Landare folklorea Nafarroako Pirinioetan

La comarca de Auñamendi es un territorio de 732,2 km², situado en pleno corazón de los Pirineos Navarros (Pirineos Centrales). Toma su nombre del mítico “monte del cabrito” o Pico de Anie, una de las moradas donde habita la diosa Mari junto a su consorte. Está conformada por Valcarlos-Luzaide, Roncesvalles-Orreaga, Burguete-Auritz, Valle de Aezkoa, Valle de Erro, Valle de Esteribar, Valle de Arce y Oroz-Betelu (desvinculado administrativamente del Valle de Arce en 1845). Limita al norte con Francia, al este con los Valles de Roncal y Salazar (Pirineos Orientales), al sur con Lumbier, Aoiz y la Cuenca de Pamplona y al oeste con Ultzamaldea (comarca sobre la cual publiqué un artículo en enero de 2017).

La mayor parte del territorio es principalmente vascófono, a excepción de Arce y Oroz-Betelu que pertenecen a la zona lingüística mixta donde una parte de sus habitantes mantiene el euskera como lengua materna y otros el castellano. En sus límites se habla el dialecto bajo-navarro de Baigorri o Garazi (Valcarlos), el aezkoano (un dialecto de transición que oscilaría entre el bajo-navarro salacenco y el alto-navarro septentrional) y reminiscencias del alto-navarro meridional (Erro, Esteribar y Arce).

Geográficamente hablando, se trata de una zona montañosa de altitudes medias-altas con frondosos valles y bosques con una rica bio-diversidad. El clima es húmedo y templado, que podríamos clasificar como oceánico (Köpper), marítimo fresco (Papadakis) o de montaña (Strahler), a excepción de la franja de Valcarlos y una parte de Aezkoa que presenta características propias del clima atlántico. En cuanto a su flora, en Valcarlos predominan los hayedos, robledales (y otras variedades de “quercus”) y castaños, seguidos por fresnos, alisos, álamos (conocidos como “txopos”) y otros frutales como avellanos, cerezos e higueras. Entre los arbustos, destacan los espinos (el espino blanco es el más abundante), endrinos, enebros, laureles, brezales, saúcos, árgomas, acebos, rosales y zarzales. En lo que respecta a las herbáceas, podríamos señalar los helechos, diversas variedades de artemisa y belladona, heléboro, digital, verbena, malva, hipérico, tormentilla, hierba de San Benito, varios tipos de geranios, achicoria, hinojo, ortigas, manzanilla y cardo dorado (el famoso “eguzkilore” o flor de sol). En los caminos también es frecuente encontrar fresas silvestres y arándanos (llamados “abiak”).

El lugar que posee una mayor resonancia mítica en Luzaide es el Bosque de la Lanzas, un hermoso hayedo cuyos árboles sugieren formas femeninas. La leyenda, recogida por Satrústegui, narra el desconsuelo de Carlomagno tras la derrota en la Batalla de Errozabal o Roncesvalles. El relato cuenta que un ángel se apareció al rey franco y le sugirió que enviase a sus mensajeros a buscar a las doncellas de su reino. Acudieron a la llamada unas 50000 damas. El rey les pidió que se disfrazaran con las ropas de los soldados y desfilaran como sus tropas con las espadas en alto. Los sarracenos que supuestamente ayudaron a los vascones (hecho que está comprobado que fue falso) transmitieron a su gobernante que el franco había traído una reserva de hombres jóvenes, bellos y valerosos, de modo que era mejor no intentar combatirlos. Así pues, la contienda no continuó. Las doncellas se retiraron a descansar a un verde claro, pinchando las lanzas que portaban sobre la tierra. Luego cayeron rendidas por el cansancio de la marcha. A la mañana siguiente encontraron las armas cubiertas de hojas y flores. Esta historia resuena con versiones de otras leyendas locales y europeas más antiguas en las que las doncellas se convierten en árboles.

Otro de los puntos interesantes a visitar se encuentra entre el barrio de Azoleta y el barrio del Bixkar. Allí se ubican dos monumentos megalíticos: el dolmen de Epersaro y el túmulo de Zubibeltzeko. Satrústegui recogió testimonios de vecinos del lugar que afirmaban que el Basajaun vivía en las inmediaciones de Azoleta y, en general, los enclaves rocosos en los que existen monumentos megalíticos suelen estar asociados a la presencia de Jentilak o Gentiles. En esta zona hay grandes robles dispersos que recuerdan la figura de un gigante lleno de vegetación, aspecto bajo el cual se presenta el Basajaun o Señor del Bosque.

En el paisaje de Roncesvalles-Orreaga (punto clave del Camino de Santiago) y Burguete-Auritz resaltan las hayas, los robles y los abetos, además de los enebros (de los cuales deriva el nombre de Orreaga o enebral), zarzas y espinos (más comunes en Auritz). Esta zona también destaca por la presencia de Amanita muscaria (“kuleto faltsua” ) y Psylocibe coprophila, aunque podemos encontrar ejemplares en Esteribar, Aezkoa y Erro. Otra planta que es singular en Roncesvalles y Aezkoa es la Circaea alpina o hierba de Circe que se encuentra en peligro de extinción. En Roncesvalles volvemos a toparnos con otro espacio vinculado al Basajaun: el Bosque de Basajaunberro, poblado de robles y hayas. Esta arboleda fue uno de los supuestos lugares de reunión de los/as acusados/as en el juicio por brujería de 1575 y es parte del ruta nº1 de la brujería navarra. En Burguete se sitúa otro de los espacios asamblearios de los/as brujos/as locales, conocido como Bosque de Sorginaritzaga o Robledal de las Brujas. Allí mismo se dice que el Inquisidor Balanza quemó a nueve de los/as condenados/as del juicio de 1525. Posteriormente, con el propósito de “purificar” el lugar, se decidió erigir una Cruz Blanca como símbolo de protección divina. Por ese crucero transitaban los peregrinos que hacían el Camino de Santiago por la senda entre Orreaga y Auritz.

Aezkoa cuenta con un 60% de reserva forestal en su territorio, aparte de albergar la estación megalítica de Azpegui y la ruta de los hórreos navarros. En este valle se sitúa una parte de la Selva de Irati (la otra pertenece al Valle de Salazar), el segundo hayedo-abetal más extenso y mejor conservado de Europa después de la Selva Negra (Alemania). Además de estas dos tipologías de árboles, encontramos robles, abedules, tejos, avellanos, tilos y arces. En cuanto a arbustos, podemos señalar el serbal, el acebo y la retama negra. En lo que a herbáceas respecta, es remarcable la presencia de verbena y hierba algodonera o Eriophorum Angustifolium (un tipo de junco lanudo que permitió la inclusión de este bosque es un programa de protección ambiental europeo). Como peculiaridad también podemos comentar que una planta carnívora fue descubierta en 2015: el rocío de sol o Drosera Rotundifolia. Algunas especies amenazadas que habitan este valle son: San Juan Lorea o Margaritón (Leucanthemum maximum), Pipirripia o Narciso de los Poetas (Narcisus poeticus), Mamillata o Gracia del Pantano (Eleocharis austriaca) y mijo de sol o lágrima de Gaston (Blugossoides gastonii). En la zona de Irati se pueden recolectar setas, con el debido permiso municipal y siguiendo unas normas para asegurar el mantenimiento del ecosistema. Las más requeridas son la xiri jangarria o senderuela (marasmius oreades), el ziza hori o rebozuelo (cantharellus cibarius), la trompeta de los muertos (cantharellus cinereus) y varios tipos de boletus (regious, aestivalis, edulis, aereus).

En la Selva de Irati se dice que también habita el Basajaun junto a su esposa la Basandere (Señora del Bosque). Otro de los vecinos míticos interesantes es Unai, el hombre-oso, una reminiscencia del culto totémico al oso en el Pirineo que se fusiona con el folklore vegetal de la zona.

El Valle de Erro es el segundo territorio más rico en yacimientos dolménicos de Navarra. Existe un conjunto de diez dólmenes en el término de Espinal-Aurizberri, de los cuales cuatro se mantienen en buen estado de conservación. En Ardaitz se encuentra otro interesante agrupamiento de cuatro dólmenes y en Sorogain podemos recorrer una ruta megalítica, compuesta por dos circuitos, que incluye dólmenes, cromlechs y túmulos. Los más valiosos, arqueológicamente hablando, son: el dolmen de Arregi, el túmulo de Odiego, el cromlech de Xanxoten Harria y el dolmen de Sorogain. Otros elementos a destacar son dos conjuntos de estelas funerarias situados en Orondritz y Aurizberri.

El paisaje de este territorio, además de estar poblado de hayas y robles, se ve enriquecido por pinos silvestres, abetos, alerces (larix decidua), castaños, tejos, fresnos, álamos y arces. Entre los arbustos, destacan el boj, el serbal, el acebo, el espino albar (“gorrillón”), el endrino y las zarzas. También encontramos grandes pastizales y praderas donde predominan los helechos, las gramíneas, especies forrajeras y leguminosas. Algunas herbáceas que merece la pena mencionar por su uso medicinal y valor folklórico son: la belladona, el heléboro, la digital, la amapola, la rosa silvestre, el saúco, la malva, la angélica, la milenrama, el diente de león, el trébol, el aro o “sugebelarra” y las aleluyas (oxalis acetosella). En cuanto a hongos, es fácil encontrar “yesca” (ardagaia) para encender fuego. El Valle de Erro posee dos enclaves naturales reseñables: el Robledal de Muskilda y el Bosque de Quinto Real (que comparte con Esteribar, Baztán y Alduides).

La Virgen de Muskilda es una advocación mariana que fue encontrada por un pastor en el interior de uno de los robles gracias a la presencia de un bóvido rojo (una de las muchas formas que adopta la Diosa Mari). Esta figura es la patrona de Otsagabia (Valle de Salazar) pero también es venerada en Erro. Se trata de una talla románica cubierta por un manto rojo, coronada como una reina, que sostiene una flor en la mano derecha y al niño sobre su lado izquierdo. Otro aspecto relacionado con esta Dama Roja es que se le rinde culto con una danza de palos desempeñada por nueve bailarines. El líder del grupo es conocido como el Bobo, viste un traje de estética arlequinesca y porta una máscara bifronte. La primera de las cuatro danzas que representan se titula “El Emperador”; la segunda, hace referencia a su máscara (“katxutxa”); la tercera, ilustra una danza frenética con sus seguidores; la cuarta, denominada “Modorro”, podría guardar relación con el vocablo “mozorro” que designa a un tipo de genio o duende que se aparece con forma de insecto, con una máscara o con aspecto humano portando ropajes rotos.

El Bosque de Quinto Real recibe su nombre de “la quinta”, el tributo que se debía entregar a la Corona de Navarra durante el S. XIII como pago por el aprovechamiento de los pastos y montes. Normalmente consistía en la entrega de un cerdo de cada cinco. En este paraje se halla el hayedo de Odia, parte de cuyos árboles presentan oquedades y abundantes restos de madera muerta que confieren un aire de cuento gótico a este refugio de contrabandistas pirenaicos. Uno de los atractivos actuales es acudir a escuchar la berrea del ciervo en otoño.

Otro aspecto a mencionar del Valle de Erro es nos encontrarnos de nuevo con la asociación entre los megalitos y los gentiles (gigantes), esta vez bajo el aspecto de Roldán (el campeón caído de Carlomagno). En este caso, en Litzoain se puede ver una de las tantas huellas de este personaje en forma de una gran piedra de 3 metros de longitud que, según la leyenda, fue una de las enormes zancadas de este caballero.

Esteribar es conocido como el Valle de la Caza (derivado de “ehiztari”, cazador). Las piezas más apreciadas suelen ser el ciervo, el corzo, el gamo, el jabalí, la liebre, la paloma (torcaz, tórtola), el zorzal (o malviz), la perdiz (becada) y la codorniz, aunque algunos lugareños también cazan zorros. En sus ríos también se pueden pescar truchas y cangrejos. Entre sus atractivos turísticos podemos señalar el embalse y la fábrica de armas de Eugi. En cuanto a su flora, predomina el pino albar y salgareño, el haya, el roble, el quejigar, el castaño, el fresno, el álamo, el aliso y el alerce. En esta zona abundan igualmente los matorrales, enebrales, endrinos, brezales y el boj. En la cuenca del río Arga puede encontrarse algún ejemplar de beleño negro, pero es más común en la comarca de Tierra Estella.

La recolección de setas y trufas es otra de las actividades destacadas en este valle. Las más atesoradas por su valor culinario son: el Perretxiko o seta de San Jorge (calocybe gambosa), la xiri jangarria o senderuela (Marasmius oreades), la jangarria o galamperna (Macrolepiota procera), la ziza hori o rebozuelo (Cantarellus cibarius), la onddo beltza o cabeza de fraile (boletus aereus), el esne-gorri o rovellón (lactarious deliciosus), la tronpeta hauskara o trompeta de los muertos (Cantarellus cinereus), la zaldun-ziza o seta de los caballeros (Tricholoma flavovirens), la makal-ziza o seta de chopo (agrocybe aegerita), la errotari o molinera (clitopilus prunulus), la gibelurin o carbonera (russula cyanoxantha), la urbeltz galparduna o barbuda (coprinus comatus) y el azpibeltz horikorra o champiñón anisado (agaricus silvicola). Otras setas comestibles peculiares de la zona son: la sorgin berdeska o estrofalaria verde (stroparia aeruginosa), la izokin marroia o plúteo cervino (pluteus atricapillus), la elur-ziza aldakorra o foliata cambiante (Kueheneromyces mutabilis), la urril-ziza o platera (Clitocybe geotropa), la ziza berdebeltza o tricoloma verde-negra (Tricholoma sejunctum), la cortinaria de pie azul (Cortinarius cyanopus) y la Judasen belarria u oreja de Judas (Auricularia auricula-judae).

En Esteribar se ubican las ruinas de la Real Fábrica de Armas de Eugi (1766), centro de producción de cañones, armas ligeras y municiones que abasteció a los navarros en su conflicto con los franceses. Este edificio es una expresión de esplendor del pasado minero de este territorio, que llegó a contar con tres ferrerías activas entre el S.XV y XVII. La figura del herrero como personaje vinculado al fuego alquímico y la forja del alma es muy importante dentro de la mitología vasca, pero en esta zona no se conservan relatos que permitan analizar elementos significativos de su folklore. En cambio, sí que existen referencias a Xalomon ehiztaria o el rey Salomón transformado en cazador maldito tras perseguir a una liebre blanca en la cual el Diablo se había convertido para tentarlo.

El Valle de Arce recibe su nombre del árbol más abundante en sus lindes y ejerce de bisagra entre el Pirineo y el Pre-Pirineo Navarro, siendo a la vez uno de los antiguos puntos de paso de la calzada romana del Pirineo por la cual Carlomagno condujo a sus tropas (hasta el momento se están acondicionando los 26km que van desde Olaberri a Aurizberri y se puede realizar una visita guiada desde Urdirotz). La zona norte es principalmente ganadera y la del sur se dedica a la agricultura. En su momento, la minería y los oficios artesanales (tejedores o “pelaires”, cuchareros, almadieros…) tuvieron su importancia en la economía del lugar. Su paisaje puede dividirse en cuatro partes diferenciadas:

– Foz del río Urrobi y tramo medio-alto del río Irati: abundante en hayedos, robledales, arces, pinos silvestres, abedules, brezos, enebrales, herbazales y diversos ejemplares de plantas de la familia de las compuestas. Entre las asteráceas, destaca la hierba calabacera (Adenostyles alliariae) y la lechuga de bolsillo (Adenostyles alliariae). Por sus usos medicinales es apreciada la valeriana pirenaica.

Zona de los montes de Elke, Sierra de Zarikieta y picos de Marikalda-Seseta: aquí pueden encontrarse distintas especies de flora rupícola y es remarcable la presencia de aliso dorado (alyssum montanum) por su utilidad en el tratamiento de la rabia. 

Foces pre-pirenaicas: se trata de un territorio de densos carrascales, enriquecidos con cornejo (cornus sanguinea), durillo (virurnum tinus) y labiernago (phillyrea latifolia).

Monte Baigura: poblado de hayedos, robledales, espinos, zarzas, endrinos, acebos, brecinas (calluna vulgaris) y oteas (ullex gallii). Entre las herbáceas, es reseñable el hipérico y el narciso de los poetas.

Artzibar alberga dos monumentos megalíticos singulares: la cista de Uligaitz y el dolmen de Xurize. Otro enclave curioso de este valle se encuentra en el despoblado de Urrobi, deshabitado desde finales del S.XIV. En él se hallan los restos de un puente romano cuyo arco, desgraciadamente, se desplomó hace unos años. Dicho viaducto era conocido como el Puente del Esqueleto por estar asociado a una leyenda sobre una aparición de unos restos óseos que, al parecer, habían vuelto a la vida mágicamente. Lo que no se recuerda es si dicho cadáver pertenecía a una persona real o no. En cualquier caso, si alguien tiene un particular interés por las historias de renacidos o desea llevar a cabo prácticas necrománticas, el lugar promete.

La flora de Oroz-Betelu se compone principalmente de robles, hayas, abedules, castaños, cerezos, endrinos, espino blanco, serbal, acebo y boj. También es significativa la presencia de verónica montana, árnica montana (sustituida en zonas de secano por la árnica falsa o pallenis spinosa) y botón de oro (ranunculus acris). A nivel arqueológico destaca el menhir de Berraburu.

Tras esta introducción al paisaje y los parajes legendarios de la comarca de Auñamendi, pasaremos a analizar el simbolismo, así como los usos medicinales y folklóricos de aquellas plantas más utilizadas en este área. Debemos tener presente que tanto la dendrolatría como la tradición herbolera (“sendabelar”) están fuertemente arraigadas en el pueblo vasco-navarro. Barandiarán y Caro Baroja dieron cuenta de la pervivencia de leyendas en las que se hablaba de un tiempo mítico en el que los árboles acudían andando hasta los caseríos y aún existen testimonios relativamente modernos en los que los vecinos se refieren a algunos númenes y espíritus como “la gente del bosque”. Resurrección Mª de Azkue, quien llevó a cabo muchas de sus investigaciones etnográficas en el territorio al que nos venimos refiriendo, apuntaba que muchos lugareños mantenían la creencia animista de que las plantas tenían alma. Concretamente, señaló que se afirmaba que, cuando un bosque era vendido, éste se enfadaba tanto que acababa dejando caer a alguno de los árboles con la intención de aplastar a algún humano como venganza. También documentó que se pedía perdón al árbol cuando se iba a cortarlo.

Por otro lado, muchos solares o apellidos familiares tienen vinculados un árbol, arbusto o alguna planta que define parte del carácter y la esencia de ese grupo. Asimismo, existen muchos topónimos definidos por plantas a lo largo de la geografía y lindes delimitadas por un árbol singular, llamado “árbol terminal” por indicar el final de un terreno. En el pasado, las reuniones socio-políticas de algunas localidades, así como los juramentos o pactos importantes, se realizaban debajo de alguna arboleda o árbol señalado. Ciertos árboles también se asocian a acontecimientos festivos y religiosos. Por último, cabe mencionar la tradición de plantar un árbol o alguna otra planta el mismo día en que nace un/a hijo/a para que le acompañe a lo largo de su desarrollo vital.

Sin duda, el roble (aritz/haritz/aretx) es el árbol con mayor valor constructivo-ornamental, socio-político, mágico-religioso e identitario, tanto en esta zona como en otras partes de Euskal Herria. Las variedades más comunes son el quercus robur (roble común), quercus petraea (roble de hoja ancha), quercus pubescens (roble blanco) y quercus pyrenaica (roble negro, marojo o ametz-a). Este árbol ha sido asociado mitológicamente a un dios pre-romano pirenaico llamado Arixon o Arixo que, según Marliave, era la divinidad tutelar del Valle de Louron (Haute-Pyrénées) y del cual se conservan dos inscripciones en Aquitania que datan de época romana. En una de ellas se hace referencia a Marti Arixoni y Caro Baroja interpretó que éste pudo ser identificado con el Marte romano.

Sin embargo, existen leyendas que asocian al roble con el Basajaun (Señor del Bosque) y su extraordinaria fortaleza. En los últimos tiempos, se ha vinculado el roble con Urtzi (dios del cielo y el trueno) por la asimilación que se establece con el Zeus griego, el Júpiter romano y otras deidades europeas como el Thor nórdico o el celta Dagda. A pesar de que esta conexión es moderna, no es descartable debido a que el primer rey de Navarra, Eneko Aritza o Iñigo Arista, tomó como apodo “el roble” como símbolo de su nobleza, fortaleza y sentido de la justicia. Igualmente, existen varios apellidos derivados del roble como Aresti, Aristegui, Aizluzeta, Aizkuneta, Arechabaleta…) y muchos varones lo portan como nombre propio. Otra consideración a tener en cuenta, es que muchas asambleas políticas y romerías religiosas se han celebrado a lo largo de los siglos debajo de robles singulares (Zendokiz, Ondategi, Guerediaga, Sagastiguren, Avellaneda, Artzentales, Arriaga, Aitze, Arbieto, Gernika…) o de encinas (Soscaño, Barajuen, Artziniega, Angosto, Salve…). En este sentido, podemos afirmar que el roble ( y su prima la encina) en Euskal Herria presenta correspondencias jupiterinas, atendiendo a la clasificación astrológica tradicional y esotérica occidental.

En lo que respecta a su uso medicinal y folklórico, la parte más utilizada suele ser el tronco y su corteza. En el Valle de Aezkoa era habitual que el padre de la familia cortase un roble cuando nacía un hijo. De ese modo, cuando cumpliese los 20 años, el tronco estaría suficientemente seco para que pudiera servir en la construcción de la casa. Antes de hacerlo debía solicitar permiso al árbol con alguna ofrenda o pedir perdón. Las agallas junto a la corteza, tanto del roble como de la encina, se empleaban para curtir y teñir, además de tener aplicaciones veterinarias. Asimismo, los muebles, las “kutxas” (arcones), las ruedas o clavijas de los carros, el aguijón del ganado y muchos aperos de labranza se elaboraban con su madera, no solo por su dureza, sino también por su simbolismo protector. En Eugi, la ceniza del roble se diluía en agua caliente hasta formar una pasta que luego se aplicaba sobre paños de lino sobre la garganta (remedio de inflamaciones buco-faríngeas). La decocción de corteza de roble fresca se indica para el tratamiento de la gastroenteritis (se aconseja su preparación y toma por las mañanas), además de la anemia.

Resurrección Mª de Azkue se refiere al roble como el árbol de San Juan. En muchos lugares de Navarra y País Vasco, entre ellos, Aezkoa, se llevaba a cabo un ritual en el que intervenía esta fagácea. Para curar la hernia en los niños, se hacía pasar al enfermo a través de un tronco hendido o a través de sus ramas tres veces siguiendo una ceremonia determinada. Esto se hacía a medianoche en la víspera de San Juan. Algunos vecinos atribuyen poderes curativos a las hojas de los robles y encinas (arte, en euskera) que están junto a ermitas e iglesias y se las dan de comer al ganado para alejar la enfermedad y el mal. Asimismo, las cenizas del roble y la encina se han usado tradicionalmente para fabricar amuletos de protección (“kuttunak”).

El haya (pago, bagua) es el segundo árbol con una mayor presencia y simbolismo. Marliave la relaciona con Fago o Fagus Deus (por su nombre en latín, fagus sylvatica), una divinidad de los árboles que fue venerada especialmente al norte de los Pirineos. Tanto en Bigorra como en Saint Bertrand de Commings se han encontrado altares votivos dedicados a esta deidad. Además, se han hallado otras inscripciones en Tibiran-Jaunac, Saint-Béat y Générest acompañadas de hojas y esvásticas. Otra evidencia epigráfica de época romana, encontrada cerca de una via sacra en el Valle de Arbas en la que se registra el sobrenombre de Sexs Arbori Deo (Dios de los Seis Árboles), apunta a que esta entidad pudo tener uno de sus santuarios en este lugar. No obstante, Caro Baroja señala otros lugares de Euskadi cuyos topónimos marcan ciertos hayedos como espacios sagrados, como es el caso de Fagoaga (que también existe como apellido), Fagodi, Pagogaña o Paguagua. Por su parte, Belasco añade otros hayedos de Navarra como Pagadi, Pagamendi, Pagoeta o Pagolleta. En la localidad de Faido (Álava), hay una cueva que guarda una pintura rupestre en la que aparece un haya como representación de esta divinidad.

