Udazken koloretan

Septiembre representa el final o culminación del verano dentro del calendario tradicional vasco (Udazken o Udagoieneko), o lo que nosotros conocemos ahora como inicio del otoño (Buruila). Popularmente se concibe como una época corta y plácida (Urriaro) donde los días son cada vez más breves y los últimos verdores de la vegetación (Larrazken) se apagan, dando paso progresivamente a hermosas estampas de tonos dorados, pardos y cobrizos.

Una de las denominaciones de septiembre es Uraila o mes del agua (o Garoila, haciendo referencia al rocío), aunque este año está siendo especialmente seco y no tendría demasiado sentido aferrarse a dicha terminología. Antiguamente, la humedad de las lluvias propiciaba el esplendor de los helechos y, por ello, septiembre es conocido como Iraila (mes del helecho). Muchos aldeanos, especialmente en la zona del Duranguesado y en los Pirineos, recogían esta planta para fabricar “camas” para el ganado, usarla como combustible o utilizarla como elemento para los abonos por sus propiedades remineralizantes. Por su parte, los/as herboleros/as, también la recolectaban durante la luna nueva de septiembre para tratar dolores reumáticos, problemas articulares, hernias inguinales y frenar las hemorragias de las heridas. Asimismo, puede usarse como diurético y para tratar trastornos hepáticos. En el Valle de Ollo existe la costumbre de quemar helechos recogidos en San Juan para purificar la casa y prevenir toda enfermedad.

En mi caso, como resido en la Ribera del Ebro, estas tradiciones no forman parte del imaginario colectivo del territorio. Esta zona se caracteriza por sus viñedos y la calidad de sus vinos, así que la vendimia y sus festividades báquicas, son sus principales elementos folklóricos distintivos. Concretamente, en Logroño, aunque ya nos salimos de las fronteras legales del País Vasco y Navarra, en el Equinoccio de Otoño se hace el pisado de la uva y se le ofrece el primer mosto a la Virgen de Valvanera, una antigua advocación mariana (s.XI) que fue encontrada en el interior de un roble del Valle de las Venas (renombrado posteriormente como Valle de la Venia o del Perdón). Este frondoso lugar destaca por la abundancia de los arroyos que riegan las laderas y que semejan los vasos sanguíneos de la Madre Tierra. Algunos autores apuntan a que el nombre de Valvanera provendría de “Luna Vera” (Luna verdadera), haciendo referencia a la palidez del rostro de la imagen original que se asociaría a dicho cuerpo celeste. La presencia de plata y gemas azuladas en su santuario refuerza su vinculación con la luna. Otros consideran que Valvanera es una representación venusina de una deidad prerromana más arcaica cuyo nombre se ha perdido y que tendría una relación directa con la fertilidad y la sanación, ya que junto al viejo roble hay una fuente natural a la cual se acude para beber o recoger agua con fines curativos.

Sea como fuere, Valvanera no es la única representación de Diosas convertidas en Vírgenes cristianas. Otra de las imágenes a destacar sería la Virgen del Romero de Cascante (Navarra), la cual se apareció tres veces a un pastor sobre un romero (al estilo de las manifestaciones de Mari en muchas de las leyendas populares). El romero es una de las plantas más utilizadas en la medicina popular, especialmente en forma de alcohol o aceite, para el tratamiento de contracturas, inflamaciones y problemas articulares, así como trastornos respiratorios y circulatorios. Adicionalmente, es un gran reconstituyente y ayuda a fortalecer el cuerpo. En muchos hogares, principalmente de la geografía navarra, se solía colgar (y aún se cuelga) un hatillo de romero sobre el dintel de la puerta o encima de las ventanas para ahuyentar, no solo a los mosquitos, sino también todo tipo de mal.

En localidades como Durango (Vizcaya) o Mutiloa (Guipúzcoa), se rinde culto a Andra Mari (Señora Mari) en forma de virgen.  El día de la Natividad (8 de septiembre) se ofrece una misa y luego se celebra una romería. Las mujeres encienden lámparas de aceite, cirios y rollos de cera virgen con la intención de alejar las pesadillas de sus hijos/as. Asimismo, se le suele ofrendar gran cantidad de huevos e incluso gallinas. Tanto ese día, como a lo largo de todo el año, las mujeres acuden para pedir por la salud de sus pequeños, lograr un buen parto o que se les conceda la dicha de tener descendencia.

Aunque todas estas tradiciones me resultan afines porque las he vivido de cerca (sustituyendo el romero por albahaca y los huevos por dulces), debo confesar que, en mi casa, ha tenido más relevancia que mi tía preferida cumpla años en esta fecha (supongo que esto tampoco fue accidental, conociendo a nuestra Dama). Recuerdo que, en estos días de fiestas septembrinas, nos juntábamos toda la familia a comer en casa de mi abuela y ella cocinaba pierna de cordero (antigua ofrenda a Mari). También amasábamos juntas “hojas de parra”, unas tortas crujientes en forma de hoja que llevan huevos, leche, aceite, azúcar, harina y anís. Otros de los dulces típicos de esta época son las conservas de melocotón y pera en almíbar, las mermeladas de frutos de temporada (melocotón, ciruela, moras), las manzanas asadas y las garrapiñadas. No podría contar la cantidad de horas que he pasado con mi “amona” a lo largo de mi infancia y adolescencia llenando botes de conserva y pelando “almendrucos” sobre un tocón de madera. A veces me daba la propina por ayudarla, a pesar de que mi auténtica recompensa era su compañía y sabiduría.

La verdad es que nunca fui demasiado fan de la vendimia, aunque luego me pusiera “morada” de uva moscatel cuando mis tíos la recogían. La verdadera esencia del otoño para mí se encontraba y aún permanece en la sacralidad alquímica de la cocina. El otoño empezaba realmente cuando mi abuela encendía el horno de leña con troncos viejos, sarmientos y cáscaras de frutos secos y nos dedicábamos a recoger los frutos de la cosecha para transformarlos en nuevos alimentos mientras emanaban de sus labios las viejas historias. También era el momento en que limpiaba y acondicionaba con especial esmero la capilla familiar para que estuviera convenientemente preparada para el Día de Todos los Santos, pues los antepasados han sido siempre un elemento esencial en el culto privado de mi familia. Siempre la acompañaba al cementerio para estos menesteres y observaba con detenimiento cada detalle, pues había cosas que no podía hacer porque solo corresponden a la Etxekoandre de la familia. La esencia y las formas principales de aquellos ritos son las que he ido incorporando en mi propia práctica espiritual, aunque obviamente he introducido otros elementos que han surgido de la interacción personal con los Etxekojaunak y de la investigación aplicada del folklore de mi tierra.

El otoño para mí representa, igualmente, un periodo de acontecimientos drásticos, transformadores y normalmente dolorosos: la cesión o matanza de animales a los que había cuidado durante el verano; el abandono de las libertades, el comunitarismo y el espíritu salvaje del pueblo; el alejamiento o pérdida de algunas amistades que cambiaban de clase, centro o vivienda; el divorcio de mis padres; el fallecimiento de seres queridos;  la inestabilidad de la falta de empleo o la adaptación laboral a un nuevo centro docente o grupo de alumnos; las mudanzas; la iniciación a mi tradición.

La entrada de los espíritus de la corte oscura (o Caza Salvaje) suele manifestarse en forma de sacudidas, derrumbes, accidentes, pérdidas significativas, renuncias y sacrificios. Esta es su manera de reestablecer un nuevo orden nacido del caos y el desgobierno, de obligarte a prescindir de la cómoda piel a la que te habías acostumbrado para otorgarte otra más resistente a las inclemencias y penurias del invierno. La superación del miedo, la inseguridad, la ansiedad y la melancolía que conlleva el desapego de nuestro viejo “Yo” y de todo lo ligado a él es la prueba a superar o el precio a pagar para obtener ciertos aprendizajes, regalos o dones que solo ellos pueden entregarte. Por mucho que sea algo asumido, no deja de resultar difícil, porque los seres humanos solemos resistirnos a los cambios y a aquello que se escapa de nuestra comprensión o control. Enfrentarnos al duelo de una muerte física, emocional, simbólica o espiritual es algo atávico que despierta toda una serie de mecanismos asociados a la Sombra y a los temores que surgen de la interacción con las diferentes realidades del Mundo Inferior.

