Luzaideko Antropologia Kulturala-Etnografia Ikastaroa

La Sociedad de Ciencias Aranzadi (Aranzadi Zientzia Elkartea), en colaboración con el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide, desarrolló un Curso Práctico de Antropología Cultural y Etnografía con un completo programa de actividades en este municipio del Pirineo Navarro durante la segunda quincena de junio, en el que tuve el honor de participar.

Para quienes no conozcan la historia y trayectoria de Aranzadi, es preciso comentar que esta institución sin ánimo de lucro se fundó en 1947 tras la supresión de la Sociedad de Estudios Vascos durante el franquismo. Su intención era y sigue siendo continuar la labor de investigación del medio natural y humano en Euskal Herria. Su nombre toma el apellido de uno de sus fundadores y miembros más ilustres: el antropólogo, etnólogo, botánico y zoólogo Telésforo de Aranzadi Unamuno (1860-1945). Este personaje dirigió la primera campaña de excavaciones en los dólmenes de Aralar junto a José Miguel de Barandiarán y Enrique Eguren entre los años 20 y 30. Antes del estallido de la Guerra Civil Española, se unió a este primer equipo Julio Caro Baroja. Posteriormente, personalidades de distintas disciplinas y ámbitos de la cultura se convirtieron en miembros destacados, como es el caso de Jesús Elósegi, Eduardo Chillida, Manuel Laborde, Joaquín Gómez de Llarena, Ramón Margalef o Félix Rodríguez de la Fuente, entre otros. En la actualidad cuenta con unos 1700 socios y 14 departamentos. Entre sus publicaciones periódicas destacan las revistas Aranzadiana y Munibe.

La formación que tuvo lugar en Luzaide fue inspirada por un proyecto pionero de investigación y preservación del patrimonio etnográfico denominado “Zaharkiñak”, dirigido por Fermín Leizaola, Director del Departamento de Etnografía de Aranzadi y discípulo del Aita Barandiarán. Dicho proyecto fue iniciado en Andoáin en 1989 con el apoyo económico de la Diputación Foral de Guipúzcoa y la colaboración del Ayuntamiento y los vecinos del municipio. Consistía en la cesión temporal de objetos privados antiguos sacados de caseríos, bordas, talleres y astilleros con el fin de registrar, restaurar y dar a conocer elementos pertenecientes a modos de vida y costumbres extintas o en vías de desaparición.

Esta iniciativa tuvo 17 ediciones posteriores en diferentes localidades de la geografía vasca, en las cuales se realizaron exposiciones temporales in-situ como una alternativa a la musealización tradicional. Gracias a ella se catalogaron e investigaron amplias colecciones de objetos (más de 25.000 piezas). No obstante, lo más valioso fue conseguir la sensibilización de la comunidad hacia la riqueza de su legado histórico y la necesidad de preservarlo, la puesta en valor de sus rasgos identitarios como pueblo para que fueran transmitidos a las siguientes generaciones, así como su implicación activa en la dinamización cultural y civil en espacios públicos. Otro de los aspectos destacables del proyecto es que, durante el proceso de recogida y documentación de las piezas, se registraban los nombres de las mismas en la lengua vernacular del lugar, así como las historias ligadas a cada una, lo cual permitía refrescar y conservar el vocabulario autóctono junto a sus usos y significados (ver más aquí: https://www.ankulegi.org/wp-content/uploads/2012/03/0312Leizaola.pdf) .

Partiendo de los mismos fundamentos y nutriéndose de la experiencia de Leizaola, Suberri Matelo Mitxelena, miembro activo del Departamento de Arqueología de Aranzadi y colaborador del Departamento de Etnografía, tomó la iniciativa de diseñar y coordinar un nuevo proyecto de “recuperación patrimonial” y “concienciación comunitaria” en estrecha colaboración con el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide, contando con la financiación de un Programa de Desarrollo Rural. Dicho proyecto podríamos dividirlo en dos estadios: la organización de un curso práctico de antropología cultural y etnografía con trabajo tutorizado de campo, complementado con charlas teóricas impartidas por expertos de diversas instituciones y visitas culturales guiadas por miembros representativos de Aranzadi; una exposición de los objetos vinculados al patrimonio de la localidad que tendrá lugar en el edificio que sirvió como antigua Casa de las Monjas y escuela infantil.

El domingo 17 de junio la mayor parte del grupo nos encontramos en la plaza del pueblo y seguidamente nos instalamos en una de las habitaciones del albergue de peregrinos, la cual fue reservada amablemente por el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide para nuestro hospedaje. Posteriormente, comimos en el restaurante Ardandegia, propiedad de Fernando Alzón, alcalde de la localidad y excelente cocinero. Allí tuvimos espacio para charlar distendidamente mientras degustábamos la exquisita comida casera de nuestro anfitrión. A su vez, tuvimos ocasión de conocer con más detalle de los entresijos de las labores que íbamos a realizar en los días siguientes. Por la tarde, una de nuestras compañeras, Nuria, valcarlina de nacimiento, nos llevó a dar un paseo por el pueblo para irnos familiarizando con sus rincones, las familias vinculadas a cada casa y las actividades económicas del lugar, mientras nos contaba historias de su infancia y juventud. A las 19h Suberri inauguró oficinalmente el curso con la presentación pública del proyecto en la sede del Ayuntamiento.

El lunes 18 de junio a las 9h nos reunimos con el resto de compañeras/os en la sede de la asociación Argiola (cedida por el Ayuntamiento) a fin de que todas/os estuviésemos convenientemente informadas/os de los objetivos del proyecto, las tareas a desarrollar y los procedimientos vinculados al trabajo de campo. Tras la reunión, acudimos a casa de la concejala Elena Goñi, que fue nuestra primera colaboradora, además de nuestra madrina y enlace diplomático para gestionar las relaciones con los vecinos/as voluntarios/as que abrieron las puertas de sus casas para nosotros/as y aportaron objetos significativos de la historia de su familia y su pueblo.

En nuestra primera recogida de datos y piezas trabajamos en parejas para rellenar los distintos campos de las fichas de catalogación de piezas. También tomamos fotografías de los objetos y filmamos, con el consentimiento de la participante, parte del proceso y de las narraciones que surgieron de cada uno de ellos. Al final de la visita, se entregó el correspondiente documento de cesión en el que se indicaba el listado de las piezas recogidas para su estudio y restauración, así como las cláusulas donde se estipulaba que los/as propietarios/as podrán solicitar en cualquier momento el retorno de estas. Después procedimos al traslado de las mismas al local de Argiola y el resto de la jornada la dedicamos a afianzar el sistema de catalogación y a tomar contacto con el software informático para digitalizar las fichas en papel.

El rato de descanso que tuvimos antes de la primera ponencia algunas lo dedicamos a dar un refrescante paseo por el bosque hasta llegar a uno de los caseríos que se encuentran antes de tomar el camino al paso canadiense. Como no conocíamos el sendero, pedimos asistencia a un mozo que estaba alimentado a sus ovejas. Nuria, muy resuelta, preguntó al joven el nombre de la casa y recordó que conocía a la familia. Finalmente, la Etxekoandre salió del caserío y nos invitó a pasar, mostrándonos los bellos rincones de su hogar. Le pusimos al tanto de nuestra labor en el pueblo y estuvimos charlando animadamente. A nuestro regreso, presenciamos el entierro de uno de los vecinos en el cementerio local y escuchamos los melodiosos cantos del coro de hombres que acompañaban al cortejo que le estaba dando sepultura.

A las 19h David Mariezkurrena, Director de la revista Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra, nos deleitó con una conferencia sobre “Mitos y leyendas en la tradición oral de Luzaide”, donde hizo mención a los trabajos precursores en esta materia de Resurrección Mª de Azkue (Fundador de la Real Academia de la Lengua Vasca y miembro de la Sociedad de Estudios Vascos) y José Mª Satrústegui (antropólogo, etnógrafo y sacerdote de Luzaide durante más de una década), así como a la pervivencia de algunas leyendas sobre Mari, Herensuge, las Lamiak, el Basajaun, Tartalo, Inguma, las Sorginak, el Judu Erratia (Judío Errante) o animales que se consideran sagrados (abejas, mariposas, mariquitas, arañas, cuco, gallo…) o maléficos (lagarto, serpiente, gatos, perros aulladores…). Asimismo, se mencionaron algunos ritos de folklore popular llevados a cabo en fechas señaladas como la Candelaria, la Cruz de Mayo, San Juan, el Día de Todos los Santos o el Solsticio de Invierno. En el próximo artículo, me gustaría abordar con más detenimiento este tema, partiendo de las notas tomadas en la charla y de los textos de los autores mencionados, por la relevancia que tienen aún hoy estas creencias en la mentalidad de algunos vecinos/as mayores que se enorgullecen de que su Etxea se encuentre junto a una de esas moradas mágicas o conservan la memoria de esos relatos para poder transmitirlos a generaciones futuras.

El segundo día de trabajo de campo fue intenso pero muy gratificante. Varias vecinas y vecinos del barrio de Gañekoleta mostraron una entusiasta colaboración e incluso nos recompensaron con un gentil refrigerio. Para mí quedará el recuerdo de esos magníficos hogares, con suelos de madera de roble, amplias chimeneas adornadas con pucheros antiguos que ahora sirven de jarrones y hermosas piezas de cobre amarillo, el mobiliario rústico tradicional de la zona y los “sabaiaos” llenos de tesoros dormidos a la espera de ser rescatados. Debo confesar que quedé gratamente asombrada del mimo con el cual conservaban algunos de esos objetos y de algunos de los relatos personales que emanaron de ellos. Incluso surgió naturalmente una referencia a una aparición de un difunto hace un par de años que me resultó fascinante, siendo una entusiasta de estos temas que escapan a la realidad ordinaria.

Aquella tarde, una vez finalizados los trabajos, volvimos a visitar el barrio ya que nos hablaron de la posibilidad de bañarnos en una regata que hay al otro lado de una cueva. Personalmente tenía una especial curiosidad por el lugar porque David Mariezkurrena había hecho referencia a relatos que mencionaban manifestaciones de un númen en esa zona. Solo puedo decir que el lugar era una delicia y que efectivamente sentí una vibración especial allí, además de apreciar ciertas señales que no escapan a los ojos de aquellas que vemos más allá de lo evidente.

A las 19h Xabier Kerexeta, historiador y etnógrafo al que vengo siguiendo desde hace un tiempo a través de su blog “Kalegoi”, realizó una interesante exposición sobre “Microterritorios transfronterizos”, diferenciando las unidades administrativas religiosas de los municipios civiles y poniendo distintos ejemplos de la gestión y convivencia de lugares fronterizos como Luzaide- Arneguy, Irún-Hendaya, Roncal-Baretous, Xareta (Zugarramurdi, Sara, Ainhoa, Urdazubi), Baztán-Baigorri, Aran-Pallars Sobirá o Andorra.

