HIL ETA BIZI / EN LA VIDA Y LA MUERTE

Nació una noche de octubre de 1920, en el seno de una familia campesina. Era la séptima descendiente de su linaje, aunque la quinta superviviente tras la pérdida de dos bebés recién nacidos. Ocupó el vacío que había dejado la pequeña Rosario y este hecho marcó la relación que tuvo con este objeto religioso como elemento devocional.

Su niñez transcurrió feliz bajo la tutela de su abuela materna y arropada por el cariño de sus tías y sus hermanas mayores. Acudió a la escuela del pueblo, aprendiendo lectura y escritura básica, así como las “cuatro reglas” (sumar, restar, multiplicar y dividir), pero sucesos posteriores impidieron que continuara con su educación. Algunas de sus primas formaban parte de su grupo de amigas, las cuales solían reunirse en el desván de la casa de los Balda para disfrazarse y hacer comedias. Quienes la conocieron en esa época narran que era una niña risueña, hacendosa y disciplinada. Un hecho destacado en aquella etapa fue un accidente con un carro tirado por caballos, en el cual perdió la primera peseta que había recibido en su vida para comprarse ropa en la ciudad.

Durante su juventud sufrió los estragos de la Guerra Civil, lamentando el fallecimiento y asesinato de parientes en ambos bandos. En plena posguerra contrajo matrimonio con una labrador apuesto y trabajador de una localidad cercana, que había estado casi tres años sirviendo en el frente en tierras aragonesas. La pareja no tenía un real cuando se casó para arrendar una vivienda, así que compartieron domicilio con los padres y los hermanos solteros del esposo. La convivencia con la madre de su marido no siempre fue fácil, pero su templanza y el respeto a sus mayores fueron su brújula para manejar las tiranteces domésticas. ¿Qué familia no las tiene?

Su esposo la adoraba y le dio libertad en la gobernanza del hogar. Nunca le recriminó sus decisiones ni sus acciones. Era un matrimonio feliz, fundado en el respeto mutuo, el amor y la ilusión por hacer realidad un sueño común que, con esfuerzo y constancia, se hizo realidad: levantar su propia casa de labranza (“baserri”) y criar allí a su descendencia.

El parto de su primer hijo aconteció durante el Solsticio de Invierno. Fue un alumbramiento difícil que le dejó huella, pero aquello no la amedrentó. Trajo al mundo otro hijo y otras dos hijas. El mayor siguió el camino de su padre y su abuelo; el segundo estudió mecánica, pero también aprendió la cocina que ella hacía; la tercera, heredó las habilidades de costurera de su abuela paterna y ayudaba a cobrar letras (recibos); la última, cuya salud era más frágil, se crio entre el fértil valle y las corrientes del Mar Cantábrico, logrando superar una oposición para trabajar en la administración pública.

Como madre era exigente en el cumplimiento de los deberes, aunque cálida en la demostración de afecto. A cada cual le exigía según su capacidad y le proveía según su necesidad, siendo ejemplo de rectitud y justicia. Tenía un carácter protector, poniendo atención al cuidado integral de la salud, la educación y las compañías que frecuentaban sus hijos/as. Además, tenía un ojo clínico para evaluar a los demás e intuir la verdad en su mirada.

Dentro de su sencillez y sobriedad, poseía un punto de coquetería, atendiendo con mimo su aseo diario, el cuidado del cabello, la elección de ropa apropiada y joyas que otorgasen un toque de distinción, especialmente en ocasiones señaladas.

En lo que respecta a las relaciones comunitarias, se reunía con otras mujeres en la fuente a la cual acudían a recolectar agua, la mítica piedra en el río donde se congregaban a lavar la ropa y compartir anécdotas, el horno comunal donde exhibían sus creaciones y la salida de la iglesia donde se ponían al día de la actualidad social. Solo unas pocas tenían el privilegio de intercambiar confidencias a la luz de la lumbre. En ese sentido, era una mujer discreta, que huía de los rumores y las envidias entre vecinos, buscando siempre la conciliación.

Tenía un corazón generoso y todos los jornaleros que alguna vez ayudaron en las labores del campo recuerdan los almuerzos y dulces que les preparaba. También se preocupaba de los detalles de agradecimiento a sus vecinas y amistades. Asimismo, jamás le negó un plato de comida o asistencia a un necesitado.

Cumplía fielmente con las fiestas de guardar, los ritos correspondientes a cada fecha o transición vital destacable, las devociones a santos y otras figuras protectoras, así como con las atenciones a los difuntos y almas errantes. Nunca faltaron novenarios para los enfermos o esos espíritus que necesitan cerrar asuntos pendientes.  Desde niñas educó a sus nietas, a mi muy en particular, para que prestásemos atención a estas ceremonias y cuidásemos del cementerio como nuestra segunda casa, pues como reza el dicho: “No somos de nosotros mismos, no existimos por nuestra decisión, sino por la de otro” (“Ez gara gure baitan; eza gara zure erabakiz, besteren erabakiz baino”).

