Ritos de renovación cósmica y augurios anuales

La Nochevieja (Urte-zahar) y el Año Nuevo (Urte-berri) están cargados de un profundo simbolismo, pues suponen una franja de finalización de un ciclo e inicio del siguiente. Dentro del folklore europeo se considera particularmente relevante el periodo de 12 noches que va desde la Nochebuena a la Epifanía, aunque en algunos lugares del norte del continente se tiene más en cuenta la docena que va desde Santa Lucía a Navidad. En cualquier caso, el número representa el conjunto de meses que componen el año solar dentro del calendario gregoriano. Siguiendo una correspondencia simbólica, este momento se destina a la regeneración del tiempo cosmogónico mediante diversos rituales populares de purificación, renovación y adivinación en distintas modalidades.

Recordemos que este lindero temporal situado en torno al Solsticio de Invierno suponía el apogeo de la época de desgobierno, donde entidades caóticas y terroríficas (incluyendo las brujas, los hombres lobo y las almas de los muertos) campaban a sus anchas por el mundo, diezmando aquello que debía ser eliminado y ajustando cuentas pendientes (recompensando o castigando) para garantizar el reequilibrado cósmico. Esta restructuración salvaje del orden establecido era necesaria para que pudiera producirse el renacimiento efectivo del sol y el reinicio de otra etapa de florecimiento y prosperidad posterior.

En Grecia, en estas fechas, se celebraba la Lenaia para conmemorar el renacimiento de Dionisos tras su asesinato a manos de los Cíclopes. En Roma tenía lugar la Saturnalia, en la cual se festejaba el final de los trabajos agrícolas y el descanso de los esclavos tras sus esfuerzos en el campo. Durante estas festividades las jerarquías perdían su poder y se producía una inversión en los roles sociales. Asimismo, los excesos, las excentricidades, el libertinaje y cualquier actividad jocosa eran permitidos como expresión de esas fuerzas caóticas de la naturaleza. En época medieval, el “rey del desgobierno” tomó la forma del “abad del júbilo” o “rey del carnaval”.

Dentro de nuestro territorio encontramos reminiscencias de estas influencias greco-latinas en la denominada “fiesta de los obispillos” o “festa del bisbetó”, coincidiendo con el día de San Nicolás (6 de diciembre) o de los Santos Inocentes (28 de diciembre). En ella, un niño de entre 7 y 14 años, normalmente de condición humilde, era disfrazado con los ropajes y ornamentos propios de un obispo. En ocasiones, el obispo era acompañado de un par de canónigos o monaguillos que le servían de escolta, o bien por una comitiva compuesta por el resto de sus compañeros. Las niñas que se unían solían tener un papel secundario como cesteras o recaudadoras de las ofrendas recibidas. No obstante, en Larraona hay constancia de que el obispo iba acompañado por una reina vestida de blanco, al estilo de la doncella elegida para encarnar a Santa Lucía en los Países Nórdicos (imagen cristianizada de la Diosa Sól o Sunna).

El grupo realizaba parodias y cantaba coplillas burlescas de casa en casa, recibiendo comida o dinero a cambio de su actuación. Con lo recibido se organizaba una merienda y lo que sobraba se donaba a la iglesia o alguna organización de caridad. Existen registros más antiguos que atestiguan la bendición del hogar, los campos y las cuadras por parte del niño-obispo con agua bendita (a veces, también con hisopo), así como la costumbre de rezar por los difuntos de la casa. Además, en algunos pueblos se realizaba el “juego del gallo”. Quien ejercía de obispillo debía localizar al animal con los ojos vendados y darle unos toques con una espada de madera, como si fuera a matarla. Originalmente sí que se descabezaba al gallo para sacrificarlo y comerlo como parte del festín. En la actualidad esta tradición se ha perdido en muchas localidades y solo se preservan las cuestaciones con sus tonadillas.

Durante la Nochevieja en muchos lugares de Euskal Herria fue habitual, igualmente, despedir el año con gestos y frases burlescos. En Gorriti los jóvenes exteriorizaban su jolgorio con el repique continuo de campanas, que se prolongaban desde la medianoche hasta el alba. Cada vez que se turnaban para que el clamor no cesara, tomaban un trago de anís u otro licor que tuvieran a su alcance. En Artaza, los mozos aporreaban las puertas de las casas con palos de acebo y pellejos encendidos, mientras se pasaban una bota de vino y gritaban: “Año Nuevo, Año Viejo, que se termine el pellejo”. En Larraona eran los niños los que correteaban con los pellejos incendiados diciendo: “a quemar el culo al año viejo, con un pellejo viejo, viejo…”. En Araia se encendían hogueras en los altozanos de la villa y se repetía el lema: “erre, ipurdia, erre…” (quemar el trasero al año viejo).

Satrústegui asocia al Olentzero con esta personificación del tiempo en forma de anciano. En algunos pueblos de Navarra, Álava, Guipúzcoa, La Rioja y la comarca burgalesa de La Bureba, este personaje aparece como un gigante con tantos ojos o narices como días tiene el año. En Larraun, también se conoce al Olentzero como el “hombre de los 366 ojos” (año bisiesto). Marliave, por su parte, destaca al Ome deths Nases del folklore aranés, un ser monstruoso que pasa por los fogones de las casas en la noche del 31 de diciembre y pierde todas sus narices el 1 de enero. En otras zonas del Pirineo Catalán y Francés (Haute Ariège y Pays de Sault) aún hallamos referencias al Ome negra u Home negre (Hombre Negro). En otros puntos de la Península encontramos figuras similares como el Apalpador o el Pandigueiro gallego, L’Angulero astuariano, el Esteru cántabro o el Tientapanzas andaluz.

Otra costumbre muy extendida durante la Nochevieja es encender hogueras para quemar dentro de ellas ropa, calzado u objetos de los cuales uno desea desprenderse. Antiguamente, en Berriz solían recorrer los caseríos en busca de aperos de labranza que estuvieran estropeados y debían ser renovados para comenzar bien el siguiente ciclo agrícola. Dentro del hogar, en algunas localidades, también se quemaba el “tronco de Navidad” (Gabonzuzi, Sukileku, Txunbil, Xubilar, Txakurtegi, Baztarreko, Onontzaro-mokor…) en Nochevieja, en lugar de en Nochebuena, como ocurría en Olaeta. En Llodio, Salvatierra, Guinando, Arrieta y Desojo se mantenía el tronco ardiendo desde Nochebuena hasta Año Nuevo. En cambio, en Larraona, Elcoaz, Jacoisti, Larequi, Ongoz, Aristu, Eparoz, Ezcaniz y Zabalza, debía arder hasta el día de Reyes. A los restos o cenizas de este tronco se le atribuían propiedades mágicas como guardarse de las tormentas, protegerse contra la enfermedad o los maleficios, fertilizar los campos, bendecir a los animales domésticos y espantar a las brujas o los malos espíritus.

La Noche de San Silvestre (31 de diciembre) posee unas particulares connotaciones mágicas en varios lugares de la Península, especialmente en Cataluña, pues se cree que en esta fecha se reúnen las brujas. A pesar de que el territorio vasco-navarro se encuentra más arraigada la devoción a San Nicolás (o, en su defecto, San Gregorio), en Tierra Estella (Navarra) y algunas zonas de Vizcaya (Orozko, Galdames) se tenía la costumbre de hacer cuestaciones o romerías en la cima de un monte. En Barbarain se entonaba la siguiente canción para pedir el aguinaldo:

“San Silvestre

que nos libre de la peste.

Nos darán colaciones

para este noche.

Menderute, menderute,

en cada casa un almute,

mendrán, menderán,

en cada casa un cuartal.”