Posteriormente, emergieron leyendas en las que se vinculó al haya con la Diosa Mari. La más famosa es la que se localiza en Pagomari o el Hayedo de Mari, en la Sierra de Aralar (Navarra). Según la narración popular, una muchacha de Iribas y un mozo de Lakuntza se reunían bajo una gran haya del raso de Intzazelai a fin de celebrar su amor. Un invierno, tras una gran nevada, ambos murieron de frío y aparecieron cogidos de la mano a la sombra del haya (se calcula que el árbol tiene más de 400 años). En Valcarlos, como ya hemos mencionado antes, existe la leyenda de las doncellas del Bosque de las Lanzas.

En la Selva de Irati (Aezkoa), la Basandere metió dentro de un haya a la pastora embarazada que mantuvo amoríos con el Basajaun. El haya también posee asociaciones con la fertilidad y el parto en otras zonas de Euskadi. Muchas mujeres acuden al Hayedo de Okón (Álava) a pedir un/a hijo/a o a solicitar que se les conceda un buen alumbramiento.

Otro de los usos folklóricos del haya está asociado al Solsticio de Invierno. El “gabonzuzi” o tronco de Nochebuena es de haya. Su ceniza se utilizaba para fertilizar los campos, prevenir de la peste al ganado así como para elaborar amuletos de protección. En otras localidades, quemaban un tronco de haya verde en Nochevieja y luego lo colgaban en el techo de la cuadra para alejar el mal del ganado. El carbón vegetal de haya también era un remedio tradicional contra la tiña y la sarna. Se dice que la mejor fecha para cortar hayas es durante la luna nueva de septiembre, periodo que coincide con muchas fiestas patronales locales en las que se venera una advocación mariana que se asimila a alguno de los muchos rostros de Mari.

La madera de haya se utiliza especialmente para la construcción naval, la fabricación de las piezas de los molinos que están en contacto con el agua y muebles para el hogar. El fruto del haya se da como complemento alimentario al ganado y de él también se extraía un aceite que servía para iluminar candiles (algunos de ellos devocionales). En Eugi se usaba para tratar dolores de garganta y bajar la fiebre. Las cenizas de la madera del haya, en solitario o mezclándolas con las del roble, se diluían en agua y se aplicaban sobre trapos blancos en el cuello. En caso de fiebre, se procedía de manera semejante pero se indicaba sumergir todo el cuerpo en un barreño y frotarse con la pasta. Cuando se empezaba a sudar, se salía del baño y se cubría a la persona rápidamente con una manta. Si lo consideraban conveniente, podían quemar la ropa del enfermo/a. En Orbaitzeta los leñadores se aplicaban hojas frescas de haya cuando se cortaban con el hacha por sus propiedades antisépticas, cicatrizantes y analgésicas.

El castaño o castanea sativa (gaztaiñondo) es un árbol ligado a los Basajauns y al robo del secreto de la herrería como arte mágica. El protagonista del relato es un mozo que actúa como “trickster” y es conocido como Martin Txiki (que luego se asimilaría a San Martín o San Martinico). Utilizando a un niño inocente como intermediario, el personaje logró averiguar que las sierras se hacían utilizando la hoja serrada del castaño como plantilla . De ahí que muchas herramientas usadas en oficios tradicionales se fabriquen con madera de castaño. Por otro lado, las castañas han sido la ofrenda habitual a los muertos en el Animen Eguna, Gaiztainerre Eguna o Día de Difuntos. Esta asociación con la muerte también la encontramos en la práctica de cocer castañas y regar aquellos huertos donde hubiese topos u otras alimañas ya que ,al ser una planta rica en taninos, puede llegar a producir problemas digestivos en grandes cantidades (matando a animales pequeños). En cambio, el cocimiento de hojas frescas aplicadas por vía tópica sirve para tratar los herpes y las almorranas.

El castaño de indias (aesculus hippocastanum) también está bastante extendido. La parte más utilizada son las semillas que se maceran con alcohol etílico en un recipiente cerrado y a oscuras. Estas semillas es preferible recogerlas en octubre, cerca de alguna iglesia, ermita o santuario. Si se quiere usar la tintura, se deja macerar 9 días (junto con unas bayas de ciprés) para aplicarla externamente en el tratamiento del reuma y problemas circulatorios. Si se quiere tomar internamente para problemas de exceso de coagulación de la sangre o reducir los dolores articulares, se debe macerar durante 40 días e ingerir unas 20 gotas tres veces al día. Popularmente se cree que llevar una castaña pilonga en el bolsillo ayuda a tratar el reúma y otros problemas de huesos, así como previene la tiña. Las semillas de este árbol también se cree que otorgan positividad y buena suerte (doy fe de que a mi madre le funciona).

El fresno (lizarra, osto lizar) es un material muy apropiado para la ebanistería, otro de los árboles asociados al Solsticio de Verano y un elemento clave en remedios de tipo mágico. En algunas localidades de estos valles del Pirineo Central se fabrican enramadas o cruces con fresno y espino albar, al que se le pueden añadir algunas rosas para proteger la casa o los campos. Al año siguiente, estas enramadas se queman diciendo “sarna fuera”, luego se salta sobre la hoguera y se va a buscar ramas nuevas. En otros municipios, se sustituía el roble por el fresno para llevar a cabo el ritual de pasar a los niños con hernia a través del hueco o las ramas del árbol. En Goizueta (cerca de Aralar), en cambio, tenía una aplicación romántica. Los chicos colocaban una rama de fresno en el balcón de la chica que les gustaba durante la Noche de San Juan y en la víspera del Día del Carmen iban a presentase a la casa para saber si la muchacha le aceptaba como pretendiente. Si se deseaba atraer el amor, se podía quemar una rama de este árbol en la medianoche del 15 al 16 de julio.

La infusión de hojas de fresno se ha utilizado tradicionalmente para limpiar las vías urinarias y tratar el mal de orina (“usuri-gaitze”), así como para evitar la retención de líquidos, aliviar procesos inflamatorios y remitir los síntomas de la gota. En la zona de la frontera con Francia, se calentaba ligeramente una rama joven troceada y se exprimía parte de la savia interior del árbol para luego verterla sobre el oído de aquel que padecía hipoacusia u otros problemas auditivos. También se ha usado el fresno para el tratamiento de enfermedades bronquiales, preparando un cocimiento con las hojas del árbol, endrino, espliego, tomillo y malvavisco. La corteza sirve de analgésico y antipirético. Para las mordeduras de serpiente, se preparaba una cataplasma con raíces de fresno aceite de oliva y ajo y se llevaba a cabo un ritual en el que el/la curandero/a se santiguaba, hacía un corte con una navaja en forma de cruz y recitaba tres salves u otras oraciones en orden invertido. Otro remedio para las picaduras de culebra se hacía con la corteza del fresno, aplicando primero un hierro candente y luego cubriendo la herida con la cabeza del mismo animal que te había mordido.

El aliso o alnus glutinosa (altz, haltz, aspiltze) es otro de esos árboles con poderes mágicos. Se cree que portar sus hojas sirve como amuleto (“kuttun”) y protege de todo tipo de infortunio (en sustitución de la ruda y el apio que se utilizan más en otras zonas de Navarra). Asimismo, Barandiarán describe un ritual para hacer desaparecer las verrugas. Éste consistía en cobijarse debajo de un aliso próximo a un río y contar las verrugas que se tenían para después recoger el mismo número de hojas del árbol y colocarlas en el agua debajo de una piedra. Cuando el agua se llevaba las hojas, las verrugas desaparecían. La alternativa a este rito era frotar las verrugas con una moneda, colocarla en un cruce de caminos envuelta en papel o atándola con un trozo de aliso. La verruga también se podía frotar con tres hierbas de diferentes especies. Con las hojas del aliso se preparaban igualmente emplastos con el fin de sanar úlceras y heridas. El cocimiento de las hojas con sal también se usaba para el tratamiento del reumatismo. Con la corteza se teñía de negro la lana con la que se fabricaba una prenda de abrigo típica del Pirineo: el “kapusai”. La lana negra siempre ha tenido una función protectora, más aún si se teje en las doce noches mágicas que siguen al Solsticio de Invierno.

El avellano o corylus avellana (urritza, urretza, urrutsa) es un árbol relacionado con el dios serpiente (Sugaar o Maju), la sabiduría y las artes mágicas. Su madera es la más usada para hacer varas. Los zahoríes (también conocidos como brujos del agua, aunque tenían grandes conocimientos de geomancia) las utilizaban para encontrar agua, una tierra fértil, objetos perdidos e incluso personas. Asimismo, muchos/as curanderos/as removían sus pócimas y ungüentos con estas varitas o las empleaban para otros rituales de sanación. Se dice que este árbol, al igual que el “suharri” o piedra de rayo, tiene el poder de atraer las tormentas y puede utilizarse para cambiar el tiempo atmosférico a voluntad (weather magic). El cocimiento de la corteza con alumbre permite teñir la ropa de amarillo y mezclada con sulfato de hierro se obtiene el color gris. Si nos fijamos, el amarillo representaría simbólicamente la luz del sol mientras que el gris emularía a las nubes que portan tempestad. La corteza de ramas jóvenes se utilizaba como tónico, las flores para bajar la fiebre y las avellanas servían para elevar la tensión baja. Al fruto de avellano también se le atribuye la propiedad de estimular la creatividad y atraer la inspiración. En el Valle de Aezkoa, las enramadas de avellano y espino blanco fabricadas en la Noche de San Juan se utilizan para proteger los caseríos y los hórreos. A veces se añaden rosas. En otros lugares del Pirineo Central y de Euskal Herria se pueden ver varas de avellano coronadas por una cruz, las cuales se alzan sobre los campos para prevenir el daño por tempestades, plagas o enfermedades.

La higuera o ficus carica (piko, pikotze) es otro de esos árboles protectores contra las tormentas en esta zona del Pirineo Navarro. En la mitología clásica, es un árbol asociado a Gea y Deméter. Sin embargo, en la imaginería judeo-cristiana está relacionado con el pecado, ya que Adán y Eva cubrieron sus órganos sexuales con sus hojas tras comer de la manzana prohibida. Posteriormente, en las creencias medievales europeas y el esoterismo occidental se le han atribuido cualidades saturninas y se le ha asociado con el Diablo, advirtiendo de los peligros de ponerse a la sombra de la higuera. En este caso, el folklore local se alinea con la interpretación greco-latina que le confiere atributos venusinos. El jugo lechoso que brota al romper el tallo recién cogido del árbol es el remedio más utilizado contra las verrugas en Valcarlos (método que ya recomendaban Plinio y Dioscórides). Asimismo, los higos secos abiertos sobre la piel se usan para tratar el acné. A las personas calvas se les frotaba la cabeza con hojas frescas de higuera para que les volviese a crecer el pelo. En las zonas cercanas a la frontera francesa también se usaba la hoja de este árbol para la curación de heridas, diviesos y forúnculos. Los higos cocidos en vino se aplicaban en la curación de flemones y son conocidas sus propiedades para aliviar dificultades respiratorias.

El nogal o jugans regia (intxaur, elzaur), en cambio, es considerado maléfico en esta comarca, en el Valle del Baztán y en Salazar. Arin Dorrondoso atribuye esto a diversas epidemias e incendios que asolaron algunas zonas de Navarra. Otros autores consideran que, por su etimología, es una planta vinculada a los Intxisuak, que unos describen como genios traviesos y otros como brujos varones. De todos modos, cabe señalar que existe una leyenda vinculada al dios serpiente (Maju) y la cueva de Baltzola en la cual, uno de los hermanos que agravian al númen, ata el cinturón que este le regala a un nogal. El árbol arde por completo por la maldición que Maju había arrojado sobre la prenda. Debido a estos precedentes, tanto en Valcarlos como Aezkoa se cree que no se debe plantar este árbol en las inmediaciones de la vivienda porque es fuente de enfermedades y desgracias. Tampoco se recomendaba recoger una nuez o una manzana encontrada en el camino por si algún/a brujo/a o hechizado había dejado allí sus “demonios” (si se tocaba, debía ser con la mano izquierda).

Igualmente, el nogal está asociado a la muerte y los difuntos. También se dice que, si se echan nueces al fuego y éstas estallan, la pareja discutirá y se acabará rompiendo su relación. El nogal también está relacionado con los dolores menstruales, los males de muelas, las infecciones genitales, las parasitosis intestinales, la sarna del caballo y las lesiones costrosas de las ovejas, sirviendo como remedio para combatir estos males. En otras zonas de Navarra y País Vasco, el nogal figura entre las plantas mágicas del Solsticio de Verano. En cambio, en Valcarlos el cerezo (gerezi) suple su función y en Artzibar ocurre lo propio con el arce (astigar, azkar). En Zuberoa cogían ramas de nogal para colgarlas en las casas y ahuyentar todo tipo de dolores (físicos, mentales y emocionales). Las nueces también se utilizaban para elaborar amuletos frente a los males de muelas y los cólicos menstruales. Con las nueces verdes recolectadas en San Juan se fabricaba un licor con el que se trataban las afecciones digestivas. Se partían cuatro nueces en forma de cruz en cuatro trozos y luego se echaban al anís, aguardiente o vino dulce donde se iban a macerar. Los plantones de nogal (en este caso se sustituían por el castaño) se llevaban a las ermitas o santuarios de otras partes de Euskadi como ofrenda devocional para agradecer los favores recibidos de un/a santo/a.

El tejo o taxus baccata (agin, agintze) es otro de los árboles malditos en el folklore euskaldun, asociado a la enfermedad y la muerte. Al igual que en el caso del nogal, se contraindica tumbarse bajo un tejo, ya que puede dar dolor de cabeza y causar otros malestares. A pesar de su toxicidad, se han usado sus hojas en dosis muy pequeñas para tratar el reumatismo y la fiebre.

El álamo blanco o populus alba (txopo) es muy apreciado en carpintería ligera y es el árbol que suele utilizarse como palo de mayo (maio) en muchas localidades de Euskal Herria, erigiéndose como un símbolo solar y fertilizador. Además, es un buen protector ante las tempestades, al igual que el fresno y el espino blanco. Por su parte, el álamo negro o populus niger (eltzun) es usado para fabricar un ungüento con las yemas del árbol y cera de abeja que sirve de tratamiento de las hemorroides y ayuda a la cicatrización de heridas. En inviernos fríos en los que había pocos recursos servía de alimento al ganado. A nivel mágico, posee un carácter lunar relacionado con los misterios de la noche y la muerte. Curiosamente, el término Ieltxu, que designa a un tipo de espíritu nocturno, presenta una semejanza etimológica a valorar. El álamo temblón o populus tiembla (zunzun), al igual que el chopo, es un buen material en la elaboración de papel. La corteza posee propiedades antipiréticas y anti-inflamatorias.

El abeto o abies alba (izeia) es un árbol asociado a los Jentilak. Existe una leyenda en la que un gentil muy feo y de gran corazón llamado Jokke rescata a un anciano ciego perdido en el bosque. Por su gran tamaño y miserable aspecto no tenía amigos y se ocultaba para no asustar a los humanos. Gracias a que el ciego no podía ver su apariencia pero sí su noble naturaleza, confió en él y el gentil lo cargó en brazos hasta el límite del bosque. Su valiente hazaña le otorgó el cariño de los aldeanos del pueblo, el cual recompensaba llevando leña cortada al pueblo. Se cuenta que Jokke también hizo grandes obras en la localidad, como la construcción de un puente que permitía cruzar a una isla para recolectar fruta o la enseñanza de los secretos de la agricultura para mejorar la calidad de los cultivos. Una noche los vecinos acudieron a él asustados porque habían encontrado las huellas de un gran oso. Jokke montó guardia toda la noche y se acabó enfrentando al oso, hasta conseguir derrotarlo y eliminar aquella amenaza. Sin embargo, aquello le costó la vida. Mari, conmovida por aquel gesto, hizo crecer un gran abeto sobre la tumba del gentil para que fuera recordado. Su madera hermosa y maleable se usa como elemento constructivo en los hogares. Además, con su tronco y la resina del pino se hace un bálsamo cicatrizante. El abeto se puede inhalar o tomar en infusión junto con otras plantas como el pino albar, el eucalipto, la malva o la melisa para la gripe y los resfriados. Es un árbol que está tradicionalmente asociado al Solsticio de Invierno, aunque en otras partes del Pirineo se fabrican enramadas con abeto y rusco en la Noche de San Juan.

El abedul o betula alba (urki) también se vincula a los Jentilak. Recordemos que en estas tierras se describe a los Basajauns con una pata de kaiku, recipiente hecho con la madera de este árbol. Otras piezas de artesanía que se fabrican con este árbol son las “oporrak” (cuencos), los “eskalapinek” (grandes zuecos de madera) y las cunas de bebé (también pueden ser de roble o haya). La infusión del abedul o el consumo del zumo de la planta fresca se prescribe para limpiar el cuerpo (física y espiritualmente), ya que posee propiedades anti-bacterianas y diuréticas.

El laurel o laurus nobilis (erramu) es uno de los arbustos con un folklore más rico en esta zona del Pirineo. Está conectado a Amalur como representación de la Madre Tierra y, desde antiguo, se ha utilizado como contraveneno y poderoso amuleto protector contra Aide o Aide-gaitxo (genio causante de las enfermedades y males de naturaleza mágica). Barandiarán y Satrústegui documentaron la costumbre de bendecir ramas de laurel durante el Domingo de Ramos. Con dichas ramas se confeccionan enramadas o cruces para clavarlas en las puertas, ventanas, establos y muros de los campos el día de la Cruz de Mayo (3 de mayo), utilizando como pegamento la cera de las velas santificadas en la Candelaria. Podemos encontrar diversas tipologías de cruces: con astilla atravesada, con denticulados en los bordes, pirograbadas, antropomorfas…Su función es actuar como “pararrayos” contra tempestades, inundaciones, plagas, maleficios y otras prácticas de brujería. Cuando tronaba o se presentía alguna desgracia, se quemaban hojas de laurel bendecidas en el fuego del hogar (a las que se podía añadir un puñado de hierbas recogidas en San Juan).

Además, portar hojas de laurel entre la ropa servía de “kuttun” para protegerse del rayo si se estaba en el campo o en el monte. Este sistema también previene del daño de los giros considerados maléficos: dar tres vueltas alrededor de un cementerio, rodear una iglesia en sentido contrario a las agujas del reloj o pasear alrededor de la casa a mediodía o medianoche (dependiendo de la localidad). En Valcarlos, durante la víspera de San Juan se elaboran enramadas con laurel y espino blanco. En otras localidades, las enramadas del Solsticio de Verano pueden portar laurel acompañado de otras plantas como margaritones, saúco, rosas, artemisa, ajenjo, malva, hinojo, romero, lirios, espadaña…

En el caso de que una herida esté infectada “por agua y fuego”, se ha de llevar a cabo el siguiente procedimiento: se pone a hervir agua con 7 o 9 piedras dentro (cantos rodados de un río o arroyo considerado sagrado); después se echa el contenido a una vasija de boca ancha; se coloca el puchero boca abajo tapando las piedras; sobre la base del recipiente volteado se colocan unas tijeras abiertas en forma de cruz, dos ramas de laurel bendecido colocadas en cruz y un peine sobre el cruce de ambas (hay quien añade, además, una aguja con hilo); por último, se pone el miembro herido sobre este conjunto. El enfermo debe permanecer quieto hasta que el agua de la cazuela haya vuelto a introducirse en el puchero (cuando el aire se enfría). Si el agua no vuelve al puchero, es señal de que puede haber alguna maldición activa. En caso de que se desee tratar una herida sin estas complicaciones, se puede recurrir a la aplicación de vahos de cocimiento de laurel y flores de saúco.

Para curar los panadizos existe un ritual consistente en seleccionar 9 hojas de laurel que se mojan una a una en agua bendita o agua de siete fuentes. Con cada una de las hojas, se hace una cruz sobre el dedo afectado y se recita: “Zingiri sor, zingiri salamon, nik etzaitut sendatzen Aitak eta Semea eta Espiritu Santu gabe”. La oración se repite con todas las hojas de laurel. Luego se queman las hojas con las brasas del hogar y se coloca la parte afectada sobre el humo mientras se rezan 9 Padresnuestros. Lo anteriormente descrito puede practicarse tres veces al día (amanecer, mediodía, atardecer).

Si el ganado sufría alguna enfermedad de tipo “aidetikako” (mágica), se removía una de las tejas de la Etxea, se echaban brasas del hogar sobre ella, se ponían hojas de laurel sobre ellas y se asperjaba con agua bendita o agua de siete fuentes. Seguidamente se hacía pasar al animal enfermo sobre la teja (o se colocaba la teja a su lado si no podía moverse) y se le “fumigaba” con el humo que desprendía. Este ritual debe hacerse a la hora del toque del Ángelus, preferiblemente a mediodía (aunque se puede hacer al amanecer o al atardecer antes de que se oculte el sol). El laurel también se ha utilizado para fabricar amuletos destinados a los niños, que solían ponerse dentro de un saquito y engancharse a la ropa. La fórmula básica consistía en hojas de laurel, espino blanco, ajenjo, ruda, apio y cenizas del hogar.

El espino albar (elorri zuria, arantz-xuria, gorrillón) se presenta en dos variedades: crataegus monogyna o majuelo y crataegus laegivata o majuelo de dos huesos (conocido en algunas localidades como “sorginegur” o árbol de las brujas). Es denominado popularmente la flor del corazón por su acción cardiaca, hipotensora y relajante. Se trata de una de las plantas de la mágica noche de San Juan y la costumbre dicta su recogida entre el alba y la salida del sol de ese día (o bien en luna menguante). Asimismo, constituye un excelente amuleto para ahuyentar las tormentas y proteger los domicilios y demás propiedades de los poderes de aquellos espíritus maléficos que traen enfermedades, epidemias y otras desgracias. Muchos pastores de Valcarlos y Donibane Garazi colocaban una ramita de esta rosácea en sus zurrones. Otros pastores hacían arcos con ramas de este arbusto que bendecían en la Cruz de Mayo y obligaban a cruzar al ganado, con ellos delante con el fin de protegerlos de cualquier desgracia. Si algún animal doméstico era picado por una serpiente, se utilizaban las púas del espino blanco para pinchar la herida y dejar que saliera el veneno. Luego se cocían las ramas floridas y se aplicaba el remedio sobre la mordida. También se daba a beber la infusión al afectado. Se trata de una planta vinculada al aspecto más feérico de Mari como Dama Blanca, sincretizada en la figura de Sta. María de Aranzazu o la Virgen del Espino.

El endrino o prunus spinosa (elorri beltza, arantz-beltza, patxaran, arañón) es otra rosácea muy extendida y con gran simbolismo folklórico, de cuyos frutos se extrae el famoso “patxaran” o mistela de arañones. Se trata de un licor afrutado que resulta de la maceración de las bayas en anís y se toma como remedio digestivo, aunque se dice que también alivia los dolores del alma. El tiempo de recogida óptima de esta planta es el mes de septiembre o en cuarto creciente. Barandiarán recogió el testimonio de una etxeoandre que decía que era necesario pedir perdón al arbusto si se quebraba una de sus ramas para que el espíritu de la planta no se enojara. Lo interesante es que Satrústegui documentó en Luzaide la creencia en los “Arantziliak”, unos genios ruidosos y traviesos que se asocian etimológicamente a esta planta y se colaban en los desvanes y establos. Se registró su presencia en el barrio de Azoleta, así como la dificultad de ser expulsados mediante simples rezos o conjuros. Sin embargo, la sal filtrada sobre un cedazo sobre las aguas de un riachuelo cercano sirvió como elemento disuasorio para alejarlos (en esta zona la sal se asocia al maleficio y derramar sal es un signo de mal augurio).