El tercer día estuvimos trabajando con tesón en el barrio de Azoleta, donde sus vecinos/as nos trataron con la misma hospitalidad y buena disposición que veníamos recibiendo desde el primer momento. El Etxejaun y la Etxekoandre de una de esas casas que sirven de frontera a uno de los enclaves míticos de la zona fueron especialmente atentos con nosotros. Ambos, en distinta medida, me ayudaron a profundizar en el simbolismo y sentido de ciertas manifestaciones del folclore popular como las cruces de laurel, el sonido de las distintas tipologías de cencerros, el uso de las velas y su cera que son bendecidos el día de la Candelaria, la plantación de ciertos árboles y plantas junto a la casa así como la evitación de otras especies vegetales, la utilización de las aguas de distintas fuentes y los rituales funerarios propios del municipio.

En la primera parte de la tarde, estuvimos etiquetando y limpiando algunas piezas. En la segunda parte de la tarde, asistimos a la primera de las conferencias que Fermín Leizaola impartió como contenido teórico del curso y que versó sobre la cocina tradicional con su equipamiento. En ella habló de la evolución del centro del hogar a lo largo de la historia, desde el fogón bajo (“bekosue” o “sukileku”), pasando por la chimenea pirenaica o de tambor fálico, continuando con la cocina con escaño o “zizailu” abatible, siguiendo con la cocina económica, hasta llegar a la moderna cocina de inducción. Entre los objetos destacados, no podía faltar la “laratza” o cadena del “llar”, la “neskatua” o criada (soporte de hierro), el “suburni” o pieza de metal para apoyar los troncos, el “auzpoa” o fuelle, el “suondoko” o sujeta-pucheros, la “pertxa” o caldero de cobre, la “ferreta” o contenedor de agua de boca, el “kriseiu” o candil de aceite, los candelabros con “ascensor” o el “motrailu” (almirez). También mencionó algunas técnicas de lavado de la ropa como la “lisibación”, utilizando un lienzo de lino y ceniza apagada (o “sosa le blanc”) y mostró varias planchas de carbón. Si queréis conocer estos objetos en vivo y en directo, os recomiendo que estéis pendientes de las publicaciones web de Aranzadi a partir de septiembre (fecha prevista de la inauguración de la exposición en la Seroren Etxea o Casa de las Monjas). De todos modos, procuraré manteneros informados a través de las noticias del blog.

Desde la tarde del miércoles hasta la tarde del sábado tuvimos el gran privilegio de contar con Fermín Leizaola como tutor del grupo de 11 alumnas/os, además de que ejerciera de conferenciante y guía en la primera de las excursiones programadas para visitar los hórreos del Valle de Aezkoa. Con él compartimos tareas, convivencia, anécdotas y aprendizajes. Las lecciones ejemplares de humildad, sabiduría, genialidad y compromiso que recibimos de él fueron de un valor incalculable. De él también aprehendimos unas orientaciones básicas para llevar a cabo investigaciones etnográficas, profundizando en técnicas como: la elaboración de cuestionarios, la conducción de una entrevista, la observación participante, el registro de los objetos y su historia, el siglado, la descripción y categorización de las piezas, así como el análisis de las mismas. Asimismo, comprendí e interioricé que la etnografía es una ciencia interdisciplinar y poliétnica donde, en palabras de Barandiarán, “lo no vivido, es difícilmente interpretado”.

A primera hora de la mañana del jueves fuimos a recoger piezas a otro caserío. Luego Fermín Leizaola impartió una clase magistral que fue seguida de varias actividades tutorizadas en las cuales se implicó totalmente, dando ejemplo. Por la tarde, continuamos con las tareas de etiquetado, descripción, catalogación y limpieza de las piezas. A las 19h, Fermín realizó una presentación sobre el pastoreo en Euskal Herria, tema en el cual es un gran experto. Inició su exposición hablando del hito que supuso para la raza humana la domesticación de ciertos animales y citó algunas evidencias encontradas en la Cueva de los Osos, la Cueva de Arenaza o la Cueva de Marizulo, entre otras. Posteriormente, vinculó lingüísticamente el término “ari” (preindoeuropeo), con el vocablo “abere” (riqueza/ganado) y la palabra oveja (“ardi/a”). Después hizo referencia a la existencia de restos de cabañas o “txabolak” de pastores junto a dólmenes como Jentilarri, Trikuarriak o Tregoarriak, costumbre que se ha mantenido hasta hace pocas décadas. A continuación, clasificó las tipologías de chabolas en tres categorías: las de la zona de Aralar, Aitzgorri y Urbasa, las ubicadas en el entorno del Gorbea y las Pirenaicas. En lo que respecta a las ovejas, se focalizó en los diferentes marcados de las orejas, en los tipos de ocres o sellos hechos a fuego vivo y en las tipologías de cencerros con sus badajos o “mingai” (lengua) para poder reconocer el rebaño o un miembro en concreto por el sonido.

Otro aspecto interesante que tocó fue el uso de los cencerros como elemento de protección y el “suharri” o piedra de sílex, la famosa “piedra de rayo” que se utiliza junto a la “ardagaia” (seta) y un eslabón para hacer lumbre en los fogones bajos de los pastores, además de como elemento mágico vinculado al control del tiempo atmosférico. Finalmente, se abordó el aspecto económico de la venta de carne, lana y consumo de productos lácteos. Entre los instrumentos asociados a esta actividad, encontramos objetos cotidianos como el “kaiku” (recipiente para ordeñar y recoger la leche), la “abatza” o molde para fabricar quesos y la “oporra” o tazón para tomar la leche acompañada de talos (torta de maíz típica de Euskadi y que probablemente se importó de América del Sur). En cuanto a vestimenta, señaló el “irasko” o espaldero, confeccionado con piel de macho cabrío capado.

El viernes trabajamos en dos grupos: unos continuamos siglando, clasificando y documentando las piezas, mientras otros seguían con tareas de limpieza, lijado y tratamiento de los objetos. Después cambiamos de actividad para que pudiéramos aprender a hacer de todo. Dentro del equipo había algunas personas que tenían más experiencia y fueron las que ejercieron de tutoras con los que no teníamos entrenamiento previo. De ese modo, se aseguraba tanto la calidad de los procedimientos como se posibilitaba un aprendizaje con una progresiva autonomía. Poco a poco la dinámica de los trabajos de campo iba cogiendo un mayor rodaje y todos/as estábamos cada vez más motivados/as al ir viendo los resultados.

Por la tarde, Xabier Irujo, Director del Centro de Estudios Vascos en la Universidad de Nevada y profesor en esta misma institución, impartió una ponencia sobre la revisión que llevado a cabo sobre la batalla de Errozabal o batalla de Roncesvalles (778) y aprovechó el viaje para presentar el libro que recoge sus hallazgos en Luzaide en compañía de Juantxo Agirre, secretario de Aranzadi. En su discurso argumentó que este enfrentamiento no fue una mera escaramuza en la que las tribus vasconas, apoyadas por musulmanes, atacaron la retaguardia del ejército carolingio comandada por Roldán. Tras el análisis en profundidad de seis textos principales en latín que describen el suceso, ha llegado a la conclusión de que la contienda fue una batalla campal y decisiva (certamen), liderada por tropas vasconas (sin intervención de ningún sacarraceno) que aprovecharon en su favor la dificultad de paso del terreno y el cansancio del enemigo. Ésta se produjo durante varios días a lo largo de los 33 km que separan Zubiri de Luzaide, ya que en una calzada de unos 4-5 metros de ancho era inviable hacer pasar en formación a un ejército de algo menos de dos legiones que estaba huyendo con lo que habían saqueado en el asedio de Pamplona. La mayoría de las fuentes consultadas coinciden en que el enfrentamiento final tuvo lugar en la zona de Ibañeta, entre el llano de Errozabal y Luzaide, muy probablemente en el puerto de Zize. Recientemente se han descubierto unos miliarios y restos de una vía romana en el entorno de Ibañeta, lo cual representa un indicio muy relevante que apoya la existencia del paso de Zize.

Otro de los puntos a destacar de la investigación de Irujo es que sostiene una posible alianza entre Otsoa Lupus II, Duque de Aquitania, y un cabecilla vascón llamado Eneko, cuñado de Ximen el Fuerte y seguramente gobernante de Pamplona y su comarca. Fuentes árabes, además, mencionan que Eneko falleció en el año 820. Su hijo fue Eneko Aritza (más conocido como Iñigo Arista), primer rey de Pamplona.

El hecho de que las primeras crónicas sobre la Batalla de Roncesvalles se escribieran tras la muerte de Carlomagno nos lleva a pensar que se trató de una vergonzosa derrota en la que el rey franco dejó tirado a su propio ejército, hecho que debía ser ocultado a toda costa. Así pues, la “Chanson de Roland” (escrita en el S.IX) no fue otra cosa que una maniobra de manipulación política, adornada poéticamente, para limpiar el nombre de Carlomagno y otorgar un final épico a los caídos en batalla. Un engaño que ha durado siglos y que ha beneficiado a mucha gente, mientras que los verdaderos héroes y sus descendientes han quedado en la sombra.

Si os interesa saber más sobre el estudio que se ha hecho sobre este acontecimiento, os animo a leer “778: La batalla de Errozabal en su contexto histórico” de Xabier Irujo, publicado en la editorial vasca Ekin: http://editorialvascaekin-ekinargitaletxea.blogspot.com/ Asimismo, Juan Mari Txoperena participó en la filmación de un documental sobre la contienda llamado: “778: La Chanson de Roland” (Canal Historia). No obstante, se habilitará un espacio expositivo específico en la Casa de la Monjas de Luzaide para mostrar a los visitantes un resumen de este hecho histórico, incorporando los nuevos descubrimientos que se han realizado en torno a él.

El sábado 23 de junio realizamos una ruta guiada por Fermín Leizaola para conocer los hórreos (“garaiak”) del Valle de Aezkoa (Merindad de Sangüesa). Este lugar es uno de los más bellos de la Navarra Pirenaica y conserva 15 de los 22 hórreos de la Comunidad Foral. Nosotros visitamos 14 de esos 15 hórreos, ya que el último se encuentra en mal estado de preservación. Empezamos el trayecto en la localidad de Garralda, hogar de nuestra compañera Kontxesi y de José Etxegoien (historiador). José Etxegoien tuvo la amabilidad de invitarnos a pasar a su casa y nos mostró, entre otras cosas, una gran fotografía del gran incendio que asoló casi todo el municipio en 1898. Igualmente nos enseñó otras fotografías y objetos que forman parte de la historia de su familia y el valle.

Posteriormente, Fermín nos explicó las características particulares que distinguen a los hórreos aezkoanos frente al hórreo de Masamiguel y nos habló de las políticas de conservación que se habían llevado a cabo a lo largo de los años, no carentes de complicaciones. Seguidamente, nos trasladamos a Aribe. Allí se encuentra el hórreo de Domench, que ha sufrido varias modificaciones que lo han convertido en una casa de dos plantas, aunque aún se puede apreciar parte de la estructura original con sus “tornarratos”. Después acudimos a Aria a visitar 3 de los 4 hórreos que aún perviven. Allí realizamos una parada para almorzar junto a la iglesia y tuvimos oportunidad de visitar el camposanto, en el cual había algunas tumbas en forma de estelas discoideas.