Tal y como escribió Jung en su Libro Rojo, “puedes llamarnos símbolos, pero somos tan reales como tus semejantes, […] somos lo que tú consideras real”. Y creedme, los poderes a los que sirvo son algo más que conciencias arcanas que pueblan el inconsciente colectivo de una cultura autóctona. Están muy vivos y más despiertos que nunca, como hemos podido comprobar con los últimos desastres naturales. Su forma de manifestar su tremendo descontento con el despreciable trato mayoritario que le da el género humano ha sido activando el potencial destructor de los cuatro elementos a nivel planetario: huracanes (aire); erupción solar e incendios (fuego); terremotos (tierra); lluvias torrenciales, inundaciones y tsunami (agua). A nivel local, las olas de calor generalizadas, las sequías en la parte del sur y las últimas tormentas en las zonas de montaña también han sido notables. Incluso tenemos nieve en algunos puntos del Pirineo.

Durante este ciclo, los acontecimientos se han precipitado de forma inevitable, anticipando la llegada de lo que se atisba como un largo y duro invierno. Mis sueños y vuelos nocturnos me conducen a lugares cada vez más oscuros e inquietantes.  Mi percepción de los últimos eventos me hace pensar que nos están poniendo a prueba, se está exigiendo la asunción de compromisos más firmes y la entrega de desgarradores sacrificios.

En mi caso, hace un año que salí de la protección de mi cubil y di el paso de visibilizar mi “pata de ánade”, mostrando públicamente esa faceta brujeril y oracular que había sido un secreto y un tabú en muchos espacios sociales. No podía ni quería esconder más algo que me convierte en quien soy a todos los niveles, pues mi espiritualidad es algo que me he esforzado en llevar a la práctica en casi todo lo que hago en mi día a día, tratando de honrar la memoria de mis antepasados y a los espíritus del territorio que me entregaron su bendición. Tal y como juré en la cima de Urkiola hace 9 años, he recogido la antorcha de la tradición, he alimentado su fuego y estoy difundiendo su esencia, asumiendo paulatinamente los compromisos como heredera de un legado familiar que había permanecido oculto, esperando a la persona que tuviese la valentía de rescatar ese tesoro.

La mujer que ahora escribe estas letras dista mucho de aquella muchacha soñadora e ingenua que se echó al monte una lluviosa mañana y será muy distinta de la que quizás conozcáis en el futuro como representante de su propia Etxea. Solo espero poder cumplir con las exigencias de ese cargo y rol con la honestidad, devoción, rectitud, dignidad y aplomo suficiente. El proceso de preparación a menudo es confuso y tortuoso, ya que el sendero a seguir es torcido y con indicaciones que a veces resultan difíciles de descifrar. Incluso te encuentras sin guía en algunos puntos del camino y no te queda otra que confiar en tu propia intuición y en ciertas sensaciones subjetivas, pues los misterios han de ser desvelados y revelados. Tus mayores o tus iguales no pueden explicártelos, por mucho que quieran. La experiencia de cada practicante es única y los obstáculos a superar son diferentes para cada individuo.

En estos últimos meses me he ido encargando de realizar la mayoría de devociones semanales y mensuales,  me he ocupado de gran parte de la organización y desarrollo de las celebraciones estacionales con sus correspondientes costumbres, he tomado un papel mucho más activo en los ritos de paso (funerales, cuidado de las almas que cruzan al otro lado, protección de las nuevas madres y bebés de la familia, casamientos), he profundizado en mis conocimientos de herbalismo y sanación y he intensificado mi relación con los espíritus de la “casa madre” para propiciar un tránsito más fluido en la renovación de los pactos cuando corresponda. No puedo describir lo desgastante que puede resultar a nivel energético y emocional, ni todos los ajustes que he tenido que ir haciendo, comenzando desde mis hábitos de alimentación, ejercicio y sueño, pasando por la gestión cotidiana del hogar hasta las interacciones con mis familiares, amistades, vecinos y conocidos.

Un aspecto que me ha resultado más difícil de lo esperado es pasar a tener un rol más destacado dentro de la comunidad. El hecho de sentir que la gente de mi alrededor me empezaba a frecuentar y me frecuenta cada vez más para compartir sus intimidades (aunque apenas tengamos trato o ni siquiera nos conozcamos), pedirme consejo o asistencia o solicitarme que interceda o medie en asuntos familiares o vecinales ha llegado a resultar un poco agobiante por la toma de conciencia y responsabilidad sobre la resonancia que tienen tus palabras, actos, omisiones o faltas. Tu entorno te observa con un ojo más crítico y empieza a esperar cosas de ti que antes no te correspondía asumir. Hay momentos en que me siento como la llama de una vela que congrega la presencia de seres visibles e invisibles con una intensidad inusitada. Otras veces, me percibo como un renacuajo que aún no se ha convertido en rana, alternando entre la tierra y el agua, sin encontrar un verdadero asiento en ninguno de ambos espacios.

En este ciclo que comienza me corresponde finalizar esta preparación y empezar a asentar las bases para refundar la Etxea, probablemente en un nuevo territorio que ya llevo unos meses explorando y con el cual me estoy sintonizando para que, cuando llegue el momento de dar el triple salto mortal sin red, lo esencial esté bien dispuesto. Eso va a implicar dejar atrás muchas cosas e invertir más cantidad de energía en mi persona y en todo aquello que no se ve de puertas para afuera. No sé de qué manera afectará eso a la trayectoria de este proyecto. Mi intención es seguir contribuyendo a la difusión de los aspectos culturales y folclóricos de la tradición, así como a la construcción de puentes que lleven a una reconciliación entre la realidad objetiva y subjetiva. Espero que, con vuestras sugerencias y apoyo, sea más llevadero el viaje.

Para acabar, os dejo con la letra de la canción “Udazken koloretan” de Benito Lertxundi, deseándoos un feliz equinoccio de otoño y una próspera cosecha.

En los colores de otoño,
atravesando los perfumes de los campos,
evocándote, estoy en ti.


A la sombra del árbol desnudo,
amarillenta y rojiza
yace la hojarasca; todo duerme.


Recojo una hoja, es tan simple como bella,
tan sencilla al morir,
parece aún poseer toda la vitalidad del árbol.


Tanta dignidad al caer
me impulsa a cantarte.
De nuevo contemplo el árbol;
¿estará preocupado…?,
se diría que dibuja la sonrisa de la eternidad
en la bondad de su libre transcurrir.


Y parece burlarse
de los sueños cultivados
en las entrañas del tiempo que me esclaviza.


En los colores de otoño,
atravesando los perfumes de los campos,
evocándote, estoy en ti,
tan sencillo al morir,
tan simple al irte sin un adiós.

 

 

  • La imagen de la Virgen de Valvanera se ha extraído de: https://lariojaturismo.com/comunidad/larioja/recurso/monasterio-de-nuestra-seora-de-valvanera/b4bd993d-c181-487f-87d4-7fdba2a21059
  • La fotografía de la Virgen del Romero puede encontrarse en esta página: http://turismo.navarra.com/item/basilica-de-nuestra-senora-del-romero-de-cascante/
  • La imagen de la Santa María de Uribarri (Durango) se ha obtenido del siguiente blog: https://bizidun.wordpress.com/2016/12/15/el-retablo-de-la-basilica-de-santa-maria-de-uribarri-en-durango/
  • La ilustración de “The Witches Rout” es obra de Marcantonio Raimondi y Agostino Veneziano y ha sido tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:The_Witches_Rout_(Lo_Stregozzo),_by_Marcantonio_Raimondi_and_Agostino_Veneziano,_engraving_-_National_Museum_of_Western_Art,_Tokyo_-_DSC08256.JPG
  • La imagen de la pata de oca se ha extraído de: www.caymonproyectos.es/images/Pata-oca.jpg
  • La ilustración del sapo entre dos ratas se encuentra en: http://personal.rhul.ac.uk/uhle/001/degheyn.htm

 

Asko dakin zu, bizitzen baldin badakin zu

El proverbio vasco dice que “mucho sabe aquel que conoce cómo vivir”. Esta es una máxima que mi abuela, una humilde campesina y señora de su casa, me ha transmitido desde bien pequeña y que me sigue repitiendo y demostrando con sus 96 años. Y no puedo más que admirarla y atender sus consejos porque para mí ha sido un modelo de lo que la vida debería ser. Como se dice popularmente, la gente anciana sabe mucho porque ha sido enseñada por la necesidad (“asko daki zaharrak, erakutsi beharrak”). Es por eso que, en la cultura vasca, se sigue teniendo en gran estima a los mayores, especialmente a las “amonas”, y se escuchan sus palabras.

