Inauteriak, Aratusteak, Basaratusteak

El Carnaval es una festividad con un origen pagano remoto. La palabra carnaval proviene del latín “carrus navalis” (carro naval). Esta idea surge de los rituales babilonios y egipcios en los cuales se transportaba al dios Marduk y a la diosa Isis, respectivamente, sobre naves engalanadas.

Los primeros testimonios conocidos sobre esta celebración datan del 5000 a.C. Al inicio de la primavera, se celebraba en Babilonia una festival en honor a Marduk que consistía en la deposición temporal del poder por parte de las autoridades y en la ridiculización de la justicia. Durante el primer día, un sacerdote retiraba del rey todos los emblemas que señalaban su poder y lo exponía a agresiones físicas. Además, a los sirvientes se les permitía dar órdenes a sus amos. Otra de las tradiciones consistía en soltar a un prisionero, vestirlo con prendas de rey y proveerlo de manjares y mujeres. Al 5º día, el “falso rey” era depuesto y condenado. De esta manera el pueblo quedaba liberado del caos y la malicia.

Posteriormente, el judaísmo, convirtió esta antigua festividad babilónica en la fiesta de Purim, en la cual se celebra la salvación del pueblo de Israel gracias a que Ester suplicó su perdón al rey persa Mardoqueo (a quien algunos historiadores identifican como Jerjes I). Durante Purim los judíos tienen la costumbre de disfrazarse, usar máscaras, tocar música, bailar, cantar, comer y beber en abundancia, así como recitar coplillas burlescas y organizar representaciones teatrales.

En Egipto, al inicio de la primavera existía un festival en honor a Isis en el cual se transportaba la imagen de la diosa sobre una barca adornada con guirnaldas y flores hasta la costa para bendecir el inicio de la temporada de navegación.  Luego el culto a Isis se extendió entre los mercaderes griegos. Cuando Egipto se convirtió en parte del Imperio Romano, Isis fue asimilada a otras diosas relacionadas con la fertilidad.

Antes de la llegada de los cultos isiacos, los griegos celebraban un festival en honor a Dionisos. Según el mito helénico, Dionisos llegó desde Oriente en un navío sin tripulación. De ahí que fuera costumbre transportar la figura del dios en un carro adornado a través de las calles y los campos. Dicho carro era acompañado de una multitud de fieles disfrazados y con máscaras que ocultaban su identidad pública, los cuales entonaban himnos bajo los efectos de la embriaguez.

Dionisos, fue posteriormente asimilado al Baco romano. Sus festividades fueron introducidas en Roma hacia el 200 a.C. Inicialmente, tanto los misterios dionisíacos como las Bacanales eran ceremonias secretas en las que participaban únicamente mujeres, conducidas por sacerdotisas. Su origen se remonta a un culto anterior a Pan/ Fauno. Poco a poco, la participación se fue extendiendo entre los hombres y se aceptó también la presencia de esclavos.

Tanto los ritos dionisíacos como las bacanales poseían un componente caótico, extático y sexual destacado. Las fieles, conocidas como “ménades”, se vestían con pieles y se adornaban con laurel. Los devotos, denominados “sátiros”, se ponían cuernos en la cabeza y a menudo se cubrían con hojas. Utilizaban vino, sustancias enteógenas y el frenesí de la danza para eliminar las inhibiciones y provocar estados alterados de conciencia. El propósito final de estos ritos no era entregarse simplemente a la lujuria, sino que tenía un sentido místico. Dionisos/Baco era una deidad cnótica, relacionada con la tierra y el inframundo, que permitía contactar con la auténtica naturaleza del espíritu para provocar cambios en el individuo. Debido al carácter mistérico de estos cultos, hay muchos aspectos que actualmente desconocemos. Su conversión en una festividad popular hizo que se conservaran ciertos elementos folclóricos, pero desconectados de su significado religioso profundo.

Por otra parte, el carnaval se asocia a las Lupercales romanas. Su denominación proviene de la combinación de los términos “lupus” (lobo) e “hircus” (macho cabrío), animales que eran sacrificados en la cueva Lupercal, lugar donde había vivido la loba que amamantó a Rómulo y Remo. Los Lupercos, cofradía salvaje vinculada a la figura mítica del lobo, que luego pasó a formar parte del sacerdocio regular romano, cortaban tiras de las cabras sacrificadas y corrían cubiertos de pieles y una máscara, azotando a las mujeres para propiciar su fertilidad. De esta forma recreaban el pasaje de la leyenda del rapto de las Sabinas.

Los germanos, los escandinavos, los celtas, los celtíberos y otros pueblos europeos tenían sus propios cultos a la naturaleza salvaje, llevados a cabo por cofradías de cazadores y guerreros (“harii”,”berserker”,”ulfhednar”,”fianna”,”seguidores de Vaélico”…) que realizaban rituales extáticos bajo los efectos de plantas como la amanita muscaria, el cornezuelo, la belladona o el beleño negro. En ellos la figura del lobo (junto con la del oso) poseía igualmente un carácter sagrado como símbolo de muerte cósmica y reintegración cíclica.

En los carnavales rurales vasco-navarros y pirenaicos hallamos reminiscencias de estas mismas celebraciones que reconectaban con lo salvaje y buscaban el retorno al caos o desgobierno primitivo, aboliendo la organización impuesta por la civilización.

En euskera, el término para designar estas festividades es “Inauteriak”, “Iñauteriak” o “Inauteak”. Según José Dueso, podría provenir bien del vocablo “iñau”, que significa “burlesco” y el sufijo “te” que se emplea para indicar “temporada”. Baroja sugiere otra posible etimología derivada de “iñaute”, añadiendo el sufijo “eri” que se traduciría como “enfermo” pero también como “malo” o “vicioso”. Teniendo en cuenta que uno de los propósitos del carnaval es encarnar lo que es considerado malicioso o perjudicial para liberarse de ello, esta interpretación tendría su sentido. De todos modos, existe la palabra “iñote” o “iyote” para designar al carnaval propiamente dicho. Por último, investigadores como Caro Baroja se focalizan más en la relación del carnaval con la carne, tomando como referencia el sentido más moderno que adquirió en Europa a finales del S.XV por influencia del cristianismo con su prohibición de comer carne durante la Cuaresma y abstenerse de mantener relaciones sexuales.

A mi juicio, esta asociación podría provenir de tiempos arcaicos, ya que “carnero” en vasco se dice “ahari” y la “carne” se denomina “haragi”, pudiendo ser el sufijo “eri” una derivación fonética. Adicionalmente, el mes de febrero, que es cuando se celebran la mayoría de los carnavales, recibe no solo la denominación de “otsaila” (mes de los lobos), sino también “zezeila” (mes de los toros), animales totémicos autóctonos que tienen su representación en estas celebraciones y que podríamos relacionar con cultos mediterráneos (minoicos, griegos, romanos). Tampoco podemos olvidar que tanto el lobo como el oso, después de una temporada de carestía durante el invierno, necesitan consumir más cantidad de comida para reponer fuerzas. Igualmente, durante inviernos muy duros, el sacrificio de animales que inicialmente estaban destinados a la criar, podría convertirse en una necesidad.

Otro aspecto que es necesario puntualizar es que los carnavales no son un momento aislado dentro del calendario tradicional vasco y otros calendarios europeos, sino que forman parte del ciclo de festividades invernales. En origen, este periodo de algarabía, descontrol y destrucción del viejo orden (tanto divino como social), comenzaba con el inicio de la época oscura del año: la fiesta en honor a los difuntos. En muchos lugares de la geografía vasco-navarra y pirenaica, los carnavales comienzan tras la Navidad y finalizan en Cuaresma, como es el caso de Andoain y otras localidades guipuzcoanas. No obstante, en la mayor parte del País Vasco Francés (especialmente en Zuberoa), empiezan en Año Nuevo y acaban el Martes de Carnaval. En lugares del norte de Navarra como Agoitz o Donamaria empiezan la víspera de Epifanía. En el resto del norte de Navarra, tienen lugar tres semanas antes del Miércoles de Ceniza. En Ituren, Zubieta y Aurtitz, se festejan después de San Antón, durante el último lunes y martes de enero. En otros pueblos navarros, el primer jueves (Izekunde) se dedica a los compadres, el segundo jueves (Emakunde) a las comadres y el último jueves (Jueves Gordo) a los mozos (Gizakunde). En cambio, en Oiartzun (Guipúzcoa), otras localidades alavesas y vizcaínas, los carnavales se inauguran después de la Candelaria.

Como se ha explicado en varios artículos relacionados con la época oscura del año (Negu, en euskera), la Caza Salvaje es un mito muy antiguo, ampliamente extendido por Europa. Entre sus integrantes encontramos monstruos con rasgos animales como los Krampus o las Pertchen, brujos/as como la Befana o Black Annis, representaciones de espíritus feéricos (doncellas de Santa Lucía) y difuntos, además de otros personajes que la lideran (normalmente, deidades o númenes como Odín, Holda, Cailleach, Cernunnos, Diana, Herodías, Mari o Akerbeltz). En las distintas versiones de relatos de esta temática, se narra que toparse con estas huestes o cortejos, implicaba unirse a ellos, al menos en espíritu (aunque en muchos casos suponía la muerte del cuerpo físico). Durante la época solsticial se pone especialmente de manifiesto que, en la mentalidad popular, se conserva la idea de que estas criaturas castigan o premian a los mortales, en función de su comportamiento y la consideración de dejar alguna ofrenda u obsequio para honrarlos o aplacarlos. De ahí que haya tradiciones en torno a entrega de alimentos u otros presentes. Como veremos a continuación, esto no es exclusivo de dichas fechas, sino que los escarmientos, sacrificios y tributos también forman parte de los carnavales.

Otro punto que es preciso señalar es que los carnavales representan una expresión viva de la antigua concepción que se tenía del alma (subdividida en partes) y la interrelación entre el mundo terrenal y otras dimensiones ocultas, entre lo natural y lo mágico. Claude Lecouteux, además de subrayar que en la antigüedad no existía una distinción clara entre sueño y realidad (inconsciente y consciente), pone de relieve la creencia pagana de que cualquier individuo está compuesto por un cuerpo físico, la fuerza vital que procede de la energía cósmica y anima el cuerpo, el doble físico que puede afectar a la materia (que, según distintas tradiciones chamánicas, deja su esencia en los huesos) y el doble espiritual o acompañante. Este doble espiritual o genio tutelar es el que puede cambiar de forma y a menudo adopta la apariencia de animal, aunque puede presentarse con forma humanoide, con el aspecto de un antepasado difunto o bajo la apariencia de una entidad feérica. A continuación, se mostrarán ejemplos de esta relación en los disfraces de los Inauteriak e incluso podremos atisbar un cierto regusto a rituales chamánicos de la Prehistoria y cultos mistéricos de la Edad Antigua.

