Har har, hou hou, hemen etan, hemen etan

Tras haber realizado una introducción al tema de la brujomanía y la brujería histórica en el País Vasco, Navarra y otras regiones colindantes de la franja pirenaica, continuaremos analizando la deformación progresiva de las creencias paganas originales bajo la óptica del cristianismo durante la Edad Media y la Edad Moderna. Esta vez, nos apoyaremos en canciones del folklore que se han asociado a cánticos sabáticos o relacionados con las antiguas reuniones de brujos/as.

El primero de ellos fue registrado por el demonólogo Jean Bodin (1529-1596), el cual afirmaba que no había ninguna reunión de brujas donde no se cantara, bailara y saltara mientras se recitaba, levantando las manos y las escobas:

“Har, Har, diabole,

sali huc, sali huc,

lude hic, lude illic;

Sabbath, Sabbath”

Su traducción sería:

Jar, jar, diablo,

salta aquí, salta allá,

juega aquí, juega allá,

Sabbath, Sabbath.

Esta variante en latín fue extraída probablemente de una versión popular francesa, que se extendió después por Bretaña y Gales y que, más tarde, Margaret Murray rescató en su libro “The God of the Witches” (El Dios de los brujos):

“Har, har, hou, hou,

danse ici, danse là,

joue ici, joue là”.

Esta versión francesa provenía de una canción vasca que sufrió varias transformaciones, las cuales dieron lugar a cambios en su sentido original, derivando en interpretaciones satánicas. La canción original rezaba así:

“Har, har, hou, hou, 

hemen etan, hemen etan.

Har, har, hou, hou,

Iona Gorri, Iona Gorri,

Akerra beiti, Akerra goiti”

Los términos “har” y “hou”, respectivamente, podrían relacionarse con los determinantes alomorfos “har/hura” (aquel/la), “hau/hon” (este/a) y “horr/hori” (ese/a), aunque tampoco podemos descartar las derivaciones fonéticas de los demostrativos “han” (allí) y “hor” (ahí), teniendo en cuenta el sentido de la canción.

Por su parte, “hemen” y “etan” provendrían de “hemen eta han” (aquí y allá). Seguidamente, la canción menciona a “Iona Gorri” (La Señora Roja), uno de los sobrenombres por los cuales se conoce a Mari. Por último, “Akerra beiti, akerra goiti”, significa “la cabra/cabrón arriba, la cabra/cabrón abajo”, pudiendo hacer referencia al animal como una de las representaciones totémicas de la Gran Madre de los vascos, o bien de Akerbeltz como compañero de la Dama. En cualquier caso, en la canción original, la protagonista es Mari, no Akerbeltz o el macho cabrío negro.

Existe, no obstante, una variante más moderna de esta canción en la cual se cambia el término “Iona/Yona” (Señora) por “Jauna” (Señor) y se introduce una posible deformación del dios Jano, quien pasó a convertirse en Janicot (“Pequeño Juan”). Little John o Petit Jean era el compañero de Robin Goodfelow, más conocido como Robin Hood o Robin de los Bosques en los países célticos, anglosajones y la Bretaña Francesa. Por su parte, la figura de Robin (que significa “petirrojo” en inglés) se relaciona con el dios Bucca (o Puck) de la tradición córnica.

“Har har, hou hou!
Eman hetan!  Eman hetan!
Har har, hou hou!
Janicot! Janicot! Janicot! Janicot!
Har har, hou hou!
Jauna Gorril, Jauna Gorril,
Akhera goiti, Akhera beiti”.

En esta versión podemos apreciar que se hace referencia a “Jauna Gorril” o “Señor Rojo”, a quien muchos consideraron un término simbólico o apodo para referirse al Diablo cristiano y no a una deidad relacionada con la naturaleza salvaje o los bosques. Curiosamente, el “Señor Rojo” es una figura que encontramos en otras mitologías. Por ejemplo, entre los mayas, Q’il o Chac Ahaw era un dios dador de vida, relacionado con el sol y los misterios de los solsticios y equinoccios. Por su parte, Quetzalcóatl, bajo su aspecto de Ehecáltl, era considerado el númen del viento nocturno, pintado de rojo y negro, que estaba asociado a la mitad del cosmos dominada por la oscuridad y las estrellas. Dentro del panteón náuatl estaba Tlatlauhqui Tezcatlipoca o “Espejo rojo que humea”, una deidad de oscuro origen y cruel naturaleza que fue adorado por tlaxcaltecas y huejocincas y que, más tarde, fue honrado en otros lugares de Mesoamérica con el nombre de Xipe Totec o “Señor Desollado”. En las creencias hindúes, Iama, el dios de la muerte y señor de los espíritus de los difuntos, también es representado con ropajes de color rojo. Incluso, en la famosa serie “Juego de tronos”, existe un Dios Rojo, conocido como el “Señor de luz” o “Corazón de Fuego”, que podemos relacionar con las distintas manifestaciones que se han mencionado.

