Sugaar, Sugoi, Maju

En este artículo describiré y analizaré la figura de Sugaar, el “culebro” o “cuélebre” de la mitología vasca, diferenciándolo de Herensuge y explicando su relación con la diosa Mari.

El término Sugaar (o Sugahar) deriva de los vocablos “suge” (serpiente) y “ar” (macho), aunque también se ha sugerido que su etimología podría proceder de la fusión de “su/a” (fuego) y gar (llama), con el significado de “llama de fuego” que es una de sus representaciones en la cual se le describe como un relámpago (sin cabeza ni cola). En otras poblaciones, como Betelu, recibe el sobrenombre de Suarra, palabra que provendría de “su/a” (fuego) y “har/harra” (gusano), delimitando la forma de esa flama. En otras localidades (Sara, Arrate) se le conoce como Sugoi, que deriva de las palabras “suge” (serpiente) y “goi” (mayor), haciendo referencia a su tamaño. Por último, en otras villas como Azkoitia se refieren a este númen como “Maju” o Maiu”, masculinización de Maya, que es otro de los nombres que recibe Mari. Bajo este aspecto, aparecía en forma de media luna de fuego justo antes de que estallase una tempestad.

Es relevante analizar esta conexión con Mari, ya que algunos autores como Barandiarán u Ortiz-Osés apuntan a que, inicialmente, Maju era uno de los rostros bajo el cual se presentaba la Dama. Recordemos que la Gran Madre de los vasco-navarros es una diosa polimorfa (que puede transformarse en diversas figuras) y partenogénica (capaz de auto-fecundarse). Uno de sus muchos aspectos precisamente es el de la serpiente, un símbolo originalmente de carácter matriarcal que representaba la fuerza ctónico-acuática, la metamorfosis de la naturaleza a través de la metáfora del cambio de piel y el mundo como círculo y ciclo de eterno retorno (“uroboros”). Frecuentemente, en los relatos populares, se describe a Mari como una serpiente en llamas que, en ocasiones, porta una hoz de fuego o la media luna, mostrando todo su poder femenino. Posteriormente, la serpiente fue convertida en un ser fálico-masculino de rango inferior y dependiente de su consorte femenina, al igual que el dios de las cosechas neolítico fue entendido como una emanación de la Madre Tierra.

Según las leyendas, Mari y su esposo Sugaar mantienen encuentros sexuales adoptando forma humana los viernes (día señalado en el calendario lunar y momento en que se reúnen las brujas), provocando grandes tormentas y descargas eléctricas (pensemos en el rayo como elemento fecundador de la tierra). En euskera, la palabra “harreman”, que es la que se usa para hablar de esta relación con connotaciones eróticas, refleja la dinámica interacción entre ambas polaridades, pues incluye los términos “ar” (masculino) y “eme” (femenino). Asimismo, el vocablo deriva de “hartu” (coger o tomar) y “eman” (dar u ofrecer). En esta hermosa síntesis encontramos la complementariedad necesaria que da lugar a la unidad primigenia de todos los seres y procesos en la naturaleza. Como señala Guillermo Piquero, este vínculo dual femenino-terrestre y masculino-celeste es el que configura el matrimonio sagrado o “hierogamos”, propiciando la fertilidad y la fecundidad. En opinión de Jakue Pascual, la implosividad y expansividad de estas fuerzas primigenias quedaría representada en el “lauburu” (rueda solar de cuatro cabezas o brazos). De la unión mágica entre estas dos polaridades, surgirían, según algunas versiones, Eguzki (dios sol) e Ilargi (diosa luna), mientras que en otras narraciones nacerían Atarrabi (el hijo piadoso y cristiano) y Mikelats (el retoño rebelde y pagano), en cuyas figuras podemos apreciar un sincretismo con la historia de Caín y Abel.