La zarza (sasi, lar, lahar, barda) es otro de esos arbustos asociados al mundo feérico, la brujería y las prácticas de cruzar el cerco. En la Noche de San Juan, las “sorginak” solían poner una cajita o alfiletero (“jostorratz”) sobre esta planta para atraer a espíritus como los galtzagorriak, mamurrak, mozorros, gaizkiñek o enemiguillos a su servicio. Normalmente el pacto se firmaba con sangre y no es casual que antiguamente los frutos se machacasen para hacer tinta (otra forma de firmar tratos) ni que se comieran sus bayas como un remedio contra la anemia. Las tisanas de hojas frescas de zarza se han indicado para el tratamiento de problemas digestivos (acidez estomacal, gastroenteritis, cólicos), además de como depurativo de la sangre. Otro de los remedios tradicionales para lavar los ojos enfermos y curar los orzuelos (“beltorrak”) era el cocimiento de los brotes de la zarza. Podemos establecer una relación entre este tratamiento y el mal de ojo, ya que Barandiarán menciona que su aparición coincide con un indebido fruncimiento del entrecejo o la mentira. La recurrente asociación con el órgano de la vista también está relacionada con la “segunda visión” (videncia) y las capacidades psíquicas. Otra cuestión a mencionar es la contraindicación del consumo de moras en el embarazo, porque se cree que el bebé nacerá con una mancha rojiza en la piel (la marca del Diablo que convertirá a esa persona en brujo/a).

La rosa (arrosa, karakatxis) es otra de las plantas relacionadas con la protección ante espíritus maléficos y el folklore del Solsticio de Verano. Las rosas se añadían a las enramadas que se fabricaban en la Noche de San Juan y, en esa misma fecha, los pastores hacían pasar las ovejas por debajo de un rosal silvestre (otsolarra) para preservarlas de cualquier enfermedad. Al igual que en el caso de la zarza, la cocción de los pétalos de rosa bendecidas se utiliza para curar la conjuntivitis y otras molestias oculares, aunque las espinas de la rosa son las que protegen del aojamiento (proyectar mágicamente el mal con la mirada). Además, pueden añadirse flores de sáuco en una decocción si existe una infección o problema más serio.

Por su parte, los frutos del rosal silvestre (escaramujo) sirven como potente astringente en caso de diarrea (de ahí que se les conozca popularmente como “tapaculos”). Otra de las aplicaciones del rosal es el tratamiento de la caspa infantil y los eccemas. Para sanarse había que dar tres vueltas a un rosal silvestre en la Noche de San Juan o bien preparar el cocimiento de siete rosas en leche con algunas cenizas de la chimenea del hogar, aplicando después el remedio en la parte afectada. En Burguete también se emplea la infusión de “tapaculos” o bien una maceración de los mismos con anís para la gripe y el resfriados por su alta concentración en vitamina C. Para dormir tranquilamente y no tener pesadillas, se recomienda colocar rosas secas con otras plantas como el abrótano hembra (txisari belar) o la manzanilla (kamamilla) dentro de la almohada.

El saúco o sambucus niger (sabuko, intxusa, intxensue, inyusa) es otro de los arbustos relacionados con la festividad de San Juan y una de las plantas más utilizadas en la medicina popular de Euskal Herria. Se mantiene la creencia de que el saúco es protector y por ello se añade a las enramadas preservadoras del hogar que se fabrican durante el Solsticio de Verano. Las flores de saúco bendecidas en día de San Juan poseen también usos funerarios, siendo quemadas sobre una porción de las brasas del hogar para purificar y perfumar la habitación de un difunto. En algunas localidades, las flores de sáuco junto a las de malva sirven para lavar el cadáver o rellenar la almohada donde descansaba el fallecido.

En cuanto a su funcionalidad sanadora, es ampliamente extendida para el alivio de dolores muelas, inflamación de encías y flemones. En este caso, se vierte un puñado de hojas de sáuco sobre un montón de brasas del hogar y se aspira su vaho. Asimismo, se pueden cocer las flores con un puñado de hojas de malva y tomar la infusión cuando se precise. Para curar los flemones, se queman las hojas y las flores del saúco sobre las brasas. Se colocan unos paños recibiendo el humo durante tres minutos. Se embadurna la cara con harina tostada y se aplican los paños sobre la parte afectada. La corteza verde del saúco se ha usado tradicionalmente para afecciones de la piel, bien fueran heridas, quemaduras, ampollas, panadizos, picaduras, etc En Valcarlos, Auritz y Aezkoa se fabricaba un ungüento macerando la corteza fresca en aceite calentado a fuego lento durante dos horas. Tras ese tiempo, se filtraba la mezcla y luego se añadía cera virgen (en Eugi incorporan jabón raspado, en Garralda vino tinto y en otras localidades romero o ajo). Muchas veces, aprovechando la ocasión, se preparaban pequeños paños cortados para impregnarlos en los restos del ungüento que había quedado en la cazuela donde se había elaborado. Después se ponían a secar. De ese modo se confeccionaban tiritas cicatrizantes caseras, que servían tanto para personas como para el ganado.

Las flores de saúco también tienen aplicaciones dermatológicas. Si se desean curar granos, se puede aplicar el humo de estas flores sobre la zona a tratar. Otro uso bastante extendido es para curar enfermedades respiratorias. En Aria y Orbaitzeta se prepara una infusión de flores secas de sáuco, utilizando leche en lugar de agua hirviendo. Asimismo, se pueden aplicar estas mismas flores como sahumerio para abrir las vías respiratorias. En Esteribar y Arce se hace un jarabe para el catarro con las bayas del saúco, acompañadas de las flores de esta planta, anís verde, jengibre y limón. En Nagore, los frutos del saúco también se toman en mermelada por la mañana para aliviar los síntomas del resfriado. En Luzaide se preparan emplastos con hojas de saúco y un poco de grasa con el fin de aliviar dolores de estómago.

El brezo (ilarra, ainarra, iñar) es un arbusto vinculado a Mari y a las prácticas de cruzar el cerco. Las escobas de las casas se fabricaban con esta planta y se colocaban detrás de la puerta para ahuyentar a las “sorginak” y otros espíritus. Asimismo, parte de carbón vegetal con el que se calentaba el hogar, el abono de los campos y las camas del ganado se hacían de este material, que poseía un carácter claramente protector contra los peligros al otro lado del velo. Las abejas (erleak), mensajeras de la Dama y mediadoras entre el mundo feérico y el plano mortal, suelen alimentarse del brezo y fabrican una miel especial con la que se endulzan infusiones anti-tusivas, antiespasmódicas y tranquilizantes. El cocimiento de sus hojas se utiliza para el tratamiento de heridas, golpes, herpes y enfermedades oculares (simbólicamente, las zarzas y las rosas silvestres se usan con el mismo fin). Las flores de brezo sirve para aliviar malestares digestivos y problemas renales por su acción diurética.

Existe una canción recogida por Satrústegui en su “Cancionero popular (vol.II)” que nos habla del origen de Mari conectado a brezos y zarzas: “Mari Trapuzar, iñarteko sasi artean yaioa egundo bere ezton ikusi eure gariangorua”. (Mari de los trapos viejos, nacida en el zarzal de entre brezos: jamás has visto la rueca en tu cintura). En esta coplilla se hace alusión al aspecto de anciana de la diosa y a la función que tiene sobre el destino, facilitando el camino o enredando el hilo para poner trabas (pruebas). Asimismo, las hojas en forma de aguja del brezo recuerdan al huso de la rueca. Un detalle interesante es que las mujeres suelen usar las escobas de brezo para limpiar las telarañas. Así pues, encontramos una relación entre la araña y el brezo. La araña, por su parte, representa el linaje y el poder de las antepasadas femeninas que ejercen de red de apoyo desde el mundo espiritual (pudiendo guiarte dentro de él).

El boj (ezpel) se utilizaba también para fabricar escobas, aunque en esta zona del Pirineo se hacían unas escobillas especiales para limpiar el horno de hacer el pan, tal y como recogió Resurrección Mª de Azkue. Este arbusto está asociado tanto a ritos de nacimiento como de defunción. Si se deseaba averiguar el sexo de un bebé, se echaba una hoja al fuego: si subía sería niña y, si se quedaba en las brasas, un niño. Con una rama de boj mojaba en agua bendita se le da el último adiós a un difunto antes de ser enterrado. El boj también tiene asociaciones ritos populares para eliminar las verrugas. Las instrucciones indican que otra persona que no sea la afectada debe enterrar debajo de una piedra desde la cual se vean tres ermitas o santuarios (o en una encrucijada de tres brazos) tantas hojas de boj como verrugas. Las hojas de boj se usan, en general, como purgante, tanto en humanos como animales. La corteza de raíz y las hojas se pueden tomar en infusión para aliviar trastornos biliares. Con la madera del boj se confeccionan los almireces, las cucharas y los txistus (flautas autóctonas).

La retama negra (sarothamnus scorapius) o “escoba” (isats, erratz, genista) forma parte del escudo de los Plantagenet, dinastía que gobernó Aquitania e Inglaterra con la bendición mítica de Melusina, figura que guarda muchos paralelismos con Mari. Según Satrústegui, en Aezkoa se creía que las brujas, cuando estaban a punto de morir, utilizaban las ramas verdes de este arbusto para transmitir a otra persona el poder de la brujería. Aquí no podemos obviar la semejanza etimológica entre erratza (retama) y orratza (aguja, alfiler), siendo éste último un elemento esencial en el arte del hilado como metáfora del destino.

La árgoma (ulex europeus) o tojo (ulex gallii)), conocida como otea, es la planta que porta el Olentzero en el Solsticio de Invierno para azotar a los niños traviesos y desobedientes (igual que el Krampus en los Alpes Suizos, Alemania y Austria). También existe una leyenda sobre una bruja con apariencia de asno (recordemos que el Olentzero va acompañado de un burro y/o su esposa Mari Domingi). Un joven que iba camino del caserío de su novia se encontró con un asno pastando en el prado. Como lo vio solo, pensó en llevárselo y trató de dirigirlo hacia donde quería sacudiéndolo con un palo. El animal no hacía caso y se movía en dirección al río, así que el mozo le atizó más fuerte, abriendo una herida que cerró al momento como por arte de magia. Al llegar a las inmediaciones del río, encontró a unas brujas lavando la colada (en otras versiones, eran lamias). Una de ellas le pidió que le ayudase a retorcer una sábana. El muchacho, ignorante de la verdadera naturaleza de aquella dama, obedeció. En su mano, la sábana se transformó en árgoma y se lastimó. El joven replicó al sentirse engañado: “esto no es árgoma”. Ellas respondieron al unísono: “Que no somos pero somos”. Luego la que se encontraba con aspecto de burro, recobró su forma humana y todas escaparon volando por los aires. El joven, por su avaricia e imprudencia, quedó con las manos dañadas. Ya que la brujería sale a colación, aprovecho para añadir que el término “landa” se utiliza para designar un páramo donde hay árgoma y brezo. Así que lugares como las famosas Landas del Boc serían parajes donde estas plantas estarían presentes.

El acebo (gorosti, korosti, bolostio) y el muérdago (mihura) son plantas relacionadas con el folklore del Solsticio de Invierno. El cocimiento de corteza de acebo o la infusión de las hojas del muérdago se han utilizado para tratar problemas intestinales y purificar el cuerpo. En el caso del ganado, cuando éste padecía de cólicos, se les daban unos golpecitos en la panza con una rama de acebo para que expulsara los “malos aires”. La infusión preparada con las hojas y los tallos secos del muérdago que crece en el avellano se considera que es el mejor remedio para ayudar a las mujeres parturientas a expulsar la placenta. En Roncesvalles se aconseja recolectar el muérdago que crece junto a los espinos para colocarlo en el dintel de la puerta como talismán de protección. En otros pueblos creen que es mejor el que se recoge junto al castaño o al abeto para alejar el mal.

El enebro o juniperus communis (orrea, epuru, arabota, ginebro), según la creencia popular, es un repelente de serpientes y animales ponzoñosos, neutralizador de la enfermedad y purificador del ambiente. Asimismo, sus bayas intervienen en varios rituales mágicos dirigidos a la eliminación de verrugas. En unas localidades seguían el patrón de colocarlas bajo una piedra después de frotarlas contra la piel y en otras se destruían con otros métodos (enterrándolas, quemándolas…). Por otro lado, las bayas del enebro se han utilizado como regulador hormonal de los ciclos de la mujer, tomando un cocimiento dos veces por semana. El enebro, macerado en alcohol (se le puede añadir romero), sirve para aliviar las contracturas musculares y los procesos reumáticos. Otro uso ampliamente extendido de este arbusto es la fabricación de ginebra. Este licor se ha recomendado a las mujeres que padecían fuertes dolores menstruales o como tónico estomacal general.

El helecho común (iratxe) y el helecho real (iztarro, trumoiere) poseen un simbolismo especial en los ritos del Solsticio de Verano, considerándose “belar onak” (hierbas benéficas) en esta zona de Navarra. Según manda la tradición, deben recogerse durante la medianoche de San Juan, que es cuando albergan más poder. Se solían quemar sobre las brasas del hogar, en solitario o con otras plantas recogidas en esa fecha (saúco, rosa, margaritón, etc), con el fin de purificar, armonizar y bendecir las habitaciones del hogar, alejando la enfermedad y todo tipo de mal. En Valcarlos y Aezkoa también se echaba un puñado de helecho junto a otras plantas bendecidas en San Juan para evitar las tormentas potencialmente destructivas. Otra fecha señalada para recolectarlo es la luna nueva de septiembre o bien el día de la advocación mariana local que se venere en ese mes. En esta época era típico construir camas para el ganado en las cuales éste estaba protegido. Asimismo, se ha usado como combustible y abono. En lo que a sus usos medicinales respecta, la raíz machacada sirve para preparar emplastos que se aplican sobre heridas superficiales, hernias o hemorroides. El cocimiento del rizoma se ha utilizado en el tratamiento de enfermedades hepáticas. La infusión de un puñado de “belar onak”, entre las que se encuentra el helecho, también se ha recomendado para la odontalgia.

La carlina acaulis, comúnmente conocida como “eguzkilore”, está vinculada a la diosa Eguzki y es el principal amuleto de protección contra los espíritus maléficos y la brujería (de ahí que reciba el sobrenombre de “sorgin-kontra”). Según la leyenda, Carlomango la usó para ahuyentar la peste y otras enfermedades, de ahí que se le diese el apelativo de “angélica”. Barandiarán añadió que también servía para protegerse de las tempestades y Goicoetxea la vincula con la fidelidad conyugal y el bienestar familiar. Se trata de una planta bienal que crece en zonas montañosas (entre 1000 y 2000 metros), normalmente entre hayedos, pinares, matorrales o pastizales. La tradición recomienda colocarla en las puertas de las casas la mañana de San Juan. En latitudes más bajas donde no se desarrolla, algunas personas sustituyen la carlina por el cardo mariano o silybum marianum (Mariaren kardu), también denominado “sorginorrazi” (peine de brujas). La raíz de la carlina contiene un aceite esencial que se utiliza en afecciones dermatológicas (acné, dermatitis, eccemas…) Asimismo, posee propiedades diuréticas y digestivas. Las flores de cardo mariano se emplean en algunas localidades situadas a las orillas del Arga para cuajar la leche.

La belladona (belaiki) es la solanácea que mayor vinculación tiene con la brujería en el Pirineo Navarro Central. De ahí su apodo de “sorgin belarra” (hierba de las brujas). Barandiarán apuntaba a que el principal ungüento (gantzagailua) que usaban las brujas en esta zona estaba compuesto de belladona, beleño negro y estramonio (muy similar a otras recetas de la brujería medieval francesa). En cambio, Erkorera plantea que la fórmula estaría compuesta por belladona, beleño y mandrágora. Dado que la mandrágora tiene una presencia reconocida en el Valle de Baztán, donde se emplea actualmente para fabricar licor, probablemente la versión aportada por Barandiarán es la que realmente se elaboraba en la comarca de Auñamendi. Aparte de utilizarse en prácticas de vuelo del espíritu y viaje extático al otro mundo para participar en ritos sabáticos, la belladona ha tenido una larga tradición en la elaboración de amarres y hechizos de amor.

Cabe mencionar que existen otras dos plantas a las que se denomina popularmente belladona y que, en algunas localidades actúan de sustitutivos de la atropa belladonna. La primera de ellas es la cucubalus baccifer o “belladona silvestre” y, la segunda, la ligustrum vulgare o aligustre. Al igual que la belladona original, ambas poseen efectos astringentes y antihemorraicos. La parte aérea se usa en cataplasmas para calmar los dolores musculares y articulares por sus propiedades antiespasmódicas. Por otro lado, las bayas del aligustre se utilizan para preparar un ungüento con aceite de oliva y cera virgen que se recomienda para tratar las paperas. Los frutos, una vez secos, se pueden echar a las brasas del hogar y el humo de la combustión sirve para aliviar el dolor de muelas. Todas estas variedades de “belladona” son potencialmente tóxicas por su concentración en saponinas y alcaloides, pudiendo dar lugar a gastroenteritis graves y paradas cardiacas, por lo que deben administrarse con mucho cuidado (especialmente en personas con problemas estomacales y cardiacos). Además, debemos recordar su efecto psicoactivo, debiendo tomar mayores precauciones en pacientes con trastornos psicológicos y psiquiátricos.

El beleño negro o hyoscyamus niger es conocido como “aitabelo” (la hierba del padre) u “otso baba” (padre lobo), además de “txokolatera” por la forma del fruto. Las dos primeras denominaciones evocan claramente a Akerbeltz como representación paterna, maestra o mentora en el arte de la brujería en su aspecto más salvaje. Asimismo, nos indica su aplicación en las prácticas de cambio de forma (shapeshifting) y su vinculación al lobo como uno de los animales totémicos principales en el folklore de este territorio (para saber más, se recomienda la lectura del artículo “Luzaideko mitologia eta folklorea”). Medicinalmente, se fabricaban ungüentos destinados al tratamiento de enfermedades de la piel con las hojas del beleño negro, verbena, hojas de malva, flores y hojas de saúco y llantén menor. Las plantas se cuecen en aceite de oliva a fuego lento hasta que se ponen negras. Luego se cuela y se añade cera virgen. En otras localidades se hace una pomada con las semillas del beleño, marrubio y cebolla. Irigaray también documentó aplicaciones dentales en distintas localidades, quemando las bayas junto a las semillas sobre carbones y dejando que humo entre en la boca. Su uso está contraindicado en pacientes con hipertensión arterial, glaucoma e hipertrofia prostática. Igualmente, debemos advertir de su potencial psicotrópico y sus efectos estimulantes en la sexualidad masculina. Al igual que el caso anterior, se aconseja la supervisión de un/a profesional.

El estramonio o datura stramonium es llamado “asma-belar” porque su principal atribución es el tratamiento de los síntomas del asma, fumando las hojas en forma de cigarrillos. Sus efectos narcóticos y antiespasmódicos han sido conocidos desde antiguo y por ello se ha prescrito en cantidades controladas en el abordaje de la epilepsia y el párkinson, además de otros trastornos nerviosos (ansiedad, fobia, temblor esencial). Asimismo, el ungüento de estramonio y verdolaga (portulaca oleracea) se ha recomendado para la tendinitis y problemas articulares, así como la curación de eccemas. En algunas localidades, el fruto del estramonio era colgado sobre las cunas de los niños para alejar las pesadillas. Recordemos que Inguma o Mamua es un genio maléfico presente en la mitología de estas tierras y al cual se le atribuye el padecimiento de terrores nocturnos, entre otros malestares no deseados. En algunos pueblos se le llama “hierba del diablo” o “burladora”, ya que ha sido una de las plantas, por excelencia, asociadas a la brujería. En las leyendas, al Diablo (Etsai) se le presenta como un personaje que actúa bajo el engaño, la tentación y la manipulación de los deseos. Si se pisa esta hierba a medianoche, se cree que se la persona queda poseída y se ve obligada a danzar frenéticamente hasta el primer canto del gallo (al alba). La intoxicación con esta planta suele ir acompañada de alteraciones de la visión, aletargamiento, pérdida de la sensibilidad, debilidad, alucinaciones y cólicos. Usada indebidamente, puede causar la muerte, así que debe tenerse mucha precaución. Su presencia es más común en Tierra Estella y en la comarca de Tafalla.

El heléboro es otra de las plantas asociadas a prácticas mágicas que encontramos en tres variedades: helleborus viridis (xixarribelarra,otsababa), helleborus niger (lupu belar, mingaizto belar) y el helleborus foetidus (su-belar, pikolili). Su etimología nos permite observar claramente una relación con Sugaar o Maju como dios serpiente, con poder de emponzoñar. El viridis es el más tóxico y ha sido utilizado tradicionalmente como purgante y antiparasitario (lombrices intestinales), cociendo las hojas secas y tomándolas en infusión. Con la raíz del heléboro verde también se preparaban sedales que se pinchaban en la papada del ganado con una aguja al rojo vivo para promover la supuración de los humores ante una infección o un absceso putrefacto. Igualmente se frotaban las heridas con hojas de esta planta para frenar hemorragias. Mágicamente se ha usado en las prácticas de cambio de forma (de ahí que se le dé el sobrenombre de “hierba de lobo” a nivel local y “bear’s foot” en el ámbito británico), a la hora de pactar con espíritus o “daemons” (que pasaron a considerarse demonios en la brujería medieval) para vincularlos al brujo/a y en rituales de exorcismo.

El heléboro negro es el segundo más tóxico de este grupo. Sus flores salen en invierno y su folklore está vinculado a la época oscura del año, momento en el que los difuntos y los espíritus del la noche se encuentran más activos. En esta zona de Navarra se ha empleado para el tratamiento del carburo o ántrax en el ganado ovino y bovino, así que está más vinculada a prácticas de exorcismo. En humanos, tal y como indica su nombre en euskera, se ha utilizado para el tratamiento del cáncer y neutralizar la enfermedad. No obstante, no podemos obviar su uso necromántico ni su intervención en las prácticas de cambio de forma.

El heléboro fétido es el que posee más aplicaciones médicas. La raíz es tóxica y también se ha empleado como purgante y antiparasitario, al igual el heléboro verde. Sus hojas secas trituradas se echan sobre el pelo para matar a los piojos. Asimismo, las hojas frescas calentadas sobre la sartén se aplican en forma de cataplasmas para tratar unos tumores gangrenosos que suelen aparecer en entre la garganta y el pecho del ganado, semejando el mordisco de un lobo. Con esta variedad también se han fabricado sedales, reforzándose su uso mágico para pactar con espíritus. Por otro lado, las flechas de los vascones se untaban con su raíz para envenenarlas y herir de muerte. De ahí se deriva su aplicación en hechizos para atar a los enemigos y maldecirlos. Como curiosidad, vale la pena añadir que en Álava se utilizaba tanto el heléboro verde como el fétido en la fabricación de escobas para limpiar el horno del pan (aquí vemos de nuevo su asociación con el fuego alquímico).