Uno de los carnavales más potentes en cuanto a elementos simbólicos es el que se celebra entre Ituren y Zubieta (Navarra). Los personajes principales son los Joaldunak (también conocidos como Zanpazarrak) y el Hartza (oso). Los Joaldunak son hombres (nunca mujeres) vestidos con una larga camisa, enaguas blancas, pantalones azules, faja (“gerriko”) y un chaleco de piel de oveja, un pañuelo rojo, un largo capirote cubierto de cintas y coronado con plumas de gallo (“ttuntturroak”) y abarcas. En la espalda cargan dos enormes y sonoros cencerros (“polunpak”) junto a dos cencerros pequeños sin badajo (“joareak”), en la mano portan una especie de látigo o hisopo (“hisopua”) hecho de crines de caballo con un mango de madera cubierto de piel y algunos llevan colgado un cuerno (de llamada). Estos mozos ataviados con partes animales se colocan en dos filas y hacen sonar rítmicamente los cencerros para despertar a la tierra dormida y sacar al oso de su letargo, además de alejar las enfermedades y todo tipo de mal. La manera en que agitan los hisopos tampoco es trivial, ya que con las crines de caballo parecen acariciar el suelo y con ese gesto estarían fertilizando la tierra, lo cual recuerda mucho a un ritual realizado en Escandinavia durante el Dísting (o Dísarblot), festividad se honraba a Jörd (la Madre Tierra) y a las Landvættir (espíritus feéricos de la naturaleza).

En la Saga de los Volsungos se relata que unos campesinos llevaron a cabo una ceremonia de fertilidad en la que usaban el pene de un caballo y recitaban un conjuro con el objetivo de conseguir prosperidad. En la cultura nórdica el caballo era un animal sagrado relacionado con el dios Frey. En Euskal Herria, el caballo se relaciona con los Ireluak, espíritus con forma de “pottoka” (caballo) que hacen de mensajeros entre el mundo invisible y el de los humanos (ver artículo sobre los “oihulariak”). Igualmente, tienen una clara relación con la fertilidad. Así pues, el hisopo de los Joaldunak bien podría ser una representación de su miembro viril. Otro personaje que también barre el suelo con crines de caballo mientras hace sonar los cencerros es “Txerrero” de Zuberoa. Adicionalmente, en esta misma región también destaca la figura de Zamalzain, un ser mitad hombre y mitad caballo que es herrado durante la representación. Esta misma costumbre de herrar la figura de un hombre-caballo la encontramos en el personaje de “Zaldiko” del carnaval de Lantz. En el Sobrarbe (Aragón) también existe el “Caballé”.

Por su parte, el Hartza (oso) es un animal que tiene un fuerte arraigo en territorio euskaldun y a lo largo de los Pirineos. Junto al lobo, es uno de los seres con mayor presencia atávica en estos lugares y es considerado una imagen de fuerza, resistencia, defensa del territorio y fecundidad. Se cree que el oso pudo ser uno de los tótems principales de los cazadores prehistóricos y las tribus autóctonas de la zona, pues encontramos representaciones muy antiguas en el arte rupestre de Euskadi (cueva de Santimamiñe en Kortezubi, cueva de Ekain en Deba, cueva de Laperra en Karrantza). La figura del oso también pervive en la leyenda de Juan el Oso, una narración que presenta la redención de un salvaje. En unas versiones se dice de este personaje que era hijo de un oso, mientras que en otras se cuenta que era descendiente de un hombre y una mujer de fuerte constitución y cuya potente voz asustó a un adivino que pasaba por una cueva. En todos los casos se le ilustra como un gigante u hombretón peludo al estilo del Basajaun o Señor del Bosque. No sería descabellado pensar que este númen no sólo se apareciese en forma humanoide, sino también como animal, aunque lo más probable es que se trate de una representación de humanos que conservaban ese nexo con la naturaleza salvaje.

El Hartza está presente no sólo en Ituren, Zubieta y Aurtitz, sino también en Arizkun, Andoin, Zalduondo, Abanto, Markina, Sarriguren, Arles sur Tech, Saint Laurent de Cerdans, Prats-de-Mollo y Bielsa (Pirineos Aragonés). En todos los casos, el oso va acompañado de un “Domador” con disfraz de pastor o carbonero que lo lleva atado con una cadena con el fin de evitar que ataque a las mujeres o las personas que no van disfrazadas. En los Pirineos Orientales, al principio está suelto y acosa a las jóvenes pastoras. Luego es perseguido por los vecinos hasta que es capturado y llevado a la plaza, donde se le afeita y se le insta a volver a su forma humana (viéndose en este caso un claro ejemplo de la escenificación de un cambio de forma). En Ituren y Aurtitz, la particularidad del Hartza es que lleva un par de bolsas de cuero con forma de testículos y cuernos de cabra. Además, a pesar de estar atado, lidera la procesión de los Joaldunak.

Algunos interpretan que estos cuernos son una manera de representar el poder de Akerbeltz como entidad relacionada con la naturaleza salvaje, aunque en muchos lugares se le tiene por protector de los animales en general, tanto domésticos como criados en libertad. El culto al macho cabrío también es bastante antiguo, probablemente casi tanto como el del oso. En la cueva de Ekain que se ha mencionado anteriormente, encontramos igualmente imágenes de este tipo de animales. Además, en Aquitania se descubrieron unas inscripciones de época romana (s.III d.C.) en las que está tallado el nombre de Aherbeltse”, una deidad que adoraban las tribus locales antes de la llegada de los romanos y que ya tenía la atribución de protector de los animales.

En el cortejo que sigue a los Joaldunak y el Hartza encontramos otras figuras denominadas “Mozorroak”. El término “mozorro” en euskera significa “careta o disfraz” y está relacionada con el vocablo “zomorro” (bicho, coco). Los “mozorroak” se cubren la cara con un trozo sábana vieja, con tela de saco, con una máscara de animal (lobo, zorro, gato…) o con una careta de diablillo, visten pieles de oveja y un taparrabos. Normalmente llevan carretas con troncos de árboles, hojas y representaciones de hombres-árbol que son tiradas por burros o portan ramas de árboles con las que azotan a las mozas. A veces también arrastran pellejos de jabalí o zorro y montan cabezas de caballo unidas a un palo. Su función es atemorizar a los vecinos y crear el caos en la plaza. En ocasiones organizan peleas de machos cabríos.

Tanto el lobo, el zorro, el jabalí y el gato son animales en los que Mari, las Lamias y los/as brujos/as se transforman. El zorro por su color rojizo y su astucia también ha sido relacionado popularmente con el Diablo. Por su parte, el jabalí (“basurde”) y su primo el cerdo son animales que el cristianismo consideró impuros y maléficos, sometiéndolos y vinculándolos a San Antón con el fin de que se convirtieran en un símbolo de su victoria sobre judíos, musulmanes y paganos. En cambio, en las creencias precristianas el jabalí era considerado un animal totémico vinculado a la fuerza, el coraje y la prosperidad.

En algunos pueblos de Vizcaya (Gatika, Arrankudiaga, Ugao, Arrigorriaga, Zaratamo, Arakaldo, Orozko, Zamudio, Derio, Otxandio…) aún se conserva una antigua costumbre ligada a estas fechas llamada “Basaratuste”, “Basaratiste” o “Basaoste” (también conocida como “Kanporamartxo” o “Sasimartxo). En origen, se trataría de un “carnaval en el bosque” (aún se conserva la palabra “aratuste” o “aratixte” para designar al carnaval en el occidente vasco) como espacio sagrado al que se entregaría una ofrenda de comida y bebida. Actualmente, se organiza una comida campestre bastante más profana donde se asan trozos de cerdo ensartados en un pincho (“txitxi-burruntzi”) y se bebe vino tinto o sidra. Por su parte, en la zona del Goierri (Guipúzcoa), el jueves anterior a la última semana de carnaval los mozos iban por los caseríos cantando versos en los que se advertía de la venida del lobo y recogían chorizo, jamón u otras piezas de carne como tributo para el lobo (“Otsabilko”). Este rito tendría un carácter propiciatorio para evitar que este animal se comiera al ganado.

Otras figuras carnavalescas que debemos señalar son los “Momotxorroak” de Alsasua, criaturas que son mitad hombre y mitad toro. Visten pantalón azul, una camisa manchada de sangre, pieles de oveja y llevan una máscara con cuernos de toro, trozos de metal y crines de caballo en el pelo. En su espalda cuelgan cencerros. En la mano portan un sarde que usan para atemorizar y agredir a quien encuentran a su paso. El martes de carnaval, los momotxorroak salen gritando y embistiendo a los vecinos. Luego realizan una danza alrededor del fuego, llamada “Momotxorroen dantza”. En un punto de su recorrido, se les une un ser mitad hombre y mitad macho cabrío subido en un carro , quien enseña lascivamente sus atributos a la compañía de sorginak o brujas que le siguen, las cuales también aúllan y ríen lujuriosamente. El cortejo se une al desenfreno de los momotxorroak y celebran un “akelarre”, al que se unen los “Akerrak” (seguidores de Aker que van vestidos con cuernos de cabra y que también podemos encontrar en los carnavales de Sarriguren).

Según J.M. Barandiarán, el toro en la mitología vasca es el aspecto habitual que adopta un númen llamado “Zezengorri”, aunque recibe otras denominaciones en función de la zona: Txekorgorri, Txahalgorri, Ahatxegorri, Ahatxe… Se trata de un espíritu subterráneo con forma de toro rojizo que escupe fuego por la boca y las fosas nasales, abrasando así a sus enemigos y a todo aquel que cruza sin permiso una morada sagrada. Se le considera un guardián de cuevas y simas en las que se cuenta que existen tesoros y a veces surge en defensa del lugar con los cuernos y la cola encendidos en llamas. En ocasiones, también se le describe con forma humana, bajando a los pueblos a castigar a una persona que le ha disgustado o injuriado. Su aparición en medio de la noche suele ser considerada un mal presagio. La creencia en esta entidad probablemente surgió de un tipo de bovino salvaje que anteriormente pastaba por las montañas vascas y pirenaicas (“Betizu”) y que se relaciona con la diosa Mari bajo la forma de vaca roja (“Behigorri”). Algunos de los lugares donde este tipo de leyendas tienen más arraigo son: Aralar, Ataun, Etxalar, Orozko, Bermeo, Sara, Camou… En algunas historias posteriores se dice que aparece como un toro de oro, pudiendo haberse fusionado el relato autóctono con el mito del becerro de oro y/o el vellocino de oro. Tampoco podemos olvidar que el toro era un símbolo de la potencia sexual del Júpiter romano.