Por su parte, Margaret Murray, relaciona el término “Hou” de la canción vasco-francesa, como una referencia a un dios galo prácticamente desaparecido de la región de Guernsey, conocido como Hu Gardarn o Hu “The Mighty”, aunque recibía otras denominaciones como Brecq-Hou, Jet-Hou o Li-Hou. Esta entidad apareció en textos escritos en el S.XV y también fue asociada al Diablo. Murray sugiere que “Hou” podría ligarse al vocablo galés “Haro” que se utilizaba para solicitar ayuda ante una injusticia. Después, la autora, intenta asociar a esta divinidad con Puck y Robin. No obstante, su particular interpretación no podría aplicarse al ámbito vasco, ya que en euskera el término tiene otro significado y dentro de la canción original ya se hace referencia a númenes locales.

Otra cuestión que me gustaría apuntar es que, en páginas de brujería norteamericana, se ha extendido una traducción errónea de la canción mencionada, introduciendo elementos totalmente extraños y descontextualizados como el “gusano blanco” o los “ancianos”. Si queréis leer la traducción al completo que se ha hecho en estos círculos, podéis consultar el siguiente enlace: http://afwcraft.blogspot.com.es/2011/07/treading-mill.html

Otro aspecto que quisiera destacar respecto a la famosa canción “Har,har,hou,hou”, es que podemos encontrar unos versos de Shakespeare dentro de su obra “A Midsummer Night’s Dream” (Sueño de una noche de verano) en los cuales observamos una réplica de la misma, en la cual la figura del Goblin sustituye a una entidad que en otro tiempo tuvo la categoría de Dios y no de Duende:

“Up and down, up and down.

I will lead them up and down:

I am feared in field and town:

Goblin, lead them up and down”.

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 Otra curiosidad a señalar, que podría tener (o no) alguna vinculación con alguna de las versiones de esta canción vasca, es que existía una fórmula entre los cazadores franceses que dirigían a sus galgos cuando los enviaban a atrapar a los lobos. Los versos dicen así:

“Après l’ami, après harout,

har ut hali, hou, hou,

harloup, harloup”

La incógnita que me surge es si estos versos podrían asociarse con la extendida creencia en los hombres lobo (“garou”) y la capacidad que se atribuía a los/as brujos/as de cambiar de forma.

Otra cuestión a debatir es si realmente la canción “Har, har, hou, hou” se utilizaba en coventículos o simplemente era una rima que se tarareaba en fiestas populares por su ritmo, sonoridad y su carácter pegadizo. En cualquiera de los casos, estoy convencida que su repetición dentro de danzas circulares y bajo los efectos del alcohol u otras sustancias psico-activas, tenía el potencial de llevar al éxtasis o al trance y propiciar prácticas de vuelo del espíritu.

Ahora pasaremos a analizar otras canciones populares que hacen referencia al Señor que adoraban los/as brujos/as y a sus reuniones heréticas. Una de ellas es “Hiru piztiak” (Las tres bestias), que ha sido interpretada por grupos como “Alboka” o artistas como Mikel Márquez:

“Bildots kantaria naiz
egiten dut hozka
Hautatuen etxean
den zakur berdexka.

Lotu nazazu edo
Joango naiz ihesi,
Ez zaitut behar baina
Ez nazazu utzi.

Indioilarra aina
Banaiz ni kantuan,
Arratoia bezala
Beti izkutuan.

Nireak ohoreak
Lanak besteenak,
Sei hizkuntza dakizkit
Erdipurdi denak.

Sartaldeko Printze naiz
Zerbitziarekin,
Mila opari ditut
Zertako ez jakin!

Arrazoi txukunei gor
Noa galbidean,
Behintzat azkarrena naiz
Tontoen artean.”

 Su traducción sería:

 Soy el cordero que canta,

mordiendo en la casa de los elegidos;

soy el perro verde: átame o huiré.

No te necesito, pero no me dejes

cantando como el pavo,

siempre escondido como la rata.

Para mí son los honores,

el trabajo para los demás;

sé hablar seis idiomas,

todos mal que bien.

Soy el Príncipe del Este,

con sirvientes, traigo mil regalos.

¡No sé para qué!

Sordo a las razones prudentes,

voy por el camino de la perdición,

al menos soy el más listo entre los tontos.

Esta canción presenta a un dios de los brujos que ya ha sido asimilado al Diablo cristiano, aunque mantiene algunas de sus características totémicas originales (forma de chivo y perro). No obstante, se le atribuyen otros rasgos relacionados con el demonio como la condenación de los fieles, la cobardía, la holgazanería, el hedonismo, el carácter alocado, el dominio de varias lenguas para encandilar a los humanos o el hecho de tener sirvientes a los cuales otorga dones o regalos.

Otra canción bastante conocida es “Emezortzi serore”, que podemos encontrar en el “Cancionero popular” de Resurrección Mª de Azkue:

“Emezortzi serore eta bortzemagin 
buruz arindu eta sartu dire sorgin,
uxta egiten dute larun bat gauerdin
erratz girtain gainean zaldiz doazanin.
Ujuju jupa labirulena jupa jupa beti
odei beltzen azpiti sasien gaineti.
Sorgin oroin Errege da Akelarren yarri
¡Jupa! erran dezagun beti bizi bedi.

