Onentzaro enborra eta Olentzero

El inicio del invierno es una época festiva cargada de simbolismo, personajes pintorescos, tradiciones con un profundo arraigo y ritos dirigidos a alejar todo tipo de mal, desprendernos de lo que nos resulta inservible o indeseable y preparar el terreno para una nueva época de prosperidad.

Uno de los símbolos solsticiales más destacados dentro del folklore europeo es el gran tronco que es cortado, alimentado y sacrificado en la chimenea del hogar para asegurar el renacimiento mítico del sol, la renovación del ciclo anual, la perpetuación de la vida y la comunión con los ancestros, contrarrestando el poder de las peligrosas fuerzas que amenazan las noches invernales. Este leño recibe diversos nombres a lo largo del continente: Júl log o Jól log en Escandinavia; Yule holz o Yuleklotz en Alemania; Yule log, Yule clog, Yule block o Gule block en Inglaterra; bluķa, blukio o blukis en los Países Bálticos; badnjak o budnik en los Países Eslavos; Stock of the Mock o Mock en Cornualles; Blocyn y Gwyliau (Festival Block) en Gales; Bloc na Nollaig (Christmas Block) en Irlanda; Yeel Carline (Old Wife) en Escocia; Souche de Noël, Bûche de Noël, Cosse de Nau, Mouchon de Nau, Chuquet, Tréfouiau, Tréfouet o Tréfoir en diferentes regiones de Francia; Eteau nedelecq en Bretaña; Cacho fió en Provenza; cachafuòc en Occitania; ceppo, zocco o ciocco di Natale en Italia; tizón do Nadal en Galicia; Tió , Tronc o Soca en Cataluña; Tronca,Toza o Zoca en el Alto Aragón.

El tipo de árbol que es quemado en esta época difiere entre regiones: en Escandinavia suele ser el fresno, aunque puede substituirse por el abeto; en Inglaterra e Irlanda, el más común es el roble; en Escocia, el abedul; en Alemania, el haya; en algunas zonas de Francia, se recurre a árboles frutales como el cerezo o el peral. No obstante, la encina, el olmo, el castaño, el álamo y el saúce también se encuentran entre los candidatos a convertirse en combustible del fuego sagrado. Otras plantas que habitualmente forman parte de las decoraciones de este tronco antes de ser arrojado a las llamas son el muérdago, el acebo y el pino.

El rito que se realiza para congraciarse con este espíritu vegetal suele seguir una estructura similar, aunque los detalles varían. Primeramente, se va al bosque a buscar el árbol, se recitan unas palabras para pedir su consentimiento o su perdón y luego se arrastra el tronco hasta la casa. En unos casos, se acude la víspera de Nochebuena y, en otros, al comienzo de la época de Adviento. En lugares como Serbia y Croacia, se viste al tronco con tela roja y se ponen cintas a su alrededor, añadiéndose también hojas y flores; en otros, se adorna con elementos vegetales y se colocan velas encendidas. Durante la noche del 24 de diciembre se entregan ofrendas de comida y/o bebida: grano o pan, vino o licor, frutas y dulces suelen ser los alimentos que sirven como pago.

En el resto países europeos, ha pervivido mayormente la costumbre de libar alguna bebida alcohólica sobre el tronco, diciendo unas palabras de bendición o agradecimiento, aunque actualmente se recurre a tributos más modernos como dejar billetes junto a él. En los Países Bálticos, en algunas partes de Italia y en la zona Pirenaica se tiene por costumbre cebar al tronco durante varios días y luego los niños golpean el madero con palos para recibir regalos o dulces mientras entonan canciones que hacen referencia a su carácter protector y benefactor.

Finalmente, se deposita el tronco en el fuego. En algunos lugares se deja toda la Nochebuena encendido hasta el amanecer; en otros, se va quemando una parte cada noche hasta el día de Año Nuevo; en otros, se mantiene este fuego durante las doce o trece noches mágicas que conforman la Navidad (hasta la vigilia de la Epifanía). Si se extingue antes del tiempo estipulado, se entiende como un augurio de mala suerte, desgracia, enfermedad e incluso muerte de algún ser querido.

El carbón y las cenizas sobrantes se guardan con distintos propósitos: alejar el daño mundano y sobrenatural; custodiar a los durmientes si se pone debajo de la cama; proteger la casa del rayo y los incendios; prevenir las plagas sobre los campos; fertilizar la tierra; salvaguardar las cosechas del pedrisco y las alimañas; sanar a personas o animales enfermos; purificar el agua y bendecir alimentos; fregar los suelos; atraer la prosperidad.

En Euskal Herria, este emblema de cultos arbóreos anteriores a la era cristiana forma parte igualmente de nuestras tradiciones navideñas y posee denominaciones singulares: Supila (Urdiain, Navarra); Sugieleko, Sukileko o Xuhilau (Luzaide, Navarra); Sukubela (Likinaga); Xukil, Chuquil o Tukil (Urraulgoiti, Navarra); Xubilar o Txubilar (Romanzada, Domeño, Iso y Napal, Navarra); Xubilaro (Arakil, Navarra); Subilaro-egurra ( Aezkoa, Navarra); Subilero (Mezkiritz, Navarra); Suklarako- egurra (Salazar, Navarra); Suilaro (Sara, Iparralde); Xiularo o Xihularo (Uhart- Mixe, Iparralde); Gabon-subil (Abadiano y Auntzola, Bizkaia); Gabonzuzi (Ezkirotz, Navarra y Zegama, Gipuzkoa); Gabon-mukur (Bedia, Bizkaia); Gabonetako-egurra (Arruazu, Navarra); Pago mozkorra o Egur mozkorra (Azkarate, Navarra); Pago burua (Aia, Gipuzkoa); Gaztain- enborra o Pago-enborra (Igantzi, Navarra); Jaingoikoaren egurra (Ulzurrun, Navarra); Porrondoko (Salvatierra, Goizueta y Malaerreka, Navarra); Olentzero-enbor (Oiartzun, Gipuzkoa), Onontzoro-mokor u Onantzaro enborra (Larraun, Navarra).

En los distintos dialectos del euskera, existen vocablos dispares con sus respectivas variantes fonéticas y ortográficas para referirse al tronco de un árbol: buru, supil/subil, zuzi, enbor, mozkor/moskor/mukur, zonpor/zonbor, zunpur/sunpur…Adicionalmente, a este motivo central, se le añaden otros calificativos relacionados con la Nochebuena (gabon, gau+ona) como hito definitorio de las festividades invernales; con un ambiente más luminoso por el retorno del sol (egu); con un tiempo propicio o época auspiciosa (onenzaro); con el tipo de madera que se quema (pago, haya; gaztain, castaño). Como excepción curiosa, contamos con una denominación que hace referencia a Dios como entidad divina: Jaingoikoa o Jaun Goikoa (Señor de Arriba).