La lección más dura en relación a los misterios de la muerte llegó de la mano del fallecimiento temprano de su marido, antes de que éste alcanzase la edad de jubilación. Las circunstancias en que se produjo la defunción fueron tremendamente difíciles y ella llevó un luto estricto durante más de tres años, aunque su corazón siguió portando un crespón negro hasta su partida de este mundo. No hubo noche que no besara la foto de su difunto amado para desearle las buenas noches y así sentirse un poco más cerca de él.

Foto de boda – Marzo de 1945

Con sus hijos/as ya casados, ella no pudo hacerse cargo del ganado, teniendo que renunciar a él, con las implicaciones que ello suponía. Aquella casa que llegó a albergar a 12 personas conviviendo entre sus paredes, al verse desierta, se convirtió más en un mausoleo que un hogar.

Así pues, se trasladó a un pequeño piso en la ciudad, cercano al domicilio de su hijo e hija medianos. Empezó a ocupar sus días en el cuidado de sus primeras nietas. En pocos años, llegaron más hasta completar el mágico número 7. Gracias a ellas, la casa familiar recuperó su vitalidad durante la época luminosa del año: desde Semana Santa hasta Todos los Santos.

Cada San Juan les compraba unos polluelos en la feria local para que aprendieran lo que implicaba cuidar de una granja. También les enseñaba a convivir con las camadas de gatos callejeros que se hospedaban en las antiguas cuadras. En una ocasión, por insistencia de una servidora, llegaron a adoptar a un cachorro abandonado que luego fue entrenado como perro de caza. Asimismo, las involucraba, en función de su edad y destreza, en distintas tareas domésticas y agrícolas. En las épocas de cosecha y preparación de conservas, las reunía para colaborar en los trabajos comunitarios (“auzolan”) mientras les contaba historias y cuentos populares.

Tras las labores, siempre quedaba tiempo para jugar en el patio o la calle, echar partidas de cartas, disfrazarse con las ropas viejas que guardaba en los armarios, revolcarse en el pajar o hacer el salvaje junto al río. También destacan las memorias de las tardes de lluvia en las que salían a buscar caracoles o aquellos momentos en que iban a pasear a la fresca y descubrían luciérnagas entre los matorrales.

En las noches más despejadas del verano, cenaban juntas en la terraza y luego apagaban las luces para contemplar las estrellas. La primera constelación que les enseño a identificar fue la Osa Mayor junto a la Vía Láctea. Las noches más emocionantes eran aquellas donde la luna llena adquiría una tonalidad especial o había lluvias de estrellas, veladas en que se podían pedir deseos.

La algarabía del verano se silenciaba con el comienzo del año escolar, un periodo acompañado de un aire de nostalgia y un murmullo en el corazón del hogar. Cuando se acercaba el otoño, la cocina de leña empezaba a emitir olor a sarmiento, madera seca y cáscaras de frutos secos.  Llegaba el tiempo de las vendimias, las sopas de ajo, las garrapiñadas y las hojas de parra. También era el momento de recordar los antiguos modos de vida y las historias de nuestros ancestros.  

La Etxea se sumía en un largo letargo invernal tras la celebración de Todos los Santos y el Día de Fieles Difuntos. Nuestra matriarca se alojaba en el domicilio de su hija menor para seguir ocupándose del cuidado y educación de su nieta predilecta, a quien seguía instruyendo en valores humanos y divinos en el entorno urbano, consintiéndola de tanto en tanto con sus platos favoritos.

Ella era quien congregaba a la familia durante las Navidades y festividades señaladas, quien recibía a las visitas con hospitalidad y gestionaba las relaciones comunitarias con otras familias. Era la voz sabia a la que acudir cuando necesitabas un consejo sobre una decisión trascendental, la roca que sostenía la estabilidad de sus seres queridos, quien validaba los enlaces amorosos o conexiones sociales, quien se encargaba de las cuestiones del alma que otros dejaban en un segundo plano.

Justo cuando había iniciado mi carrera profesional en otra región y me había independizado, recibí una llamada de mi madre informándome de que la “amona” había enfermado, solicitando mi asistencia. En aquel momento renuncié a un futuro posible por estar a su lado. Lo que no podía anticipar es que aquel viaje de retorno iba a suponer el comienzo de un sendero espiritual fuertemente enraizado en el territorio de origen y en las tradiciones locales de mis antepasados. Además, más tarde recibí el regalo de unir mi destino al compañero de vida que actualmente camina junto a mí.

El día de nuestra boda representó un rito de paso muy importante en mi desarrollo, pero también en lo que respecta al descubrimiento de muchos saberes reservados a quienes asumen el liderazgo de una nueva rama familiar. Ella guio mis pasos en aquel tránsito y sé que lo seguirá haciendo en los que están por venir, de otro modo.

Por encima de todas las zarzas” no hubiera nacido sin su inspiración. Lo que soy ahora tampoco hubiera sido posible sin su sacrificio y ejemplo de vida durante sus bien aprovechados 100 años. El agradecimiento a su amor incondicional y legado es infinito. Ahora me corresponde honrar su memoria y tomar el testigo para que sus enseñanzas no perezcan.