Oilo beltz ederr orrek daukan egitea
emakume zarrenak sorgin biurtzea,
karakakak eginta aren arroltzea.
Ujuju jupa labirulena jupa jupa beti
jupa Manuel Antoni jupa zanpantzarri.
Sorgin oroin Errege da Akelarren yarri
¡Jupa! erran dezagun beti bizi bedi.”

La traducción sería:

El sábado por la noche

Cuando las doce dan,

Las brujas se reúnen y al aquelarre van

Montadas sobre escobas

A guisa de alazán,

Danzando por los aires,

Las lleva el huracán.

Ujuju jupa labirulena,

Esto sí que es gozar;

Arriba, pardas nubes,

Abajo, el matorral.

El rey del aquelarre

Ocupa su sitial,

¡jupa!, que viva siempre,

Cantemos sin cesar.

 

Esa gallina hermosa

tiene el don singular

de convertir en brujas

a las viejas del lugar:

coc, coc, coc, ella canta,

y es negra de color,

mas el huevo que pone

pierde pronto el calor.

Ujuju jupa labirulena,

Esto sí que es gozar.

¡Jupa! Manuela Antonia,

¡jupa!, al corro a danzar.

El rey del aquelarre

Preside ya el “batzar” (asamblea)

¡jupa!, que viva siempre,

Cantemos sin cesar.

En esta canción encontramos una referencia explícita al “akelarre” como lugar de reunión de los/as brujos/as y otros elementos prototípicos que han definido la imagen distorsionada que nos ha llegado de las prácticas de brujería de la Edad Media y la Edad Moderna. No obstante, hay algunos detalles a remarcar en esta canción. En primer lugar, se menciona el “larunbata”, el antiguo festival lunar de cuatro noches. También se establece como hora mágica la medianoche, que era el momento en que Gaueko, como deidad de la noche, iniciaba su dominio. Además, se establece una relación entre los/as brujos/as y su poder sobre la meteorología, que sí puede conectarse con una práctica existente en la tradición vasca y otras tradiciones de brujería europeas. Aquí se recoge igualmente la fórmula vasca para volar al Sabbath que exige pasar por encima de las zarzas y por debajo de las nubes. Asimismo, se menciona a la gallina o gallo que podía contrarrestar el poder de los/as brujos/as y otras criaturas de la noche. Por último, podemos señalar el uso de canciones y danzas extáticas y la idea de trazar el círculo girando alrededor de una hoguera o punto central.

Seguidamente, pasaremos a recuperar elementos de canciones folklóricas que se suelen cantar a los/as niños/as y que también nos remiten a las antiguas creencias vascas. Una de ellas es “Binbili bonbolo”. La canción en euskera dice así:

“Binbili-bonbolo
sendal lo.
Akerra Prantzian
balego,
akerrak kanta,
idiak dantza
auntzak
danboliña jo.”

La traducción sería:

Binbili-bonbolo
duerme bien.
Si el chivo en Francia
estuviera,
el chivo cantaría,
el buey bailaría,
la cabra
tocaría el tamboril.

Esta canción nos remite a las leyendas paganas locales y a la fuerte creencia politeísta-animista que existía entre los vascos. En ella se menciona al chivo como animal totémico asociado a Akerbeltz y se hace referencia a la extensión de su culto a los dos lados de los Pirineos. También se nombra al buey como una de las formas que podía adoptar la diosa Mari como representación de la abundancia (en sus cuevas se solían guardar pellejos de buey rellenos de oro), aunque encontramos historias posteriores que vinculan al buey con el Diablo como es el caso del cuento del “Becerro de oro”, narrado por Toti Martínez de Lezea en su libro “Leyendas de Euskal Herria”. Asimismo, existen bóvidos que son guardianes de cavernas o parajes sagrados como “Beigorri” (la vaca roja, asociada a Mari) y “Zezengorri” (toro rojo, relacionado con el Diablo). Además, en otras leyendas también se cuenta que las brujas podían adoptar la forma de bueyes rojos y de cabras, al igual que la Dama. Si hacemos una segunda lectura de esta inocente canción popular, podríamos pensar que se sugiere al niño que se duerma para poder viajar al Sabbath y encontrarse con estos animales míticos, que bien podrían ser brujos/as que han cambiado de forma y se reúnen para celebrar sus ritos.

Otra canción infantil que también esconde parte del conocimiento antiguo es “Bondolontena”:

“Bonbolontena, nere laztana,
ez egin lorik basuan,
aizteritxuak eramango zaitu
erbiya zeralakuan. Bo!”

La canción se traduciría de la siguiente manera:

Bonbolontena, querido mío,
no duermas en el bosque,
que el buitrecillo te llevará
como si fueras una liebre. ¡Bu!

En esta rima se advierte que no se debe entrar sin permiso a un territorio sagrado y que uno no puede exponerse a los peligros de los seres de la noche. También se menciona al buitre como otro de los animales vinculados a la diosa Mari, aunque recordemos que los/as brujos/as a menudo tomaban la forma de pájaros para volar al Sabbath.