En lo que al rito respecta, hay que añadir que no siempre se utilizaba ni se utiliza un único tronco. En Mezkiritz (Valle de Erro) y Gorriti (Larraun), se talaban dos leños grandes que se situaban a ambos lados del fogón, uno mirando hacia la derecha y otro hacia la izquierda. Dichos maderos recibían el nombre de Onantzaro gabeko batzarrekoak (Laterales de Nochebuena). En Salvatierra, en aquellas casas en las que había un toro semental, se elegían dos palos y se quemaban un poco por un extremo. Seguidamente, se colocaba el más corto atravesando la hendidura del largo, formando una cruz. Ésta se llevaba al establo y se fijaba con un clavo para evitar que el animal enfermara, especialmente como método de prevención de la rotura de vasos sanguíneos (maminpartidu). En Eskirotz y Elcano quemaban tres teas: la primera era para Jaingoikoa (Señor de Arriba), el segundo estaba destinado a Andra Mari y el último representaba a la familia (difuntos incluidos, por supuesto). En Unzu también se echaban a las llamas tres troncos: uno más grande que simbolizaba al Niño Jesús y otros más pequeños que personificaban a la Virgen María y San José. En Eraso y Arakil, además del madero principal, se añadía un leño por cada miembro de la familia y uno más para los pobres. En Amezkoa, el tronco ardía y arde junto a una rama de romero y otra de enebro para ayudar a purificar la casa y sus habitantes.

La temporización y el procedimiento que se siguen también varían de una localidad a otra. En la mayoría de pueblos sólo se mantenía encendido durante la Nochebuena hasta el día de Navidad y en Oiartzun, Abadiano y Anzuola se preparaba la cena con sus brasas para bendecirla. En Trespuentes, una pareja de bueyes arrastraba el árbol completo hasta el hogar el día de Nochebuena y permanecía alimentando el fogón durante todo el año. En Llodio, Desojo y Salvatierra se mantenía la lumbre ardiendo hasta el Año Nuevo. Las mujeres tendían a cubrir el fuego cada noche y trazar la señal de la cruz sobre las brasas mientras recitaban: “Si viene el Niño que entre la luz, si viene el Demonio que encuentre la cruz”. En Olaeta quemaban el trozo de haya en Nochevieja junto a lo que quedaba del madero del año anterior. En Ulzurrun guardaban la última parte del tronco de Navidad para ahumar al ganado el día de San Antón (17 de enero) junto a un puñado de flores y hojas de saúco bendecidas durante el Corpus Christi. En Eskirotz, sin embargo, colocaban los restos del Gabonzuzi en la puerta principal y hacían pasar a los animales por encima. En Liginaga se creía que hacer este ritual con las ovejas propiciaba que nacieran más corderos hembras. En Eraso, si un familiar moría durante estas mágicas noches del invierno en las cuales se mantenía encendido el leño, se dejaba en su ataúd una porción del mismo.

Los carbones y cenizas surgidas del Onantzaro enborra se usaban principalmente para proteger el hogar, prevenir las enfermedades de las reses y el rebaño, fertilizar los campos y salvaguadar los terrenos de toda clase de alimañas, preparar remedios caseros y confeccionar amuletos (kuttunak).

Otro aspecto que me gustaría tratar es la coincidencia entre una de las muchas denominaciones del leño solsticial y el famoso carbonero mítico a quien atribuimos la labor de repartir presentes o castigos entre las gentes de estas tierras. Algunos autores modernos han sugerido por esta razón que el Olentzero sería en origen un espíritu arbóreo. A esta suposición, se le suma el hecho de que a este personaje navideño se le atribuyen rasgos de glotón como al Tió y en las canciones populares también se resalta su enorme ingesta de vino (una de las libaciones tradicionales descritas anteriormente).

Aquí es preciso señalar que el término Onenzaro, del cual deriva Olentzero y sus variantes dialectales Olentzaro, Orentzaro, Orantzaro, Onantzaro u Onontzaro, fue registrado por primera vez en el Fuero General de Navarra. El historiador Lope Martínez de Isasti (S.XVII) clarificó que se trataba de una palabra autóctona para denominar a la víspera de la Navidad con el sentido de época de lo bueno. En esta línea, Resurección Mª de Azkue, consideró razonable la hipótesis de que en realidad procediese de Onentzat aro u Onentzako aro con el significado de tiempo de los buenos. En cambio, Barandiarán y Satrústegui ofrecen otros argumentos que ponen de manifiesto un rostro bastante más siniestro del carbonero vasco, descrito con la cara tiznada, mal vestido, con la mirada enrojecida, mostrando un carácter fiero, portando árgoma en una mano mientras sujeta una hoz en la otra y con tantos ojos o narices como días tiene el año.

Personalmente, considero más acertado el análisis de Satrústegui, quien describe a este anciano como una personificación del tiempo con las típicas cualidades saturninas. Como nota interesante, deja caer que en Larraun aparece con 366 ojos en lugar de 365, lo cual nos remitiría a la idea de un gigante o jentil al estilo de Tartalo. Por su parte, Marliave da cuenta de la existencia del Ome deths Nases en el folklore aranés, un ser monstruoso que pasa por los fogones de las casas en la noche del 31 de diciembre y pierde todas sus narices el 1 de enero. En otras zonas del Pirineo Francés (Haute Ariège y Pays de Sault) y Catalán aún quedan reminiscencias del Ome negra u Home negre (Hombre Negro), quien es considerado una encarnación del invierno. Adicionalmente, Satrústegui nos recuerda la existencia de otras figuras similares, como es el caso del Zanpantzar de Ustaritz (Nafarroa Beherea), un monigote grotesco, sucio, relleno de paja y vestido con harapos que es paseado por las calles, recibiendo burlas de los vecinos, hasta ser quemado junto a su esposa durante el Martes de Carnaval.

En definitiva, podríamos concluir que el Olentzero, sea considerado gigante, representación del tiempo o personificación del invierno, se encuentra más próximo al arquetipo del hombre del saco u ogro/troll de las montañas que rapta, castiga y se come a los niños traviesos, al igual que otras réplicas que encontramos en el folklore ibérico (el Apalpador o Pandingueiro en Galicia, el Angulero en Asturias, el Tientapanzas en Écija…) y en otras tradiciones europeas (Père Fouettard, Hans Trapp, Krampus, Jólasveinar, Belsnickel…). Si rastreamos los orígenes del Olentzero como tradición popular, la mayoría de referencias datan de finales del S.XIX (momento en que acontecieron los crímenes del alavés Díaz de Garayo) y nos conducen a la cuenca del Bidasoa, una importante zona minera del Pirineo Navarro. Caro Baroja apuntaba que la presencia de este personaje estaba muy localizada en ciertos territorios montañosos: la zona este de Guipúzcoa que se encuentra más cerca de los Pirineos, el norte de la comarca de Cinco Villas (que limita con los Pirineos Atlánticos), Larraun (donde se situaban las minas de Uitzi) y el corredor de Uharte-Arakil (conocido por sus canteras y minas).

