GAU BELTZA, DOMU SANTU ETA ARIMEN EGUNA

En el antiguo calendario tradicional vasco, el invierno (negu) o época oscura del año comenzaba con la celebración de la última cosecha, la matanza del cerdo y la entrega de ofrendas a los antepasados. Estos hitos terrestres estaban alineados, a su vez, con determinados eventos estelares anuales: la aparición del Triángulo Invernal (neguko triangulea) en la bóveda de los cielos y la lluvia de meteoros de las Oriónidas.

El Triángulo Invernal está conformado por las estrellas fijas Sirio (Canis Major o Izarrora), Procyon (Canis Minor o Txakur txikia) y Betelgeuse (Orión o Ehiztaria). Orión, en la mitología vasca, tiene su reflejo en la figura de Ehiztari Beltza (Cazador Negro), líder de la Cacería Salvaje. Ambos canes representan a los sabuesos que acompañan al cazador en busca de la liebre blanca en la que el Diablo se convirtió para tentar al cazador y lograr que abandonara la misa.

Como ya expliqué en otro artículo, la Cacería Salvaje es un mito europeo con diversas variantes locales que simboliza el proceso de desintegración, caos y desgobierno que supone la entrada en un periodo hostil donde la naturaleza deja de ofrecer su aspecto más amable, activándose nuestros instintos más primarios para garantizar la supervivencia a cualquier coste. Asimismo, se trata de una representación simbólica de ciertos fenómenos atmosféricos propios del cambio estacional, usualmente acompañados de oscuridad, niebla y tempestades.

Por su parte, las Oriónidas ilustran esa algarabía de las cortes de seres feéricos, almas de difuntos, espectros errantes, criaturas de pesadilla, demonios y brujos/as que montan sobre corceles blancos, lobos, aves u otros animales totémicos propios del folclore autóctono, emitiendo ruidos espeluznantes (gritos, aullidos, quejidos lastimeros, toques de instrumentos…) que hacen temblar hasta a los más valientes. En nuestra cultura, se conoce a estos espíritus como “Oihulariak” (Aulladores/ Gritadores). El “oihu” es una forma de llamada salvaje que suele causar una fuerte impresión psicológica sobre quien lo recibe, mayormente de inquietud o miedo, aunque no necesariamente se emite con el propósito de atemorizar, sino más bien de advertir que no se transgredan ciertos límites en un lugar habitado por ciertas criaturas sobrenaturales.

Esta época trae consigo un reequilibrado cósmico de la mano de ciertas entidades tenebrosas como Gaueko, Herio, los Intxisuak, los Gaizkiñek, los Mozorroak, las Arimaerratuak o los/as Sorginak que despiertan nuestros más profundos temores y desafían las perecederas estructuras del mundo físico que los humanos hemos construido para lograr cierta sensación de seguridad ante un devenir impredecible y la mutación constante que está presente en los ciclos naturales. Una manera de sortear los peligros de estos espíritus que no pertenecen al mundo de los vivos es dedicando una fiesta en la que se llevan a cabo distintas actividades para garantizar una convivencia respetuosa con estos seres. Dicha festividad, que celebramos el 31 de octubre, es conocida como Gau Beltza (Noche Oscura), Arimen Gaua (Noche de Ánimas) o Defuntuen gaua (Noche de Difuntos) y tiene orígenes muy antiguos.

Por la etimología y por las reminiscencias folclóricas disponibles, podríamos deducir que originalmente esta noche estaría dedicada a Gaueko como representación de la oscuridad primigenia y a su corte de espíritus nocturnos. En euskera, existe el término “gau-agerkun”, que puede traducirse como aparición o fantasma. También está el vocablo “gauazko” (nocturno) que se aplica como adjetivo a aves oscuras (cuervos) u otros animales que salen de noche (“gau-ihiziak”) como el búho, la lechuza, el lobo o el murciélago. Coincidentemente, Gaueko toma la forma de estas bestias para manifestarse. También las ánimas suelen aparecerse bajo el aspecto de pájaros negros (mayormente córvidos). Por su parte, los Ieltxu, Idditu o Idizelai se presentaban a veces como aves negras que echaban fuego por la boca, asuntando a quienes transitaban de noche en tiempo de Gaueko (desde las 11 de la noche hasta el amanecer). En cuanto a plantas que incluyen el prefijo “gau”, cabe destacar el ciprés o “gau-arbola” (árbol de la noche), vinculado a ritos funerarios y ceremonias en honor a los difuntos. En Egipto se utilizaba para confeccionar ataúdes y, tanto griegos como romanos, lo empleaban en espacios y rituales fúnebres por su asociación a deidades ctónicas.

Oier Araolaza fue el precursor de las primeras investigaciones antropológicas modernas que buscaban rescatar la esencia de las viejas tradiciones de la Víspera del Día de Difuntos. Este elgoirbatarra recogió testimonios orales de personas mayores que recordaban la costumbre de vaciar nabos, calabazas o remolachas (e incluso patatas grandes), dándoles después forma de rostro con ojos huecos y colocando velas en su interior. Luego las dejaban en los campos o en los caminos con la intención de asustar a los vecinos. Asimismo, algunos informantes describían el reaprovechamiento de trapos viejos, telas de saco y cuerdas para confeccionar disfraces de mozorro”, “zamorro” o “muzurru” (fantasma, coco, monstruo).

Posteriormente, los antropólogos Jaime Altuna y Josu Ozaita consiguieron la beca de investigación Juan San Martín del Ayuntamiento de Eibar y la Universidad Vasca de Verano (UEU) para continuar esta labor, que concluyó con la publicación del libro Itzalitako kalabazen berpiztea. Arimen Gau, Halloween eta Gau Beltzaren haur-ospakizunen ikerketa etnografikoa(2018). En este trabajo, se ilustra, además de lo anteriormente comentado, la costumbre de ir casa por casa recogiendo comida (castañas, nueces, avellanas, almendras, tortas de pan, embutido), dulces o dinero como pago para no ser víctima de sustos y bromas pesadas. Joxemiel Bidador, apoyándose en los ensayos de Gabriel Imbuluzqueta y Mikel Aranburu (entre otros), da cuenta de estas cuestaciones pecunarias en la cuenca del Baztán-Bidasoa y en otras partes de Navarra (Valle de Arce, Valle de Ollo, Valle de Etxauri, Valle de Imotz, Merindad de Olite, Cendea de Olza…). En la zona de Pamplona y alrededores recibían el denominativo de “txinurris”, derivado del vocablo “txingurri” (hormiga), puesto que recordaban a la recolección minuciosa de provisiones que este animal realiza antes de la llegada del invierno. Los niños solían ser los protagonistas, actuando de puente entre los muertos y los vivos: tras reclamar y recibir víveres o dinero, recitaban oraciones a los difuntos de aquellos vecinos que habían pagado honradamente el tributo. Itziar Diez de Ultzurru recopiló varias fórmulas, ya registradas por otros autores, similares al famoso “truco o trato” (“trick or treat”):

  • Ziria ala saria! (vela o premio)
  • Sosa ala pota! (céntimo/moneda o pieza de comida)
  • Xanduli, manduli, kirriki, eman goxokiak guri! (onomatopeyas que simulan sonidos de animales, danos dulces)
  • Xanduli Manduli, Kikirriki… ¡écheme nueces por aquí!
  • Txingila, mingila, karruskario, sagarrak merke ta udareak kario. (cencerro, nudo, rechinar de dientes, manzanas baratas y peras caras)
  • Txingila mingila kurruskario, ireki ezazu armairua! (Abre las puertas del armario)
  • Txinurrie, mandurrie, alakatan, txinurrie!
  • Txinurrie, manurrie kankan kankan txinurrie. Bota bota kastañera lurrera” (onomatopeya de golpe de martillo, ¡echen castañas para cubrir las montañas!)
  • Tirriti-tarrata mandulon, domine domine sandulon, ¡en esta casa no hay turrón! (imitando el sonido de remolinos de viento y desgarros, ruidos de carraca)
  • Domine domine kastañe, i si no zikiñe! (Señor, señor, castaña; o si no, indecencia/suciedad)
  • Txinurrie, mandurrie, aratako kastañere, si nos echas pa tu tía!

En Euskal Herriko Ahotsak (Voces del País Vasco), repositorio de recopilación y difusión del patrimonio oral vasco, se pueden encontrar decenas de testimonios en euskera de personas de distintos puntos de Euskal Herria que explican las particulares de esta festividad.

En las entrevistas realizadas, además de lo anteriormente comentado, se aprecia que esto se hacía durante todo el otoño, pero la costumbre se intensificaba durante el Día de Difuntos y Todos los Santos (aunque podía extenderse hasta San Martín). Antiguamente los paisanos creían que en estas fechas regresaban las almas de los muertos. La manera de evitar que ciertos espíritus se te llevaran al Otro Mundo era camuflarse, imitando su aspecto. Por otro lado, el hecho de colocar velas en los caminos era una manera de iluminar a las almas errantes y ayudar a los antepasados a regresar al hogar familiar. En la sociedad tradicional, la convivencia con la muerte y los difuntos era constante y asumida con naturalidad por la comunidad. Los fallecidos actuaban como guardianes del territorio en el que descansaban sus restos mortales, encargándose de preservar sus límites y procurar la regeneración/abundancia del lugar. Es por esto que en Euskal Herria se creía que el día de Todos los Santos era un buen momento para sembrar habas y trigo.