Por último, quisiera mencionar una canción francesa de la zona de Loiret que pone de manifiesto la creencia en que el arcoíris (Ostadar/Ortzadar) era una manifestación del dios del cielo Ortzi o Urtzi, aunque hay quien lo trata como un númen aparte. En principio, se creía que el arcoíris era el cuerno o falo de Ortzi que fertilizaba la tierra o servía como puente para unir al Padre Cielo (Urtzi) con la Madre Tierra (Amalur). La canción dice así:

“Arc-en-ciel,
du pain, du miel,
je te coupe le cou
sans chandelle.

Arc-en-ciel,
mange ton miel,
soir et matin,
coupe ton chemin.” 

Su traducción sería:

Arcoíris,

pan y miel,

voy a cortarte el cuello

sin vela.

Arcoiris,

come tu miel,

tarde y mañana,

corta tu camino.

En esta canción apreciamos la realización de una ofrenda tradicional de pan y miel al númen. También se menciona la creencia de que no estaba permitido pasar por debajo de un arcoíris y que éste cortaba tu camino, a no ser que fueras demasiado osado/a y decidieses correr el riesgo de entrar en el Otro Mundo o cambiar de sexo.

Esta tonadilla podemos relacionarla con otras canciones peninsulares que hacen referencia a las brujas y a su relación con la meteorología, así como con otras figuras asociadas a la práctica de la brujería. Una de esas canciones es la catalana “Plou i fa sol”:

“Plou i fa sol,
les bruixes es pentinen.
Plou i fa sol,
les bruixes porten dol.

Plou i fa sol,
les bruixes es pentinen.
Plou i fa sol,
les bruixes fan un ou”

Ésta se traduciría como:

Llueve y hace sol,

las brujas se peinan.

Llueve y hace sol,

las brujas portan duelo.

Llueve y hace sol,

las brujas se peinan,

Llueve y hace sol,

las brujas ponen un huevo.

De esta canción me gustaría destacar que las brujas catalanas se peinan como las lamias vascas, viéndose de nuevo conectada la figura de la bruja con entidades feéricas. Asimismo, el peine también es aquí una herramienta asociada a la práctica de la brujería, como sucede en el País Vasco. Por último, señalar la relación entre las brujas y los pájaros, ya que son capaces de poner huevos como éstos.

En Asturias también encontramos una versión similar a las dos presentadas anteriormente:

“Arco de veya,
revolve na terra,
col dido monín,
que nun chova por mín,
col dido pulgar,
que chova en el mar”

En esta rima observamos la vinculación del arcoíris con la fertilización de los campos y la posibilidad de desviar las tormentas con el poder de la voluntad, que es ejercido a través del dedo pulgar. Además, existe un refrán castellano-leonés que indica que “cuando llueve y hace sol, la Vieja hace requesón”. Este dicho podemos conectarlo con la creencia vasca de que, si llovía y hacía sol en una zona de montaña, quería decir que Mari estaba en su cueva haciendo sus labores.

Todas estas canciones son una muestra más de la riqueza y el conocimiento encerrado en nuestro folclore popular y nos llevan a confirmar, una vez más, que el Diablo está en los detalles.

La fotografía que encabeza el texto se titula  “Akelarre” y su autor es Irkus M. Zeberio. La ilustración que se encuentra en el centro del artículo recibe el nombre de “Oberon, Titania, Puck with the Faeries dancing” y es obra de William Blake. 

Asko dakin zu, bizitzen baldin badakin zu

El proverbio vasco dice que “mucho sabe aquel que conoce cómo vivir”. Esta es una máxima que mi abuela, una humilde campesina y señora de su casa, me ha transmitido desde bien pequeña y que me sigue repitiendo y demostrando con sus 96 años. Y no puedo más que admirarla y atender sus consejos porque para mí ha sido un modelo de lo que la vida debería ser. Como se dice popularmente, la gente anciana sabe mucho porque ha sido enseñada por la necesidad (“asko daki zaharrak, erakutsi beharrak”). Es por eso que, en la cultura vasca, se sigue teniendo en gran estima a los mayores, especialmente a las “amonas”, y se escuchan sus palabras.

Mi abuela es una de esas mujeres que apenas pudo ir a la escuela, pero se esforzó por seguir las costumbres y aprender muchas de sus habilidades observando a otras personas, “cogiendo lo bueno” de ellas, aunque tuvieran una moral un tanto cuestionable, una reputación no demasiado ejemplar, estuvieran en una peor posición socio-económica o fueran muy distintas a ella. Así me ha educado: enseñándome mediante la observación, el ejemplo, la transmisión oral, el esfuerzo y la paciencia que supone esperar el momento de poder formular las preguntas adecuadas, recibir las respuestas justas en el momento idóneo y actuar cuando uno/a es requerido/a, está preparado/a, la situación así lo impone o ha demostrado la valía suficiente para asumir un rol activo.