Amona maitia, beti gogoratu zaitugu.

Reflexionando sobre los fundamentos de un sendero tradicional y sus implicaciones

En el momento en que decidí iniciar el proyecto “Por encima de todas las zarzas” tuve muy claro que era fundamental explicar desde el principio los rasgos distintivos de la sociedad tradicional euskaldun, sus valores, su manera de pensar, sus creencias mágico-religiosas y la forma en la que los/as vascos/as se conducían. Entre otras cosas, porque tanto el lenguaje como la cultura modulan todos estos elementos, confiriéndoles una personalidad particular y una manera determinada de aproximarse al mundo y sus diferentes realidades.

Mis primeros artículos versaron sobre la idea de que “todo lo que tiene nombre, existe”, la importancia del hogar familiar y la comunidad, lo que se considera apropiado y deseable a nivel social, aquello que es mal visto o condenable, cómo esas normas y pautas sociales se encuentran íntimamente vinculadas a las “leyes de Mari” y los códigos de conducta de nuestros espíritus y las bases de nuestra cosmología que, a su vez, se ven reflejadas en la manera de entender y abordar distintas situaciones. Quienes hayan sido observadores probablemente se hayan dado cuenta de que procuraba utilizar refranes populares o fórmulas antiguas como título de mis artículos, bajo la premisa de ir introduciendo esa sabiduría popular transmitida desde la oralidad.

Sin embargo, me temo que esto ha pasado completamente desapercibido para muchos/as seguidores/as. Algunos/as quizás lo consideren intrascendente o poco útil para sus intereses personales y/o la manera de entender su camino mágico. No obstante, considero que merece la pena detenerse a reflexionar sobre la importancia de tomar consciencia de ciertos valores a la hora de acercarse a una senda espiritual que va íntimamente ligada a una forma de vivir y conducirse en la relación con los demás.

A menudo, especialmente entre determinados descendientes de la diáspora vasca e individuos vinculados al mundo esotérico, me encuentro con personas que se sienten fascinadas por elementos folclóricos que resultan exóticos, por los mitos románticos que se han divulgado a lo largo del tiempo, por lo que resuena con sus apetencias o se encuentra alineado con determinadas tendencias sociales o modas modernas. Su aproximación superficial y, en algunos casos, meramente utilitarista, denota una falta de interés hacia la verdadera esencia de la tradición, así como una falta de disposición a asumir las implicaciones éticas y las renuncias o sacrificios que conlleva.

El problema de quedarse en la superficie y no hacer un esfuerzo de comprensión holística de una realidad social y espiritual compleja, es que luego esa gente se acaba haciendo esquemas mentales equivocados y va transmitiendo ideas desvirtuadas a otras personas que se aproximan por primera vez a la cultura o alguna de sus manifestaciones, incluyendo su vertiente mágico-religiosa.

En consecuencia, tanto quienes procuramos ofrecer una divulgación seria, como aquellos/as que preservamos cuidadosamente determinados conocimientos y prácticas con un sustrato folclórico, nos vemos en la tesitura de tener que desmentir estas falsedades aportando una gran cantidad de evidencias. A menudo, teniendo que hacer frente a comentarios ofensivos y actitudes poco respetuosas hacia el esfuerzo ajeno cuando, en realidad, somos nosotros/as quienes tenemos que aguantar la falta de educación y consideración hacia nuestra idiosincrasia local. Poniendo un símil visual, es como si un extraño viniera a decirnos a la puerta de nuestra casa cómo gobernarla y administrarla. Y en el peor de los casos, como si nos hubieran robado un preciado tesoro custodiado durante generaciones que se dedican a exhibir como suyo a ojos del público sin pudor alguno.

Por fortuna, no todo es como he descrito anteriormente. De lo contrario, no seguiría mereciendo la pena sacrificar parte de mi tiempo de descanso a desarrollar nuevos contenidos y organizar encuentros donde poder conocer a personas que sí son respetuosas y muestran un interés auténtico por aprender y compartir conocimientos.

Lo que ha cambiado para mí en estos últimos meses es el valor que le doy a esa entrega por lo que ha implicado a muchos niveles. También soy más consciente de que no todo el mundo está preparado para asimilar determinada información contraria a sus esquemas de conocimiento y/o principios morales por sus características individuales o el momento vital en el que se encuentra. Igualmente, puede que lo que la persona desea en su idealización, en realidad no sea ni adecuado ni asumible para ella. En este sentido, uno/a debe hacer un ejercicio de sinceridad consigo mismo/a y ser consecuente con las conclusiones a las que llegue a la hora de valorar lo que esa opción puede aportarle (por lo que supone en cuanto al aprovechamiento de su tiempo y esfuerzo personal, como por sus consecuencias sociales).

Dicho esto, me gustaría poner sobre la mesa una serie de consideraciones que pueden servir como punto de partida para quien tenga interés en aproximarse con honestidad a las tradiciones locales y la diversidad de sus manifestaciones mágico-religiosas.