*Nota: el almute y el cuartal eran medidas de volumen en el Reino de Navarra. Un almute o saskito equivalía a 1.769 litros y suponía la cuarta parte de un cuartal. El almud también era un pequeño cajón de madera de 17 cm de lado por 9 cm de ancho que servía como recipiente, aunque existen danzas donde se baila sobre él.

El agua es otro de los elementos con gran simbolismo ritual en este momento. Además de tener la virtud de purificar, sanar o neutralizar el mal, posee una transcendencia esencial en la creación del mundo, en la regeneración de la vida y la fertilidad. Tanto las aguas del firmamento como las represadas en los mares y cursos de agua dulce, conformaban pilares centrales en la concepción cosmogónica de los pueblos antiguos. La renovación del agua celeste y terreste al final e inicio de año evita el estancamiento y revitaliza a la tierra dormida, aparentemente inerte.

En el caso vasco, la expresión “Urte berri on” que se utiliza para felicitar el año entrante hace referencia precisamente a esa agua nueva que vivifica y aporta bendiciones. Según Satrústegui, dicha agua era recogida de ciertas fuentes de los valles de Basaburua, Imotz, Larraun, Baztán, Barranca, Burunda y Arakil cuando daban las doce campanadas. Posteriormente, se distribuía por los hogares como forma de purificación y protección de cara al año que comenzaba: en unos lugares se daba prioridad a los cargos públicos como el cura o el alcalde y en otros se dirigían a la señora de la casa (etxekoandre), agasajándola con piropos. Ante ellos los jóvenes recitaban rimas donde aludían a las “aguas de arriba” (Ur goiena) y las “aguas de abajo” (ur barrena):

“Ur goiena, Ur barrena

Urteberri egun ona

Graziarékin osasuna

Pakearékin ontasuna

Jaungoikuak dizuela egun ona”

Traducción: “Agua cimera, agua profunda. Buen día de Año Nuevo. Salud y gracia, hacienda y paz. Que Dios os conceda un buen día” (Urdiain).

En Nabarte (Baztán) observamos una variente en la cual se extrae el agua de la capa de contacto de un pozo o manantial en lugar de una fuente. La fórmula que se recita adopta la forma de un saludo al agua, con ciertas connotaciones adivinatorias:

“Urteberri berri,

zer ekarri berri?

Uraren gaña

lena ta azkena”

Traducción: “Año Nuevo, nuevo, ¿qué nuevas traes? La encimera del agua, primera y última”

 Azkue también da cuenta de otro saludo al agua en Etxalar:

“Ela, ela!

Nor da, nor da?

Ni naiz, urteberri.

Zer dakartzu berri?

Uraren gaina,

bakea ta osasuna.”

El autor aclara que la expresión “ela!” se utilizaba en ciertas regiones como una forma de saludo a un recién llegado. En este caso, el vocablo se dirige a la personificación del Año Nuevo, a quien se le pregunta qué noticias trae. El recién llegado contesta, a modo de bendición: “la nata del agua, paz y salud”.

Satrústegui también da cuenta de que en localidades como Lekaroz y Valcarlos se creía que al inicio del año las piedras podían convertirse en pan y las aguas en vino. Concretamente, en este primer enclave se creía que la Nochevieja (como espíritu anciano, portador de sabiduría) tenía el poder de convertir el agua del río en vino a las doce de la noche. En Valcarlos se decía que, quien tuviera la oportunidad de contemplar semejante milagro, disfrutaría de plena felicidad, mientras que quien fracasase en el intento podía ser transformado en hombre lobo (gizotsu). Algunos labradores de la Cuenca de Pamplona, siguiendo esta superstición, ocultaban un porrón de agua debajo de las berzas antes de dar las doce, con la esperanza de verlo convertido en vino o aguardiente. En Amurrio (Álava) también beben agua de un porrón de vino durante la Nochevieja.

El inicio de año era considerado y sigue siendo entendido como una época favorable para llevar a cabo rituales de sanación. En la frontera entre Navarra y el Alto Aragón se han recogido testimonios de informantes que contaban que alguno de sus antecesores había sido pasado por el hueco de un roble para tratar las hernias infantiles, coincidiendo con las doce campanadas. En otras zonas, como el Valle de Aezkoa, este mismo rito tenía lugar en San Juan.

El roble, además de estar vinculado a la sanación, también era fundamental para asegurar la protección del hogar. En muchos puntos del territorio euskaldun se conserva la costumbre de talar este árbol en el cuarto menguante más cercano al día de Año Nuevo o justo al iniciar el año, dejándolo secar durante un año o dos. Estos troncos se utilizaban para confeccionar las vigas de carga de la casa familiar, pues se creía que la madera se volvía incorruptible o, al menos, era notablemente más duradera. En contra de lo que dicta la sabiduría popular, modernos estudios científicos han demostrado que es mejor realizar este procedimiento en cuarto creciente.

Por otra parte, tanto la Nochevieja como los primeros días del nuevo año eran y continúan siendo momentos propicios para hacer pronósticos mediante distintos sistemas adivinatorios. Satrústegui describió un rito sencillo, usando como foco un huevo (ovomancia). El 31 de diciembre, a la medianoche, debía verterse un huevo fresco en un vaso lleno de agua (a ser posible, procedente de una de las fuentes donde se recogiese el agua nueva). Se esperaba a que la yema se depositara en el fondo, al tiempo que la clara se iba diluyendo e iba dibujando formas extrañas. Al día siguiente, dichos signos eran interpretados a la luz de una vela. Este mismo sistema es bastante popular en Escandinavia y lo encontramos en las modernas prácticas de Spå dentro del paganismo nórdico (Ásatrú, Forn Sidr, Odinismo) o el trolldom (brujería tradicional nórdica). Podéis escuchar la explicación completa y ver el procedimiento en este vídeo de Ræveðis.

Las “suertes meteorológicas o “jours de sort” también son especialmente observadas en esta época. Simbólicamente, cada una de las predicciones o augurios extraídos durante esos primeros días se relacionaba directamente con un mes del año, estableciendo una correspondencia entre el microcosmos y el macrocosmos. Uno de los métodos más rudimentarios para extraer los pronósticos meteorológicos era el llamado “calendario de la cebolla”. Éste consistía en pelar una cebolla a medianoche, cortarla por la mitad e ir extrayendo doce capas, una por cada mes del año. Dichas capas se colocaban en fila, boca arriba, y eran espolvoreadas con sal. Si en el día de Año Nuevo habían desprendido bastante jugo, podía deducirse que ese mes sería lluvioso. En los casos en los que la pieza de cebolla estuviera intacta, quería decir que ese mes sería seco. Esta tradición ha estado más presente en el Pirineos Aragonés, aunque también podemos encontrarla en otros puntos del Pirineo Navarro, Catalán y Francés, así como en otras zonas de España y Europa.

No obstante, el oráculo autóctono para determinar la meteorología y los augurios anuales era el Zotalegun, Sortelegun o Sotelegun, el cual sigue una lógica muy similar a las cabañuelas o las témporas. El origen remoto de esta práctica enlaza con su etimología. El vocablo “zotal” en euskera significa “pedazo de tierra” (arrancada con una herramienta agrícola), pero también hace referencia a un tipo de pájaro. Históricamente, está documentada la adivinación a través de la observación del vuelo de las aves entre los vascones y los vacceos antes de la llegada de los romanos. La primera referencia escrita la encontramos en la biografía del emperador Alejandro Severo, datada en torno al 400 d.C. Este gobernante estaba versado en el arte de los arúspices y se le consideraba tan experto que “aventajaba tanto a los vascones de Hispania como a los augures de Panonia”. Más tarde, el biógrafo de San Amando, que vivió entre los vascones durante los siglos VI y VII, opinaba que el pueblo vascón estaba “extraviado de tal manera que se entrega a los augurios y a todo error e incluso adora a ídolos en vez de a Dios…”. Esto también nos ofrece indicios de que los antiguos vascos no fueron precisamente fáciles de cristianizar. Algunos autores apuntan a que los posteriores “aztiak” (adivinos, hechiceros) heredaron estas técnicas de sus antecesores y que esta forma de adivinación fue de uso relativamente común hasta el s.XVI.