Una de las primeras cosas que he aprendido de ella es el respeto a la vida y a todas sus criaturas. Tal y como la propia Mari nos muestra, toda forma de vida tiene un valor y un propósito, no importa lo pequeño o insignificante que parezca.  Todo ser puede enseñarte algo y por eso debes respetarlo. No nos corresponde a nosotros/as juzgar la virtud o las faltas de otros, pues de ello ya se encargará nuestra Dama. Es más importante preocuparnos de comprender nuestro propio valor, mantener nuestra dignidad y nuestro honor.

De ahí se derivan otras lecciones de gran importancia: ser sinceros/as con nosotros/as mismos/as y con los demás, aprender a ser íntegros/as y coherentes con lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos, así como cumplir con la palabra dada o no comprometernos con algo o alguien cuando realmente no podemos, ya que si lo verbalizamos y luego no actuamos, habrá una serie de consecuencias. Recordemos que “todo lo que tiene nombre, existe” y, una vez que la intención se ha materializado en palabras, no hay vuelta atrás (“Agindua zorra, esan ohi da”/ Una promesa es una deuda, se ha dicho siempre). Esto también nos lleva a la prudencia, a tener cuidado con lo que decimos, pedimos, hacemos y dejamos de hacer.  Aunque, por supuesto, hay situaciones que comprometen la supervivencia, la integridad personal o moral, así como el bienestar de los nuestros donde corresponde marcar límites claros y tomar medidas de forma rápida, precisa y efectiva, dejando de lado la diplomacia. En tal caso: “Amen: zu hor eta ni hemen” (Así sea, tú allá y yo aquí).

Otras grandes enseñanzas que he recibido son que nada que merezca la pena de verdad se gana sin arduo trabajo (“Garaipena, neke askoren ondorena”/El éxito es resultado de mucho trabajo duro) y que hay que estar agradecidos/as por cada pequeña cosa que el universo nos regala u otras personas nos entregan desinteresadamente, con cariño o agradecimiento.  Si nos situamos en una mentalidad comunitarista, nada de lo que tenemos es realmente nuestro e intentar conseguir bienes o conocimientos por la vía rápida, a veces incluso aprovechándonos de lo que otros/as han hecho o están haciendo para allanar el camino, ¿no es una forma de jactarnos y de rapiñar los frutos que esas personas deberían recoger? Como reza el dicho vasco: “Aberats izatena baino, izan ona hobe” (más vale tener un buen nombre que ser rico). Y tal y como Mari demuestra generosidad con la gente honrada y los desamparados en las leyendas, así nos enseñan las abuelas a cooperar, asistir y mostrar diligencia con nuestros/as amigos/as, vecinos/as y todo aquel que necesite de cuidado, pronunciando “egizku beti on, ez jakinarren non” (siempre haz lo correcto, incluso si no sabes a quién beneficias).

El cuidado de las amistades y mostrar fidelidad hacia estas es algo muy valioso para los/as vascos/as y, en consecuencia, la traición es una de las peores faltas (“Bi etxetako txakurra, goseak jan”/ El perro que pertenece a dos casas, muere de hambre). Mi familia por línea materna ha tenido unas relaciones bastante armoniosas, tanto dentro como fuera de la familia. Mi abuela ha sabido conservar sus amistades durante largos años, muchas hasta el momento de su fallecimiento. Algunas de ellas incluso se han convertido en una extensión de la familia de sangre, llegando a tener un vínculo suficiente fuerte para ejercer un papel en ciertos asuntos de la familia. Ahora que mi abuela es mayor y no puede visitarlos, llevándoles dulces, huevos, leche fresca, parte de la matanza, flores del jardín o algún otro presente, es ella quien recibe esas visitas con la mejor de las disposiciones. No obstante, en el Solsticio de Invierno, se acuerda de llamarlos a todos/as o nos pide que escribamos una postal para desearles buenas fiestas. En este sentido, mi abuela tiene bastante claro que, la vida sin amigos, implica una muerte sin vecinos (“Adiskidegabeko bisitza, auzogabeko heriotza”).

La gestión de estas relaciones comunitarias también tiene sus propias reglas, costumbres y prohibiciones. En primer lugar, la capacidad de escucha es, probablemente, la cualidad más valorada. Así nos lo muestra el dicho: “Aditzaile onari, hizt gutxi” (Un buen oyente necesita pocas palabras). Recibir las confidencias de alguien es considerado un honor y una responsabilidad, de modo que la indiscreción está muy mal vista. Es más, nuestros mayores nos advierten que debemos ser vigilantes y desconfiados con aquellas personas que quieren saber demasiado sobre nuestros asuntos personales (“Azeri solas ematen zaukanean ari, gogo emak heure oiloari”/ Cuando el zorro te está dando conversación, concéntrate en alimentar al pollo). Asimismo, se nos previene de hablar demasiado, primero, porque se cree que lo que se dice se manifiesta; luego, porque el que mucho habla, tiene más probabilidades de equivocarse; también, porque centrarnos en nosotros mismos hace que no escuchemos lo que lo demás pueden aportar y esto se considera una falta de respeto; por último, porque aquel que dice lo que le parece sin contrastarlo, puede ofender a alguien y escuchar lo que no quiere oír (“Esaten buduk nahi duana, etzungoduk nahi ez diana”). También suele ocurrir que el que mucho habla, tiende a hacer poco. Sin embargo, no intervenir en una conversación cuando creemos o sabemos que alguien no está diciendo la verdad o está equivocado, es también una imprudencia porque la audiencia asumirá que le das la razón (“Entzun eta isil, baiezko borobil”/ Escuchar y callar, es afirmar en redondo).

