roja) en el barrio de Azoleta, más arriba del caserío Argina. Según los vecinos, se considera que es una caverna de “mal agüero” por el carácter irritable de las lamias que habitan allí (similar al que atribuyen a “Yona Gorri”). Satrústegui recogió el testimonio de un informante valcarlino que contaba que una vez metieron a un perro por el agujero y el animal salió junto al Molino de Ferrán que encuentra cerca de Casa París. El Etxejaun de uno de los caseríos de la zona me contó que hay una fuente junto a la cueva, pero que no se debe beber el agua porque no es buena para consumo humano.

Casa París es otro de los enclaves míticos de Luzaide vinculados a las lamias (Laminak o Lamiñak), a las cuales se describe con pies de pato (o garras de ave), peinándose con su carda dorada al lado del fuego e hilando con el huso. Los vecinos relataban que solían tener predilección por las ovejas negras. Una de estas lamias era pedigüeña y solía bajar cada noche por la chimenea para reclamar comida a la Etxekoandre. Catalina Camino del Caserío Buruxuri (1957) contó a Satrústegui que la dueña solía quedarse todas las noches hilando en cocina. Las lamias le solicitaban insistentemente “urin-brox” (migas fritas con manteca). El marido, cansado de que las migas se esfumasen, decidió disfrazarse de su mujer y ponerse a hilar con la sartén en la mano. Una de las lamias se acercó y le dijo sospechando: “anoche hilabas “firrin-firrin” (fino, suave) y hoy “furrun-furrun(torpemente). ¿Cómo te llamas?”. El hombre contestó: “Neronek-neure-buru” (yo-a mí misma, en el dialecto bajonavarro de Baigorri). La lamia se quedó en bucle repitiendo lo mismo, ocasión que aprovechó el dueño para tirarle el contenido hirviendo por encima. La lamia salió del hogar gritando enfurecida. A su regreso, las compañeras le preguntaron: “¿Quién te ha hecho esto?”. Ella contestó: “yo a mí misma”. Las otras respondieron: “Si tú te has hecho a ti misma, ¿qué vas a hacer a nadie?” De ahí que las lamias no regresaran a Casa París.

Otro punto donde solían rondar las lamias era el peñón que había junto al Caserío Bordel, al lado de la carretera que baja del Alto de Ibañeta. Se cree que vivían debajo de la roca y el níspero que allí había servía como chimenea de su morada subterránea (del árbol salía “humo” en las mañanas más frías del año). Se cuenta que una de ellas perdió un broche de oro en el trayecto de regreso del caserío Kiteria de Gañekoleta. La lamia regresó a dicho lugar a pedirle a la dueña que se lo devolviera, pero ésta insistía en que no lo tenía. Pensando que le ocultaba la verdad, llamó a sus compañeras y cubrieron de piedras los campos del caserío. Los miembros de la casa acudieron al párroco para pedir ayuda. Éste conjuró a las lamias y las confinó durante 200 años debajo del peñón, sin que pudieran salir (curiosa esta condena del sacerdote, sabiendo que María Bordel fue acusada de brujería). Durante las obras de acondicionamiento de la carretera, las excavadoras y la dinamita hicieron desaparecer la mítica roca a principios de los años 70. A pesar de ello, aún se mantiene la prohibición de no coger ningún broche ni ningún peine del suelo, por si es propiedad de una lamia.

Otros testimonios narran que existía otra lamia en Pekotxeta, con un carácter más sociable y juguetón. Solía vestir de azul y sentarse sobre el yugo del ganado mientras los vecinos estaban arando. El pan blanco recién horneado era su manjar preciado. Este tipo de ofrenda es mencionada en otra historia de un vecino del Bixkar (1959). Éste relataba que cuando vivía la gente del bosque (lamias), una de ellas se acercó a una mujer del barrio para que asistiera a una de sus compañeras que estaba enferma. La vecina accedió a tratarla y fue convidada a cenar bajo la prohibición de que no se llevaría comida ni ningún otro objeto de su morada. La señora cogió un pedacito del pan de las lamias. Ellas se apercibieron y le reclamaron que dejara el pan si no quería ser arrojada al agua (morir ahogada). La vecina tiró el pan y la dejaron en paz.