Mi abuela es una de esas mujeres que apenas pudo ir a la escuela, pero se esforzó por seguir las costumbres y aprender muchas de sus habilidades observando a otras personas, “cogiendo lo bueno” de ellas, aunque tuvieran una moral un tanto cuestionable, una reputación no demasiado ejemplar, estuvieran en una peor posición socio-económica o fueran muy distintas a ella. Así me ha educado: enseñándome mediante la observación, el ejemplo, la transmisión oral, el esfuerzo y la paciencia que supone esperar el momento de poder formular las preguntas adecuadas, recibir las respuestas justas en el momento idóneo y actuar cuando uno/a es requerido/a, está preparado/a, la situación así lo impone o ha demostrado la valía suficiente para asumir un rol activo.

Una de las primeras cosas que he aprendido de ella es el respeto a la vida y a todas sus criaturas. Tal y como la propia Mari nos muestra, toda forma de vida tiene un valor y un propósito, no importa lo pequeño o insignificante que parezca.  Todo ser puede enseñarte algo y por eso debes respetarlo. No nos corresponde a nosotros/as juzgar la virtud o las faltas de otros, pues de ello ya se encargará nuestra Dama. Es más importante preocuparnos de comprender nuestro propio valor, mantener nuestra dignidad y nuestro honor.

De ahí se derivan otras lecciones de gran importancia: ser sinceros/as con nosotros/as mismos/as y con los demás, aprender a ser íntegros/as y coherentes con lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos, así como cumplir con la palabra dada o no comprometernos con algo o alguien cuando realmente no podemos, ya que si lo verbalizamos y luego no actuamos, habrá una serie de consecuencias. Recordemos que “todo lo que tiene nombre, existe” y, una vez que la intención se ha materializado en palabras, no hay vuelta atrás (“Agindua zorra, esan ohi da”/ Una promesa es una deuda, se ha dicho siempre). Esto también nos lleva a la prudencia, a tener cuidado con lo que decimos, pedimos, hacemos y dejamos de hacer.  Aunque, por supuesto, hay situaciones que comprometen la supervivencia, la integridad personal o moral, así como el bienestar de los nuestros donde corresponde marcar límites claros y tomar medidas de forma rápida, precisa y efectiva, dejando de lado la diplomacia. En tal caso: “Amen: zu hor eta ni hemen” (Así sea, tú allá y yo aquí).

Otras grandes enseñanzas que he recibido son que nada que merezca la pena de verdad se gana sin arduo trabajo (“Garaipena, neke askoren ondorena”/El éxito es resultado de mucho trabajo duro) y que hay que estar agradecidos/as por cada pequeña cosa que el universo nos regala u otras personas nos entregan desinteresadamente, con cariño o agradecimiento.  Si nos situamos en una mentalidad comunitarista, nada de lo que tenemos es realmente nuestro e intentar conseguir bienes o conocimientos por la vía rápida, a veces incluso aprovechándonos de lo que otros/as han hecho o están haciendo para allanar el camino, ¿no es una forma de jactarnos y de rapiñar los frutos que esas personas deberían recoger? Como reza el dicho vasco: “Aberats izatena baino, izan ona hobe” (más vale tener un buen nombre que ser rico). Y tal y como Mari demuestra generosidad con la gente honrada y los desamparados en las leyendas, así nos enseñan las abuelas a cooperar, asistir y mostrar diligencia con nuestros/as amigos/as, vecinos/as y todo aquel que necesite de cuidado, pronunciando “egizku beti on, ez jakinarren non” (siempre haz lo correcto, incluso si no sabes a quién beneficias).

El cuidado de las amistades y mostrar fidelidad hacia estas es algo muy valioso para los/as vascos/as y, en consecuencia, la traición es una de las peores faltas (“Bi etxetako txakurra, goseak jan”/ El perro que pertenece a dos casas, muere de hambre). Mi familia por línea materna ha tenido unas relaciones bastante armoniosas, tanto dentro como fuera de la familia. Mi abuela ha sabido conservar sus amistades durante largos años, muchas hasta el momento de su fallecimiento. Algunas de ellas incluso se han convertido en una extensión de la familia de sangre, llegando a tener un vínculo suficiente fuerte para ejercer un papel en ciertos asuntos de la familia. Ahora que mi abuela es mayor y no puede visitarlos, llevándoles dulces, huevos, leche fresca, parte de la matanza, flores del jardín o algún otro presente, es ella quien recibe esas visitas con la mejor de las disposiciones. No obstante, en el Solsticio de Invierno, se acuerda de llamarlos a todos/as o nos pide que escribamos una postal para desearles buenas fiestas. En este sentido, mi abuela tiene bastante claro que, la vida sin amigos, implica una muerte sin vecinos (“Adiskidegabeko bisitza, auzogabeko heriotza”).

La gestión de estas relaciones comunitarias también tiene sus propias reglas, costumbres y prohibiciones. En primer lugar, la capacidad de escucha es, probablemente, la cualidad más valorada. Así nos lo muestra el dicho: “Aditzaile onari, hizt gutxi” (Un buen oyente necesita pocas palabras). Recibir las confidencias de alguien es considerado un honor y una responsabilidad, de modo que la indiscreción está muy mal vista. Es más, nuestros mayores nos advierten que debemos ser vigilantes y desconfiados con aquellas personas que quieren saber demasiado sobre nuestros asuntos personales (“Azeri solas ematen zaukanean ari, gogo emak heure oiloari”/ Cuando el zorro te está dando conversación, concéntrate en alimentar al pollo). Asimismo, se nos previene de hablar demasiado, primero, porque se cree que lo que se dice se manifiesta; luego, porque el que mucho habla, tiene más probabilidades de equivocarse; también, porque centrarnos en nosotros mismos hace que no escuchemos lo que lo demás pueden aportar y esto se considera una falta de respeto; por último, porque aquel que dice lo que le parece sin contrastarlo, puede ofender a alguien y escuchar lo que no quiere oír (“Esaten buduk nahi duana, etzungoduk nahi ez diana”). También suele ocurrir que el que mucho habla, tiende a hacer poco. Sin embargo, no intervenir en una conversación cuando creemos o sabemos que alguien no está diciendo la verdad o está equivocado, es también una imprudencia porque la audiencia asumirá que le das la razón (“Entzun eta isil, baiezko borobil”/ Escuchar y callar, es afirmar en redondo).

Por otra parte, las relaciones interpersonales exigen una justa reciprocidad (“Bakoitzari berea eta beti adiskide”/ A cada cual lo suyo y siempre amigos), gratitud (“Hartzean dena, zortzen dena”/ Lo que recibes, lo debes”), compromiso (“Idia adarretik eta gizona hitzetik” / Coge a los bueyes por los cuernos y los hombres por su palabra), responsabilidad y resolución (“Iraurk egin dezakeana ez uzti besteri egiten”/ No dejes que otros hagan lo que puedes hacer por ti mismo). También se dice que es importante aprender a recibir primero para poder ofrecer algo a cambio a los demás de una forma adecuada (“Jakiteko hartzen, ikas ezazu ematen”) pero, en ningún caso, podemos permitirnos ser aprovechados, ya que la gente acabará retirándonos su favor y generosidad (“Bat eman eta bi hartu, gure etxean ez berriz sartu”/ Dar uno y tomar dos no hará que vuelvan a tu casa).  Teniendo en cuenta lo anterior, la ambición, la envidia, la mentira, la pereza y regocijarse de la desgracia ajena, son consideradas prohibiciones sociales, todas ellas reflejadas en los refranes y leyendas populares y castigadas por los espíritus locales.