Por otra parte, las relaciones interpersonales exigen una justa reciprocidad (“Bakoitzari berea eta beti adiskide”/ A cada cual lo suyo y siempre amigos), gratitud (“Hartzean dena, zortzen dena”/ Lo que recibes, lo debes”), compromiso (“Idia adarretik eta gizona hitzetik” / Coge a los bueyes por los cuernos y los hombres por su palabra), responsabilidad y resolución (“Iraurk egin dezakeana ez uzti besteri egiten”/ No dejes que otros hagan lo que puedes hacer por ti mismo). También se dice que es importante aprender a recibir primero para poder ofrecer algo a cambio a los demás de una forma adecuada (“Jakiteko hartzen, ikas ezazu ematen”) pero, en ningún caso, podemos permitirnos ser aprovechados, ya que la gente acabará retirándonos su favor y generosidad (“Bat eman eta bi hartu, gure etxean ez berriz sartu”/ Dar uno y tomar dos no hará que vuelvan a tu casa).  Teniendo en cuenta lo anterior, la ambición, la envidia, la mentira, la pereza y regocijarse de la desgracia ajena, son consideradas prohibiciones sociales, todas ellas reflejadas en los refranes y leyendas populares y castigadas por los espíritus locales.

En cuanto a las relaciones en el hogar, se considera importante que una casa esté llena de vida (personas, animales, plantas), ya que es una manera de darle propósito. Así, el dicho vasco, manifiesta que una casa vacía es pura rabia (“Etxea hutsa, harrese hutsa”). Adicionalmente, se cree que una casa sin fuego es como un cuerpo sin sangre (“Sugabeko etxea, gorputza odolgabea”). Teniendo en cuenta que la Etxea se concibe como una materialización del vientre de la Madre Tierra y espacio generador, protector y reproductor, no resulta extraño que los vascos pusieran tanta atención en ella. Además, en un sentido espiritual, que no haya nadie cuidando de la casa, implica que los espíritus que la habitan padecen hambre y sed por la ausencia de ofrendas. De ahí que si entramos en una casa antigua que ha sido abandonada por mucho tiempo, podamos percibir una sensación de rechazo e incluso de temor, pues esos espíritus realmente pueden llegar a sentirse abandonados y furiosos con los seres humanos. Por otra parte, recordemos que el fuego de la casa es entendido como un espíritu familiar en sí mismo, siendo la chispa que inicia y mantiene la actividad dentro de la Etxea. En relación al fuego del hogar, también existe un proverbio que nos remite a una costumbre que aún se preserva: sentarse más o menos cerca de la lumbre en función de la posición dentro de la familia. El refrán dice así: “Zer dio sutundokoak? Zer baitio zutaizinekoak” (¿Qué dice el de al lado del fuego? Lo que dice el de delante del fuego). Esto hace referencia a que la Etxekoandre es quien tiene preferencia a sentarse junto al fuego, ya que ella lo alimenta. Por detrás de los señores de la casa, están los primogénitos (no importa si son hombres o mujeres) y, tras ellos, se sientan los hermanos pequeños. Así, los hijos menores escuchan lo que sus mayores dicen y, a nivel práctico, también obedecen los mandatos de estos. Otra regla de oro en la gestión de las relaciones familiares es mantener los asuntos de casa, dentro de ella: “Etxeko sua, etxeko hautsez estali behar da” (cubre el fuego de la casa, con la ceniza de la casa).

El matrimonio es considerado un rito de paso y una unión social de gran importancia, en consonancia al poderoso vínculo que Mari establece con su esposo Maju (o Sugaar). La abuela de mi marido solía decir que: “quien acierta en casarse, no se equivoca en nada”. Como esta frase, encontramos otros refranes como “Ezkondu baino lehen, ezagutzea lehenago” (antes de casarte, conoce a tu pareja) o “Nahigabeko ezkontzea, neke eta kaltea” (un matrimonio involuntario no trae más que problemas). Una de las funciones del matrimonio, además de establecer una alianza entre familias y perpetuar o engrandecer el patrimonio, era tener descendencia. Los hijos eran considerados una bendición de la Dama y un símbolo de prosperidad (“Haurrak bihi larri dira”/ los niños son corpulentas semillas). Esto era así hasta el punto de estigmatizar a las mujeres que eran infértiles llamándolas “matxorrak” (machorras) y se recurrían a largos peregrinajes a lugares señalados o hacían ritos de fertilidad como lanzar piedras a ciertos pozos, beber de fuentes sagradas o colocar ropas de bebé bajo el manto de la virgen. La educación de los hijos era una gran responsabilidad que exigía dedicación y dar ejemplo, tal y como expresa el refrán “Hitzetz berzerik beharda, haurrak haziren badiran” (no bastan las palabras para educar a un niño). Dentro de esa educación, se destaca el peso de las enseñanzas y costumbres de la familia: “Ohakoan dena ikasten, ez da jaoiti ahazten” (lo que se aprende en la cuna, nunca se olvida). Y a veces esas costumbres están tan arraigadas que, como reza el dicho, se convierten en ley (“Ohiturak lehe ohi dakar”).