 

Otro animal que tiene una importante presencia en el folclore vasco y pirenaico es el gallo como elemento purificador y protector. Aún hoy podemos encontrar sus patas clavadas en las puertas y tejados de las casas, en espadañas de algunas iglesias e incluso en los palos de mayo. En las zonas costeras también solía colgarse en el palo mayor de los barcos, especialmente durante las batallas navales. No obstante, en la zona del Baztán se considera un signo de mal agüero que el gallo cante a deshoras, siendo un indicio de muerte, calamidad o de la visita de algún mal espíritu (o brujas). En algunos pueblos, después de esto, se echaba sal en la lumbre, mientras que en otros se solía sacrificar al gallo, como recogieron Barandiarán y Erkoreka. Claude Lecouteux confirmó en sus estudios la existencia de la costumbre de sacrificar un gallo en Euskal Herria, no sólo ese caso, sino cuando se creía que una persona había sido embrujada o cuando se iba a construir un nuevo hogar. En este último supuesto, se le cortaba el cuello, se dejaba la sangre manar enfrente de la casa, se le colgaba del dintel de la puerta principal y se salpican las últimas gotas por el marco. Seguidamente, se asaba al animal, cuya carne servía de primer alimento para la familia recién llegada. Posteriormente, el rito evolucionó y se lanzaba un gallo o gallina negra dentro de la casa antes de entrar a vivir, ya que se decía que sería el primer ser vivo en morir.

Además, en lugares como Sara o Galdakao existía la creencia de que había un espíritu maléfico que adoptaba la forma de gallo, llamado “Gaizkine” o “Gaiskiñe”. Si una persona enfermaba misteriosamente y no se conocía la causa, se solía mirar en la almohada para ver si las plumas formaban la silueta de un gallo, pues la tradición oral cuenta que estos espíritus se meten en las almohadas para provocar pesadillas y malestar. Si aparecía dicho símbolo, se consideraba que la enfermedad era incurable, pero si no se veía dicha figura, se llevaban las plumas a un cruce de caminos y se quemaban para asegurar la sanación del enfermo.

Tanto en las festividades solsticiales como en los carnavales podemos contemplar resquicios de estas manifestaciones populares. En Arrankudiaga se ha conservado una tradición carnavalesca, celebrada durante el Jueves Gordo, conocida como el día del “Eguen Zuri”. En dicha fecha los niños del pueblo salen a cantar coplas mientras golpean las “makilak” (bastones) contra en suelo, con la intención de despertar a la tierra (igual que se hace durante el día de Santa Águeda). Antiguamente, después de hacer la ronda por los distintos barrios para recoger alimentos o algo de dinero, se sacrificaba un gallo apaleándolo con las “makilak” como forma de purificación y de prevenir cualquier tipo de mal. Desde hace 30 años no se comete crueldad contra el animal y se lleva un cuadro o un estandarte con su imagen. El gallo, además de todo lo mencionado anteriormente, es considerado un elemento de renacimiento y está relacionado con la sexualidad por su apetito insaciable. Se creía que cuanto más humillante y dolorosa era la muerte del animal, mejor augurio. Desde la mirada de la moralidad católica, se pensaba que de ese modo se redimían simbólicamente los pecados de la carne, aunque como se ha citado previamente, el sentido original era distinto.

En otros Inauteriak, la manera en que se expulsa el mal es sometiendo a escarnio público y quemando a un muñeco de paja y trapo que sirve como chivo expiatorio de la comunidad. En el carnaval de Zalduondo este monigote se llama “Markitos”, quien suele ser transportado a lomos de un burro que preside un cortejo de osos y cabras (el burro, al igual que el caballo en otros contextos, es el transporte de diversos seres míticos, como el Olentzero en Euskadi o la Befana en Italia). En Lantz tenemos a “Miel Otxin”, un gigante de unos tres metros inspirado en la figura de un afamado bandolero, que va vestido con pantalón azul, camisa de colores, polainas de cuero, una careta y un sombrero estrafalario. Esta figura es perseguida por un grupo de personajes alborotadores con ropas coloridas (antiguamente pieles), la cara cubierta y un gorro cónico, que gritan mientras agitan sus escobas o palos y crean el caos entre los vecinos (“Txatxoak”). En Kanpezu se inmola a “Toribio”, muñeco vestido como un carbonero (recordemos que el Olentzero tiene su lado siniestro), quien es seguido por los “Katziruloak”. Estos acompañantes van con un capirote en la cabeza y su “zurriago”, hostigando y castigando a los niños. En Uztaritze (Lapurdi) se quema un monigote llamado “Zanpantzar” que representa la gula (en Abanto existe otro que simboliza el hambre llamado “Zangaluzea”). En zonas mineras como Gallarta se lanza a las brasas a “Bizkarbaltza”, una figura negra con cabeza de animal que representa enfermedades como el cólera que afectaron a los mineros. En Llodio se ajusticia a la “Bruja de Leziaga”, la representación de una “sorgin” que, según los relatos populares, se mesaba el cabello con un peine de oro y atraía a los pastores a su cueva mediante su canto. Este tipo de conductas son más propias de una Lamia que de una bruja, aunque entre ambas figuras existe una estrecha relación (ver el artículo “Etorkizuna, kontakizuna”).

En varios carnavales de la geografía vasco-navarra y pirenaica encontramos referencias a brujos/as. En Ituren, Zubieta, Alsasua, Antzuola, Sopuerta, Ilarduia, Egino, Andoin, Olite, Abanto y Oiartzun salen grupos de brujas que siguen al cortejo de personajes principales. Concretamente, en Oiartzun, encontramos una combinación de “Sorginak” e “Intxisuak”. En Ataun, los “Intxisuak” eran la representación de brujos o hechiceros que acompañaban a sus homólogas femeninas. Sin embargo, en Oiartzun y otras localidades guipuzcoanas el vocablo se refiere a un espíritu escurridizo y travieso, mitad hombre y mitad “betizu” (toro salvaje), que habita cuevas como la de Arditurri y al cual se le atribuye la construcción de monumentos megalíticos. Esta combinación de hombre-toro, está presente tanto en Alsasua como en Bakaiku, siendo en este último lugar donde su aspecto recuerda más un chamán de los que se encuentran pintados en las cavernas prehistóricas que a una suerte de Minotauro como sucede en Alsasua. Por su parte, la construcción de megalitos también se asocia a los gentiles, motivo por el cual, probablemente, en otras villas se cree que los Intxisuak son un tipo de Jentilak. En cambio, en otros lugares relacionan al Intxisu con un Iratxo o Ieltxu por su semejanza fonética.

Los seres feéricos y otros genios tienen su espacio legítimo en los Inauteriak. En las “Maskaradak” de Zuberoa observamos la recreación de dos tipos de entidades contrapuestas: “Beltzak” (negros) y “Gorriak” (rojos). El grupo de los “Beltzak” estaría constituido por seres nocturnos de carácter maléfico (vinculados a Gaueko), que son representados con prendas oscuras, rotas o harapientas y se comportan de una manera muy desorganizada, ruidosa y a menudo agresiva. En cambio, los “Gorriak” llevan atuendos limpios, hermosos y cuidados, manteniendo siempre la compostura y una conducta respetuosa. Estas figuras estarían asociadas a Mari en su aspecto de creadora de vida y regidora del orden cósmico. Si extrapolamos estos dos grupos a otras mitologías europeas, los “Beltzak” representarían a la Corte Oscura (Unsheelie court, Fomorianos, Svartálfar…) y los “Gorriak” a la Corte Luminosa (Sheelie court, Tuatha Dé Dannan, Alfr…), que simbolizan las fuerzas destructoras y creadoras del universo, respectivamente. Este patrón de vestimenta y conducta se puede apreciar en casi todos los personajes que conforman los carnavales, lo cual nos da una pista de su verdadera naturaleza.

En los carnavales de Amezketa, Ugarte, Bedaio y Abaltzisketa se escenifica una danza en dos grupos de 8-12 individuos: el primero va de negro, con los ropajes típicos de un carbonero y la cara tiznada, mientras que el segundo grupo viste de blanco con faja y gorro rojo. Este baile se conoce como “Talai dantza” y se ejecuta con palos, representando una danza guerrera, donde se hace visible la rivalidad entre los seres del día y la noche, luchando por alargar el invierno o posibilitar la entrada de la primavera. El jefe de cada grupo es denominado “mozorro”, aunque existe la figura del “zesterue” (cestero o el que lleva la cesta), quien recoge la comida y bebida que entregan los vecinos (tradicionalmente carne de cerdo, huevos y vino tinto o sidra, en consonancia con el tipo de ofrendas que se suelen dar a estos seres). Otro ejemplo de estos grupos son los carboneros de Goizueta y Markina que persiguen a las mujeres con pellejos de vino inflado (“zagis”) y bailan una danza de palos (“Zahagi dantza”) con otras figuras de blanco que llevan faja y gorro rojizo. En Aoiz también encontramos a los “kaskabobos”, disfrazados de arlequín, y los “maskaritas”, que van con pamela.

Dentro del grupo de los “Beltzak” podríamos hacer un aparte para un dar lugar especial a los “hombres del saco” o “zaku zaharrak” que existen en distintos Inauteriak locales, como el de Lesaka e Isaba. Estos personajes van completamente tapados con telas de saco, están rellenos de paja y/o hierba seca y portan unas vejigas infladas o palos con los que golpean a los vecinos. En ocasiones, algunos se manchan de hollín y grasa. Dentro de este grupo podríamos incluir a personajes con nombre propio como el “Ziripot” de Lantz (gordinflón con un bastón, que podría ser el Basajaun), a las “Basa-andereak” (señoras del bosque) de Saint-Jean-Pied-de-Port o a los “Perratzaileak” (caldereros o herreros) de Lantz.

 

Por otro lado, debemos detenernos a hablar de los “Mamuxarroak” (o “Mamoxarroak”) de Unanua y los “Kotilungorriak” de Uztaritze, que son unas excepciones dentro del grupo de los “Gorriak”. En Unanua (e Igantzi), los personajes se visten con pantalón blanco, camisa blanca, pañuelo y máscaras rojas y portan cascabeles y una vara en la mano. Durante el desfile de carnaval estos mozos se dedican a azotar a las mujeres al estilo de los Lupercos romanos. Los implicados en esta farsa encarnan la figura del “Mamur”, genio que suelen tomar forma de insecto u hombrecillo diminuto y que puede capturarse durante la mágica Noche de San Juan. En Uztaritze, el disfraz consiste en una máscara, una falda, un gorro y un pañuelo rojo, conjuntado con unas enaguas y una camisa blanca. En la mano, portan una suerte de hiposo muy similar al de los Joaldunak, que lleva igualmente crines de caballo. El cortejo va presidido por dos figuras que llevan el pantalón blanco y el resto de la ropa roja, además de la misma máscara carmesí. En este caso, ellos portan dos palos. El conjunto al completo estaría representando a un grupo de “Galtzagorriak”.

El último carnaval que se celebra en Euskal Herria y que tiene un claro contenido mitológico es el de Mundaka, conocido como “Lamiako Maskarada”. Esta tradición fue recuperada en 1978, pero tiene una historia bastante más antigua y llamativa. Su origen se remonta a una leyenda en la que una mujer llamada Prudencia murió de pena por el dolor de no volver a su hijo que viajaba en un barco. Una vez fallecida, se transformó en Lamia y, en su nueva condición, despedía con su canto a todas las embarcaciones que abandonaban las aguas del Ibaizabal para echarse a la mar. La Lamia en cuestión, durante esta mascarada, va acompañada de un cortejo de lamias que visten de negro, tienen el cabello blanco y el rostro pálido. Junto a ellas caminan los “Atorrak”, personajes que visten sábanas blancas y tienen la cara pintada de blanco.