En todos estos lugares el Olentzero empezó a ser representado como un muñeco siniestro al que primero se aplacaba con ofrendas (castañas, nueces, manzanas, vino) y luego se incineraba para liberarse de lo viejo y los males vividos durante el año. Más adelante, un vecino empezó a disfrazarse de carbonero, escondiéndose en la oscuridad de las esquinas y asustando a los niños con la hoz en la mano. Después se avino a perdonar las faltas si los muchachos habían sido buenos durante la mayor parte del año y les premiaba con regalos. Así pues, con el devenir del tiempo y a medida que ha ido tomando contacto con la civilización, nuestro rudo hombre negro ha ido adoptando un talante más amable y conductas que resultan más aceptables socialmente. Hoy podemos verle sin su pipa, menos borracho, algo más comedido en sus apetitos y manteniendo una relación aparentemente estable con Mari Domingi. A mi juicio, este es un intento forzado de recuperar e intentar hacer encajar al personaje de Basoko Mari o la Vieja del Monte, la anciana que bendice con alimentos a los pastores laboriosos y da pan a los niños con alma noble que viven junto a las montañas.

Recapitulando, la relación que mantienen estos viejos espíritus del invierno con el tronco de Navidad y el fuego solsticial queda canalizada a través de la chimenea como corazón de la etxea y punto de reunión entre la comunidad de vivos, los difuntos y el resto de criaturas mágicas. El poder combinado del daimon que habita en el interior del árbol y el espíritu del fuego del hogar ejercen de protección de los peligros sobrenaturales que rondan la tierra y los cielos en esta época de caos, desgobierno y restructuración cósmica. Asimismo, los gestos de devoción en forma de pequeños sacrificios simbólicos y la implicación en los rituales populares de estas fechas ayudan a mantener el equilibrio entre las fuerzas del día y la noche, la vida y la muerte.

Referencias bibliográficas y webgrafía

Amades, Joan (1982)Costumari Català: el curs de l’any

Azkue, R. Mª (1942) Euskalerriaren Yakintza Euskaltzaindia-Escasa Calpe.

Barandiarán, José Miguel de (1973) Obras completas I: diccionario ilustrado de mitología vasca y algunas de sus fuentes. Gran Enciclopedia Vasca.

Caro Baroja, Julio (1984) Sobre la religión antigua y el calendario del pueblo vasco. Txertoa

Dueso, José (2000) El calendario tradicional vasco. Roger.

Durham, M. E. (1940) Some Balkan Festivals. Folklore, Vol. 51, No. 2. Taylor and Francis

Eneterreaga Irigoyen, Rafael. Aportaciones para un estudio del Olentzero en Lesaka (Disponible en Euskomedia)

Garmendia Larrañaga, Juan (2007) Léxico etnográfico vasco. Eusko Ikaskuntza Grimm, Jacob (2015)Teutonic Mythology. Cornell University Library

Hutton, Ronald (1996) The Stations of the Sun: a History of the Ritual Year in Britain. Oxford University Press

Marliave de, Olivier (2010) Les Fêtes des Pyrénées. Sud Ouest.

Marliave de, Olivier (1995) Pequeño diccionario de mitología vasca y pirenaica. Editorial José J. de Olañeta.

Satrústegui, J.M. (1974) Etnografía navarra I: El solsticio de invierno. Navarra: Ediciones y libros S.A.

Soler i Amigó, Joan (2001) Nadal Català. Editorial Pòrtic Taboada Chivite, Xesús (1982) Ritos y creencias gallegas.

Van Gennep, Arnold Manuel de folklore français contemporain (Volume 7, Part 1): Cycle des douze jours: tournées et chansons de quète – personnification du cycle, feux, bûchers et brandons mobiles, la bûche et le tison de Noël, Paris

https://www.scandinavianchristmastraditions.com/yulelogtraditions.html

https://cornishculture.co.uk/

https://www.zeberri.eus/ZB/ZEBERRI-122.pdf

https://blogs.deia.eus/arca-de-no-se/2018/12/10/olentzero-es-un-madero/

https://tierraalantre.wordpress.com/2013/12/25/vitu-languleru-ye-un-cuentu-de-

navida-averau-a-la-cultura-asturiana/

http://ujue-uxue.blogspot.com/2017/12/del-saturno-y-el-olentzero-bonachones-y.html

http://www.durangon.com/horra-horra-gure-olentzero/

Inauteriak, Aratusteak, Basaratusteak

El Carnaval es una festividad con un origen pagano remoto. La palabra carnaval proviene del latín “carrus navalis” (carro naval). Esta idea surge de los rituales babilonios y egipcios en los cuales se transportaba al dios Marduk y a la diosa Isis, respectivamente, sobre naves engalanadas.

Los primeros testimonios conocidos sobre esta celebración datan del 5000 a.C. Al inicio de la primavera, se celebraba en Babilonia una festival en honor a Marduk que consistía en la deposición temporal del poder por parte de las autoridades y en la ridiculización de la justicia. Durante el primer día, un sacerdote retiraba del rey todos los emblemas que señalaban su poder y lo exponía a agresiones físicas. Además, a los sirvientes se les permitía dar órdenes a sus amos. Otra de las tradiciones consistía en soltar a un prisionero, vestirlo con prendas de rey y proveerlo de manjares y mujeres. Al 5º día, el “falso rey” era depuesto y condenado. De esta manera el pueblo quedaba liberado del caos y la malicia.

Posteriormente, el judaísmo, convirtió esta antigua festividad babilónica en la fiesta de Purim, en la cual se celebra la salvación del pueblo de Israel gracias a que Ester suplicó su perdón al rey persa Mardoqueo (a quien algunos historiadores identifican como Jerjes I). Durante Purim los judíos tienen la costumbre de disfrazarse, usar máscaras, tocar música, bailar, cantar, comer y beber en abundancia, así como recitar coplillas burlescas y organizar representaciones teatrales.

En Egipto, al inicio de la primavera existía un festival en honor a Isis en el cual se transportaba la imagen de la diosa sobre una barca adornada con guirnaldas y flores hasta la costa para bendecir el inicio de la temporada de navegación.  Luego el culto a Isis se extendió entre los mercaderes griegos. Cuando Egipto se convirtió en parte del Imperio Romano, Isis fue asimilada a otras diosas relacionadas con la fertilidad.

Antes de la llegada de los cultos isiacos, los griegos celebraban un festival en honor a Dionisos. Según el mito helénico, Dionisos llegó desde Oriente en un navío sin tripulación. De ahí que fuera costumbre transportar la figura del dios en un carro adornado a través de las calles y los campos. Dicho carro era acompañado de una multitud de fieles disfrazados y con máscaras que ocultaban su identidad pública, los cuales entonaban himnos bajo los efectos de la embriaguez.

Dionisos, fue posteriormente asimilado al Baco romano. Sus festividades fueron introducidas en Roma hacia el 200 a.C. Inicialmente, tanto los misterios dionisíacos como las Bacanales eran ceremonias secretas en las que participaban únicamente mujeres, conducidas por sacerdotisas. Su origen se remonta a un culto anterior a Pan/ Fauno. Poco a poco, la participación se fue extendiendo entre los hombres y se aceptó también la presencia de esclavos.