A continuación, viajamos a Orbaizeta, conocida por su fábrica de armas, a ver tres hórreos más. El que más me gustó fue el de Primorena, que se encuentra situado entre dos calles y separado de la casa. La curiosidad de esta construcción es que la manilla de la puerta tiene forma de salamandra y conserva un “eguzkilore” en sustitución de la enramada de laurel y espino blanco que se solía colocar en el dintel para proteger el grano de las tormentas. Seguidamente, retrocedimos hasta Orbara para conocer el hórreo de Jabat, que conserva seis de los ocho “tornarratos” originales.

Proseguimos nuestro camino y llegamos a Garaoia, donde el propietario del hórreo de Maisterra nos invitó a entrar en el interior del edificio para ver los contenedores donde se guardaba el grano. Algunas aprovechamos la ocasión para ir a la iglesia y visitar el camposanto, que también contiene algunas estelas discoidales. Finalmente, arribamos a Hiriberri, último punto de la ruta, donde contemplamos cuatro hórreos más. El más interesante, para mi gusto, es el que se encuentra cerca de la iglesia.

Para aquellos/as que estéis interesados/as en conocer más sobre esta temática, recomiendo la lectura del artículo “Contribución al estudio del hórreo en la Navarra Pirenaica” de Fermín Leizaola, junto a dos artículos más de José Etxegoien: “Hórreos de Navarra” y “El hórreo en Euskalherria”. Igualmente, podéis ver un vídeo de los hórreos de Aezkoa en el siguiente enlace: https://youtu.be/ArzRz9EK7To

La tarde del sábado, tras una copiosa comida con una larga sobremesa en Burguete/Auritz, nos fuimos a festejar el Solsticio de Verano a Donibane Garazi (Saint-Jean-de-Pied-de-Port), aunque una servidora se retiró antes para recoger discretamente las plantas mágicas que se recolectan en esta fecha señalada.

La mañana de San Juan nos permitieron entrar a la iglesia de Luzaide antes de que comenzase la misa e iniciásemos nuestra siguiente excursión a la borda y dolmen de Epersaro, atravesando el Infernuko Erreka (Regata del Infierno), guiados por Juan Mari Martínez Txoperena y su esposa. Juan Mari, a pesar de trabajar como restaurador profesional, ha sido un gran colaborador del Departamento de Arqueología de Aranzadi durante más de 30 años. Su gran afición siempre ha sido el megalitismo y es una de las personas que mejor conoce el dolmen Epersaro y el cercano túmulo de Zubibeltzeko (Barrio del Bixkar) así como sus alrededores, ya que fue él quien los descubrió en 2014 junto a Rafa Zubiria. Aprovecho para animaros a leer su blog si sois entusiastas de esta materia: http://megalitos.txoperena.es/

El camino para llegar al dolmen comienza en el kilómetro 53 de la carretera N-115. El sendero discurre a través de un frondoso hayedo. Luego hay que sortear un salto de agua que, si ha llovido bastante, puede estar muy empantanado y dificultar el paso. El camino acaba en una pequeña borda de piedra abandonada que se encuentra junto a un roble alcanzado por el rayo. A partir de ahí hay que andar unos 200-300 metros hasta el dolmen, atravesando zarzas, helechales y algunas matas de digital o dedalera (ojo con ella, no la cojáis alegremente sin tener conocimientos de etnobotánica). No es recomendable que hagáis este camino a finales de otoño o en invierno por la inclinación del terreno y la cantidad de vegetación que se forma. Todo aquel que quiera hacer esta ruta debe ir convenientemente equipado (no ir con “playeras”, ni con pantalón corto ni zapatillas de deporte que no agarren bien el pie y tengan una buena suela). Y, por supuesto, recordad que un dolmen es un monumento funerario con gran valor patrimonial y un carácter sagrado. Se ruega encarecidamente no fumar en el lugar ni arrojar basura, además de tener una actitud respetuosa hacia el monumento y el territorio que lo rodea. Los Gentilak, el Basajaun y el resto de las criaturas que habitan la zona os lo agradecerán. A continuación, os dejo el enlace a un vídeo donde podréis contemplar la belleza de este yacimiento prehistórico: https://youtu.be/hF_9Qk3geQg

Aunque no estaba previsto, Juan Mari nos condujo al puerto de Ibañeta para contemplar el valle desde otro punto de vista y hacer una pequeña explicación sobre las excavaciones de la vía romana. Si queréis aproximaros a las investigaciones que se llevan desarrollando en torno a la calzada del Pirineo desde el 2008, Aranzadi publicó a finales del 2017 un libro titulado “Jornadas sobre las calzadas romanas en la Antigüedad”. Asimismo, se ha editado una separata denominada “La vía de Hispania a Aquitania en el paso del Pirineo por Ibañeta. Resultado de la investigación sobre la calzada romana desde Campo Real – Fillera a Donezaharre”.

El lunes 25 de junio por la mañana reanudamos los trabajos de campo. Un grupo fue a recoger más piezas a otros caseríos mientras los demás nos quedábamos limpiando y restaurando objetos en el local de Argiola. Hicimos un descanso a mediodía y una vecina se acercó a ofrecernos algunas piezas que ella consideró que podían ser interesantes para la catalogación y exposición. Parece que se estaba corriendo la voz entre la comunidad sobre las labores que se estaban realizando y se fueron sumando, inesperadamente, nuevas piezas a la colección, lo cual era una tremenda alegría. Por la tarde, todos/as dedicamos un rato a tareas de tratamiento de piezas. En el descanso, antes de la ponencia, unos se fueron a refrescar al río y otros a comprar a la carnicería Arrosagaray (parada obligada para todo visitante de Luzaide).

A las 19h José Etxegoien nos ofreció un interesante y didáctico recorrido por la historia de Luzaide desde que se menciona el lugar por primera vez en un documento del Archivo de la Colegiata de Roncesvalles en 1234 hasta la actualidad. Desde el primer momento, Valcarlos destacó por las ventas existentes para albergar a los peregrinos que realizan el Camino de Santiago, así como por el pastoreo de la ganadería y la caza. Posteriormente, se instalaron 4 o 5 herrerías, entre las que destacaron las de la Reclusa o la de Navarrola. En el S.XIII se construyó una torre defensiva en Luzaide, que se perdió hacia el 1479. Posteriormente, Fernando el Católico, en su campaña de conquista del Reino de Navarra, construyó un castillo en el Camino Alto.

Valcarlos, como zona transfronteriza sufrió el impacto de diversas tensiones políticas y socio-económicas. Primero, entre 1400 y 1615, aguantó las escaladas de poder por el control de los pastos entre el Vizconde de Erro y el Vizconde de Echauz apoyado por la nobleza de Baigorri. Después estalló la guerra entre Francia y España en 1635. Más tarde, aconteció la Guerra de Convención el 1793, proseguida de una terrible epidemia el 1794 y un incendio en 1795 que arrasó con casi toda la población de Luzaide. En 1808 estalló la Guerra de la Independencia y los ejércitos de Napoleón se nutrieron del pillaje en Valcarlos, Aezkoa y Salazar. En 1822, se inició la Primera Guerra Carlista y, en 1834, Zumalacárregui conquistó la fábrica de armas de Orbaizeta. Por tanto, la zona se convirtió en campo de batalla para ambos bandos. En 1849 empezó la Segunda Guerra Carlista, sufriendo este territorio una suerte similar a la de la primera. Teniendo en cuenta estos factores, es lógico que el contrabando se convirtiera en una actividad principal para la supervivencia de los vecinos.

A principios de 1900, pareció levantar cabeza gracias a la instalación de la fábrica de ocre y la central eléctrica. No obstante, en 1920 desapareció la minería como recurso económico. En su momento, hubo un hotel, un balneario y un cine, pero estas propuestas del sector servicios acabaron fracasando. Entre los años 20 a los 60 empezó a despoblarse la zona, perdiendo su estructura comunitaria. Actualmente, el Alto Pirineo Navarro es el territorio con menor población de toda la Comunidad Foral. De ahí que sea tan importante promover iniciativas que reactiven la economía y el crecimiento poblacional ya que, de otro modo, recursos como la escuela rural local desaparecerán. En este sentido, José Etxegoien transmitió un mensaje reivindicativo para concienciar de la gravedad del problema y animar a la cooperación comunitaria entre las instituciones y los/as vecinos/as de los diversos valles.

El martes 26 de junio fue un día de intenso trabajo que mereció mucho la pena. Al igual que el día anterior, por la mañana nos repartimos en dos grupos: unos se quedaron realizando tareas de restauración y los demás fuimos a recoger piezas a otro de los barrios del pueblo. En esta ocasión tuvimos la oportunidad de incorporar a la colección interesantes piezas de un taller de “eskalapinek” (zuecos de madera) que documentó el investigador Juan Garmendia Larrañaga en los años 70. La fabricación de este tipo de calzado es un oficio artesanal tradicional que está prácticamente desaparecido y poder preservar estos objetos es de una relevancia absoluta.

Antes de comer, hicimos una parada para ver por dentro la Casa de las Monjas y estuvimos haciendo una lluvia de ideas a fin de recoger propuestas de cara a organizar los distintos espacios de la exposición. En la primera parte de la tarde, todos/as trabajamos con ahínco en labores de tratamiento de piezas. Nuestros avances se iban haciendo cada vez más manifiestos y eso alimentaba la implicación del grupo.

En la segunda parte de la tarde asistimos a una conferencia sobre el reconocimiento de los Inauteriak (Carnavales) y sus danzas como bien de interés cultural por su valor patrimonial inmaterial, impartida por Mikel Ozkoidi y Karlos Irujo. Entre estas manifestaciones singulares del folklore popular del Alto Pirineo Navarro podemos incluir los carnavales de Ituren y Zubieta (Valle del Baztán), los carnavales de Lantz (Valle de Anue), pero también los Bolantzak (Volantes) de Valcarlos. Dado que abordé ampliamente este tema en otro artículo (febrero de 2018), os remito a la publicación en papel de estos autores que podéis encontrar en Elkar por si queréis profundizar en él: https://www.todostuslibros.com/autor/ozkoidi-perez-mikel-irujo-asurmendi-karlos

El miércoles 27 de junio se realizó una nueva recogida de objetos, entre ellos una de las piezas estrella que se exhibirán como parte del mobiliario de la cocina tradicional pirenaica en la Casa de las Monjas. No quiero dar más detalles para no quitarle emoción al asunto… Asimismo, se continuaron las labores de restauración. Ese día no se programó ninguna conferencia, pero el grupo pudo degustar “gâteau basque” traído de Donibane Garazi como parte de la celebración de cumpleaños de una servidora.

Debido a compromisos familiares ineludibles, tuve que ausentarme del curso antes de su cierre el viernes 29 de junio. Mis compañeras/os dedicaron los últimos dos días a finalizar los trabajos de reparación de las piezas y avanzar en la digitalización de las fichas. El total se consiguieron reunir y documentar 370 piezas relacionadas con la cocina tradicional, los trabajos agrícolas, los oficios antiguos y las creencias mágico-religiosas de Luzaide. Nada de esto hubiera sido posible sin la estrecha colaboración vecinal y el gran apoyo recibido de los representantes del Ayuntamiento de la localidad.