Volviendo a la etimología, no nos puede pasar desapercibido que la expresión Zorionak”, que utilizamos tanto durante la Navidad para desear felicidad, procede de “txori-onak” (buenos pájaros). Por otro lado, cuando nos referimos a una desgracia, usamos el término “zoritxarra” (mal pájaro o pájaro de mal agüero). Mitológicamente, el pájaro que es considerado más auspicioso es el “txantxangorri” o petirrojo (Erithacus rubecula) , mientras que el ave peor vista es “txepetxa” o chochín común (Troglodytes troglodytes). En Orozko hay una leyenda que cuenta que “txepetxa” defecó sobre el hombro de Cristo durante la crucifixión, mientras que “txindor” intentaba quitarle las espinas de su corona. Esta historia enlaza con otros relatos europeos de época medieval en los que se narra él sacrificio del petirrojo por aliviar el dolor de Jesús, a costa de ser herido por los pinchos que le atravesaban. También con la leyenda del Robin de los Bosques, apodado Robin Hood. Asimismo, se relaciona con el mito que describe la lucha y continua alternancia entre el Rey Roble y el Rey Acebo, gobernantes del periodo luminoso y oscuro del año, respectivamente.

Actualmente, en Isla de Man, Irlanda y otros lugares de influencia celta, aún se mantiene la tradición de cazar al chochín (“Hunt the wren“) el día de San Esteban (26 de diciembre). Dentro de nuestras fronteras, existen registros de una costumbre semejante en Galicia, conocida como la “Cacería del Rey Charlo” (S.XVI). Además, en el Sur de Francia se celebraba la Fête du Roi de l’Oiseau y aún se pueden encontrar algunas reminiscencias de esta fiesta en Le Puy-en-Velay.

 

Bibliografía consultada:

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AZKUE, R.M. (1942) Euskalerriaren Yakintza. Euskaltzaindia.

AZNAR, E. (2011) Orígenes de la Navidad. Plaza Nueva, pp. 20-21.

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DONOSTIA, J.A. (1994) Cancionero Vasco. Donostia: Eusko Ikaskuntza.

JIMENO JURÍO, J.M. (1988) Ciclo festivo de invierno. Gobierno de Navarra.

MARLIAVE, O. (1995) Pequeño diccionario de mitología vasca y pirenaica. Editorial J. de Olañeta.

SATRÚSTEGUI, J.M. (1988) Solsticio de Invierno. Gráficas Lizarra.

SATRÚSTEGUI, J.M. (1971) Canto ritual del agua en año nuevo. Fons Linguae Vasconum, nº7, pp 35-74

SATRÚSTEGUI, J.M. Olentzero: estudio del personaje mítico vasco. Dialnet.

http://www.divulgameteo.es/fotos/meteoroteca/12-d%C3%ADas-12-meses.pdf

http://www.salvatierra-agurain.es/san-nicolas-en-euskal-herria.html

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http://www.euskomedia.org/PDFAnlt/folkl/034131147.pdf

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https://www.diariovasco.com/gipuzkoa/201604/27/luna-manda-bosque-201604270630.html

http://trolldomhoodoo.blogspot.com/2013/09/spadom-and-divination-in-norse-trolldom.html

https://clantubalcain.com/2015/01/01/12th-night-hunting-the-wren/?fbclid=IwAR2n8DVcVIeNM5auWjiTi084mqEZr7e4Z2NRZn4xIoiyG89TbglJzM5bQzk

 

 

 

 

 

Onentzaro enborra eta Olentzero

El inicio del invierno es una época festiva cargada de simbolismo, personajes pintorescos, tradiciones con un profundo arraigo y ritos dirigidos a alejar todo tipo de mal, desprendernos de lo que nos resulta inservible o indeseable y preparar el terreno para una nueva época de prosperidad.

Uno de los símbolos solsticiales más destacados dentro del folklore europeo es el gran tronco que es cortado, alimentado y sacrificado en la chimenea del hogar para asegurar el renacimiento mítico del sol, la renovación del ciclo anual, la perpetuación de la vida y la comunión con los ancestros, contrarrestando el poder de las peligrosas fuerzas que amenazan las noches invernales. Este leño recibe diversos nombres a lo largo del continente: Júl log o Jól log en Escandinavia; Yule holz o Yuleklotz en Alemania; Yule log, Yule clog, Yule block o Gule block en Inglaterra; bluķa, blukio o blukis en los Países Bálticos; badnjak o budnik en los Países Eslavos; Stock of the Mock o Mock en Cornualles; Blocyn y Gwyliau (Festival Block) en Gales; Bloc na Nollaig (Christmas Block) en Irlanda; Yeel Carline (Old Wife) en Escocia; Souche de Noël, Bûche de Noël, Cosse de Nau, Mouchon de Nau, Chuquet, Tréfouiau, Tréfouet o Tréfoir en diferentes regiones de Francia; Eteau nedelecq en Bretaña; Cacho fió en Provenza; cachafuòc en Occitania; ceppo, zocco o ciocco di Natale en Italia; tizón do Nadal en Galicia; Tió , Tronc o Soca en Cataluña; Tronca,Toza o Zoca en el Alto Aragón.

El tipo de árbol que es quemado en esta época difiere entre regiones: en Escandinavia suele ser el fresno, aunque puede substituirse por el abeto; en Inglaterra e Irlanda, el más común es el roble; en Escocia, el abedul; en Alemania, el haya; en algunas zonas de Francia, se recurre a árboles frutales como el cerezo o el peral. No obstante, la encina, el olmo, el castaño, el álamo y el saúce también se encuentran entre los candidatos a convertirse en combustible del fuego sagrado. Otras plantas que habitualmente forman parte de las decoraciones de este tronco antes de ser arrojado a las llamas son el muérdago, el acebo y el pino.

El rito que se realiza para congraciarse con este espíritu vegetal suele seguir una estructura similar, aunque los detalles varían. Primeramente, se va al bosque a buscar el árbol, se recitan unas palabras para pedir su consentimiento o su perdón y luego se arrastra el tronco hasta la casa. En unos casos, se acude la víspera de Nochebuena y, en otros, al comienzo de la época de Adviento. En lugares como Serbia y Croacia, se viste al tronco con tela roja y se ponen cintas a su alrededor, añadiéndose también hojas y flores; en otros, se adorna con elementos vegetales y se colocan velas encendidas. Durante la noche del 24 de diciembre se entregan ofrendas de comida y/o bebida: grano o pan, vino o licor, frutas y dulces suelen ser los alimentos que sirven como pago.

En el resto países europeos, ha pervivido mayormente la costumbre de libar alguna bebida alcohólica sobre el tronco, diciendo unas palabras de bendición o agradecimiento, aunque actualmente se recurre a tributos más modernos como dejar billetes junto a él. En los Países Bálticos, en algunas partes de Italia y en la zona Pirenaica se tiene por costumbre cebar al tronco durante varios días y luego los niños golpean el madero con palos para recibir regalos o dulces mientras entonan canciones que hacen referencia a su carácter protector y benefactor.

Finalmente, se deposita el tronco en el fuego. En algunos lugares se deja toda la Nochebuena encendido hasta el amanecer; en otros, se va quemando una parte cada noche hasta el día de Año Nuevo; en otros, se mantiene este fuego durante las doce o trece noches mágicas que conforman la Navidad (hasta la vigilia de la Epifanía). Si se extingue antes del tiempo estipulado, se entiende como un augurio de mala suerte, desgracia, enfermedad e incluso muerte de algún ser querido.