Esta escenificación tiene una especial relevancia porque los difuntos y los seres mágicos prácticamente se fusionan. En muchas narraciones populares vascas y de otros lugares de Europa a veces no se hace distinción entre difuntos y seres feéricos, pues ambos son miembros de la Cacería Salvaje en igualdad de condiciones. Adicionalmente, en otras representaciones que hemos mencionado a lo largo del artículo hallamos figuras de personas vivas con la capacidad de desdoblarse en espíritu o cambiar de forma, como es el caso de las sorginak o los hombres-bestia.

Por último, en este fin de fiesta encontramos una representación de Mari y otros númenes como Sugaar, el Basajaun, Urtzi, Eguzki e Ilargi, además de otros genios como los “galtzagorriak” y los “jentilak”.

En resumen, a lo largo de este artículo hemos podido apreciar una gran diversidad de manifestaciones folclóricas derivadas del mito europeo de la Caza Salvaje, así como escenificaciones de las Batallas Nocturnas entre distintos tipos de espíritus que representan las energías creadoras y destructoras del universo y la continuidad entre la vida, muerte y renacimiento dentro de un ciclo de eterno retorno. Asimismo, hemos analizado elementos fundamentales del totemismo vasco y ritos de carácter extático como los cambios de forma. Estas prácticas siguen teniendo una resonancia palpable en las creencias sincréticas actuales que perviven en espacios rurales (especialmente en zonas de montaña que se encuentran más aisladas). Igualmente, poseen un gran peso en la praxis de brujería tradicional autóctona y representan una inspiración para la reinterpretación y actualización de la misma. Por último, cabe señalar que el culto a los antepasados y la interacción con los principales númenes o espíritus locales continúa estando viva, aunque más en un nivel simbólico que vivencial.

 

Fuentes consultadas:

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http://makilipurdi.blogspot.com.es/2013/02/mozorroen-ordua-ituren-eta-zubieta.html

Documental sobre los carnavales navarros: https://www.youtube.com/watch?v=c_yD8A2svBY

Documental sobre los carnavales de Ituren y Zubieta: https://www.youtube.com/watch?v=p2zp3u-tYPM&t=618s

Documental de la “Adarrak dantzan” (o “Momotxorren dantza”) dirigido por Beatriz de la Vega

Documental del Carnaval de Lantz (RTVE)

Facebook de Sorgin

Jentilak, Gentiles, Gigantes

En pleno rigor veraniego (“udamina”) y a las puertas del mes de agosto (“agorrilla”, “dagonilla”, “garrilla”), en muchos pueblos se cierra la temporada de cosecha de los cereales con fiestas en las se ofrecen panes, roscas o rosquillas a diversos santos.

No obstante, según las viejas creencias, los primeros agricultores y molineros, además de los primeros pastores y constructores, fueron los “Gentiles” o “Jentilak”. Según Barandiarán, la palabra “gentil” podría traducirse como “idólatra” o “pagano”, aunque se han sugerido diversas interpretaciones sobre su origen o naturaleza. Para unos autores, el “jentil” era la representación mítica del hombre primitivo y salvaje, que vivía en la montaña (habitualmente en cuevas) o en un paraje alejado y poco accesible y que estaba dotado de una fuerza extraordinaria. Para otros, el término hacía referencia a un pagano que vivía en paz con los cristianos pero que no se mezclaba demasiado con ellos, viviendo en un lugar aislado donde pudiera mantener su forma de vida y sus creencias en un espacio seguro e íntimo. Otras personas consideraban que estos individuos eran habitantes de zonas altas de montaña, rudos y poco civilizados, que no se llevaban bien con los cristianos y se aprovechaban de ellos cuando tenían ocasión. Si tomamos como referencia las leyendas, podemos apreciar que estas atribuciones se entremezclan y probablemente reflejan la evolución de una misma creencia y/o realidad sociocultural.

Por otro lado, podemos vincular a los Jentilak con personajes de otras mitologías europeas como los Gigantes, los Titanes, los Jotuns, los Fomoré o los Lechïï o Leshiye. Asimismo, existen conexiones como otros seres parecidos de otras culturas como Endiku (Sumeria), Putana (India), Pan Gu (China), los Nephilim (hebreos), los Jigou (Tibet) o los Patagones (América del Sur).

Normalmente se localizaba a los Jentilak en cavernas o monumentos megalítcos. Algunas de sus moradas más destacadas eran: “Jentilzulo” en Orozko, Leiza y Eguino; “Jentiletxe” en Mutriku y Alzania ;“Jentikoba” en Ispaster; “Jentieetxea” en Olaz; “Jentilbaratz” en Arano; “Jentileio” en Udiain; “Jentilzubi” en Dima; “Jentillarri” en Aralar; “Jentil Sukalde” en Urdiain; “Basainzulota” en Vidania; la montaña de Burunda; el monte Andutz; la caverna del monte Saastarri (Ataun); las minas de Arrola (Zerain); la cueva de Beraun (Berastegi); el desfiladero de Atarreta; la caverna de Artzate (Ataun); el dolmen de Balankalek; el Flysch de Zumaia; el dolmen de Arraztaran. No obstante, podemos sumar a la lista las casas señoriales de Ojarbi, Animasagasti y Maubi de Idiazábal, el puente de Mandabita, así como las iglesias de Muxica, Ondarroa, Markina, Elgeta, Antigua de Zumárraga, Oñate, Opakua, Zurbano, Urdiain, Ataun y Oiartzun, construcciones atribuidas a los Jentilak (una vez ya cristianizados).

El representante más famoso de esta raza mítica es el Basajaun (o Baxajaun), a quien podemos encontrar también en la mitología aragonesa como Basajarau, Bonjarau o Bosnerau (especialmente en los valles pirenaicos de Ansó, Tena y Broto). A este personaje se le describe como una criatura de gran tamaño y fuerza colosal, con aspecto antropomorfo, cubierto de pelo y con una larga melena hasta los pies, siendo capaz de correr entre la vegetación más rápido que las bestias y aguantar las inclemencias del tiempo sin importar la estación. Se dice igualmente que nunca enfermaba ni pedía vigor y que se alimentaba de lo que la naturaleza le ofrecía, además de los trozos de pan que solía recibir como ofrenda de parte de los pastores o lugareños. En los relatos populares más antiguos se le representa como un guardián de los bosques, de carácter bonachón y protector, que habitaba en lugares elevados y en cavernas (macizo de Mondarrain, cuevas de Aitzibitarte, nacedero del Errobi, cavernas de Ataun, cuevas de Mendukilo, cueva de Mailuxe…). Asimismo, cuidaba de los rebaños en las montañas, haciendo que los animales le saludasen con una sonora sacudida de sus cencerros. En el momento en que se acercaba una tempestad, acechaban manadas de lobos o había algún peligro para aquellos que viajasen o trabajasen de noche, silbaba con fuerza o daba gritos para prevenir o salvar a los humanos. Estos gritos, denominados “oihu” u “oyu”, que también emiten otros genios de la mitología vasca, ha otorgado a ciertos númenes el sobrenombre de “oihulariak”(gritadores o gritones).

A modo de apunte, cabe mencionar que probablemente el “irrintzi”, al igual que otras tipologías de gritos descritos por Chaho, fuesen una forma primitiva de comunicación con estos espíritus de la naturaleza para transmitirles distintos mensajes (alegría, lamento, alerta, llamada, horror, dolor, etc), que luego pasase a utilizarse a nivel social. Los cronistas medievales interpretaron este tipo de voces prolongadas como una manera de atemorizar a los enemigos, produciendo un efecto psicológico disuasorio antes de una emboscada o una batalla.

Volviendo al Basajaun, es preciso comentar que es dueño de valiosas riquezas como objetos de oro, así como de conocimientos secretos como el cultivo del trigo, la molienda, la fabricación de las primeras herramientas (sierras, hachas…), la construcción de monumentos megalíticos y otros edificios (casas, puentes…) y el arte de la forja. Se trata de una criatura liminal que hace de nexo entre la naturaleza salvaje y la cultura. Hay autores lo vinculan a figuras como el Pan griego o el Fauno romano, hasta el punto de que Isidoro de Sevilla establece una asimilación total en su obra “Etimologías”, donde los presenta como idénticos bajo la categoría de “pilosi” (peludos).

El Basajaun, al igual que los Jentilak, es presentado con una personalidad dual, especialmente en los testimonios recogidos por Cerquand: en unos relatos se le dibuja como un ser asilvestrado, brutal y terrorífico con el que es mejor no toparse, mientras que en otros se le muestra claramente como un personaje bondadoso, protector, iniciador del desarrollo tecnológico y amigo de la humanidad. Cabe señalar que, en algunos relatos, el término Basajaun se utiliza en plural, haciendo referencia a la comunidad de Jentilak como un grupo de hombres y mujeres salvajes, tal y como nos muestra Satrústegui. Es más, no es descabellado pensar que el nombre original de estos gigantes vascos-navarros, aragoneses y pirenaicos fuera en realidad ese.

Otras denominaciones que recibe el Basajaun es Anxo o Antxo, que sería su aspecto de cuidador de rebaños, aunque algunas narraciones lo muestran como si se tratase de una entidad aparte. Por otro lado, hay quien interpreta que Tartalo o Torto, el cíclope de la mitología vasca que se come el ganado, pudiera ser una demonización del Basajaun pastor. Adicionalmente, se vincula al Basajaun una mujer de similares características: la Basandere. Esta Señora del Bosque vendría a ser su consorte o polaridad femenina, aunque esta entidad también serviría para explicar la existencia de otros gigantes pertenecientes a una misma estirpe.

Una de las leyendas que muestran el carácter benévolo de Basajaun es la de los pastores de Esterenzubi, en la frontera con Francia. Allí vivían cuatro hombres en una cabaña, uno de ellos tan solo un muchacho. Antxo solía acercarse a calentarse al fuego cuando dormían y comía algún pedazo de pan o una porción de la comida que dejaban voluntariamente como ofrenda. Una noche, el más joven se dio cuenta de que los demás no habían dejado la parte de Antxo y preguntó dónde estaba. Sus compañeros le contestaron de malos modos que dejase él algo si quería, que ellos no iban a darle nada aquel día. El muchacho, honradamente, dejó su tributo en el lugar habitual. El señor salvaje llegó como de costumbre a calentarse y tomó la porción de muchacho. Luego se llevó las pieles de los pastores que no habían compartido su alimento. A la mañana siguiente no encontraron sus ropas y le pidieron al joven que intercediese por ellos. El muchacho, que no era tonto, pidió una compensación y ellos le entregaron una mala novilla. Luego partió a la cueva donde se alojaba el Señor de los Bosques. Respetuosamente pidió permiso para entrar en su morada y le rogó que le devolviese los ropajes de sus compañeros. El Basajaun, agraviado por lo que habían hecho, se negó de primeras. El joven insistió y finalmente el hombre salvaje le preguntó: “¿Qué te dan a cambio de la molestia?” El pastor contestó: “una mala novilla”. Antxo, apiadándose de él, le retornó las ropas y le dijo: “Tómalas y acepta esta varita de avellano. Marca a tu novilla y dale con la vara cien golpes, el último más fuerte que los anteriores”. El muchacho hizo lo que le sugirió y ,tras un corto periodo de tiempo, la novilla quedó preñada y dio a luz un rebaño de ciento y un hermosos animales.