En el Medievo, la serpiente pasó a ser una representación del mal o del propio Satanás, tomando como referencia los textos bíblicos del Génesis, aunque en otras versiones se define a esta “sierpe” (o “nahash”) como la cómplice del Diablo, conectando con la historia de Eva y su antecesora Lilith (la primera esposa de Adán, que abandonó el Edén y se unió a Samael). Así pues, iremos comprobando que, con el paso del tiempo, la figura de la serpiente fue adquiriendo connotaciones cada vez más negativas, monstruosas y demoníacas. Igualmente, el “cuélebre” y el “dragón” pasarán a confundirse, atribuyéndose indistintamente leyendas a Sugaar y Herensuge, como puede ser el caso de la historia de los hermanos de la cueva de Balzola, el caballero de Belzuntze o la epopeya de Teodosio de Goñi.

No obstante, si atendemos a las moradas que se asignan a una y otra entidad, podemos verificar que se tratan de entidades separadas. En el caso de Sugaar, en Ataun (Guipúzcoa), se le ubica en la sima de Agamunda, en la cueva de Kuutzegorri y en la caverna de Arrateta; en otras localidades guipuzcoanas, cuentan que merodea por Azkoitia, Mutriku y Andoain; en Navarra, dicen que habita en las cavidades de Uztei en el monte Balerdi, en la montaña de Elortalde y en Gorriti; en Vizcaya, se le sitúa en Mundaka y Kortezubi; en Álava, se le vincula a Salcedo.

En la Sierra de Aralar, encontramos algunas de las historias populares más antiguas asociadas a este númen. Las más conocida narra que un pastor crio a una gran serpiente a base de leche, consiguiendo domesticarla y hacer que acudiese a su encuentro cuando la llamaba con un silbido. Lo que el pastor no comprendía es que el silbido no era lo que atraía a la serpiente, sino la ofrenda que le entregaba (este elemento es una reminiscencia de la Era Dorada o principio de los tiempos, donde la Tierra manaba leche y miel y hombres y animales se comunicaban fluidamente). Un buen día, el pastor quiso demostrar a sus amigos su habilidad para dominar a la serpiente, pero se olvidó de llevar el cuenco de leche. Así que, cuando la llamó mediante un silbido y ésta vio que no traía su alimento, se abalanzó a su cuello y lo mató. En versiones más modernas de otras comarcas o concejos, el pastor sobrevive y acaba con la vida de la serpiente aplastando su cabeza en la puerta de una ermita. Aquí podemos encontrar ciertos paralelismos con las leyendas vinculadas a Herensuge, en las que se refleja la lucha entre el protagonista y la bestia.

Otras variantes más elaboradas presentan a Sugaar como un personaje tentador o retador que pone a prueba las habilidades de aquellos a los que se enfrenta. Por ejemplo, en Kortezubi se cuenta que la serpiente fue en busca de nuevos competidores, encontrándose con una zorra, que usando su astucia le indicó que fuese a una ferrería para que midiese su poder con hombres forzudos. Uno de los herreros aceptó el reto del “culebro”, pero le hizo esperar fuera mientras calentaba unas tenazas al rojo vivo. A continuación, salió rápidamente y la sujetó firmemente con ellas mientras la serpiente se retorcía desesperada. Al final, el animal suplicó al ferrón que la soltase y éste replicó: “Fíjate que solo he usado dos dedos: si hubiese utilizado diez, ya estarías muerta”. La sierpe se alejó dolorida, planeando una venganza futura por haber sido humillada.

En esta historia cabe destacar la figura del herrero como una profesión ligada a la magia. Los forjadores, en diversas tradiciones europeas, eran considerados como unos primitivos alquimistas por su habilidad de transformar los metales con el poder del fuego. Además, muchos talismanes como las herraduras, los clavos, los cencerros, los cascabeles y las campanillas (utilizadas también en la cultura vasca), eran creados por estos artesanos, ya que tenían la potestad de enfrentarse a las criaturas mágicas. Esta asociación proviene del papel que jugaron distintos dioses o maestros forjadores en el progreso tecnológico y avance cultural: Hefesto en Grecia, Vulcano en Roma, Goibniu en la mitología celta, los dvergar o enanos en la cultura nórdica, Tubal o Tabal entre los hebreros y asirios, etc

El caso vasco no es una excepción. Popularmente se dice que el Basajaun, que provenía de la estirpe de los Jentilak o Gentiles (gigantes), fue el primer herrero, además del primer agricultor y molinero. No obstante, Augustin Chaho cuenta que los pastores de la región de Soule se referían a sí mismos como “aitoren semeak” (Hijos de Aitor), que podría ser una derivación de “aitonen semeak” (hijos de buenos padres). El mito de este Aitor, hijo del Tubal bíblico (vinculado a la metalurgia), lo define como en el primer patriarca euksaldun. Más adelante, la historia fue traducida al castellano por Arturo Champión. Otros autores como Navarro Villoslada en su obra “Amaya o los vascos en el S.VIII” perpetuaron esta historia para reclamar territorialmente las siete provincias vascas, diciendo que fueron fundadas por los siete hijos de Aitor.