El aro, sugebelar o erre-belar, también conocido como hierba de culebras o hierba de Aarón, está vinculado simbólicamente al folklore de la serpiente (Maju) como animal sagrado y diabólico, dependiendo de la óptica desde la cual se interprete su esencia. En esta zona del Pirineo existen dos variedades: la arum italicum y la arum maculatum. Se trata de una planta potencialmente venenosa si se administra internamente, pero el calor aplicado en el cocimiento de su rizoma hace que pierda toxicidad y pueda utilizarse con fines terapéuticos. Una buena metáfora de que el fuego puede quemar o sanar, dependiendo de cómo se maneje. Sus hojas escaldadas y aplicadas sobre paños templados se usan en el tratamiento de quemaduras, úlceras, panadizos y otras enfermedades de la piel. Si se desea que el efecto sea un poco más fuerte a fin de tratar infecciones, se pueden aplicar las hojas frescas sobre la epidermis y tapar la zona con una gasa, dejando que actúe toda la noche como si fuera una segunda piel de la que luego uno debe desprenderse. Este remedio también sirve para curar la sarna en el ganado. Además, la raíz posee propiedades expectorantes y, sumada a la verbena, puede saltearse en aceite y prepararse a modo de cataplasma para tratar pulmonías. Su aplicación está contraindicada en los niños. Especialmente, los frutos, pueden causar graves intoxicaciones. A nivel mágico, sirve para realizar prácticas de cambio de forma (skin-turning).

La dedalera o digitalis purpurea (kukupraka) es una hierba perteneciente a la familia de las escrofularias que crece frecuentemente en claros y linderos de hayas y robles. Las hojas y tallos de esta han utilizado como diurético ante la hidropesía y sedativo cardiaco, a pesar del riesgo que entraña el manejo de esta planta a la hora de encontrar la dosis terapéutica sin que resulte dañina o directamente mortal. Otro de los apelativos de esta herbácea es “guante de nuestra Señora”, vinculándola a la diosa Mari como dama de noble linaje. Atrae a abejas y colibríes, que son considerados mensajeros del mundo feérico, así que llevarla en un saquito (sin que toque la piel) u ofrendarla es una buena forma de atraer su presencia. Es una de las plantas vinculadas al folklore de San Juan y se ha utilizado en la elaboración de hechizos amorosos.

La hierba de Circe o circaea lutetiana es una planta de la familia de las onagráceas que tiene algunas semejanzas con la belladona (deadly nigthsade) y la dulcámara (bittersweet nightsade) del grupo de las solanáceas, aunque su acción es más sutil. Es conocida popularmente como la “hierba encantadora” o “herb aux sorcières”, está relacionada con los ritos de San Juan y su principal uso mágico es amoroso. Puede quemarse sobre carbones para ayudar a concentrarse durante prácticas de meditación (equilibrado energético), entrar en comunión con nuestra verdadera voluntad y acompañar en prácticas de cambio de forma. Son menos conocidas sus potencialidades para realizar maldiciones.

La verbena o “curalotodo” (berbena,belberin, pasmo-belarra) es otra de las plantas recogidas en la mañana de San Juan y posee muchas aplicaciones medicinales. Su uso más extendido es el tratamiento de problemas respiratorios (sinusitis, faringitis, infecciones de garganta, anginas, pulmonía, tuberculosis…) y flemones dentarios en forma de tortilla. Esta tortilla de verbernas se elabora troceando muy picadita la parte aérea de la planta y salteándola un poco en aceite de oliva. Después de añade la clara de un huevo bien batida y se hace una tortilla (a veces con ajo picado). Luego se aplica sobre unos paños en la parte afectada, al menos durante un par de horas, aunque otras personas recomiendan que repose toda la noche para sacar el mal hacia afuera. En algunas localidades aconsejan que nunca se ponga en el lado del corazón, probablemente por su uso mágico a nivel amoroso. La tortilla de verbenas también se puede usar para combatir dolores articulares, reúma, torceduras y “clavos de pelotari”.

La infusión de la planta entera posee aplicaciones digestivas y se toma igualmente para aliviar el malestar general. En Garralda, en los meses más fríos del invierno, se consume para levantar el ánimo. A nivel veterinario, el cocimiento de verbena se daba a las gallinas enfermas durante tres días y se empleaba para lavar las heridas del ganado, así como las ubres de las vacas. Este último uso se vincula a la creencia en la atracción de la fertilidad y prosperidad. Asimismo, se cree que quien recoge la verbena en la fecha indicada estará libre de la picadura de la culebra, de la mordida de cualquier otra sabandija o de todo aquello que pueda hacerle mal.

La artemisa es otra de esas plantas que posee varias variedades de uso habitual. La artemisia vulgaris (artemixe, erle belar, San Juan belar) es conocida como hierba de San Juan por los poderes de protección ante todo tipo de desgracias, la atracción de la abundancia y sus aplicaciones curativas. Su recolección se realiza al mediodía de la fecha señalada. Parte de sus atribuciones serían de carácter venusino. No obstante, también posee rasgos lunares, ya que su infusión es administrada a aquellas mujeres que necesitan regular sus ciclos y su sistema hormonal, especialmente si presentan dolores menstruales importantes y desajustes emocionales significativos. Por otro lado, la raíz se ha utilizado para paliar los malestares dentales en los niños pequeños. A nivel mágico, se emplea para crear almohadas de sueños y ayudar a recordar los mensajes que recibimos de nuestro inconsciente y del mundo espiritual, especialmente de los ancestros. Además, popularmente se cree que protege de las “arima erratiak” (almas errantes con asuntos pendientes). Se puede quemar a modo de sahumerio para realizar prácticas de adivinación y proyección astral.

La artemisia absinthium o ajeno (asentzio, txitxarri belar)  es recolectada igualmente en San Juan. Su uso más extendido en forma de tisana junto al hinojo está indicado para bajar la fiebre. En casos de anemia, se prepara un macerado de la planta en vino durante al menos una noche y se toma por las mañanas como tónico vigorizante. Asimismo, el cocimiento de ajenjo en leche ayudar a la eliminación de las lombrices intestinales. La maceración de esta planta en anís da como resultado el famoso licor denominado absenta, también conocida como “Fée Verte” (Hada Verde) por estimular la creatividad en escritores y artistas. Hasta 1915 se importaba desde Francia, producida por la marca Pernod Fils. Mágicamente, al igual que la artemisa común, se utiliza en prácticas adivinatorias y para inducir el trance para viajar en espíritu. Adicionalmente, se emplea con el fin de crear amuletos de protección contra el “begizko” (aojamiento) destinados a los niños, acompañado de otras plantas como el laurel y la ruda, además de añadir una porción del cordón umbilical junto a un puñado de ceniza del hogar. Por tanto, posee potencial para alejar espíritus maléficos o devolver maldiciones a los atacantes.

Por último, la artemisia abrotanum o abrótano macho (xixarri-belar, boskotxa) también se usa como hierba lombricera. Además, las hojas y las flores se colocan dentro de los armarios con el propósito de ahuyentar insectos, plagas y enfermedades.

La malva o malva sylvestris (mamukio, zigina) una de las plantas más utilizadas a nivel popular. La parte área, florida o no, se puede usar en vahos, cataplasmas, infusiones o jarabes para el tratamiento de enfermedades respiratorias, siendo un apoyo extra en pacientes asmáticos. La receta más efectiva de que he probado es una fórmula familiar hecha con romero, tomillo, malva, ortiga y eucalipto, tomada en infusión dos veces al día. Se puede añadir un chorrito de zumo de limón y una cucharadita miel para que sea más potente. Su segunda aplicación más extendida es la dermatológica. El cocimiento de la planta se puede aplicar sobre paños para tratar heridas infectadas, curar granos y limpiar impurezas de la piel. Igualmente se puede preparar una crema con flores de malva, aceite de oliva y cera virgen con la misma finalidad.

La malva también está indicada para trastornos ginecológicos. Si se tenía algún problema genital, las mujeres podían hacer baños de asiento para aliviar la irritación o inflamación. Además, su cocimiento colocado sobre una tela blanca se podían aplicar sobre las durezas en el pecho. Otra de sus atribuciones es digestiva. La infusión de flores de malva y cebada se prescribe para las úlceras estomacales. Para aliviar problemas en el páncreas, se toma una infusión con la parte aérea de la malva, el tomillo y el romero tres veces al día. La raíz de malva con aceite y sal se empleaba como enema en casos de estreñimiento. En Garaioa, también se han documentado sus indicaciones veterinarias. La infusión de flores de malva se daba de beber a los caballos cuando tenían cólicos. Para tratar al ganado porcino enfermo, se añadía un poco de harina y se les dejaba beber el brebaje. De todos modos, se puede aplicar en forma de compresas para curar heridas externas del ganado.

A nivel mágico, se considera que la planta protege de toda enfermedad y se recolecta durante la mañana de San Juan. La planta bendecida se quema en la hoguera diciendo: “sarna fuera, onak barrenera, gixtoak kanpora, biba San Juan bezpera”. Otra de las fechas indicadas para la recolección de la malva es la Cruz de Mayo, utilizándose para promover la fertilidad, hacer hechizos de amor y en rituales de magia sexual.

La ortiga o urtica dioica (atsuna, auxina, osiñe) es ampliamente utilizada para purificar la sangre y tratar problemas circulatorios ( reducir el colesterol, bajar la tensión arterial, mejorar el funcionamiento del corazón, facilitar una buena circulación), tomándose en infusión la parte aérea (se recomienda un tratamiento de 9 días, que puede ir acompañado o no de una novena). Los diabéticos también la toman para reducir el nivel de glucosa por su efecto diurético. En Valcarlos, Erro y Esteribar se le atribuyen cualidades para paliar la artrosis, el reúma y la ciática, frotándose las hojas en las partes doloridas un par de veces al día. En Garaioa se usa una decocción en agua o vino con el fin de fortalecer el cabello y eliminar los piojos.

La ruda o ruta montana (erruda belar, bortusai) ha sido ampliamente utilizada por herboleros/as, curanderos/as, ensalmadores/as y brujos/as. En Navarra se ha empleado para hacer gargarismos a fin de aliviar los males de garganta. Además, la famosa María de Jauregui (apodada “la mediquesa”) recomendaba tomar una infusión de ruda, artemisa, salvia y romero para tratar el “mal de madre” (urdillena), una especie de bola o nudo que, según la creencia popular, se sitúa a la altura del ombligo a raíz de un disgusto y hace que se desplace el abdomen comprimiendo los órganos vecinos. Con la ruda y la raíz de la consuelda también se elabora una pomada indicada para el lumbago, la ciática y las hernias discales. Junto al hinojo, se ha usado como antiparasitario.

En lo que a su folklore respecta, es una de las hierbas que se recogen y bendicen en San Juan. Según Azkue, si se consume la baya capsular que tiene cinco lóbulos o puntas en la flor central, la persona quedará protegida contra los ataques de las serpientes durante todo un año. Asimismo, la ruda constituye uno de los elementos que componen los “kuttunak”, destinados a proteger de todo tipo de males, incluidas las maldiciones en las que intervienen espíritus maléficos. No obstante, en las localidades fronterizas se consideraba que portar ruda en el bolsillo ya era suficiente para inmunizarse contra todo tipo de peligros a quien siguiera esta costumbre. En los días de tormenta, también se quemaba ruda junto a otras hierbas de San Juan para proteger el hogar. Así pues, se trata de una herbácea con un carácter marcadamente marciano desde la óptica de la astrología tradicional y el esoterismo occidental. Es preciso recordar que la presencia de meltilnonilcetona contenida en su aceite esencial ejerce de estimulante uterino, por lo que está contraindicada en mujeres embarazadas por su efecto abortivo. Igualmente, es preciso tener precaución con pacientes con úlceras estomacales, enfermedades hepáticas, problemas de riñón, convulsiones y depresión cardio-respiratoria.

El hipérico o hypericum perforatum (Santio-belar, epai-belar, milazulo) es otra de las hierbas sagradas del Solsticio de Verano y posee unos atributos claramente solares. Se suele recoger la planta florida durante la noche de San Juan, antes de que salga el sol. En muchas localidades queman en la hoguera un puñado de hipérico bendecido mientras se recita: “sarna fuera, onak barrenera, gixtoak kanpora, biba San Juan bezpera”. También se mantiene la costumbre de colocar un ramillete en las vigas de las cuadras para prevenir al ganado de la enfermedad. Asimismo, forma parte de las enramadas que se confeccionan en San Juan y se colocan en las puertas de las casas para protegerlas de todo mal. Su principal uso medicinal es dermatológico, en forma de aceite. Dicho remedio requiere que la planta florida macere durante 40 días en aceite en un bote cerrado y a oscuras. Este preparado sirve para curar heridas, golpes, eccemas, infecciones en la piel, hidratar la piel…

Asimismo, se puede elaborar un ungüento con propiedades anti-inflamatorias utilizando hipérico, cincoenrama y escrofularia. La infusión de flores de hipérico frescas o secas se recomienda (se puede añadir un poco de manzanilla) para aliviar malestares digestivos y diarreas. En Garralda se toma en infusión durante los días más oscuros del invierno para elevar el ánimo. Los pacientes fotosensibles o que estén tomando anestésicos tras una intervención quirúrgica deben tener cuidado con su consumo y consultar con un especialista para evitar interacciones o efectos adversos. Está contraindicada su administración con medicamentos inmunodepresores, antidepresivos, cardiotónicos y anticoagulantes. Existe otra variedad de hipérico (hypericum hirsutum), conocido como “hierba de San Juan” o “te beltza” (té negro). Se suele tomar en infusiones para combatir los síntomas del trastorno afectivo estacional y la depresión en estado inicial. No obstante, a nivel de composición y simbolismo puede utilizarse como sustituto del hypericum perforatum.

La árnica o arnica montana (arnika, esne laru belar) pertenece a la familia de las asteráceas (como los girasoles) y presenta definidos rasgos solares, vinculándose a la diosa Eguzki. Mágicamente, se usa como elemento de protección, para alejar las tormentas y en rituales de fertilidad. A nivel médico, sus flores se emplean como tratamiento de la anemia, problemas circulatorios y problemas cardiacos. La tintura de flores de árnica maceradas en alcohol se utiliza para sanar heridas, contusiones y dolores reumáticos por sus cualidades anti-inflamatorias. Las flores tomadas en infusión reducen la cefalea y las migrañas, así como disminuyen la fiebre.

El diente de león o taraxacum officinale (galkidea, orikatza, meonas) es una asterácea de naturaleza solar con propiedades diuréticas y depurativas (sangre, hígado, vesícula). En Navarra, las hojas frescas se toman en ensaladas por sus indicaciones digestivas y antidiabéticas. Popularmente, se cree que es una planta que fortalece la voluntad y la gente sopla sus semillas para pedir que sus deseos sse hagan realidad. Además, la infusión de sus raíces se utiliza para propiciar la colaboración de espíritus benéficos.

La tormentilla o potentilla erecta (zasporra, pixbelarra), también conocida como “sietenerama”, es una rosácea cuya principal uso médico en Navarra ha sido diurético, cociendo la planta fresca entera. A nivel mágico, se sumerge en el baño con el fin de atraer el amor y la buena suerte. Asimismo, es uno de los ingredientes secundarios que se incluyen en algunas recetas de ungüento para volar usados por los/as brujos/as.

El geranio o pelargonium (jeromia) es una planta a la que Barandiarán atribuyó el poder de expulsar los malos aires y la enfermedad. De ahí que sea muy habitual encontrarlo en los balcones, aunque antiguamente también se quemaba dentro de las habitaciones. En la mitología vasca, existe un genio del aire (del otro mundo) llamado Aide, Aideko o Aidegatxo al que se atribuye las afecciones y desgracias que no tienen una causa natural conocida. En algunas localidades se dice que también puede atraer y dirigir tormentas destructivas. Además de quemar geranio, se puede echar un puñado de hierbas de San Juan al fuego para neutralizar su poder. El geranio, tradicionalmente, se ha utilizado (junto al anís) en el tratamiento de malestares digestivos en los bebés.

Dentro de la familia de las geraniáceas encontramos la hierba de San Roberto (zaingorri), cuyo jugo se emplea para alejar a las chinches. Asimismo, su conocimiento puede utilizarse en forma de gargarismos para paliar males de boca y garganta. Igualmente, puede usarse como depurativo y en limpiezas energéticas del hogar.

La achicoria o cichorium intybus (txikori, orikatxa) es una planta de la familia de las asteráceas, cuya raíz tostada y hervida en agua se ha consumido y se sigue tomando a modo de café autóctono, compartiendo las mismas propiedades diuréticas y resultando menos irritante para el estómago. Es más, la decocción de su raíz está indicada en el cuidado del hígado. También se ha usado externamente, al igual que la manzanilla, para paliar la conjuntivitis y otras molestias en los ojos. Mágicamente se emplea como “abridora de caminos”, permitiendo ver con claridad en la toma de decisiones y removiendo obstáculos para lograr aquello que deseamos. Asimismo, puede utilizarse, junto a otras plantas para cambiar el tiempo atmosférico (weather magic) y eliminar maldiciones.

Para finalizar, me gustaría hacer una breve mención a la amanita muscaria y los psilocybes como hongos asociados a hadas y duendes, así como a las prácticas de cruzar el cerco, en las cuales sus efectos psicoactivos permiten una experiencia extática más profunda (en el estado y contexto adecuado, preferiblemente con la supervisión de un experto en la materia si no se tiene suficiente conocimiento). Huelga decir que su uso queda dentro de la libertad y responsabilidad personal de cada individuo, con los riesgos que implica. Existen muchas otras técnicas, entre las cuales podemos mencionar la respiración holotrópica, el ritmo del tambor, el canto repetitivo de ciertas palabras o la danza, que no implican el consumo de enteógenos y que posibilitan un cambio potente en el estado de conciencia.

Además, existen muchas otras plantas con las que estamos más familiarizados/as y con las que resultará más sencillo interactuar, especialmente si estáis dando vuestros primeros pasos en este sendero de reencuentro con los misterios del mundo vegetal de vuestra tierra y su folklore. No desdeñéis a los daimones que habitan en plantas aparentemente humildes, ya que podéis toparos con maravillas que nunca hubierais imaginado.

 

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Luzaideko Antropologia Kulturala-Etnografia Ikastaroa

La Sociedad de Ciencias Aranzadi (Aranzadi Zientzia Elkartea), en colaboración con el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide, desarrolló un Curso Práctico de Antropología Cultural y Etnografía con un completo programa de actividades en este municipio del Pirineo Navarro durante la segunda quincena de junio, en el que tuve el honor de participar.

Para quienes no conozcan la historia y trayectoria de Aranzadi, es preciso comentar que esta institución sin ánimo de lucro se fundó en 1947 tras la supresión de la Sociedad de Estudios Vascos durante el franquismo. Su intención era y sigue siendo continuar la labor de investigación del medio natural y humano en Euskal Herria. Su nombre toma el apellido de uno de sus fundadores y miembros más ilustres: el antropólogo, etnólogo, botánico y zoólogo Telésforo de Aranzadi Unamuno (1860-1945). Este personaje dirigió la primera campaña de excavaciones en los dólmenes de Aralar junto a José Miguel de Barandiarán y Enrique Eguren entre los años 20 y 30. Antes del estallido de la Guerra Civil Española, se unió a este primer equipo Julio Caro Baroja. Posteriormente, personalidades de distintas disciplinas y ámbitos de la cultura se convirtieron en miembros destacados, como es el caso de Jesús Elósegi, Eduardo Chillida, Manuel Laborde, Joaquín Gómez de Llarena, Ramón Margalef o Félix Rodríguez de la Fuente, entre otros. En la actualidad cuenta con unos 1700 socios y 14 departamentos. Entre sus publicaciones periódicas destacan las revistas Aranzadiana y Munibe.

La formación que tuvo lugar en Luzaide fue inspirada por un proyecto pionero de investigación y preservación del patrimonio etnográfico denominado “Zaharkiñak”, dirigido por Fermín Leizaola, Director del Departamento de Etnografía de Aranzadi y discípulo del Aita Barandiarán. Dicho proyecto fue iniciado en Andoáin en 1989 con el apoyo económico de la Diputación Foral de Guipúzcoa y la colaboración del Ayuntamiento y los vecinos del municipio. Consistía en la cesión temporal de objetos privados antiguos sacados de caseríos, bordas, talleres y astilleros con el fin de registrar, restaurar y dar a conocer elementos pertenecientes a modos de vida y costumbres extintas o en vías de desaparición.

Esta iniciativa tuvo 17 ediciones posteriores en diferentes localidades de la geografía vasca, en las cuales se realizaron exposiciones temporales in-situ como una alternativa a la musealización tradicional. Gracias a ella se catalogaron e investigaron amplias colecciones de objetos (más de 25.000 piezas). No obstante, lo más valioso fue conseguir la sensibilización de la comunidad hacia la riqueza de su legado histórico y la necesidad de preservarlo, la puesta en valor de sus rasgos identitarios como pueblo para que fueran transmitidos a las siguientes generaciones, así como su implicación activa en la dinamización cultural y civil en espacios públicos. Otro de los aspectos destacables del proyecto es que, durante el proceso de recogida y documentación de las piezas, se registraban los nombres de las mismas en la lengua vernacular del lugar, así como las historias ligadas a cada una, lo cual permitía refrescar y conservar el vocabulario autóctono junto a sus usos y significados (ver más aquí: https://www.ankulegi.org/wp-content/uploads/2012/03/0312Leizaola.pdf) .

Partiendo de los mismos fundamentos y nutriéndose de la experiencia de Leizaola, Suberri Matelo Mitxelena, miembro activo del Departamento de Arqueología de Aranzadi y colaborador del Departamento de Etnografía, tomó la iniciativa de diseñar y coordinar un nuevo proyecto de “recuperación patrimonial” y “concienciación comunitaria” en estrecha colaboración con el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide, contando con la financiación de un Programa de Desarrollo Rural. Dicho proyecto podríamos dividirlo en dos estadios: la organización de un curso práctico de antropología cultural y etnografía con trabajo tutorizado de campo, complementado con charlas teóricas impartidas por expertos de diversas instituciones y visitas culturales guiadas por miembros representativos de Aranzadi; una exposición de los objetos vinculados al patrimonio de la localidad que tendrá lugar en el edificio que sirvió como antigua Casa de las Monjas y escuela infantil.

El domingo 17 de junio la mayor parte del grupo nos encontramos en la plaza del pueblo y seguidamente nos instalamos en una de las habitaciones del albergue de peregrinos, la cual fue reservada amablemente por el Ayuntamiento de Valcarlos/Luzaide para nuestro hospedaje. Posteriormente, comimos en el restaurante Ardandegia, propiedad de Fernando Alzón, alcalde de la localidad y excelente cocinero. Allí tuvimos espacio para charlar distendidamente mientras degustábamos la exquisita comida casera de nuestro anfitrión. A su vez, tuvimos ocasión de conocer con más detalle de los entresijos de las labores que íbamos a realizar en los días siguientes. Por la tarde, una de nuestras compañeras, Nuria, valcarlina de nacimiento, nos llevó a dar un paseo por el pueblo para irnos familiarizando con sus rincones, las familias vinculadas a cada casa y las actividades económicas del lugar, mientras nos contaba historias de su infancia y juventud. A las 19h Suberri inauguró oficinalmente el curso con la presentación pública del proyecto en la sede del Ayuntamiento.

El lunes 18 de junio a las 9h nos reunimos con el resto de compañeras/os en la sede de la asociación Argiola (cedida por el Ayuntamiento) a fin de que todas/os estuviésemos convenientemente informadas/os de los objetivos del proyecto, las tareas a desarrollar y los procedimientos vinculados al trabajo de campo. Tras la reunión, acudimos a casa de la concejala Elena Goñi, que fue nuestra primera colaboradora, además de nuestra madrina y enlace diplomático para gestionar las relaciones con los vecinos/as voluntarios/as que abrieron las puertas de sus casas para nosotros/as y aportaron objetos significativos de la historia de su familia y su pueblo.