La charla del jueves 28 de junio versó sobre la Etxea o casa tradicional y fue conducida por el profesor y escritor Juan Carlos Etxegoien (alias Xamar, haciendo honor a la casa Xamarrena de Garralda). El contenido de esta exposición podéis encontrarlo en su libro “Etxea- ondarea, historia, mintzoa”, publicado en 2016 por la editorial Pamiela y disponible en Elkar: https://www.elkar.eus/es/liburu_fitxa/etxea-ondarea-historia-mintzoa/xamar/9788476819678 Para los no vascohablantes, comentar que se está trabajando en un traducción del texto en castellano para hacerlo accesible a un público más amplio.

Por último, la ponencia del viernes 29 de junio, impartida por la filóloga y miembro de Ikerfolk Ane Albisu, giró en torno a la vestimenta festiva tradicional y su historia a lo largo de 100 años. La conferenciante ilustró parte de su discurso con varios trajes tradicionales e indumentaria de carnaval que se encontraban ya expuestos en la sede del Ayuntamiento de Luzaide, a los cuales se sumaron una “manteleta” de mujer y una “kapa” funeraria de hombre que los vecinos cedieron. En 2008, Ane publicó los resultados de un exhaustivo estudio realizado sobre la vestimenta tradicional vasca y su historia cuyo título es: “Atondu. XXI. Menderako proposamenta (Ondarea)”. Su libro puede adquirirse a través de Amazon: https://www.amazon.es/Atondu-XXl-Menderako-proposamena-Ondarea/dp/8497833457 Aquellos que no sepáis euskera, podéis leer un resumen en el siguiente artículo de Euskonews: http://www.euskonews.com/0359zbk/gaia35901es.HTML

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El cierre del curso no podía ser otro que una buena cena en la sede de la sociedad gastronómica de Luzaide, orquestada por el concejal Michel Granada, a quien hay que premiar su disposición para asegurar el disfrute de una agradable velada.

Para poner el broche final a esta crónica de mis vivencias valcarlinas, quisiera agradecerle al universo y a los espíritus del territorio que se diera la feliz sincronicidad de enterarme tres semanas antes del inicio del curso que una parte de nuestro linaje vivió durante algún tiempo en Luzaide. Gracias a mi prima María Artal, a que renuncié voluntariamente a la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo y a la valentía de tirarme a la piscina sin la seguridad de que me admitirían en el curso, tuve una de las mejores experiencias de mi vida. También quiero agradecer a Suberri Matelo, coordinador del curso, que me diera la oportunidad de participar y aprender junto a un grupo maravilloso de personas a las que guardo con cariño en mi corazón. Igualmente, deseo hacer una mención especial a mis compañeras/os de viaje: Leire, Iratxe, Aran, Jokin, Kontxesi, Kristina, Klara, Zuriñe, Nuria y Eduardo. Mil gracias por los buenos momentos que hemos pasado juntos y por todo lo que hemos compartido. Espero que nos volvamos a encontrar pronto.

Fotografías

La mayor parte de las fotografías fueron tomadas por la autora del blog

Las fotografías nº 4, 6 y 12 han sido extraídas de la noticia publicada sobre el curso en la web de Aranzadi: http://www.aranzadi.eus/etnografia/antropologia-cultural-en-luzaide

Las ilustraciones del puente internacional del Barrio de Pekotxeta y de los Bolantak son parte de una publicación de José Mª Satrústegui sobre el grupo doméstico de Valcarlos: http://www.vianayborgia.es/bibliotecaPDFs/CUET-0002-0000-0115-0213.PDF

 

 

Jentilak, Gentiles, Gigantes

En pleno rigor veraniego (“udamina”) y a las puertas del mes de agosto (“agorrilla”, “dagonilla”, “garrilla”), en muchos pueblos se cierra la temporada de cosecha de los cereales con fiestas en las se ofrecen panes, roscas o rosquillas a diversos santos.

No obstante, según las viejas creencias, los primeros agricultores y molineros, además de los primeros pastores y constructores, fueron los “Gentiles” o “Jentilak”. Según Barandiarán, la palabra “gentil” podría traducirse como “idólatra” o “pagano”, aunque se han sugerido diversas interpretaciones sobre su origen o naturaleza. Para unos autores, el “jentil” era la representación mítica del hombre primitivo y salvaje, que vivía en la montaña (habitualmente en cuevas) o en un paraje alejado y poco accesible y que estaba dotado de una fuerza extraordinaria. Para otros, el término hacía referencia a un pagano que vivía en paz con los cristianos pero que no se mezclaba demasiado con ellos, viviendo en un lugar aislado donde pudiera mantener su forma de vida y sus creencias en un espacio seguro e íntimo. Otras personas consideraban que estos individuos eran habitantes de zonas altas de montaña, rudos y poco civilizados, que no se llevaban bien con los cristianos y se aprovechaban de ellos cuando tenían ocasión. Si tomamos como referencia las leyendas, podemos apreciar que estas atribuciones se entremezclan y probablemente reflejan la evolución de una misma creencia y/o realidad sociocultural.

Por otro lado, podemos vincular a los Jentilak con personajes de otras mitologías europeas como los Gigantes, los Titanes, los Jotuns, los Fomoré o los Lechïï o Leshiye. Asimismo, existen conexiones como otros seres parecidos de otras culturas como Endiku (Sumeria), Putana (India), Pan Gu (China), los Nephilim (hebreos), los Jigou (Tibet) o los Patagones (América del Sur).

Normalmente se localizaba a los Jentilak en cavernas o monumentos megalítcos. Algunas de sus moradas más destacadas eran: “Jentilzulo” en Orozko, Leiza y Eguino; “Jentiletxe” en Mutriku y Alzania ;“Jentikoba” en Ispaster; “Jentieetxea” en Olaz; “Jentilbaratz” en Arano; “Jentileio” en Udiain; “Jentilzubi” en Dima; “Jentillarri” en Aralar; “Jentil Sukalde” en Urdiain; “Basainzulota” en Vidania; la montaña de Burunda; el monte Andutz; la caverna del monte Saastarri (Ataun); las minas de Arrola (Zerain); la cueva de Beraun (Berastegi); el desfiladero de Atarreta; la caverna de Artzate (Ataun); el dolmen de Balankalek; el Flysch de Zumaia; el dolmen de Arraztaran. No obstante, podemos sumar a la lista las casas señoriales de Ojarbi, Animasagasti y Maubi de Idiazábal, el puente de Mandabita, así como las iglesias de Muxica, Ondarroa, Markina, Elgeta, Antigua de Zumárraga, Oñate, Opakua, Zurbano, Urdiain, Ataun y Oiartzun, construcciones atribuidas a los Jentilak (una vez ya cristianizados).

El representante más famoso de esta raza mítica es el Basajaun (o Baxajaun), a quien podemos encontrar también en la mitología aragonesa como Basajarau, Bonjarau o Bosnerau (especialmente en los valles pirenaicos de Ansó, Tena y Broto). A este personaje se le describe como una criatura de gran tamaño y fuerza colosal, con aspecto antropomorfo, cubierto de pelo y con una larga melena hasta los pies, siendo capaz de correr entre la vegetación más rápido que las bestias y aguantar las inclemencias del tiempo sin importar la estación. Se dice igualmente que nunca enfermaba ni pedía vigor y que se alimentaba de lo que la naturaleza le ofrecía, además de los trozos de pan que solía recibir como ofrenda de parte de los pastores o lugareños. En los relatos populares más antiguos se le representa como un guardián de los bosques, de carácter bonachón y protector, que habitaba en lugares elevados y en cavernas (macizo de Mondarrain, cuevas de Aitzibitarte, nacedero del Errobi, cavernas de Ataun, cuevas de Mendukilo, cueva de Mailuxe…). Asimismo, cuidaba de los rebaños en las montañas, haciendo que los animales le saludasen con una sonora sacudida de sus cencerros. En el momento en que se acercaba una tempestad, acechaban manadas de lobos o había algún peligro para aquellos que viajasen o trabajasen de noche, silbaba con fuerza o daba gritos para prevenir o salvar a los humanos. Estos gritos, denominados “oihu” u “oyu”, que también emiten otros genios de la mitología vasca, ha otorgado a ciertos númenes el sobrenombre de “oihulariak”(gritadores o gritones).

A modo de apunte, cabe mencionar que probablemente el “irrintzi”, al igual que otras tipologías de gritos descritos por Chaho, fuesen una forma primitiva de comunicación con estos espíritus de la naturaleza para transmitirles distintos mensajes (alegría, lamento, alerta, llamada, horror, dolor, etc), que luego pasase a utilizarse a nivel social. Los cronistas medievales interpretaron este tipo de voces prolongadas como una manera de atemorizar a los enemigos, produciendo un efecto psicológico disuasorio antes de una emboscada o una batalla.

Volviendo al Basajaun, es preciso comentar que es dueño de valiosas riquezas como objetos de oro, así como de conocimientos secretos como el cultivo del trigo, la molienda, la fabricación de las primeras herramientas (sierras, hachas…), la construcción de monumentos megalíticos y otros edificios (casas, puentes…) y el arte de la forja. Se trata de una criatura liminal que hace de nexo entre la naturaleza salvaje y la cultura. Hay autores lo vinculan a figuras como el Pan griego o el Fauno romano, hasta el punto de que Isidoro de Sevilla establece una asimilación total en su obra “Etimologías”, donde los presenta como idénticos bajo la categoría de “pilosi” (peludos).

El Basajaun, al igual que los Jentilak, es presentado con una personalidad dual, especialmente en los testimonios recogidos por Cerquand: en unos relatos se le dibuja como un ser asilvestrado, brutal y terrorífico con el que es mejor no toparse, mientras que en otros se le muestra claramente como un personaje bondadoso, protector, iniciador del desarrollo tecnológico y amigo de la humanidad. Cabe señalar que, en algunos relatos, el término Basajaun se utiliza en plural, haciendo referencia a la comunidad de Jentilak como un grupo de hombres y mujeres salvajes, tal y como nos muestra Satrústegui. Es más, no es descabellado pensar que el nombre original de estos gigantes vascos-navarros, aragoneses y pirenaicos fuera en realidad ese.

Otras denominaciones que recibe el Basajaun es Anxo o Antxo, que sería su aspecto de cuidador de rebaños, aunque algunas narraciones lo muestran como si se tratase de una entidad aparte. Por otro lado, hay quien interpreta que Tartalo o Torto, el cíclope de la mitología vasca que se come el ganado, pudiera ser una demonización del Basajaun pastor. Adicionalmente, se vincula al Basajaun una mujer de similares características: la Basandere. Esta Señora del Bosque vendría a ser su consorte o polaridad femenina, aunque esta entidad también serviría para explicar la existencia de otros gigantes pertenecientes a una misma estirpe.