En cuanto a las relaciones en el hogar, se considera importante que una casa esté llena de vida (personas, animales, plantas), ya que es una manera de darle propósito. Así, el dicho vasco, manifiesta que una casa vacía es pura rabia (“Etxea hutsa, harrese hutsa”). Adicionalmente, se cree que una casa sin fuego es como un cuerpo sin sangre (“Sugabeko etxea, gorputza odolgabea”). Teniendo en cuenta que la Etxea se concibe como una materialización del vientre de la Madre Tierra y espacio generador, protector y reproductor, no resulta extraño que los vascos pusieran tanta atención en ella. Además, en un sentido espiritual, que no haya nadie cuidando de la casa, implica que los espíritus que la habitan padecen hambre y sed por la ausencia de ofrendas. De ahí que si entramos en una casa antigua que ha sido abandonada por mucho tiempo, podamos percibir una sensación de rechazo e incluso de temor, pues esos espíritus realmente pueden llegar a sentirse abandonados y furiosos con los seres humanos. Por otra parte, recordemos que el fuego de la casa es entendido como un espíritu familiar en sí mismo, siendo la chispa que inicia y mantiene la actividad dentro de la Etxea. En relación al fuego del hogar, también existe un proverbio que nos remite a una costumbre que aún se preserva: sentarse más o menos cerca de la lumbre en función de la posición dentro de la familia. El refrán dice así: “Zer dio sutundokoak? Zer baitio zutaizinekoak” (¿Qué dice el de al lado del fuego? Lo que dice el de delante del fuego). Esto hace referencia a que la Etxekoandre es quien tiene preferencia a sentarse junto al fuego, ya que ella lo alimenta. Por detrás de los señores de la casa, están los primogénitos (no importa si son hombres o mujeres) y, tras ellos, se sientan los hermanos pequeños. Así, los hijos menores escuchan lo que sus mayores dicen y, a nivel práctico, también obedecen los mandatos de estos. Otra regla de oro en la gestión de las relaciones familiares es mantener los asuntos de casa, dentro de ella: “Etxeko sua, etxeko hautsez estali behar da” (cubre el fuego de la casa, con la ceniza de la casa).

El matrimonio es considerado un rito de paso y una unión social de gran importancia, en consonancia al poderoso vínculo que Mari establece con su esposo Maju (o Sugaar). La abuela de mi marido solía decir que: “quien acierta en casarse, no se equivoca en nada”. Como esta frase, encontramos otros refranes como “Ezkondu baino lehen, ezagutzea lehenago” (antes de casarte, conoce a tu pareja) o “Nahigabeko ezkontzea, neke eta kaltea” (un matrimonio involuntario no trae más que problemas). Una de las funciones del matrimonio, además de establecer una alianza entre familias y perpetuar o engrandecer el patrimonio, era tener descendencia. Los hijos eran considerados una bendición de la Dama y un símbolo de prosperidad (“Haurrak bihi larri dira”/ los niños son corpulentas semillas). Esto era así hasta el punto de estigmatizar a las mujeres que eran infértiles llamándolas “matxorrak” (machorras) y se recurrían a largos peregrinajes a lugares señalados o hacían ritos de fertilidad como lanzar piedras a ciertos pozos, beber de fuentes sagradas o colocar ropas de bebé bajo el manto de la virgen. La educación de los hijos era una gran responsabilidad que exigía dedicación y dar ejemplo, tal y como expresa el refrán “Hitzetz berzerik beharda, haurrak haziren badiran” (no bastan las palabras para educar a un niño). Dentro de esa educación, se destaca el peso de las enseñanzas y costumbres de la familia: “Ohakoan dena ikasten, ez da jaoiti ahazten” (lo que se aprende en la cuna, nunca se olvida). Y a veces esas costumbres están tan arraigadas que, como reza el dicho, se convierten en ley (“Ohiturak lehe ohi dakar”).

Concretamente, en casa de mi abuela están presentes varios de los elementos folklóricos y costumbres de una Etxea tradicional:

  • La conexión con los poderes del agua: la casa se construyó en una chopera (la madera del álamo blanco es estimada en ebanistería porque resiste la erosión del agua), cerca de la llamada “piedra de las lavanderas” (lamias) y próxima a la antigua fuente de “La Rueda” donde las mujeres iban a por agua. Además, se hizo un pozo. En este pozo, es donde suelo dejar las ofrendas para los espíritus de la casa.
  • La presencia del fuego sagrado: En la casa se instalaron dos chimeneas, una principal y otra secundaria. Tal y como manda la tradición, mi abuela como Etxekoandre se encargaba de encender y alimentar el fuego (aunque la tarea de cortar la leña está reservada al hombre). Por extensión, la que cocinaba era también ella y nadie más podía remover la olla. La tarea de amasar la hacía igualmente ella, aunque a las niñas mayores nos permitía verter la masa en el recipiente, hacer las formas de los panes y los dulces o decorar las tartas.
  • Uso de las cenizas del hogar: cuando mi abuela limpiaba la chimenea, siempre reservaba las cenizas en un cubo. Parte de esas cenizas, las echaba en el jardín y en los campos, con la idea de bendecir las plantas y asegurar su crecimiento. Tradicionalmente, las cenizas también se han utilizado para hacer Kuttunak (talismanes), especialmente para proteger a los niños, aunque también a los animales, tal y como señala José Dueso.
  • Plantar un árbol junto a la casa: en nuestro caso, había una higuera y con sus frutos hacíamos mermelada.
  • Presencia de plantas de uso popular: mi abuela siempre ha tenido geranios en la ventana o en la terraza porque decía que daban un buen ambiente a la casa. Curiosamente, Barandiarán describe que en la Baja Navarra se creía que el geranio tenía un olor saludable, que servía para renovar el aire de la casa (atraer los buenos aires). Igualmente, recuerdo haberla visto quemando hojas de laurel (o romero) dentro de la casa y asperjando agua bendita por los rincones de las habitaciones. Estas también son fórmulas para arrojar fuera de la casa los “aize txarrak” (malos aires). Asimismo, hacía ramos con laurel y olivo en forma de cruz (bendecidos en Domingo de Ramos) para colgarlos como protección en la casa y evitar las tormentas de granizo (en otras zonas, se usa el espino blanco y el fresno como “pararrayos”). Mi abuela también plantaba albahaca y hierbabuena en la casa. La albahaca es considerada la hierba de Mari (aunque también está asociada a Santa Águeda) y se usaba para alejar a los mosquitos y repeler la enfermedad, aclarar la mente, atraer la prosperidad, evitar la caída del cabello y propiciar un buen parto. La hierbabuena está vinculada a la noche de San Juan (Solsticio de Verano) y se usa tanto para fabricar los famosos ramos como otro tipo de Kuttunak.
  • El chivo negro: Según recogió Barandiarán, el macho cabrío es uno de los númenes principales (Akerbeltz) y, en la mentalidad popular, estaba presente que el animal tenía asociadas facultades curativas y protectoras sobre el resto de animales de la casa. En algunos casos, no se tiene tan en cuenta el género y también se acepta como tótem una cabra negra. Mi abuela tenía una cabra negra a la que solo ordeñaba ella. Esta cabra parió tres cabritos, uno de ellos negro (“txoto motxo”), que se quedó como guardián de la casa hasta el día de su muerte.
  • El uso de la saliva para sanar: en la tradición vasca, la saliva (listua) es un elemento de sanación y protección contra el “begizko” (mal de ojo). Mi abuela la aplicaba después de hacer los agujeros de las orejas para favorecer la cicatrización y también detrás de las orejas o junto a los orificios de la nariz cuando la piel estaba descamada. También nos frotaba con saliva o con agua de manzanilla para curar los ojos.
  • El ritual del pan: en algunos hogares vascos, todavía se conserva la costumbre de que el/la anfitrión/a haga una cruz con el cuchillo sobre el pan para bendecirlo durante la Nochebuena y guardar un trozo del pan en un armario durante el resto del año como forma de protección. Según la creencia popular, el pan no se enmohecía y al final de la cena se le podía dar al perro de la casa para librarlo de la rabia.
  • Hilar o tejer durante las noches de Navidad: mi abuela siempre ha tenido por costumbre tejer desde la Noche de Difuntos hasta el final del invierno y suele regalarnos una prenda de lana cada año a cada una de las nietas. No obstante, durante las doce noches que van desde el Solsticio de Invierno hasta la Nochevieja, suele tejer cada noche. Esto podemos relacionarlo con la creencia de que el hilo que se tejía en Navidad protegía a los seres humanos del Diablo y de otros espíritus malignos.
  • Poner un vaso de agua corriente en la mesilla de noche: uno de los genios más famosos de la noche es Inguma, el equivalente a la “Pesanta” en Cataluña. Este espíritu es conocido por colocarse sobre el pecho de los durmientes, produciendo una sensación de opresión, ahogo, desasosiego y pesadillas. Aparte de algunas oraciones para ahuyentarlo, se solía poner un vaso de agua de manantial para mantenerlo a raya, o bien convocar la presencia de su contrario Gauargi. Mi abuela siempre duerme con un vaso de agua a la altura de su cabeza.
  • Hervir la leche: además de tratarse de una medida de salubridad, la acción de hervir la leche hasta sacar sus vapores se considera una forma de ofrenda para las lamias, especialmente para Amilamia, la más bondadosa y cercana a los humanos entre sus congéneres.
  • La luna, el tiempo y los presagios: como comentamos en el artículo anterior, Ilargia, la diosa luna de los vascos, está asociada al tiempo, al destino y a los muertos. Cuando llega la luna llena, se la saluda con la fórmula tradicional: “Ilargi Amandrea, zeruan ze berri?” (Señora Luna, ¿qué nuevas hay en el cielo?) A lo cual se responde: “Zeruan berri onak, orain eta beti” (En el cielo hay buenas noticias, ahora y siempre). Además de esto, mi abuela siempre me ha dicho que, “cuando cambia la luna, cambia el tiempo”. No es una máxima a tomar al pie de la letra, pero es un pensamiento que te lleva a observar sus ciclos y los cambios que se producen en la naturaleza. También cree que la luna llena que está rodeada de un cerco pálido, trae lluvia o heladas (según la época del año), además de presagios y, en ocasiones, muerte.
  • El culto a los muertos: esta tarea es, como ya se ha dicho, responsabilidad de la Etxekoandre o de la hija mayor que pasa a asumir la figura de Andereserora (sacerdotisa). Anteriormente, se enterraba a los difuntos de la familia en la Etxea (a los bebés muertos, bajo las raíces del árbol) y luego se pasó a darles culto en el “Yarleku” (sepultura, bien dentro de una iglesia o capilla). Mi abuela, en su día, mandó construir un panteón familiar con un altar de piedra. En dicho altar están todas las fotografías de los difuntos sobre un mantel blanco, bordado en hilo y convenientemente almidonado. A los lados de la lápida se colocan las velas para iluminar a los muertos. En ausencia de la argizaiola tradicional, mi abuela suele colocar lamparillas de cera virgen con aceite de oliva. Asimismo, compra las flores que más le gustaban a los difuntos. En casa, se tiende a poner vino o pacharán para darles de beber y también se puede ofrendar cualquiera de sus alimentos favoritos en vida. No obstante, se solían ofrecer castañas en el “Animen eguna” (Día de Difuntos, anteriormente conocido como “Gatzaiñerre eguna” o “Castañada”)
  • Dulces propios para cada fiesta agrícola: en mi familia existe una tradición repostera fuerte y conservamos el libro de recetas de la tatarabuela (cuyos padres trabajaron como panaderos). Este tesoro familiar recoge recetas de dulces asociadas a cada festividad. Por ejemplo, en Santa Brígida o Santa Águeda, se solía hacer leche frita o el famoso pastel de arroz (al que denomino, cariñosamente, “tarta de lamia”); en Equinoccio de Primavera, buñuelos de patata o manzana; en las Fiestas de Mayo, hogazas de pan en forma de helecho o trenzas; en San Juan, pastas de anís u hojaldres (“brasas”); en la cosecha del trigo, rosquillas; en la vendimia, “hojas de parra” y pastas de clarete; en el Día de Difuntos, garrapiñadas o mantecados; en el Solsticio de Invierno, polvorones y mazapanes. Un truco que se me ha transmitido a la hora de preparar los dulces, es que tengo que batir los ingredientes hasta que la masa haga “cordón”. Esta idea del cordón tiene que ver con las energías de ligazón (adur) que permiten materializar cualquier intención, creación o conjuro. La cocina, sin duda, ha sido uno de los espacios más mágicos de la Etxea.