Tanto los ritos dionisíacos como las bacanales poseían un componente caótico, extático y sexual destacado. Las fieles, conocidas como “ménades”, se vestían con pieles y se adornaban con laurel. Los devotos, denominados “sátiros”, se ponían cuernos en la cabeza y a menudo se cubrían con hojas. Utilizaban vino, sustancias enteógenas y el frenesí de la danza para eliminar las inhibiciones y provocar estados alterados de conciencia. El propósito final de estos ritos no era entregarse simplemente a la lujuria, sino que tenía un sentido místico. Dionisos/Baco era una deidad cnótica, relacionada con la tierra y el inframundo, que permitía contactar con la auténtica naturaleza del espíritu para provocar cambios en el individuo. Debido al carácter mistérico de estos cultos, hay muchos aspectos que actualmente desconocemos. Su conversión en una festividad popular hizo que se conservaran ciertos elementos folclóricos, pero desconectados de su significado religioso profundo.

Por otra parte, el carnaval se asocia a las Lupercales romanas. Su denominación proviene de la combinación de los términos “lupus” (lobo) e “hircus” (macho cabrío), animales que eran sacrificados en la cueva Lupercal, lugar donde había vivido la loba que amamantó a Rómulo y Remo. Los Lupercos, cofradía salvaje vinculada a la figura mítica del lobo, que luego pasó a formar parte del sacerdocio regular romano, cortaban tiras de las cabras sacrificadas y corrían cubiertos de pieles y una máscara, azotando a las mujeres para propiciar su fertilidad. De esta forma recreaban el pasaje de la leyenda del rapto de las Sabinas.

Los germanos, los escandinavos, los celtas, los celtíberos y otros pueblos europeos tenían sus propios cultos a la naturaleza salvaje, llevados a cabo por cofradías de cazadores y guerreros (“harii”,”berserker”,”ulfhednar”,”fianna”,”seguidores de Vaélico”…) que realizaban rituales extáticos bajo los efectos de plantas como la amanita muscaria, el cornezuelo, la belladona o el beleño negro. En ellos la figura del lobo (junto con la del oso) poseía igualmente un carácter sagrado como símbolo de muerte cósmica y reintegración cíclica.

En los carnavales rurales vasco-navarros y pirenaicos hallamos reminiscencias de estas mismas celebraciones que reconectaban con lo salvaje y buscaban el retorno al caos o desgobierno primitivo, aboliendo la organización impuesta por la civilización.

En euskera, el término para designar estas festividades es “Inauteriak”, “Iñauteriak” o “Inauteak”. Según José Dueso, podría provenir bien del vocablo “iñau”, que significa “burlesco” y el sufijo “te” que se emplea para indicar “temporada”. Baroja sugiere otra posible etimología derivada de “iñaute”, añadiendo el sufijo “eri” que se traduciría como “enfermo” pero también como “malo” o “vicioso”. Teniendo en cuenta que uno de los propósitos del carnaval es encarnar lo que es considerado malicioso o perjudicial para liberarse de ello, esta interpretación tendría su sentido. De todos modos, existe la palabra “iñote” o “iyote” para designar al carnaval propiamente dicho. Por último, investigadores como Caro Baroja se focalizan más en la relación del carnaval con la carne, tomando como referencia el sentido más moderno que adquirió en Europa a finales del S.XV por influencia del cristianismo con su prohibición de comer carne durante la Cuaresma y abstenerse de mantener relaciones sexuales.

A mi juicio, esta asociación podría provenir de tiempos arcaicos, ya que “carnero” en vasco se dice “ahari” y la “carne” se denomina “haragi”, pudiendo ser el sufijo “eri” una derivación fonética. Adicionalmente, el mes de febrero, que es cuando se celebran la mayoría de los carnavales, recibe no solo la denominación de “otsaila” (mes de los lobos), sino también “zezeila” (mes de los toros), animales totémicos autóctonos que tienen su representación en estas celebraciones y que podríamos relacionar con cultos mediterráneos (minoicos, griegos, romanos). Tampoco podemos olvidar que tanto el lobo como el oso, después de una temporada de carestía durante el invierno, necesitan consumir más cantidad de comida para reponer fuerzas. Igualmente, durante inviernos muy duros, el sacrificio de animales que inicialmente estaban destinados a la criar, podría convertirse en una necesidad.

Otro aspecto que es necesario puntualizar es que los carnavales no son un momento aislado dentro del calendario tradicional vasco y otros calendarios europeos, sino que forman parte del ciclo de festividades invernales. En origen, este periodo de algarabía, descontrol y destrucción del viejo orden (tanto divino como social), comenzaba con el inicio de la época oscura del año: la fiesta en honor a los difuntos. En muchos lugares de la geografía vasco-navarra y pirenaica, los carnavales comienzan tras la Navidad y finalizan en Cuaresma, como es el caso de Andoain y otras localidades guipuzcoanas. No obstante, en la mayor parte del País Vasco Francés (especialmente en Zuberoa), empiezan en Año Nuevo y acaban el Martes de Carnaval. En lugares del norte de Navarra como Agoitz o Donamaria empiezan la víspera de Epifanía. En el resto del norte de Navarra, tienen lugar tres semanas antes del Miércoles de Ceniza. En Ituren, Zubieta y Aurtitz, se festejan después de San Antón, durante el último lunes y martes de enero. En otros pueblos navarros, el primer jueves (Izekunde) se dedica a los compadres, el segundo jueves (Emakunde) a las comadres y el último jueves (Jueves Gordo) a los mozos (Gizakunde). En cambio, en Oiartzun (Guipúzcoa), otras localidades alavesas y vizcaínas, los carnavales se inauguran después de la Candelaria.

Como se ha explicado en varios artículos relacionados con la época oscura del año (Negu, en euskera), la Caza Salvaje es un mito muy antiguo, ampliamente extendido por Europa. Entre sus integrantes encontramos monstruos con rasgos animales como los Krampus o las Pertchen, brujos/as como la Befana o Black Annis, representaciones de espíritus feéricos (doncellas de Santa Lucía) y difuntos, además de otros personajes que la lideran (normalmente, deidades o númenes como Odín, Holda, Cailleach, Cernunnos, Diana, Herodías, Mari o Akerbeltz). En las distintas versiones de relatos de esta temática, se narra que toparse con estas huestes o cortejos, implicaba unirse a ellos, al menos en espíritu (aunque en muchos casos suponía la muerte del cuerpo físico). Durante la época solsticial se pone especialmente de manifiesto que, en la mentalidad popular, se conserva la idea de que estas criaturas castigan o premian a los mortales, en función de su comportamiento y la consideración de dejar alguna ofrenda u obsequio para honrarlos o aplacarlos. De ahí que haya tradiciones en torno a entrega de alimentos u otros presentes. Como veremos a continuación, esto no es exclusivo de dichas fechas, sino que los escarmientos, sacrificios y tributos también forman parte de los carnavales.

Otro punto que es preciso señalar es que los carnavales representan una expresión viva de la antigua concepción que se tenía del alma (subdividida en partes) y la interrelación entre el mundo terrenal y otras dimensiones ocultas, entre lo natural y lo mágico. Claude Lecouteux, además de subrayar que en la antigüedad no existía una distinción clara entre sueño y realidad (inconsciente y consciente), pone de relieve la creencia pagana de que cualquier individuo está compuesto por un cuerpo físico, la fuerza vital que procede de la energía cósmica y anima el cuerpo, el doble físico que puede afectar a la materia (que, según distintas tradiciones chamánicas, deja su esencia en los huesos) y el doble espiritual o acompañante. Este doble espiritual o genio tutelar es el que puede cambiar de forma y a menudo adopta la apariencia de animal, aunque puede presentarse con forma humanoide, con el aspecto de un antepasado difunto o bajo la apariencia de una entidad feérica. A continuación, se mostrarán ejemplos de esta relación en los disfraces de los Inauteriak e incluso podremos atisbar un cierto regusto a rituales chamánicos de la Prehistoria y cultos mistéricos de la Edad Antigua.