Retomando las leyendas vinculadas a Sugaar, podemos analizar esta relación entre la serpiente y el poder de transmutación. Como ya he mencionado anteriormente, este númen solía adoptar forma humana en sus encuentros con la diosa Mari. Sin embargo, existe un relato de dos hermanos vizcaínos, muy similar a la de Herensuge, en la cual estos personajes se encuentran a Sugoi en la entrada de una cueva mientras estaban paseando. El menor le arrojó una piedra para espantarlo, con tal fuerza que le arrancó un pedazo de la cola. El mayor de ellos fue llamado a ser soldado, mientras que el pequeño se quedó en el caserío, no atendiendo demasiado bien a sus progenitores. Estando el mayor de servicio en Nochebuena, sin poder visitar a la familia, se presentó ante él un feo individuo que le preguntó si quería volver a casa. El hombre contestó afirmativamente. El extraño sujeto le pidió como condición que llevase dos presentes a su casa tras pasar por su cueva y que regresase tres días después. El desconocido le entregó un terrón de oro para él y un cinturón rojo de seda para su hermano. El hermano menor, tras escuchar la historia de su familiar, rechazó el regalo y lo ató al árbol que había fuera de la casa, el cual echó a arder como la pólvora, dejando un gran agujero en el suelo. Pasado el tiempo acordado, los dos hermanos se presentaron en la cueva. Salió a recibirles con mala cara el individuo, al cual le faltaba un brazo. Sin saludar, fijó su mirada en el hermano menor y dijo: “¿Por qué me dejaste manco?” El muchacho lo negó, hasta que finalmente se dio cuenta de que el brazo que le faltaba correspondía con el pedazo de cola que le quitó al “culebro”. Entonces, el desconocido se transformó de nuevo en serpiente maldiciendo: “A partir de hoy, no faltará jamás manco, cojo, sordo o ciego en Iturriondobetia”. Luego se volvió a ocultar en el interior de la caverna.

En esta narración, a diferencia de la Herensuge, se añaden dos elementos novedosos: el hermano menor es puesto en evidencia, no sólo por agraviar a Sugaar, sino por no atender adecuadamente a sus mayores, faltas que quedan contempladas en las “leyes” de la Gran Madre y sus criaturas; además, el númen condena a su estirpe por su mala actuación. Este tipo de intervención también la observamos en algunas leyendas vinculadas a Mari, lo cual viene a reforzar el vínculo entre ambas divinidades.

Juan Inazio Hartsuaga apunta a que esta conexión entre el arquetipo de la Madre Tierra y el Dios Serpiente podría proceder de mitos pre-helénicos. El ejemplo más claro lo encontramos en los Pelasgos, pueblo indígena que habitaba en tierras griegas y que distintos arqueólogos han asociado a la cultura neolítica pre-indoeuropea. Según Apolodoro de Rodas, los dioses de los Pelasgos reinaron antes que los del Olimpo. Sus divinidades principales eran Ofión y Eurynome, cuyas relaciones sexuales dieron lugar a toda la creación. Podemos encontrar parejas semejantes en Oriente Próximo, como es el caso de Hedammu e Ishtar o Enki y Damkina.

El Dios Serpiente, al igual que la Gran Madre, también recibía ofrendas de los agricultores para que fecundara los campos. El poeta romano Propercio describe una de estas ofrendas, realizada en Lanuvium (cerca de Roma). El pueblo relataba que había un dragón que vivía en una sima cerca de la ciudad y que desde allí la protegía. Todos los años, en primavera, una doncella virgen debía descender al interior de la caverna con una cesta llena de comida. La criatura, tras abrir sus llameantes fauces, devoraba con ansia la ofrenda mientras las doncellas tiritaban de terror. Si la bestia consideraba que eran castas, regresaban sanas y salvas a su hogar, produciéndose una buena cosecha. Si no eran puras, las cosechas podían malograrse.