Por otro lado, hay historias que aseguran que determinadas personas eran lamias (¿o deberíamos decir brujas?). Carmen Goñi de Gañekoleta (1958) contó que se decía que la dueña de Lasarra-Zaharra era lamia. Una noche, un vecino del barrio que regresaba a casa, se encontró un gato en la fuente de Boloki. Se santiguó asustado y le dio un garrotazo al animal. Al día siguiente, la señora de Lasarra apareció muerta. Otra versión, facilitada por otros vecinos de Gañekoleta, afirmaba que la dueña del caserío Martinenea era lamia. En una ocasión, el difunto señor de Atxua, notó que un gato negro le seguía por el camino de regreso de la feria de Burguete. Se metió por el sendero de Casa Doray y en el collado de Muno le asestó un tremendo golpetazo con un palo. Al día siguiente, encontraron muerta sobre la chapa del fogón a la dueña del citado caserío.

Otro aspecto a destacar de la mitología local es la presencia de criaturas nocturnas como Inguma (o Mahuma), los Gaizkiñek, o los cambia-formas. Curiosamente, a las “laminak” a veces se las asocia con el “gizotso” u hombre lobo. A las “sorginak” también se las describe muchas veces como animales negros que aparecen en cruces de caminos o junto a fuentes (normalmente gatos, pero también perros, ovejas, asnos, etc), como luces en la noche que te persiguen y te agreden o metiendo espíritus o servidores en las almohadas para provocar pesadillas o enfermedades. A todas las criaturas nocturnas, lamias y brujas incluidas, las detiene el canto del gallo al amanecer, además del “eguzkilore” (flor de sol) que se coloca en las puertas de las casas como amuleto de protección. Igualmente, se cree que, si el gallo canta a medianoche, hay brujas o espíritus acechando y se debe evitar que cante 3 veces para aplacar su influjo maléfico (matándolo si es preciso).

En un viejo pasquín encontrado en Luzaide (Gure Almanaka), se dibujaba así a las lamias: “eran una especie de hombres-lobo (Gizotso), medio persona, medio bruja, que vinieron aquí hace 200 siglos. Durante el día se ocultaban en cavidades rocosas y, por la noche, andaban volando a modo de almas errantes con sábanas blancas y rojas, silbando en medio de una horrible algarabía”. La diferencia que Satrústegui establece entre lamias y brujas es que las primeras eran criaturas extrañas, pasivas, que habitaban en cavidades fuera del vecindario, ajenas a cualquier culto y que se valían de sus encantos para trabar amistad, encandilar a los hombres o solicitar asistencia de parteras o curanderas; en cambio, las segundas, son personas bautizadas que reniegan de Dios, practicantes de ritos satánicos y causantes activas de males físicos y morales a personas y bienes.

Inguma (localmente conocido como Mahuma, Mamuzar o Mamua) es otro de esos genios nocturnos que es tan temido como las “sorginak” (brujas). Se cuenta que vive en un refugio abierto en la roca en el barrio de Gañekoleta llamado “Mamu-xilo”. Esta criatura suele colocarse sobre el pecho de los durmientes y atormenta a sus víctimas con pesadillas, sentimientos de miedo y angustia, sensación de opresión en el pecho y falta de aire, agarrotamiento o parálisis durante el sueño, pellizcos o cardenales en el cuerpo, agotamiento, estados depresivos y neutralización de las capacidades de las personas. Algunos de estos mismos daños son atribuidos a las brujas. Para evitar estos ataques, se recitaba una plegaria a San Andrés (sincretismo con Amets, sueño): “San Andres, barda ein dut amets, zurez eta neunez. Yinkoa ta Andre dena Maria, har nazazie zien hunez. Amen.” En el caso valcarlino, debemos subrayar una relación entre Mahuma y el profeta Mahoma, apreciándose una tensión mítico-histórica con los musulmanes como población hereje.