Uno de los carnavales más potentes en cuanto a elementos simbólicos es el que se celebra entre Ituren y Zubieta (Navarra). Los personajes principales son los Joaldunak (también conocidos como Zanpazarrak) y el Hartza (oso). Los Joaldunak son hombres (nunca mujeres) vestidos con una larga camisa, enaguas blancas, pantalones azules, faja (“gerriko”) y un chaleco de piel de oveja, un pañuelo rojo, un largo capirote cubierto de cintas y coronado con plumas de gallo (“ttuntturroak”) y abarcas. En la espalda cargan dos enormes y sonoros cencerros (“polunpak”) junto a dos cencerros pequeños sin badajo (“joareak”), en la mano portan una especie de látigo o hisopo (“hisopua”) hecho de crines de caballo con un mango de madera cubierto de piel y algunos llevan colgado un cuerno (de llamada). Estos mozos ataviados con partes animales se colocan en dos filas y hacen sonar rítmicamente los cencerros para despertar a la tierra dormida y sacar al oso de su letargo, además de alejar las enfermedades y todo tipo de mal. La manera en que agitan los hisopos tampoco es trivial, ya que con las crines de caballo parecen acariciar el suelo y con ese gesto estarían fertilizando la tierra, lo cual recuerda mucho a un ritual realizado en Escandinavia durante el Dísting (o Dísarblot), festividad se honraba a Jörd (la Madre Tierra) y a las Landvættir (espíritus feéricos de la naturaleza).

En la Saga de los Volsungos se relata que unos campesinos llevaron a cabo una ceremonia de fertilidad en la que usaban el pene de un caballo y recitaban un conjuro con el objetivo de conseguir prosperidad. En la cultura nórdica el caballo era un animal sagrado relacionado con el dios Frey. En Euskal Herria, el caballo se relaciona con los Ireluak, espíritus con forma de “pottoka” (caballo) que hacen de mensajeros entre el mundo invisible y el de los humanos (ver artículo sobre los “oihulariak”). Igualmente, tienen una clara relación con la fertilidad. Así pues, el hisopo de los Joaldunak bien podría ser una representación de su miembro viril. Otro personaje que también barre el suelo con crines de caballo mientras hace sonar los cencerros es “Txerrero” de Zuberoa. Adicionalmente, en esta misma región también destaca la figura de Zamalzain, un ser mitad hombre y mitad caballo que es herrado durante la representación. Esta misma costumbre de herrar la figura de un hombre-caballo la encontramos en el personaje de “Zaldiko” del carnaval de Lantz. En el Sobrarbe (Aragón) también existe el “Caballé”.

Por su parte, el Hartza (oso) es un animal que tiene un fuerte arraigo en territorio euskaldun y a lo largo de los Pirineos. Junto al lobo, es uno de los seres con mayor presencia atávica en estos lugares y es considerado una imagen de fuerza, resistencia, defensa del territorio y fecundidad. Se cree que el oso pudo ser uno de los tótems principales de los cazadores prehistóricos y las tribus autóctonas de la zona, pues encontramos representaciones muy antiguas en el arte rupestre de Euskadi (cueva de Santimamiñe en Kortezubi, cueva de Ekain en Deba, cueva de Laperra en Karrantza). La figura del oso también pervive en la leyenda de Juan el Oso, una narración que presenta la redención de un salvaje. En unas versiones se dice de este personaje que era hijo de un oso, mientras que en otras se cuenta que era descendiente de un hombre y una mujer de fuerte constitución y cuya potente voz asustó a un adivino que pasaba por una cueva. En todos los casos se le ilustra como un gigante u hombretón peludo al estilo del Basajaun o Señor del Bosque. No sería descabellado pensar que este númen no sólo se apareciese en forma humanoide, sino también como animal, aunque lo más probable es que se trate de una representación de humanos que conservaban ese nexo con la naturaleza salvaje.

El Hartza está presente no sólo en Ituren, Zubieta y Aurtitz, sino también en Arizkun, Andoin, Zalduondo, Abanto, Markina, Sarriguren, Arles sur Tech, Saint Laurent de Cerdans, Prats-de-Mollo y Bielsa (Pirineos Aragonés). En todos los casos, el oso va acompañado de un “Domador” con disfraz de pastor o carbonero que lo lleva atado con una cadena con el fin de evitar que ataque a las mujeres o las personas que no van disfrazadas. En los Pirineos Orientales, al principio está suelto y acosa a las jóvenes pastoras. Luego es perseguido por los vecinos hasta que es capturado y llevado a la plaza, donde se le afeita y se le insta a volver a su forma humana (viéndose en este caso un claro ejemplo de la escenificación de un cambio de forma). En Ituren y Aurtitz, la particularidad del Hartza es que lleva un par de bolsas de cuero con forma de testículos y cuernos de cabra. Además, a pesar de estar atado, lidera la procesión de los Joaldunak.

Algunos interpretan que estos cuernos son una manera de representar el poder de Akerbeltz como entidad relacionada con la naturaleza salvaje, aunque en muchos lugares se le tiene por protector de los animales en general, tanto domésticos como criados en libertad. El culto al macho cabrío también es bastante antiguo, probablemente casi tanto como el del oso. En la cueva de Ekain que se ha mencionado anteriormente, encontramos igualmente imágenes de este tipo de animales. Además, en Aquitania se descubrieron unas inscripciones de época romana (s.III d.C.) en las que está tallado el nombre de Aherbeltse”, una deidad que adoraban las tribus locales antes de la llegada de los romanos y que ya tenía la atribución de protector de los animales.

En el cortejo que sigue a los Joaldunak y el Hartza encontramos otras figuras denominadas “Mozorroak”. El término “mozorro” en euskera significa “careta o disfraz” y está relacionada con el vocablo “zomorro” (bicho, coco). Los “mozorroak” se cubren la cara con un trozo sábana vieja, con tela de saco, con una máscara de animal (lobo, zorro, gato…) o con una careta de diablillo, visten pieles de oveja y un taparrabos. Normalmente llevan carretas con troncos de árboles, hojas y representaciones de hombres-árbol que son tiradas por burros o portan ramas de árboles con las que azotan a las mozas. A veces también arrastran pellejos de jabalí o zorro y montan cabezas de caballo unidas a un palo. Su función es atemorizar a los vecinos y crear el caos en la plaza. En ocasiones organizan peleas de machos cabríos.