Las creencias populares son representaciones sociales, fuertemente influenciadas por la historia y desarrollo cultural de un pueblo. Dichos esquemas incorporan conceptos, significados, valores y prácticas relativas a objetos, individuos y diversos ámbitos de la vida. Suponen elementos de orientación a la hora de percibir e interpretar distintas situaciones en un contexto determinado, condicionando las respuestas o acciones para adaptarse a ese entorno. Muchas veces las creencias son tomadas como meras supersticiones por su componente subjetivo, entendiendo que al tratarse de convicciones, afirmaciones o hechos no probados científicamente son menos valiosos e incluso despreciables por su aparente irracionalidad. Sin embargo, muchos/as no son conscientes de que tras lo que ellos consideran ilógico o infantil, en realidad queda preservada una lógica interna perfectamente coherente dentro de la cosmovisión construida colectivamente por ese grupo humano.

Quienes mantienen determinadas creencias y perpetúan la transmisión de ciertos saberes populares y costumbres no son ignorantes: son capaces de distinguir el razonamiento formal y la evidencia del pensamiento simbólico y experiencias más subjetivas, con un carácter más emotivo. Nuestro cerebro está biológicamente preparado para procesar ambas formas de explorar el mundo: el hipotético-deductivo y el intuitivo. Ambos sistemas de procesamiento nos han servido para sobrevivir y evolucionar. De hecho, dos de los elementos que nos hacen precisamente humanos son el pensamiento figurativo y el lenguaje (en cualquiera de sus modalidades). No obstante, la predominancia del racionalismo heredado del movimiento ilustrado nos ha llevado a una progresiva desacralización del mundo natural, a un abandono del simbolismo y a un rechazo del pensamiento mágico. Todo ello ha generado una serie de resistencias a dar cabida a otra manera de entender e interactuar con nuestro entorno.

Iturritza baserria, Arrazola (Bizkaia) – Revista Astola

            En las leyendas y cuentos populares ya no apreciamos su belleza mito-poética ni el conocimiento escondido tras metáforas y sutilezas: solo vemos fantasía y entretenimiento. Nos acercamos a esos relatos desde la literalidad, sin saber cómo extraer las perlas de sabiduría que nadan en una estructura discursiva orgánica, permeable a distintas influencias y sensibilidades a lo largo del tiempo. Además, quienes se sienten incómodos/as ante la jerarquización, dogmatismo y proselitismo que perciben en las religiones monoteístas, tienden a desmerecer narraciones en cuya superficie encuentran elementos característicos de las mismas, perdiéndose lo que se esconde más allá de lo evidente. Esto dificulta enormemente la posibilidad de rescatar esos tesoros y recuperar el sentido original de la cosmología precristiana, así como los pilares fundamentales de determinadas costumbres o prácticas. No debemos obsesionarnos con una idea romántica e inalcanzable de “pureza”, desvalorizando el sincretismo bien entendido, sino analizar atentamente la manera en la que esa confluencia de distintas procedencias ha dado lugar a un entramado con entidad propia. Tampoco podemos ser tan ingenuos de buscar certezas absolutas en cuestiones que pueden prestarse a distintas interpretaciones. Cada persona tendrá que decidir críticamente qué es lo que más le convence.

            Por otra parte, hay que tener presente que no todos los individuos que participan en la reproducción de determinadas costumbres mantienen necesariamente unas creencias en torno a ellas. La costumbre va ligada al hábito, el cual va generando una serie de disposiciones relativamente permanentes y transferibles tanto a otras personas como a otros momentos del tiempo. El hábito puede dar lugar a un proceso de desensibilización, llevando a la repetición no consciente de determinadas palabras y actos. En este sentido, a la hora de acercarse a un/a paisano/a, es preciso verificar desde qué óptica aborda su forma de involucrarse y cuáles son sus auténticas motivaciones. Así pues no conviene presuponer nada de entrada: nos encontraremos con locales que participan en ritos populares porque se sienten identificados con una herencia cultural que se ha pasado de generación en generación; con otros/as vecinos/as que han puesto interés en conocer el origen de determinadas tradiciones profanas; con unos/as pocos/as que realmente están dispuestos a implicarse verdaderamente en la recuperación, mantenimiento y transmisión de ese conjunto de narraciones orales, composiciones escritas, manifestaciones artísticas, hechos antiguos, festividades, doctrinas, aproximaciones vitales, rituales folclóricos, ceremonias sagradas, etc  

            De nuevo me gustaría subrayar la importancia de la comunicación oral, la observación participante y la interacción directa como vías de aprendizaje experiencial. El mero conocimiento academicista suele resultar incompleto por la falta de contexto y la imposibilidad de visualizar y encarnar algo que no se ha vivido en carne propia. Esto no quita que podamos (y debamos) consultar fuentes escritas de diversa procedencia y pertenecientes a distintas disciplinas que nos ayudarán a sustentar o desmentir determinadas suposiciones o afirmaciones desde una aproximación integral. Por propia experiencia, lo más sabio es centrarse lo más posible en el área geográfica de mayor interés, bien sea porque se ha nacido o residido allí, por la conexión ancestral que mantenemos con ese territorio o porque estamos en proceso de integrarnos en una nueva comunidad.