Concretamente, en casa de mi abuela están presentes varios de los elementos folklóricos y costumbres de una Etxea tradicional:

  • La conexión con los poderes del agua: la casa se construyó en una chopera (la madera del álamo blanco es estimada en ebanistería porque resiste la erosión del agua), cerca de la llamada “piedra de las lavanderas” (lamias) y próxima a la antigua fuente de “La Rueda” donde las mujeres iban a por agua. Además, se hizo un pozo. En este pozo, es donde suelo dejar las ofrendas para los espíritus de la casa.
  • La presencia del fuego sagrado: En la casa se instalaron dos chimeneas, una principal y otra secundaria. Tal y como manda la tradición, mi abuela como Etxekoandre se encargaba de encender y alimentar el fuego (aunque la tarea de cortar la leña está reservada al hombre). Por extensión, la que cocinaba era también ella y nadie más podía remover la olla. La tarea de amasar la hacía igualmente ella, aunque a las niñas mayores nos permitía verter la masa en el recipiente, hacer las formas de los panes y los dulces o decorar las tartas.
  • Uso de las cenizas del hogar: cuando mi abuela limpiaba la chimenea, siempre reservaba las cenizas en un cubo. Parte de esas cenizas, las echaba en el jardín y en los campos, con la idea de bendecir las plantas y asegurar su crecimiento. Tradicionalmente, las cenizas también se han utilizado para hacer Kuttunak (talismanes), especialmente para proteger a los niños, aunque también a los animales, tal y como señala José Dueso.
  • Plantar un árbol junto a la casa: en nuestro caso, había una higuera y con sus frutos hacíamos mermelada.
  • Presencia de plantas de uso popular: mi abuela siempre ha tenido geranios en la ventana o en la terraza porque decía que daban un buen ambiente a la casa. Curiosamente, Barandiarán describe que en la Baja Navarra se creía que el geranio tenía un olor saludable, que servía para renovar el aire de la casa (atraer los buenos aires). Igualmente, recuerdo haberla visto quemando hojas de laurel (o romero) dentro de la casa y asperjando agua bendita por los rincones de las habitaciones. Estas también son fórmulas para arrojar fuera de la casa los “aize txarrak” (malos aires). Asimismo, hacía ramos con laurel y olivo en forma de cruz (bendecidos en Domingo de Ramos) para colgarlos como protección en la casa y evitar las tormentas de granizo (en otras zonas, se usa el espino blanco y el fresno como “pararrayos”). Mi abuela también plantaba albahaca y hierbabuena en la casa. La albahaca es considerada la hierba de Mari (aunque también está asociada a Santa Águeda) y se usaba para alejar a los mosquitos y repeler la enfermedad, aclarar la mente, atraer la prosperidad, evitar la caída del cabello y propiciar un buen parto. La hierbabuena está vinculada a la noche de San Juan (Solsticio de Verano) y se usa tanto para fabricar los famosos ramos como otro tipo de Kuttunak.
  • El chivo negro: Según recogió Barandiarán, el macho cabrío es uno de los númenes principales (Akerbeltz) y, en la mentalidad popular, estaba presente que el animal tenía asociadas facultades curativas y protectoras sobre el resto de animales de la casa. En algunos casos, no se tiene tan en cuenta el género y también se acepta como tótem una cabra negra. Mi abuela tenía una cabra negra a la que solo ordeñaba ella. Esta cabra parió tres cabritos, uno de ellos negro (“txoto motxo”), que se quedó como guardián de la casa hasta el día de su muerte.
  • El uso de la saliva para sanar: en la tradición vasca, la saliva (listua) es un elemento de sanación y protección contra el “begizko” (mal de ojo). Mi abuela la aplicaba después de hacer los agujeros de las orejas para favorecer la cicatrización y también detrás de las orejas o junto a los orificios de la nariz cuando la piel estaba descamada. También nos frotaba con saliva o con agua de manzanilla para curar los ojos.
  • El ritual del pan: en algunos hogares vascos, todavía se conserva la costumbre de que el/la anfitrión/a haga una cruz con el cuchillo sobre el pan para bendecirlo durante la Nochebuena y guardar un trozo del pan en un armario durante el resto del año como forma de protección. Según la creencia popular, el pan no se enmohecía y al final de la cena se le podía dar al perro de la casa para librarlo de la rabia.
  • Hilar o tejer durante las noches de Navidad: mi abuela siempre ha tenido por costumbre tejer desde la Noche de Difuntos hasta el final del invierno y suele regalarnos una prenda de lana cada año a cada una de las nietas. No obstante, durante las doce noches que van desde el Solsticio de Invierno hasta la Nochevieja, suele tejer cada noche. Esto podemos relacionarlo con la creencia de que el hilo que se tejía en Navidad protegía a los seres humanos del Diablo y de otros espíritus malignos.