El carbón y las cenizas sobrantes se guardan con distintos propósitos: alejar el daño mundano y sobrenatural; custodiar a los durmientes si se pone debajo de la cama; proteger la casa del rayo y los incendios; prevenir las plagas sobre los campos; fertilizar la tierra; salvaguardar las cosechas del pedrisco y las alimañas; sanar a personas o animales enfermos; purificar el agua y bendecir alimentos; fregar los suelos; atraer la prosperidad.

En Euskal Herria, este emblema de cultos arbóreos anteriores a la era cristiana forma parte igualmente de nuestras tradiciones navideñas y posee denominaciones singulares: Supila (Urdiain, Navarra); Sugieleko, Sukileko o Xuhilau (Luzaide, Navarra); Sukubela (Likinaga); Xukil, Chuquil o Tukil (Urraulgoiti, Navarra); Xubilar o Txubilar (Romanzada, Domeño, Iso y Napal, Navarra); Xubilaro (Arakil, Navarra); Subilaro-egurra ( Aezkoa, Navarra); Subilero (Mezkiritz, Navarra); Suklarako- egurra (Salazar, Navarra); Suilaro (Sara, Iparralde); Xiularo o Xihularo (Uhart- Mixe, Iparralde); Gabon-subil (Abadiano y Auntzola, Bizkaia); Gabonzuzi (Ezkirotz, Navarra y Zegama, Gipuzkoa); Gabon-mukur (Bedia, Bizkaia); Gabonetako-egurra (Arruazu, Navarra); Pago mozkorra o Egur mozkorra (Azkarate, Navarra); Pago burua (Aia, Gipuzkoa); Gaztain- enborra o Pago-enborra (Igantzi, Navarra); Jaingoikoaren egurra (Ulzurrun, Navarra); Porrondoko (Salvatierra, Goizueta y Malaerreka, Navarra); Olentzero-enbor (Oiartzun, Gipuzkoa), Onontzoro-mokor u Onantzaro enborra (Larraun, Navarra).

En los distintos dialectos del euskera, existen vocablos dispares con sus respectivas variantes fonéticas y ortográficas para referirse al tronco de un árbol: buru, supil/subil, zuzi, enbor, mozkor/moskor/mukur, zonpor/zonbor, zunpur/sunpur…Adicionalmente, a este motivo central, se le añaden otros calificativos relacionados con la Nochebuena (gabon, gau+ona) como hito definitorio de las festividades invernales; con un ambiente más luminoso por el retorno del sol (egu); con un tiempo propicio o época auspiciosa (onenzaro); con el tipo de madera que se quema (pago, haya; gaztain, castaño). Como excepción curiosa, contamos con una denominación que hace referencia a Dios como entidad divina: Jaingoikoa o Jaun Goikoa (Señor de Arriba).

En lo que al rito respecta, hay que añadir que no siempre se utilizaba ni se utiliza un único tronco. En Mezkiritz (Valle de Erro) y Gorriti (Larraun), se talaban dos leños grandes que se situaban a ambos lados del fogón, uno mirando hacia la derecha y otro hacia la izquierda. Dichos maderos recibían el nombre de Onantzaro gabeko batzarrekoak (Laterales de Nochebuena). En Salvatierra, en aquellas casas en las que había un toro semental, se elegían dos palos y se quemaban un poco por un extremo. Seguidamente, se colocaba el más corto atravesando la hendidura del largo, formando una cruz. Ésta se llevaba al establo y se fijaba con un clavo para evitar que el animal enfermara, especialmente como método de prevención de la rotura de vasos sanguíneos (maminpartidu). En Eskirotz y Elcano quemaban tres teas: la primera era para Jaingoikoa (Señor de Arriba), el segundo estaba destinado a Andra Mari y el último representaba a la familia (difuntos incluidos, por supuesto). En Unzu también se echaban a las llamas tres troncos: uno más grande que simbolizaba al Niño Jesús y otros más pequeños que personificaban a la Virgen María y San José. En Eraso y Arakil, además del madero principal, se añadía un leño por cada miembro de la familia y uno más para los pobres. En Amezkoa, el tronco ardía y arde junto a una rama de romero y otra de enebro para ayudar a purificar la casa y sus habitantes.

La temporización y el procedimiento que se siguen también varían de una localidad a otra. En la mayoría de pueblos sólo se mantenía encendido durante la Nochebuena hasta el día de Navidad y en Oiartzun, Abadiano y Anzuola se preparaba la cena con sus brasas para bendecirla. En Trespuentes, una pareja de bueyes arrastraba el árbol completo hasta el hogar el día de Nochebuena y permanecía alimentando el fogón durante todo el año. En Llodio, Desojo y Salvatierra se mantenía la lumbre ardiendo hasta el Año Nuevo. Las mujeres tendían a cubrir el fuego cada noche y trazar la señal de la cruz sobre las brasas mientras recitaban: “Si viene el Niño que entre la luz, si viene el Demonio que encuentre la cruz”. En Olaeta quemaban el trozo de haya en Nochevieja junto a lo que quedaba del madero del año anterior. En Ulzurrun guardaban la última parte del tronco de Navidad para ahumar al ganado el día de San Antón (17 de enero) junto a un puñado de flores y hojas de saúco bendecidas durante el Corpus Christi. En Eskirotz, sin embargo, colocaban los restos del Gabonzuzi en la puerta principal y hacían pasar a los animales por encima. En Liginaga se creía que hacer este ritual con las ovejas propiciaba que nacieran más corderos hembras. En Eraso, si un familiar moría durante estas mágicas noches del invierno en las cuales se mantenía encendido el leño, se dejaba en su ataúd una porción del mismo.

Los carbones y cenizas surgidas del Onantzaro enborra se usaban principalmente para proteger el hogar, prevenir las enfermedades de las reses y el rebaño, fertilizar los campos y salvaguadar los terrenos de toda clase de alimañas, preparar remedios caseros y confeccionar amuletos (kuttunak).

Otro aspecto que me gustaría tratar es la coincidencia entre una de las muchas denominaciones del leño solsticial y el famoso carbonero mítico a quien atribuimos la labor de repartir presentes o castigos entre las gentes de estas tierras. Algunos autores modernos han sugerido por esta razón que el Olentzero sería en origen un espíritu arbóreo. A esta suposición, se le suma el hecho de que a este personaje navideño se le atribuyen rasgos de glotón como al Tió y en las canciones populares también se resalta su enorme ingesta de vino (una de las libaciones tradicionales descritas anteriormente).

Aquí es preciso señalar que el término Onenzaro, del cual deriva Olentzero y sus variantes dialectales Olentzaro, Orentzaro, Orantzaro, Onantzaro u Onontzaro, fue registrado por primera vez en el Fuero General de Navarra. El historiador Lope Martínez de Isasti (S.XVII) clarificó que se trataba de una palabra autóctona para denominar a la víspera de la Navidad con el sentido de época de lo bueno. En esta línea, Resurección Mª de Azkue, consideró razonable la hipótesis de que en realidad procediese de Onentzat aro u Onentzako aro con el significado de tiempo de los buenos. En cambio, Barandiarán y Satrústegui ofrecen otros argumentos que ponen de manifiesto un rostro bastante más siniestro del carbonero vasco, descrito con la cara tiznada, mal vestido, con la mirada enrojecida, mostrando un carácter fiero, portando árgoma en una mano mientras sujeta una hoz en la otra y con tantos ojos o narices como días tiene el año.