En la tradición europea, especialmente en la franja atlántica, los primeros enterramientos neolíticos construidos fueron los dólmenes y cromlechs. En el ámbito euskaldun se creía que estos monumentos habían sido edificados por los Mairu y Maide (almas sin bautizar) las cuales custodiaban el acceso a otros planos y podían otorgar bendiciones si se les daba culto. Inicialmente, dicha veneración se realizaba en el mismo monumento megalítico. Una vez que la Etxea (casa) se convirtió en santuario, pasaron a dejarse ofrendas de pan, frutas de temporada, bebidas alcohólicas y frutos secos junto a la chimenea para conseguir su favor. Gau Beltza es una noche propicia para honrar a estos espíritus, además de a las almas de aquellos/as antepasados/as poderosos/as que forman parte del linaje del practicante mágico (lo que en el panorama anglosajón se conoce con el sobrenombre de “Mighty Dead”).

Arimen gaua también es un tiempo favorable para la necromancia, particularmente a través de oráculos de huesos (osteomancia). En Iparralde, Euskadi y Navarra, la astragalomancia o “sakapon“ se practicaba con 4, 5 o 6 piezas (tortoloxak, ezurkoak, karnakulak, akerkos, mailak) , dependiendo de la región. Cada una de las cuatro caras tenía denominaciones y significados diferentes. La “panza” o “karne” de la taba inspiraba connotaciones positivas, mientras que el “kulo” o “zulo” se interpretaba de manera negativa. Las caras intermedias (“tate”, “pon”) solían mostrar un resultado dudoso o incierto. En zonas marítimas se practicaba adivinación utilizando las espinas del pescado, que eran arrojadas al fuego.

Los difuntos de la familia pasan igualmente a convertirse en aliados espirituales y protectores del hogar. Estos antepasados custodios reciben el nombre de Etxekojaunak y son recordados cada luna nueva, pero muy especialmente en esta parte del ciclo anual. El elemento principal para canalizar la relación con ellos es laargizaiola” (en su defecto, cirios o velas), además de las ofrendas de comida y bebida. Antaño se realizaban los enterramientos en las inmediaciones de la casa hasta que el cristianismo prohibió las inhumaciones en el domicilio, de modo que este vínculo era mucho más estrecho. Posteriormente (s. XIII al XVIII), pasaron a hacerse en un espacio de la iglesia llamado “jarleku”, losa sepulcral que llevaba grabada el nombre de la familia y donde se colocaban los cuerpos con los pies hacia el altar mayor y la cabeza hacia la puerta principal. Sobre este espacio, la Etxekoandre (o la representante femenina de mayor rango después de ella) encendía la “argizaiola” con la intención de iluminar el camino del difunto hacia el Otro Mundo mientras rezaba alguna oración. En ocasiones, también se dejaban algunas monedas o unas tortas como ofrenda. El único lugar de Euskadi donde se perpetúa esta tradición actualmente es Amezketa (Guipúzcoa). En algunos lugares de Vizcaya (Orozko, Duranguesado), Álava (Llodio) y Navarra (zona de Ujué), sin embargo, se pueden ver, ejemplares de “ezko-argiak” o “eleizako kandelak (hachones). En otros pueblos de la Ribera Navarra y de la Merindad de Sangüesa también se mantiene la costumbre de encender lamparillas de aceite (popularmente conocidas como “mariposas”). A partir del s. XIX, se generalizó el traslado de los restos mortales a los camposantos y se empezaron a usar velas corrientes.

El Día de Todos los Santos (1 de noviembre) es conocido como Domu Santu eguna, Santu guztien eguna, Domuru Santuru, Domini Santu, Dome Santoe u Omiasaindu. Antes de la llegada del cristianismo se celebraba el Gaztainerre Eguna o Gaztaina eguna (día de las castañas), muy especialmente en las localidades situadas en el tramo central del río Deba (Guipúzcoa), en los pueblos en torno al Parque Natural del Gorbea (Vizcaya, Álava) y en los alrededores de Urkiola. Esta misma tradición es equivalente al Magosto gallego (derivado de “Magnus Ustus”, gran fuego), el Amagüestu asturiano, la Magosta cántabra, el Magustu portugués, el Calbote o Calbotada castellano-leonés/a, la Castanyada o Castañada catalano-aragonesa, la Castanhada occitana, la Chaquetía extremeña o los Finaos canarios. En el caso euskaldun, se preparaba un banquete a base de castañas asadas, caracoles en salsa, tortas de maíz o morokil (polenta), chorizo o “txistorra”, manzanas asadas, vino y sidra. Posteriormente, se contaban historias de miedo al calor del fuego. En otros lugares de la península encontramos, además de castañas, bellotas, nueces, avellanas, higos, boniatos, granadas, dulce de membrillo, garrapiñadas, pastel de calabaza, buñuelos de manzana, panellets, huesos de santo y orujo. El propósito de estos festejos, originalmente, era mostrar agradecimiento por la última cosecha del año y honrar a los antepasados, compartiendo una parte de lo recogido con ellos. Esta fecha se consideraba apropiada para realizar purificaciones, acudir al curandero local e ir al cementerio a visitar las tumbas de los seres queridos.

En el caso de Euskal Herria, el 1 de noviembre se realizaba y se sigue realizando una misa en honor a los difuntos conocidos (ya que los que no se recuerdan dejan de tener potestad sobre los asuntos importantes de los vivos). En este espacio se llevaba a cabo la ofrenda de luz y pan/tortas/roscas (argi-orgik) sobre un paño negro, muy especialmente si se celebraba el aniversario del fallecido/a. En esta fecha también se obsequiaba al párroco con una “olata” u oblea o, en su defecto, bollos artesanalmente horneados. En algunas villas de Álava la ofrenda se componía de cuatro piezas de pan tierno. Adicionalmente, si había algún difunto que había partido recientemente, se le dejaba una vela encendida los días 1 y 2 de noviembre en la casa en la que había habitado, o bien se ponía un cirio en el altar del propio hogar, dedicando una oración por el descanso de su alma. Por último, se acudía al cementerio a llevar flores como gesto de afecto. Popularmente se sigue creyendo que los pétalos de determinadas flores, especialmente las de aquellas que son muy olorosas, sirven para atraer e incluso contener a las almas de los muertos (crisantemos, ciclámenes, pensamientos…). En consecuencia, se evitaba ponerlas en casa y estaban únicamente destinadas a engalanar las tumbas. Por otro lado, la costumbre de colocar círculos de flores atendía al simbolismo de encerrar al alma del difunto para que no abandonara su lugar en el Otro Mundo y no pudiera perturbar a los vivos.

La preocupación por asegurar un tránsito fluido hacia la Otra Vida y aliviar el sufrimiento de las almas innobles o con asuntos pendientes (“arimaerratu”) ha ocupado una parte importante de las tradiciones populares y ritos de magia folclórica de Euskal Herria. La mayoría de ellas derivan de un sincretismo que entrelaza las dos creencias más extendidas sobre la muerte: la creencia en la transmigración/reencarnación y la partida del mundo mortal con supervivencia del doble espiritual. En la vertiente cantábrica, en general, se pensaba que el alma seguía poseyendo algún resquicio de sustancia equiparable al aliento, un soplo de aire, una tenue luz o una sombra tras abandonar el cuerpo. En ocasiones, los muertos también se materializaban mediante olores característicos, especialmente si el fallecido/a lo había hecho en circunstancias traumáticas o violentas, o se trataba de una persona cuya conducta en vida dejó bastante que desear. Asimismo, eran frecuentes las manifestaciones del alma a través de ruidos u desplazamiento de ciertos objetos personales, especialmente si tenían un fuerte apego a ellos. Adicionalmente, es conocida la atracción de las almas hacia el agua como medio de purificación. Los lugares de agua contenida o estancada pueden convertirse en refugio de almas errantes, de modo que tendía a renovarse frecuentemente cualquier recipiente con agua para evitar que se acomodaran allí. Por último, se evitaba hablar mal de los difuntos e incluso, en algunos lugares y momentos se proscribía mencionar su nombre. De ese modo uno se protegía de que le acosaran o se apegaran.

El Día de Fieles Difuntos (2 de noviembre), denominado Arimen eguna o Hilen Eguna, precisamente está destinado a ocuparse de las almas en pena o que han dejado de ser recordadas. Antiguamente era una festividad de gran arraigo e importancia dentro de nuestro folclore, hasta que fue eliminada oficialmente del calendario litúrgico tras el Concilio Vaticano II (1965). La consagración de la Capilla de San Pedro a Todos los Santos en el s.VIII, se trataran de mártires o simples feligreses, fue una estrategia de la Iglesia para sustituir los ritos paganos supervivientes por otros de índole cristiana. Dentro de la doctrina católica se considera que todos los bautizados, vivos o muertos, sin importar sus faltas, forman parten de una misma comunidad en la cual los que se encuentran más cercanos a Dios interceden por aquellos que siguen o han seguido un más camino desviado, según su moral. A finales del s.X se añadió la celebración de Fieles Difuntos para orar por aquellos creyentes que había pasado a mejor vida y, muy especialmente, por quienes se encontraban en fase de tránsito. De este modo, se pretendía reforzar la estrategia ya iniciada para enmascarar reminiscencias de cultos populares a los difuntos.