En nuestra primera recogida de datos y piezas trabajamos en parejas para rellenar los distintos campos de las fichas de catalogación de piezas. También tomamos fotografías de los objetos y filmamos, con el consentimiento de la participante, parte del proceso y de las narraciones que surgieron de cada uno de ellos. Al final de la visita, se entregó el correspondiente documento de cesión en el que se indicaba el listado de las piezas recogidas para su estudio y restauración, así como las cláusulas donde se estipulaba que los/as propietarios/as podrán solicitar en cualquier momento el retorno de estas. Después procedimos al traslado de las mismas al local de Argiola y el resto de la jornada la dedicamos a afianzar el sistema de catalogación y a tomar contacto con el software informático para digitalizar las fichas en papel.

El rato de descanso que tuvimos antes de la primera ponencia algunas lo dedicamos a dar un refrescante paseo por el bosque hasta llegar a uno de los caseríos que se encuentran antes de tomar el camino al paso canadiense. Como no conocíamos el sendero, pedimos asistencia a un mozo que estaba alimentado a sus ovejas. Nuria, muy resuelta, preguntó al joven el nombre de la casa y recordó que conocía a la familia. Finalmente, la Etxekoandre salió del caserío y nos invitó a pasar, mostrándonos los bellos rincones de su hogar. Le pusimos al tanto de nuestra labor en el pueblo y estuvimos charlando animadamente. A nuestro regreso, presenciamos el entierro de uno de los vecinos en el cementerio local y escuchamos los melodiosos cantos del coro de hombres que acompañaban al cortejo que le estaba dando sepultura.

A las 19h David Mariezkurrena, Director de la revista Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra, nos deleitó con una conferencia sobre “Mitos y leyendas en la tradición oral de Luzaide”, donde hizo mención a los trabajos precursores en esta materia de Resurrección Mª de Azkue (Fundador de la Real Academia de la Lengua Vasca y miembro de la Sociedad de Estudios Vascos) y José Mª Satrústegui (antropólogo, etnógrafo y sacerdote de Luzaide durante más de una década), así como a la pervivencia de algunas leyendas sobre Mari, Herensuge, las Lamiak, el Basajaun, Tartalo, Inguma, las Sorginak, el Judu Erratia (Judío Errante) o animales que se consideran sagrados (abejas, mariposas, mariquitas, arañas, cuco, gallo…) o maléficos (lagarto, serpiente, gatos, perros aulladores…). Asimismo, se mencionaron algunos ritos de folklore popular llevados a cabo en fechas señaladas como la Candelaria, la Cruz de Mayo, San Juan, el Día de Todos los Santos o el Solsticio de Invierno. En el próximo artículo, me gustaría abordar con más detenimiento este tema, partiendo de las notas tomadas en la charla y de los textos de los autores mencionados, por la relevancia que tienen aún hoy estas creencias en la mentalidad de algunos vecinos/as mayores que se enorgullecen de que su Etxea se encuentre junto a una de esas moradas mágicas o conservan la memoria de esos relatos para poder transmitirlos a generaciones futuras.

El segundo día de trabajo de campo fue intenso pero muy gratificante. Varias vecinas y vecinos del barrio de Gañekoleta mostraron una entusiasta colaboración e incluso nos recompensaron con un gentil refrigerio. Para mí quedará el recuerdo de esos magníficos hogares, con suelos de madera de roble, amplias chimeneas adornadas con pucheros antiguos que ahora sirven de jarrones y hermosas piezas de cobre amarillo, el mobiliario rústico tradicional de la zona y los “sabaiaos” llenos de tesoros dormidos a la espera de ser rescatados. Debo confesar que quedé gratamente asombrada del mimo con el cual conservaban algunos de esos objetos y de algunos de los relatos personales que emanaron de ellos. Incluso surgió naturalmente una referencia a una aparición de un difunto hace un par de años que me resultó fascinante, siendo una entusiasta de estos temas que escapan a la realidad ordinaria.

Aquella tarde, una vez finalizados los trabajos, volvimos a visitar el barrio ya que nos hablaron de la posibilidad de bañarnos en una regata que hay al otro lado de una cueva. Personalmente tenía una especial curiosidad por el lugar porque David Mariezkurrena había hecho referencia a relatos que mencionaban manifestaciones de un númen en esa zona. Solo puedo decir que el lugar era una delicia y que efectivamente sentí una vibración especial allí, además de apreciar ciertas señales que no escapan a los ojos de aquellas que vemos más allá de lo evidente.

A las 19h Xabier Kerexeta, historiador y etnógrafo al que vengo siguiendo desde hace un tiempo a través de su blog “Kalegoi”, realizó una interesante exposición sobre “Microterritorios transfronterizos”, diferenciando las unidades administrativas religiosas de los municipios civiles y poniendo distintos ejemplos de la gestión y convivencia de lugares fronterizos como Luzaide- Arneguy, Irún-Hendaya, Roncal-Baretous, Xareta (Zugarramurdi, Sara, Ainhoa, Urdazubi), Baztán-Baigorri, Aran-Pallars Sobirá o Andorra.

El tercer día estuvimos trabajando con tesón en el barrio de Azoleta, donde sus vecinos/as nos trataron con la misma hospitalidad y buena disposición que veníamos recibiendo desde el primer momento. El Etxejaun y la Etxekoandre de una de esas casas que sirven de frontera a uno de los enclaves míticos de la zona fueron especialmente atentos con nosotros. Ambos, en distinta medida, me ayudaron a profundizar en el simbolismo y sentido de ciertas manifestaciones del folclore popular como las cruces de laurel, el sonido de las distintas tipologías de cencerros, el uso de las velas y su cera que son bendecidos el día de la Candelaria, la plantación de ciertos árboles y plantas junto a la casa así como la evitación de otras especies vegetales, la utilización de las aguas de distintas fuentes y los rituales funerarios propios del municipio.

En la primera parte de la tarde, estuvimos etiquetando y limpiando algunas piezas. En la segunda parte de la tarde, asistimos a la primera de las conferencias que Fermín Leizaola impartió como contenido teórico del curso y que versó sobre la cocina tradicional con su equipamiento. En ella habló de la evolución del centro del hogar a lo largo de la historia, desde el fogón bajo (“bekosue” o “sukileku”), pasando por la chimenea pirenaica o de tambor fálico, continuando con la cocina con escaño o “zizailu” abatible, siguiendo con la cocina económica, hasta llegar a la moderna cocina de inducción. Entre los objetos destacados, no podía faltar la “laratza” o cadena del “llar”, la “neskatua” o criada (soporte de hierro), el “suburni” o pieza de metal para apoyar los troncos, el “auzpoa” o fuelle, el “suondoko” o sujeta-pucheros, la “pertxa” o caldero de cobre, la “ferreta” o contenedor de agua de boca, el “kriseiu” o candil de aceite, los candelabros con “ascensor” o el “motrailu” (almirez). También mencionó algunas técnicas de lavado de la ropa como la “lisibación”, utilizando un lienzo de lino y ceniza apagada (o “sosa le blanc”) y mostró varias planchas de carbón. Si queréis conocer estos objetos en vivo y en directo, os recomiendo que estéis pendientes de las publicaciones web de Aranzadi a partir de septiembre (fecha prevista de la inauguración de la exposición en la Seroren Etxea o Casa de las Monjas). De todos modos, procuraré manteneros informados a través de las noticias del blog.

Desde la tarde del miércoles hasta la tarde del sábado tuvimos el gran privilegio de contar con Fermín Leizaola como tutor del grupo de 11 alumnas/os, además de que ejerciera de conferenciante y guía en la primera de las excursiones programadas para visitar los hórreos del Valle de Aezkoa. Con él compartimos tareas, convivencia, anécdotas y aprendizajes. Las lecciones ejemplares de humildad, sabiduría, genialidad y compromiso que recibimos de él fueron de un valor incalculable. De él también aprehendimos unas orientaciones básicas para llevar a cabo investigaciones etnográficas, profundizando en técnicas como: la elaboración de cuestionarios, la conducción de una entrevista, la observación participante, el registro de los objetos y su historia, el siglado, la descripción y categorización de las piezas, así como el análisis de las mismas. Asimismo, comprendí e interioricé que la etnografía es una ciencia interdisciplinar y poliétnica donde, en palabras de Barandiarán, “lo no vivido, es difícilmente interpretado”.

A primera hora de la mañana del jueves fuimos a recoger piezas a otro caserío. Luego Fermín Leizaola impartió una clase magistral que fue seguida de varias actividades tutorizadas en las cuales se implicó totalmente, dando ejemplo. Por la tarde, continuamos con las tareas de etiquetado, descripción, catalogación y limpieza de las piezas. A las 19h, Fermín realizó una presentación sobre el pastoreo en Euskal Herria, tema en el cual es un gran experto. Inició su exposición hablando del hito que supuso para la raza humana la domesticación de ciertos animales y citó algunas evidencias encontradas en la Cueva de los Osos, la Cueva de Arenaza o la Cueva de Marizulo, entre otras. Posteriormente, vinculó lingüísticamente el término “ari” (preindoeuropeo), con el vocablo “abere” (riqueza/ganado) y la palabra oveja (“ardi/a”). Después hizo referencia a la existencia de restos de cabañas o “txabolak” de pastores junto a dólmenes como Jentilarri, Trikuarriak o Tregoarriak, costumbre que se ha mantenido hasta hace pocas décadas. A continuación, clasificó las tipologías de chabolas en tres categorías: las de la zona de Aralar, Aitzgorri y Urbasa, las ubicadas en el entorno del Gorbea y las Pirenaicas. En lo que respecta a las ovejas, se focalizó en los diferentes marcados de las orejas, en los tipos de ocres o sellos hechos a fuego vivo y en las tipologías de cencerros con sus badajos o “mingai” (lengua) para poder reconocer el rebaño o un miembro en concreto por el sonido.

Otro aspecto interesante que tocó fue el uso de los cencerros como elemento de protección y el “suharri” o piedra de sílex, la famosa “piedra de rayo” que se utiliza junto a la “ardagaia” (seta) y un eslabón para hacer lumbre en los fogones bajos de los pastores, además de como elemento mágico vinculado al control del tiempo atmosférico. Finalmente, se abordó el aspecto económico de la venta de carne, lana y consumo de productos lácteos. Entre los instrumentos asociados a esta actividad, encontramos objetos cotidianos como el “kaiku” (recipiente para ordeñar y recoger la leche), la “abatza” o molde para fabricar quesos y la “oporra” o tazón para tomar la leche acompañada de talos (torta de maíz típica de Euskadi y que probablemente se importó de América del Sur). En cuanto a vestimenta, señaló el “irasko” o espaldero, confeccionado con piel de macho cabrío capado.

El viernes trabajamos en dos grupos: unos continuamos siglando, clasificando y documentando las piezas, mientras otros seguían con tareas de limpieza, lijado y tratamiento de los objetos. Después cambiamos de actividad para que pudiéramos aprender a hacer de todo. Dentro del equipo había algunas personas que tenían más experiencia y fueron las que ejercieron de tutoras con los que no teníamos entrenamiento previo. De ese modo, se aseguraba tanto la calidad de los procedimientos como se posibilitaba un aprendizaje con una progresiva autonomía. Poco a poco la dinámica de los trabajos de campo iba cogiendo un mayor rodaje y todos/as estábamos cada vez más motivados/as al ir viendo los resultados.

Por la tarde, Xabier Irujo, Director del Centro de Estudios Vascos en la Universidad de Nevada y profesor en esta misma institución, impartió una ponencia sobre la revisión que llevado a cabo sobre la batalla de Errozabal o batalla de Roncesvalles (778) y aprovechó el viaje para presentar el libro que recoge sus hallazgos en Luzaide en compañía de Juantxo Agirre, secretario de Aranzadi. En su discurso argumentó que este enfrentamiento no fue una mera escaramuza en la que las tribus vasconas, apoyadas por musulmanes, atacaron la retaguardia del ejército carolingio comandada por Roldán. Tras el análisis en profundidad de seis textos principales en latín que describen el suceso, ha llegado a la conclusión de que la contienda fue una batalla campal y decisiva (certamen), liderada por tropas vasconas (sin intervención de ningún sacarraceno) que aprovecharon en su favor la dificultad de paso del terreno y el cansancio del enemigo. Ésta se produjo durante varios días a lo largo de los 33 km que separan Zubiri de Luzaide, ya que en una calzada de unos 4-5 metros de ancho era inviable hacer pasar en formación a un ejército de algo menos de dos legiones que estaba huyendo con lo que habían saqueado en el asedio de Pamplona. La mayoría de las fuentes consultadas coinciden en que el enfrentamiento final tuvo lugar en la zona de Ibañeta, entre el llano de Errozabal y Luzaide, muy probablemente en el puerto de Zize. Recientemente se han descubierto unos miliarios y restos de una vía romana en el entorno de Ibañeta, lo cual representa un indicio muy relevante que apoya la existencia del paso de Zize.

Otro de los puntos a destacar de la investigación de Irujo es que sostiene una posible alianza entre Otsoa Lupus II, Duque de Aquitania, y un cabecilla vascón llamado Eneko, cuñado de Ximen el Fuerte y seguramente gobernante de Pamplona y su comarca. Fuentes árabes, además, mencionan que Eneko falleció en el año 820. Su hijo fue Eneko Aritza (más conocido como Iñigo Arista), primer rey de Pamplona.

El hecho de que las primeras crónicas sobre la Batalla de Roncesvalles se escribieran tras la muerte de Carlomagno nos lleva a pensar que se trató de una vergonzosa derrota en la que el rey franco dejó tirado a su propio ejército, hecho que debía ser ocultado a toda costa. Así pues, la “Chanson de Roland” (escrita en el S.IX) no fue otra cosa que una maniobra de manipulación política, adornada poéticamente, para limpiar el nombre de Carlomagno y otorgar un final épico a los caídos en batalla. Un engaño que ha durado siglos y que ha beneficiado a mucha gente, mientras que los verdaderos héroes y sus descendientes han quedado en la sombra.

Si os interesa saber más sobre el estudio que se ha hecho sobre este acontecimiento, os animo a leer “778: La batalla de Errozabal en su contexto histórico” de Xabier Irujo, publicado en la editorial vasca Ekin: http://editorialvascaekin-ekinargitaletxea.blogspot.com/ Asimismo, Juan Mari Txoperena participó en la filmación de un documental sobre la contienda llamado: “778: La Chanson de Roland” (Canal Historia). No obstante, se habilitará un espacio expositivo específico en la Casa de la Monjas de Luzaide para mostrar a los visitantes un resumen de este hecho histórico, incorporando los nuevos descubrimientos que se han realizado en torno a él.

El sábado 23 de junio realizamos una ruta guiada por Fermín Leizaola para conocer los hórreos (“garaiak”) del Valle de Aezkoa (Merindad de Sangüesa). Este lugar es uno de los más bellos de la Navarra Pirenaica y conserva 15 de los 22 hórreos de la Comunidad Foral. Nosotros visitamos 14 de esos 15 hórreos, ya que el último se encuentra en mal estado de preservación. Empezamos el trayecto en la localidad de Garralda, hogar de nuestra compañera Kontxesi y de José Etxegoien (historiador). José Etxegoien tuvo la amabilidad de invitarnos a pasar a su casa y nos mostró, entre otras cosas, una gran fotografía del gran incendio que asoló casi todo el municipio en 1898. Igualmente nos enseñó otras fotografías y objetos que forman parte de la historia de su familia y el valle.

Posteriormente, Fermín nos explicó las características particulares que distinguen a los hórreos aezkoanos frente al hórreo de Masamiguel y nos habló de las políticas de conservación que se habían llevado a cabo a lo largo de los años, no carentes de complicaciones. Seguidamente, nos trasladamos a Aribe. Allí se encuentra el hórreo de Domench, que ha sufrido varias modificaciones que lo han convertido en una casa de dos plantas, aunque aún se puede apreciar parte de la estructura original con sus “tornarratos”. Después acudimos a Aria a visitar 3 de los 4 hórreos que aún perviven. Allí realizamos una parada para almorzar junto a la iglesia y tuvimos oportunidad de visitar el camposanto, en el cual había algunas tumbas en forma de estelas discoideas.

A continuación, viajamos a Orbaizeta, conocida por su fábrica de armas, a ver tres hórreos más. El que más me gustó fue el de Primorena, que se encuentra situado entre dos calles y separado de la casa. La curiosidad de esta construcción es que la manilla de la puerta tiene forma de salamandra y conserva un “eguzkilore” en sustitución de la enramada de laurel y espino blanco que se solía colocar en el dintel para proteger el grano de las tormentas. Seguidamente, retrocedimos hasta Orbara para conocer el hórreo de Jabat, que conserva seis de los ocho “tornarratos” originales.

Proseguimos nuestro camino y llegamos a Garaoia, donde el propietario del hórreo de Maisterra nos invitó a entrar en el interior del edificio para ver los contenedores donde se guardaba el grano. Algunas aprovechamos la ocasión para ir a la iglesia y visitar el camposanto, que también contiene algunas estelas discoidales. Finalmente, arribamos a Hiriberri, último punto de la ruta, donde contemplamos cuatro hórreos más. El más interesante, para mi gusto, es el que se encuentra cerca de la iglesia.

Para aquellos/as que estéis interesados/as en conocer más sobre esta temática, recomiendo la lectura del artículo “Contribución al estudio del hórreo en la Navarra Pirenaica” de Fermín Leizaola, junto a dos artículos más de José Etxegoien: “Hórreos de Navarra” y “El hórreo en Euskalherria”. Igualmente, podéis ver un vídeo de los hórreos de Aezkoa en el siguiente enlace: https://youtu.be/ArzRz9EK7To

La tarde del sábado, tras una copiosa comida con una larga sobremesa en Burguete/Auritz, nos fuimos a festejar el Solsticio de Verano a Donibane Garazi (Saint-Jean-de-Pied-de-Port), aunque una servidora se retiró antes para recoger discretamente las plantas mágicas que se recolectan en esta fecha señalada.

La mañana de San Juan nos permitieron entrar a la iglesia de Luzaide antes de que comenzase la misa e iniciásemos nuestra siguiente excursión a la borda y dolmen de Epersaro, atravesando el Infernuko Erreka (Regata del Infierno), guiados por Juan Mari Martínez Txoperena y su esposa. Juan Mari, a pesar de trabajar como restaurador profesional, ha sido un gran colaborador del Departamento de Arqueología de Aranzadi durante más de 30 años. Su gran afición siempre ha sido el megalitismo y es una de las personas que mejor conoce el dolmen Epersaro y el cercano túmulo de Zubibeltzeko (Barrio del Bixkar) así como sus alrededores, ya que fue él quien los descubrió en 2014 junto a Rafa Zubiria. Aprovecho para animaros a leer su blog si sois entusiastas de esta materia: http://megalitos.txoperena.es/

El camino para llegar al dolmen comienza en el kilómetro 53 de la carretera N-115. El sendero discurre a través de un frondoso hayedo. Luego hay que sortear un salto de agua que, si ha llovido bastante, puede estar muy empantanado y dificultar el paso. El camino acaba en una pequeña borda de piedra abandonada que se encuentra junto a un roble alcanzado por el rayo. A partir de ahí hay que andar unos 200-300 metros hasta el dolmen, atravesando zarzas, helechales y algunas matas de digital o dedalera (ojo con ella, no la cojáis alegremente sin tener conocimientos de etnobotánica). No es recomendable que hagáis este camino a finales de otoño o en invierno por la inclinación del terreno y la cantidad de vegetación que se forma. Todo aquel que quiera hacer esta ruta debe ir convenientemente equipado (no ir con “playeras”, ni con pantalón corto ni zapatillas de deporte que no agarren bien el pie y tengan una buena suela). Y, por supuesto, recordad que un dolmen es un monumento funerario con gran valor patrimonial y un carácter sagrado. Se ruega encarecidamente no fumar en el lugar ni arrojar basura, además de tener una actitud respetuosa hacia el monumento y el territorio que lo rodea. Los Gentilak, el Basajaun y el resto de las criaturas que habitan la zona os lo agradecerán. A continuación, os dejo el enlace a un vídeo donde podréis contemplar la belleza de este yacimiento prehistórico: https://youtu.be/hF_9Qk3geQg

Aunque no estaba previsto, Juan Mari nos condujo al puerto de Ibañeta para contemplar el valle desde otro punto de vista y hacer una pequeña explicación sobre las excavaciones de la vía romana. Si queréis aproximaros a las investigaciones que se llevan desarrollando en torno a la calzada del Pirineo desde el 2008, Aranzadi publicó a finales del 2017 un libro titulado “Jornadas sobre las calzadas romanas en la Antigüedad”. Asimismo, se ha editado una separata denominada “La vía de Hispania a Aquitania en el paso del Pirineo por Ibañeta. Resultado de la investigación sobre la calzada romana desde Campo Real – Fillera a Donezaharre”.

El lunes 25 de junio por la mañana reanudamos los trabajos de campo. Un grupo fue a recoger más piezas a otros caseríos mientras los demás nos quedábamos limpiando y restaurando objetos en el local de Argiola. Hicimos un descanso a mediodía y una vecina se acercó a ofrecernos algunas piezas que ella consideró que podían ser interesantes para la catalogación y exposición. Parece que se estaba corriendo la voz entre la comunidad sobre las labores que se estaban realizando y se fueron sumando, inesperadamente, nuevas piezas a la colección, lo cual era una tremenda alegría. Por la tarde, todos/as dedicamos un rato a tareas de tratamiento de piezas. En el descanso, antes de la ponencia, unos se fueron a refrescar al río y otros a comprar a la carnicería Arrosagaray (parada obligada para todo visitante de Luzaide).

A las 19h José Etxegoien nos ofreció un interesante y didáctico recorrido por la historia de Luzaide desde que se menciona el lugar por primera vez en un documento del Archivo de la Colegiata de Roncesvalles en 1234 hasta la actualidad. Desde el primer momento, Valcarlos destacó por las ventas existentes para albergar a los peregrinos que realizan el Camino de Santiago, así como por el pastoreo de la ganadería y la caza. Posteriormente, se instalaron 4 o 5 herrerías, entre las que destacaron las de la Reclusa o la de Navarrola. En el S.XIII se construyó una torre defensiva en Luzaide, que se perdió hacia el 1479. Posteriormente, Fernando el Católico, en su campaña de conquista del Reino de Navarra, construyó un castillo en el Camino Alto.

Valcarlos, como zona transfronteriza sufrió el impacto de diversas tensiones políticas y socio-económicas. Primero, entre 1400 y 1615, aguantó las escaladas de poder por el control de los pastos entre el Vizconde de Erro y el Vizconde de Echauz apoyado por la nobleza de Baigorri. Después estalló la guerra entre Francia y España en 1635. Más tarde, aconteció la Guerra de Convención el 1793, proseguida de una terrible epidemia el 1794 y un incendio en 1795 que arrasó con casi toda la población de Luzaide. En 1808 estalló la Guerra de la Independencia y los ejércitos de Napoleón se nutrieron del pillaje en Valcarlos, Aezkoa y Salazar. En 1822, se inició la Primera Guerra Carlista y, en 1834, Zumalacárregui conquistó la fábrica de armas de Orbaizeta. Por tanto, la zona se convirtió en campo de batalla para ambos bandos. En 1849 empezó la Segunda Guerra Carlista, sufriendo este territorio una suerte similar a la de la primera. Teniendo en cuenta estos factores, es lógico que el contrabando se convirtiera en una actividad principal para la supervivencia de los vecinos.

A principios de 1900, pareció levantar cabeza gracias a la instalación de la fábrica de ocre y la central eléctrica. No obstante, en 1920 desapareció la minería como recurso económico. En su momento, hubo un hotel, un balneario y un cine, pero estas propuestas del sector servicios acabaron fracasando. Entre los años 20 a los 60 empezó a despoblarse la zona, perdiendo su estructura comunitaria. Actualmente, el Alto Pirineo Navarro es el territorio con menor población de toda la Comunidad Foral. De ahí que sea tan importante promover iniciativas que reactiven la economía y el crecimiento poblacional ya que, de otro modo, recursos como la escuela rural local desaparecerán. En este sentido, José Etxegoien transmitió un mensaje reivindicativo para concienciar de la gravedad del problema y animar a la cooperación comunitaria entre las instituciones y los/as vecinos/as de los diversos valles.