Personalmente, considero más acertado el análisis de Satrústegui, quien describe a este anciano como una personificación del tiempo con las típicas cualidades saturninas. Como nota interesante, deja caer que en Larraun aparece con 366 ojos en lugar de 365, lo cual nos remitiría a la idea de un gigante o jentil al estilo de Tartalo. Por su parte, Marliave da cuenta de la existencia del Ome deths Nases en el folklore aranés, un ser monstruoso que pasa por los fogones de las casas en la noche del 31 de diciembre y pierde todas sus narices el 1 de enero. En otras zonas del Pirineo Francés (Haute Ariège y Pays de Sault) y Catalán aún quedan reminiscencias del Ome negra u Home negre (Hombre Negro), quien es considerado una encarnación del invierno. Adicionalmente, Satrústegui nos recuerda la existencia de otras figuras similares, como es el caso del Zanpantzar de Ustaritz (Nafarroa Beherea), un monigote grotesco, sucio, relleno de paja y vestido con harapos que es paseado por las calles, recibiendo burlas de los vecinos, hasta ser quemado junto a su esposa durante el Martes de Carnaval.

En definitiva, podríamos concluir que el Olentzero, sea considerado gigante, representación del tiempo o personificación del invierno, se encuentra más próximo al arquetipo del hombre del saco u ogro/troll de las montañas que rapta, castiga y se come a los niños traviesos, al igual que otras réplicas que encontramos en el folklore ibérico (el Apalpador o Pandingueiro en Galicia, el Angulero en Asturias, el Tientapanzas en Écija…) y en otras tradiciones europeas (Père Fouettard, Hans Trapp, Krampus, Jólasveinar, Belsnickel…). Si rastreamos los orígenes del Olentzero como tradición popular, la mayoría de referencias datan de finales del S.XIX (momento en que acontecieron los crímenes del alavés Díaz de Garayo) y nos conducen a la cuenca del Bidasoa, una importante zona minera del Pirineo Navarro. Caro Baroja apuntaba que la presencia de este personaje estaba muy localizada en ciertos territorios montañosos: la zona este de Guipúzcoa que se encuentra más cerca de los Pirineos, el norte de la comarca de Cinco Villas (que limita con los Pirineos Atlánticos), Larraun (donde se situaban las minas de Uitzi) y el corredor de Uharte-Arakil (conocido por sus canteras y minas).

En todos estos lugares el Olentzero empezó a ser representado como un muñeco siniestro al que primero se aplacaba con ofrendas (castañas, nueces, manzanas, vino) y luego se incineraba para liberarse de lo viejo y los males vividos durante el año. Más adelante, un vecino empezó a disfrazarse de carbonero, escondiéndose en la oscuridad de las esquinas y asustando a los niños con la hoz en la mano. Después se avino a perdonar las faltas si los muchachos habían sido buenos durante la mayor parte del año y les premiaba con regalos. Así pues, con el devenir del tiempo y a medida que ha ido tomando contacto con la civilización, nuestro rudo hombre negro ha ido adoptando un talante más amable y conductas que resultan más aceptables socialmente. Hoy podemos verle sin su pipa, menos borracho, algo más comedido en sus apetitos y manteniendo una relación aparentemente estable con Mari Domingi. A mi juicio, este es un intento forzado de recuperar e intentar hacer encajar al personaje de Basoko Mari o la Vieja del Monte, la anciana que bendice con alimentos a los pastores laboriosos y da pan a los niños con alma noble que viven junto a las montañas.

Recapitulando, la relación que mantienen estos viejos espíritus del invierno con el tronco de Navidad y el fuego solsticial queda canalizada a través de la chimenea como corazón de la etxea y punto de reunión entre la comunidad de vivos, los difuntos y el resto de criaturas mágicas. El poder combinado del daimon que habita en el interior del árbol y el espíritu del fuego del hogar ejercen de protección de los peligros sobrenaturales que rondan la tierra y los cielos en esta época de caos, desgobierno y restructuración cósmica. Asimismo, los gestos de devoción en forma de pequeños sacrificios simbólicos y la implicación en los rituales populares de estas fechas ayudan a mantener el equilibrio entre las fuerzas del día y la noche, la vida y la muerte.

Referencias bibliográficas y webgrafía

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Azkue, R. Mª (1942) Euskalerriaren Yakintza Euskaltzaindia-Escasa Calpe.

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Figuras solsticiales en la tradición vasca y sus conexiones con otras tradiciones europeas

El Solsticio de Invierno representa uno de los eventos más significativos dentro del calendario astronómico y agrícola. En muchas culturas del mundo y, particularmente, dentro de las tradiciones europeas, se aprecian ciertos elementos simbólicos semejantes relacionados con el renacimiento y la retribución.

Aunque el momento exacto del solsticio de invierno (“Eguberri” o “Neguburu”) acontece cuando el sol se coloca a mayor distancia del ecuador celeste, lo cual ocurre entre el 20 y 23 de diciembre, el periodo solsticial abarca 13 noches mágicas. Es decir, se extiende desde el mismo día del solsticio hasta el 1 de enero. Durante este tiempo (denominado “Weihnachten” o Noches de los Espíritus entre los nórdicos), se cree que ciertas entidades míticas (deidades, espíritus feéricos, gigantes, trolls, monstruos y almas errantes) campan a sus anchas por el mundo y resulta poco recomendable vagar alegremente por ciertos parajes, especialmente cuando cae la noche.

Algunas de estas criaturas están claramente vinculadas a la Caza Salvaje en su versión más primitiva, como los Krampus o las Perchten de la zona germánica y escandinava, mientras que otras tienen connotaciones más benéficas como Madre Nieve o Madre Ganso (pseudónimos para referirse a Holda o Perchta), Papá Noel (representación edulcorada de Odín o Wotan como “Alfather” o padre de todos/as), el Olentzero (el último de los gentiles vascos, convertido en carbonero bonachón) o la Befana (la famosa bruja italiana, reminiscencia del antiguo culto a Strenia o Estrenua, diosa latina de la salud, el bienestar y los nuevos comienzos). También podríamos incluir a la Madre Anciana (la Cailleach celta en su aspecto de sabia y protectora) y Black Annis (la Cailleach en su representación de bruja huraña y cruel).

Todas tienen en común que toman la forma de ancianos/as. El anciano/a es una personificación del tiempo, la eternidad, la sabiduría ancestral que se transmite de forma oral a la comunidad y, en ocasiones, de la muerte. Los ancianos además son los encargados de la liturgia doméstica. El hombre normalmente era el que se encargaba de los sacrificios (cazando o matando ganado) y las libaciones (fabricaba las bebidas) en muchas festividades mayores. La mujer se ocupada de la limpieza del hogar, el cuidado del fuego o la protección contra él, así como de las tareas de hilado, la recolección de hierbas y la adivinación. El hilo se vincula, no solo al destino, sino también a la creación de vida. El amasado y horneado de pan o dulces igualmente refleja el proceso alquímico de dar forma y madurar algo, aunque durante el cocinado también se miraba la forma que tomaban los bollos como una manera de predecir futuros acontecimientos. De ahí que en las leyendas sea recurrente que estas entidades invernales exijan trabajo, limpieza y cuidado (en forma de servicio u ofrendas).

Otra cuestión que cabe señalar es que estas figuras folclóricas representan los dos rostros de una misma manifestación. Además, casi todas ellas tienen su pareja correspondiente, complementándose las polaridades. Entre los nórdicos, Papá Noel y Madre Nieve están vinculados, ya que el primero aludiría a una representación moderna de Odín y la segunda sería una personificación de su esposa Frigga (algunos autores consideran que hay aspectos de Frigga y Holda que se han fusionado, pero representan entidades separadas). Por su parte, en la zona sur de Alemania y en Austria los Krampus y las Perchten salen juntos a asustar a los niños. En este territorio son considerados como miembros masculinos y femeninos del cortejo de Perchta, respectivamente. Cabe señalar que Perchta vendría a encarnar el aspecto más antiguo y salvaje de la diosa Nerthus, con su pata de ganso u oca y nariz aguileña en forma de pico de ave, que aluden a su capacidad de cambiar de forma. Asimismo, cabe recordar que Thor viajaba en un carro tirado por dos cabras, animales en los cuales se inspira la figura del Krampus. No obstante, hay autores que apuntan a que Perchta tiene rasgos que recuerdan a Hel y que Krampus sería hijo de dicha deidad del inframundo, derivando su nombre  del término “krampen” (garras). En el caso vasco, el Olentzero suele ir acompañado de su esposa Mari Domingi, uno de los muchos aspectos de la diosa Mari.