Algo parecido sucede con la figura del Judu Erratia, Juif Errant o Judío Errante. Este personaje es un anciano con barba blanca y vestido de harapos negros que no dejaba de vagar por los montes y que se aparecía una vez cada 100 años, llevándose a los niños y sus respectivas almas. Fue citado por primera vez en 1228 por el monje benedictino Matthieu Paris del Monasterio de Saint Albans. No obstante, la leyenda empezó a popularizarse durante el s. XVI. Se trata de una variante clara del mito de Ehiztari Beltza o el Cazador Maldito (natural en un entorno de caza como el de Luzaide) que fue deformada por el desprecio hacia la comunidad judía, que tenía una notable presencia en la cercana Bayona por su control sobre el comercio del chocolate (tan apreciado en Valcarlos). Así, el Judu Erratia pasó a convertirse en el típico “hombre del saco” con atributos saturninos. La existencia de algunas estelas funerarias en el cementerio de Luzaide donde puede apreciarse la estrella de David sugieren que, efectivamente, hubo (y quizás siguen existiendo) vecinos/as judíos/s, hecho que no es de extrañar dado su carácter fronterizo.

Otra de las criaturas terribles que atemorizaba a la población era Herensuge, la gran serpiente o dragón de siete cabezas que raptaba doncellas y se alimentaba de ellas (comportamiento que también se atribuye a Gaueko, representación de la noche). Las historias populares relatan que habitaba en la sima de Xiximurru, que sitúan en la Selva de Irati (en el vecino Valle de Aezkoa). En relación a este númen, que aparece en forma de culebra, se han conservado varias creencias y ritos. En primer lugar, se dice que tiene predilección por la leche de las mujeres lactantes y para evitar que se alimente de ellas y les pique, se debe recitar “Adam eta Eva”, echando ceniza de la chimenea y cortando con una guadaña. Si se ve a un lagarto muerto o una serpiente muerta, está prohibido pronunciar “hil dut” o “kalitu dut”. Hay que hacer tres cruces con la lengua sobre una piedra y besarla tres veces.

Entre los monstruos locales debemos incluir a Tartalo, nuestro cíclope autóctono. Una leyenda narra que un pastor que iba a cuidar de su rebaño se encontró con Tartalo e intentó engañarle para no ser devorado. Después le metió un pincho en el ojo para cegarlo y escapar. Con el fin de que no pudiera rastrearlo durante la persecución, le tiró un dedo en dirección a un barranco para que se precipitase en él.

La contrapartida benéfica de Tartalo es el Basajaun o Señor del Bosque. Este ser es descrito como un gigante peludo y forzudo, con un pie de cabra o pata en forma de kaiku. Los vecinos de Luzaide creen que vive en la cueva de Mailuxe o Mailuze (barrio de Azoleta) junto a su mujer la Basandere y que la gruta comunica mágicamente con Donibane Garazi (o Saint-Jean-de-Pied-de-Port). Por propia experiencia diría que se pasea por el Dolmen de Epersaro con algún otro Jentil. El Basajaun tiene un comportamiento claramente protector hacia los humanos, ayudándoles a cuidar a sus rebaños de los ataques de lobos (u otros depredadores) y vigilando para que nada malo les suceda a sus propietarios. Si detecta algún peligro o necesita algo, se comunica por señas o silbidos. Una vieja leyenda, también presente en Aezkoa, narra que el Basajaun se enamoró de una pastora de Saint-Étienne-de-Baïgorry (Valle de los Aldudes, Francia) que quedó embarazada del númen. La Basandere, celosa, la metió en un tronco estando preñada y tanto la madre como el bebé fallecieron.

Otra leyenda aezkoana, pero que tiene resonancia en Luzaide, es la de un “hombre-oso” llamado Unai. Se trataba de una criatura grande y peluda, con apariencia humanoide y rasgos de oso que habitaba en la Selva de Irati. Según cuenta la historia popular, una moza de Mendibe que iba camino de Otsagabia, fue raptada por un oso y quedó encinta. El oso la retuvo en su cueva hasta que consiguió escapar junto a Unai cuando éste tenía 6 años. Al principio, los lugareños miraban con recelo al niño por su fealdad y fuerza descomunal, pero finalmente fue aceptado y se convirtió en el mejor pastor de vacas del lugar. ¿Podría ser Unai el mismo Basajaun de Luzaide en una versión más humanizada que, a su vez, recoge el folklore de los cambia-formas autóctonos? Uno de los disfraces del carnaval valcarlino que consiste en un conjunto de pieles rodeadas por enredaderas o zarzas nos da algunas pistas.