            Lo más inmediato es focalizarse en el reconocimiento físico del entorno, atendiendo a su orografía, su flora, su fauna, los accidentes geográficos más destacados, los elementos singulares del paisaje y sus habitantes… El siguiente paso es indagar en los factores sociales y culturales: lengua y dialecto hablado, composición de la población, rasgos culturales propios, historia de la región, leyendas y folclore de la zona, formas de ganarse la vida y convivir en sociedad, valores éticos y morales de la comunidad, etc Averiguar los gustos y costumbres de los vecinos siempre ayuda a propiciar una interacción más fluida y evitarse situaciones incómodas que pueden dar lugar a malentendidos e incluso al completo rechazo.

            Todo esto es mucho más valioso para entender la esencia que alimenta una tradición, tanto en su vertiente profana como mistérica. Centrarse en imitar costumbres, ritos, técnicas, fórmulas y “recetas”, apoyándose en los elementos que resultan atractivos estéticamente o que subjetivamente consideramos que pueden a ser más efectivos para lograr unas metas egoístas por la vía rápida, no es una manera respetuosa de acercarse y tratar de formar parte de un sendero tradicional. Conviene preguntarse qué estás dispuesto a hacer y entregar de ti mismo para ganarte un lugar legítimo y merecido.

En la mentalidad tradicional cada pieza que configura la comunidad es importante, sea cual sea tu talento o el rol que desempeñas en ella. Es tan valiosa la labor de un/a campesino/a o un/a guardabosques, como la de un/a artesano/a, un/a profesional liberal, o el ama de casa que se preocupa del cuidado de sus seres queridos. Todo el mundo suma y comparte lo que tiene porque nunca se sabe cuándo y para qué puedes necesitar asistencia en el futuro. El reconocimiento que vas a conseguir no va ligado a un determinado cargo o etiqueta social, sino a tu esfuerzo genuino y lo que verdaderamente reside en tu corazón.

 Si lo que esperas es obtener un determinado rendimiento en el menor tiempo posible, este no es tu camino. Precisamente una senda espiritual tradicional es algo que se forja a fuego lento. Si te interesa introducirte en alguna práctica mágica tradicional, hazlo con paciencia, tesón y disfrutando de cada pequeña experiencia o acto simbólico. Recuerda que no puede desligarse de una visión cosmológica determinada, unos valores y códigos de conducta, una manera de vivir y contribuir a tu comunidad de referencia. Profundiza en ella de forma significativa, integradora y sostenible, respetando el equilibro en ese ecosistema de relaciones y asumiendo los límites, tanto propios como ajenos.

Ilargi Amandrea, zeruan ze berri?

El hallazgo de varios calendarios paleolíticos como el de la cueva Lamiñak (Berriatua, Bizkaia) o la cueva de Blanchard (Les Ayzies), que fijan el tiempo en periodos de 60 días (dos lunas), asociado al sistema numérico vasco basado en sumas de 20, ha llevado a investigadores como P.P. Astarloa, J.B. Erro,  J. Gorostiaga, J. Vinson, J. Caro Baroja o Josu Naberan a apoyar la hipótesis de un calendario lunar organizado en períodos de 15 noches (astea, “ciclo de las noches”).

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Pablo Pedro Astarloa fue el primero en desechar la denominación de raíz latina de los días de la semana (domeka, martitzena, etc) y en recuperar términos euskéricos más antiguos como astelehena, asteartea y asteazkena, los tres primeros días de la “semana” que empezaría en luna nueva (ilberri /ilena). Asimismo, podemos atribuir a este autor el primer apunte que se hizo sobre la palabra “aste/a” como inicio de la lunación, situando su origen en el verbo “hasi /assi” (empezar). Posteriormente, Juan Bautista Erro rebatió que estos tres nombres hicieran referencia a días, apuntando que se referían a períodos dentro del ciclo lunar, siendo “astelen-a” el “primer día de luna”, “astearti-a” el momento de “luna llena” y “asteazken-a” el “último día de luna”.

Julien Vinson, por su parte, señaló que el término “egubakoitz” (día suelto) que se usaba indistintamente para referirse tanto al viernes como el sábado en algunos pueblos de Bizkaia, sería el día suplementario (o “noche intermedia”) que se introducía para ajustar el mes de 30 noches y correspondería con la noche anterior al cuarto creciente.