El martes 26 de junio fue un día de intenso trabajo que mereció mucho la pena. Al igual que el día anterior, por la mañana nos repartimos en dos grupos: unos se quedaron realizando tareas de restauración y los demás fuimos a recoger piezas a otro de los barrios del pueblo. En esta ocasión tuvimos la oportunidad de incorporar a la colección interesantes piezas de un taller de “eskalapinek” (zuecos de madera) que documentó el investigador Juan Garmendia Larrañaga en los años 70. La fabricación de este tipo de calzado es un oficio artesanal tradicional que está prácticamente desaparecido y poder preservar estos objetos es de una relevancia absoluta.

Antes de comer, hicimos una parada para ver por dentro la Casa de las Monjas y estuvimos haciendo una lluvia de ideas a fin de recoger propuestas de cara a organizar los distintos espacios de la exposición. En la primera parte de la tarde, todos/as trabajamos con ahínco en labores de tratamiento de piezas. Nuestros avances se iban haciendo cada vez más manifiestos y eso alimentaba la implicación del grupo.

En la segunda parte de la tarde asistimos a una conferencia sobre el reconocimiento de los Inauteriak (Carnavales) y sus danzas como bien de interés cultural por su valor patrimonial inmaterial, impartida por Mikel Ozkoidi y Karlos Irujo. Entre estas manifestaciones singulares del folklore popular del Alto Pirineo Navarro podemos incluir los carnavales de Ituren y Zubieta (Valle del Baztán), los carnavales de Lantz (Valle de Anue), pero también los Bolantzak (Volantes) de Valcarlos. Dado que abordé ampliamente este tema en otro artículo (febrero de 2018), os remito a la publicación en papel de estos autores que podéis encontrar en Elkar por si queréis profundizar en él: https://www.todostuslibros.com/autor/ozkoidi-perez-mikel-irujo-asurmendi-karlos

El miércoles 27 de junio se realizó una nueva recogida de objetos, entre ellos una de las piezas estrella que se exhibirán como parte del mobiliario de la cocina tradicional pirenaica en la Casa de las Monjas. No quiero dar más detalles para no quitarle emoción al asunto… Asimismo, se continuaron las labores de restauración. Ese día no se programó ninguna conferencia, pero el grupo pudo degustar “gâteau basque” traído de Donibane Garazi como parte de la celebración de cumpleaños de una servidora.

Debido a compromisos familiares ineludibles, tuve que ausentarme del curso antes de su cierre el viernes 29 de junio. Mis compañeras/os dedicaron los últimos dos días a finalizar los trabajos de reparación de las piezas y avanzar en la digitalización de las fichas. El total se consiguieron reunir y documentar 370 piezas relacionadas con la cocina tradicional, los trabajos agrícolas, los oficios antiguos y las creencias mágico-religiosas de Luzaide. Nada de esto hubiera sido posible sin la estrecha colaboración vecinal y el gran apoyo recibido de los representantes del Ayuntamiento de la localidad.

La charla del jueves 28 de junio versó sobre la Etxea o casa tradicional y fue conducida por el profesor y escritor Juan Carlos Etxegoien (alias Xamar, haciendo honor a la casa Xamarrena de Garralda). El contenido de esta exposición podéis encontrarlo en su libro “Etxea- ondarea, historia, mintzoa”, publicado en 2016 por la editorial Pamiela y disponible en Elkar: https://www.elkar.eus/es/liburu_fitxa/etxea-ondarea-historia-mintzoa/xamar/9788476819678 Para los no vascohablantes, comentar que se está trabajando en un traducción del texto en castellano para hacerlo accesible a un público más amplio.

Por último, la ponencia del viernes 29 de junio, impartida por la filóloga y miembro de Ikerfolk Ane Albisu, giró en torno a la vestimenta festiva tradicional y su historia a lo largo de 100 años. La conferenciante ilustró parte de su discurso con varios trajes tradicionales e indumentaria de carnaval que se encontraban ya expuestos en la sede del Ayuntamiento de Luzaide, a los cuales se sumaron una “manteleta” de mujer y una “kapa” funeraria de hombre que los vecinos cedieron. En 2008, Ane publicó los resultados de un exhaustivo estudio realizado sobre la vestimenta tradicional vasca y su historia cuyo título es: “Atondu. XXI. Menderako proposamenta (Ondarea)”. Su libro puede adquirirse a través de Amazon: https://www.amazon.es/Atondu-XXl-Menderako-proposamena-Ondarea/dp/8497833457 Aquellos que no sepáis euskera, podéis leer un resumen en el siguiente artículo de Euskonews: http://www.euskonews.com/0359zbk/gaia35901es.HTML

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El cierre del curso no podía ser otro que una buena cena en la sede de la sociedad gastronómica de Luzaide, orquestada por el concejal Michel Granada, a quien hay que premiar su disposición para asegurar el disfrute de una agradable velada.

Para poner el broche final a esta crónica de mis vivencias valcarlinas, quisiera agradecerle al universo y a los espíritus del territorio que se diera la feliz sincronicidad de enterarme tres semanas antes del inicio del curso que una parte de nuestro linaje vivió durante algún tiempo en Luzaide. Gracias a mi prima María Artal, a que renuncié voluntariamente a la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo y a la valentía de tirarme a la piscina sin la seguridad de que me admitirían en el curso, tuve una de las mejores experiencias de mi vida. También quiero agradecer a Suberri Matelo, coordinador del curso, que me diera la oportunidad de participar y aprender junto a un grupo maravilloso de personas a las que guardo con cariño en mi corazón. Igualmente, deseo hacer una mención especial a mis compañeras/os de viaje: Leire, Iratxe, Aran, Jokin, Kontxesi, Kristina, Klara, Zuriñe, Nuria y Eduardo. Mil gracias por los buenos momentos que hemos pasado juntos y por todo lo que hemos compartido. Espero que nos volvamos a encontrar pronto.

Fotografías

La mayor parte de las fotografías fueron tomadas por la autora del blog

Las fotografías nº 4, 6 y 12 han sido extraídas de la noticia publicada sobre el curso en la web de Aranzadi: http://www.aranzadi.eus/etnografia/antropologia-cultural-en-luzaide

Las ilustraciones del puente internacional del Barrio de Pekotxeta y de los Bolantak son parte de una publicación de José Mª Satrústegui sobre el grupo doméstico de Valcarlos: http://www.vianayborgia.es/bibliotecaPDFs/CUET-0002-0000-0115-0213.PDF

 

 

Inauteriak, Aratusteak, Basaratusteak

El Carnaval es una festividad con un origen pagano remoto. La palabra carnaval proviene del latín “carrus navalis” (carro naval). Esta idea surge de los rituales babilonios y egipcios en los cuales se transportaba al dios Marduk y a la diosa Isis, respectivamente, sobre naves engalanadas.

Los primeros testimonios conocidos sobre esta celebración datan del 5000 a.C. Al inicio de la primavera, se celebraba en Babilonia una festival en honor a Marduk que consistía en la deposición temporal del poder por parte de las autoridades y en la ridiculización de la justicia. Durante el primer día, un sacerdote retiraba del rey todos los emblemas que señalaban su poder y lo exponía a agresiones físicas. Además, a los sirvientes se les permitía dar órdenes a sus amos. Otra de las tradiciones consistía en soltar a un prisionero, vestirlo con prendas de rey y proveerlo de manjares y mujeres. Al 5º día, el “falso rey” era depuesto y condenado. De esta manera el pueblo quedaba liberado del caos y la malicia.

Posteriormente, el judaísmo, convirtió esta antigua festividad babilónica en la fiesta de Purim, en la cual se celebra la salvación del pueblo de Israel gracias a que Ester suplicó su perdón al rey persa Mardoqueo (a quien algunos historiadores identifican como Jerjes I). Durante Purim los judíos tienen la costumbre de disfrazarse, usar máscaras, tocar música, bailar, cantar, comer y beber en abundancia, así como recitar coplillas burlescas y organizar representaciones teatrales.

En Egipto, al inicio de la primavera existía un festival en honor a Isis en el cual se transportaba la imagen de la diosa sobre una barca adornada con guirnaldas y flores hasta la costa para bendecir el inicio de la temporada de navegación.  Luego el culto a Isis se extendió entre los mercaderes griegos. Cuando Egipto se convirtió en parte del Imperio Romano, Isis fue asimilada a otras diosas relacionadas con la fertilidad.

Antes de la llegada de los cultos isiacos, los griegos celebraban un festival en honor a Dionisos. Según el mito helénico, Dionisos llegó desde Oriente en un navío sin tripulación. De ahí que fuera costumbre transportar la figura del dios en un carro adornado a través de las calles y los campos. Dicho carro era acompañado de una multitud de fieles disfrazados y con máscaras que ocultaban su identidad pública, los cuales entonaban himnos bajo los efectos de la embriaguez.

Dionisos, fue posteriormente asimilado al Baco romano. Sus festividades fueron introducidas en Roma hacia el 200 a.C. Inicialmente, tanto los misterios dionisíacos como las Bacanales eran ceremonias secretas en las que participaban únicamente mujeres, conducidas por sacerdotisas. Su origen se remonta a un culto anterior a Pan/ Fauno. Poco a poco, la participación se fue extendiendo entre los hombres y se aceptó también la presencia de esclavos.

Tanto los ritos dionisíacos como las bacanales poseían un componente caótico, extático y sexual destacado. Las fieles, conocidas como “ménades”, se vestían con pieles y se adornaban con laurel. Los devotos, denominados “sátiros”, se ponían cuernos en la cabeza y a menudo se cubrían con hojas. Utilizaban vino, sustancias enteógenas y el frenesí de la danza para eliminar las inhibiciones y provocar estados alterados de conciencia. El propósito final de estos ritos no era entregarse simplemente a la lujuria, sino que tenía un sentido místico. Dionisos/Baco era una deidad cnótica, relacionada con la tierra y el inframundo, que permitía contactar con la auténtica naturaleza del espíritu para provocar cambios en el individuo. Debido al carácter mistérico de estos cultos, hay muchos aspectos que actualmente desconocemos. Su conversión en una festividad popular hizo que se conservaran ciertos elementos folclóricos, pero desconectados de su significado religioso profundo.

Por otra parte, el carnaval se asocia a las Lupercales romanas. Su denominación proviene de la combinación de los términos “lupus” (lobo) e “hircus” (macho cabrío), animales que eran sacrificados en la cueva Lupercal, lugar donde había vivido la loba que amamantó a Rómulo y Remo. Los Lupercos, cofradía salvaje vinculada a la figura mítica del lobo, que luego pasó a formar parte del sacerdocio regular romano, cortaban tiras de las cabras sacrificadas y corrían cubiertos de pieles y una máscara, azotando a las mujeres para propiciar su fertilidad. De esta forma recreaban el pasaje de la leyenda del rapto de las Sabinas.

Los germanos, los escandinavos, los celtas, los celtíberos y otros pueblos europeos tenían sus propios cultos a la naturaleza salvaje, llevados a cabo por cofradías de cazadores y guerreros (“harii”,”berserker”,”ulfhednar”,”fianna”,”seguidores de Vaélico”…) que realizaban rituales extáticos bajo los efectos de plantas como la amanita muscaria, el cornezuelo, la belladona o el beleño negro. En ellos la figura del lobo (junto con la del oso) poseía igualmente un carácter sagrado como símbolo de muerte cósmica y reintegración cíclica.

En los carnavales rurales vasco-navarros y pirenaicos hallamos reminiscencias de estas mismas celebraciones que reconectaban con lo salvaje y buscaban el retorno al caos o desgobierno primitivo, aboliendo la organización impuesta por la civilización.

En euskera, el término para designar estas festividades es “Inauteriak”, “Iñauteriak” o “Inauteak”. Según José Dueso, podría provenir bien del vocablo “iñau”, que significa “burlesco” y el sufijo “te” que se emplea para indicar “temporada”. Baroja sugiere otra posible etimología derivada de “iñaute”, añadiendo el sufijo “eri” que se traduciría como “enfermo” pero también como “malo” o “vicioso”. Teniendo en cuenta que uno de los propósitos del carnaval es encarnar lo que es considerado malicioso o perjudicial para liberarse de ello, esta interpretación tendría su sentido. De todos modos, existe la palabra “iñote” o “iyote” para designar al carnaval propiamente dicho. Por último, investigadores como Caro Baroja se focalizan más en la relación del carnaval con la carne, tomando como referencia el sentido más moderno que adquirió en Europa a finales del S.XV por influencia del cristianismo con su prohibición de comer carne durante la Cuaresma y abstenerse de mantener relaciones sexuales.

A mi juicio, esta asociación podría provenir de tiempos arcaicos, ya que “carnero” en vasco se dice “ahari” y la “carne” se denomina “haragi”, pudiendo ser el sufijo “eri” una derivación fonética. Adicionalmente, el mes de febrero, que es cuando se celebran la mayoría de los carnavales, recibe no solo la denominación de “otsaila” (mes de los lobos), sino también “zezeila” (mes de los toros), animales totémicos autóctonos que tienen su representación en estas celebraciones y que podríamos relacionar con cultos mediterráneos (minoicos, griegos, romanos). Tampoco podemos olvidar que tanto el lobo como el oso, después de una temporada de carestía durante el invierno, necesitan consumir más cantidad de comida para reponer fuerzas. Igualmente, durante inviernos muy duros, el sacrificio de animales que inicialmente estaban destinados a la criar, podría convertirse en una necesidad.

Otro aspecto que es necesario puntualizar es que los carnavales no son un momento aislado dentro del calendario tradicional vasco y otros calendarios europeos, sino que forman parte del ciclo de festividades invernales. En origen, este periodo de algarabía, descontrol y destrucción del viejo orden (tanto divino como social), comenzaba con el inicio de la época oscura del año: la fiesta en honor a los difuntos. En muchos lugares de la geografía vasco-navarra y pirenaica, los carnavales comienzan tras la Navidad y finalizan en Cuaresma, como es el caso de Andoain y otras localidades guipuzcoanas. No obstante, en la mayor parte del País Vasco Francés (especialmente en Zuberoa), empiezan en Año Nuevo y acaban el Martes de Carnaval. En lugares del norte de Navarra como Agoitz o Donamaria empiezan la víspera de Epifanía. En el resto del norte de Navarra, tienen lugar tres semanas antes del Miércoles de Ceniza. En Ituren, Zubieta y Aurtitz, se festejan después de San Antón, durante el último lunes y martes de enero. En otros pueblos navarros, el primer jueves (Izekunde) se dedica a los compadres, el segundo jueves (Emakunde) a las comadres y el último jueves (Jueves Gordo) a los mozos (Gizakunde). En cambio, en Oiartzun (Guipúzcoa), otras localidades alavesas y vizcaínas, los carnavales se inauguran después de la Candelaria.

Como se ha explicado en varios artículos relacionados con la época oscura del año (Negu, en euskera), la Caza Salvaje es un mito muy antiguo, ampliamente extendido por Europa. Entre sus integrantes encontramos monstruos con rasgos animales como los Krampus o las Pertchen, brujos/as como la Befana o Black Annis, representaciones de espíritus feéricos (doncellas de Santa Lucía) y difuntos, además de otros personajes que la lideran (normalmente, deidades o númenes como Odín, Holda, Cailleach, Cernunnos, Diana, Herodías, Mari o Akerbeltz). En las distintas versiones de relatos de esta temática, se narra que toparse con estas huestes o cortejos, implicaba unirse a ellos, al menos en espíritu (aunque en muchos casos suponía la muerte del cuerpo físico). Durante la época solsticial se pone especialmente de manifiesto que, en la mentalidad popular, se conserva la idea de que estas criaturas castigan o premian a los mortales, en función de su comportamiento y la consideración de dejar alguna ofrenda u obsequio para honrarlos o aplacarlos. De ahí que haya tradiciones en torno a entrega de alimentos u otros presentes. Como veremos a continuación, esto no es exclusivo de dichas fechas, sino que los escarmientos, sacrificios y tributos también forman parte de los carnavales.

Otro punto que es preciso señalar es que los carnavales representan una expresión viva de la antigua concepción que se tenía del alma (subdividida en partes) y la interrelación entre el mundo terrenal y otras dimensiones ocultas, entre lo natural y lo mágico. Claude Lecouteux, además de subrayar que en la antigüedad no existía una distinción clara entre sueño y realidad (inconsciente y consciente), pone de relieve la creencia pagana de que cualquier individuo está compuesto por un cuerpo físico, la fuerza vital que procede de la energía cósmica y anima el cuerpo, el doble físico que puede afectar a la materia (que, según distintas tradiciones chamánicas, deja su esencia en los huesos) y el doble espiritual o acompañante. Este doble espiritual o genio tutelar es el que puede cambiar de forma y a menudo adopta la apariencia de animal, aunque puede presentarse con forma humanoide, con el aspecto de un antepasado difunto o bajo la apariencia de una entidad feérica. A continuación, se mostrarán ejemplos de esta relación en los disfraces de los Inauteriak e incluso podremos atisbar un cierto regusto a rituales chamánicos de la Prehistoria y cultos mistéricos de la Edad Antigua.

Uno de los carnavales más potentes en cuanto a elementos simbólicos es el que se celebra entre Ituren y Zubieta (Navarra). Los personajes principales son los Joaldunak (también conocidos como Zanpazarrak) y el Hartza (oso). Los Joaldunak son hombres (nunca mujeres) vestidos con una larga camisa, enaguas blancas, pantalones azules, faja (“gerriko”) y un chaleco de piel de oveja, un pañuelo rojo, un largo capirote cubierto de cintas y coronado con plumas de gallo (“ttuntturroak”) y abarcas. En la espalda cargan dos enormes y sonoros cencerros (“polunpak”) junto a dos cencerros pequeños sin badajo (“joareak”), en la mano portan una especie de látigo o hisopo (“hisopua”) hecho de crines de caballo con un mango de madera cubierto de piel y algunos llevan colgado un cuerno (de llamada). Estos mozos ataviados con partes animales se colocan en dos filas y hacen sonar rítmicamente los cencerros para despertar a la tierra dormida y sacar al oso de su letargo, además de alejar las enfermedades y todo tipo de mal. La manera en que agitan los hisopos tampoco es trivial, ya que con las crines de caballo parecen acariciar el suelo y con ese gesto estarían fertilizando la tierra, lo cual recuerda mucho a un ritual realizado en Escandinavia durante el Dísting (o Dísarblot), festividad se honraba a Jörd (la Madre Tierra) y a las Landvættir (espíritus feéricos de la naturaleza).

En la Saga de los Volsungos se relata que unos campesinos llevaron a cabo una ceremonia de fertilidad en la que usaban el pene de un caballo y recitaban un conjuro con el objetivo de conseguir prosperidad. En la cultura nórdica el caballo era un animal sagrado relacionado con el dios Frey. En Euskal Herria, el caballo se relaciona con los Ireluak, espíritus con forma de “pottoka” (caballo) que hacen de mensajeros entre el mundo invisible y el de los humanos (ver artículo sobre los “oihulariak”). Igualmente, tienen una clara relación con la fertilidad. Así pues, el hisopo de los Joaldunak bien podría ser una representación de su miembro viril. Otro personaje que también barre el suelo con crines de caballo mientras hace sonar los cencerros es “Txerrero” de Zuberoa. Adicionalmente, en esta misma región también destaca la figura de Zamalzain, un ser mitad hombre y mitad caballo que es herrado durante la representación. Esta misma costumbre de herrar la figura de un hombre-caballo la encontramos en el personaje de “Zaldiko” del carnaval de Lantz. En el Sobrarbe (Aragón) también existe el “Caballé”.

Por su parte, el Hartza (oso) es un animal que tiene un fuerte arraigo en territorio euskaldun y a lo largo de los Pirineos. Junto al lobo, es uno de los seres con mayor presencia atávica en estos lugares y es considerado una imagen de fuerza, resistencia, defensa del territorio y fecundidad. Se cree que el oso pudo ser uno de los tótems principales de los cazadores prehistóricos y las tribus autóctonas de la zona, pues encontramos representaciones muy antiguas en el arte rupestre de Euskadi (cueva de Santimamiñe en Kortezubi, cueva de Ekain en Deba, cueva de Laperra en Karrantza). La figura del oso también pervive en la leyenda de Juan el Oso, una narración que presenta la redención de un salvaje. En unas versiones se dice de este personaje que era hijo de un oso, mientras que en otras se cuenta que era descendiente de un hombre y una mujer de fuerte constitución y cuya potente voz asustó a un adivino que pasaba por una cueva. En todos los casos se le ilustra como un gigante u hombretón peludo al estilo del Basajaun o Señor del Bosque. No sería descabellado pensar que este númen no sólo se apareciese en forma humanoide, sino también como animal, aunque lo más probable es que se trate de una representación de humanos que conservaban ese nexo con la naturaleza salvaje.

El Hartza está presente no sólo en Ituren, Zubieta y Aurtitz, sino también en Arizkun, Andoin, Zalduondo, Abanto, Markina, Sarriguren, Arles sur Tech, Saint Laurent de Cerdans, Prats-de-Mollo y Bielsa (Pirineos Aragonés). En todos los casos, el oso va acompañado de un “Domador” con disfraz de pastor o carbonero que lo lleva atado con una cadena con el fin de evitar que ataque a las mujeres o las personas que no van disfrazadas. En los Pirineos Orientales, al principio está suelto y acosa a las jóvenes pastoras. Luego es perseguido por los vecinos hasta que es capturado y llevado a la plaza, donde se le afeita y se le insta a volver a su forma humana (viéndose en este caso un claro ejemplo de la escenificación de un cambio de forma). En Ituren y Aurtitz, la particularidad del Hartza es que lleva un par de bolsas de cuero con forma de testículos y cuernos de cabra. Además, a pesar de estar atado, lidera la procesión de los Joaldunak.

Algunos interpretan que estos cuernos son una manera de representar el poder de Akerbeltz como entidad relacionada con la naturaleza salvaje, aunque en muchos lugares se le tiene por protector de los animales en general, tanto domésticos como criados en libertad. El culto al macho cabrío también es bastante antiguo, probablemente casi tanto como el del oso. En la cueva de Ekain que se ha mencionado anteriormente, encontramos igualmente imágenes de este tipo de animales. Además, en Aquitania se descubrieron unas inscripciones de época romana (s.III d.C.) en las que está tallado el nombre de Aherbeltse”, una deidad que adoraban las tribus locales antes de la llegada de los romanos y que ya tenía la atribución de protector de los animales.

En el cortejo que sigue a los Joaldunak y el Hartza encontramos otras figuras denominadas “Mozorroak”. El término “mozorro” en euskera significa “careta o disfraz” y está relacionada con el vocablo “zomorro” (bicho, coco). Los “mozorroak” se cubren la cara con un trozo sábana vieja, con tela de saco, con una máscara de animal (lobo, zorro, gato…) o con una careta de diablillo, visten pieles de oveja y un taparrabos. Normalmente llevan carretas con troncos de árboles, hojas y representaciones de hombres-árbol que son tiradas por burros o portan ramas de árboles con las que azotan a las mozas. A veces también arrastran pellejos de jabalí o zorro y montan cabezas de caballo unidas a un palo. Su función es atemorizar a los vecinos y crear el caos en la plaza. En ocasiones organizan peleas de machos cabríos.

Tanto el lobo, el zorro, el jabalí y el gato son animales en los que Mari, las Lamias y los/as brujos/as se transforman. El zorro por su color rojizo y su astucia también ha sido relacionado popularmente con el Diablo. Por su parte, el jabalí (“basurde”) y su primo el cerdo son animales que el cristianismo consideró impuros y maléficos, sometiéndolos y vinculándolos a San Antón con el fin de que se convirtieran en un símbolo de su victoria sobre judíos, musulmanes y paganos. En cambio, en las creencias precristianas el jabalí era considerado un animal totémico vinculado a la fuerza, el coraje y la prosperidad.