Dentro del folclore euskaldun se creía que las almas del purgatorio solían vagar por la tierra desde el mediodía de Todos los Santos hasta el día siguiente. Si, en este período, un difunto se aparecía había que decirle: “Parte onekoa, bazara, ser gura dozun ezaizu; parte txarrekoa bazara, zoaz nigandik zazpi estatuar” (Si eres de buena parte, di lo que deseas; si eres de mala parte, aléjate de mi siete estadios). Normalmente las almas errantes buscan el apoyo de los vivos para solucionar algún asunto inconcluso, saldar deudas con otras personas o materializar promesas que no pudieron cumplir antes de morir. No obstante, hay otras que solo buscan luz y atención (canalizada usualmente mediante la oración) porque llevan demasiado tiempo encerradas en un bucle sin fin. Cualquier detalle hacia ellas que sirva para romper su aislamiento y confortarlas un poco, sirve de ayuda.

Muchas ancianas que aún tienen consciencia y conocimientos relacionados con los misterios de la muerte dedican novenarios (“bereratzigarren”) cada cierto tiempo a las “almas del purgatorio”. El Día de Fieles Difuntos se considera un momento propicio para iniciar una devoción destinada a estos muertos “innobles”. En diversas corrientes espirituales, la novena es el tiempo estimado que tarda un difunto en desprenderse de su envoltura carnal, aunque luego le seguirán otras fases en las que distintas partes del alma se irán destejiendo y reintegrando. Adicionalmente, en varias ermitas de toda nuestra geografía, como la de San Juan de Gaztelugatxe, se dejaban las puertas del templo abiertas durante el Arimen Eguna (noche incluida) a fin de que los aparecidos tuvieran ocasión de solucionar algún asunto pendiente con la intermediación de un vivo.

Para finalizar, cabe señalar que el Hilen Eguna solía considerarse el día más indicado para exhibir reliquias de santos/as e intercambiar oraciones por indulgencias. A las salida de las iglesias a menudo se vendían relicarios, reproducciones de huesos e imágenes en forma de dulce. Estos confites benditos se llevaban al altar del hogar o bien se conservaban para una ocasión en la que se requiriera la intercesión del santo/a.

 

Bibliografía consultada

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 Dueso, José (2000) El calendario tradicional vasco. Roger editor.

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https://www.eitb.eus/es/television/programas/historias-a-bocados/videos/detalle/5886165/video-argizaiolas-cementerio-parroquia-san-bartolome-amezketa/

euskalmitologia.com

 

Udazken koloretan

Septiembre representa el final o culminación del verano dentro del calendario tradicional vasco (Udazken o Udagoieneko), o lo que nosotros conocemos ahora como inicio del otoño (Buruila). Popularmente se concibe como una época corta y plácida (Urriaro) donde los días son cada vez más breves y los últimos verdores de la vegetación (Larrazken) se apagan, dando paso progresivamente a hermosas estampas de tonos dorados, pardos y cobrizos.

Una de las denominaciones de septiembre es Uraila o mes del agua (o Garoila, haciendo referencia al rocío), aunque este año está siendo especialmente seco y no tendría demasiado sentido aferrarse a dicha terminología. Antiguamente, la humedad de las lluvias propiciaba el esplendor de los helechos y, por ello, septiembre es conocido como Iraila (mes del helecho). Muchos aldeanos, especialmente en la zona del Duranguesado y en los Pirineos, recogían esta planta para fabricar “camas” para el ganado, usarla como combustible o utilizarla como elemento para los abonos por sus propiedades remineralizantes. Por su parte, los/as herboleros/as, también la recolectaban durante la luna nueva de septiembre para tratar dolores reumáticos, problemas articulares, hernias inguinales y frenar las hemorragias de las heridas. Asimismo, puede usarse como diurético y para tratar trastornos hepáticos. En el Valle de Ollo existe la costumbre de quemar helechos recogidos en San Juan para purificar la casa y prevenir toda enfermedad.

En mi caso, como resido en la Ribera del Ebro, estas tradiciones no forman parte del imaginario colectivo del territorio. Esta zona se caracteriza por sus viñedos y la calidad de sus vinos, así que la vendimia y sus festividades báquicas, son sus principales elementos folklóricos distintivos. Concretamente, en Logroño, aunque ya nos salimos de las fronteras legales del País Vasco y Navarra, en el Equinoccio de Otoño se hace el pisado de la uva y se le ofrece el primer mosto a la Virgen de Valvanera, una antigua advocación mariana (s.XI) que fue encontrada en el interior de un roble del Valle de las Venas (renombrado posteriormente como Valle de la Venia o del Perdón). Este frondoso lugar destaca por la abundancia de los arroyos que riegan las laderas y que semejan los vasos sanguíneos de la Madre Tierra. Algunos autores apuntan a que el nombre de Valvanera provendría de “Luna Vera” (Luna verdadera), haciendo referencia a la palidez del rostro de la imagen original que se asociaría a dicho cuerpo celeste. La presencia de plata y gemas azuladas en su santuario refuerza su vinculación con la luna. Otros consideran que Valvanera es una representación venusina de una deidad prerromana más arcaica cuyo nombre se ha perdido y que tendría una relación directa con la fertilidad y la sanación, ya que junto al viejo roble hay una fuente natural a la cual se acude para beber o recoger agua con fines curativos.

Sea como fuere, Valvanera no es la única representación de Diosas convertidas en Vírgenes cristianas. Otra de las imágenes a destacar sería la Virgen del Romero de Cascante (Navarra), la cual se apareció tres veces a un pastor sobre un romero (al estilo de las manifestaciones de Mari en muchas de las leyendas populares). El romero es una de las plantas más utilizadas en la medicina popular, especialmente en forma de alcohol o aceite, para el tratamiento de contracturas, inflamaciones y problemas articulares, así como trastornos respiratorios y circulatorios. Adicionalmente, es un gran reconstituyente y ayuda a fortalecer el cuerpo. En muchos hogares, principalmente de la geografía navarra, se solía colgar (y aún se cuelga) un hatillo de romero sobre el dintel de la puerta o encima de las ventanas para ahuyentar, no solo a los mosquitos, sino también todo tipo de mal.

En localidades como Durango (Vizcaya) o Mutiloa (Guipúzcoa), se rinde culto a Andra Mari (Señora Mari) en forma de virgen.  El día de la Natividad (8 de septiembre) se ofrece una misa y luego se celebra una romería. Las mujeres encienden lámparas de aceite, cirios y rollos de cera virgen con la intención de alejar las pesadillas de sus hijos/as. Asimismo, se le suele ofrendar gran cantidad de huevos e incluso gallinas. Tanto ese día, como a lo largo de todo el año, las mujeres acuden para pedir por la salud de sus pequeños, lograr un buen parto o que se les conceda la dicha de tener descendencia.

Aunque todas estas tradiciones me resultan afines porque las he vivido de cerca (sustituyendo el romero por albahaca y los huevos por dulces), debo confesar que, en mi casa, ha tenido más relevancia que mi tía preferida cumpla años en esta fecha (supongo que esto tampoco fue accidental, conociendo a nuestra Dama). Recuerdo que, en estos días de fiestas septembrinas, nos juntábamos toda la familia a comer en casa de mi abuela y ella cocinaba pierna de cordero (antigua ofrenda a Mari). También amasábamos juntas “hojas de parra”, unas tortas crujientes en forma de hoja que llevan huevos, leche, aceite, azúcar, harina y anís. Otros de los dulces típicos de esta época son las conservas de melocotón y pera en almíbar, las mermeladas de frutos de temporada (melocotón, ciruela, moras), las manzanas asadas y las garrapiñadas. No podría contar la cantidad de horas que he pasado con mi “amona” a lo largo de mi infancia y adolescencia llenando botes de conserva y pelando “almendrucos” sobre un tocón de madera. A veces me daba la propina por ayudarla, a pesar de que mi auténtica recompensa era su compañía y sabiduría.

La verdad es que nunca fui demasiado fan de la vendimia, aunque luego me pusiera “morada” de uva moscatel cuando mis tíos la recogían. La verdadera esencia del otoño para mí se encontraba y aún permanece en la sacralidad alquímica de la cocina. El otoño empezaba realmente cuando mi abuela encendía el horno de leña con troncos viejos, sarmientos y cáscaras de frutos secos y nos dedicábamos a recoger los frutos de la cosecha para transformarlos en nuevos alimentos mientras emanaban de sus labios las viejas historias. También era el momento en que limpiaba y acondicionaba con especial esmero la capilla familiar para que estuviera convenientemente preparada para el Día de Todos los Santos, pues los antepasados han sido siempre un elemento esencial en el culto privado de mi familia. Siempre la acompañaba al cementerio para estos menesteres y observaba con detenimiento cada detalle, pues había cosas que no podía hacer porque solo corresponden a la Etxekoandre de la familia. La esencia y las formas principales de aquellos ritos son las que he ido incorporando en mi propia práctica espiritual, aunque obviamente he introducido otros elementos que han surgido de la interacción personal con los Etxekojaunak y de la investigación aplicada del folklore de mi tierra.

El otoño para mí representa, igualmente, un periodo de acontecimientos drásticos, transformadores y normalmente dolorosos: la cesión o matanza de animales a los que había cuidado durante el verano; el abandono de las libertades, el comunitarismo y el espíritu salvaje del pueblo; el alejamiento o pérdida de algunas amistades que cambiaban de clase, centro o vivienda; el divorcio de mis padres; el fallecimiento de seres queridos;  la inestabilidad de la falta de empleo o la adaptación laboral a un nuevo centro docente o grupo de alumnos; las mudanzas; la iniciación a mi tradición.