  • Poner un vaso de agua corriente en la mesilla de noche: uno de los genios más famosos de la noche es Inguma, el equivalente a la “Pesanta” en Cataluña. Este espíritu es conocido por colocarse sobre el pecho de los durmientes, produciendo una sensación de opresión, ahogo, desasosiego y pesadillas. Aparte de algunas oraciones para ahuyentarlo, se solía poner un vaso de agua de manantial para mantenerlo a raya, o bien convocar la presencia de su contrario Gauargi. Mi abuela siempre duerme con un vaso de agua a la altura de su cabeza.
  • Hervir la leche: además de tratarse de una medida de salubridad, la acción de hervir la leche hasta sacar sus vapores se considera una forma de ofrenda para las lamias, especialmente para Amilamia, la más bondadosa y cercana a los humanos entre sus congéneres.
  • La luna, el tiempo y los presagios: como comentamos en el artículo anterior, Ilargia, la diosa luna de los vascos, está asociada al tiempo, al destino y a los muertos. Cuando llega la luna llena, se la saluda con la fórmula tradicional: “Ilargi Amandrea, zeruan ze berri?” (Señora Luna, ¿qué nuevas hay en el cielo?) A lo cual se responde: “Zeruan berri onak, orain eta beti” (En el cielo hay buenas noticias, ahora y siempre). Además de esto, mi abuela siempre me ha dicho que, “cuando cambia la luna, cambia el tiempo”. No es una máxima a tomar al pie de la letra, pero es un pensamiento que te lleva a observar sus ciclos y los cambios que se producen en la naturaleza. También cree que la luna llena que está rodeada de un cerco pálido, trae lluvia o heladas (según la época del año), además de presagios y, en ocasiones, muerte.
  • El culto a los muertos: esta tarea es, como ya se ha dicho, responsabilidad de la Etxekoandre o de la hija mayor que pasa a asumir la figura de Andereserora (sacerdotisa). Anteriormente, se enterraba a los difuntos de la familia en la Etxea (a los bebés muertos, bajo las raíces del árbol) y luego se pasó a darles culto en el “Yarleku” (sepultura, bien dentro de una iglesia o capilla). Mi abuela, en su día, mandó construir un panteón familiar con un altar de piedra. En dicho altar están todas las fotografías de los difuntos sobre un mantel blanco, bordado en hilo y convenientemente almidonado. A los lados de la lápida se colocan las velas para iluminar a los muertos. En ausencia de la argizaiola tradicional, mi abuela suele colocar lamparillas de cera virgen con aceite de oliva. Asimismo, compra las flores que más le gustaban a los difuntos. En casa, se tiende a poner vino o pacharán para darles de beber y también se puede ofrendar cualquiera de sus alimentos favoritos en vida. No obstante, se solían ofrecer castañas en el “Animen eguna” (Día de Difuntos, anteriormente conocido como “Gatzaiñerre eguna” o “Castañada”)
  • Dulces propios para cada fiesta agrícola: en mi familia existe una tradición repostera fuerte y conservamos el libro de recetas de la tatarabuela (cuyos padres trabajaron como panaderos). Este tesoro familiar recoge recetas de dulces asociadas a cada festividad. Por ejemplo, en Santa Brígida o Santa Águeda, se solía hacer leche frita o el famoso pastel de arroz (al que denomino, cariñosamente, “tarta de lamia”); en Equinoccio de Primavera, buñuelos de patata o manzana; en las Fiestas de Mayo, hogazas de pan en forma de helecho o trenzas; en San Juan, pastas de anís u hojaldres (“brasas”); en la cosecha del trigo, rosquillas; en la vendimia, “hojas de parra” y pastas de clarete; en el Día de Difuntos, garrapiñadas o mantecados; en el Solsticio de Invierno, polvorones y mazapanes. Un truco que se me ha transmitido a la hora de preparar los dulces, es que tengo que batir los ingredientes hasta que la masa haga “cordón”. Esta idea del cordón tiene que ver con las energías de ligazón (adur) que permiten materializar cualquier intención, creación o conjuro. La cocina, sin duda, ha sido uno de los espacios más mágicos de la Etxea.

¿Qué otras costumbres de posible origen folklórico se han conservado en vuestros hogares?

Eskerrik asko, Julio de Urquijo, Gotzon Garete eta Jon Aske . Sin vuestro trabajo de recopilación de refranes, las nuevas generaciones no podríamos beneficiarnos de las enseñanzas del saber popular.

La fotografía de familia en la puerta del caserío Isasi Berranengua es de Indalecio Ojanguren: http://www.guregipuzkoa.eus/irudia/?pid=3565