Otra narración recogida en Liginaga refiere que un pastor iba a San Juan de Pie de Puerto y se le hizo de noche por el camino. Asustado por la oscuridad, dio un grito para ver si había alguien que pudiera asistirle. Pronto obtuvo una respuesta que venía desde lo profundo del bosque. Caminó unos cuantos pasos más y quiso comprobar si no eran imaginaciones suyas, emitiendo en nuevo grito. Recibió contestación desde el sitio en que él dio su primer grito. Al llegar a la choza de Ibarrondo, volvió a gritar. Cuando entró en la choza, preguntó a los otros pastores: “¿quién era el que me estaba respondiendo?” Ellos le informaron que no se trataba de ninguno de los presentes, que había sido el Basajaun para asegurarse de que llegara a salvo a la cabaña.

Otro relato de Askoa cuenta que en el puerto de montaña de Lizarrusti, cerca de Ataun, vivía un Basajaun en una cueva. Éste se asoció con un grupo de carboneros que trabajaban cerca de Askoa. Uno de ellos metió su hacha en un tronco, hundiéndose un extremo. El hombre rogó al Basajaun que metiera sus manos en la hendidura para sacar el hacha e introducirla después en el otro extremo. El Señor de los Bosques hizo lo que le pidió. El carbonero logró sacar su hacha y las partes separadas del tronco se juntaron, aprisionando las manos del númen. Dominado por la maña y la astucia del carbonero, fue conducido al pueblo de Ataun con el fin de ser exhibido delante de los vecinos de Ataun. Después el carbonero lo desató del tronco. El Basajaun volvió corriendo a su caverna de Askoa. El carbonero regresó también a sus labores. Sin embargo, un buen día el carbonero desapareció misteriosamente y nadie volvió a saber nunca más de él.

Otra leyenda de Mendibe recoge la historia de Basajaun y su esposa Basandere. Según los vecinos del lugar, hace mil años sólo había dos caseríos: Lohibarria y Garseaberroa. Un día, el pastor de Lohibarria fue con el rebaño a la zona de Galharbeko-potxa, cerca de Irati. Al aproximarse a una de las cuevas vio a la Basandere sobre una roca, peinándose el cabello. A su lado tenía un candelabro dorado que acababa de limpiar. El joven se quedó mudo admirando el candelabro. La Basandere se percató de su presencia y de cómo miraba su tesoro y se dirigió a él. El muchacho le pidió que le diera el candelabro pero ella se negó, alegando que había sido un regalo de su esposo el Basajaun. El pastor insistió, piropeó a la dama y trató de seducirla cantando antiguas cantigas de amor de Nafarroa Behera. Finalmente, ella le entregó su preciado regalo. El muchacho decidió salvaguardar el valioso candelabro en la ermita de San Salbatore. La Bansandere, al darse cuenta de que había sido engañada, empezó a perseguirlo hasta llegar a la cuesta de la ermita. El Basajaun escuchó los gritos de su mujer y se sumó a la persecución, plantándose en dos saltos junto al joven para abalanzarse sobre él y recuperar lo que era suyo. El muchacho se encomendó a San Salvador para que se apiadase de él y le ayudara a librarse de los gigantes. En ese momento, sonó la campana de la iglesia y los númenes quedaron paralizados. El Basajaun, lleno de furia, le gritó que se las pagaría la próxima vez que lo encontrase en ayunas. Luego, ambos personajes, se retiraron al bosque. Sin embargo, unos días más tarde, el pastor salió de casa sin haber comido. El Basajaun lo interceptó en medio del monte y trató de aplastarlo. Pero el joven recordó que había estado trillando el día anterior y que habían quedado restos del grano en su cabello. Tomó el trigo y se lo metió en la boca rápidamente. Al romper el ayuno, el Basajaun desapareció.  El candelabro continúa en la ermita de San Salbatore, pero dicen que ya no es tan hermoso como antes. La capilla se quemó dos veces y el candelabro se volvió negro. Los habitantes de Mendibe han intentado bajarlo al pueblo, pero nunca han podido llevarlo más allá del collado de Harizkurutxeta, por lo que el candelabro permanecerá en la iglesia para siempre.

Otro relato refleja la presencia del Basajaun y la Basandere en la Selva de Irati. Chaho recopiló el testimonio de unos obreros de la zona en 1790,  los cuales aseguraban haber visto a estas dos criaturas en varias ocasiones. Uno de ellos explicó que una vez se encontró con una mujer de largos cabellos negros, que moraba por el bosque totalmente desnuda. Pronto llamó la atención del resto de trabajadores, que la miraban con curiosidad. Animada por el impacto de su aparición, regresó al día siguiente a la misma hora. Los obreros acordaron apresarla, intentando no hacerle daño. Uno de ellos se acercó a ella poco a poco, mientras otro de los compañeros hablaba en voz alta, gesticulando, para atraer la atención de la salvaje. Empero, en el momento en que el leñador extendió el brazo para agarrar la pierna de dama, un grito masculino de alarma surgió del bosque, alertando a la muchacha. Ésta dio un salto con gran agilidad y huyó hacia el bosque como un relámpago. Desde entonces, no se ha vuelto a avistar a los Señores del Bosque.

Posteriormente, las narraciones fueron adquiriendo connotaciones cada vez más negativas. En Beirie, se cuenta que una noche los habitantes de la casa Inhurria se encontraban pelando mazorcas. Como no tenían rastrillo para recoger el maíz, el criado le pidió a la hija mayor que fuese a buscarlo al campo. La “andragai” (heredera) se animó a apostar con el sirviente. El criado se comprometió a darle diez monedas por completar la tarea. Cumpliendo con la palabra dada, la joven fue al campo, que estaba situado sobre una zona elevada. Allí estaba el Basajaun, que la cogió por los cabellos y se la echó al hombro, cruzando por Larzabale hasta la montaña de Salbatore. La doncella escuchó sonar la campana del alba y recitó una plegaria para ser salvada. Al instante, el Basajaun la soltó y ella cayó junto a la caverna de San Salvador de Mendibe.

Otra leyenda de Behorlegi (Baja Navarra) relata que Anxo había raptado a la hija del caserío Ithurburu y la había escondido en el macizo de Aldudes, desde donde asustaba a los vecinos de la comarca tirando grandes piedras. Un seminarista se dispuso a rescatar a la muchacha, conjurando al salvaje a gritos. El númen no se mostraba porque sabía que que el aprendiz de cura llevaba consigo diversos símbolos sagrados y protecciones. Viendo que no salía, el aspirante a sacerdote intentó llamar su atención astutamente: “¡Mira, mira, Anxo, dos cabezas bajo un mismo sombrero!”. Lleno de curiosidad, el genio le respondió entonces: “Conozco una maravilla mayor que esa: sé cuántas fuentes hay en los Aldudes. Además, he bebido de todas ellas”. Entonces el seminarista le respondió que ya no lo haría más, maldiciendo a Anxo para siempre.

En otra historia popular se representa a Anxo con las características de Tartalo. En ella se explica que un gigante de un solo ojo y fuerza descomunal vivía en la cueva de Domaikia, en Zuia (Álava). Los habitantes de la zona estaban aterrorizados porque Anxo robaba todo tipo de alimentos y mataba vacas y ovejas. El miedo de la población fue creciendo porque en los últimos días había raptado a muchos caminantes que pasaban cerca de la cueva, de los cuales no se volvía a saber. Muchos vecinos de Domaikia habían decidido marcharse a vivir a otro sitio y, los que habían permanecido en la villa, presenciaban con horror la merma del ganado y sufrían los enormes destrozos en las huertas, que los condenaban al hambre y la pobreza. Desesperados, decidieron ir a matar al monstruo. Los más valientes, armados con azadas y estacas, se dirigieron hacia la morada de Anxo. Sin embargo, a medida que se iban acercando a la cueva del gigante, empezaron a temblar. Cuando se encontraban a pocos metros de la caverna, apareció la temible criatura. Todos se quedaron paralizados mientras él los miraba con su único ojo,riendo a carcajadas. Los jóvenes, muertos de miedo, se dispusieron a atacarle. Anxo se abalanzó contra ellos. En pocos minutos los había matado a todos, menos a uno, que fingió su defunción.

El gigante recogió los cuerpos sin vida y los fue lanzando hacia el interior de la cueva, incluyendo el del muchacho que permanecía vivo. El joven no se atrevía ni a respirar. Luego, oyó que Anxo decía: “¡Ciérrate, Txarranka!” Entonces una gran piedra redonda tapó la entrada de la cueva. Joxe Martín seguía inmóvil. Finalmente levantó la cabeza y comprobó que el gigante no estaba en la cueva. Miró a su alrededor que el lugar estaba lleno de esqueletos de hombres y animales. El muchacho se echó a llorar. Seguidamente, intentó calmarse y pensar en cómo salir de aquel siniestro lugar. De pronto,escuchó el vozarrón del salvaje en el exterior de la cueva, que repetía la frase para abrir la puerta de la caverna. Joxe Martín se escondió rápidamente debajo de los cuerpos de sus amigos y esperó. Anxo cogió al que estaba encima de él, lo asó en una gran fogata y se lo comió. Después se tumbó encima de unas pieles de oveja y se quedó dormido. Aprovechando que el gigante dormía y que la entrada estaba abierta, el joven se arrastró hasta la salida sin hacer el menor ruido y corrió durante varios kilómetros sin mirar hacia atrás. Al llegar a un pequeño río, se paró a beber agua y se tumbó sobre la hierba para descansar. Los primeros rayos del sol lo despertaron. Pensó en ponerse a salvo, pero en el último momento reunió fuerzas para vengar la muerte de sus amigos. Así que regresó a la cueva. Se subió a un árbol y se ocultó entre las ramas, urdiendo un plan para vencer al gigante. Entonces llamó al gigante y lo retó. Anxo se dispuso a salir de su cueva, burlándose de él y amenazando con aplastarle como a una hormiga. En el momento en que el cuerpo del gigante estaba en medio del agujero, gritó el joven: “¡Ciérrate, Txarranka!” Y la piedra se movió, atrapando la cabeza de Anxo y matándolo en el acto. Desde entonces, los habitantes de la localidad pudieron vivir tranquilos.