La entrada de los espíritus de la corte oscura (o Caza Salvaje) suele manifestarse en forma de sacudidas, derrumbes, accidentes, pérdidas significativas, renuncias y sacrificios. Esta es su manera de reestablecer un nuevo orden nacido del caos y el desgobierno, de obligarte a prescindir de la cómoda piel a la que te habías acostumbrado para otorgarte otra más resistente a las inclemencias y penurias del invierno. La superación del miedo, la inseguridad, la ansiedad y la melancolía que conlleva el desapego de nuestro viejo “Yo” y de todo lo ligado a él es la prueba a superar o el precio a pagar para obtener ciertos aprendizajes, regalos o dones que solo ellos pueden entregarte. Por mucho que sea algo asumido, no deja de resultar difícil, porque los seres humanos solemos resistirnos a los cambios y a aquello que se escapa de nuestra comprensión o control. Enfrentarnos al duelo de una muerte física, emocional, simbólica o espiritual es algo atávico que despierta toda una serie de mecanismos asociados a la Sombra y a los temores que surgen de la interacción con las diferentes realidades del Mundo Inferior.

Tal y como escribió Jung en su Libro Rojo, “puedes llamarnos símbolos, pero somos tan reales como tus semejantes, […] somos lo que tú consideras real”. Y creedme, los poderes a los que sirvo son algo más que conciencias arcanas que pueblan el inconsciente colectivo de una cultura autóctona. Están muy vivos y más despiertos que nunca, como hemos podido comprobar con los últimos desastres naturales. Su forma de manifestar su tremendo descontento con el despreciable trato mayoritario que le da el género humano ha sido activando el potencial destructor de los cuatro elementos a nivel planetario: huracanes (aire); erupción solar e incendios (fuego); terremotos (tierra); lluvias torrenciales, inundaciones y tsunami (agua). A nivel local, las olas de calor generalizadas, las sequías en la parte del sur y las últimas tormentas en las zonas de montaña también han sido notables. Incluso tenemos nieve en algunos puntos del Pirineo.

Durante este ciclo, los acontecimientos se han precipitado de forma inevitable, anticipando la llegada de lo que se atisba como un largo y duro invierno. Mis sueños y vuelos nocturnos me conducen a lugares cada vez más oscuros e inquietantes.  Mi percepción de los últimos eventos me hace pensar que nos están poniendo a prueba, se está exigiendo la asunción de compromisos más firmes y la entrega de desgarradores sacrificios.

En mi caso, hace un año que salí de la protección de mi cubil y di el paso de visibilizar mi “pata de ánade”, mostrando públicamente esa faceta brujeril y oracular que había sido un secreto y un tabú en muchos espacios sociales. No podía ni quería esconder más algo que me convierte en quien soy a todos los niveles, pues mi espiritualidad es algo que me he esforzado en llevar a la práctica en casi todo lo que hago en mi día a día, tratando de honrar la memoria de mis antepasados y a los espíritus del territorio que me entregaron su bendición. Tal y como juré en la cima de Urkiola hace 9 años, he recogido la antorcha de la tradición, he alimentado su fuego y estoy difundiendo su esencia, asumiendo paulatinamente los compromisos como heredera de un legado familiar que había permanecido oculto, esperando a la persona que tuviese la valentía de rescatar ese tesoro.

La mujer que ahora escribe estas letras dista mucho de aquella muchacha soñadora e ingenua que se echó al monte una lluviosa mañana y será muy distinta de la que quizás conozcáis en el futuro como representante de su propia Etxea. Solo espero poder cumplir con las exigencias de ese cargo y rol con la honestidad, devoción, rectitud, dignidad y aplomo suficiente. El proceso de preparación a menudo es confuso y tortuoso, ya que el sendero a seguir es torcido y con indicaciones que a veces resultan difíciles de descifrar. Incluso te encuentras sin guía en algunos puntos del camino y no te queda otra que confiar en tu propia intuición y en ciertas sensaciones subjetivas, pues los misterios han de ser desvelados y revelados. Tus mayores o tus iguales no pueden explicártelos, por mucho que quieran. La experiencia de cada practicante es única y los obstáculos a superar son diferentes para cada individuo.

En estos últimos meses me he ido encargando de realizar la mayoría de devociones semanales y mensuales,  me he ocupado de gran parte de la organización y desarrollo de las celebraciones estacionales con sus correspondientes costumbres, he tomado un papel mucho más activo en los ritos de paso (funerales, cuidado de las almas que cruzan al otro lado, protección de las nuevas madres y bebés de la familia, casamientos), he profundizado en mis conocimientos de herbalismo y sanación y he intensificado mi relación con los espíritus de la “casa madre” para propiciar un tránsito más fluido en la renovación de los pactos cuando corresponda. No puedo describir lo desgastante que puede resultar a nivel energético y emocional, ni todos los ajustes que he tenido que ir haciendo, comenzando desde mis hábitos de alimentación, ejercicio y sueño, pasando por la gestión cotidiana del hogar hasta las interacciones con mis familiares, amistades, vecinos y conocidos.

Un aspecto que me ha resultado más difícil de lo esperado es pasar a tener un rol más destacado dentro de la comunidad. El hecho de sentir que la gente de mi alrededor me empezaba a frecuentar y me frecuenta cada vez más para compartir sus intimidades (aunque apenas tengamos trato o ni siquiera nos conozcamos), pedirme consejo o asistencia o solicitarme que interceda o medie en asuntos familiares o vecinales ha llegado a resultar un poco agobiante por la toma de conciencia y responsabilidad sobre la resonancia que tienen tus palabras, actos, omisiones o faltas. Tu entorno te observa con un ojo más crítico y empieza a esperar cosas de ti que antes no te correspondía asumir. Hay momentos en que me siento como la llama de una vela que congrega la presencia de seres visibles e invisibles con una intensidad inusitada. Otras veces, me percibo como un renacuajo que aún no se ha convertido en rana, alternando entre la tierra y el agua, sin encontrar un verdadero asiento en ninguno de ambos espacios.

En este ciclo que comienza me corresponde finalizar esta preparación y empezar a asentar las bases para refundar la Etxea, probablemente en un nuevo territorio que ya llevo unos meses explorando y con el cual me estoy sintonizando para que, cuando llegue el momento de dar el triple salto mortal sin red, lo esencial esté bien dispuesto. Eso va a implicar dejar atrás muchas cosas e invertir más cantidad de energía en mi persona y en todo aquello que no se ve de puertas para afuera. No sé de qué manera afectará eso a la trayectoria de este proyecto. Mi intención es seguir contribuyendo a la difusión de los aspectos culturales y folclóricos de la tradición, así como a la construcción de puentes que lleven a una reconciliación entre la realidad objetiva y subjetiva. Espero que, con vuestras sugerencias y apoyo, sea más llevadero el viaje.

Para acabar, os dejo con la letra de la canción “Udazken koloretan” de Benito Lertxundi, deseándoos un feliz equinoccio de otoño y una próspera cosecha.

En los colores de otoño,
atravesando los perfumes de los campos,
evocándote, estoy en ti.


A la sombra del árbol desnudo,
amarillenta y rojiza
yace la hojarasca; todo duerme.


Recojo una hoja, es tan simple como bella,
tan sencilla al morir,
parece aún poseer toda la vitalidad del árbol.


Tanta dignidad al caer
me impulsa a cantarte.
De nuevo contemplo el árbol;
¿estará preocupado…?,
se diría que dibuja la sonrisa de la eternidad
en la bondad de su libre transcurrir.


Y parece burlarse
de los sueños cultivados
en las entrañas del tiempo que me esclaviza.


En los colores de otoño,
atravesando los perfumes de los campos,
evocándote, estoy en ti,
tan sencillo al morir,
tan simple al irte sin un adiós.

 

 

  • La imagen de la Virgen de Valvanera se ha extraído de: https://lariojaturismo.com/comunidad/larioja/recurso/monasterio-de-nuestra-seora-de-valvanera/b4bd993d-c181-487f-87d4-7fdba2a21059
  • La fotografía de la Virgen del Romero puede encontrarse en esta página: http://turismo.navarra.com/item/basilica-de-nuestra-senora-del-romero-de-cascante/
  • La imagen de la Santa María de Uribarri (Durango) se ha obtenido del siguiente blog: https://bizidun.wordpress.com/2016/12/15/el-retablo-de-la-basilica-de-santa-maria-de-uribarri-en-durango/
  • La ilustración de “The Witches Rout” es obra de Marcantonio Raimondi y Agostino Veneziano y ha sido tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:The_Witches_Rout_(Lo_Stregozzo),_by_Marcantonio_Raimondi_and_Agostino_Veneziano,_engraving_-_National_Museum_of_Western_Art,_Tokyo_-_DSC08256.JPG
  • La imagen de la pata de oca se ha extraído de: www.caymonproyectos.es/images/Pata-oca.jpg
  • La ilustración del sapo entre dos ratas se encuentra en: http://personal.rhul.ac.uk/uhle/001/degheyn.htm

 

Hil artean, bizi

Dada la importancia de la muerte en la cultura vasca, unas de las criaturas más temidas durante la época oscura del año eran las apariciones de difuntos o antepasados (hildakoen agerkundak). Entre el pueblo vasco era bien sabido que la muerte suponía una transición que no era inmediata y por eso se llevaban a cabo una serie de ritos para facilitar la transmigración y evitar que las almas quedasen atrapadas, vagando por los “caminos de muertos” (Hilbide, Difunten Bidea, Andabidea, Elizbide…). Además de las ceremonias habituales, ya descritas anteriormente, se evitaba hablar mal de los muertos e incluso se proscribía mencionarlos, a excepción de mentarlos para dirigirles oraciones u ofrendas con el fin de favorecer su tránsito. Otra práctica habitual era renovar el fuego del hogar, encendiendo de nuevo la chimenea tras el entierro, ya que el fuego era una representación de la vitalidad y existía una conexión muy clara entre éste, la casa y la sepultura. Con este ritual lo que se pretendía era “romper” simbólicamente el “cordón umbilical” entre la Etxea y el Elizbide para que el muerto no se sintiera apegado a su morada terrenal. En algunas localidades del norte de Euskal Herria, se mantenía la costumbre de reunir al cortejo fúnebre tras el entierro y los vecinos del finado encendían una hoguera delante de la puerta de la casa del difunto, formando los asistentes un círculo alrededor de ésta y rezando una oración sin la presencia del sacerdote.