El hombre-lobo de Luzaide, al igual que el Basajaun, comparten una fortaleza extraordinaria, además de una pierna redondeada en forma de kaiku. Durante la noche de San Juan, se dice que hay un momento en el que las piedras se convierten en pan y las aguas en vino. Quien presencie ese instante y lo integre como un misterio, alcanzará la prosperidad y felicidad de por vida. En cambio, si no logra aprehenderlo, será condenado a la maldición del Gizotso. Recapitulando, hay dos formas de convertirse en hombre-lobo en estas tierras, siendo lamia o medio lamia (que es sinónimo de bruja, en muchos casos), o ser testigo de un secreto mágico sin merecerlo. A esta podríamos añadir una tercera, que es cruzándose con un lobo o loba (el último lobo desapareció de Luzaide en 1928).

Ante semejante bestiario, los valcarlinos necesitaban aliarse con poderes que pudieran contrarrestar los horrores y peligros de la noche. El mayor de ellos, después de Mari o Maitagarri (si estaba de buenas), era la fuerza de la diosa sol: Eguzki o Iruzki (en el dialecto local). Satrústegui, Barandiarán e Iribarren aportan evidencias del arraigo del culto a este númen en la zona. Satrústegui recogió varias fórmulas para saludarla al amanecer y despedirse al atardecer:

“O Iruzki Saindia, eman zahuzu biziko eta hileko argia” (Santa Sol, danos luz de vida y muerte)

Iruzki Saindia, irudi ziin zipirtaka!” (Santa Sol, imagen resplandeciente)

Adio Iruzki Saindia! Bihar artio!” (Adiós, Santa Sol, hasta mañana)

Bihar artio Joanes, zauri bihar muga onez! (Adiós Juan, ven mañana con buena suerte)

Por su parte, Iribarren refirió el caso de un baserritarra de Luzaide que acostumbraba cada año a recibir al sol durante el Solsticio de Verano, arrodillado en el campo y haciendo gestos de adoración hacia el cielo. También se tiene constancia de que las mujeres de la localidad mantenían la costumbre de ofrecer tortas de harina de maíz (talos) a Iruzki en el s.XX. Asimismo, el fuego como representación del sol tenía un gran poder. Antes de acostarse, la señora de la casa cubría el fuego con ceniza y recitaba ciertas fórmulas para que no se apagase ni ocurriese nada malo. La chimenea era un lugar para dejar ofrendas y también para arrojar los dientes de leche de los niños mientras se decía “oizu zaharra eta ekatzu berria” (llévate lo viejo y trae lo nuevo) con el fin de asegurar su protección.

Adicionalmente, se ha de considerar que las festividades más señaladas en el calendario tradicional de Luzaide eran de índole solar: el Solsticio de Invierno, la Candelaria, la Cruz de Mayo y el Solsticio de Verano. En el Solsticio de Invierno, se quemaba el “gabonzuzi” y se guardaba su ceniza para fabricar talismanes (con el tiempo se sustituyó por la ceniza del Miércoles Santo o Miércoles de ceniza). Igualmente, se hacía la bendición sobre el pan. En la Candelaria, la Etxekoandre encendía una vela especial bendecida en la iglesia y daba tres vueltas alrededor de otro miembro de la familia que permanecía arrodillado. Luego derramaba tres gotas de cera sobre el hombro o sobre el cabello. Podía repetir este rito en otros lugares de la casa, en los campos o sobre el ganado (principalmente sobre las ovejas). En la Cruz de Mayo, se hacían cruces con las ramas de laurel a las que se añadían tres puñados de sal para protegerse contra las tormentas. En San Juan también se fabricaban enramadas o cruces protectoras con laurel y espino blanco. En esa fecha, se solía colocar a las gallinas bajo una rama de laurel cruzada con una hoz para que incubasen los huevos. Otra forma de protección particular para el ganado era confeccionar un amuleto con un cencerro, una rama de laurel bendecida, cera de las velas de la Candelaria y un hueso de una pieza de caza bendecida para hacer pasar a los animales bajo él.

Otras supersticiones que dieron lugar a otros actos de magia folklórica son:

-La creencia de que el mes que entraba en viernes sería malo.

– No cambiar de borda o terreno a los animales en viernes.

– No cortar las uñas ni el pelo en día con R.

Recordemos que el viernes era el día de Mari y el momento en que tradicionalmente los/as brujos/as se reunían para celebrar sus juntas o asambleas.

Próximamente, me gustaría detenerme a profundizar en el simbolismo del folklore vegetal de Luzaide, comparándolo con el de otros valles vecinos. De todos modos, os animo a leer la bibliografía consultada para profundizar en los aspectos tratados en este artículo.