Una variante de este relato sería la que diera origen al famoso cuento de “Juan sin miedo”, uno de los que formó parte del repertorio que me acompañó en mi tierna infancia. Siguiendo la estructura de la narración de Toti Martínez de Lezea, Juan era un mozalbete de un pueblo navarro que se reía de las leyendas sobre aparecidos, espíritus, demonios y demás genios fantásticos. Tanto se mofaba de las creencias supersticiosas de sus vecinos, que lo acabaron echando del pueblo. Juan se fue en busca de aventuras y llegó a Elkorri, un lugar solitario entre el puerto de Lizarrusti y Etxarri Aranatz. Allí había una casa abandonada excavada en la piedra a la que nadie se atrevía a entrar. El joven decidió limpiar un poco el lugar, encendió la chimenea y se dispuso a preparar un buen puchero para saciar el hambre. De pronto, oyó una voz procedente del canal de la chimenea que le preguntaba: “¿Caeré o no caeré?”. El muchacho, no dándole importancia, respondió: “Si quieres, sí; si no quieres, no”. A continuación, una enorme cabeza con forma humana cayó rodando fuera de la chimenea. Juan, cogiéndola con el asador, la lanzó a un rincón de la cocina. Al poco tiempo volvió a escuchar  la misma voz y respondió de manera idéntica. Inmediatamente cayó un tronco humanoide, que el joven también lanzó al rincón. Una y otra vez continuó el diálogo, hasta que cayeron todos los miembros del cuerpo, formando la silueta completa de un grandullón. Luego dijo el genio: “Dices que no soy, pero sí soy”. Juan le respondió: “Sí, ya lo veo, pero mantente lejos de mí.” El joven continuó preparando la cena. El hombretón señaló una azada que se encontraba cerca de la puerta y le invitó a que la cogiera. Juan contestó que la cogiera él si quería. El ser mágico tomó la azada y salió de la cocina. Curioso por ver lo que hacía, el muchacho le siguió a otro cuarto de la casa. La voz le ordenó entonces que cavase con la azada, pero él volvió a negarse. El extraño comenzó a cavar hasta que sacó un montón de oro. Por su valentía decidió entregárselo diciendo: “Sin nombre no valdría nada” (ya que el joven en ningún momento le había preguntado su nombre o le había nombrado, pues no creía en estas apariciones). Después se esfumó. Juan cogió el oro y regresó a su pueblo. A partir de ese momento nunca más volvió a reírse de las creencias ajenas y vivió respetablemente el resto de su vida.

Finalmente, no podemos olvidar la leyenda que narra cómo a los Basajaunes o Jentilak se les arrebató el secreto de la agricultura. En ella se cuenta que hace muchos años vivían estos hombres salvajes en una cueva de Muskia, los cuales cultivaban las tierras en las terrazas que había en las montañas y de las cuales sacaban una gran cantidad de trigo que guardaban celosamente en su morada. Por aquel entonces, el ser humano (en otras versiones, los cristianos), no tenían conocimiento para sembrar y recoger frutos. Esto fue así hasta que el joven Martiniko, también conocido como Martin Txiki (Martín, el pequeño), se propuso apropiarse de dichos saberes. Calzándose unos zapatos mucho más grandes que su pie, se dirigió a la cueva de los Basajaunes para proponerles un reto. La prueba consistía en saltar de un montículo de trigo a otro hasta llegar al final de la fila. Los Basajaunes pudieron cruzar ágilmente de un lugar a otro, mientras que Martiniko cayó en medio de dos montones. Los gigantes se rieron de él sin darse cuenta de que lo que pretendía en realidad era llevarse algunos granos de cereal dentro del calzado. Aunque el muchacho había conseguido las semillas, no conocía el procedimiento para cultivarlas, así que se acercó otra vez a la morada de los Basajaunes y se quedó escondido escuchando mientras estos cantaban:

“Si los hombres supieran esta canción,
bien se aprovecharían de ella:
Al brotar la hoja, siembra el maíz
al caer la hoja siembra el trigo
por San Lorenzo siempre es el nabo.”

Pero el secreto de la agricultura no era el único que poseían los hombres salvajes y Martiniko quería conocerlos todos. Por tanto, Martiniko partió de nuevo hacia la cueva de los Basajaunes sin saber muy bien cómo se las iba a ingeniar para arrebatarles el conocimiento de la sierra así que, cuando se encontró con ellos, tuvo que improvisar:

– ¿Sabéis una cosa? Ya se cómo construir una sierra – presumió Martin Txiki.

Los Basajaunes se sorprendieron y uno de ellos le contestó:

– ¡Ah! Te has fijado en la forma que tiene el filo de la hoja de los castaños.

Martiniko descubrió entonces el secreto y, agradeciendo su ayuda, se marchó apresuradamente a la herrería para fabricar una sierra, dándole al filo la forma de las hojas de los castaños. Los Basajaunes se enfadaron muchísimo por el engaño y descendieron hasta la aldea, presentándose en la herrería. Agarrando la sierra contra el yunque, le dieron un golpe tremendo a la altura del filo con la intención de romperla, dejando los dientes de la sierra uno para un lado y el siguiente para el otro. Sin embargo, en lugar de romperla, lo que consiguieron fue una nueva herramienta mucho más eficaz. Y así empezaron a aprender los humanos el arte de la forja, convirtiéndose en grandes ferrones y desplazando a los Jentilak.

Este pequeño héroe civilizador, semejante al Prometeo de la mitología griega, destaca, no solo por su astucia, sino por su habilidad de engañar y burlarse. Este arquetipo del transgresor ingenioso capaz de sortear el peligro o “trickster” se encuentra en el folklore de todas las culturas, desde Europa hasta América del Norte, desde Oriente Próximo hasta Japón, pasando por Australia, tal y como señala Rinaldo Acosta. En el caso vasco, el personaje de Martiniko luego se cristianizaría en la figura de San Martín.

Como puntualiza Olivier de Marliave, no resulta extraño que la transmisión de conocimientos se plantease de esta manera en la zona pirenaica, punto de paso e intercambio desde la Prehistoria entre los pobladores del continente y la península, así como entre las gentes de la vertiente atlántica y mediterránea. En el caso de estas leyendas observamos elementos muy arcaicos, algunos de ellos previos a la romanización y que podríamos asociar a los vascones e incluso a pobladores anteriores. En la mitología de los Pirineos, al igual que en otras cosmologías antiguas, el trigo y otros cereales suelen estar vinculados a mitos fundacionales. Además, entre los vasco-navarros, observamos que se diferencia un primer dominio de la agricultura en zonas de montaña, desarrollado por una cultura pagana que es representada por los Jentilak, del cultivo en valles y llanos que se vincula a los cristianos.

Por otra parte, el fin de los Gentiles viene marcado por la llegada de Kixmi, sobrenombre despectivo para referirse a Cristo como mono o primate.  Esta historia fue recogida por Barandiarán y, según Juan Inazio Hartsuaga, se trataría de una leyenda con unos 400 años de antigüedad que vendría a sustituir convenientemente a otra datada hace miles de años. Su estructura, en opinión de este autor, sigue el hilo de los sermones medievales basados en animalarios. El relato cuenta que, hace mucho tiempo, vivían los gentiles en una cueva del monte Leizadi de Ataun. Un día, apareció en el cielo una estrella singular. Los Jentilak se asustaron al verla, pues la interpretaron como un augurio. Buscaron a uno de los ancianos que estaba medio ciego y le abrieron los párpados para que contemplase aquella señal y la interpretase. El sabio suspiró diciendo: “¡Ay, hijos míos! Ha nacido Kixmi y estamos perdidos.” Después solicitó que le tirasen por un precipicio, pues sabía que aquel acontecimiento traería el final para su pueblo. Poco después, empezó a difundirse el cristianismo por el mundo y los Gentiles se fueron desperdigando hasta perderse para siempre. El último superviviente sería el Olentzero.

Además de los desfiles de gigantes y cabezudos, presentes en toda la geografía hispánica, existen otras manifestaciones populares en las que estos personajes tienen un papel. En 1981 se celebró por primera vez una fiesta que pretendía recuperar las historias y el folklore de los Jentilak, reflejando las tensas relaciones entre esta raza mítica y los cristianos, así como la evolución sociocultural y de creencias entre estos dos grupos. Actualmente, el “Jentilen etorrera” o la fiesta conmemorativa de la llegada de los Gentiles se organiza en Ataun anualmente.

Otra reminiscencia que nos permite comprobar la importante resonancia de los Jentilak en el imaginario vasco la encontramos en sus particulares deportes rurales, especialmente en el levantamiento de piedras o Harrijasotzea. Asimismo, el juego de los bolos también posee un origen mágico y religioso asociado a estos gigantes. En los relatos populares se describe a estos personajes lanzando piedras enormes. Concretamente entre Orozko y Arakaldo, se ofrecen dos versiones distintas para explicar el origen de los bolaños o proyectiles esféricos presentes en el monte Untzueta y el de Santa Marina. La creencia folklórica apunta a que los Jentilak jugaban a pelota con piedras de arenisca de cuatro o cinco arrobas. De ahí que estos bolos se conozcan con la denominación de “Jentil harriak”. La explicación histórica hace referencia a los proyectiles de trabuco que utilizaron las tropas castellanas de Pedro I el Cruel (S.XV) durante el asedio a la atalaya que se encontraba en la cima del monte Untzueta y que había sido el punto de control de acceso a Vizcaya durante siglos.

Sea como fuere, el famoso levantador de piedras o harrijasotzaile Iñaki Perurena ha construido artesanalmente un museo dedicado a la mitología e historia de la piedra, denominado Peru-Harri, en Leitza. Entre las esculturas exteriores del parque destaca la enorme figura de un Jentil levantado una gran piedra, al estilo de Polifemo, quien sustentaba el mundo sobre sus hombros. Sin duda, un lugar de visita obligada para comprender mejor la naturaleza de los Jentilak y las peculiaridades del mítico deporte rural de levantar piedra.

 

 

 

-La fotografía de portada es una escultura llamada “Basajaun” de Rober Garay.

La primera imagen es el cuadro “Dos salvajes” del pintor Durero.

– La segunda fotografía es una imagen de Jentiletxe, tomada de la siguiente página: https://es.wikiloc.com/wikiloc/imgServer.do?id=8075358

-La imagen del Basajaun ha sido extraída de esta web: https://www.geocaching.com/geocache/GC5P234_basajaun-en-millena

El grabado de Anxo se encuentra en: http://www.planetabenitez.com/IOI/gente47.htm

-La ilustración de la Basandere procede de: http://www.hiru.eus/cultura-vasca/basandere

La imagen de Tartalo se encuentra en el libro “Mitologika: el mundo de los gigantes” de Aritza Bergara

El dibujo de Martin Txiki y los Jentilak se encuentra en un cuento llamado “Martin Txiki eta Jentilak” de Zerraren Armaketa que se puede ver en este enlace de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=2ngkJXUm27c

La fotografía del desfile del Jentilen etorrera pertenece a la asociación Jentibaratza Kultur Elkartea y se puede encontrar en: https://zuzeu.eus/euskal-herria/jentilen-etorrera/

La última ilustración de los Jentilak lanzando piedras se halla en el libro “Mitología del pueblo vasco” de Aritza Bergara. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Valle de Ultzama,Valle de Basaburua, Valle de Imotz,Valle de Atetz y Valle de Odieta: ruta de dólmenes, bosques milenarios, fuentes sagradas, antiguas casas señoriales y oficios tradicionales

La semana pasada estuve haciendo un retiro personal por los valles de Ultzama, Basaburua, Imotz, Atetz y Odieta que supuso una experiencia inolvidable, pues descubrí tesoros que no esperaba encontrar en estas merindades relativamente cercanas a la capital navarra.