No obstante, era frecuente que el difunto se apareciese o manifestase poco después de la muerte, mostrándose en su aspecto mortal, como una luz, una sombra, en el interior de los espejos o en forma de ruidos (crujir de las tablas del suelo o de los muebles, movimiento de hojas, arrastre de cadenas…). También era común que se quedase por un tiempo en el aposento donde falleció, o debajo del alero de la casa (por eso las Seroras iban al zaguán a rezar después del entierro). A veces también adoptaba la forma de un pájaro canoro y se posaba en los árboles cercanos a la casa o descansaba en el alfeizar de la ventana. Una forma de que no volviera a aparecerse era preguntarle qué quería y, tras cumplir su último deseo, voluntad o tarea pendiente, dejaba de manifestarse.

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Quienes no tenían la fortuna de recibir estas atenciones por parte de sus parientes, se convertían en almas errantes (arimaerratu) y estaban condenadas a vagar por los caminos (andabideak), las encrucijadas o entre las zarzas. Normalmente se presentaban ante los vivos en forma de luz pálida (imbuidas de luz lunar); como alma luminosa portando la ropa con la que fueron enterrados y, a veces, una candela (argia); como sombras sin dueño (gerixetia); como un espectro con la figura que el difunto tenía en vida (izugarri); como una ráfaga de viento; o como un olor a aceite quemado en las orillas de los ríos o en las vaguadas. Estos encuentros ocurrían entre el Toque de Ánimas (anochecer) y el Toque del Alba (amanecer). Los aparecidos solían buscar la cooperación de los mortales para que les ofreciesen luz, alguna ofrenda o una oración (aliviando así su sufrimiento), o bien que realizasen una buena obra o acabasen asuntos pendientes por ellos, de modo que así pudiesen liberarse de su pena. Los vivos, a menudo, también pedían algún favor a las ánimas a cambio de su ayuda.

En Errenteria o Gernika, por ejemplo, si se sabía que un difunto tenía pendiente alguna promesa que cumplir, se iba al convento de las monjas y se le pedía a una de ellas que, ante el altar de la Virgen, rezase un rosario. A continuación, se daba una limosna y se encargaban varias misas por el fallecido. En Busturia, se describen encuentros en los que las almas errantes no aceptan rosarios y solicitan que se les enciendan velas en el altar o candelas frente a la imagen de la Virgen. En cambio, en Bermeo, se creía que una forma de liberar a las ánimas era acompañarlas en peregrinación a un lugar sagrado, como la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Esta creencia se fundamenta en la idea de que una de las tareas que realizan las almas errantes era cumplir con la asistencia a aquellas procesiones a las que no hubiese acudido en vida, cantando o rezando con una o dos velas en la mano.

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Algunas de las precauciones que tomaban los aldeanos si deambulaban de noche eran:

  • Nunca se debían dar tres vueltas a la casa después del Toque de las Ánimas.
  • No caminar por las aceras, ya que se creía que los difuntos transitaban por ellas y nunca lo hacían por el centro de los caminos.
  • No decir “gabon” (buenas noches) a los desconocidos, especialmente si se tenía la sospecha de que pudiese ser un “arimaerratia”.
  • Si el difunto establecía contacto, había que averiguar si venía con buenas o malas intenciones con fórmulas como “parte onekoa edo parte txarrekoa zara?” (¿Eres de buena o mala parte?) o “parte onekoa bazara, zer gura dozun esaizu; parte txarrekoa bazara, zoaz nigandik zazpi estatuan” (Si eres de buena parte, dime lo que deseas; si eres de mala parte, visítame en siete estados).
  • Nunca hay que tocar a un alma errante porque está impregnada del fuego del “purgatorio”, teniendo que poner un pañuelo entre medio para saludarle o recibir algo del difunto.
  • Siempre que un vivo y un muerto viajasen juntos, el difunto debía ir siempre delante y el mortal detrás, ya que si se hacía a la inversa, el vivo acabaría cargando con el alma del difunto sobre sus espaldas.

Una manera de ahuyentar a los condenados era mostrando alguna cruz, medalla, escapulario o imagen sagrada y rezando “Angelus domine nuciavi marie…”, tres Avemarías, una oración “por las almas del purgatorio” y un Padrenuestro. Si el difunto seguía apareciéndose se le preguntaba: “¿Qué ofrenda me traes?” Entonces el espíritu debía contar su pecado, aquello que tenía pendiente o que no le permitía descansar. Una vez que esa tarea se completaba y el cura tocaba las campanas, quedaba liberado de toda culpa o carga.

Si el difunto merodeaba por los alrededores de la casa o llegaba a entrar en ella, se podía quemar una mezcla de artemisa (“zinta-belar”), manzanilla amarga (“andragiñe”), romero (“erromero”) y hierba de San Juan (“asiki-belar”) bendecidas el día de la Candelaria, o bien las hierbas bendecidas en la Noche de San Juan.

En caso de que el difunto se manifestase en sueños, oprimiendo el pecho del durmiente para extraerle parte de su fuerza vital, era costumbre arraigada en algunas localidades peregrinar a una iglesia o ermita dedicada a San Miguel, confesarse, comulgar y ofrecer una misa por el alma del condenado.

La extendida creencia en las “arimaerratu” dio pie a que se realizasen prácticas espiritistas, habitualmente durante la Noche de Difuntos. Éstas se hicieron especialmente populares durante la segunda mitad de la década de los años veinte. Las reuniones se organizaban en torno a una mesa de tres patas (Iru kaderako maijje) y el alma se comunicaba por el ruido de los golpes que hacían las patas. Pronto dichas prácticas fueron perseguidas por la Iglesia, la cual llevó a cabo duras campañas contra cualquier acto que implicase establecer contacto con los difuntos.

 

Sortzen denak hiltzea zor

La personificación de la muerte entre los vascos recibe el nombre de Erio, Herio, Herio Anderea (“Señora Muerte”) o Heriotza en los dialectos orientales y Balbe o Balbea en los dialectos occidentales. En el folklore popular se le/la representa como un esqueleto que puede llevar o no un sudario y que sujeta una guadaña y/o un reloj de arena. Este genio se coloca en la cabecera de la cama en el caso de que la persona agonizante por enfermedad natural o afectada por “begizko” (mal de ojo), “birao” (maldición) o intervención de criaturas mágicas  vaya a morir, separando su alma de su cuerpo y encargándose del destino de su espíritu en función de la calidad moral del difunto.

Algunos de los presagios de muerte más conocidos son:

  • El aullido lastimero de un perro (“intziri tristea”) o la aparición espectral de un perro negro (al estilo del Cancerbero greco-romano)
  • Un gallo cantando a medianoche o a deshora (los aldeanos, para ahuyentar a Herio echaban tres puñados de sal al fuego e incluso llegaban a matar al gallo)
  • Una gallina que canta como un gallo (en otras versiones, Balbe aparece como un gallo desplumado)
  • El graznido reiterado de córvidos, cuervos volando en círculos alrededor del caserío o una pareja de cuervos volando bajo
  • El ulular repetido e inquieto de búhos o lechuzas
  • El crujido de las tablas del suelo, de las paredes o de los muebles
  • El eco prologado de una campana (“agoniko kanpaia”)
  • Que se apagase la lumbre del hogar o la llama de las velas de golpe
  • Romper un espejo
  • Derramar aceite en el suelo
  • Parir en Viernes Santo
  • Reunirse 13 personas bajo un mismo techo
  • Un gran aluvión para las almas piadosas y una tempestad para los condenados

En el momento del fallecimiento, lo primero que se hace es cerrar los ojos del difunto para que la muerte no se proyecte sobre otro ser humano. Seguidamente, se abre la ventana de la habitación del muerto y la puerta del caserío o se quita una de las tejas de la casa para que su alma no quede atrapada en el interior del domicilio. Después, se cubren los espejos, los retratos y el escudo familiar con paños negros (“hilmihisiak”). En algunos hogares, incluso se paraban los relojes. Normalmente, una anciana de la Etxea (preferiblemente soltera o viuda) solía ser la encargada de lavar, vestir y amortajar al difunto (“beztiu”) con un sudario bordado. En tiempos medievales, a los hombres se les ataviaba con sus ropajes guerreros y sus armas, mientras que a las mujeres se las acompañaba de su hueca y huso (o huso e hilo). En tiempos más modernos, se les vestía con las ropas de boda o el traje de los domingos. A los niños, siempre se les envolvía con ropajes blancos, como angelitos. Por su parte, la Etxekoandre tenía que preparar sobre la mesilla o tocador una suerte de altar mortuorio con una tela blanca de hilo bordado (con una cruz o lauburus), un vaso de agua bendita o agua de manantial, una lamparilla de aceite encendida y una ramita de laurel bendecida en el Domingo de Ramos. Luego, la Etxekoandre se ponía a rezar a la luz de las velas con la Andereserora (o Serora), otra mujer anciana o una vecina especialista en estos menesteres (“erresadoriek”), con el fin de que el alma encontrase el camino (cruzase el velo sin perderse y pudiese regresar a las raíces del árbol o a la caverna). Otros ritos habituales eran las purificaciones. La muerte se asociaba a la impureza y se creía que era contagiosa, por lo cual la casa o algunos objetos debían ser “limpiados”. En Orozko, por ejemplo, se quemaba el colchón del difunto en una encrucijada, mientras que en Sara se quemaba un manojo de paja en representación de ello, al tiempo que se asperjaba con agua bendita y se rezaban algunas oraciones. En Kortezubi y otros pueblos, se quemaba alcohol con azúcar y una mezcla de ciertas hierbas para purificar la casa y los establos.