En esta narración no se menciona expresamente que las muchachas fueran engullidas, como ocurre en los relatos medievales, pero ya se dota de cierta hostilidad o malignidad a la Gran Serpiente.

La relación entre Sugaar y la fertilidad se aprecia bastante mejor en una leyenda medieval que sirve como legitimación del linaje de los señores de Vizcaya, que al igual que sucede en otros mitos europeos reciben parte de los dones o atributos de las deidades de las que descienden. Según la crónica de Lope García de Salazar (1454), Sugaar sedujo a la hija del rey de Escocia que se alojaba en Mundaka y la dejó embarazada, naciendo del fruto de esta unión Jaun Zuria (Juan, el Blanco), primer señor de Vizcaya (no histórico). Cuando el muchacho cumplió 22 años, los vecinos lo eligieron capitán de las tropas vizcaínas para que se luchase contra el hijo del rey de León. El príncipe de León había exigido enfrentarse formalmente a alguien de linaje real y, por esta razón, Jaun se convirtió en el candidato ideal. Finalmente, el enemigo fue derrotado en la batalla de Arrigorriaga y Jaun Zuria pasó a convertirse en el Señor de Vizcaya. Al morir el Señor de Durango, se casó con su hija, pasando a ser también gobernador de estas tierras, a quien concedió sus fueros. El sobrenombre de “blanco” haría referencia al blanco de su piel o cabello, es decir, que probablemente era albino, característica que en distintas culturas se consideraba mágica.

La primera versión documentada de la leyenda de Jaun Zuria, empero, se atribuye al conde portugués Pedro de Barcelós (1320). No obstante, autores como Andrés E. Mañaricua y J. Bilbao, opinan que el cronista no se basó en el precedente portugués, sino que los propios Señores de Vizcaya de la época fueron los informantes de Lope García de Salazar.

Tras este recorrido podemos evidenciar que la figura de Sugaar es más antigua que la de Herensuge y que existen notables diferencias entre ambas divinidades, dejando a un lado algunas semejanzas. A pesar de que actualmente se trata de un númen con su autonomía propia, su fuerte conexión con Mari lo relega a un papel de consorte y actualmente no existen apenas reminiscencias de su culto particular.

El único guiño que podemos apreciar en el folclore popular lo encontramos en la veneración a Santa Marta, hermana de Lázaro y mujer que hospedó a Jesucristo en su casa de Betania. Esta Santa, curiosamente, es patrona de las amas de casa, así como de las lavanderas, cocineras, sirvientas y gobernantas de casas de huéspedes. Se la representa precisamente con una saya roja y poniendo un pie sobre la cabeza de la serpiente. Las historias cuentan que salvó a un niño de las fauces de una gran serpiente (entendida como símbolo del mal), a la cual dominó con una serie de ensalmos o conjuros, haciendo uso de unas cintas o cuerdas e hisopo (Hyssopus officinalis). Estas cintas o ceñidores las podemos vincular a la leyenda de los dos hermanos. El hisopo, tradicionalmente, era y es utilizado desde antiguo para realizar limpiezas o purificaciones y también se administra como calmante pulmonar y gástrico. Adicionalmente, se usa para mejorar el estado de ánimo y devolver la energía vital (y sexual, en algunos casos), especialmente en las mujeres (elemento necesario para poder propiciar la fecundidad, si se está buscando la concepción).

Muchas Etxekoandreak (o Señoras de la Casa) acuden a esta santa buscando la protección de sus hogares, prendiéndole velas rojas o velas blancas con una cinta roja y haciendo una novena durante nueve martes seguidos (tres veces tres). Ocasionalmente, queman hisopo como ofrenda (presente que en realidad estarían entregando a la serpiente). Mágicamente, el martes está asociado al Marte romano, cuyo carácter pasional, combativo y colérico también podríamos atribuir a Sugaar.

 

 

La imagen de la portada es obra de Borja González Hoyos y puede encontrarse en el siguiente enlace: http://blogs.hoy.es/extremadurasecreta/2014/02/07/serpientes-legendarias-el-deslabon/.