El comportamiento generoso o sanguinario que ejercen estos personajes míticos sobre los mortales depende del cumplimiento o no cumplimiento de los deberes personales y comunitarios. Si han sido honestos, responsables, trabajadores y han cuidado bien de su familia, son recompensados con regalos (oro, plata, alimentos) o bendiciones (buena salud, fertilidad, prosperidad, transformarse en animales o un animal compañero); si han sido traviesos, mentirosos, holgazanes, descuidados, envidiosos o tramposos, son castigados físicamente (azotados, torturados o asesinados), maldecidos o reciben presentes desagradables (carbón) e incluso siniestros (abrir el vientre de los niños para rellenarlo de paja y piedras en lugar de dulces).

Algunas características de ciertos integrantes masculinos y femeninos de las ancestrales Cacerías Salvajes o Cabalgatas Nocturnas pasaron a ser asumidas por algunos santos/as católicos. Los más conocidos a nivel europeo, aunque también tienen su veneración en Euskal Herria, son San Nicolás y Santa Lucía. Adicionalmente, en la geografía vasco-navarra también se rinde culto a San Saturnino y Santa Bárbara.

La festividad de San Saturnino (denominado también San Serenín o San Cernín) es la que precede el periodo solsticial, celebrándose el 29 de noviembre en varias localidades navarras y alguna villa guipuzcoana. Este santo, según las Actas de San Saturnino, fue un misionero romano del s. I que predicó por las Galias, los Pirineos y norte de la Península Ibérica. Más tarde, se convirtió en el obispo de Toulouse (curiosamente también se le venera bastante cerca de Tolosa). Sin embargo, La Passio Saturnini, sitúa su obra y su martirio más tarde, en torno al 250 d.C. La historia del martirio es interesante porque alude a su influencia sobre el templo de Júpiter. Por lo visto, Saturnino pasaba cada día por el templo de Júpiter (entendemos que sin mostrar ningún respeto) para ir a un pequeño oratorio cercano donde había situado su catequesis. Júpiter estaba tan molesto que dejó de conceder peticiones a sus fieles durante un tiempo. Así pues, el pueblo señaló como responsable a Saturnino. Tras negarse a sacrificar un toro en honor a Júpiter, lo ataron a la bestia y fueron picándole mientras corría por las escaleras del Capitolio hasta que finalmente su cuerpo fue despedazado por el arrastre de la res.

En Pamplona se le empezó a rendir culto a finales del S.XI, cuando emigraron grupos de francos para repoblar el Reino de Navarra. Frente a su iglesia principal, situada en la calle del mismo nombre, existe un pozo que, según cuentan, fue bendecido por él. Se dice también que con dicha agua bendijo a los primeros cristianos de la zona, entre ellos San Fermín, patrón de la capital navarra. Igualmente, su advocación está presente en Artajona, Usún, Gastiáin, Zalduondo y Saturdi. Tras la habitual procesión, se organiza una comparsa de Gigantes y Cabezudos que van bailando desde la iglesia a la plaza, acompañados de música de txistulari.

Estos elementos nos permiten descubrir la relación del santo con el Dionisos griego y el Saturno romano. En Grecia, en ese tiempo, se celebraba la Lenaia para conmemorar el renacimiento de Dionisos tras su asesinato a manos de los Cíclopes. La manera de honrarlo era sacando un toro en procesión para luego hacerlo pedazos (simulando la muerte del Dios) y entregarlo a las Ménades. Igualmente, se sacrificaba un cabrito a Dionisos, los asistentes gozaban de los placeres del vino y se organizaban representaciones teatrales. En Roma se celebraba, posteriormente, la Saturnalia desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre. En esta época se festejaba el final de los trabajos agrícolas y el merecido descanso de los esclavos tras sus esfuerzos en el campo. A menudo, se solían intercambiar roles con los amos, aunque los hijos también podían adoptar el papel de sus padres. Cada familia solía elegir a un “Rey de la Saturnalia” o “Señor del Desgobierno”. La desinhibición, los excesos, los bailes de máscaras, los juegos y las orgías cobraban protagonismo durante estos días. Tradicionalmente, se decoraban las casas con plantas, se encendían velas, se preparaban grandes banquetes y se entregaban regalos a los seres queridos. El 25 de diciembre, al final de la Saturnalia, se celebraba el nacimiento del sol (Deus Solis Invictus), coincidiendo con la entrada del astro rey en Capricornio. De nuevo, la cabra se erige como animal sagrado, tanto en el caso vasco como romano, a pesar de que representen a deidades diferentes.

Por su parte, el culto a San Nicolás fue claramente importado de la zona escandinava. Al Igual que en el resto de Europa, su festividad se celebra el 6 de diciembre, aunque los festejos comienzan el 5 de diciembre por la noche. Este santo fue un obispo cristiano del s. IV, hijo de un zapatero, que predicó en la antigua Anatolia (Turquía) y participó en el Concilio de Nicea, condenando las doctrinas arrianas. Tras la conquista musulmana, sus restos fueron conducidos a la ciudad italiana de Bari para preservarlos. Este santo es considerado liberador de los presos, conversor de ladrones, protector contra los robos, abogado de los oprimidos y de quienes afrontan juicios injustos, consuelo de aquellos que están afligidos y tienen mala salud, amparo de los pobres y necesitados, guía de los peregrinos, protector de los niños y estudiantes, así como aliento de las muchachas solteras que desean encontrar marido. Es decir, representa una inversión de los dominios de Saturno en la astrología tradicional, tratando de enmascarar su esencia original. Esta figura es la que daría origen a Papá Noel o Santa Claus, aunque su cara oscura estaría representada por el Krampus. En la mitología vasca, esta parte siniestra estaría personificada por la versión primitiva del Olentzero: un gentil o gigante con la cara negra de hollín, que llevaba un saco, portaba una escoba de brezo o árgoma para fustigar a los niños traviesos y usaba una hoz para cortar las cabezas de aquellos que habían sido muy malos.

En Euskal Herria, se conocía este día como la “fiesta de los obispillos” y se daba descanso a los niños en la escuela, ya que antiguamente se consideraba que San Nicolás era el patrón de los estudiantes. También era una buena excusa para que éstos no fueran al colegio en uno de los momentos más inclementes del año. Entonces los niños tenían la costumbre de disfrazar a un compañero de obispo, con el hábito y los ornamentos propios de su rango, a quien luego honraban jocosamente hasta el 28 de diciembre (Día de los Santos Inocentes). Según los registros más antiguos que se han encontrado, esta tradición se remonta a la Edad Media y estuvo sujeta a diversas prohibiciones en distintos lugares, porque se consideraba irreverente usurpar un cargo eclesiástico y mofarse de él. Incluso en el interior de los templos se llegaron a organizar parodias burlescas con apoyo de personal laico al estilo de los carnavales. Esto disgustó especialmente a las autoridades.