¿Qué otras costumbres de posible origen folklórico se han conservado en vuestros hogares?

Eskerrik asko, Julio de Urquijo, Gotzon Garete eta Jon Aske . Sin vuestro trabajo de recopilación de refranes, las nuevas generaciones no podríamos beneficiarnos de las enseñanzas del saber popular.

La fotografía de familia en la puerta del caserío Isasi Berranengua es de Indalecio Ojanguren: http://www.guregipuzkoa.eus/irudia/?pid=3565

 

Ezai emana, ezak eraman

En el artículo anterior, se hizo mención a lo que popularmente denominamos “leyes de Mari”, pero no se profundizó en el tema, ya que hablar de estas normas de trato y convivencia, implica también abordar el tema de las prohibiciones o tabús. Ambos elementos delimitan un sistema ético particular al que están, a su vez, asociadas una serie de costumbres y protocolos de comportamiento que aún se mantienen en muchos hogares de la zona vasco-pirenaica, en mayor o menor medida.

Pero no podemos sumergirnos en estas cuestiones sin antes definir la naturaleza y personalidad de nuestra Dama. Mari, tal y como la describe Ortiz-Osés, es una Diosa-Madre Pantea (total, que lo abarca todo), de carácter ctónico-acuático (asociada a las fuerzas telúricas y del agua), nuclear (integra en sí misma a otros poderes y los gobierna), omniparente (que engendra y enlaza todo) y polimórfica (aparece con muchos rostros y tiene el poder de transformarse en distintos elementos). Es un númen ligado al cielo y a la tierra, a la vida y a la muerte, con un carácter ambivalente. En su aspecto luminoso, se presenta como una mujer hermosa, elegantemente vestida con un sayón rojo y de largos cabellos que, a veces se está peinando con un peine de oro y otras veces está hilando en su cueva, representando su poder sobre el Destino. En otras ocasiones, se la puede ver como una doncella bella pero humilde con un pie de oca (Reina de la Lamias y del mundo feérico). Otras veces, se la ve surcando el cielo con un carro tirado por cuatro caballos (al estilo del dios Helios), montada sobre un carnero con la luna llena como corona (Dama Blanca), sobre una escoba (Reina de las brujas), como una hoz o bola de fuego enorme (Señora del cielo), como un árbol con contorno de mujer o con distintas figuras de animales (vaca roja, carnero, gato, perro, oca, serpiente, caballo, buitre, cuervo…). En su vertiente positiva, actúa como como dama que enamora, ayuda, ampara, da consejos, otorga bendiciones o tesoros y propicia la fertilidad y la abundancia. En su vertiente oscura, se la representa como una señora hierática, dura, impasible, peligrosa, terrible, que castiga severamente, secuestra, quita privilegios y es capaz de matar a sus propios hijos/as o siervos/as. Su aojamiento y sus maldiciones producen una profunda melancolía, la locura, la inmovilización y el infortunio. Es por tanto, tan venerada como temida. Sus ofrendas preferidas son el pan, la leche, los huevos, la miel, la sidra, los carneros, las prendas tejidas y las joyas. Como presente, también se puede quemar albahaca y romero. Su día de culto, atendiendo a su conexión lunar, es el viernes. En este día se la describe horneando, peinándose, tejiendo, reuniéndose con su esposo, desatando tormentas o haciendo magia. No obstante, en Aketegi, se cuenta que hace la colada los miércoles.

De ahí que todas estas actividades se llevasen a cabo tradicionalmente en estos días de la semana. Sin embargo, se evitaban otros quehaceres en viernes por considerarse un día mágico, como comenzar a realizar trabajos importantes, llevar el rebaño al monte, sacar miel de las colmenas, etc. Otras tareas se realizaban siguiendo las distintas fases del calendario lunar: en luna nueva se preparaba la tierra y se daba culto a los muertos; en luna creciente se sembraba, se habían injertos y se cortaba el pelo; en luna llena se abonaba; en luna menguante se quitaban los rastrojos, se podaba, se cosechaba y se cortaban las uñas. También se tenían en cuenta las fases de la luna para la concepción: si se deseaba una niña, se debía engendrar en luna llena, practicando sexo matutino y, si se quería un niño, se debía hacer el amor en luna menguante y por la noche.

Ortiz-Osés expone que Mari “está presta a ayudar a quien se encare a ella con un talante positivo frente a ella y a la vida que personifica y que interpreta naturalísticamente en sus mandamientos éticos”, pero también nos advierte que durante las ceremonias o rituales en su presencia, necesitamos utilizar una “cantidad de recursos que hay que poner en movimiento psíquico para poder salir victoriosos de un encuentro con ella o sus subordinados”. Barandiarán” nos indica que no conviene entrar en sus moradas (Anboto, Aketegi, Murumendi, Aizkorri, Aralar, Txindoki, Gaiztozulo, Orhi…) sin ser invitado/a, ni sentarse en su presencia mientras se habla con ella (aun cuando se tenga su permiso para hacerlo) ni darle la espalda, teniendo que salir del lugar de la misma forma en que se entró, bajo pena de quedar petrificado o ser dominado inexorablemente. Tampoco se la debe tratar de usted, ya que ella exige que se le tutee (hablar en “hika”, una forma de tratamiento cercano y de confianza). Además, no se puede coger de sus dominios nada que ella no te haya regalado (por extensión, no debes tomar nada que no sea tuyo en la vida cotidiana sin el permiso de su dueño/a).