 

*Agradecimiento personal a David Mariezkurrena por sus aportaciones durante la conferencia sobre “Mitos y leyendas en la tradición oral de Luzaide” impartida como parte del Curso de Antropología Cultural y Etnografía (Aranzadi). También a Juantxo Irisarri por la foto del carnaval de Valcarlos (el blog de las danzas de Luzaide está reseñado más abajo).

 

Bibliografía, webgrafía y fotografías

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https://www.abebooks.com/first-edition/L%C3%A9gende-Juif-errant-compositions-dessins-Gustave/22021361217/bd

 

 

 

 

 

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En la cosmología vasca, el concepto de Destino está íntimamente ligado al Adur, una energía mística femenina e interna que impregna su potencia trascendente en todos los seres, religa el cosmos en forma de una gran matriz interconectada de causas-efectos, propicia el encadenamiento de los sucesos y moviliza el devenir. La fuente primigenia de este Adur es la propia Mari, Diosa Madre que se hace y rehace a sí misma y transmite su poder creador-transmutador-destructor a sus hijos/as, sin distinción.

No obstante, la fuerza del Adur depende de la voluntad (“borondate”). No es posible interferir en el destino o infundir poder mágico sin la creencia sobre su potencia, el deseo consciente de producir cierto efecto ni la implicación afectiva que requiere. Además, Adur es una energía de atracción, de carácter relacional, que une una determinada realidad con su representación. Esto implica que la magia surge de una concepción simpática y que requiere de alguna operación psico-física para imbuir su influencia.

En resumen, el Adur se concibe como destino/suerte y también como la virtud mágica de alterar la realidad o el curso de los acontecimientos, produciendo efectos tanto benéficos como maléficos.

Los númenes y seres sobrenaturales son los principales portadores de este Adur. Mari manifiesta claramente su relación con el destino mediante el arte de hilar, el ritual de peinarse, su espejo, el acto de amasar y el símbolo de la tela de araña.

Barandiarán recogió algunos ejemplos de su representación como hilandera: en Zarautz y Oñate se la describe hilando con una rueca de oro; en Amezketa se dice que enrolla las madejas con una devanadera de oro que guarda en Aralar; los habitantes de Zuazo de Gamboa cuentan que se puede ver a la Dama haciendo ovillos de hilo de oro en su morada de Amboto, usando como devanadera los cuernos del propio Akerbeltz; en Goyaz, en cambio, dicen que desmadeja el ovillo en el portal de su habitación en la montaña de Murumendi cuando hay nubarrones tempestuosos en el cielo; en Elosua también narran haberla visto hilar sentada sobre una piedra en una noche de tormenta. En Muxika o Mundaka se la describe cosiendo con aguja, uniendo y cortando hilos, como alternativa para simbolizar su intervención sobre el destino.

En Otsibarre y en Amboto, se suele ver a la Señora en la entrada de su cueva peinando su hermosa melena con un peine de oro. En Zegama, Mari se sienta junto al fuego de su cocina para arreglarse el cabello con su peine. Cabe destacar que en euskera el término “orrazi” u “ozarri”, además de hacer referencia al peine, significa “carda” o “rastrillo”. Ortiz-Osés señala que el acto de cardar el pelo, la lana o la tierra son maneras similares de representar, no solo el poder sobre el destino, sino también la fertilización o fecundación como procesos mágicos. Esta asociación explica igualmente que el cardo silvestre sea utilizado como peine de las lamias y las sorginak. En ocasiones, el peine se reconvierte en sapo, en pata de cabra o cola de pez, reforzando el simbolismo sexual.

En algunas leyendas, Mari no aparece únicamente con un peine dorado en su mano derecha, sino con un espejo en la mano izquierda. El peine de oro simboliza la claridad solar, la vida, la sexualidad, la prosperidad, la transmutación alquímica y el renacimiento, mientras que el espejo se relaciona con la luna, la muerte, la videncia, la magia y el infortunio. Con su espejo, la Dama puede ver las acciones de sus hijos/as, reflejar la realidad más oscura y profunda de su alma (espejo de la verdad), detener la vida (matar), fijar el tiempo o aojar (maldecir).