Mientras tanto, se enviaba a los jóvenes a anunciar la partida de esa persona de este mundo. Estos jóvenes, conocidos como “mandatariak”, se ocupaban de comunicar el fallecimiento al sacerdote, al sacristán, al notario, a otros familiares y vecinos/as. Cuando el sacristán recibía el aviso, tenía que “tocar a muerto” (hil-kanpaia”) para dar a conocer a los habitantes del lugar lo acontecido. En pueblos como Elorrio, se tocaban siete veces si era un hombre, mientras que se daban seis campanadas si era una mujer. En Zeanuri, en cambio, eran tres campanadas para el hombre y dos para la mujer. Si la persona fallecida era un hombre de cierto rango, las campanadas eran más abundantes y más largas. Para los/as niños/as, se usaba un repiqueteo particular o una campana más pequeña con un timbre más agudo y vivaz (“aingeru-kanpaia”). No obstante, estaba prohibido tocar la campana desde el ocaso hasta que amaneciese, teniendo que esperar hasta la mañana siguiente si el acontecimiento se producía en esa franja.

Según nos cuenta Barandiarán, el aviso de la partida del difunto no se daba únicamente a los seres humanos, sino también a los animales y otros seres de la Etxea. Los primeros animales a los que se comunicaba la noticia tapando el panal con un paño negro o anudando una cinta negra, eran las abejas, pues ellas se ocupaban de producir la cera de las velas. Para exhortarlas a la fabricación de cera se usaban fórmulas como “Argitzarie eitzatzue, berei argitzeko” (Ziga) o “Erletxuak, erletxuak, egui zute argizaria. Nagusia hil da, ta bear da elizan argia” (Bera). También se anunciaban los fallecimientos a las vacas, obligándoles a levantarse si estaban echadas y se hacía lo propio con las gallinas u ocas, haciéndolas correr y aletear mientras se comunicaba el acontecimiento.

En el momento en que el sacerdote se presentaba en la casa para darle la extremaunción al muerto, la Etxekoandre le destapaba los pies y se los frotaba con agua bendita y laurel. El sacerdote, por su parte, traía las bulas, si se habían requerido, depositándolas también a los pies del lecho mortuorio. Asimismo, era común colocar crucifijos, rosarios y escapularios sobre el muerto, así como introducir monedas u objetos de valor en los bolsillos. En algunos pueblos (Zumaia, Ituren, Amezketa…) se conserva la antiquísima costumbre de atar las manos y los pies de los difuntos con una cinta negra, la cual está asociada al miedo a los aparecidos y a la precaución de restarles movilidad por si volvían del Otro Mundo. Después, se hacía el velatorio (“gaubela”, “beigiria”), al cual acudían familiares y vecinos para rezar un rosario con sus 15 misterios. En algunos lugares, se rezaba un rosario al atardecer para iniciar el acto y otro al amanecer para cerrar el velatorio. Posteriormente, se pasó a rezar un único rosario durante el funeral o después de este en la iglesia. También era costumbre que una mujer de buena voz y gran memoria, normalmente la misma a la que se llamaba para rezar por el difunto, dirigiese las oraciones por el alma del fallecido durante todo el velatorio. Entre rato y rato de oración, era común contar anécdotas de la vida del muerto mientras se compartía un refrigerio que consistía en un poco de queso y vino o galletas y aguardiante (karidadea).

Igualmente, era costumbre que durante los primeros días de duelo, otros parientes o los/as vecinos/as se encargasen de las labores domésticas: la Etxekoandre permanecía al cuidado de la cocina y la lumbre, el resto de mujeres limpiaban y lavaban y los hombres asumían el cuidado de los campos y el ganado. Esto no era considerado un mero gesto de solidaridad o cortesía, sino que se entendía como un deber sagrado.

Llegado el momento de trasladar el cuerpo a la iglesia (“progua”), se colocaba el cadáver en una caja de madera atada sobre una escalera o en andas con una suerte de hombreras de paño bordado. Los caminos o vías a través de las cuales se transportaba el cuerpo y viajaba el cortejo fúnebre recibían las siguientes denominaciones: “Andabidea”, “Gorputz bidea”, “Guruzte bidea”, “Hilbidea”, “Auzoteguiko bidea”, “Difunten bidea”, “Erri-bidea”, “Aingeru bidea”, “Camino del cadáver”, “Camino de la Anteiglesia”, etc  Estos caminos conectaban la Etxea con el cementerio y eran consideradas vías sagradas (al estilo de los “iter ad sepulchrum” romanos), por lo cual estaba prohibido construir casas cerca de ellos, acortar términos en las tierras contiguas o cambiar el itinerario por otro que fuese más corto o más cómodo. Si por algún motivo extraordinario se variaba la ruta, el nuevo camino era usado desde entonces en adelante.

De acuerdo con Aguirre, la organización del cortejo fúnebre (segizioa) variaba según localidades. Por ejemplo, en Amezketa, se colocaba delante la cruz parroquial portada por el sacristán, luego el féretro sostenido por jóvenes que habitaban en las casas más cercanas a la familia afectada, después una mujer soltera de la familia llevando las ofrendas (un cestillo cubierto de un paño negro con dos panes, un cerillo con un lazo negro, dos argizaiolak y una cruz de plata; si el difunto era rico, se añadía carne de carnero, oveja o buey). Tras ellos marchaba el sacerdote con o sin monaguillos. Tres pasos más atrás, los hombres encabezados por los parientes o allegados y, finalmente, las mujeres. Barandiarán, en cambio, relata que primero van los sacerdotes con o sin los niños cantores, luego los mozos  llevando al difunto, después los hombres con los familiares o vecinos encabezados por el alcalde y, por último, las mujeres. En algunos lugares de Guipúzcoa, “rescataban” un carnero o un buey que adornaban con un manto negro, borlas en el pescuezo y un pan de cuatro libras en cada cuerno. Dicho animal, conocido como “carnero de muerto” (azurrobia), presidía el cortejo fúnebre y a veces incluso se le permitía estar dentro de la iglesia durante el funeral. Por otro lado, el cortejo se solía cerrar con plañideras pagadas que, en Vizcaya, eran conocidas como “erostariak”, mientras que en la Baja Navarra se las denominaba “nigar-egileak”. Las plañideras clásicas se limitaban a llorar y a lamentarse, pero existía otro tipo de plañideras que conocían letanías concretas para acompañar al alma del difunto llamadas “iletak”.

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En recorridos largos se solía parar el algún “baserri” cercano a la ruta y se colocaba una mesa exterior cubierta de un paño negro para depositar el cuerpo. Al acercarse a la iglesia, se detenía la comitiva de nuevo para cambiar de calzado y acicalarse antes de entrar al templo. Durante el oficio, el ataúd permanecía en un atrio o se dejaba en una ermita cercana. Cuando transportaban al difunto al lugar de entierro tras la misa, los vecinos solían arrodillarse y descubrirse. Si la casa se encontraba en el casco antiguo de la villa, tanto parientes como vecinos salían con sus hachas en la mano.

Barandiarán describe una jerarquización de los ritos funerarios, clasificándolos de “primerísima” categoría, de “primera”, de “segunda” y de “tercera”, según el estrato social al que pertenecía el difunto y la pompa con la que se revestía el acto. Aguirre distingue cinco tipos de funerales y detalla cada uno de ellos:

  • Funeral sencillo o de caridad: las campanas tocaban para anunciar la muerte y el luto. Durante el oficio, se ponía una tela negra en el suelo, al igual que en la ceremonia de recuerdo en el aniversario.
  • Funeral de tercera: incluía tañido de campana, misa de réquiem, sacerdotes vestidos de raso negro y cantos gregorianos acompañados con el órgano. El aniversario se celebraba de igual manera.
  • Funeral de segunda: se componía por toque de campana, misa de réquiem y cantos gregorianos acompañados de órgano. La iglesia se adornaba con cruces y ciriales normales, se prendía un incensario y se quemaba hisopo. Los oficiantes vestían terno de damasco negro y el difunto era colocado en un túmulo de madera tallada en la nave central.
  • Funeral de primera: se daba un toque solemne de agonía con una gran campana. Los altares laterales y los muros del presbiterio de la iglesia se cubren con ternos de terciopelo negro. A los lados del altar mayor, se colocaban cruces y ciriales de metal plateado. En el altar principal, se colocaba una estola, se ponía incienso e hisopo. El muerto era colocado en un túmulo de madera ricamente labrada, custodiado por cuatro hachones encendidos y candelabros. Se iluminaba también el cuerpo central del retablo y se encendía la lámpara de araña. Durante el oficio, se rezaba la Misa de Réquiem de Perossi y se contrataba un coro de hombres acompañado por un órgano. También se hacía otra misa durante el canto de los rezos nocturnos. La celebración de aniversario se hacía como un funeral de segunda.
  • Funeral de primerísima: se tañía una campana grande en agonía y se rezaba misa de réquiem de Perossi con todos sus elementos. Los muros del presbiterio se adornaban con terciopelo negro y la cubierta del púlpito se cubría con la misma tela, pero bordada en plata y oro. Los sacerdotes vestían ternos de terciopelo negro, bordados de la misma manera. La iluminación del templo era completa, se incluían elementos auxiliares eran todos de plata y a veces se quemaba mirra. El difunto era colocado en un túmulo de la mejor calidad. Si se trataba de un cargo eclesiástico, se ponía un cáliz encima. El aniversario seguía las pautas de un funeral de segunda.