Una de las leyendas que muestran el carácter benévolo de Basajaun es la de los pastores de Esterenzubi, en la frontera con Francia. Allí vivían cuatro hombres en una cabaña, uno de ellos tan solo un muchacho. Antxo solía acercarse a calentarse al fuego cuando dormían y comía algún pedazo de pan o una porción de la comida que dejaban voluntariamente como ofrenda. Una noche, el más joven se dio cuenta de que los demás no habían dejado la parte de Antxo y preguntó dónde estaba. Sus compañeros le contestaron de malos modos que dejase él algo si quería, que ellos no iban a darle nada aquel día. El muchacho, honradamente, dejó su tributo en el lugar habitual. El señor salvaje llegó como de costumbre a calentarse y tomó la porción de muchacho. Luego se llevó las pieles de los pastores que no habían compartido su alimento. A la mañana siguiente no encontraron sus ropas y le pidieron al joven que intercediese por ellos. El muchacho, que no era tonto, pidió una compensación y ellos le entregaron una mala novilla. Luego partió a la cueva donde se alojaba el Señor de los Bosques. Respetuosamente pidió permiso para entrar en su morada y le rogó que le devolviese los ropajes de sus compañeros. El Basajaun, agraviado por lo que habían hecho, se negó de primeras. El joven insistió y finalmente el hombre salvaje le preguntó: “¿Qué te dan a cambio de la molestia?” El pastor contestó: “una mala novilla”. Antxo, apiadándose de él, le retornó las ropas y le dijo: “Tómalas y acepta esta varita de avellano. Marca a tu novilla y dale con la vara cien golpes, el último más fuerte que los anteriores”. El muchacho hizo lo que le sugirió y ,tras un corto periodo de tiempo, la novilla quedó preñada y dio a luz un rebaño de ciento y un hermosos animales.

Otra narración recogida en Liginaga refiere que un pastor iba a San Juan de Pie de Puerto y se le hizo de noche por el camino. Asustado por la oscuridad, dio un grito para ver si había alguien que pudiera asistirle. Pronto obtuvo una respuesta que venía desde lo profundo del bosque. Caminó unos cuantos pasos más y quiso comprobar si no eran imaginaciones suyas, emitiendo en nuevo grito. Recibió contestación desde el sitio en que él dio su primer grito. Al llegar a la choza de Ibarrondo, volvió a gritar. Cuando entró en la choza, preguntó a los otros pastores: “¿quién era el que me estaba respondiendo?” Ellos le informaron que no se trataba de ninguno de los presentes, que había sido el Basajaun para asegurarse de que llegara a salvo a la cabaña.

Otro relato de Askoa cuenta que en el puerto de montaña de Lizarrusti, cerca de Ataun, vivía un Basajaun en una cueva. Éste se asoció con un grupo de carboneros que trabajaban cerca de Askoa. Uno de ellos metió su hacha en un tronco, hundiéndose un extremo. El hombre rogó al Basajaun que metiera sus manos en la hendidura para sacar el hacha e introducirla después en el otro extremo. El Señor de los Bosques hizo lo que le pidió. El carbonero logró sacar su hacha y las partes separadas del tronco se juntaron, aprisionando las manos del númen. Dominado por la maña y la astucia del carbonero, fue conducido al pueblo de Ataun con el fin de ser exhibido delante de los vecinos de Ataun. Después el carbonero lo desató del tronco. El Basajaun volvió corriendo a su caverna de Askoa. El carbonero regresó también a sus labores. Sin embargo, un buen día el carbonero desapareció misteriosamente y nadie volvió a saber nunca más de él.

Otra leyenda de Mendibe recoge la historia de Basajaun y su esposa Basandere. Según los vecinos del lugar, hace mil años sólo había dos caseríos: Lohibarria y Garseaberroa. Un día, el pastor de Lohibarria fue con el rebaño a la zona de Galharbeko-potxa, cerca de Irati. Al aproximarse a una de las cuevas vio a la Basandere sobre una roca, peinándose el cabello. A su lado tenía un candelabro dorado que acababa de limpiar. El joven se quedó mudo admirando el candelabro. La Basandere se percató de su presencia y de cómo miraba su tesoro y se dirigió a él. El muchacho le pidió que le diera el candelabro pero ella se negó, alegando que había sido un regalo de su esposo el Basajaun. El pastor insistió, piropeó a la dama y trató de seducirla cantando antiguas cantigas de amor de Nafarroa Behera. Finalmente, ella le entregó su preciado regalo. El muchacho decidió salvaguardar el valioso candelabro en la ermita de San Salbatore. La Bansandere, al darse cuenta de que había sido engañada, empezó a perseguirlo hasta llegar a la cuesta de la ermita. El Basajaun escuchó los gritos de su mujer y se sumó a la persecución, plantándose en dos saltos junto al joven para abalanzarse sobre él y recuperar lo que era suyo. El muchacho se encomendó a San Salvador para que se apiadase de él y le ayudara a librarse de los gigantes. En ese momento, sonó la campana de la iglesia y los númenes quedaron paralizados. El Basajaun, lleno de furia, le gritó que se las pagaría la próxima vez que lo encontrase en ayunas. Luego, ambos personajes, se retiraron al bosque. Sin embargo, unos días más tarde, el pastor salió de casa sin haber comido. El Basajaun lo interceptó en medio del monte y trató de aplastarlo. Pero el joven recordó que había estado trillando el día anterior y que habían quedado restos del grano en su cabello. Tomó el trigo y se lo metió en la boca rápidamente. Al romper el ayuno, el Basajaun desapareció.  El candelabro continúa en la ermita de San Salbatore, pero dicen que ya no es tan hermoso como antes. La capilla se quemó dos veces y el candelabro se volvió negro. Los habitantes de Mendibe han intentado bajarlo al pueblo, pero nunca han podido llevarlo más allá del collado de Harizkurutxeta, por lo que el candelabro permanecerá en la iglesia para siempre.

Otro relato refleja la presencia del Basajaun y la Basandere en la Selva de Irati. Chaho recopiló el testimonio de unos obreros de la zona en 1790,  los cuales aseguraban haber visto a estas dos criaturas en varias ocasiones. Uno de ellos explicó que una vez se encontró con una mujer de largos cabellos negros, que moraba por el bosque totalmente desnuda. Pronto llamó la atención del resto de trabajadores, que la miraban con curiosidad. Animada por el impacto de su aparición, regresó al día siguiente a la misma hora. Los obreros acordaron apresarla, intentando no hacerle daño. Uno de ellos se acercó a ella poco a poco, mientras otro de los compañeros hablaba en voz alta, gesticulando, para atraer la atención de la salvaje. Empero, en el momento en que el leñador extendió el brazo para agarrar la pierna de dama, un grito masculino de alarma surgió del bosque, alertando a la muchacha. Ésta dio un salto con gran agilidad y huyó hacia el bosque como un relámpago. Desde entonces, no se ha vuelto a avistar a los Señores del Bosque.

Posteriormente, las narraciones fueron adquiriendo connotaciones cada vez más negativas. En Beirie, se cuenta que una noche los habitantes de la casa Inhurria se encontraban pelando mazorcas. Como no tenían rastrillo para recoger el maíz, el criado le pidió a la hija mayor que fuese a buscarlo al campo. La “andragai” (heredera) se animó a apostar con el sirviente. El criado se comprometió a darle diez monedas por completar la tarea. Cumpliendo con la palabra dada, la joven fue al campo, que estaba situado sobre una zona elevada. Allí estaba el Basajaun, que la cogió por los cabellos y se la echó al hombro, cruzando por Larzabale hasta la montaña de Salbatore. La doncella escuchó sonar la campana del alba y recitó una plegaria para ser salvada. Al instante, el Basajaun la soltó y ella cayó junto a la caverna de San Salvador de Mendibe.

Otra leyenda de Behorlegi (Baja Navarra) relata que Anxo había raptado a la hija del caserío Ithurburu y la había escondido en el macizo de Aldudes, desde donde asustaba a los vecinos de la comarca tirando grandes piedras. Un seminarista se dispuso a rescatar a la muchacha, conjurando al salvaje a gritos. El númen no se mostraba porque sabía que que el aprendiz de cura llevaba consigo diversos símbolos sagrados y protecciones. Viendo que no salía, el aspirante a sacerdote intentó llamar su atención astutamente: “¡Mira, mira, Anxo, dos cabezas bajo un mismo sombrero!”. Lleno de curiosidad, el genio le respondió entonces: “Conozco una maravilla mayor que esa: sé cuántas fuentes hay en los Aldudes. Además, he bebido de todas ellas”. Entonces el seminarista le respondió que ya no lo haría más, maldiciendo a Anxo para siempre.

En otra historia popular se representa a Anxo con las características de Tartalo. En ella se explica que un gigante de un solo ojo y fuerza descomunal vivía en la cueva de Domaikia, en Zuia (Álava). Los habitantes de la zona estaban aterrorizados porque Anxo robaba todo tipo de alimentos y mataba vacas y ovejas. El miedo de la población fue creciendo porque en los últimos días había raptado a muchos caminantes que pasaban cerca de la cueva, de los cuales no se volvía a saber. Muchos vecinos de Domaikia habían decidido marcharse a vivir a otro sitio y, los que habían permanecido en la villa, presenciaban con horror la merma del ganado y sufrían los enormes destrozos en las huertas, que los condenaban al hambre y la pobreza. Desesperados, decidieron ir a matar al monstruo. Los más valientes, armados con azadas y estacas, se dirigieron hacia la morada de Anxo. Sin embargo, a medida que se iban acercando a la cueva del gigante, empezaron a temblar. Cuando se encontraban a pocos metros de la caverna, apareció la temible criatura. Todos se quedaron paralizados mientras él los miraba con su único ojo,riendo a carcajadas. Los jóvenes, muertos de miedo, se dispusieron a atacarle. Anxo se abalanzó contra ellos. En pocos minutos los había matado a todos, menos a uno, que fingió su defunción.

El gigante recogió los cuerpos sin vida y los fue lanzando hacia el interior de la cueva, incluyendo el del muchacho que permanecía vivo. El joven no se atrevía ni a respirar. Luego, oyó que Anxo decía: “¡Ciérrate, Txarranka!” Entonces una gran piedra redonda tapó la entrada de la cueva. Joxe Martín seguía inmóvil. Finalmente levantó la cabeza y comprobó que el gigante no estaba en la cueva. Miró a su alrededor que el lugar estaba lleno de esqueletos de hombres y animales. El muchacho se echó a llorar. Seguidamente, intentó calmarse y pensar en cómo salir de aquel siniestro lugar. De pronto,escuchó el vozarrón del salvaje en el exterior de la cueva, que repetía la frase para abrir la puerta de la caverna. Joxe Martín se escondió rápidamente debajo de los cuerpos de sus amigos y esperó. Anxo cogió al que estaba encima de él, lo asó en una gran fogata y se lo comió. Después se tumbó encima de unas pieles de oveja y se quedó dormido. Aprovechando que el gigante dormía y que la entrada estaba abierta, el joven se arrastró hasta la salida sin hacer el menor ruido y corrió durante varios kilómetros sin mirar hacia atrás. Al llegar a un pequeño río, se paró a beber agua y se tumbó sobre la hierba para descansar. Los primeros rayos del sol lo despertaron. Pensó en ponerse a salvo, pero en el último momento reunió fuerzas para vengar la muerte de sus amigos. Así que regresó a la cueva. Se subió a un árbol y se ocultó entre las ramas, urdiendo un plan para vencer al gigante. Entonces llamó al gigante y lo retó. Anxo se dispuso a salir de su cueva, burlándose de él y amenazando con aplastarle como a una hormiga. En el momento en que el cuerpo del gigante estaba en medio del agujero, gritó el joven: “¡Ciérrate, Txarranka!” Y la piedra se movió, atrapando la cabeza de Anxo y matándolo en el acto. Desde entonces, los habitantes de la localidad pudieron vivir tranquilos.