Las ilustraciones de los númenes se encuentran en el libro “Mitologika: una versión contemporánea de los seres mágicos de Euskadi” de Aritza Bergara y Raquel Alzate

El cuadro de Jaun Zuria se titula “La jura del Señor de Vizcaya” y es de Anselmo Guinea (1882)

– La ilustración de Santa Marta es una pintura de José Rafael Garcés Sanches

Odolak baduela hamaridi parek baino indaar geihago

La identidad familiar posee un gran peso en la cultura y tradición vasca. Esa identidad y su finalidad, sin embargo, no viene marcada por los mismos patrones con los que describiríamos ahora la idiosincrasia particular de un grupo humano unido por lazos de parentesco.

Actualmente, funcionamos en base a una mentalidad bastante individualista, racionalista, apegada a la practicidad y a la satisfacción de necesidades variables e inmediatas. Las familias modernas, aunque preservan la interdependencia, la necesidad de intimidad y convivencia, así como el deseo de compartir un proyecto de vida en común, no tienen el mismo nivel de compromiso colectivo. Además, tienden a formar ecosistemas sociales cada vez más reducidos, a excepción de aquellas familias que dependen de los bienes de miembros de segundo o tercer grado para subsistir. Los roles dentro de la familia suelen estar, igualmente, más diluidos. Esto es así, fundamentalmente, porque las dinámicas sociales son cada vez más cambiantes ante la creciente diversidad en lo que a identidades y estilos de vida se refiere y dependemos cada vez más de las influencias externas del macrosistema para delimitar nuestro porvenir.

Por otro lado, nos vemos obligados a cambiar de residencia más frecuentemente por motivos económicos, profesionales o personales, lo cual no propicia que sintamos de forma natural una sensación de conexión con un territorio concreto. Mientras el lugar donde vivamos satisfaga unas mínimas condiciones de salubridad, confort y nos permita acceder a los recursos que necesitamos para nuestra vida diaria, es suficiente para muchos.

Empero, el pueblo vasco ha sentido un especial arraigo a la “patria chica”, aunque la carestía, el infortunio o las guerras obligaran a sus vecinos a emigrar en ciertos momentos. Las familias tradicionales no tendían a moverse demasiado del territorio porque concebían el mundo desde una perspectiva más naturalista, comunitarista y costumbrista. Confiaban en lo que la Madre Naturaleza disponía para ellos, la tomaban como modelo social favorecedor de un tribalismo unitarista e integraban el ecosistema físico y el orden psico-mítico y simbólico en su forma de vida, tal y como expone Ortiz-Osés en su teoría del matriarcalismo vasco.

Dentro de este sistema, Amalurra se situaba en el centro de todo y las necesidades particulares de sus hijos/as quedaban en un segundo plano. Esta idea, trasladada a la familia, implicaba que el territorio y la casa (símbolo evolucionado de la cueva primigenia) eran realmente los protagonistas: elementos de gran valor que debían custodiarse y preservarse y sin los cuales la familia perdía, no solo la capacidad de perdurar, sino de diferenciarse y cumplir con su propósito dentro de la comunidad. En otras palabras, la familia servía al territorio y a sus espíritus y de ellos recibía parte de sus elementos distintivos (nombre, signos característicos, habilidades e incluso poderes mágicos). En la medida en que respetaba las leyes de Mari y se preocupaba por mantener una relación de reconocimiento mutuo, respeto y devoción mediante ofrendas, promovía la intercesión de esos espíritus para garantizar su seguridad, bienestar, prosperidad, posición y permanencia a través de la transmisión del linaje y la propiedad. En resumen, su destino se encontraba íntimamente ligado al entorno natural y a la Etxea como núcleo de la vida familiar y espiritual.