Según nos informa José Dueso, los obispillos guipuzcoanos eran niños de menos de 7 años, mientras que los navarros eran de mayor edad. Por ejemplo, en Garisoain elegían a un muchacho entre 9 y 14 años con las cartas de una baraja, seleccionando a aquel que tuviera el As de Oros. Habitualmente, los mozuelos solían ir de casa en casa haciendo teatrillo y con el dinero que conseguían compraban un gallo que asaban el día de la Purísima Concepción (8 de diciembre). Antes de comerlo, lo colgaban en la puerta de la iglesia y cada uno simulaba matarlo con una espada de madera mientras permanecían con los ojos vendados. Antiguamente, parece que sí que sacrificaban al gallo de esta manera con una espada de verdad, al estilo del “Ollasko-jokua” (juego del gallo). En Álava esta fiesta se suscribía al área de Salvatierra. A continuación, se expone una de las letrillas que se han conservado: “San Nicolás Coronado, es Obispo muy honrado/ si nos dan o no nos dan/ las gallinitas lo pagarán”. En lugares como Kampetzu, Arraia, Aramaiona, Laminoria o el Valle de Arán se trasladaba esta representación teatral a la época de Carnaval.

Esta tradición perduró con bastante arraigo hasta hace relativo poco tiempo en algunos lugares de Navarra y Álava. En localidades como Arrasate y Segura (Guipúzcoa) se está tratando de recuperar con un formato más moderno. Normalmente se escoge a un niño de menos de 6 años, se le viste de obispo y junto a sus amigos va a buscar el “bolo-bolo”, es decir, caramelos y frutos secos.

Seguidamente, pasaremos a analizar las celebraciones en torno a dos figuras femeninas: Santa Bárbara y Santa Lucía.

Santa Bárbara fue una virgen mártir del s.III, cuya festividad se celebra el 4 de diciembre. Su familia era pagana y quería casarla, pero ella se negó y anunció su conversión al cristiano. Su padre estuvo a punto de sacrificarla, pero ella consiguió huir y ocultarse en una misteriosa cueva en una montaña. Finalmente la encontraron y su condena consistió en ser atada al potro y flagelada para luego ser colocada en una cama de trozos de cerámica cortante hasta ser desgarrada por rastrillos de hierro y quemada con barras metálicas incandescentes. De ahí que se haya convertido en patrona de los mineros, herreros, artilleros y canteros, así como abogada contra las calamidades (especialmente de que cayera un rayo y quemase la casa o taller). De todos modos, su advocación estaba extendida entre los agricultores y leñadores, quienes se santiguaban y se encomendaban a la santa diciendo: “Santa Bárbara bendita, protégenos del trueno y la tormenta”.

Se la suele representar entre bloques de piedra, junto a una torre o una montaña, con un manto rojo, un rayo sobre su cabeza, una espada en una mano y un cáliz en la otra. Esto nos recuerda a algunas imágenes de Mari donde aparece con un sayón rojo en una montaña o junto a una cueva, la cual puede tomar forma de rayo para viajar y que tiene tesoros de oro (cáliz). La imagen de la fortaleza nos podría remitir a su relación con la nobleza y su matrimonio con Diego López de Haro. La espada nos recordaría al arma de San Miguel en contra del dragón, su consorte mítico. Un rito asociado a la protección contra las tormentas consistía en colocar el hacha con el filo hacia arriba.

Uno de sus lugares de culto de Santa Bárbara era la Iglesia de Donibane, construida en el S.X. A ella acudían los trabajadores de las minas Usi, Meatza y Beramio. En la zona del Valle de Orozko, que también tuvo una gran relevancia como cuenca minera, se la veneró con fervor hasta que el abad de Axpuru empezó a modificar las costumbres paganas asociadas a esta santa. Otros de sus famosos templos se encuentran en la ermita de Mendikota (Zuberoa), al cual las madres llevaban a los niños a los que les costaba hablar. En Navarra son conocidas las ermitas de Lezaun y Ukar en honor a esta figura.

Finalmente, vamos a comentar el significado de Santa Lucía y las costumbres asociadas a ella. Esta santa fue una mártir siciliana que fue condenada durante la persecución de Diocleciano. Consagró su vida a Dios y, al igual que Santa Bárbara, insistió en permanecer virgen. Su madre, que estaba enferma, la intentó persuadir para que se casara con un pagano, pero ella le convenció para que fuera a la tumba de Santa Águeda a pedir su curación. Si sanaba, renunciaría al compromiso. Así sucedió, pero su prometido la denunció. Durante su arresto, trataron de violarla. Luego intentaron doblegarla con la tortura del aceite y el pez. Finalmente, según la Passio latina, le atravesaron la garganta y le sacaron los ojos. En la versión griega que relata su martirio, en cambio, se dice que ya había acudido al tribunal ciega porque la belleza de sus ojos deslumbraba a su pretendiente y ella decidió sacárselos.

De ahí que sea la abogada de las enfermedades de vista. Además, es patrona de los pobres, los ciegos, los niños enfermos, los fotógrafos, los cristaleros, los electricistas, los afiladores y las modistas. Los orígenes de su festividad se remontan al S.XVI en Suecia y Finlandia. La costumbre dicta que las hijas mayores de cada familia deben vestirse con una túnica blanca, una faja roja y colocar una corona de acebo con 7 velas sobre sus cabezas. También suelen preparar el desayuno para su familia, horneando galletas de jengibre y bollos de azafrán en forma de espiral. Asimismo, entonan canciones en la iglesia, en la escuela, en hospitales o residencias de ancianos, entrando en procesión con sus velas encendidas en la mano y en la cabeza. En las iglesias protestantes, van acompañadas de niños vestidos como estrellas.

Los paganos nórdicos consideran que Santa Lucía es una representación de Heid o Gullveig, sobrenombres con los que Freyja aparece en el Volüspa. Según el poema, la quemaron y atravesaron con lanzas pensando que era una bruja, pero ella renació tres veces y siguió viviendo. Freyja es otra de estas líderes de Cabalgatas Nocturnas y va acompañada por las Valkirias (quienes recogen las almas de los muertos en batalla) o las Dísir (hadas o diosas menores similares a las Matronae romanas), según versiones. Otros autores consideran que las niñas que encarnan a Santa Lucía representan en realidad a la diosa Sol (Sunna). En otras latitudes, estas muchachas recuerdan a las Damas Blancas.

En la tradición italiana, se la relaciona con Juno Lucina o Vesta (según autores), ya que la santa va montada sobre un asno entregando regalos a los niños bondadosos (que se han preocupado de dejar una ofrenda para ella) y tirando brasas en los ojos de aquellos que se han portado mal o se quedan despiertos para verla llegar (al igual que la Befana o ciertas entidades feéricas, evita ser descubierta). En el caso vasco, estaría más cerca de la figura de Amilamia, la más hermosa y bondadosa de todas las lamias, o directamente de Mari como Reina del mundo feérico con su corte de seguidoras. Igualmente, no podemos obviar la conexión mencionada con Santa Águeda, portadora de la luz y protectora de los niños, a la cual se asocia esta costumbre de encender velas y cantar canciones en comunidad. Así pues, esta tradición solsticial pasaría a celebrarse durante el mes de febrero como conmemoración del retorno del sol y la reactivación del ciclo natural.

Dentro de la geografía vasca, la única costumbre señalada durante el 13 de diciembre es la feria de Santa Lucía en las localidades guipuzcoanas de Urretxu y Zumarraga, que se celebraba antiguamente cerca de la ermita de Ezkio. Además de los típicos tenderetes navideños, se exponen los productos de la comarca, así como ropa, calzado, herramientas y maquinaria. A esto hay que sumar la venta de ganado caballar. Recordemos que en el artículo anterior dedicado a los Oihulariak mencionamos al caballo como animal totémico y espíritu autóctono (Irelu) que sirve como mensajero entre vivos y muertos, además de estar asociado a la protección y la fertilización del grano que brotará en primavera. Asimismo, existen concursos de capones, luchando las compradoras por encontrar el mejor precio para la cena de Navidad. El único elemento que se comparte con el resto del Europa son los coros, en este caso, integrados por modistillas que entonan canciones populares siguiendo la melodía de la trikitixa (instrumento vasco similar a un acordeón).