El valle de Ultzama se encuentra a unos 22 km al noroeste de Pamplona y es una jurisdicción entre varios ríos (Velate, Usillaga, Aizarte, Ultzama…) que está compuesta por 14 concejos con una gestión comunitaria:  Alkotz, Arraitz-Orkin, Auza, Eltzo, Eltzaburu, Gerendiain, Gorrontz-Olano, Ilarregi, Iraizotz, Larraintzar, Lizaso, Suarbe, Urritzola-Galain y Zenotz. Actualmente cuenta con unos 1700 vecinos y la localidad más poblada es Iraizotz, aunque la capital administrativa se localiza en Larraintzar que dispone de ayuntamiento, centro de salud, escuela, instalaciones deportivas, bares y restaurantes.

A nivel histórico, cabe señalar la existencia de varios asentamientos humanos durante la Prehistoria y la presencia de varios dólmenes y túmulos que han sido descubiertos en las últimas décadas (Loiketa, Lantz, Aiztaluz, Arkatxu, Arpegi, Ganbaleta, Santa Lucía, Artxar y Maxkar). No obstante, Ultzama se constituyó como un valle importante gracias a los fueros otorgados por Sancho el Fuerte (1211), ratificados por Juana II (1331) y Carlos II (1362). Esta zona era conocida por proveer de caza, madera, ganado y plantas curativas a los habitantes de los alrededores y sus famosas ferias ganaderas eran celebradas en la ermita de Nuestra Señora de Belate hasta 1793, momento en el que estalló la guerra contra la Convención Francesa. Otro aspecto a destacar de la historia de este lugar es que se vio envuelto en un proceso de brujería en 1575, en el cual se efectuaron varias detenciones, destacando la de Sancho de Irazotz (“El bastero de Lizaso”) y las supuestas brujas de Urritzola, Larraintzar y Eltso. Afortunadamente, los vecinos intervinieron en favor de los sospechosos y la pena inicial de destierro por cinco años para los tres acusados se redujo a una pequeña multa. Por último, se ha de mencionar que esta zona fue escenario de las guerras carlistas. A comienzos de 1835, los militares Oraá y Goyeneche fueron violentamente atacados en Zazpi Uturrieta (Siete Fuentes) por el carlista Sagastibeltza tras su retirada en el Valle del Baztán , dejándolos maltrechos y obligándoles a refugiarse en Eltzaburu hasta su huida definitiva de estas tierras.

Actualmente, el punto más conocido de Ultzama por su riqueza natural es el Bosque de Orgi, un bosque milenario muy húmedo y de gran belleza de 80 hectáreas que incluye un parque micológico, un observatorio de aves y una charca salina. Esta superficie forestal destaca por ser el hábitat de 330 especies de plantas herbáceas (muchas de ellas con propiedades medicinales), 28 tipos de arbustos (acebo, brezo, enebro, rusco, zarza…), 18 variedades de árboles (robles centenarios, hayedos, fresnos, olmos, arces…), 12 variedades de setas (boletus, hongo de roble, trompeta de muertos, carbonera, cantarela,  palometa, amanita vinosa…), 97 especies de aves (águilas reales, buitres leonados, quebrantahuesos, halcones, milanos, azores, gavilanes, córvidos, lechuzas, búhos, martines pescadores, trepadores azules, mirlos, carboneros, herrerillos, camachuelos, petirrojos, cucos, arrendajos, pinzones, fochas, patos…), 45 tipos de mamíferos (ciervos, corzos, jabalíes, zorros, ardillas, erizos, musarañas, murciélagos…), 15 especies de anfibios y reptiles (ranas, sapos, tritones…) protegidos por el Gobierno Foral desde 1996.

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Antiguamente, este bosque y otros de la región eran conocidos por ser moradas de lobos. El antiguo director del Archivo General de Navarra, Francisco Idoate, en su obra “Rincones de la historia de Navarra”, expone las medidas que adoptaron las Cortes en 1652 para erradicar la plaga de lobos, obligando a los propietarios a pagar tarja y media por cada cabeza de ganado mayor y la misma cantidad por veinte cabezas de ganado menor, alegando que con estos fondos se pagaría a los loberos. Los vecinos de Ultzama protestaron ante esta resolución, replicando que ya se encargaban de pagar justamente a sus loberos. Sin embargo, esta ley se mantuvo hasta 1662, aunque se consiguieron algunas modificaciones.

El Bosque de Orgi se encuentra a 25 km de Pamplona, en la localidad de Lizaso, a la cual se puede llegar fácilmente en coche por la N-121-A en dirección a Francia y desviándose en Ostiz. No obstante, existen autobuses desde Pamplona que te dejan en Lizaso (compañía “La Pamplonesa”). El bosque se encuentra dividido en tres zonas: la zona de acogida (Arigartzeta), la zona de senderos (Tomaszelaieta) y la zona de conservación (Muñagorri) que no es accesible al público. En la zona de paseo, se distinguen tres rutas: “el laberinto”, “la senda” y “el camino”. Estos senderos se pueden transitar a pie o a caballo (hay un picadero en frente de la entrada al bosque). La zona más salvaje y menos accesible de las tres es “la senda”. De noviembre a marzo se puede solicitar asistencia en la caseta de información los domingos y festivos de 11 a 14h; de abril a junio y de septiembre a octubre, fines de semana y festivos de 10 a 14h; en julio, fines de semana y festivos de 10 a 14h y de 17 a 19h; en agosto, de lunes a viernes de 10 a 14h.

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Lizaso (“el fresnal”) es una localidad de 165 habitantes entre los ríos Arakil y Ultzama. Los monumentos más importantes del pueblo son el túmulo de Maxkar (que ahora está cubierto de vegetación y sólo permite entrever las piedras más grandes) y la iglesia barroca de los Santos San Simón y Judas. El lugar también es conocido, además de por el Área Natural Recreativa del Bosque de Orgi, por la granja-escuela, la hípica, el club de golf y el restaurante “Orgi Jatetxea” que ofrece un menú micológico para los amantes de las setas. Yo me alojé en la casa rural “Flor de Vida”, que se encuentra a las afueras y permite disfrutar de las vistas al monte. Es un lugar muy tranquilo, confortable, con chimenea, gran comedor acristalado y sala de meditación (donde se suelen impartir talleres sobre crecimiento personal y terapias alternativas). Los dueños me trataron como si estuviera en mi segunda casa y me sirvieron un desayuno excelente estilo bufet donde pude degustar los embutidos y queso de la zona, pan recién hecho, leche y yogures de la sociedad agraria Lacturale, zumo de naranja natural, bollería y un delicioso café, aunque también había un surtido variado de infusiones, leche vegetal (soja, arroz, avena), cereales de diferentes tipos, tostadas de pan de molde, mantequilla francesa y distintas mermeladas.  Además, la relación calidad-precio es muy buena y la casa permite alojar a grupos de hasta 24 personas.

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Larraintzar (“las eras viejas”) se encuentra en la orilla derecha del río Arakil y al oeste de Lizaso. Es la capital administrativa y social del Valle de Ultzama desde 1835. Lo más singular de este concejo son sus caseríos del S.XVIII, un puente románico y la iglesia renacentista de San Pedro que fue sufragada por un indiano y tiene una pila bautismal procedente del despoblado medieval que había junto a la vieja ermita de Udotz. Os podéis alojar en el “Hostal de Gartxenia” en invierno y en “Basoa Suites” (cabañas en los árboles) en verano. Os aconsejo comer en “La posada de Larranitzar” (Larraintzar Ostatu). El menú del día cuesta 10 euros los días laborables y 15 euros los fines de semana. Si queréis degustar algunas especiales con vino de crianza, podéis pedir el menú de 20 euros. De todos modos, también se pueden consumir tapas, bocadillos, ensaladas y platos combinados. En invierno, tanto el “Orgi Jatetxea” como “La posada de Larraintzar” hacen descanso los lunes y los martes. No obstante, tenéis la opción de comer en la “Posada de Arraitz” o el “Restaurante Juan Simón” de Arraitz-Orkin, donde podréis degustar deliciosa comida casera y productos de temporada.

El siguiente pueblo a visitar es Auza, propiedad de los antiguos Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en 1180. Hoy en día este lugar es conocido por su criadero de caballos, la Yeguada Haras de Ultzama, del cual salen algunos de los mejores purasangres ingleses que se usan para competiciones hípicas internacionales en España. A nivel arquitectónico, destaca la Iglesia de San Martín, de origen medieval pero reconstruida en el siglo XVIII y cerca de la cual se encuentra la “fuente del ciervo”, de la cual cogí agua sagrada. En este lugar os podéis hospedar en la “Casa Rural Arburu” y comer en la “Posada de Auza”.

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Siguiendo el cauce del río Arakil, se llega a Eltzaburu (relacionado con el término euskérico “eltzaurra”, nogal). En esta aldea se encuentra uno de los dos grandes robles que están declarados monumentos naturales por el Gobierno de Navarra, situado en el Paraje de Autsiberri. En esta zona también se localiza el complejo de Otsola Belate, que incluye los dólmenes de Aiztaluz, Azpegi y Gambaleta. También existe una fuente natural con dos cabezas de leones de la que se puede recoger agua utilizada con fines curativos. Os podéis alojar en la “Casa Rural Goiaetxea” (aunque hay otras tres casas más) y comprar setas en el puesto de Etxaburu.

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El siguiente pueblo a explorar es Ilarregui (“colina del brezal”), situado en el nacimiento del río Basabúrua. Esta localidad se hizo famosa por alojar a los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en el s.XIII y por ser morada de Juan de Orno, un célebre curandero del S. XVI que durante 30 años se dedicó a recomponer huesos hasta que fue acusado por una costurera, tuvo que pagar una multa de 3000 reales y se le prohibió seguir ejerciendo la profesión. A nivel arquitectónico, sobresale la Iglesia de San Miguel del siglo XVI, que contiene una pila bautismal del S.XII con figuras de animales luchando y que pertenecía a un templo medieval anterior. Si queréis hacer una parada, os aconsejo pasar por el Obrador Bapo, donde podréis comprar unos riquísimos dulces artesanos.