En Lekeitio, los entierros recibían también varias categorías:

  • Zortzikoa (“de a ocho”): a él acudían cuatro Seroras portando las ofrendas y dos velas cada una.
  • Laukoa (“de a cuatro”): contaban con dos Seroras que llevaban las ofrendas y dos velas cada una.
  • Batekoa (“de a una”): solo asistía una Serora con las ofrendas más humildes y una única argizaiola (vela tradicional).

En cuanto al lugar de inhumanación, ha cambiado a lo largo del tiempo. Originalmente, se enterraba a los difuntos adultos en los terrenos de la propia Etxea y a los niños, bien bajo el alero o bajo las raíces del árbol familiar. En los primeros tiempos del cristianismo, se enterraba a los fieles en la parte anterior de las iglesias, extramuros (“zumitauie”), a no ser que perteneciese a la realeza, la nobleza, el obispado u ostentase un cargo importante. Allí normalmente se colocaba una estela discoidal, especialmente en Navarra. Posteriormente, se introdujo la costumbre de enterrar a los difuntos dentro de la iglesia y para ello se parceló el suelo a fin de dar espacio a todas las familias de la localidad. Cada Etxea, por tanto, tenía asignada una parcela o “jarleku”, un espacio para enterrar y honrar a sus muertos. Sobre este “jarleku” se colocaba la Etxekoandre en los aniversarios, misas en favor del difunto o en días señalados como el Día de Todos los Santos (“Animen eguna”) con una o dos argizaiolak. Finalmente, se ha pasado a enterrar a los difuntos en los cementerios más alejados de la iglesia principal. Durante el entierro, cada uno de los asistentes echaba un puñado de tierra sobre la tumba. En algunos lugares, solían besar la tierra antes de ponerla sobre el féretro.

Tras el entierro, se reunían todos/as los participantes en la casa y se celebraban las “comidas de funeral” o “banquetes funerarios” (okasiñuak). Normalmente, se solían hacer dos comidas, una cuando se iniciaba el luto (argia) y otra tras la celebración del entierro (ogistia).  No obstante, en lugares como Lazkao,  se hacían hasta tres convites y, por ello, los banquetes funerarios recibían el nombre de “entierroko-boda” por su abundancia y el buen ambiente de convivencia que reinaba.

El cuidado del difunto, no obstante, no acababa tras el entierro, pues los vascos mantenían una creencia dualista o sincrética según la cual el fallecido/a, independientemente de que fuera al cielo, al infierno o junto a Mari, tenía otro tipo de vida “post mortem” que debía nutrirse simbólicamente. El alma, aún separada del cuerpo, seguía poseyendo algún resquicio de sustancia material, equiparable al aire, al aliento, a un soplo o una tenue luz pálida. El espíritu del muerto requería que se le iluminase, se le alimentase y se le cuidase de manera personalizada, especialmente durante los primeros meses tras la defunción, ya que se temía que pudiera convertirse en un alma errante o en pena (arimaerratia).

La forma tradicional de iluminar al muerto era con una argizaiola (“tabla de cera”) o una lamparilla de aceite. La argizaiola o cerillo de difuntos es una talla de madera con aspecto antropomorfo que representa el cuerpo del muerto y tiene enrollada una larga tira de cera virgen alrededor. Habitualmente, las argizaiolak se fabricaban en madera de haya o roble (árboles sagrados) e incluyen representaciones de plantas o flores, símbolos solares (lauburus y otro tipo de ruedas solares), símbolos lunares, estrellas, estelas discoidales, cruces o figuras de ángeles. La función de esta argizaiola era transmitir el fuego del hogar a los difuntos dentro del culto doméstico o llevar la llama de la chimenea hasta la iglesia, donde permanecía encendida durante toda la misa.

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También era común colocar paños o manteles bordados a mano sobre la tumba o en un altar dedicado a los difuntos, sobre los cuales se depositaban las ofrendas (olatak). Si el funeral o el muerto era de primera categoría, se le ofrecía una pierna cordero o carnero; si el difunto era de segunda en la escala social, se le ofrendaba bacalao; si el fallecido era humilde, se le entregaban tortas u obladas (“oladak”) y huevos. No obstante, se podían añadir otros alimentos (queso, tocino, gallina, frutas, castañas, dulces…) o bebida (vino, pacharán, licor…) que fueran del gusto del muerto. A las mujeres incluso se les puede ofrendar sus flores o sus canciones favoritas. Normalmente estas ofrendas se renuevan cada luna nueva y, muy especialmente, el Día de Difuntos, que es cuando el velo entre los mundos es más fino.

Otro aspecto a considerar en el culto a los antepasados es que no se rompen fácilmente los compromisos que estos tienen con los vivos. Es más, en algunos casos, parte de los difuntos de la familia pasan a convertirse en guardianes o protectores de la Etxea. Estos antepasados custodios reciben el nombre de Etxekojaunak y era frecuente que los descendientes e incluso los siervos fueran a pedir consejo a los cabezas de familia (mujeres u hombres) con la siguiente fórmula: “Hau edo horren egiteko zure argitasuna nahi nuke” (Quisiera vuestro aviso/consejo para hacer esto o lo otro).

Otra figura a destacar en los ritos funerarios y el culto a los muertos es la Andereserora, Serora, Bendita o Beata, la expresión histórica del sacerdocio femenino público en Euskal Herria. Inicialmente, las seroras podían ser doncellas que no se hubieran casado nunca o mujeres solteras o viudas a partir de los cuarenta años, todas ellas piadosas, honestas, muy honradas y de una reputación intachable. Posteriormente, se descartó a las mozas jóvenes por la tentación que suponía para los varones y también porque ellas pudieran enamorarse y llegaran a casarse, abandonando sus quehaceres. Básicamente, una mujer que entraba a servir como Serora era considera como una monja, pues simbólicamente se casaba con la iglesia y la comunidad a la que servía en una ceremonia pública, entregando su dote. No obstante, a diferencia de una monja cristiana, ostentaba cierto poder que, desgraciadamente fue menguando hasta que finalmente éste fue arrebatado por las autoridades.

La primera mención que se realiza sobre las seroras es el 4 de abril de 1302 en un documento escrito por el obispo de Bayona, en el cual se hace referencia a que estas Benditas o Benitas recibían un sueldo anual y se ocupaban de comprar cirios y otras cosas para las misas, así como de asistir a los funerales o misas de aniversario. Gabriel de Henao las compara a las Diaconisas de primer siglo de la Iglesia, pues al igual que estas se encargaban de limpiar el templo y las cosas necesarias para la misa, el ornato al culto sagrado en iglesias o ermitas y la asistencia en los ritos funerarios. Sin embargo, para ellas estaba vetada la asistencia a bodas y bautizos, así como la participación en labores o fiestas profanas.

Según Larramendi, las funciones de las seroras incluían:

  • Atender la decencia y limpieza de la iglesia: barrer una vez a la semana; dar cera al suelo de la iglesia; limpiar el claustro cuatro veces al año; lavar las vestimentas, sábanas y otras ropas de lienzo.
  • Cuidar de que las lámparas, especialmente la que ilumina el Sacramento, permanezcan encendidas y reponerlas en caso de que sea necesario (posteriormente hubo pleitos para que no se ocuparan de las dos velas principales del altar mayor ni fabricasen velas para los grandes eventos)
  • Recoger el agua para las abluciones de los clérigos
  • Traer el vino de la oblación
  • Tocar la campana en los días y horas dispuestas y cuidar del reloj
  • Vestir los altares y adornar la iglesia, a excepción de los días de San Miguel, Natividad, Pascua de Resurrección y Corpus Christi.
  • Cuidar del ceremonial particular de las mujeres en funerales, entierros, aniversarios, procesiones y otros actos que organizase la iglesia
  • Guiar el duelo desde la casa del difunto a la iglesia y, acabado el oficio, volver al zaguán de la misma casa para rezar algo por el muerto.
  • Ocuparse de los objetos sagrados que se fueran a usar en la misa (hasta 1586, derecho que perdieron por Mandato del Obispo de Pamplona)
  • Custodiar la plata de la Iglesia (hasta 1591)

El Mandato de la Visita, datado en 1569, describe el hábito de las Seroras como la combinación de una saya blanca y un manto negro. No obstante, también vistieron el sayón de Franciscanos, Carmelitas y Dominicos.