Así se nos muestra en una leyenda de Oiartzun, en la cual la criada del casero de Matxiene fue a buscar leña al monte y vio en la entrada de una cueva a una mujer sentada al sol, peinándose. La misteriosa dama, al verse sorprendida, se retiró al interior de la cueva, dejando caer involuntariamente su peine de oro. La criada lo recogió y se lo llevó a casa. Por la noche, se escuchó en la habitación de la criada una voz extraña que decía: “Criada de Matxiene, dame mi peine de oro. Si no, te daré dolor toda tu vida”. Esta leyenda pone de manifiesto la ley que castiga el robo, pero también nos conecta con el tabú de interceder sobre el destino (ya que el peine es un instrumento para manejar el pelo o dar vida o quitar el pelo, otorgando la muerte), con la prohibición de quitarle su peine a la Etxekoandre y con la costumbre de que sea la madre o la hermana mayor la que peine a las niñas o a las ancianas de la familia.

Otra de las leyes principales de Mari obliga a decir siempre la verdad y a castigar duramente la mentira o la negación de un hecho. Esto lo podemos observar en una leyenda de Azpeitia. En ella se cuenta que un pastor llevó a pastar a sus ovejas a Murumendi y sintió sed, por lo que caminó montaña arriba en busca de una fuente. En su recorrido, encontró una caverna, donde halló a una mujer elegantemente vestida. La mujer le preguntó qué buscaba y él le contestó que buscaba agua para saciar la sed. Ella, en cambio, le ofreció sidra. El hombre recibió agradecido la sidra y quiso saber con qué manzanas se había hecho. Ella le respondió: “con las que ha dado a la negación el señor Montes de Ikaztegieta”. Con estas palabras, la Dama le dio a entender al pastor que la sidra estaba hecha con las manzanas que el señor había negado tener en su almacén. De ahí el proverbio vasco “Ezai emana, ezak eraman”: lo dado a la negación, la negación se lo lleva. Es decir, que Amalurra abastece su “despensa” a cuenta de aquellos que niegan lo que tienen y afirman lo que no es.

Otra leyenda de Vilafranca de Oria, nos muestra que uno de los castigos tradicionales por falta a la verdad era lanzar pedrisco sobre las cosechas o bien la pérdida del ganado, que eran los dos bienes que mantenían a las familias. En esta ocasión, un cura se encontró en una encrucijada de camino al pueblo con un caballero de aspecto noble, que resultó ser su avaro y presumido hermano. El caballero admiró la riqueza y hermosura de los trigales y alardeó sobre los caballos que él tenía para poder trillarlos. El cura, irritado, le contestó que él tenía buenos frenos para sujetar a tales caballos. Aquella misma tarde comenzó a gestarse una tormenta de granizo con la fuerza necesaria para asolar los campos. En realidad, en este relato, Mari no solo está castigando la falta de verdad, sino la jactancia y actitud orgullosa de estos hermanos.

Otra norma importante que debe respetarse es no faltar a la palabra dada y cumplir las promesas. Así lo podemos ver en la siguiente leyenda de Zumaya. En ella se narra el pesar de una mujer casada que no conseguía tener descendencia. Era tan fuerte su deseo de concebir que, en voz alta, dijo que quería tanto una niña que estaba dispuesta a que el diablo se la llevase cuando cumpliera los veinte años. Finalmente, le fue concedida una hija, pero cuando estaba próxima la fecha del veinte cumpleaños de esta, la madre se arrepintió de sus palabras y la recluyó en una caja de cristal ante el temor a perderla. Sin embargo, el mismo día en que la joven cumplió los veinte años, el señor del infierno se presentó, rompió la caja y se la llevó consigo. Desde entonces la doncella vivió en Amboto. Aquí, además de ver el castigo por incumplir la promesa, podemos deducir que a esa edad se consideraba tradicionalmente que una mujer era suficientemente madura para pasar de doncella a señora.

Una leyenda de Amezketa nos ilustra el valor del trabajo en la cultura vasca y el premio al esfuerzo. En ella se cuenta que una muchacha (Kattalin) fue a cuidar ovejas. Mientras estaba conduciendo al rebaño, se percató de que le falta una oveja y fue a buscarla. Al rato, la encontró en la entrada de una cueva y Mari la invitó a entrar. La Dama le preguntó quién era y de qué familia provenía. La joven respondió que era huérfana y que las ovejas pertenecían a uno de los señores del pueblo. Mari le propuso que se quedara a vivir con ella y Kattalin se quedó a servir a la Señora durante siete años. Durante su estancia aprendió a hilar, a hornear pan, a utilizar las plantas según sus cualidades, el idioma de los animales y otras habilidades, no dejando jamás la cueva. Un día, la Dama le dio su consentimiento para salir fuera. La muchacha, aunque no quería irse, tuvo que aceptar. Antes de abandonar la caverna, Mari le entregó un saco de carbón. Cuando salió fuera, la doncella descubrió, asombrada, que el carbón se había convertido en oro. Con el oro compró una casa, su propio rebaño y pudo vivir feliz sin estar bajo las órdenes de ningún señor. La honradez, capacidad de trabajo y fidelidad de Kattalin, como se puede apreciar, fue recompensada con la independencia, prosperidad, posición y habilidades que cualquier buena Etxekoandre debería ostentar.

Por contrapartida, el abandono de los deberes y la indiferencia ante la necesidad de asistencia a la comunidad son sancionados duramente, tal y como se muestra en la leyenda de la “nuera malquerida”. El relato nos cuenta la historia de una pareja joven que vivía con la madre del marido, la cual odiaba profundamente a su nuera. Debido a la falta de recursos, el hombre se tuvo que ausentar de la casa por un largo tiempo y la suegra, en su ausencia, se aprovechó de la vulnerabilidad de la mujer que estaba sola y encinta. Meses después, la mujer dio a luz a dos bebés, un niño y una niña, pero su suegra le notificó a su hijo que había parido un gato y un perro. El hijo, aterrado, pidió que expulsaran a la esposa. Entonces la suegra mandó a un criado que condujese a la mujer junto a los niños fuera de la casa y que les diera muerte en el monte, trayendo las manos y el corazón de su nuera. Junto a la mujer y los niños, también partió el perro. Al llegar al monte, el criado confesó apenado las órdenes de la suegra y buscó la manera de evitar el asesinato. Así que acabó cortando las manos de la mujer y sacrificando al perro para sacarle el corazón. Para que ella pudiera llevar a los niños sin manos, le colocó dos alforjas y los dejó en el monte, regresando a la casa con el encargo “cumplido”.

La pobre mujer vagó por el monte hasta que, cansada y sedienta, se acercó a un río a beber y darles de beber a sus hijos. Al inclinarse para que estos pudieran sorber el agua con la boca, los niños cayeron al río. La mujer lloraba viendo cómo se ahogaban sus hijos. De pronto, en la otra orilla apareció una mujer hermosa con una vara. Le pidió que sumergiese el brazo derecho y luego el izquierdo, sacando ambos miembros completos del agua. Inmediatamente, le dijo que sumergiese ambos brazos para poder sacar a sus hijos, que resurgieron vivos de las aguas. Después le entregó la vara para que la llevara a la montaña y trazase una línea en medio de un llano para que apareciese una casa donde vivir. Luego, desapareció.