En algunos pueblos de Vizcaya (Gatika, Arrankudiaga, Ugao, Arrigorriaga, Zaratamo, Arakaldo, Orozko, Zamudio, Derio, Otxandio…) aún se conserva una antigua costumbre ligada a estas fechas llamada “Basaratuste”, “Basaratiste” o “Basaoste” (también conocida como “Kanporamartxo” o “Sasimartxo). En origen, se trataría de un “carnaval en el bosque” (aún se conserva la palabra “aratuste” o “aratixte” para designar al carnaval en el occidente vasco) como espacio sagrado al que se entregaría una ofrenda de comida y bebida. Actualmente, se organiza una comida campestre bastante más profana donde se asan trozos de cerdo ensartados en un pincho (“txitxi-burruntzi”) y se bebe vino tinto o sidra. Por su parte, en la zona del Goierri (Guipúzcoa), el jueves anterior a la última semana de carnaval los mozos iban por los caseríos cantando versos en los que se advertía de la venida del lobo y recogían chorizo, jamón u otras piezas de carne como tributo para el lobo (“Otsabilko”). Este rito tendría un carácter propiciatorio para evitar que este animal se comiera al ganado.

Otras figuras carnavalescas que debemos señalar son los “Momotxorroak” de Alsasua, criaturas que son mitad hombre y mitad toro. Visten pantalón azul, una camisa manchada de sangre, pieles de oveja y llevan una máscara con cuernos de toro, trozos de metal y crines de caballo en el pelo. En su espalda cuelgan cencerros. En la mano portan un sarde que usan para atemorizar y agredir a quien encuentran a su paso. El martes de carnaval, los momotxorroak salen gritando y embistiendo a los vecinos. Luego realizan una danza alrededor del fuego, llamada “Momotxorroen dantza”. En un punto de su recorrido, se les une un ser mitad hombre y mitad macho cabrío subido en un carro , quien enseña lascivamente sus atributos a la compañía de sorginak o brujas que le siguen, las cuales también aúllan y ríen lujuriosamente. El cortejo se une al desenfreno de los momotxorroak y celebran un “akelarre”, al que se unen los “Akerrak” (seguidores de Aker que van vestidos con cuernos de cabra y que también podemos encontrar en los carnavales de Sarriguren).

Según J.M. Barandiarán, el toro en la mitología vasca es el aspecto habitual que adopta un númen llamado “Zezengorri”, aunque recibe otras denominaciones en función de la zona: Txekorgorri, Txahalgorri, Ahatxegorri, Ahatxe… Se trata de un espíritu subterráneo con forma de toro rojizo que escupe fuego por la boca y las fosas nasales, abrasando así a sus enemigos y a todo aquel que cruza sin permiso una morada sagrada. Se le considera un guardián de cuevas y simas en las que se cuenta que existen tesoros y a veces surge en defensa del lugar con los cuernos y la cola encendidos en llamas. En ocasiones, también se le describe con forma humana, bajando a los pueblos a castigar a una persona que le ha disgustado o injuriado. Su aparición en medio de la noche suele ser considerada un mal presagio. La creencia en esta entidad probablemente surgió de un tipo de bovino salvaje que anteriormente pastaba por las montañas vascas y pirenaicas (“Betizu”) y que se relaciona con la diosa Mari bajo la forma de vaca roja (“Behigorri”). Algunos de los lugares donde este tipo de leyendas tienen más arraigo son: Aralar, Ataun, Etxalar, Orozko, Bermeo, Sara, Camou… En algunas historias posteriores se dice que aparece como un toro de oro, pudiendo haberse fusionado el relato autóctono con el mito del becerro de oro y/o el vellocino de oro. Tampoco podemos olvidar que el toro era un símbolo de la potencia sexual del Júpiter romano.

 

Otro animal que tiene una importante presencia en el folclore vasco y pirenaico es el gallo como elemento purificador y protector. Aún hoy podemos encontrar sus patas clavadas en las puertas y tejados de las casas, en espadañas de algunas iglesias e incluso en los palos de mayo. En las zonas costeras también solía colgarse en el palo mayor de los barcos, especialmente durante las batallas navales. No obstante, en la zona del Baztán se considera un signo de mal agüero que el gallo cante a deshoras, siendo un indicio de muerte, calamidad o de la visita de algún mal espíritu (o brujas). En algunos pueblos, después de esto, se echaba sal en la lumbre, mientras que en otros se solía sacrificar al gallo, como recogieron Barandiarán y Erkoreka. Claude Lecouteux confirmó en sus estudios la existencia de la costumbre de sacrificar un gallo en Euskal Herria, no sólo ese caso, sino cuando se creía que una persona había sido embrujada o cuando se iba a construir un nuevo hogar. En este último supuesto, se le cortaba el cuello, se dejaba la sangre manar enfrente de la casa, se le colgaba del dintel de la puerta principal y se salpican las últimas gotas por el marco. Seguidamente, se asaba al animal, cuya carne servía de primer alimento para la familia recién llegada. Posteriormente, el rito evolucionó y se lanzaba un gallo o gallina negra dentro de la casa antes de entrar a vivir, ya que se decía que sería el primer ser vivo en morir.

Además, en lugares como Sara o Galdakao existía la creencia de que había un espíritu maléfico que adoptaba la forma de gallo, llamado “Gaizkine” o “Gaiskiñe”. Si una persona enfermaba misteriosamente y no se conocía la causa, se solía mirar en la almohada para ver si las plumas formaban la silueta de un gallo, pues la tradición oral cuenta que estos espíritus se meten en las almohadas para provocar pesadillas y malestar. Si aparecía dicho símbolo, se consideraba que la enfermedad era incurable, pero si no se veía dicha figura, se llevaban las plumas a un cruce de caminos y se quemaban para asegurar la sanación del enfermo.

Tanto en las festividades solsticiales como en los carnavales podemos contemplar resquicios de estas manifestaciones populares. En Arrankudiaga se ha conservado una tradición carnavalesca, celebrada durante el Jueves Gordo, conocida como el día del “Eguen Zuri”. En dicha fecha los niños del pueblo salen a cantar coplas mientras golpean las “makilak” (bastones) contra en suelo, con la intención de despertar a la tierra (igual que se hace durante el día de Santa Águeda). Antiguamente, después de hacer la ronda por los distintos barrios para recoger alimentos o algo de dinero, se sacrificaba un gallo apaleándolo con las “makilak” como forma de purificación y de prevenir cualquier tipo de mal. Desde hace 30 años no se comete crueldad contra el animal y se lleva un cuadro o un estandarte con su imagen. El gallo, además de todo lo mencionado anteriormente, es considerado un elemento de renacimiento y está relacionado con la sexualidad por su apetito insaciable. Se creía que cuanto más humillante y dolorosa era la muerte del animal, mejor augurio. Desde la mirada de la moralidad católica, se pensaba que de ese modo se redimían simbólicamente los pecados de la carne, aunque como se ha citado previamente, el sentido original era distinto.

En otros Inauteriak, la manera en que se expulsa el mal es sometiendo a escarnio público y quemando a un muñeco de paja y trapo que sirve como chivo expiatorio de la comunidad. En el carnaval de Zalduondo este monigote se llama “Markitos”, quien suele ser transportado a lomos de un burro que preside un cortejo de osos y cabras (el burro, al igual que el caballo en otros contextos, es el transporte de diversos seres míticos, como el Olentzero en Euskadi o la Befana en Italia). En Lantz tenemos a “Miel Otxin”, un gigante de unos tres metros inspirado en la figura de un afamado bandolero, que va vestido con pantalón azul, camisa de colores, polainas de cuero, una careta y un sombrero estrafalario. Esta figura es perseguida por un grupo de personajes alborotadores con ropas coloridas (antiguamente pieles), la cara cubierta y un gorro cónico, que gritan mientras agitan sus escobas o palos y crean el caos entre los vecinos (“Txatxoak”). En Kanpezu se inmola a “Toribio”, muñeco vestido como un carbonero (recordemos que el Olentzero tiene su lado siniestro), quien es seguido por los “Katziruloak”. Estos acompañantes van con un capirote en la cabeza y su “zurriago”, hostigando y castigando a los niños. En Uztaritze (Lapurdi) se quema un monigote llamado “Zanpantzar” que representa la gula (en Abanto existe otro que simboliza el hambre llamado “Zangaluzea”). En zonas mineras como Gallarta se lanza a las brasas a “Bizkarbaltza”, una figura negra con cabeza de animal que representa enfermedades como el cólera que afectaron a los mineros. En Llodio se ajusticia a la “Bruja de Leziaga”, la representación de una “sorgin” que, según los relatos populares, se mesaba el cabello con un peine de oro y atraía a los pastores a su cueva mediante su canto. Este tipo de conductas son más propias de una Lamia que de una bruja, aunque entre ambas figuras existe una estrecha relación (ver el artículo “Etorkizuna, kontakizuna”).

En varios carnavales de la geografía vasco-navarra y pirenaica encontramos referencias a brujos/as. En Ituren, Zubieta, Alsasua, Antzuola, Sopuerta, Ilarduia, Egino, Andoin, Olite, Abanto y Oiartzun salen grupos de brujas que siguen al cortejo de personajes principales. Concretamente, en Oiartzun, encontramos una combinación de “Sorginak” e “Intxisuak”. En Ataun, los “Intxisuak” eran la representación de brujos o hechiceros que acompañaban a sus homólogas femeninas. Sin embargo, en Oiartzun y otras localidades guipuzcoanas el vocablo se refiere a un espíritu escurridizo y travieso, mitad hombre y mitad “betizu” (toro salvaje), que habita cuevas como la de Arditurri y al cual se le atribuye la construcción de monumentos megalíticos. Esta combinación de hombre-toro, está presente tanto en Alsasua como en Bakaiku, siendo en este último lugar donde su aspecto recuerda más un chamán de los que se encuentran pintados en las cavernas prehistóricas que a una suerte de Minotauro como sucede en Alsasua. Por su parte, la construcción de megalitos también se asocia a los gentiles, motivo por el cual, probablemente, en otras villas se cree que los Intxisuak son un tipo de Jentilak. En cambio, en otros lugares relacionan al Intxisu con un Iratxo o Ieltxu por su semejanza fonética.

Los seres feéricos y otros genios tienen su espacio legítimo en los Inauteriak. En las “Maskaradak” de Zuberoa observamos la recreación de dos tipos de entidades contrapuestas: “Beltzak” (negros) y “Gorriak” (rojos). El grupo de los “Beltzak” estaría constituido por seres nocturnos de carácter maléfico (vinculados a Gaueko), que son representados con prendas oscuras, rotas o harapientas y se comportan de una manera muy desorganizada, ruidosa y a menudo agresiva. En cambio, los “Gorriak” llevan atuendos limpios, hermosos y cuidados, manteniendo siempre la compostura y una conducta respetuosa. Estas figuras estarían asociadas a Mari en su aspecto de creadora de vida y regidora del orden cósmico. Si extrapolamos estos dos grupos a otras mitologías europeas, los “Beltzak” representarían a la Corte Oscura (Unsheelie court, Fomorianos, Svartálfar…) y los “Gorriak” a la Corte Luminosa (Sheelie court, Tuatha Dé Dannan, Alfr…), que simbolizan las fuerzas destructoras y creadoras del universo, respectivamente. Este patrón de vestimenta y conducta se puede apreciar en casi todos los personajes que conforman los carnavales, lo cual nos da una pista de su verdadera naturaleza.

En los carnavales de Amezketa, Ugarte, Bedaio y Abaltzisketa se escenifica una danza en dos grupos de 8-12 individuos: el primero va de negro, con los ropajes típicos de un carbonero y la cara tiznada, mientras que el segundo grupo viste de blanco con faja y gorro rojo. Este baile se conoce como “Talai dantza” y se ejecuta con palos, representando una danza guerrera, donde se hace visible la rivalidad entre los seres del día y la noche, luchando por alargar el invierno o posibilitar la entrada de la primavera. El jefe de cada grupo es denominado “mozorro”, aunque existe la figura del “zesterue” (cestero o el que lleva la cesta), quien recoge la comida y bebida que entregan los vecinos (tradicionalmente carne de cerdo, huevos y vino tinto o sidra, en consonancia con el tipo de ofrendas que se suelen dar a estos seres). Otro ejemplo de estos grupos son los carboneros de Goizueta y Markina que persiguen a las mujeres con pellejos de vino inflado (“zagis”) y bailan una danza de palos (“Zahagi dantza”) con otras figuras de blanco que llevan faja y gorro rojizo. En Aoiz también encontramos a los “kaskabobos”, disfrazados de arlequín, y los “maskaritas”, que van con pamela.

Dentro del grupo de los “Beltzak” podríamos hacer un aparte para un dar lugar especial a los “hombres del saco” o “zaku zaharrak” que existen en distintos Inauteriak locales, como el de Lesaka e Isaba. Estos personajes van completamente tapados con telas de saco, están rellenos de paja y/o hierba seca y portan unas vejigas infladas o palos con los que golpean a los vecinos. En ocasiones, algunos se manchan de hollín y grasa. Dentro de este grupo podríamos incluir a personajes con nombre propio como el “Ziripot” de Lantz (gordinflón con un bastón, que podría ser el Basajaun), a las “Basa-andereak” (señoras del bosque) de Saint-Jean-Pied-de-Port o a los “Perratzaileak” (caldereros o herreros) de Lantz.

 

Por otro lado, debemos detenernos a hablar de los “Mamuxarroak” (o “Mamoxarroak”) de Unanua y los “Kotilungorriak” de Uztaritze, que son unas excepciones dentro del grupo de los “Gorriak”. En Unanua (e Igantzi), los personajes se visten con pantalón blanco, camisa blanca, pañuelo y máscaras rojas y portan cascabeles y una vara en la mano. Durante el desfile de carnaval estos mozos se dedican a azotar a las mujeres al estilo de los Lupercos romanos. Los implicados en esta farsa encarnan la figura del “Mamur”, genio que suelen tomar forma de insecto u hombrecillo diminuto y que puede capturarse durante la mágica Noche de San Juan. En Uztaritze, el disfraz consiste en una máscara, una falda, un gorro y un pañuelo rojo, conjuntado con unas enaguas y una camisa blanca. En la mano, portan una suerte de hiposo muy similar al de los Joaldunak, que lleva igualmente crines de caballo. El cortejo va presidido por dos figuras que llevan el pantalón blanco y el resto de la ropa roja, además de la misma máscara carmesí. En este caso, ellos portan dos palos. El conjunto al completo estaría representando a un grupo de “Galtzagorriak”.

El último carnaval que se celebra en Euskal Herria y que tiene un claro contenido mitológico es el de Mundaka, conocido como “Lamiako Maskarada”. Esta tradición fue recuperada en 1978, pero tiene una historia bastante más antigua y llamativa. Su origen se remonta a una leyenda en la que una mujer llamada Prudencia murió de pena por el dolor de no volver a su hijo que viajaba en un barco. Una vez fallecida, se transformó en Lamia y, en su nueva condición, despedía con su canto a todas las embarcaciones que abandonaban las aguas del Ibaizabal para echarse a la mar. La Lamia en cuestión, durante esta mascarada, va acompañada de un cortejo de lamias que visten de negro, tienen el cabello blanco y el rostro pálido. Junto a ellas caminan los “Atorrak”, personajes que visten sábanas blancas y tienen la cara pintada de blanco.

Esta escenificación tiene una especial relevancia porque los difuntos y los seres mágicos prácticamente se fusionan. En muchas narraciones populares vascas y de otros lugares de Europa a veces no se hace distinción entre difuntos y seres feéricos, pues ambos son miembros de la Cacería Salvaje en igualdad de condiciones. Adicionalmente, en otras representaciones que hemos mencionado a lo largo del artículo hallamos figuras de personas vivas con la capacidad de desdoblarse en espíritu o cambiar de forma, como es el caso de las sorginak o los hombres-bestia.

Por último, en este fin de fiesta encontramos una representación de Mari y otros númenes como Sugaar, el Basajaun, Urtzi, Eguzki e Ilargi, además de otros genios como los “galtzagorriak” y los “jentilak”.

En resumen, a lo largo de este artículo hemos podido apreciar una gran diversidad de manifestaciones folclóricas derivadas del mito europeo de la Caza Salvaje, así como escenificaciones de las Batallas Nocturnas entre distintos tipos de espíritus que representan las energías creadoras y destructoras del universo y la continuidad entre la vida, muerte y renacimiento dentro de un ciclo de eterno retorno. Asimismo, hemos analizado elementos fundamentales del totemismo vasco y ritos de carácter extático como los cambios de forma. Estas prácticas siguen teniendo una resonancia palpable en las creencias sincréticas actuales que perviven en espacios rurales (especialmente en zonas de montaña que se encuentran más aisladas). Igualmente, poseen un gran peso en la praxis de brujería tradicional autóctona y representan una inspiración para la reinterpretación y actualización de la misma. Por último, cabe señalar que el culto a los antepasados y la interacción con los principales númenes o espíritus locales continúa estando viva, aunque más en un nivel simbólico que vivencial.

 

Fuentes consultadas:

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Documental sobre los carnavales navarros: https://www.youtube.com/watch?v=c_yD8A2svBY

Documental sobre los carnavales de Ituren y Zubieta: https://www.youtube.com/watch?v=p2zp3u-tYPM&t=618s

Documental de la “Adarrak dantzan” (o “Momotxorren dantza”) dirigido por Beatriz de la Vega

Documental del Carnaval de Lantz (RTVE)

Facebook de Sorgin

Jentilak, Gentiles, Gigantes

En pleno rigor veraniego (“udamina”) y a las puertas del mes de agosto (“agorrilla”, “dagonilla”, “garrilla”), en muchos pueblos se cierra la temporada de cosecha de los cereales con fiestas en las se ofrecen panes, roscas o rosquillas a diversos santos.

No obstante, según las viejas creencias, los primeros agricultores y molineros, además de los primeros pastores y constructores, fueron los “Gentiles” o “Jentilak”. Según Barandiarán, la palabra “gentil” podría traducirse como “idólatra” o “pagano”, aunque se han sugerido diversas interpretaciones sobre su origen o naturaleza. Para unos autores, el “jentil” era la representación mítica del hombre primitivo y salvaje, que vivía en la montaña (habitualmente en cuevas) o en un paraje alejado y poco accesible y que estaba dotado de una fuerza extraordinaria. Para otros, el término hacía referencia a un pagano que vivía en paz con los cristianos pero que no se mezclaba demasiado con ellos, viviendo en un lugar aislado donde pudiera mantener su forma de vida y sus creencias en un espacio seguro e íntimo. Otras personas consideraban que estos individuos eran habitantes de zonas altas de montaña, rudos y poco civilizados, que no se llevaban bien con los cristianos y se aprovechaban de ellos cuando tenían ocasión. Si tomamos como referencia las leyendas, podemos apreciar que estas atribuciones se entremezclan y probablemente reflejan la evolución de una misma creencia y/o realidad sociocultural.

Por otro lado, podemos vincular a los Jentilak con personajes de otras mitologías europeas como los Gigantes, los Titanes, los Jotuns, los Fomoré o los Lechïï o Leshiye. Asimismo, existen conexiones como otros seres parecidos de otras culturas como Endiku (Sumeria), Putana (India), Pan Gu (China), los Nephilim (hebreos), los Jigou (Tibet) o los Patagones (América del Sur).

Normalmente se localizaba a los Jentilak en cavernas o monumentos megalítcos. Algunas de sus moradas más destacadas eran: “Jentilzulo” en Orozko, Leiza y Eguino; “Jentiletxe” en Mutriku y Alzania ;“Jentikoba” en Ispaster; “Jentieetxea” en Olaz; “Jentilbaratz” en Arano; “Jentileio” en Udiain; “Jentilzubi” en Dima; “Jentillarri” en Aralar; “Jentil Sukalde” en Urdiain; “Basainzulota” en Vidania; la montaña de Burunda; el monte Andutz; la caverna del monte Saastarri (Ataun); las minas de Arrola (Zerain); la cueva de Beraun (Berastegi); el desfiladero de Atarreta; la caverna de Artzate (Ataun); el dolmen de Balankalek; el Flysch de Zumaia; el dolmen de Arraztaran. No obstante, podemos sumar a la lista las casas señoriales de Ojarbi, Animasagasti y Maubi de Idiazábal, el puente de Mandabita, así como las iglesias de Muxica, Ondarroa, Markina, Elgeta, Antigua de Zumárraga, Oñate, Opakua, Zurbano, Urdiain, Ataun y Oiartzun, construcciones atribuidas a los Jentilak (una vez ya cristianizados).

El representante más famoso de esta raza mítica es el Basajaun (o Baxajaun), a quien podemos encontrar también en la mitología aragonesa como Basajarau, Bonjarau o Bosnerau (especialmente en los valles pirenaicos de Ansó, Tena y Broto). A este personaje se le describe como una criatura de gran tamaño y fuerza colosal, con aspecto antropomorfo, cubierto de pelo y con una larga melena hasta los pies, siendo capaz de correr entre la vegetación más rápido que las bestias y aguantar las inclemencias del tiempo sin importar la estación. Se dice igualmente que nunca enfermaba ni pedía vigor y que se alimentaba de lo que la naturaleza le ofrecía, además de los trozos de pan que solía recibir como ofrenda de parte de los pastores o lugareños. En los relatos populares más antiguos se le representa como un guardián de los bosques, de carácter bonachón y protector, que habitaba en lugares elevados y en cavernas (macizo de Mondarrain, cuevas de Aitzibitarte, nacedero del Errobi, cavernas de Ataun, cuevas de Mendukilo, cueva de Mailuxe…). Asimismo, cuidaba de los rebaños en las montañas, haciendo que los animales le saludasen con una sonora sacudida de sus cencerros. En el momento en que se acercaba una tempestad, acechaban manadas de lobos o había algún peligro para aquellos que viajasen o trabajasen de noche, silbaba con fuerza o daba gritos para prevenir o salvar a los humanos. Estos gritos, denominados “oihu” u “oyu”, que también emiten otros genios de la mitología vasca, ha otorgado a ciertos númenes el sobrenombre de “oihulariak”(gritadores o gritones).

A modo de apunte, cabe mencionar que probablemente el “irrintzi”, al igual que otras tipologías de gritos descritos por Chaho, fuesen una forma primitiva de comunicación con estos espíritus de la naturaleza para transmitirles distintos mensajes (alegría, lamento, alerta, llamada, horror, dolor, etc), que luego pasase a utilizarse a nivel social. Los cronistas medievales interpretaron este tipo de voces prolongadas como una manera de atemorizar a los enemigos, produciendo un efecto psicológico disuasorio antes de una emboscada o una batalla.

Volviendo al Basajaun, es preciso comentar que es dueño de valiosas riquezas como objetos de oro, así como de conocimientos secretos como el cultivo del trigo, la molienda, la fabricación de las primeras herramientas (sierras, hachas…), la construcción de monumentos megalíticos y otros edificios (casas, puentes…) y el arte de la forja. Se trata de una criatura liminal que hace de nexo entre la naturaleza salvaje y la cultura. Hay autores lo vinculan a figuras como el Pan griego o el Fauno romano, hasta el punto de que Isidoro de Sevilla establece una asimilación total en su obra “Etimologías”, donde los presenta como idénticos bajo la categoría de “pilosi” (peludos).

El Basajaun, al igual que los Jentilak, es presentado con una personalidad dual, especialmente en los testimonios recogidos por Cerquand: en unos relatos se le dibuja como un ser asilvestrado, brutal y terrorífico con el que es mejor no toparse, mientras que en otros se le muestra claramente como un personaje bondadoso, protector, iniciador del desarrollo tecnológico y amigo de la humanidad. Cabe señalar que, en algunos relatos, el término Basajaun se utiliza en plural, haciendo referencia a la comunidad de Jentilak como un grupo de hombres y mujeres salvajes, tal y como nos muestra Satrústegui. Es más, no es descabellado pensar que el nombre original de estos gigantes vascos-navarros, aragoneses y pirenaicos fuera en realidad ese.