La Etxea, como hemos adelantado, era mucho más que un habitáculo o un punto de encuentro. Representaba simbólicamente la morada de la Dama y también el vientre de la Madre Tierra. En consecuencia, la casa era considerada un espacio sagrado de gestación, nutrición y eterno retorno que debía cuidarse, tanto a nivel de limpieza y armonía, como de recursos materiales, humanos y espirituales. En términos de herencia, era indivisible y se legaba al hijo o hija primogénito/a, quedando para los/as hijos/as menores otros terrenos o posesiones (muebles, joyas, ropa, herramientas, vajillas, etc). La persona encargada de la gestión de la Etxea, por derecho, era la Etxekoandre o señora de la casa, cuyo título recaía en la mujer mayor de la familia. La Etxekoandre actuaba como representante de la Dama entre los mortales y, tal y como nos describe Barandiarán, era la encargada del culto doméstico, presidiendo todos los actos culturales, sociales y devocionales. Ella se ocupaba de mantener la higiene y “echar los malos aires” (alejar a Aide, genio del aire), atrayendo los buenos; bendecir a los habitantes de la casa, a los animales y a los cultivos, al menos, una vez al año; prender la lumbre y mantener siempre encendido el fuego del hogar; atender a los niños, los enfermos y los ancianos; propiciar las buenas relaciones entre los vecinos; rendir homenaje periódicamente a los antepasados (etxekojaunak) y mantener la comunión con los espíritus de la zona; preservar la tradición oral y las costumbres, educando a los miembros más jóvenes. En ausencia o incapacidad de la Señora de cumplir con estas obligaciones, recaían sus tareas en la hija mayor de la casa, en la hermana siguiente o en la Andereserora.

Como se puede apreciar, la Etxea no era un espacio únicamente destinado a cobijar a los seres humanos: tenía en cuenta a todas las criaturas vivas, a los difuntos y a las entidades invisibles. Era bastante común plantar un árbol junto a la casa que servía de conexión con las energías telúricas y, en ocasiones, éste pasaba a convertirse en símbolo de la propia casa o en elemento distintivo de la propia familia (escudo). Asimismo, muchos apellidos y solares vascos están asociados a un árbol típico de la zona (roble, encina, castaño, haya, manzano…), un animal (lobo, buey, águila, oso, jabalí, serpiente, abeja…), plantas (cardo, espino, boj, helecho, zarza, brezo, malva…) o a puntos concretos del territorio (monte, peña, zona rocosa, valle, fuente, era de trillar, camino en el bosque..). Otro detalle a considerar es que muchos baserri tenían colmenas y mantenían lazos estrechos con las abejas, hasta el punto de considerarlas miembros de la familia y contarles las novedades que acontecían en su vida. Todos estos datos nos permiten atisbar la estrecha relación que una vez existió entre los humanos y los espíritus del territorio, siendo estos quienes influían de una manera destacada sobre la construcción de nuestra identidad, nuestra experiencia y devenir en este mundo.

Comprender que somos resultado de la influencia del territorio, de la historia de nuestros antepasados y del poder de la transmisión de estos antiguos pactos mediante la sangre (“Hilo rojo” de la Señora), nos permitirá reactivar en nosotros lo que el autor Robin Artisson denomina “marca flamígera” (huella del Maestro sobre nuestra alma).

Desde mi humilde experiencia, reconectar con los lugares donde vivieron mis antecesores y con su historia, adentrarme en el simbolismo de los escudos territoriales y familiares (que no son otra cosa que mapas o llaves en forma de sigilos), alimentar una íntima relación con mis ancestros, reactivar la relación con los guardianes de los lugares y construir una convivencia armoniosa con los espíritus del hogar, han sido elementos clave para definir mis prácticas espirituales. Paralelamente, en la medida en que he regresado a la naturaleza salvaje y me he enfrentado a las sombras de mi propia alma, he podido comprender el peso y el sentido del totemismo vegetal y animal en la tradición vasca.

A pesar de todo el trabajo realizado hasta ahora, que no ha sido poco, soy consciente de que el mérito de haber avanzado en este sendero no ha sido realmente mío. Simplemente he recogido el testigo o la antorcha de aquellos/as que me precedieron y he tratado de honrar el poder de la sangre, que me conecta con mi tierra, con mi familia en un sentido extenso y con los Antiguos. Pues ellos son los verdaderos iniciadores en el camino de la brujería.

 

La fotografía de portada es obra de Natalia Deprina y fue recopilada a través de Pinterest: https://www.pinterest.es/Katincan88/natalia-drepina/?lp=true