Tanto el lobo, el zorro, el jabalí y el gato son animales en los que Mari, las Lamias y los/as brujos/as se transforman. El zorro por su color rojizo y su astucia también ha sido relacionado popularmente con el Diablo. Por su parte, el jabalí (“basurde”) y su primo el cerdo son animales que el cristianismo consideró impuros y maléficos, sometiéndolos y vinculándolos a San Antón con el fin de que se convirtieran en un símbolo de su victoria sobre judíos, musulmanes y paganos. En cambio, en las creencias precristianas el jabalí era considerado un animal totémico vinculado a la fuerza, el coraje y la prosperidad.

En algunos pueblos de Vizcaya (Gatika, Arrankudiaga, Ugao, Arrigorriaga, Zaratamo, Arakaldo, Orozko, Zamudio, Derio, Otxandio…) aún se conserva una antigua costumbre ligada a estas fechas llamada “Basaratuste”, “Basaratiste” o “Basaoste” (también conocida como “Kanporamartxo” o “Sasimartxo). En origen, se trataría de un “carnaval en el bosque” (aún se conserva la palabra “aratuste” o “aratixte” para designar al carnaval en el occidente vasco) como espacio sagrado al que se entregaría una ofrenda de comida y bebida. Actualmente, se organiza una comida campestre bastante más profana donde se asan trozos de cerdo ensartados en un pincho (“txitxi-burruntzi”) y se bebe vino tinto o sidra. Por su parte, en la zona del Goierri (Guipúzcoa), el jueves anterior a la última semana de carnaval los mozos iban por los caseríos cantando versos en los que se advertía de la venida del lobo y recogían chorizo, jamón u otras piezas de carne como tributo para el lobo (“Otsabilko”). Este rito tendría un carácter propiciatorio para evitar que este animal se comiera al ganado.

Otras figuras carnavalescas que debemos señalar son los “Momotxorroak” de Alsasua, criaturas que son mitad hombre y mitad toro. Visten pantalón azul, una camisa manchada de sangre, pieles de oveja y llevan una máscara con cuernos de toro, trozos de metal y crines de caballo en el pelo. En su espalda cuelgan cencerros. En la mano portan un sarde que usan para atemorizar y agredir a quien encuentran a su paso. El martes de carnaval, los momotxorroak salen gritando y embistiendo a los vecinos. Luego realizan una danza alrededor del fuego, llamada “Momotxorroen dantza”. En un punto de su recorrido, se les une un ser mitad hombre y mitad macho cabrío subido en un carro , quien enseña lascivamente sus atributos a la compañía de sorginak o brujas que le siguen, las cuales también aúllan y ríen lujuriosamente. El cortejo se une al desenfreno de los momotxorroak y celebran un “akelarre”, al que se unen los “Akerrak” (seguidores de Aker que van vestidos con cuernos de cabra y que también podemos encontrar en los carnavales de Sarriguren).

Según J.M. Barandiarán, el toro en la mitología vasca es el aspecto habitual que adopta un númen llamado “Zezengorri”, aunque recibe otras denominaciones en función de la zona: Txekorgorri, Txahalgorri, Ahatxegorri, Ahatxe… Se trata de un espíritu subterráneo con forma de toro rojizo que escupe fuego por la boca y las fosas nasales, abrasando así a sus enemigos y a todo aquel que cruza sin permiso una morada sagrada. Se le considera un guardián de cuevas y simas en las que se cuenta que existen tesoros y a veces surge en defensa del lugar con los cuernos y la cola encendidos en llamas. En ocasiones, también se le describe con forma humana, bajando a los pueblos a castigar a una persona que le ha disgustado o injuriado. Su aparición en medio de la noche suele ser considerada un mal presagio. La creencia en esta entidad probablemente surgió de un tipo de bovino salvaje que anteriormente pastaba por las montañas vascas y pirenaicas (“Betizu”) y que se relaciona con la diosa Mari bajo la forma de vaca roja (“Behigorri”). Algunos de los lugares donde este tipo de leyendas tienen más arraigo son: Aralar, Ataun, Etxalar, Orozko, Bermeo, Sara, Camou… En algunas historias posteriores se dice que aparece como un toro de oro, pudiendo haberse fusionado el relato autóctono con el mito del becerro de oro y/o el vellocino de oro. Tampoco podemos olvidar que el toro era un símbolo de la potencia sexual del Júpiter romano.

 

Otro animal que tiene una importante presencia en el folclore vasco y pirenaico es el gallo como elemento purificador y protector. Aún hoy podemos encontrar sus patas clavadas en las puertas y tejados de las casas, en espadañas de algunas iglesias e incluso en los palos de mayo. En las zonas costeras también solía colgarse en el palo mayor de los barcos, especialmente durante las batallas navales. No obstante, en la zona del Baztán se considera un signo de mal agüero que el gallo cante a deshoras, siendo un indicio de muerte, calamidad o de la visita de algún mal espíritu (o brujas). En algunos pueblos, después de esto, se echaba sal en la lumbre, mientras que en otros se solía sacrificar al gallo, como recogieron Barandiarán y Erkoreka. Claude Lecouteux confirmó en sus estudios la existencia de la costumbre de sacrificar un gallo en Euskal Herria, no sólo ese caso, sino cuando se creía que una persona había sido embrujada o cuando se iba a construir un nuevo hogar. En este último supuesto, se le cortaba el cuello, se dejaba la sangre manar enfrente de la casa, se le colgaba del dintel de la puerta principal y se salpican las últimas gotas por el marco. Seguidamente, se asaba al animal, cuya carne servía de primer alimento para la familia recién llegada. Posteriormente, el rito evolucionó y se lanzaba un gallo o gallina negra dentro de la casa antes de entrar a vivir, ya que se decía que sería el primer ser vivo en morir.

Además, en lugares como Sara o Galdakao existía la creencia de que había un espíritu maléfico que adoptaba la forma de gallo, llamado “Gaizkine” o “Gaiskiñe”. Si una persona enfermaba misteriosamente y no se conocía la causa, se solía mirar en la almohada para ver si las plumas formaban la silueta de un gallo, pues la tradición oral cuenta que estos espíritus se meten en las almohadas para provocar pesadillas y malestar. Si aparecía dicho símbolo, se consideraba que la enfermedad era incurable, pero si no se veía dicha figura, se llevaban las plumas a un cruce de caminos y se quemaban para asegurar la sanación del enfermo.

Tanto en las festividades solsticiales como en los carnavales podemos contemplar resquicios de estas manifestaciones populares. En Arrankudiaga se ha conservado una tradición carnavalesca, celebrada durante el Jueves Gordo, conocida como el día del “Eguen Zuri”. En dicha fecha los niños del pueblo salen a cantar coplas mientras golpean las “makilak” (bastones) contra en suelo, con la intención de despertar a la tierra (igual que se hace durante el día de Santa Águeda). Antiguamente, después de hacer la ronda por los distintos barrios para recoger alimentos o algo de dinero, se sacrificaba un gallo apaleándolo con las “makilak” como forma de purificación y de prevenir cualquier tipo de mal. Desde hace 30 años no se comete crueldad contra el animal y se lleva un cuadro o un estandarte con su imagen. El gallo, además de todo lo mencionado anteriormente, es considerado un elemento de renacimiento y está relacionado con la sexualidad por su apetito insaciable. Se creía que cuanto más humillante y dolorosa era la muerte del animal, mejor augurio. Desde la mirada de la moralidad católica, se pensaba que de ese modo se redimían simbólicamente los pecados de la carne, aunque como se ha citado previamente, el sentido original era distinto.