Una variante de este relato sería la que diera origen al famoso cuento de “Juan sin miedo”, uno de los que formó parte del repertorio que me acompañó en mi tierna infancia. Siguiendo la estructura de la narración de Toti Martínez de Lezea, Juan era un mozalbete de un pueblo navarro que se reía de las leyendas sobre aparecidos, espíritus, demonios y demás genios fantásticos. Tanto se mofaba de las creencias supersticiosas de sus vecinos, que lo acabaron echando del pueblo. Juan se fue en busca de aventuras y llegó a Elkorri, un lugar solitario entre el puerto de Lizarrusti y Etxarri Aranatz. Allí había una casa abandonada excavada en la piedra a la que nadie se atrevía a entrar. El joven decidió limpiar un poco el lugar, encendió la chimenea y se dispuso a preparar un buen puchero para saciar el hambre. De pronto, oyó una voz procedente del canal de la chimenea que le preguntaba: “¿Caeré o no caeré?”. El muchacho, no dándole importancia, respondió: “Si quieres, sí; si no quieres, no”. A continuación, una enorme cabeza con forma humana cayó rodando fuera de la chimenea. Juan, cogiéndola con el asador, la lanzó a un rincón de la cocina. Al poco tiempo volvió a escuchar  la misma voz y respondió de manera idéntica. Inmediatamente cayó un tronco humanoide, que el joven también lanzó al rincón. Una y otra vez continuó el diálogo, hasta que cayeron todos los miembros del cuerpo, formando la silueta completa de un grandullón. Luego dijo el genio: “Dices que no soy, pero sí soy”. Juan le respondió: “Sí, ya lo veo, pero mantente lejos de mí.” El joven continuó preparando la cena. El hombretón señaló una azada que se encontraba cerca de la puerta y le invitó a que la cogiera. Juan contestó que la cogiera él si quería. El ser mágico tomó la azada y salió de la cocina. Curioso por ver lo que hacía, el muchacho le siguió a otro cuarto de la casa. La voz le ordenó entonces que cavase con la azada, pero él volvió a negarse. El extraño comenzó a cavar hasta que sacó un montón de oro. Por su valentía decidió entregárselo diciendo: “Sin nombre no valdría nada” (ya que el joven en ningún momento le había preguntado su nombre o le había nombrado, pues no creía en estas apariciones). Después se esfumó. Juan cogió el oro y regresó a su pueblo. A partir de ese momento nunca más volvió a reírse de las creencias ajenas y vivió respetablemente el resto de su vida.

Finalmente, no podemos olvidar la leyenda que narra cómo a los Basajaunes o Jentilak se les arrebató el secreto de la agricultura. En ella se cuenta que hace muchos años vivían estos hombres salvajes en una cueva de Muskia, los cuales cultivaban las tierras en las terrazas que había en las montañas y de las cuales sacaban una gran cantidad de trigo que guardaban celosamente en su morada. Por aquel entonces, el ser humano (en otras versiones, los cristianos), no tenían conocimiento para sembrar y recoger frutos. Esto fue así hasta que el joven Martiniko, también conocido como Martin Txiki (Martín, el pequeño), se propuso apropiarse de dichos saberes. Calzándose unos zapatos mucho más grandes que su pie, se dirigió a la cueva de los Basajaunes para proponerles un reto. La prueba consistía en saltar de un montículo de trigo a otro hasta llegar al final de la fila. Los Basajaunes pudieron cruzar ágilmente de un lugar a otro, mientras que Martiniko cayó en medio de dos montones. Los gigantes se rieron de él sin darse cuenta de que lo que pretendía en realidad era llevarse algunos granos de cereal dentro del calzado. Aunque el muchacho había conseguido las semillas, no conocía el procedimiento para cultivarlas, así que se acercó otra vez a la morada de los Basajaunes y se quedó escondido escuchando mientras estos cantaban:

“Si los hombres supieran esta canción,
bien se aprovecharían de ella:
Al brotar la hoja, siembra el maíz
al caer la hoja siembra el trigo
por San Lorenzo siempre es el nabo.”

Pero el secreto de la agricultura no era el único que poseían los hombres salvajes y Martiniko quería conocerlos todos. Por tanto, Martiniko partió de nuevo hacia la cueva de los Basajaunes sin saber muy bien cómo se las iba a ingeniar para arrebatarles el conocimiento de la sierra así que, cuando se encontró con ellos, tuvo que improvisar:

– ¿Sabéis una cosa? Ya se cómo construir una sierra – presumió Martin Txiki.

Los Basajaunes se sorprendieron y uno de ellos le contestó:

– ¡Ah! Te has fijado en la forma que tiene el filo de la hoja de los castaños.

Martiniko descubrió entonces el secreto y, agradeciendo su ayuda, se marchó apresuradamente a la herrería para fabricar una sierra, dándole al filo la forma de las hojas de los castaños. Los Basajaunes se enfadaron muchísimo por el engaño y descendieron hasta la aldea, presentándose en la herrería. Agarrando la sierra contra el yunque, le dieron un golpe tremendo a la altura del filo con la intención de romperla, dejando los dientes de la sierra uno para un lado y el siguiente para el otro. Sin embargo, en lugar de romperla, lo que consiguieron fue una nueva herramienta mucho más eficaz. Y así empezaron a aprender los humanos el arte de la forja, convirtiéndose en grandes ferrones y desplazando a los Jentilak.

Este pequeño héroe civilizador, semejante al Prometeo de la mitología griega, destaca, no solo por su astucia, sino por su habilidad de engañar y burlarse. Este arquetipo del transgresor ingenioso capaz de sortear el peligro o “trickster” se encuentra en el folklore de todas las culturas, desde Europa hasta América del Norte, desde Oriente Próximo hasta Japón, pasando por Australia, tal y como señala Rinaldo Acosta. En el caso vasco, el personaje de Martiniko luego se cristianizaría en la figura de San Martín.

Como puntualiza Olivier de Marliave, no resulta extraño que la transmisión de conocimientos se plantease de esta manera en la zona pirenaica, punto de paso e intercambio desde la Prehistoria entre los pobladores del continente y la península, así como entre las gentes de la vertiente atlántica y mediterránea. En el caso de estas leyendas observamos elementos muy arcaicos, algunos de ellos previos a la romanización y que podríamos asociar a los vascones e incluso a pobladores anteriores. En la mitología de los Pirineos, al igual que en otras cosmologías antiguas, el trigo y otros cereales suelen estar vinculados a mitos fundacionales. Además, entre los vasco-navarros, observamos que se diferencia un primer dominio de la agricultura en zonas de montaña, desarrollado por una cultura pagana que es representada por los Jentilak, del cultivo en valles y llanos que se vincula a los cristianos.

Por otra parte, el fin de los Gentiles viene marcado por la llegada de Kixmi, sobrenombre despectivo para referirse a Cristo como mono o primate.  Esta historia fue recogida por Barandiarán y, según Juan Inazio Hartsuaga, se trataría de una leyenda con unos 400 años de antigüedad que vendría a sustituir convenientemente a otra datada hace miles de años. Su estructura, en opinión de este autor, sigue el hilo de los sermones medievales basados en animalarios. El relato cuenta que, hace mucho tiempo, vivían los gentiles en una cueva del monte Leizadi de Ataun. Un día, apareció en el cielo una estrella singular. Los Jentilak se asustaron al verla, pues la interpretaron como un augurio. Buscaron a uno de los ancianos que estaba medio ciego y le abrieron los párpados para que contemplase aquella señal y la interpretase. El sabio suspiró diciendo: “¡Ay, hijos míos! Ha nacido Kixmi y estamos perdidos.” Después solicitó que le tirasen por un precipicio, pues sabía que aquel acontecimiento traería el final para su pueblo. Poco después, empezó a difundirse el cristianismo por el mundo y los Gentiles se fueron desperdigando hasta perderse para siempre. El último superviviente sería el Olentzero.

Además de los desfiles de gigantes y cabezudos, presentes en toda la geografía hispánica, existen otras manifestaciones populares en las que estos personajes tienen un papel. En 1981 se celebró por primera vez una fiesta que pretendía recuperar las historias y el folklore de los Jentilak, reflejando las tensas relaciones entre esta raza mítica y los cristianos, así como la evolución sociocultural y de creencias entre estos dos grupos. Actualmente, el “Jentilen etorrera” o la fiesta conmemorativa de la llegada de los Gentiles se organiza en Ataun anualmente.

Otra reminiscencia que nos permite comprobar la importante resonancia de los Jentilak en el imaginario vasco la encontramos en sus particulares deportes rurales, especialmente en el levantamiento de piedras o Harrijasotzea. Asimismo, el juego de los bolos también posee un origen mágico y religioso asociado a estos gigantes. En los relatos populares se describe a estos personajes lanzando piedras enormes. Concretamente entre Orozko y Arakaldo, se ofrecen dos versiones distintas para explicar el origen de los bolaños o proyectiles esféricos presentes en el monte Untzueta y el de Santa Marina. La creencia folklórica apunta a que los Jentilak jugaban a pelota con piedras de arenisca de cuatro o cinco arrobas. De ahí que estos bolos se conozcan con la denominación de “Jentil harriak”. La explicación histórica hace referencia a los proyectiles de trabuco que utilizaron las tropas castellanas de Pedro I el Cruel (S.XV) durante el asedio a la atalaya que se encontraba en la cima del monte Untzueta y que había sido el punto de control de acceso a Vizcaya durante siglos.

Sea como fuere, el famoso levantador de piedras o harrijasotzaile Iñaki Perurena ha construido artesanalmente un museo dedicado a la mitología e historia de la piedra, denominado Peru-Harri, en Leitza. Entre las esculturas exteriores del parque destaca la enorme figura de un Jentil levantado una gran piedra, al estilo de Polifemo, quien sustentaba el mundo sobre sus hombros. Sin duda, un lugar de visita obligada para comprender mejor la naturaleza de los Jentilak y las peculiaridades del mítico deporte rural de levantar piedra.

 

 

 

-La fotografía de portada es una escultura llamada “Basajaun” de Rober Garay.

La primera imagen es el cuadro “Dos salvajes” del pintor Durero.