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Por su parte, el acto de amasar, representa el poder de materializar la realidad y darle forma. También simboliza el hecho de “amasar fortuna” o crear prosperidad.

Ortiz-Osés señala que una de las representaciones comunes del lado “negativo” de la Gran Madre de los vascos es la araña. Bähr destaca la importancia de la araña como animal folklórico, la cual fue considerada no solo como tejedora del destino, sino como una de las posibles moradas del alma. Concretamente, la falangia, una especie de araña, es denominada “grand mère” (gran madre o abuela) en la zona del pirineo vasco-francés. Además, Hornilla, subraya que la expresión “tela de araña” en euskera se traduce como “amama sare”, es decir, “red de la abuela” o “red de los ancestros femeninos”. De aquí se deduce la importancia de la transmisión del linaje por línea materna, así como la posibilidad de heredar los poderes mágicos de nuestras antepasadas.

Otros seres muy relacionados con el destino son las lamias, hadas en forma de hermosa mujer con pies de pato, oca, gallina o cabra. En las zonas costeras suelen tener cola de pez. En muchos lugares (Mundaka, Mendata, Gernika, Oñati, Leioa, Bermeo, Muxika, Elantxobe…) se las describe peinándose sobre una roca, en una sima, en un arroyo o manantial con peines de oro (“urrezko orraztokiekaz”), que a menudo son robados. No obstante, se advierte a los aldeanos de que no cojan ningún peine que encuentren en el suelo para evitar que una lamia pudiera venir a buscarlo o les arrebatara algo a cambio. También suelen portar broches y alfileres de oro, horquillas y otro tipo de alhajas que, si son tomados sin permiso, desatan su enojo o provocan su castigo.

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Por naturaleza, las lamias suelen ser bondadosas, generosas y honorables. En diversas leyendas se las describe intercediendo a favor de los seres humanos. Por ejemplo, a un vecino de Dima le pilló una tormenta y se fue a refugiar a la cueva de Balzola. La lamia que vivía allí lo acogió y, antes de que dejase la cueva, premió su gentileza regalándole un trozo de carbón que luego se transformó en oro. Otra leyenda cuenta que la lamia de Lezao, conocida como Amilamia, también recompensó la bondad y valentía de Perikote “el tonto”, al cual sus amigos de Agurain enviaron a la cueva de la lamia apostando que no conseguiría hablar con ella ni traer algo que demostrara su encuentro. Sin embargo, él cumplió su parte y ella le regaló un cedazo del cual salía la harina más blanca, con la cual Perikote pudo ganarse la vida como el mejor panadero de la región. Asimismo, las lamias de Bazterrechea ayudaban a los baserritarras a arar los campos, abonar la tierra, limpiar las acequias y escardar los maizales a cambio de que les dejaran como ofrenda un cuenco de leche, cuajada, pan de trigo, tortas de maíz, migas con tocino o sidra. También se dice que las lamias de la montaña de Lesarantzu fueron las que construyeron el puente de Ligui. Por último, las lamias destacan como hilanderas, lavanderas y parteras, profesiones que también podemos asociar al destino.

Sin embargo, en ocasiones son ellas las que requieren de los servicios de los humanos para sanar una enfermedad o ser asistidas durante el parto. Concretamente, sus partos se producen en lugares como cavernas, lagunas o frondosos bosques que evocan la idea de fertilidad. Además, para poder entrar a los dominios de las lamias, que a menudo se encuentran bajo el agua o en el interior de la tierra, se debe golpear el suelo con una varita. Cuando una lamia está agonizando también suele reclamar la presencia de una persona, ya que no puede morir sin que un ser humano la vea y recite alguna plegaria ante ella.