 

— Para la construcción de este artículo, además del libro de “El calendario tradicional vasco” de José Dueso, se ha consultado el “Diccionario Akal de mitología universal” de Giuseppina Sechi Mestica, el libro “The Winter Solstice” de John Mathews, el blog “Una de romanos” (WordPress) y los artículos sobre Yule de la página de Gotland Forn Sed.

 

  • La imagen de portada es un cuadro de Santa Lucía pintado por Francisco del Cossa.
  • La primera fotografía se titula Krampuslauf Perchten München y pertenece a @ Christkindlmarkt.
  • La segunda ilustración es una representación de la diosa Holda y es obra de Hello Heydrich.
  • La tercera fotografía corresponde al baile de Gigantes y Cabezudos de San Saturnino en Pamplona y pertenece a Iñigo Alzugaray.
  • La cuarta imagen es el Olentzero de Estella sacada de la Revista Calle Mayor (2016)
  • La quinta ilustración se titula Boy bishop y se ha extraído de Wikipedia.
  • La sexta imagen es una representación de Santa Bárbara que podéis encontrar en la siguiente web: https://www.el-carabobeno.com/dia-santa-barbara/
  • La séptima fotografía es una imagen de un vídeo de YouTube sobre las tradiciones de Santa Lucía en Suecia: https://www.youtube.com/watch?v=UJS0w5BGRCI
  • La última ilustración es una panorámica de la Feria de Santa Lucía en Zumárraga de la web de EITB (Televisión vasca).

 

Neguburu zoriontsua!

Originalmente, los vascos dividían el año en dos estaciones: invierno (“negu”) y verano (“uda”). El invierno se concebía como una estación sombría y fría que se encontraba bajo el dominio de la luna nueva (que se traduciría como “noche oscurecida” del euskera) y el espíritu del viento del norte (“Ipar”), el cual solía traer neviscas. No obstante, también se asociada al fuego (“su”), al dios Sugaar, al calor del hogar (“bero”), a la fragua (“sutegi”), al hierro (“burdina”) y a las salamandras (“arrabioak”). Dentro de esta época, la festividad más destacada es el Solsticio de Invierno (“Eguberri”, “Neguburu”).

En el solsticio de invierno se celebra el retorno de Eguzki, la Diosa Sol y se encienden hogueras, tanto en las casas como en los límites de los campos o bosques. En ellas se quema lo viejo (ropas, utensilios, objetos personales, etc) y, en algunas localidades, se celebran meriendas campestres (“basaratoste”, kanpora martxo”) en las que se cuentan leyendas y se entonan villancicos.

La “tea de Nochebuena” (“Gabonzuzi”, “olentzeko-enbor”) es uno de los símbolos sagrados más destacados en esta fecha. Se trata de un tronco, habitualmente de haya (árbol sagrado de Mari), que se enciende en Nochebuena y a veces se deja encendido hasta Nochevieja. En lugares como Llodio o Salvatierra, se encienden tres troncos en lugar de uno: uno representa a Dios (en sustitución de Sugaar), otro a María (en sustitución de Mari) y otro a la familia (en sustitución de los antepasados). Con el fuego del “gabonzuzi” se prepara la cena de Nochebuena y las cenizas se usan para bendecir a los animales o para esparcirlas en el campo a fin de ahuyentar el mal. Igualmente, con estas cenizas se pueden fabricar talismanes de protección. Según la creencia popular, si el tronco se apagaba, alguien de la casa moriría antes de la Navidad siguiente, de modo que se ponía cuidado en vigilar el fuego.

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En Cataluña, al igual que en Euskadi y otras regiones de Europa, también se han conservado ritos relacionados con los antiguos cultos animistas a los árboles. Aparte de adornar el típico abeto o pino, se ha mantenido la tradición del Tió. El Tió era un tronco que se quemaba en la chimenea de la casa con fines similares a los que encontramos en los hogares vascos. Posteriormente a este tronco se le han añadido ojos, nariz, boca, dos ramas traseras que hacen de patas, una “barretina” y una manta como vestido. A partir del 8 de diciembre, se empieza a “alimentar” a este personaje con frutas, hortalizas o restos de comida y el 24 de diciembre se le apalea con una vara de madera para que “cague” dulces o regalos.

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Otra de las tradiciones que ha permanecido viva en la región vasco-pirenaica es bendecir el pan de Nochebuena (“Gabon-ogi”, “Ogi salutadu”, “Ogi mehe“), haciendo la marca de la cruz y besándolo. Después se corta un pedazo y se pone bajo el mantel de la cena. A continuación, se guarda en un armario o en un cajón de la casa para garantizar la salud de todo ser que habite en ella (personas, animales, plantas). Algunos aún creen que sirve para aplacar el mar embravecido, protegerse de las crecidas de los ríos y evitar el pedrisco. Otra costumbre que podemos vincular con la brujería es la costumbre de tejer en Nochebuena prendas en las cuales se pone la intención de que sirvan de protección contra el mal de ojo, ya que al hilo entrelazado en esta época del año se le atribuye un poder mágico especial (se teje con más intensidad entre el solsticio de invierno y nochevieja).

El personaje mitológico y folclórico más destacado en estas fechas es el Olentzero, que a veces va acompañado de su esposa Mari Domingi (una representación de la diosa Mari). Algunos autores apuntan a que su etimología proviene de “Onentzaro” (tiempo de lo bueno), mientras otros consideran que está relacionada con el “olentzero-enbor” (tronco de navidad).

Según las viejas usanzas, durante doce días, los difuntos y otros seres sobrenaturales emergen en busca de la luz y el calor del tronco que crepita en el hogar. Algunos de esos espíritus pueden procurar protección a las familias si se les hace alguna ofrenda. Esta búsqueda de protección enlaza con la versión amable del Olentzero, el cual es representado como un hombre grande, bonachón, glotón, al que le gusta mucho el vino (recordando la imagen de un gentil o gigante). Habitualmente, se hacen muñecos de paja del Olentzero y luego se queman en el fuego para simbolizar el paso de lo viejo a lo nuevo. No obstante, en algunos lugares de la geografía vasco-pirenaica, se le representa como un ser con ojos rojos, cara manchada de negro, boina, pipa, una hoz y un ramillete de árgoma o brezo (planta usada para avivar el fuego del hogar). Se dice que, si encuentra la chimenea sucia o ve a un niño travieso, corta cabezas con su hoz. Esta versión “oscura” del Olentzero se asemeja a los “krampus” nórdicos y a los “kallikantzaroi” griegos.

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La Nochevieja (“Gabonzar”) es otro de los momentos clave del periodo invernal. Además de pasar la noche en familia alrededor del fuego, era costumbre salir a buscar agua a ciertas fuentes que eran consideradas sagradas. Este agua se guardaba y aún se guarda para usarla con fines medicinales y mágicos el año siguiente.

Por último, cabe destacar la importancia que se le otorgaba al día de Año Nuevo (“Urteberri”) y a los doce primeros días del año, ya que servían como orientación para predecir la climatología de los doces meses siguientes y como oráculo para anticipar algunos acontecimientos vitales (“Zotalegun”). En algunas localidades, no obstante, se considera también “Zotalegun” los 24 días de agosto, cuyo tiempo anuncia cómo serán los meses del año siguiente. Habitualmente se interpreta que la situación meteorológica del primer y decimotercer día indican la tendencia que reinará durante el mes de enero; la del segundo y decimocuarto día, el tiempo que hará en febrero, y así sucesivamente.

 

La fotografía utilizada como cabecera del texto es una imagen de Amboto nevado que pertenece a Igertu, un montañero cuyo blog es: http://igertu.blogspot.com.es/2007/04/20070127-anboto-1331m-invernal.html