En otros Inauteriak, la manera en que se expulsa el mal es sometiendo a escarnio público y quemando a un muñeco de paja y trapo que sirve como chivo expiatorio de la comunidad. En el carnaval de Zalduondo este monigote se llama “Markitos”, quien suele ser transportado a lomos de un burro que preside un cortejo de osos y cabras (el burro, al igual que el caballo en otros contextos, es el transporte de diversos seres míticos, como el Olentzero en Euskadi o la Befana en Italia). En Lantz tenemos a “Miel Otxin”, un gigante de unos tres metros inspirado en la figura de un afamado bandolero, que va vestido con pantalón azul, camisa de colores, polainas de cuero, una careta y un sombrero estrafalario. Esta figura es perseguida por un grupo de personajes alborotadores con ropas coloridas (antiguamente pieles), la cara cubierta y un gorro cónico, que gritan mientras agitan sus escobas o palos y crean el caos entre los vecinos (“Txatxoak”). En Kanpezu se inmola a “Toribio”, muñeco vestido como un carbonero (recordemos que el Olentzero tiene su lado siniestro), quien es seguido por los “Katziruloak”. Estos acompañantes van con un capirote en la cabeza y su “zurriago”, hostigando y castigando a los niños. En Uztaritze (Lapurdi) se quema un monigote llamado “Zanpantzar” que representa la gula (en Abanto existe otro que simboliza el hambre llamado “Zangaluzea”). En zonas mineras como Gallarta se lanza a las brasas a “Bizkarbaltza”, una figura negra con cabeza de animal que representa enfermedades como el cólera que afectaron a los mineros. En Llodio se ajusticia a la “Bruja de Leziaga”, la representación de una “sorgin” que, según los relatos populares, se mesaba el cabello con un peine de oro y atraía a los pastores a su cueva mediante su canto. Este tipo de conductas son más propias de una Lamia que de una bruja, aunque entre ambas figuras existe una estrecha relación (ver el artículo “Etorkizuna, kontakizuna”).

En varios carnavales de la geografía vasco-navarra y pirenaica encontramos referencias a brujos/as. En Ituren, Zubieta, Alsasua, Antzuola, Sopuerta, Ilarduia, Egino, Andoin, Olite, Abanto y Oiartzun salen grupos de brujas que siguen al cortejo de personajes principales. Concretamente, en Oiartzun, encontramos una combinación de “Sorginak” e “Intxisuak”. En Ataun, los “Intxisuak” eran la representación de brujos o hechiceros que acompañaban a sus homólogas femeninas. Sin embargo, en Oiartzun y otras localidades guipuzcoanas el vocablo se refiere a un espíritu escurridizo y travieso, mitad hombre y mitad “betizu” (toro salvaje), que habita cuevas como la de Arditurri y al cual se le atribuye la construcción de monumentos megalíticos. Esta combinación de hombre-toro, está presente tanto en Alsasua como en Bakaiku, siendo en este último lugar donde su aspecto recuerda más un chamán de los que se encuentran pintados en las cavernas prehistóricas que a una suerte de Minotauro como sucede en Alsasua. Por su parte, la construcción de megalitos también se asocia a los gentiles, motivo por el cual, probablemente, en otras villas se cree que los Intxisuak son un tipo de Jentilak. En cambio, en otros lugares relacionan al Intxisu con un Iratxo o Ieltxu por su semejanza fonética.

Los seres feéricos y otros genios tienen su espacio legítimo en los Inauteriak. En las “Maskaradak” de Zuberoa observamos la recreación de dos tipos de entidades contrapuestas: “Beltzak” (negros) y “Gorriak” (rojos). El grupo de los “Beltzak” estaría constituido por seres nocturnos de carácter maléfico (vinculados a Gaueko), que son representados con prendas oscuras, rotas o harapientas y se comportan de una manera muy desorganizada, ruidosa y a menudo agresiva. En cambio, los “Gorriak” llevan atuendos limpios, hermosos y cuidados, manteniendo siempre la compostura y una conducta respetuosa. Estas figuras estarían asociadas a Mari en su aspecto de creadora de vida y regidora del orden cósmico. Si extrapolamos estos dos grupos a otras mitologías europeas, los “Beltzak” representarían a la Corte Oscura (Unsheelie court, Fomorianos, Svartálfar…) y los “Gorriak” a la Corte Luminosa (Sheelie court, Tuatha Dé Dannan, Alfr…), que simbolizan las fuerzas destructoras y creadoras del universo, respectivamente. Este patrón de vestimenta y conducta se puede apreciar en casi todos los personajes que conforman los carnavales, lo cual nos da una pista de su verdadera naturaleza.

En los carnavales de Amezketa, Ugarte, Bedaio y Abaltzisketa se escenifica una danza en dos grupos de 8-12 individuos: el primero va de negro, con los ropajes típicos de un carbonero y la cara tiznada, mientras que el segundo grupo viste de blanco con faja y gorro rojo. Este baile se conoce como “Talai dantza” y se ejecuta con palos, representando una danza guerrera, donde se hace visible la rivalidad entre los seres del día y la noche, luchando por alargar el invierno o posibilitar la entrada de la primavera. El jefe de cada grupo es denominado “mozorro”, aunque existe la figura del “zesterue” (cestero o el que lleva la cesta), quien recoge la comida y bebida que entregan los vecinos (tradicionalmente carne de cerdo, huevos y vino tinto o sidra, en consonancia con el tipo de ofrendas que se suelen dar a estos seres). Otro ejemplo de estos grupos son los carboneros de Goizueta y Markina que persiguen a las mujeres con pellejos de vino inflado (“zagis”) y bailan una danza de palos (“Zahagi dantza”) con otras figuras de blanco que llevan faja y gorro rojizo. En Aoiz también encontramos a los “kaskabobos”, disfrazados de arlequín, y los “maskaritas”, que van con pamela.

Dentro del grupo de los “Beltzak” podríamos hacer un aparte para un dar lugar especial a los “hombres del saco” o “zaku zaharrak” que existen en distintos Inauteriak locales, como el de Lesaka e Isaba. Estos personajes van completamente tapados con telas de saco, están rellenos de paja y/o hierba seca y portan unas vejigas infladas o palos con los que golpean a los vecinos. En ocasiones, algunos se manchan de hollín y grasa. Dentro de este grupo podríamos incluir a personajes con nombre propio como el “Ziripot” de Lantz (gordinflón con un bastón, que podría ser el Basajaun), a las “Basa-andereak” (señoras del bosque) de Saint-Jean-Pied-de-Port o a los “Perratzaileak” (caldereros o herreros) de Lantz.