Sin embargo, las leyendas también describen encuentros con lamias que acaban en fatalidad, pues tienen por costumbre poner a prueba a los humanos, exigiéndoles alguna suerte de condición o prohibición. Quienes suelen verse más perjudicados en estos encuentros, son los hombres que se enamoran de ellas por su singular belleza y no son capaces de cumplir su promesa. Una de las leyendas más famosas cuenta que Antxon, un pastor de Orozko, escuchó un hermoso canto mientras estaba en el monte con sus ovejas. Se acercó con curiosidad a la fuente de aquel sonido y descubrió a una bellísima mujer, peinando sus largos cabellos dorados con un peine de oro junto a un arroyo. Quedó prendado al momento y empezó a visitar cada cierto tiempo a la lamia. Finalmente se decidió a pedirle matrimonio y ella le regaló una sortija como prenda de su amor. Seguidamente, anunció su casamiento a su madre. La madre se interesó por saber quién era la afortunada, pero su hijo no supo decirle su nombre ni su origen. La madre, por la descripción, empezó a intuir que podía tratarse de una lamia y advirtió a su hijo que debía asegurarse de que su novia no tenía pies de ánade. El pastor fue a visitar de nuevo a su amada y, atendiendo a los consejos de su madre, se fijó en sus pies descubriendo ,para su pesar, que efectivamente su enamorada era una lamia. Regresó abatido a su casa y se metió en su cama. Tan grande era su tristeza que enfermó gravemente y finalmente murió de pena. El día del entierro, la lamia se acercó al cuerpo de su amado, cubriéndolo con una sábana bordada en oro y besó sus fríos labios. Siguió al cortejo hasta la puerta de la iglesia y luego regresó al monte llorando amargamente. Tanto lloró la lamia que acabó brotando un manantial que recuerda su amor imposible. En otras leyendas, la lamia consigue casarse con el mortal e incluso tener descendencia, pero el esposo quebranta la condición impuesta y la lamia desaparece. En algunos casos, llevándose a las hijas o regresando únicamente para el funeral de los hijos.

También existen narraciones en las cuales las lamias secuestran a aquellos/as que entran sin permiso a sus moradas o quebrantan la palabra dada. Una de ellas cuenta que una campesina descubrió accidentalmente a unas lamias que habitaban la cueva de Leizaga. Tras ser sorprendidas, le pidieron a la muchacha que no regresase más a cambio de oro. Sin embargo, ella no las obedeció y, al volver a visitarlas, desapareció para siempre. Otra leyenda cuenta que una joven hilandera de Mañaria encontró a unas lamias en un pozo cerca de una ermita y éstas le rogaron que no volviera a pasar por allí. Ella transgredió su prohibición y nunca más se la volvió a ver. Sus familiares la buscaron pero solo encontraron algunas de las cuentas de su rosario esparcidas por el suelo. Para prevenir estas desapariciones muchos aldeanos llevaban amuletos hechos de ruda y apio o vestían ropas tejidas con el hilo de Nochebuena (“gabonari”). También las ahuyentaba el “eguzkilore”, el canto del gallo o la luz del día. No obstante, para acabar con toda su estirpe, se debía arar la tierra que habitaban con novillos pardos nacidos el día de San Juan o siete novillos de siete años de edad, cuyas madres nunca hubieran sido ordeñadas.

Una leyenda de Deva resume muy bien el influjo del hado que envuelve a las lamias como criaturas del Destino, así como el ciclo de concepción, gestación y parto/muerte que se repite en muchas de las historias populares que protagonizan. En ella un viejo marinero se niega a atender a las señales del mar que le avisan de que no salga a pescar. Resistiéndose a su mala fortuna, sigue obligando a su tripulación a continuar navegando y faenando. Uno de sus grumetes, enamorado de la hija de su misteriosa esposa, sueña con la barca flotando por los aires que seguidamente se posa en un bosque de olivos donde se encuentran dos mujeres envueltas de un halo pálido, bailando. Él reconoce a las dos mujeres como la esposa del capitán y su amada. El marinero recibe tres trágicos presagios de muerte: el primero es una “ola de leche”; el segundo, una “ola de lágrimas”; el tercero, una “ola de sangre”. Efectivamente, cuando se echan a la mar, tienen que sortear una enorme ola con espuma blanca como la nieve. Después, se encuentran con otra ola clara y cristalina de la que surgía un vapor que quemaba los ojos y que lograron franquear a duras penas. Finalmente, en el horizonte apareció una terrible ola carmesí. El muchacho tuvo el impulso de lanzar un arpón hacia una criatura que emergía de la ola para atacar el barco. Entonces se escuchó un gemido lastimero y la ola, partida en dos, se precipitó sobre la costa teñida de sangre, sin afectar a los marineros que, por fin, lograron pescar en abundancia. Al regresar a casa, el capitán encontró a su esposa acostada con fuertes dolores en el vientre y con la cabeza hacia la pared, ocultando su rostro, hasta que exhaló su último aliento. La hija, enfurecida, maldice el destino del grumete y desaparece para siempre. El patrón, terriblemente afectado por la muerte de su mujer y la desaparición de su hija, enferma y muere poco después.