Adicionalmente, J. Gorostiaga planteó que, antes de que se introdujese el calendario romano de 7 días, las tribus pre-romanas se guiaban por el movimiento visible de la luna y el año agrícola se dividía en dos estaciones, atendiendo a la presencia de oscuridad (“illul”) o de luz (“argi”, “egu”): Negu (Invierno) y Uda (Verano). La primera iría del solsticio de invierno (“eguberri”, “neguburu”) al solsticio de verano (“ekhain”, “izkiota”) y del solsticio de verano al solsticio de invierno. Con la introducción del calendario cristiano, se añadieron como estaciones intermedias la primavera (“udaberri”) y el otoño (“udazken”). José Dueso, sin embargo, defiende que los antiguos vascos ya hacían subdivisiones dentro de sus dos estaciones principales, pero estas atendían a cuestiones de duración temporal que marcaban el inicio, la mitad y el final de una estación. Dicha subdivisión también se aprecia en la descomposición lingüística de los días de la semana vascos (len-principio; erdi-medio; azken, final).

Caro Baroja apoyaba firmemente la división del mes lunar en tres períodos, considerando que el 3, tanto para los indo-germanos como para los vascos, era un número sagrado que, además, se relacionaba con la antigua división ternaria de origen religioso-económico. Además, añade a esta afirmación la prueba de que existen nombres como “igande” que están ligados a la religión.

Josu Naberan recoge todas estas aportaciones y, además, reflexiona sobre el origen y significado de la palabra “aste”, que podría ser una evolución del término euskérico “Ats/arrats” (atardecer, noche, oscuridad). Curiosamente, el vocablo “as” aparece escrito en el lenguaje funerario ibero/tartésico, etrusco, minoico y egipcio antiguo con el mismo significado que la palabra vasca, lo cual suma evidencias a la hipótesis de que “aste” haría referencia a un conjunto de noches.

Según Naberan, este período tendría que ser de 14-15 noches. Si se tratase de la primera mitad del mes lunar actual, nos referiríamos al período que va de la luna nueva al plenilunio (incluyendo al cuarto creciente) y, si se tratara de la segunda mitad del ciclo, de la luna llena al novilunio (incluyendo el cuarto menguante).

Tomando las palabras astelehena, asteartea y asteazkena con el significado que ya se ha comentado, dividiríamos el conjunto de noches (aste) en tres momentos:

  • Astelehena: período que comprende desde el novilunio hasta el cuarto creciente (si se trata de la primera mitad del ciclo) o desde la luna llena al cuarto menguante (si hablamos de la segunda mitad). Dicho período suele ser de 6 días, pero a veces puede ser de 7 u 8 días y, raramente, de 5 días. Aunque el ciclo orbital lunar dura 27,3 días, que nosotros contamos 27 días horarios, su órbita sigue una trayectoria ligeramente curva y, si la observamos desde distintos puntos de la tierra, percibimos que los ciclos duran más o menos.

Los vascos asignaron nombres para estas variaciones. El séptimo día o “día suelto”, fue denominado, como ya hemos adelantado, “egubakoitz” (en la Baja Navarra, “ebiakoitz”). Al octavo día, se le llamó “irakoitz” (el dia siguiente de “egubakoitz”).

  • Asteartea: correspondería con la luna creciente o menguante, según sea el caso.
  • Asteazkena: es el período que va de la luna creciente a llena o del cuarto menguante a la luna nueva. Comprendería un período de 6 noches, aunque algunos autores lo reducen a 4 días porque restan los días que corresponden a la antigua celebración del “Larunbata”, el Sabbat de los vascos (actual sábado).

Naberan apunta que el “larunbata” provendría de la expresión “lau hurren betea” (la cuartena de luna llena), un festival de cuatro días cuyo propósito sería celebrar el auge de la luna (plenilunio). Dentro de este festival, se distinguen cuatro días (egu): “eguastena” (día de comienzo), “eguena” (día central), “barikua” (día intermedio antes de la luna llena o día de la cena) e “igandea” (la subida grande o punto álgido). Así pues, Naberan descarta los vocablos “osteguna” (jueves) y “ostirala”(viernes) que Caro Baroja relaciona con la adoración del dios Ortzi o Urtzi, ya que no tendrían lugar en una festival dedicado a la luna (Ilargia).

Si extrapolamos esta información para reconstruir el antiguo culto lunar vasco, podemos intuir que el “eguastena” sería un momento de preparación, donde podría realizarse algún tipo de purificación. El “eguena”, podría dedicarse a la adoración de Eguzki (X. Ikobaltzeta asociada el vocablo a Eguzki y le concede un carácter ritual). El “Barikua” (cuyo origen etimológico podría encontrarse en abari = cena), que se usa como sustitutivo de Ostirala, podría tratarse del “viernes sagrado” dedicado a Mari y, por tanto, sería el momento de reunión de las sorginak (brujas) en una cena comunal. Por último, durante el Igandea, “día de la subida grande”, se rendiría culto a Ilargi en su máxima manifestación de poder. Este planteamiento también se sustenta en la consideración de que la tríada Mari, Ilargi y Eguzki es indivisible, formando parte de un mismo sustrato mítico que explica el fenómeno del día y la noche y la relación entre los astros. Además, Mari, al ser madre de ambas, debería recibir el espacio de culto que el propio folklore recoge. Por último, no podemos separar a Ilargi de su hermana Eguzki, pues es quien permite la existencia de los seres humanos y los protege de las criaturas mágicas.