Siguiendo las instrucciones de la dama, subieron al monte y la mujer trazó una raya, haciendo que apareciese ante sus ojos una preciosa casa blanca. Allí vivieron tranquilos durante algunos años. Un día, llegaron a la montaña tres cazadores que pidieron hospedaje a la señora, la cual les acogió amablemente. Uno de ellos, oyó un llanto en la habitación de la mujer y esta le pidió que cerrase la ventana, pero no pudo cerrarla en toda la noche. La siguiente noche que se quedaron a pernoctar, al segundo cazador le pasó lo mismo. La última noche, el tercer cazador llamó a la puerta para pedir cobijo, pero a este no le pidió que cerrase la ventana. Al amanecer, el niño se acercó a él y le dijo: “padre, toma este agua para lavarte”. Después se acercó la niña y le ofreció una toalla: “padre, toma esta toalla para secarte”. El cazador se quedó pasmado y entonces la mujer le contó toda la historia. Finalmente, el cazador se llevó a su esposa e hijos a su casa, pidió que su malévola madre fuese apresada y finalmente fue quemada en la plaza del pueblo.

Barandiarán subraya que las personas deben ser respetadas y que Mari prescribe la asistencia mutua como base de la convivencia entre familiares y vecinos, del mismo modo en que ella trata amablemente a los personajes bondadosos en las leyendas y los asiste en la medida en que lo necesitan.

Estas reglas de conducta, las cuales se han ido desgranando a partir de las leyendas, fueron recogidas por escrito en la obra “Atxiki Sekretua, Sorginaren Eskuliburua” de Patxi Zubizarreta, quien, influenciado por sus conocimientos de teología y la filosofía jesuita, convirtió las leyes de Mari en seis mandamientos básicos:

  • No digas mentiras
  • No robes
  • No seas soberbio
  • No faltes a la palabra dada
  • No permitas que nadie te pierda el respeto
  • No dejes de prestar ayuda al que lo necesita

Estos mandamientos, aunque tienen su utilidad como preceptos morales a nivel social, son demasiado simplistas y han dejado una impronta de negación, prohibición y represión en la población, elementos que no estaban presentes en las afirmaciones originales, que se hacían en positivo. No obstante, Ortiz-Osés propone un análisis más sutil y establece dos niveles de importancia: el de los imperativos (evitar la mentira, el robo y la soberbia) y el de las obligaciones (respetar al otro, asistir a los demás y cumplir con la palabra dada). Los imperativos sancionan la autoafirmación, la autonomía y la ganancia egoísta, mientras que las obligaciones son una forma de alentar la empatía, la participación, el compromiso y la solidaridad comunitaria.

Al margen de estas normas sociales, en la mentalidad del pueblo vasco existe una distinción muy clara entre la frontera del día, reservada para los mortales y las tareas cotidianas, y el mundo de la noche, reino de Gaueko y dominio de las criaturas mágicas. Aquellas personas que salen de noche, normalmente suelen sufrir algún percance, algunas veces fatal, tal y como se escenifica en muchas leyendas. Por ejemplo, se cuenta que en un caserío de Ataun, una hilandera fue retada por sus compañeras a ir por la noche a la fuente más cercana y traer agua fresca para todas. La joven aceptó y se adentró en la oscuridad del bosque. Allí oyó un grito aterrador y una brisa gélida le recorrió todo el cuerpo que anunciaba la presencia de Gaueko. La doncella jamás regreso a casa. De ahí surge el dicho vasco: “eguna egunekoentzat, gaua gauekoentzat” (el día para los del día, la noche para los de la noche”).

Hacer referencia al día y a la noche nos conduce, irremediablemente, a hablar de Eguzki (sol) e Ilargi (luna), la vida y la muerte y la existencia de dos fuerzas diferenciadas pero complementarias (indar y adur).  Ilargi (la luz de los muertos) es la hija mayor de Amalurra y, aunque tiene su papel en los ciclos de nacimiento y renacimiento, así como influencia sobre las plantas y animales, ha estado tradicionalmente asociada a la muerte y a la energía mágica (adur) que circula por todos los seres y religa todas las cosas (“fuerza impansiva”). Ilargi fue la primera luz que la Madre Tierra otorgó a los seres humanos para protegerse de las criaturas de la noche, pero estos se acostumbraron a su influjo y la Dama tuvo que engendrar otra hija con un poder mayor que pudiera ahuyentar a los seres de la noche: Eguzki. Además, la Señora entregó a los seres humanos un amuleto que recordara al sol para protegerse de las criaturas mágicas: el Eguzkilore o Carlina Acaulis. En las leyendas se cuenta que si un genio veía un eguzkilore en la puerta de la casa, tenía que pararse a contar los pelillos de la flor, de modo que llegaba el amanecer y aún no había completado su tarea, retirándose al ver aparecer los primeros rayos.

Eguzki es considerada la energía de la propia vida, pues propicia el crecimiento natural tanto de plantas como de animales y, por tanto, podemos decir que se trata de una fuerza expansiva o desligadora, asociada a la causalidad (al contrario que adur, que se asocia al azar o al destino). Así, Eguzki, aunque es un ser divino, está conectada al mundo material, público, al cuerpo y lo profano, mientras que Ilargi está ligada al mundo espiritual, a la intimidad, al alma y lo sagrado. La primera tiene una polaridad más masculina, a pesar de ser una diosa, y la segunda posee una polaridad más femenina. Eguzki, además de tener el poder de ahuyentar a los espíritus y a los difuntos, aporta bendiciones y protección ante los maleficios, así como virtud sanadora a las plantas que se recogen en la Noche de San Juan.

Esta división entre el mundo natural y mágico, no obstante, estaba presente en las tareas de sanación y también en los trabajos mágicos. Se concebía que la enfermedad podía producirse por causas naturales (berezko) o por causas mágicas (aidetikakoak).  Para tratar las enfermedades naturales se usaban remedios “solares” y para curar las enfermedades por causas mágicas, se hacían ritos, preferentemente nocturnos, donde se pedía la intercesión de espíritus, se usaba magia popular o folklórica o se recitaban oraciones o fórmulas tradicionales. Así pues, toda ama de casa, curandera o bruja, debía conocer y respetar los dominios y límites solares y lunares.

Empero, el caso de la “sorgina” o “belagile” es un tanto particular porque se considera que pertenece tanto al día como a la noche, ya que es mitad humana y, según la creencia popular, medio lamia (la fuerza mágica de adur está activa en ella).  Esto tiene como consecuencia que las prohibiciones o tabús no son tan estrictos sobre ella, lo cual le otorga libertad pero, a su vez, una doble responsabilidad sobre las consecuencias. La magia que practique durante el día será potencialmente “benéfica” como, por ejemplo, hacer limpiezas, sanaciones o protecciones mediante “kutunak” (amuletos), mientras que por la noche podrá realizar prácticas de brujería consideradas popularmente como “maléficas” (necromancia, “begizko”, “birao”…).

Por otra parte, los poderes del sol se ven asimilados en su elemento homólogo: el fuego (sua). El fuego de la chimenea ha sido considerado durante siglos un espíritu del hogar, así como un elemento activo de la Etxea y una forma de ofrenda a los antepasados. Se le atribuía un carácter protector, considerándose un signo de mal augurio que el fuego se apagase. A su vez, tenía una cualidad renovadora y también era elemento de consagración, utilizándose las cenizas del fuego en la fabricación de amuletos y como sistema de purificación para los seres que habían sido emponzoñados o ahojados. Al fuego también se le pueden pedir favores, como cuidar de un ser querido en particular, que ayude a cumplir un deseo o propiciar la segunda dentición de un niño. Tanto las cenizas del tronco de Nochebuena (Gabonzuzi) como las cenizas de la hoguera de San Juan poseen poderes especiales.

Dado que el fuego es un elemento vivificador y protector, la única persona que está autorizada a encenderlo, a nutrirlo y a “tocarlo”, es la Etxekoandre como sacerdotisa de Mari en el hogar. Igualmente, la Etxekoandre o las hijas mayores son las únicas que deben recoger agua de las fuentes o del pozo, porque el agua es otro de los símbolos sagrados de Mari y son dominios de las lamias (hadas que, por su belleza, suelen enamorar a los hombres).

Por último, el cuidado de las abejas, también es una tarea femenina, ya que es considerado un animal sagrado y un miembro más de la familia (su muerte se expresa igual que el fallecimiento de una persona). A las abejas se les informa de los devenires que acontecen a la familia pues son mensajeras de la Dama y, al morir la dueña de la colmena, un pariente cercano o un vecino allegado se les pide que despierten para que produzcan la cera que se usará para la sepultura e iluminar el camino del difunto. La importancia de las abejas en el culto doméstico trae consigo la prohibición de matarlas, al igual que está mal visto matar a una mariquita (marigorri) porque es otro de los animales asociados a Mari y a la predicción del tiempo.