– La segunda fotografía es una imagen de Jentiletxe, tomada de la siguiente página: https://es.wikiloc.com/wikiloc/imgServer.do?id=8075358

-La imagen del Basajaun ha sido extraída de esta web: https://www.geocaching.com/geocache/GC5P234_basajaun-en-millena

El grabado de Anxo se encuentra en: http://www.planetabenitez.com/IOI/gente47.htm

-La ilustración de la Basandere procede de: http://www.hiru.eus/cultura-vasca/basandere

La imagen de Tartalo se encuentra en el libro “Mitologika: el mundo de los gigantes” de Aritza Bergara

El dibujo de Martin Txiki y los Jentilak se encuentra en un cuento llamado “Martin Txiki eta Jentilak” de Zerraren Armaketa que se puede ver en este enlace de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=2ngkJXUm27c

La fotografía del desfile del Jentilen etorrera pertenece a la asociación Jentibaratza Kultur Elkartea y se puede encontrar en: https://zuzeu.eus/euskal-herria/jentilen-etorrera/

La última ilustración de los Jentilak lanzando piedras se halla en el libro “Mitología del pueblo vasco” de Aritza Bergara. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Valle de Ultzama,Valle de Basaburua, Valle de Imotz,Valle de Atetz y Valle de Odieta: ruta de dólmenes, bosques milenarios, fuentes sagradas, antiguas casas señoriales y oficios tradicionales

La semana pasada estuve haciendo un retiro personal por los valles de Ultzama, Basaburua, Imotz, Atetz y Odieta que supuso una experiencia inolvidable, pues descubrí tesoros que no esperaba encontrar en estas merindades relativamente cercanas a la capital navarra.

El valle de Ultzama se encuentra a unos 22 km al noroeste de Pamplona y es una jurisdicción entre varios ríos (Velate, Usillaga, Aizarte, Ultzama…) que está compuesta por 14 concejos con una gestión comunitaria:  Alkotz, Arraitz-Orkin, Auza, Eltzo, Eltzaburu, Gerendiain, Gorrontz-Olano, Ilarregi, Iraizotz, Larraintzar, Lizaso, Suarbe, Urritzola-Galain y Zenotz. Actualmente cuenta con unos 1700 vecinos y la localidad más poblada es Iraizotz, aunque la capital administrativa se localiza en Larraintzar que dispone de ayuntamiento, centro de salud, escuela, instalaciones deportivas, bares y restaurantes.

A nivel histórico, cabe señalar la existencia de varios asentamientos humanos durante la Prehistoria y la presencia de varios dólmenes y túmulos que han sido descubiertos en las últimas décadas (Loiketa, Lantz, Aiztaluz, Arkatxu, Arpegi, Ganbaleta, Santa Lucía, Artxar y Maxkar). No obstante, Ultzama se constituyó como un valle importante gracias a los fueros otorgados por Sancho el Fuerte (1211), ratificados por Juana II (1331) y Carlos II (1362). Esta zona era conocida por proveer de caza, madera, ganado y plantas curativas a los habitantes de los alrededores y sus famosas ferias ganaderas eran celebradas en la ermita de Nuestra Señora de Belate hasta 1793, momento en el que estalló la guerra contra la Convención Francesa. Otro aspecto a destacar de la historia de este lugar es que se vio envuelto en un proceso de brujería en 1575, en el cual se efectuaron varias detenciones, destacando la de Sancho de Irazotz (“El bastero de Lizaso”) y las supuestas brujas de Urritzola, Larraintzar y Eltso. Afortunadamente, los vecinos intervinieron en favor de los sospechosos y la pena inicial de destierro por cinco años para los tres acusados se redujo a una pequeña multa. Por último, se ha de mencionar que esta zona fue escenario de las guerras carlistas. A comienzos de 1835, los militares Oraá y Goyeneche fueron violentamente atacados en Zazpi Uturrieta (Siete Fuentes) por el carlista Sagastibeltza tras su retirada en el Valle del Baztán , dejándolos maltrechos y obligándoles a refugiarse en Eltzaburu hasta su huida definitiva de estas tierras.

Actualmente, el punto más conocido de Ultzama por su riqueza natural es el Bosque de Orgi, un bosque milenario muy húmedo y de gran belleza de 80 hectáreas que incluye un parque micológico, un observatorio de aves y una charca salina. Esta superficie forestal destaca por ser el hábitat de 330 especies de plantas herbáceas (muchas de ellas con propiedades medicinales), 28 tipos de arbustos (acebo, brezo, enebro, rusco, zarza…), 18 variedades de árboles (robles centenarios, hayedos, fresnos, olmos, arces…), 12 variedades de setas (boletus, hongo de roble, trompeta de muertos, carbonera, cantarela,  palometa, amanita vinosa…), 97 especies de aves (águilas reales, buitres leonados, quebrantahuesos, halcones, milanos, azores, gavilanes, córvidos, lechuzas, búhos, martines pescadores, trepadores azules, mirlos, carboneros, herrerillos, camachuelos, petirrojos, cucos, arrendajos, pinzones, fochas, patos…), 45 tipos de mamíferos (ciervos, corzos, jabalíes, zorros, ardillas, erizos, musarañas, murciélagos…), 15 especies de anfibios y reptiles (ranas, sapos, tritones…) protegidos por el Gobierno Foral desde 1996.

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Antiguamente, este bosque y otros de la región eran conocidos por ser moradas de lobos. El antiguo director del Archivo General de Navarra, Francisco Idoate, en su obra “Rincones de la historia de Navarra”, expone las medidas que adoptaron las Cortes en 1652 para erradicar la plaga de lobos, obligando a los propietarios a pagar tarja y media por cada cabeza de ganado mayor y la misma cantidad por veinte cabezas de ganado menor, alegando que con estos fondos se pagaría a los loberos. Los vecinos de Ultzama protestaron ante esta resolución, replicando que ya se encargaban de pagar justamente a sus loberos. Sin embargo, esta ley se mantuvo hasta 1662, aunque se consiguieron algunas modificaciones.

El Bosque de Orgi se encuentra a 25 km de Pamplona, en la localidad de Lizaso, a la cual se puede llegar fácilmente en coche por la N-121-A en dirección a Francia y desviándose en Ostiz. No obstante, existen autobuses desde Pamplona que te dejan en Lizaso (compañía “La Pamplonesa”). El bosque se encuentra dividido en tres zonas: la zona de acogida (Arigartzeta), la zona de senderos (Tomaszelaieta) y la zona de conservación (Muñagorri) que no es accesible al público. En la zona de paseo, se distinguen tres rutas: “el laberinto”, “la senda” y “el camino”. Estos senderos se pueden transitar a pie o a caballo (hay un picadero en frente de la entrada al bosque). La zona más salvaje y menos accesible de las tres es “la senda”. De noviembre a marzo se puede solicitar asistencia en la caseta de información los domingos y festivos de 11 a 14h; de abril a junio y de septiembre a octubre, fines de semana y festivos de 10 a 14h; en julio, fines de semana y festivos de 10 a 14h y de 17 a 19h; en agosto, de lunes a viernes de 10 a 14h.

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Lizaso (“el fresnal”) es una localidad de 165 habitantes entre los ríos Arakil y Ultzama. Los monumentos más importantes del pueblo son el túmulo de Maxkar (que ahora está cubierto de vegetación y sólo permite entrever las piedras más grandes) y la iglesia barroca de los Santos San Simón y Judas. El lugar también es conocido, además de por el Área Natural Recreativa del Bosque de Orgi, por la granja-escuela, la hípica, el club de golf y el restaurante “Orgi Jatetxea” que ofrece un menú micológico para los amantes de las setas. Yo me alojé en la casa rural “Flor de Vida”, que se encuentra a las afueras y permite disfrutar de las vistas al monte. Es un lugar muy tranquilo, confortable, con chimenea, gran comedor acristalado y sala de meditación (donde se suelen impartir talleres sobre crecimiento personal y terapias alternativas). Los dueños me trataron como si estuviera en mi segunda casa y me sirvieron un desayuno excelente estilo bufet donde pude degustar los embutidos y queso de la zona, pan recién hecho, leche y yogures de la sociedad agraria Lacturale, zumo de naranja natural, bollería y un delicioso café, aunque también había un surtido variado de infusiones, leche vegetal (soja, arroz, avena), cereales de diferentes tipos, tostadas de pan de molde, mantequilla francesa y distintas mermeladas.  Además, la relación calidad-precio es muy buena y la casa permite alojar a grupos de hasta 24 personas.

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Larraintzar (“las eras viejas”) se encuentra en la orilla derecha del río Arakil y al oeste de Lizaso. Es la capital administrativa y social del Valle de Ultzama desde 1835. Lo más singular de este concejo son sus caseríos del S.XVIII, un puente románico y la iglesia renacentista de San Pedro que fue sufragada por un indiano y tiene una pila bautismal procedente del despoblado medieval que había junto a la vieja ermita de Udotz. Os podéis alojar en el “Hostal de Gartxenia” en invierno y en “Basoa Suites” (cabañas en los árboles) en verano. Os aconsejo comer en “La posada de Larranitzar” (Larraintzar Ostatu). El menú del día cuesta 10 euros los días laborables y 15 euros los fines de semana. Si queréis degustar algunas especiales con vino de crianza, podéis pedir el menú de 20 euros. De todos modos, también se pueden consumir tapas, bocadillos, ensaladas y platos combinados. En invierno, tanto el “Orgi Jatetxea” como “La posada de Larraintzar” hacen descanso los lunes y los martes. No obstante, tenéis la opción de comer en la “Posada de Arraitz” o el “Restaurante Juan Simón” de Arraitz-Orkin, donde podréis degustar deliciosa comida casera y productos de temporada.

El siguiente pueblo a visitar es Auza, propiedad de los antiguos Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en 1180. Hoy en día este lugar es conocido por su criadero de caballos, la Yeguada Haras de Ultzama, del cual salen algunos de los mejores purasangres ingleses que se usan para competiciones hípicas internacionales en España. A nivel arquitectónico, destaca la Iglesia de San Martín, de origen medieval pero reconstruida en el siglo XVIII y cerca de la cual se encuentra la “fuente del ciervo”, de la cual cogí agua sagrada. En este lugar os podéis hospedar en la “Casa Rural Arburu” y comer en la “Posada de Auza”.

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Siguiendo el cauce del río Arakil, se llega a Eltzaburu (relacionado con el término euskérico “eltzaurra”, nogal). En esta aldea se encuentra uno de los dos grandes robles que están declarados monumentos naturales por el Gobierno de Navarra, situado en el Paraje de Autsiberri. En esta zona también se localiza el complejo de Otsola Belate, que incluye los dólmenes de Aiztaluz, Azpegi y Gambaleta. También existe una fuente natural con dos cabezas de leones de la que se puede recoger agua utilizada con fines curativos. Os podéis alojar en la “Casa Rural Goiaetxea” (aunque hay otras tres casas más) y comprar setas en el puesto de Etxaburu.

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El siguiente pueblo a explorar es Ilarregui (“colina del brezal”), situado en el nacimiento del río Basabúrua. Esta localidad se hizo famosa por alojar a los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en el s.XIII y por ser morada de Juan de Orno, un célebre curandero del S. XVI que durante 30 años se dedicó a recomponer huesos hasta que fue acusado por una costurera, tuvo que pagar una multa de 3000 reales y se le prohibió seguir ejerciendo la profesión. A nivel arquitectónico, sobresale la Iglesia de San Miguel del siglo XVI, que contiene una pila bautismal del S.XII con figuras de animales luchando y que pertenecía a un templo medieval anterior. Si queréis hacer una parada, os aconsejo pasar por el Obrador Bapo, donde podréis comprar unos riquísimos dulces artesanos.