Si queremos seguir el ciclo de la luna a lo largo del año, debemos tener en cuenta que hay una media de 12,38 ciclos lunares (contando de luna llena a luna llena) y que cada 3 años se produce una treceava lunación. Por su parte, el ciclo metónico que estudió las coincidencias entre el sol y la luna, nos permitió descubrir que en 19 años solares se producen 253 lunaciones y, justo en ese momento, la luna vuelve a pasar por las mismas fases en los mismos días y horas. Es decir, entonces el comienzo lunar se sincroniza con el solar. Estas consideraciones también son importantes a la hora de reconstruir el culto lunar y, más aún, si deseamos sintonizarnos con sus ciclos para nuestra práctica mágica. Los calendarios agrícolas o almanaques de granjeros, como el “Calendario Zaragozano” nos son igualmente de gran ayuda.

Adicionalmente, conviene tener en mente las obras que Caro Baroja, Gómez Tejedor y José Dueso, entre otros, han dedicado al calendario vasco. Su lectura me ha inspirado a desarrollar un calendario propio en el que intento incorporar los elementos naturales y folklóricos para designar las distintas lunaciones.

En euskera, enero es denominado “Urtarrila” (periodo húmedo) u “Beltzila” (periodo negro). Si tomamos como referencia estas designaciones, podríamos denominar a la luna llena de Enero, “Luna húmeda” o “Luna ennegrecida”, aunque también podríamos adoptar la denominación de otros almanaques agrícolas y nombrarla “Luna fría” o “Luna de Nieve”, ya que suele ser la época más gélida del año y para los vascos las nieve (elurra) era un símbolo de prosperidad. Asimismo, cabe considerar que durante los 12 primeros días tras el Año Nuevo, se tiene por costumbre observar el tiempo atmosférico y otros signos de la naturaleza que se interpretan como designios de acontecimientos. Esta forma de oráculo primitiva, llamada “Zotalegun”, nos serviría igualmente como posible inspiración para renombrar esta lunación como “Luna de los auspicios”.

El mes de febrero se denomina “Otsaila” o tiempo de lobos. De ahí que la opción más viable sea nombrar esta lunación como “Luna del lobo”. Otra opción menos utilizada es “Katail”, que proviene de “katua” (gato), así que también podríamos llamarla “Luna de los gatos”. Si atendemos a lo que ocurre en el entorno ganadero, es el momento de gestación de las ovejas y de mayor producción de leche. Esto, sumado a la importancia de la festividad de Santa Águeda, nos llevaría a denominarla “luna de la leche” o “luna del despertar” (dado que con la Makila despertamos a los espíritus de la tierra).

Marzo (“Martzoa”) es tiempo de poda e injertos (“Epaila”), aunque también está asociado al gallo como animal folklórico, cuyo canto ahuyentaba a los espíritus de la noche y las sorginak, pero también era considerado un presagio de calamidad o muerte si ocurría a deshora, como señaló Barandiarán. Por tanto, “luna de poda” o “luna del gallo”, serían dos alternativas posibles.

Abril (“Apilira” u “Opailla”) es el tiempo de siembra, maíz y lluvias, así que cualquiera de las tres opciones sería válida para nombrar a esta luna.

Mayo (“Maitza”) es la época de los “mayos”, los grandes palos que se alzan en las plazas, alrededor de los cuales se danza. También es el momento en que florecen las margaritas. Cualquiera de estos elementos podría incorporarse a la denominación de la lunación.

Junio (“Ekaina”) es temporada de recoger cebada o habas. Asimismo, es el momento de celebrar el Solsticio de Verano alrededor de la hoguera y el tiempo del resurgir de Herensuge. De entre los tres elementos, los que más destacan son el fuego y la gran serpiente. Personalmente, me quedo con el último, ya que la “luna del dragón”, es una designación más vistosa y simbólica.

En julio (“Uztaila”) se realiza la cosecha del trigo y del forraje para los animales, por ello, las denominaciones más comunes de los calendarios agrícolas para esta lunación son “luna del trigo” o “luna del heno”. No obstante, también es tiempo de la maduración del nogal y “luna de las nueces” no es una alternativa a descartar.

Agosto (“Abuztua”) es momento para recoger legumbres y de escuchar el canto de los grillos. Igualmente, en esta época se producen la maduración de las moras y las endrinas. Por tanto, podríamos llamar a esta lunación “Luna del grillo” o “Luna de las zarzas”. Por motivos folklóricos y “brujeriles”, me quedo con esta última.

En septiembre (“Iraila”) se realiza la vendimia, pero también es un mes relacionado con el helecho como planta de uso médico y mágico. Así pues, las dos opciones más lógicas serían “Luna del vino” o “Luna del helecho”.

Octubre (“Urria”), por su parte, es el mes del avellano (urrilla) y de las castañas (por el “Gatzainerre eguna” o “Castañada”). También es la última temporada de caza. De ahí que en otros calendarios se la haya denominado “Luna del cazador”. Atendiendo a la terminología euskérica, sería más probable que fuese la “Luna del avellano”, pero teniendo en cuenta que los vascos tenemos nuestra propia figura del “cazador maldito”, acompañado por una jauría de perros, que recibe los nombres de Ehiztari Beltza o Mateo Txistu, considero que lo apropiado es dar valor a un mito que tiene gran extensión en toda Europa y gran trascendencia en la práctica de la brujería.