 

Por otro lado, debemos detenernos a hablar de los “Mamuxarroak” (o “Mamoxarroak”) de Unanua y los “Kotilungorriak” de Uztaritze, que son unas excepciones dentro del grupo de los “Gorriak”. En Unanua (e Igantzi), los personajes se visten con pantalón blanco, camisa blanca, pañuelo y máscaras rojas y portan cascabeles y una vara en la mano. Durante el desfile de carnaval estos mozos se dedican a azotar a las mujeres al estilo de los Lupercos romanos. Los implicados en esta farsa encarnan la figura del “Mamur”, genio que suelen tomar forma de insecto u hombrecillo diminuto y que puede capturarse durante la mágica Noche de San Juan. En Uztaritze, el disfraz consiste en una máscara, una falda, un gorro y un pañuelo rojo, conjuntado con unas enaguas y una camisa blanca. En la mano, portan una suerte de hiposo muy similar al de los Joaldunak, que lleva igualmente crines de caballo. El cortejo va presidido por dos figuras que llevan el pantalón blanco y el resto de la ropa roja, además de la misma máscara carmesí. En este caso, ellos portan dos palos. El conjunto al completo estaría representando a un grupo de “Galtzagorriak”.

El último carnaval que se celebra en Euskal Herria y que tiene un claro contenido mitológico es el de Mundaka, conocido como “Lamiako Maskarada”. Esta tradición fue recuperada en 1978, pero tiene una historia bastante más antigua y llamativa. Su origen se remonta a una leyenda en la que una mujer llamada Prudencia murió de pena por el dolor de no volver a su hijo que viajaba en un barco. Una vez fallecida, se transformó en Lamia y, en su nueva condición, despedía con su canto a todas las embarcaciones que abandonaban las aguas del Ibaizabal para echarse a la mar. La Lamia en cuestión, durante esta mascarada, va acompañada de un cortejo de lamias que visten de negro, tienen el cabello blanco y el rostro pálido. Junto a ellas caminan los “Atorrak”, personajes que visten sábanas blancas y tienen la cara pintada de blanco.

Esta escenificación tiene una especial relevancia porque los difuntos y los seres mágicos prácticamente se fusionan. En muchas narraciones populares vascas y de otros lugares de Europa a veces no se hace distinción entre difuntos y seres feéricos, pues ambos son miembros de la Cacería Salvaje en igualdad de condiciones. Adicionalmente, en otras representaciones que hemos mencionado a lo largo del artículo hallamos figuras de personas vivas con la capacidad de desdoblarse en espíritu o cambiar de forma, como es el caso de las sorginak o los hombres-bestia.

Por último, en este fin de fiesta encontramos una representación de Mari y otros númenes como Sugaar, el Basajaun, Urtzi, Eguzki e Ilargi, además de otros genios como los “galtzagorriak” y los “jentilak”.

En resumen, a lo largo de este artículo hemos podido apreciar una gran diversidad de manifestaciones folclóricas derivadas del mito europeo de la Caza Salvaje, así como escenificaciones de las Batallas Nocturnas entre distintos tipos de espíritus que representan las energías creadoras y destructoras del universo y la continuidad entre la vida, muerte y renacimiento dentro de un ciclo de eterno retorno. Asimismo, hemos analizado elementos fundamentales del totemismo vasco y ritos de carácter extático como los cambios de forma. Estas prácticas siguen teniendo una resonancia palpable en las creencias sincréticas actuales que perviven en espacios rurales (especialmente en zonas de montaña que se encuentran más aisladas). Igualmente, poseen un gran peso en la praxis de brujería tradicional autóctona y representan una inspiración para la reinterpretación y actualización de la misma. Por último, cabe señalar que el culto a los antepasados y la interacción con los principales númenes o espíritus locales continúa estando viva, aunque más en un nivel simbólico que vivencial.

 

Fuentes consultadas:

Aguirre, Antxon (1991) Algunas creencias sobre gallos y gallinas. Cuadernos de sección: Antropología-Etnografía, nº8, pp 33-44.

Azkue, Resurrección M (1969) Diccionario vasco-español-francés. La Gran Enciclopedia Vasca.

Barandiarán, José Miguel de (1973) Obras completas. Gran Enciclopedia Vasca.

Baroja, Julio Caro (1965) El carnaval: análisis histórico-cultural. Madrid: Taurus

Campell, Joseph (1992) Mitología creativa: las máscaras del dios. Alianza editorial.

Díaz Vera, J.E. (1996) La saga de los Volsungos. Editorial Gredos.

Dueso, José (2000) El calendario tradicional vasco. Roger.

Eliade, Mircea (1983) Lo sagrado y lo profano. Alianza editorial.

Eliade, Mircea (2000) El mito del eterno retorno. Alianza editorial.

Eliade, Mircea (2000) El vuelo mágico. Siruela.

Erkoreka, Antón (1985) Análisis de la medicina popular vasca. Labairy Ikastegia.

Fossier, Robert (1982) La fin de la pensée sauvage. Le Moyen Age. Armand Colin.

Garmendia Larrañaga, Juan (1982) Iñauteria: el carnaval vasco. Txertoa.

Garmendia Larrañaga, Juan (2007) El carnaval. Eusko Ikaskuntza.

Ginzburg, Carlo (1991) Historia nocturna. El Aleph.

Gómez Tejedor, Jacinto (1979) El calendario vasco, Caja de Ahorros Vizcaína.

Hornilla, Txema (1988) Zamalzain el Chamán y los Magos del Carnaval Vasco. Txertoa

Lecouteux, Claude (2005) Hadas, brujas, y hombres lobo en la Edad Media. Editorial José J. de Olañeta.

Lecouteux, Claude (2013) The tradition of household spirits: ancestral lore and practices. Inner traditions.

Stúrluson, Snorri (2004) Edda Mayor. Alianza editorial

Stúrluson, Snorri (2006) Edda menor. Alianza editorial

http://symbolos.com/simbolismocarnaval1.html

http://circulo-ouroboros.blogspot.com.es/2012/02/las-lupercales-evolucion-de-los-cultos.html

www.kulturweb.com

https://www.turinea.com/es/cu/10-1405/2-ruta-de-las-cuevas-y-arte-rupestre-de-euskal-herria.html

https://www.disfrutabizkaia.com/blog/aratusteak-carnavales-tradicionales-bizkaia/

https://www.pirineo.com/especial-pirineo/dias-carnaval-carnavales-destacados-pirineo

http://blogs.deia.com/arca-de-no-se/2017/02/09/basaratuste-el-carnaval-del-bosque/

http://tokitan.tv/carnavales-tradicionales-europa-ancestrales-rurales#

https://www.turinea.com/es/cu/10-1405/2-ruta-de-las-cuevas-y-arte-rupestre-de-euskal-herria.html

http://www.gipuzkoan.eus/inauteriak/es/_q39_tfichaevento_oevento_id2245/idiomas.html

https://dantz-ango.blogspot.com.es/2014/03/irudiak.html

http://makilipurdi.blogspot.com.es/2013/02/mozorroen-ordua-ituren-eta-zubieta.html

Documental sobre los carnavales navarros: https://www.youtube.com/watch?v=c_yD8A2svBY

Documental sobre los carnavales de Ituren y Zubieta: https://www.youtube.com/watch?v=p2zp3u-tYPM&t=618s

Documental de la “Adarrak dantzan” (o “Momotxorren dantza”) dirigido por Beatriz de la Vega

Documental del Carnaval de Lantz (RTVE)

Facebook de Sorgin