Otra de las figuras míticas ligadas al destino son las sorginak (brujas) que, en algunas versiones, son descritas como criaturas mitad humanas y mitad lamias. El término “sorgiña” es una combinación de “sortu” (suerte) y “gina” (hacedora), lo cual sugiere que el vocablo pudo traducirse o asociarse a las “hacedoras de niños” o matronas, muchas de las cuales luego fueron juzgadas como brujas. Uno de los objetos mágicos que Barandiarán vincula con las brujas es el “sorginardatz” o “huso de las brujas” que, en Zerain, llegó a convertirse en un juego tradicional que consistía en un palo de 10 cm de largo, rodeado por un surco o muesca en el cual se colocan dos cuerdas unidas por los extremos. Si se cogen las dos cuerdas con los pulgares, retorciéndolas y estirándolas, se consigue que el huso gire con un fuerte zumbido. De ahí que el juguete haya recibido los nombres de “burrun” o “furrugila”, entre otros. También son famosas las “sorgingoaiziak” o “tijeras de brujas”, un sistema hecho con listones enlazados en serie con unos ejes que permitían que el instrumento girase. Separando o juntando los extremos, se podía contraer o prolongar, imitando el gesto de cortar o atenazar. Algunos personajes de los carnavales vascos aún llevan este tipo de herramienta a modo de reminiscencia.

Otros objetos vinculados a las brujas como mediadoras del destino son el libro y el alfiletero. En un caserío cerca de San Sebastián, Barandiarán recogió el testimonio de que las brujas suelen tener un libro en el que guardan el secreto de todos sus poderes. Antes de morir, tienen que entregárselo a alguien a cambio de una moneda o un objeto que supere el valor de una de las antiguas pesetas. Si es un sacerdote quien lo recibe, poseerá el libro durante el tiempo en que tarde en consumirse una cerilla. Por su parte, el alfiletero o canutillo (“jostorratz”) es un recipiente que se coloca abierto sobre matojos de zarzas durante la noche de San Juan para atraer a duendes o genios al servicio de la bruja. Estos seres reciben el nombre de “mamur”, “mozorro”, “autzek”, “gaizkiñak”, “galtzagorriak” o “enemiguillos”.

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Barandiarán también describe a unos seres de similar naturaleza denominados “Patuek”, que vendrían a ser una suerte de “hados familiares”, al estilo de los Genius romanos, la Fylgja nórdica o el Fetch, con sus propios matices autóctonos. Con la ayuda de estos genios se cree que se pueden conseguir hazañas extraordinarias. Autores como Wentworth Webster o Jean François Cerquand, han asociado el término singular Patu, que significa hado o suerte, al hecho de que las sorginak no podían morir sin haber donado a sus familiares a alguien que los aceptase o haberlos vendido por un precio simbólico superior al que los adquirieron. Esto sugiere, según su opinión, que estaban ligados a sus dueños/as por un pacto tremendamente sólido que ,quizás alguna vez fue parte del saber popular, pero que ha sido olvidado por la pérdida del conocimiento que se transmite oralmente. Si esto fuese así, vendría a reforzar la relación del Patu con el Fetch como doble espiritual. Desde mi experiencia personal, apoyo esta conexión. Considero que el Patu sería la esencia del totemismo vasco, que existe en versión animal (generalmente masculina) y también vegetal (habitualmente femenina).

Para acabar, merece la pena nombrar algunas plantas y animales, asociadas igualmente a las sorginak, que refuerzan su vinculación con el destino y el poder de transmutación:

  • Sorginorrazi o “peine de las brujas” (Cardus ciprus)
  • Sorginorratz o “alfiler de las brujas” (Libélula)
  • Sorginkhilo o “rueca de las brujas” (tipo de junco que crece en Lapurdi)
  • Sorginegur o “árbol de las brujas” ( Crataegus laevigata o espino navarro)
  • Sorginbelar o “hierba de las brujas” (Atropa Belladona)
  • Sorginira o “helecho de las brujas” (Athyrium filix-femina)
  • Sorgintxori o “pájaro de las brujas” (Certhia familiaris o agateadores)
  • Sorginoilo o “gallina de brujas” (mariposa)