Y hasta aquí llega mi disertación sobre las grandes leyes y tabús vasco-pirenaicos. En próximos artículos, iremos desentrañando los pormenores de otras normas y prohibiciones menores que poseen un sustrato mítico-mágico.

La imagen que se ha utilizado para ilustrar este post pertenece a Binary Soul, compañía creadora de un videojuego de carácter didáctico llamado “Sorginen Kondaira”, cuyo objetivo es dar a conocer la mitología vasca a los más pequeños. A continuación, comparto el enlace al juego para que conozcáis su trabajo y podáis hacer llegar este proyecto a otras personas que puedan estar interesadas: http://www.sorginenkondaira.com/

Odolak baduela hamaridi parek baino indaar geihago

La identidad familiar posee un gran peso en la cultura y tradición vasca. Esa identidad y su finalidad, sin embargo, no viene marcada por los mismos patrones con los que describiríamos ahora la idiosincrasia particular de un grupo humano unido por lazos de parentesco.

Actualmente, funcionamos en base a una mentalidad bastante individualista, racionalista, apegada a la practicidad y a la satisfacción de necesidades variables e inmediatas. Las familias modernas, aunque preservan la interdependencia, la necesidad de intimidad y convivencia, así como el deseo de compartir un proyecto de vida en común, no tienen el mismo nivel de compromiso colectivo. Además, tienden a formar ecosistemas sociales cada vez más reducidos, a excepción de aquellas familias que dependen de los bienes de miembros de segundo o tercer grado para subsistir. Los roles dentro de la familia suelen estar, igualmente, más diluidos. Esto es así, fundamentalmente, porque las dinámicas sociales son cada vez más cambiantes ante la creciente diversidad en lo que a identidades y estilos de vida se refiere y dependemos cada vez más de las influencias externas del macrosistema para delimitar nuestro porvenir.

Por otro lado, nos vemos obligados a cambiar de residencia más frecuentemente por motivos económicos, profesionales o personales, lo cual no propicia que sintamos de forma natural una sensación de conexión con un territorio concreto. Mientras el lugar donde vivamos satisfaga unas mínimas condiciones de salubridad, confort y nos permita acceder a los recursos que necesitamos para nuestra vida diaria, es suficiente para muchos.

Empero, el pueblo vasco ha sentido un especial arraigo a la “patria chica”, aunque la carestía, el infortunio o las guerras obligaran a sus vecinos a emigrar en ciertos momentos. Las familias tradicionales no tendían a moverse demasiado del territorio porque concebían el mundo desde una perspectiva más naturalista, comunitarista y costumbrista. Confiaban en lo que la Madre Naturaleza disponía para ellos, la tomaban como modelo social favorecedor de un tribalismo unitarista e integraban el ecosistema físico y el orden psico-mítico y simbólico en su forma de vida, tal y como expone Ortiz-Osés en su teoría del matriarcalismo vasco.

Dentro de este sistema, Amalurra se situaba en el centro de todo y las necesidades particulares de sus hijos/as quedaban en un segundo plano. Esta idea, trasladada a la familia, implicaba que el territorio y la casa (símbolo evolucionado de la cueva primigenia) eran realmente los protagonistas: elementos de gran valor que debían custodiarse y preservarse y sin los cuales la familia perdía, no solo la capacidad de perdurar, sino de diferenciarse y cumplir con su propósito dentro de la comunidad. En otras palabras, la familia servía al territorio y a sus espíritus y de ellos recibía parte de sus elementos distintivos (nombre, signos característicos, habilidades e incluso poderes mágicos). En la medida en que respetaba las leyes de Mari y se preocupaba por mantener una relación de reconocimiento mutuo, respeto y devoción mediante ofrendas, promovía la intercesión de esos espíritus para garantizar su seguridad, bienestar, prosperidad, posición y permanencia a través de la transmisión del linaje y la propiedad. En resumen, su destino se encontraba íntimamente ligado al entorno natural y a la Etxea como núcleo de la vida familiar y espiritual.

La Etxea, como hemos adelantado, era mucho más que un habitáculo o un punto de encuentro. Representaba simbólicamente la morada de la Dama y también el vientre de la Madre Tierra. En consecuencia, la casa era considerada un espacio sagrado de gestación, nutrición y eterno retorno que debía cuidarse, tanto a nivel de limpieza y armonía, como de recursos materiales, humanos y espirituales. En términos de herencia, era indivisible y se legaba al hijo o hija primogénito/a, quedando para los/as hijos/as menores otros terrenos o posesiones (muebles, joyas, ropa, herramientas, vajillas, etc). La persona encargada de la gestión de la Etxea, por derecho, era la Etxekoandre o señora de la casa, cuyo título recaía en la mujer mayor de la familia. La Etxekoandre actuaba como representante de la Dama entre los mortales y, tal y como nos describe Barandiarán, era la encargada del culto doméstico, presidiendo todos los actos culturales, sociales y devocionales. Ella se ocupaba de mantener la higiene y “echar los malos aires” (alejar a Aide, genio del aire), atrayendo los buenos; bendecir a los habitantes de la casa, a los animales y a los cultivos, al menos, una vez al año; prender la lumbre y mantener siempre encendido el fuego del hogar; atender a los niños, los enfermos y los ancianos; propiciar las buenas relaciones entre los vecinos; rendir homenaje periódicamente a los antepasados (etxekojaunak) y mantener la comunión con los espíritus de la zona; preservar la tradición oral y las costumbres, educando a los miembros más jóvenes. En ausencia o incapacidad de la Señora de cumplir con estas obligaciones, recaían sus tareas en la hija mayor de la casa, en la hermana siguiente o en la Andereserora.

Como se puede apreciar, la Etxea no era un espacio únicamente destinado a cobijar a los seres humanos: tenía en cuenta a todas las criaturas vivas, a los difuntos y a las entidades invisibles. Era bastante común plantar un árbol junto a la casa que servía de conexión con las energías telúricas y, en ocasiones, éste pasaba a convertirse en símbolo de la propia casa o en elemento distintivo de la propia familia (escudo). Asimismo, muchos apellidos y solares vascos están asociados a un árbol típico de la zona (roble, encina, castaño, haya, manzano…), un animal (lobo, buey, águila, oso, jabalí, serpiente, abeja…), plantas (cardo, espino, boj, helecho, zarza, brezo, malva…) o a puntos concretos del territorio (monte, peña, zona rocosa, valle, fuente, era de trillar, camino en el bosque..). Otro detalle a considerar es que muchos baserri tenían colmenas y mantenían lazos estrechos con las abejas, hasta el punto de considerarlas miembros de la familia y contarles las novedades que acontecían en su vida. Todos estos datos nos permiten atisbar la estrecha relación que una vez existió entre los humanos y los espíritus del territorio, siendo estos quienes influían de una manera destacada sobre la construcción de nuestra identidad, nuestra experiencia y devenir en este mundo.

Comprender que somos resultado de la influencia del territorio, de la historia de nuestros antepasados y del poder de la transmisión de estos antiguos pactos mediante la sangre (“Hilo rojo” de la Señora), nos permitirá reactivar en nosotros lo que el autor Robin Artisson denomina “marca flamígera” (huella del Maestro sobre nuestra alma).

Desde mi humilde experiencia, reconectar con los lugares donde vivieron mis antecesores y con su historia, adentrarme en el simbolismo de los escudos territoriales y familiares (que no son otra cosa que mapas o llaves en forma de sigilos), alimentar una íntima relación con mis ancestros, reactivar la relación con los guardianes de los lugares y construir una convivencia armoniosa con los espíritus del hogar, han sido elementos clave para definir mis prácticas espirituales. Paralelamente, en la medida en que he regresado a la naturaleza salvaje y me he enfrentado a las sombras de mi propia alma, he podido comprender el peso y el sentido del totemismo vegetal y animal en la tradición vasca.

A pesar de todo el trabajo realizado hasta ahora, que no ha sido poco, soy consciente de que el mérito de haber avanzado en este sendero no ha sido realmente mío. Simplemente he recogido el testigo o la antorcha de aquellos/as que me precedieron y he tratado de honrar el poder de la sangre, que me conecta con mi tierra, con mi familia en un sentido extenso y con los Antiguos. Pues ellos son los verdaderos iniciadores en el camino de la brujería.

 

La fotografía de portada es obra de Natalia Deprina y fue recopilada a través de Pinterest: https://www.pinterest.es/Katincan88/natalia-drepina/?lp=true