Entrando en el Valle de Basabúrua, se encuentra Erbiti o Erviti (“lugar de liebres”), una villa de 38 habitantes que está vinculada a la familia del mismo nombre, cuyo escudo tiene cuatro liebres doradas. Martín de Erbiti fue valet y guarda de la torre de Pamplona en 1423. Por su parte, Sancho de Erbiti, fue un caballero del partido agramontés que falleció luchando en Cáseda contra el Conde de Lerín en 1477. Por último, Carlos de Erbiti fue capitán de San Martín y recibió varias heredades del patrimonio real en Artajona como recompensa a su labor militar en 1464.  En esta aldea resalta la casona conocida como “El Palacio” con un tejado a cuatro aguas y la Iglesia de la Natividad de María que conserva el arco de entrada y la talla de la Virgen en madera policromada del edificio original de finales del S.XIII Finalmente, destacaría la fuente natural que hay cerca de la iglesia y de la cual también se puede extraer agua para propósitos sanadores.

El siguiente punto clave del recorrido fue Jauntsarats (“el señor de los sauces”), pueblo de 50 habitantes donde se localiza el segundo roble pedunculado monumental (Kisulabeko) y el robledal de Beheitikolanda, que se pueden visitar dando un ameno paseo por un sendero ya delimitado. Si queréis tomaros vuestro tiempo para explorar con más detalle el bosque, recomiendo que os alojéis en la “Casa rural Martikonea”, un caserío reformado y completamente equipado de más de 200 años de antigüedad con categoría de 3 hojas y capacidad para albergar a 16 personas. Podéis comer en la taberna “Apeztegiberriko”, una cooperativa de iniciativa social gestionada por mujeres. En el caso de que tuvierais algún percance, debéis saber que disponéis también de una farmacia. Por último, comentar que se están vendiendo pisos y caseríos rehabilitados a buen precio, por si a alguien le pudiera interesar.

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Para aquellos que seáis amantes del arte, recomiendo visitar la parroquia de San Pedro de Itsaso, ya que en las paredes laterales podréis encontrar pinturas de Miguel de Baquedano, artista pamplonés que introdujo el estilo rafaelesco en Navarra. En el caso de que os encante el queso, hay que hacer parada obligada en “Gaztandegi Dorrea”.

En la localidad de Beramendi (“monte de hierbas”) se puede ver la casa palaciega Bengoetxea que perteneció al cabo Miguel de Beramendi, apellido que dio nombre a la villa. No obstante, si os gusta la fotografía, aconsejo ir a la zona de la iglesia que es donde acaba el pueblo para tomar varias panorámicas de los montes y bosques locales. Asimismo, desde allí comienza un sendero que os conducirá a una frondoso paraje donde podréis recoger plantas o setas.

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Sin embargo, si buscáis alojamiento, recomiendo que vayáis a Udabe y os hospedéis en “Balkonpe Landa Etxea”, una casa tradicional rehabilitada de más de 200 años de antigüedad, cercana a la iglesia románica de Nuestra Señora del Rosario, donde encontré a un pequeño jabato en el patio trasero. A las afueras de la villa también podéis deteneros a comer en el restaurante la “Yeguada Udabe”.

Tomando el camino de Ihaben, en dirección opuesta a la aldea de Itsaso, se puede visitar la capital administrativa del Valle de Imotz. El Valle de Imotz está formado por 8 concejos: Etxaleku, Eraso, Goldaratz, Latasa, Muskitz, Oskotz, Urritza y Zarratz. Etxaleku es la aldea más grande y allí se encuentra el ayuntamiento de esta merindad. Arquitectónicamente, destaca por la antigua iglesia del S. XIV que ahora sirve como cementerio y por sus antiguas casas señoriales del S. XVII y XVIII (Ernatonea, MarimigeleneaIturrikoaHerrikoetxeaZapatiñeneaEtxandia Dorrotoa). El lugar recomendado para alojarse es la “Casa Rural Argiñenea” y podéis disfrutar de la gastronomía local en “Etxaleku ostatua”. El monte más importante de la zona es el Pagadiandieta.

Entre los ríos Iregi y Luberri se encuentra Oskotz, una localidad ganadera donde se localiza la cooperativa lechera San Miguel de Aralar, que cuenta con 1200 vacas y 1800 ovejas. En Oskotz también se puede admirar la antigua calzada real y las casas señoriales de JuantxeneaMaritoneaBarrantxeaHerrikoetxea, Urtzutegia Etxeberria. Etxeberria fue convertida en casa rural en 1999 y fue ampliada en 2006 para albergar a 12 personas. En la propia casa se realizan actividades de agroturismo y degustaciones de productos locales (leche, queso, cuajada, requesón, mermeladas, fruta, frutos secos, miel, sidra, pacharán, postres diversos…). En este lugar también existe una fuente natural en la cual se puede recoger agua.

Ascendiendo por la carretera paralela al río Eraso, llegamos a la localidad con el mismo nombre y que también está vinculado a un apellido ilustre. Los Señores de Eraso, cuya dinastía comienza con el mosén Lope de Eraso, poseían un palacio llamado Jauregia que aún se conserva. Asimismo, se preserva una casa-torre denominada Dorrea. Ahora esta localidad es conocida por la presencia de dos talleres artesanales muy particulares: el taller de instrumentos del flautista, luthier y profesor de música Unai Otegi y el taller del zapatero Xabier Iturrioz. Aquellos que apreciéis el arte hecho con las manos y busquéis artículos de calidad, tenéis que visitar a estos dos hombres.

Continuando por la NA-4131, viajamos hasta Zarrantz, localidad que también recibe su nombre de una familia que conserva la casa con la misma denominación y en la cual han vivido 27 generaciones. Originalmente, había un poblado medieval atravesado por una calzada real llamado Ausano, que perteneció al Príncipe de Viana y del cual se preservan algunos restos. Esta terminología procedía del topónimo Ausano, que hacía referencia al monte más singular de la zona. En Zarrantz también existe una fuente natural de la cual se puede recoger agua con fines sanadores.

Siguiendo por el lado izquierdo de la carretera NA-4120, llegamos a Muskitz. En esta pequeña aldea, junto a la iglesia, permanecen tres antiguas estelas discoidales que podéis observar en la fotografía. Asimismo, cabe destacar la fuente natural que recibe el nombre de Iturrotz (Fuente Fría) y de la cual extraje agua sagrada a -5º. Todo un desafío. En varias de las casas también observé que mantenían la costumbre de colgar Eguzkiloreak o enramadas en las puertas. Asimismo, se conservan cinco importantes casas señoriales: Alkatenea, Asiñenea, Itsasonea, Juankonea y Santonea. A las afueras del lugar, se encuentra la “Venta de Bentazarra”, construida a finales del S.XVIII y reconstruida para continuar sirviendo como casa de comidas.

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Me quedó pendiente de visitar la villa de Urritza (“el avellano”), que antiguamente fue conocida por albergar una famosa ferrería (de la cual sólo quedan sus restos) y una venta de gran influencia llamada Txurikain, que todavía sigue en pie y que dio cobijo, entre otros personajes ilustres, a Ignacio de Loyola. Junto a esta casona se encuentra la ermita de Nuestra Señora del Camino, dentro de la cual hay una fuente sagrada.

Proseguimos viaje por el Valle de Atetz, atravesando Berasáin, Erice, Labaso y Aróstegui, encontrando caballos panzudos pastando libres a los bordes de la carretera. Uno de los puntos en la ruta donde paramos fue el puente sobre el río Urepel, ya que una de mis canciones favoritas, cantada por Gabitu y Fito, recibe este mismo nombre. Posteriormente, hicimos una pausa en Aróstegui (“casa del herrero”), villa que conserva el “Palacio de Aróstegui” (conocido anteriormente como Arotzeche), el cual fue concedido por el rey Juan II al vicecanciller Pedro Périz de Villana en 1445.

Finalmente, llegamos a la localidad de Gelbentzu, traspasando Gascue, puerta de entrada al Valle de Odieta. El Valle de Odieta es una merindad compuesta por 8 concejos: Gascue, Gelbentzu, Latasa, Ripa, Genduláin, Ziaúrritz, Anotzibar y Ostiz. En Gelbentzu encontramos la iglesia de San Juan Bautista del S. XVI, la Casa Erregerena que tiene adosado un antiguo horno de pan, el inicio de los senderos de Odieta y una fuente natural que hay junto a un lavadero. De esta zona también cabe destacar su idiosincrasia lingüística, ya que se habla un dialecto alto-navarro meridional que podría ser una mezcla entre el euskera cispamplonés y una variante vascófona de Olaibar.

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Para terminar, rescataré de este valle las leyendas de las brujas de Anotzibar. Florencio Idoate en su libro “Rincones de la historia de navarra” narra los siguientes hechos:

“Corría el siglo XVI cuando Mari-Juana, soltera de más de cincuenta años; sus sobrinos Martinico y Miguelico de diez y siete años; Miguel Zubiri y Gracia, su mujer, de poco más de cuarenta años, fueron denunciados por sus vecinos. La acusación fue presentada ante la Corte Mayor por Don Pedro de Esain, abad de Ziaurritz y Anotzibar, en vista de las manifestaciones que le hiceron los padres de los muchachos y María de Larrainzar, su abuela, de que “una mala mujer las había estragado y hecho hechiceros a sus hijos y nietos”. Les acusaban de entrar volando en las casas de forma de perro, gato y otros animales. Estropeaban los campos, entraban en las iglesias y se burlaban de la Cruz y de los santos. Muchos terrenos sembrados de los vecinos se perdían por una enfermedad llamada “illiortia”, pero los terrenos de las brujas daban buenas cosechas.

Según decían, las brujas, también habían matado a un hombre, Pedro Miguel, cuando llegaba al pueblo una lluviosa tarde.

María de Larrainzar dijo que tres de sus niños se habían acostado por la noche perfectamente y para el mediodía siguiente habían fallecido. A la señora Gracia la acusaron de no ir a misa, pero la mujer llevaba enferma seis años. En la cama se enteró de que había sido embrujada.

El padre de Mari Juana llevó un cura para que le hiciera conjuros a su hijo. Después le regaló un jamón, pero cuando se marchaba hacia su casa se encontró con Mari Juana y sus amigas brujas. El cura se asustó y murió a los pocos días sin probar el jamón. Pero Mari Juana dijo lo siguiente: que aquel cura vaciaba la bolsa y la cocina de su padre y que por ello había muerto.

Mari Juana y Miguel fueron torturados en el potro y les aplicaron el tormento del fuego en un brasero, untándoles los pies con aceite hirviendo y arrancándoles así algunas confesiones vergonzosas. Gracia murio de debilidad en la cárcel, casi abandonada. Treinta y cinco años antes a las brujas de Esparza de Salazar les condenaron a un año de destierro. Para las de aquí, sin embargo, no hubo ninguna compasión”.

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Cerca del pueblo de Anotzibar se encuentra el manantial de Aingeru Iturri, del cual se dice que su agua también posee propiedades curativas.