Entrando en el Valle de Basabúrua, se encuentra Erbiti o Erviti (“lugar de liebres”), una villa de 38 habitantes que está vinculada a la familia del mismo nombre, cuyo escudo tiene cuatro liebres doradas. Martín de Erbiti fue valet y guarda de la torre de Pamplona en 1423. Por su parte, Sancho de Erbiti, fue un caballero del partido agramontés que falleció luchando en Cáseda contra el Conde de Lerín en 1477. Por último, Carlos de Erbiti fue capitán de San Martín y recibió varias heredades del patrimonio real en Artajona como recompensa a su labor militar en 1464.  En esta aldea resalta la casona conocida como “El Palacio” con un tejado a cuatro aguas y la Iglesia de la Natividad de María que conserva el arco de entrada y la talla de la Virgen en madera policromada del edificio original de finales del S.XIII Finalmente, destacaría la fuente natural que hay cerca de la iglesia y de la cual también se puede extraer agua para propósitos sanadores.

El siguiente punto clave del recorrido fue Jauntsarats (“el señor de los sauces”), pueblo de 50 habitantes donde se localiza el segundo roble pedunculado monumental (Kisulabeko) y el robledal de Beheitikolanda, que se pueden visitar dando un ameno paseo por un sendero ya delimitado. Si queréis tomaros vuestro tiempo para explorar con más detalle el bosque, recomiendo que os alojéis en la “Casa rural Martikonea”, un caserío reformado y completamente equipado de más de 200 años de antigüedad con categoría de 3 hojas y capacidad para albergar a 16 personas. Podéis comer en la taberna “Apeztegiberriko”, una cooperativa de iniciativa social gestionada por mujeres. En el caso de que tuvierais algún percance, debéis saber que disponéis también de una farmacia. Por último, comentar que se están vendiendo pisos y caseríos rehabilitados a buen precio, por si a alguien le pudiera interesar.

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Para aquellos que seáis amantes del arte, recomiendo visitar la parroquia de San Pedro de Itsaso, ya que en las paredes laterales podréis encontrar pinturas de Miguel de Baquedano, artista pamplonés que introdujo el estilo rafaelesco en Navarra. En el caso de que os encante el queso, hay que hacer parada obligada en “Gaztandegi Dorrea”.

En la localidad de Beramendi (“monte de hierbas”) se puede ver la casa palaciega Bengoetxea que perteneció al cabo Miguel de Beramendi, apellido que dio nombre a la villa. No obstante, si os gusta la fotografía, aconsejo ir a la zona de la iglesia que es donde acaba el pueblo para tomar varias panorámicas de los montes y bosques locales. Asimismo, desde allí comienza un sendero que os conducirá a una frondoso paraje donde podréis recoger plantas o setas.

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Sin embargo, si buscáis alojamiento, recomiendo que vayáis a Udabe y os hospedéis en “Balkonpe Landa Etxea”, una casa tradicional rehabilitada de más de 200 años de antigüedad, cercana a la iglesia románica de Nuestra Señora del Rosario, donde encontré a un pequeño jabato en el patio trasero. A las afueras de la villa también podéis deteneros a comer en el restaurante la “Yeguada Udabe”.

Tomando el camino de Ihaben, en dirección opuesta a la aldea de Itsaso, se puede visitar la capital administrativa del Valle de Imotz. El Valle de Imotz está formado por 8 concejos: Etxaleku, Eraso, Goldaratz, Latasa, Muskitz, Oskotz, Urritza y Zarratz. Etxaleku es la aldea más grande y allí se encuentra el ayuntamiento de esta merindad. Arquitectónicamente, destaca por la antigua iglesia del S. XIV que ahora sirve como cementerio y por sus antiguas casas señoriales del S. XVII y XVIII (Ernatonea, MarimigeleneaIturrikoaHerrikoetxeaZapatiñeneaEtxandia Dorrotoa). El lugar recomendado para alojarse es la “Casa Rural Argiñenea” y podéis disfrutar de la gastronomía local en “Etxaleku ostatua”. El monte más importante de la zona es el Pagadiandieta.

Entre los ríos Iregi y Luberri se encuentra Oskotz, una localidad ganadera donde se localiza la cooperativa lechera San Miguel de Aralar, que cuenta con 1200 vacas y 1800 ovejas. En Oskotz también se puede admirar la antigua calzada real y las casas señoriales de JuantxeneaMaritoneaBarrantxeaHerrikoetxea, Urtzutegia Etxeberria. Etxeberria fue convertida en casa rural en 1999 y fue ampliada en 2006 para albergar a 12 personas. En la propia casa se realizan actividades de agroturismo y degustaciones de productos locales (leche, queso, cuajada, requesón, mermeladas, fruta, frutos secos, miel, sidra, pacharán, postres diversos…). En este lugar también existe una fuente natural en la cual se puede recoger agua.

Ascendiendo por la carretera paralela al río Eraso, llegamos a la localidad con el mismo nombre y que también está vinculado a un apellido ilustre. Los Señores de Eraso, cuya dinastía comienza con el mosén Lope de Eraso, poseían un palacio llamado Jauregia que aún se conserva. Asimismo, se preserva una casa-torre denominada Dorrea. Ahora esta localidad es conocida por la presencia de dos talleres artesanales muy particulares: el taller de instrumentos del flautista, luthier y profesor de música Unai Otegi y el taller del zapatero Xabier Iturrioz. Aquellos que apreciéis el arte hecho con las manos y busquéis artículos de calidad, tenéis que visitar a estos dos hombres.

Continuando por la NA-4131, viajamos hasta Zarrantz, localidad que también recibe su nombre de una familia que conserva la casa con la misma denominación y en la cual han vivido 27 generaciones. Originalmente, había un poblado medieval atravesado por una calzada real llamado Ausano, que perteneció al Príncipe de Viana y del cual se preservan algunos restos. Esta terminología procedía del topónimo Ausano, que hacía referencia al monte más singular de la zona. En Zarrantz también existe una fuente natural de la cual se puede recoger agua con fines sanadores.

Siguiendo por el lado izquierdo de la carretera NA-4120, llegamos a Muskitz. En esta pequeña aldea, junto a la iglesia, permanecen tres antiguas estelas discoidales que podéis observar en la fotografía. Asimismo, cabe destacar la fuente natural que recibe el nombre de Iturrotz (Fuente Fría) y de la cual extraje agua sagrada a -5º. Todo un desafío. En varias de las casas también observé que mantenían la costumbre de colgar Eguzkiloreak o enramadas en las puertas. Asimismo, se conservan cinco importantes casas señoriales: Alkatenea, Asiñenea, Itsasonea, Juankonea y Santonea. A las afueras del lugar, se encuentra la “Venta de Bentazarra”, construida a finales del S.XVIII y reconstruida para continuar sirviendo como casa de comidas.

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Me quedó pendiente de visitar la villa de Urritza (“el avellano”), que antiguamente fue conocida por albergar una famosa ferrería (de la cual sólo quedan sus restos) y una venta de gran influencia llamada Txurikain, que todavía sigue en pie y que dio cobijo, entre otros personajes ilustres, a Ignacio de Loyola. Junto a esta casona se encuentra la ermita de Nuestra Señora del Camino, dentro de la cual hay una fuente sagrada.

Proseguimos viaje por el Valle de Atetz, atravesando Berasáin, Erice, Labaso y Aróstegui, encontrando caballos panzudos pastando libres a los bordes de la carretera. Uno de los puntos en la ruta donde paramos fue el puente sobre el río Urepel, ya que una de mis canciones favoritas, cantada por Gabitu y Fito, recibe este mismo nombre. Posteriormente, hicimos una pausa en Aróstegui (“casa del herrero”), villa que conserva el “Palacio de Aróstegui” (conocido anteriormente como Arotzeche), el cual fue concedido por el rey Juan II al vicecanciller Pedro Périz de Villana en 1445.

Finalmente, llegamos a la localidad de Gelbentzu, traspasando Gascue, puerta de entrada al Valle de Odieta. El Valle de Odieta es una merindad compuesta por 8 concejos: Gascue, Gelbentzu, Latasa, Ripa, Genduláin, Ziaúrritz, Anotzibar y Ostiz. En Gelbentzu encontramos la iglesia de San Juan Bautista del S. XVI, la Casa Erregerena que tiene adosado un antiguo horno de pan, el inicio de los senderos de Odieta y una fuente natural que hay junto a un lavadero. De esta zona también cabe destacar su idiosincrasia lingüística, ya que se habla un dialecto alto-navarro meridional que podría ser una mezcla entre el euskera cispamplonés y una variante vascófona de Olaibar.

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Para terminar, rescataré de este valle las leyendas de las brujas de Anotzibar. Florencio Idoate en su libro “Rincones de la historia de navarra” narra los siguientes hechos:

“Corría el siglo XVI cuando Mari-Juana, soltera de más de cincuenta años; sus sobrinos Martinico y Miguelico de diez y siete años; Miguel Zubiri y Gracia, su mujer, de poco más de cuarenta años, fueron denunciados por sus vecinos. La acusación fue presentada ante la Corte Mayor por Don Pedro de Esain, abad de Ziaurritz y Anotzibar, en vista de las manifestaciones que le hiceron los padres de los muchachos y María de Larrainzar, su abuela, de que “una mala mujer las había estragado y hecho hechiceros a sus hijos y nietos”. Les acusaban de entrar volando en las casas de forma de perro, gato y otros animales. Estropeaban los campos, entraban en las iglesias y se burlaban de la Cruz y de los santos. Muchos terrenos sembrados de los vecinos se perdían por una enfermedad llamada “illiortia”, pero los terrenos de las brujas daban buenas cosechas.

Según decían, las brujas, también habían matado a un hombre, Pedro Miguel, cuando llegaba al pueblo una lluviosa tarde.

María de Larrainzar dijo que tres de sus niños se habían acostado por la noche perfectamente y para el mediodía siguiente habían fallecido. A la señora Gracia la acusaron de no ir a misa, pero la mujer llevaba enferma seis años. En la cama se enteró de que había sido embrujada.

El padre de Mari Juana llevó un cura para que le hiciera conjuros a su hijo. Después le regaló un jamón, pero cuando se marchaba hacia su casa se encontró con Mari Juana y sus amigas brujas. El cura se asustó y murió a los pocos días sin probar el jamón. Pero Mari Juana dijo lo siguiente: que aquel cura vaciaba la bolsa y la cocina de su padre y que por ello había muerto.

Mari Juana y Miguel fueron torturados en el potro y les aplicaron el tormento del fuego en un brasero, untándoles los pies con aceite hirviendo y arrancándoles así algunas confesiones vergonzosas. Gracia murio de debilidad en la cárcel, casi abandonada. Treinta y cinco años antes a las brujas de Esparza de Salazar les condenaron a un año de destierro. Para las de aquí, sin embargo, no hubo ninguna compasión”.

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Cerca del pueblo de Anotzibar se encuentra el manantial de Aingeru Iturri, del cual se dice que su agua también posee propiedades curativas.