Noviembre (“Azaroa”) es temporada de matanza y de dar culto a los muertos. Así pues, “luna de sangre” o “luna del luto” (siguiendo la tradición de otros almanaques), me parecen dos alternativas muy válidas.

Diciembre (“Abendua”) hace referencia a la presencia de aves rapaces como el buitre o el cuervo, animales totémicos bajo cuya forma Mari se aparece. En sintonía con esta idea, podríamos denominar esta lunación “Luna del buitre”. Este mes también es época de germinación (lotu). Sin embargo, dada la importancia del Solsticio de Invierno en la tradición vasca, convendría recoger alguno de los elementos ligados a esta festividad. El calor del hogar y el arte de la herrería son dos aspectos a destacar. Personalmente, la idea de rescatar la figura del herrero, me resulta muy atractiva. No obstante, también considero muy significativo el período de 12 noches que va desde el Solsticio de Invierno a Nochevieja. En otros almanaques se llama a esta lunación “Luna de las Largas Noches”. Empero, quizás deberíamos transformarla en la “Luna de las mágicas noches”, donde todo lo extraño y lo místico puede suceder.

Por último, el treceavo mes lunar, a mi juicio, tal vez no debería tener una denominación concreta o ninguna más allá de “la luna intermedia”, ya que las energías de ese ciclo adicional variarán cada tres años. Por tanto, mi propuesta es que cada cual haga sus propias observaciones y le atribuya la denominación que más se ajuste a su experiencia vital o espiritual.

 

La imagen de portada se ha extraído del espacio «WARXPRO» de Tumblr: http://warxpro.tumblr.com/post/78982696092/a-seething-destructive-blackness-overtook-me?ref=weheartit

La fotografía que acompaña al texto es una imagen de la placa de Blanchard y el asta de Brassempouy descubiertas por el arqueólogo Alexander Marshack.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Izena duen guztia omen da

Como reza el dicho vasco, «todo lo que tiene nombre, existe». No importa si somos capaces de percibirlo con nuestros sentidos mortales o no. La realidad de este mundo y de otros que conviven de forma paralela al nuestro, es mucho más compleja de lo que las ciencias y otras disciplinas hasta ahora han podido delimitar.

Sin embargo, esa chispa creadora y vivificadora que queda impregnada en la voz, los signos, los símbolos o la palabra escrita, una vez que se enciende, nunca llega a apagarse del todo. Incluso si no somos capaces de recordar el nombre o nos resistimos a pronunciarlo, su esencia buscará nuevas vías para acudir a nuestra mente, a nuestros labios, a nuestras manos y a nuestro corazón.

Todo ser, de una manera u otra, busca la eterna permanencia, aunque pierda su forma original o parte de sus atributos. Está dispuesto a adaptarse,a transformarse y reinventarse una y otra vez para sobrevivir. Pero jamás renunciará a su verdadera identidad, al sentido y propósito primordial ligado a su nombre. Tampoco al espacio que le corresponde por derecho.

Los númenes, los espíritus y los ancestros, no son precisamente la excepción, a pesar del abandono y maltrato que han sufrido a lo largo de los siglos y que es, más salvaje si cabe, en estos tiempos modernos de frenesí social y auge tecnológico. Están heridos, se han vuelto desconfiados, distantes y más implacables ante ciertos comportamientos que consideran intolerables, pero no han desaparecido ni han perdido la esperanza en recuperar lo que es suyo.

Desde nuestra visión antropocentrista, nos hemos situado en el ombligo del universo y nos hemos adueñado de lugares, tesoros y conocimientos que no nos pertenecen, sin hacernos responsables de las consecuencias. Hemos relegado y condenado sin pudor alguno a las plantas, a los animales y a los seres invisibles o que invisibilizamos a una existencia miserable, exigiendo su servicio con desdén y un autoritarismo ególatra. Nos comportamos con crueldad ante unas criaturas con las que anteriormente establecimos alianzas para subsistir y desarrollarnos a todos los niveles. Seres que, a pesar de nuestro desprecio e irresponsabilidad, siguen perpetuando nuestra continuidad en este mundo.

Afortunadamente, algunos estamos despertando y dejando atrás el espejismo de la supuesta «normalidad» o «comodidad».  Hemos escuchado el latir tenue del territorio y las voces susurrantes de los Antiguos. Su llamado se ha hecho cada vez más fuerte en nosotros a medida que nos esforzamos en recuperar su lenguaje, su orden simbólico y sus nombres secretos. Torpemente y con humildad, tratamos de restaurar esa relación y, a su vez, reconectar con la sabiduría que está oculta en cada rincón del territorio. La única sabiduría que puede salvarnos de nosotros mismos y devolvernos la esencia perdida.