Entre los derechos de las seroras, se contemplaban los siguientes:

  • Percibir un sueldo anual correspondiente a la asignación parroquial y a su cargo (30 pesetas, al igual que el sacerdote)
  • Cada familia que no pudiera dar una aportación anual, entregaba un celemín de trigo y otro de maíz; los que sí perciban asignación, cinco celemines de trigo y cinco de maíz.
  • Recibir diez reales anuales de manos del cura o de la familia que tenga una silla en la iglesia.
  • Percibir del Administrador el carbón y la leña que necesite durante un año.
  • Recibir las sobras de las ofrendas de los funerales (cera de las velas, obladas…) y las monedas que la familia le entregase voluntariamente por su asistencia.
  • Ser inquilina (sin pagar renta) de una pequeña casa con huerto, llamada Seroretegi, así como disponer libremente de una porción del robledal de paseo y de la porción de bosque que se halle en el plano inferior del cementerio.
  • Poder cambiar de una iglesia o ermita a otra.

Como se puede apreciar, tanto sus deberes como sus derechos eran considerables y, en consecuencia, su posición entre la comunidad era notable, provocando la envidia y la condena de los sacerdotes, sacristanes, frailes y otros cargos eclesiásticos. Tanto fue así, que el número de pleitos con las sesoras aumentó y esto dio lugar a que se les fueran quitando progresivamente parte de sus roles y derechos legítimos.

En 1633 se emitió un mandato que supuso el inicio de la decadencia de estas sacerdotisas. En 1747, se expidió una Carta-Orden desde el Consejo Real que exigía a los/as ermitañas dejar los hábitos y vestirse con las ropas propias del pueblo llano. Posteriormente, en Guipúzcoa, se prohibió que las Seroras recibieran las oblaciones y limosnas que habían recibido anteriormente durante los sepelios. Finalmente, en 1769 se indicó que no se permitieran nuevos nombramientos, reemplazando las vacantes de las seroras que fallecían o dimitían con sacristanes. Hacia 1800 las Seroras desaparecieron para siempre y el culto a los antepasados pasó a ser totalmente privado.

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La imagen de portada fue encontrada aquí: https://heartheboatsing.com/2015/08/13/death-on-the-water/

 

Odolak baduela hamaridi parek baino indaar geihago

La identidad familiar posee un gran peso en la cultura y tradición vasca. Esa identidad y su finalidad, sin embargo, no viene marcada por los mismos patrones con los que describiríamos ahora la idiosincrasia particular de un grupo humano unido por lazos de parentesco.

Actualmente, funcionamos en base a una mentalidad bastante individualista, racionalista, apegada a la practicidad y a la satisfacción de necesidades variables e inmediatas. Las familias modernas, aunque preservan la interdependencia, la necesidad de intimidad y convivencia, así como el deseo de compartir un proyecto de vida en común, no tienen el mismo nivel de compromiso colectivo. Además, tienden a formar ecosistemas sociales cada vez más reducidos, a excepción de aquellas familias que dependen de los bienes de miembros de segundo o tercer grado para subsistir. Los roles dentro de la familia suelen estar, igualmente, más diluidos. Esto es así, fundamentalmente, porque las dinámicas sociales son cada vez más cambiantes ante la creciente diversidad en lo que a identidades y estilos de vida se refiere y dependemos cada vez más de las influencias externas del macrosistema para delimitar nuestro porvenir.

Por otro lado, nos vemos obligados a cambiar de residencia más frecuentemente por motivos económicos, profesionales o personales, lo cual no propicia que sintamos de forma natural una sensación de conexión con un territorio concreto. Mientras el lugar donde vivamos satisfaga unas mínimas condiciones de salubridad, confort y nos permita acceder a los recursos que necesitamos para nuestra vida diaria, es suficiente para muchos.

Empero, el pueblo vasco ha sentido un especial arraigo a la “patria chica”, aunque la carestía, el infortunio o las guerras obligaran a sus vecinos a emigrar en ciertos momentos. Las familias tradicionales no tendían a moverse demasiado del territorio porque concebían el mundo desde una perspectiva más naturalista, comunitarista y costumbrista. Confiaban en lo que la Madre Naturaleza disponía para ellos, la tomaban como modelo social favorecedor de un tribalismo unitarista e integraban el ecosistema físico y el orden psico-mítico y simbólico en su forma de vida, tal y como expone Ortiz-Osés en su teoría del matriarcalismo vasco.

Dentro de este sistema, Amalurra se situaba en el centro de todo y las necesidades particulares de sus hijos/as quedaban en un segundo plano. Esta idea, trasladada a la familia, implicaba que el territorio y la casa (símbolo evolucionado de la cueva primigenia) eran realmente los protagonistas: elementos de gran valor que debían custodiarse y preservarse y sin los cuales la familia perdía, no solo la capacidad de perdurar, sino de diferenciarse y cumplir con su propósito dentro de la comunidad. En otras palabras, la familia servía al territorio y a sus espíritus y de ellos recibía parte de sus elementos distintivos (nombre, signos característicos, habilidades e incluso poderes mágicos). En la medida en que respetaba las leyes de Mari y se preocupaba por mantener una relación de reconocimiento mutuo, respeto y devoción mediante ofrendas, promovía la intercesión de esos espíritus para garantizar su seguridad, bienestar, prosperidad, posición y permanencia a través de la transmisión del linaje y la propiedad. En resumen, su destino se encontraba íntimamente ligado al entorno natural y a la Etxea como núcleo de la vida familiar y espiritual.

La Etxea, como hemos adelantado, era mucho más que un habitáculo o un punto de encuentro. Representaba simbólicamente la morada de la Dama y también el vientre de la Madre Tierra. En consecuencia, la casa era considerada un espacio sagrado de gestación, nutrición y eterno retorno que debía cuidarse, tanto a nivel de limpieza y armonía, como de recursos materiales, humanos y espirituales. En términos de herencia, era indivisible y se legaba al hijo o hija primogénito/a, quedando para los/as hijos/as menores otros terrenos o posesiones (muebles, joyas, ropa, herramientas, vajillas, etc). La persona encargada de la gestión de la Etxea, por derecho, era la Etxekoandre o señora de la casa, cuyo título recaía en la mujer mayor de la familia. La Etxekoandre actuaba como representante de la Dama entre los mortales y, tal y como nos describe Barandiarán, era la encargada del culto doméstico, presidiendo todos los actos culturales, sociales y devocionales. Ella se ocupaba de mantener la higiene y “echar los malos aires” (alejar a Aide, genio del aire), atrayendo los buenos; bendecir a los habitantes de la casa, a los animales y a los cultivos, al menos, una vez al año; prender la lumbre y mantener siempre encendido el fuego del hogar; atender a los niños, los enfermos y los ancianos; propiciar las buenas relaciones entre los vecinos; rendir homenaje periódicamente a los antepasados (etxekojaunak) y mantener la comunión con los espíritus de la zona; preservar la tradición oral y las costumbres, educando a los miembros más jóvenes. En ausencia o incapacidad de la Señora de cumplir con estas obligaciones, recaían sus tareas en la hija mayor de la casa, en la hermana siguiente o en la Andereserora.

Como se puede apreciar, la Etxea no era un espacio únicamente destinado a cobijar a los seres humanos: tenía en cuenta a todas las criaturas vivas, a los difuntos y a las entidades invisibles. Era bastante común plantar un árbol junto a la casa que servía de conexión con las energías telúricas y, en ocasiones, éste pasaba a convertirse en símbolo de la propia casa o en elemento distintivo de la propia familia (escudo). Asimismo, muchos apellidos y solares vascos están asociados a un árbol típico de la zona (roble, encina, castaño, haya, manzano…), un animal (lobo, buey, águila, oso, jabalí, serpiente, abeja…), plantas (cardo, espino, boj, helecho, zarza, brezo, malva…) o a puntos concretos del territorio (monte, peña, zona rocosa, valle, fuente, era de trillar, camino en el bosque..). Otro detalle a considerar es que muchos baserri tenían colmenas y mantenían lazos estrechos con las abejas, hasta el punto de considerarlas miembros de la familia y contarles las novedades que acontecían en su vida. Todos estos datos nos permiten atisbar la estrecha relación que una vez existió entre los humanos y los espíritus del territorio, siendo estos quienes influían de una manera destacada sobre la construcción de nuestra identidad, nuestra experiencia y devenir en este mundo.

Comprender que somos resultado de la influencia del territorio, de la historia de nuestros antepasados y del poder de la transmisión de estos antiguos pactos mediante la sangre (“Hilo rojo” de la Señora), nos permitirá reactivar en nosotros lo que el autor Robin Artisson denomina “marca flamígera” (huella del Maestro sobre nuestra alma).

Desde mi humilde experiencia, reconectar con los lugares donde vivieron mis antecesores y con su historia, adentrarme en el simbolismo de los escudos territoriales y familiares (que no son otra cosa que mapas o llaves en forma de sigilos), alimentar una íntima relación con mis ancestros, reactivar la relación con los guardianes de los lugares y construir una convivencia armoniosa con los espíritus del hogar, han sido elementos clave para definir mis prácticas espirituales. Paralelamente, en la medida en que he regresado a la naturaleza salvaje y me he enfrentado a las sombras de mi propia alma, he podido comprender el peso y el sentido del totemismo vegetal y animal en la tradición vasca.

A pesar de todo el trabajo realizado hasta ahora, que no ha sido poco, soy consciente de que el mérito de haber avanzado en este sendero no ha sido realmente mío. Simplemente he recogido el testigo o la antorcha de aquellos/as que me precedieron y he tratado de honrar el poder de la sangre, que me conecta con mi tierra, con mi familia en un sentido extenso y con los Antiguos. Pues ellos son los verdaderos iniciadores en el camino de la brujería.

 

La fotografía de portada es obra de Natalia Deprina y fue recopilada a través de Pinterest: https://www.pinterest.es/Katincan88/natalia-drepina/?lp=true