Otras denominaciones que recibe el Basajaun es Anxo o Antxo, que sería su aspecto de cuidador de rebaños, aunque algunas narraciones lo muestran como si se tratase de una entidad aparte. Por otro lado, hay quien interpreta que Tartalo o Torto, el cíclope de la mitología vasca que se come el ganado, pudiera ser una demonización del Basajaun pastor. Adicionalmente, se vincula al Basajaun una mujer de similares características: la Basandere. Esta Señora del Bosque vendría a ser su consorte o polaridad femenina, aunque esta entidad también serviría para explicar la existencia de otros gigantes pertenecientes a una misma estirpe.

Una de las leyendas que muestran el carácter benévolo de Basajaun es la de los pastores de Esterenzubi, en la frontera con Francia. Allí vivían cuatro hombres en una cabaña, uno de ellos tan solo un muchacho. Antxo solía acercarse a calentarse al fuego cuando dormían y comía algún pedazo de pan o una porción de la comida que dejaban voluntariamente como ofrenda. Una noche, el más joven se dio cuenta de que los demás no habían dejado la parte de Antxo y preguntó dónde estaba. Sus compañeros le contestaron de malos modos que dejase él algo si quería, que ellos no iban a darle nada aquel día. El muchacho, honradamente, dejó su tributo en el lugar habitual. El señor salvaje llegó como de costumbre a calentarse y tomó la porción de muchacho. Luego se llevó las pieles de los pastores que no habían compartido su alimento. A la mañana siguiente no encontraron sus ropas y le pidieron al joven que intercediese por ellos. El muchacho, que no era tonto, pidió una compensación y ellos le entregaron una mala novilla. Luego partió a la cueva donde se alojaba el Señor de los Bosques. Respetuosamente pidió permiso para entrar en su morada y le rogó que le devolviese los ropajes de sus compañeros. El Basajaun, agraviado por lo que habían hecho, se negó de primeras. El joven insistió y finalmente el hombre salvaje le preguntó: “¿Qué te dan a cambio de la molestia?” El pastor contestó: “una mala novilla”. Antxo, apiadándose de él, le retornó las ropas y le dijo: “Tómalas y acepta esta varita de avellano. Marca a tu novilla y dale con la vara cien golpes, el último más fuerte que los anteriores”. El muchacho hizo lo que le sugirió y ,tras un corto periodo de tiempo, la novilla quedó preñada y dio a luz un rebaño de ciento y un hermosos animales.

Otra narración recogida en Liginaga refiere que un pastor iba a San Juan de Pie de Puerto y se le hizo de noche por el camino. Asustado por la oscuridad, dio un grito para ver si había alguien que pudiera asistirle. Pronto obtuvo una respuesta que venía desde lo profundo del bosque. Caminó unos cuantos pasos más y quiso comprobar si no eran imaginaciones suyas, emitiendo en nuevo grito. Recibió contestación desde el sitio en que él dio su primer grito. Al llegar a la choza de Ibarrondo, volvió a gritar. Cuando entró en la choza, preguntó a los otros pastores: “¿quién era el que me estaba respondiendo?” Ellos le informaron que no se trataba de ninguno de los presentes, que había sido el Basajaun para asegurarse de que llegara a salvo a la cabaña.

Otro relato de Askoa cuenta que en el puerto de montaña de Lizarrusti, cerca de Ataun, vivía un Basajaun en una cueva. Éste se asoció con un grupo de carboneros que trabajaban cerca de Askoa. Uno de ellos metió su hacha en un tronco, hundiéndose un extremo. El hombre rogó al Basajaun que metiera sus manos en la hendidura para sacar el hacha e introducirla después en el otro extremo. El Señor de los Bosques hizo lo que le pidió. El carbonero logró sacar su hacha y las partes separadas del tronco se juntaron, aprisionando las manos del númen. Dominado por la maña y la astucia del carbonero, fue conducido al pueblo de Ataun con el fin de ser exhibido delante de los vecinos de Ataun. Después el carbonero lo desató del tronco. El Basajaun volvió corriendo a su caverna de Askoa. El carbonero regresó también a sus labores. Sin embargo, un buen día el carbonero desapareció misteriosamente y nadie volvió a saber nunca más de él.

Otra leyenda de Mendibe recoge la historia de Basajaun y su esposa Basandere. Según los vecinos del lugar, hace mil años sólo había dos caseríos: Lohibarria y Garseaberroa. Un día, el pastor de Lohibarria fue con el rebaño a la zona de Galharbeko-potxa, cerca de Irati. Al aproximarse a una de las cuevas vio a la Basandere sobre una roca, peinándose el cabello. A su lado tenía un candelabro dorado que acababa de limpiar. El joven se quedó mudo admirando el candelabro. La Basandere se percató de su presencia y de cómo miraba su tesoro y se dirigió a él. El muchacho le pidió que le diera el candelabro pero ella se negó, alegando que había sido un regalo de su esposo el Basajaun. El pastor insistió, piropeó a la dama y trató de seducirla cantando antiguas cantigas de amor de Nafarroa Behera. Finalmente, ella le entregó su preciado regalo. El muchacho decidió salvaguardar el valioso candelabro en la ermita de San Salbatore. La Bansandere, al darse cuenta de que había sido engañada, empezó a perseguirlo hasta llegar a la cuesta de la ermita. El Basajaun escuchó los gritos de su mujer y se sumó a la persecución, plantándose en dos saltos junto al joven para abalanzarse sobre él y recuperar lo que era suyo. El muchacho se encomendó a San Salvador para que se apiadase de él y le ayudara a librarse de los gigantes. En ese momento, sonó la campana de la iglesia y los númenes quedaron paralizados. El Basajaun, lleno de furia, le gritó que se las pagaría la próxima vez que lo encontrase en ayunas. Luego, ambos personajes, se retiraron al bosque. Sin embargo, unos días más tarde, el pastor salió de casa sin haber comido. El Basajaun lo interceptó en medio del monte y trató de aplastarlo. Pero el joven recordó que había estado trillando el día anterior y que habían quedado restos del grano en su cabello. Tomó el trigo y se lo metió en la boca rápidamente. Al romper el ayuno, el Basajaun desapareció.  El candelabro continúa en la ermita de San Salbatore, pero dicen que ya no es tan hermoso como antes. La capilla se quemó dos veces y el candelabro se volvió negro. Los habitantes de Mendibe han intentado bajarlo al pueblo, pero nunca han podido llevarlo más allá del collado de Harizkurutxeta, por lo que el candelabro permanecerá en la iglesia para siempre.

Otro relato refleja la presencia del Basajaun y la Basandere en la Selva de Irati. Chaho recopiló el testimonio de unos obreros de la zona en 1790,  los cuales aseguraban haber visto a estas dos criaturas en varias ocasiones. Uno de ellos explicó que una vez se encontró con una mujer de largos cabellos negros, que moraba por el bosque totalmente desnuda. Pronto llamó la atención del resto de trabajadores, que la miraban con curiosidad. Animada por el impacto de su aparición, regresó al día siguiente a la misma hora. Los obreros acordaron apresarla, intentando no hacerle daño. Uno de ellos se acercó a ella poco a poco, mientras otro de los compañeros hablaba en voz alta, gesticulando, para atraer la atención de la salvaje. Empero, en el momento en que el leñador extendió el brazo para agarrar la pierna de dama, un grito masculino de alarma surgió del bosque, alertando a la muchacha. Ésta dio un salto con gran agilidad y huyó hacia el bosque como un relámpago. Desde entonces, no se ha vuelto a avistar a los Señores del Bosque.

Posteriormente, las narraciones fueron adquiriendo connotaciones cada vez más negativas. En Beirie, se cuenta que una noche los habitantes de la casa Inhurria se encontraban pelando mazorcas. Como no tenían rastrillo para recoger el maíz, el criado le pidió a la hija mayor que fuese a buscarlo al campo. La “andragai” (heredera) se animó a apostar con el sirviente. El criado se comprometió a darle diez monedas por completar la tarea. Cumpliendo con la palabra dada, la joven fue al campo, que estaba situado sobre una zona elevada. Allí estaba el Basajaun, que la cogió por los cabellos y se la echó al hombro, cruzando por Larzabale hasta la montaña de Salbatore. La doncella escuchó sonar la campana del alba y recitó una plegaria para ser salvada. Al instante, el Basajaun la soltó y ella cayó junto a la caverna de San Salvador de Mendibe.

Otra leyenda de Behorlegi (Baja Navarra) relata que Anxo había raptado a la hija del caserío Ithurburu y la había escondido en el macizo de Aldudes, desde donde asustaba a los vecinos de la comarca tirando grandes piedras. Un seminarista se dispuso a rescatar a la muchacha, conjurando al salvaje a gritos. El númen no se mostraba porque sabía que que el aprendiz de cura llevaba consigo diversos símbolos sagrados y protecciones. Viendo que no salía, el aspirante a sacerdote intentó llamar su atención astutamente: “¡Mira, mira, Anxo, dos cabezas bajo un mismo sombrero!”. Lleno de curiosidad, el genio le respondió entonces: “Conozco una maravilla mayor que esa: sé cuántas fuentes hay en los Aldudes. Además, he bebido de todas ellas”. Entonces el seminarista le respondió que ya no lo haría más, maldiciendo a Anxo para siempre.

En otra historia popular se representa a Anxo con las características de Tartalo. En ella se explica que un gigante de un solo ojo y fuerza descomunal vivía en la cueva de Domaikia, en Zuia (Álava). Los habitantes de la zona estaban aterrorizados porque Anxo robaba todo tipo de alimentos y mataba vacas y ovejas. El miedo de la población fue creciendo porque en los últimos días había raptado a muchos caminantes que pasaban cerca de la cueva, de los cuales no se volvía a saber. Muchos vecinos de Domaikia habían decidido marcharse a vivir a otro sitio y, los que habían permanecido en la villa, presenciaban con horror la merma del ganado y sufrían los enormes destrozos en las huertas, que los condenaban al hambre y la pobreza. Desesperados, decidieron ir a matar al monstruo. Los más valientes, armados con azadas y estacas, se dirigieron hacia la morada de Anxo. Sin embargo, a medida que se iban acercando a la cueva del gigante, empezaron a temblar. Cuando se encontraban a pocos metros de la caverna, apareció la temible criatura. Todos se quedaron paralizados mientras él los miraba con su único ojo,riendo a carcajadas. Los jóvenes, muertos de miedo, se dispusieron a atacarle. Anxo se abalanzó contra ellos. En pocos minutos los había matado a todos, menos a uno, que fingió su defunción.

El gigante recogió los cuerpos sin vida y los fue lanzando hacia el interior de la cueva, incluyendo el del muchacho que permanecía vivo. El joven no se atrevía ni a respirar. Luego, oyó que Anxo decía: “¡Ciérrate, Txarranka!” Entonces una gran piedra redonda tapó la entrada de la cueva. Joxe Martín seguía inmóvil. Finalmente levantó la cabeza y comprobó que el gigante no estaba en la cueva. Miró a su alrededor que el lugar estaba lleno de esqueletos de hombres y animales. El muchacho se echó a llorar. Seguidamente, intentó calmarse y pensar en cómo salir de aquel siniestro lugar. De pronto,escuchó el vozarrón del salvaje en el exterior de la cueva, que repetía la frase para abrir la puerta de la caverna. Joxe Martín se escondió rápidamente debajo de los cuerpos de sus amigos y esperó. Anxo cogió al que estaba encima de él, lo asó en una gran fogata y se lo comió. Después se tumbó encima de unas pieles de oveja y se quedó dormido. Aprovechando que el gigante dormía y que la entrada estaba abierta, el joven se arrastró hasta la salida sin hacer el menor ruido y corrió durante varios kilómetros sin mirar hacia atrás. Al llegar a un pequeño río, se paró a beber agua y se tumbó sobre la hierba para descansar. Los primeros rayos del sol lo despertaron. Pensó en ponerse a salvo, pero en el último momento reunió fuerzas para vengar la muerte de sus amigos. Así que regresó a la cueva. Se subió a un árbol y se ocultó entre las ramas, urdiendo un plan para vencer al gigante. Entonces llamó al gigante y lo retó. Anxo se dispuso a salir de su cueva, burlándose de él y amenazando con aplastarle como a una hormiga. En el momento en que el cuerpo del gigante estaba en medio del agujero, gritó el joven: “¡Ciérrate, Txarranka!” Y la piedra se movió, atrapando la cabeza de Anxo y matándolo en el acto. Desde entonces, los habitantes de la localidad pudieron vivir tranquilos.

Una variante de este relato sería la que diera origen al famoso cuento de “Juan sin miedo”, uno de los que formó parte del repertorio que me acompañó en mi tierna infancia. Siguiendo la estructura de la narración de Toti Martínez de Lezea, Juan era un mozalbete de un pueblo navarro que se reía de las leyendas sobre aparecidos, espíritus, demonios y demás genios fantásticos. Tanto se mofaba de las creencias supersticiosas de sus vecinos, que lo acabaron echando del pueblo. Juan se fue en busca de aventuras y llegó a Elkorri, un lugar solitario entre el puerto de Lizarrusti y Etxarri Aranatz. Allí había una casa abandonada excavada en la piedra a la que nadie se atrevía a entrar. El joven decidió limpiar un poco el lugar, encendió la chimenea y se dispuso a preparar un buen puchero para saciar el hambre. De pronto, oyó una voz procedente del canal de la chimenea que le preguntaba: “¿Caeré o no caeré?”. El muchacho, no dándole importancia, respondió: “Si quieres, sí; si no quieres, no”. A continuación, una enorme cabeza con forma humana cayó rodando fuera de la chimenea. Juan, cogiéndola con el asador, la lanzó a un rincón de la cocina. Al poco tiempo volvió a escuchar  la misma voz y respondió de manera idéntica. Inmediatamente cayó un tronco humanoide, que el joven también lanzó al rincón. Una y otra vez continuó el diálogo, hasta que cayeron todos los miembros del cuerpo, formando la silueta completa de un grandullón. Luego dijo el genio: “Dices que no soy, pero sí soy”. Juan le respondió: “Sí, ya lo veo, pero mantente lejos de mí.” El joven continuó preparando la cena. El hombretón señaló una azada que se encontraba cerca de la puerta y le invitó a que la cogiera. Juan contestó que la cogiera él si quería. El ser mágico tomó la azada y salió de la cocina. Curioso por ver lo que hacía, el muchacho le siguió a otro cuarto de la casa. La voz le ordenó entonces que cavase con la azada, pero él volvió a negarse. El extraño comenzó a cavar hasta que sacó un montón de oro. Por su valentía decidió entregárselo diciendo: “Sin nombre no valdría nada” (ya que el joven en ningún momento le había preguntado su nombre o le había nombrado, pues no creía en estas apariciones). Después se esfumó. Juan cogió el oro y regresó a su pueblo. A partir de ese momento nunca más volvió a reírse de las creencias ajenas y vivió respetablemente el resto de su vida.

Finalmente, no podemos olvidar la leyenda que narra cómo a los Basajaunes o Jentilak se les arrebató el secreto de la agricultura. En ella se cuenta que hace muchos años vivían estos hombres salvajes en una cueva de Muskia, los cuales cultivaban las tierras en las terrazas que había en las montañas y de las cuales sacaban una gran cantidad de trigo que guardaban celosamente en su morada. Por aquel entonces, el ser humano (en otras versiones, los cristianos), no tenían conocimiento para sembrar y recoger frutos. Esto fue así hasta que el joven Martiniko, también conocido como Martin Txiki (Martín, el pequeño), se propuso apropiarse de dichos saberes. Calzándose unos zapatos mucho más grandes que su pie, se dirigió a la cueva de los Basajaunes para proponerles un reto. La prueba consistía en saltar de un montículo de trigo a otro hasta llegar al final de la fila. Los Basajaunes pudieron cruzar ágilmente de un lugar a otro, mientras que Martiniko cayó en medio de dos montones. Los gigantes se rieron de él sin darse cuenta de que lo que pretendía en realidad era llevarse algunos granos de cereal dentro del calzado. Aunque el muchacho había conseguido las semillas, no conocía el procedimiento para cultivarlas, así que se acercó otra vez a la morada de los Basajaunes y se quedó escondido escuchando mientras estos cantaban:

“Si los hombres supieran esta canción,
bien se aprovecharían de ella:
Al brotar la hoja, siembra el maíz
al caer la hoja siembra el trigo
por San Lorenzo siempre es el nabo.”

Pero el secreto de la agricultura no era el único que poseían los hombres salvajes y Martiniko quería conocerlos todos. Por tanto, Martiniko partió de nuevo hacia la cueva de los Basajaunes sin saber muy bien cómo se las iba a ingeniar para arrebatarles el conocimiento de la sierra así que, cuando se encontró con ellos, tuvo que improvisar:

– ¿Sabéis una cosa? Ya se cómo construir una sierra – presumió Martin Txiki.

Los Basajaunes se sorprendieron y uno de ellos le contestó:

– ¡Ah! Te has fijado en la forma que tiene el filo de la hoja de los castaños.

Martiniko descubrió entonces el secreto y, agradeciendo su ayuda, se marchó apresuradamente a la herrería para fabricar una sierra, dándole al filo la forma de las hojas de los castaños. Los Basajaunes se enfadaron muchísimo por el engaño y descendieron hasta la aldea, presentándose en la herrería. Agarrando la sierra contra el yunque, le dieron un golpe tremendo a la altura del filo con la intención de romperla, dejando los dientes de la sierra uno para un lado y el siguiente para el otro. Sin embargo, en lugar de romperla, lo que consiguieron fue una nueva herramienta mucho más eficaz. Y así empezaron a aprender los humanos el arte de la forja, convirtiéndose en grandes ferrones y desplazando a los Jentilak.

Este pequeño héroe civilizador, semejante al Prometeo de la mitología griega, destaca, no solo por su astucia, sino por su habilidad de engañar y burlarse. Este arquetipo del transgresor ingenioso capaz de sortear el peligro o “trickster” se encuentra en el folklore de todas las culturas, desde Europa hasta América del Norte, desde Oriente Próximo hasta Japón, pasando por Australia, tal y como señala Rinaldo Acosta. En el caso vasco, el personaje de Martiniko luego se cristianizaría en la figura de San Martín.

Como puntualiza Olivier de Marliave, no resulta extraño que la transmisión de conocimientos se plantease de esta manera en la zona pirenaica, punto de paso e intercambio desde la Prehistoria entre los pobladores del continente y la península, así como entre las gentes de la vertiente atlántica y mediterránea. En el caso de estas leyendas observamos elementos muy arcaicos, algunos de ellos previos a la romanización y que podríamos asociar a los vascones e incluso a pobladores anteriores. En la mitología de los Pirineos, al igual que en otras cosmologías antiguas, el trigo y otros cereales suelen estar vinculados a mitos fundacionales. Además, entre los vasco-navarros, observamos que se diferencia un primer dominio de la agricultura en zonas de montaña, desarrollado por una cultura pagana que es representada por los Jentilak, del cultivo en valles y llanos que se vincula a los cristianos.

Por otra parte, el fin de los Gentiles viene marcado por la llegada de Kixmi, sobrenombre despectivo para referirse a Cristo como mono o primate.  Esta historia fue recogida por Barandiarán y, según Juan Inazio Hartsuaga, se trataría de una leyenda con unos 400 años de antigüedad que vendría a sustituir convenientemente a otra datada hace miles de años. Su estructura, en opinión de este autor, sigue el hilo de los sermones medievales basados en animalarios. El relato cuenta que, hace mucho tiempo, vivían los gentiles en una cueva del monte Leizadi de Ataun. Un día, apareció en el cielo una estrella singular. Los Jentilak se asustaron al verla, pues la interpretaron como un augurio. Buscaron a uno de los ancianos que estaba medio ciego y le abrieron los párpados para que contemplase aquella señal y la interpretase. El sabio suspiró diciendo: “¡Ay, hijos míos! Ha nacido Kixmi y estamos perdidos.” Después solicitó que le tirasen por un precipicio, pues sabía que aquel acontecimiento traería el final para su pueblo. Poco después, empezó a difundirse el cristianismo por el mundo y los Gentiles se fueron desperdigando hasta perderse para siempre. El último superviviente sería el Olentzero.

Además de los desfiles de gigantes y cabezudos, presentes en toda la geografía hispánica, existen otras manifestaciones populares en las que estos personajes tienen un papel. En 1981 se celebró por primera vez una fiesta que pretendía recuperar las historias y el folklore de los Jentilak, reflejando las tensas relaciones entre esta raza mítica y los cristianos, así como la evolución sociocultural y de creencias entre estos dos grupos. Actualmente, el “Jentilen etorrera” o la fiesta conmemorativa de la llegada de los Gentiles se organiza en Ataun anualmente.

Otra reminiscencia que nos permite comprobar la importante resonancia de los Jentilak en el imaginario vasco la encontramos en sus particulares deportes rurales, especialmente en el levantamiento de piedras o Harrijasotzea. Asimismo, el juego de los bolos también posee un origen mágico y religioso asociado a estos gigantes. En los relatos populares se describe a estos personajes lanzando piedras enormes. Concretamente entre Orozko y Arakaldo, se ofrecen dos versiones distintas para explicar el origen de los bolaños o proyectiles esféricos presentes en el monte Untzueta y el de Santa Marina. La creencia folklórica apunta a que los Jentilak jugaban a pelota con piedras de arenisca de cuatro o cinco arrobas. De ahí que estos bolos se conozcan con la denominación de “Jentil harriak”. La explicación histórica hace referencia a los proyectiles de trabuco que utilizaron las tropas castellanas de Pedro I el Cruel (S.XV) durante el asedio a la atalaya que se encontraba en la cima del monte Untzueta y que había sido el punto de control de acceso a Vizcaya durante siglos.

Sea como fuere, el famoso levantador de piedras o harrijasotzaile Iñaki Perurena ha construido artesanalmente un museo dedicado a la mitología e historia de la piedra, denominado Peru-Harri, en Leitza. Entre las esculturas exteriores del parque destaca la enorme figura de un Jentil levantado una gran piedra, al estilo de Polifemo, quien sustentaba el mundo sobre sus hombros. Sin duda, un lugar de visita obligada para comprender mejor la naturaleza de los Jentilak y las peculiaridades del mítico deporte rural de levantar piedra.

 

 

 

-La fotografía de portada es una escultura llamada “Basajaun” de Rober Garay.

La primera imagen es el cuadro “Dos salvajes” del pintor Durero.

– La segunda fotografía es una imagen de Jentiletxe, tomada de la siguiente página: https://es.wikiloc.com/wikiloc/imgServer.do?id=8075358

-La imagen del Basajaun ha sido extraída de esta web: https://www.geocaching.com/geocache/GC5P234_basajaun-en-millena

El grabado de Anxo se encuentra en: http://www.planetabenitez.com/IOI/gente47.htm

-La ilustración de la Basandere procede de: http://www.hiru.eus/cultura-vasca/basandere

La imagen de Tartalo se encuentra en el libro “Mitologika: el mundo de los gigantes” de Aritza Bergara

El dibujo de Martin Txiki y los Jentilak se encuentra en un cuento llamado “Martin Txiki eta Jentilak” de Zerraren Armaketa que se puede ver en este enlace de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=2ngkJXUm27c

La fotografía del desfile del Jentilen etorrera pertenece a la asociación Jentibaratza Kultur Elkartea y se puede encontrar en: https://zuzeu.eus/euskal-herria/jentilen-etorrera/

La última ilustración de los Jentilak lanzando piedras se halla en el libro “Mitología del pueblo vasco” de Aritza Bergara.