Consideraciones sobre lo mundano y lo divino para buscadores

Cuando el proyecto “Por encima de todas las zarzas” nació en formato de blog, dediqué los primeros artículos a hablar de la Etxea como hogar, sepultura y espacio sagrado; la identidad familiar y la importancia del linaje; los valores comunitarios de la sociedad tradicional vasca; las leyes por las que nuestros númenes y espíritus se rigen bajo el gobierno de nuestra Dama.

Por ello, no debería resultar ninguna sorpresa que esa misma ética y moral formen parte de los pilares y código de conducta de una tradición familiar fuertemente enraizada en el folclore local, con sus elementos sincréticos.

Tal y como apunta Ortiz-Osés, dentro de los preceptos de Mari podemos distinguir dos niveles de importancia: el de los imperativos que deben cumplirse fielmente y el de las obligaciones morales que aseguran una convivencia estable y unas buenas relaciones sociales.

En el primer sustrato se encuentra el mandato de ser sincero con uno mismo y los demás, diciendo siempre la verdad, aunque pueda resultar incómodo e incluso problemático, tal y como recogen los dichos: “Egia, askoren erregarria” (para muchos la verdad duele); “Egia da latz eta garratz” (la verdad es amarga y desagradable); “egiak esan eta adiskideak gal” (diciendo la verdad puedes perder amistades). En relación a la mentira también existen diferentes proverbios que anticipan sus lamentables consecuencias: “Gezurrak buztana labur” (la mentira tiene la cola corta”); “gezurra esan nuen etxea: ni baino lehenago kalean” (conté una mentira en casa y estaba en la calle antes que yo); “gezurtarik zer duen merezi? Egia esatean ez sinetsi” (¿qué merece un mentiroso? No ser creído cuando dice la verdad).

Los relatos populares resultan igualmente fuente de aprendizaje de estos principios. En distintas leyendas Mari castiga a pastores y nobles señores por mentir sobre sus habilidades o propiedades, retirándoles el favor y sustrayendo sus pertenencias para entregarlas a personas humildes, nobles y trabajadoras. Otros cuentos como el de “Pedro y el lobo” nos previenen desde la infancia de decir mentiras si queremos forjarnos una reputación digna y recibir ayuda cuando verdaderamente la necesitamos.

La soberbia, la jactancia, el orgullo y ambición desmedidas y la avaricia se han considerado faltas capitales entre la población euskaldun, abogando por una vida más humilde y el mantenimiento de un buen nombre, en lugar de perseguir la riqueza y la gloria. Algunos de los dichos que ilustran lo que puede ocurrir cuando uno busca únicamente su propio beneficio y se obsesiona con la fama son: “Asko baduk, aski beharko duk” (si tienes mucho, necesitarás mucho); “begiak noraino, nahia haraino” (tan lejos como los ojos permiten ver, así de lejos se extenderán los deseos/ansias); “igaitea gorago, eroria dorpeago” (cuanto más alto se sube, más dura es la caída);  “bat eman eta bi hartu, gure etxean ez berriz sartu” (dar uno y tomar dos no hará que vuelvan a tu casa).

En contraposición, un modo de vida sencillo, honrado y donde se hace un uso sostenible de los recursos es siempre elogiado: “Bere etxe pobrea, erregearena baino hobea” (Aunque su casa sea pobre, es mejor que la de un rey); “Iturri txikiak, handiak adina egarria kendu” (una fuente pequeña permite calmar la sed tanto como una grande); “aberats izatena baino, izan ona hobe” (más vale tener un buen nombre que ser rico); “egizku beti on, ez jakinarren non” (siempre haz lo correcto, incluso si no sabes a quién beneficias).

El honor, entendido como el cumplimiento de la palabra y los compromisos, buscando la equidad y la justicia, es altamente valorado entre los vascos. Existen cantidad de leyendas en las que los númenes y espíritus del territorio castigan duramente el incumplimiento de una promesa o un acuerdo establecido. Las palabras nos atan y por ello hemos de aprender a utilizarlas sabiamente, cuando el momento lo requiere y en base a criterios fundamentados. Además, cuando no existe correspondencia entre nuestro discurso y nuestras acciones, la comunidad deja de confiar en nuestra fiabilidad y no cuenta con nosotros para afrontar empresas que exijan responsabilidad en el cumplimiento de nuestros votos y responsabilidades.

En relación a las promesas existen refranes como: “Agindua zorra, esan ohi da” (Una promesa es una deuda, siempre se ha dicho); “esana esan, emana eman” (lo dicho está dicho y lo dado está dado”); “Idia adarretik eta gizona hitzetik” (escoge a los bueyes por sus cuernos y a los hombres por el cumplimiento de su palabra). En su vertiente negativa, también observamos los siguientes: “Esana da erraz eta egina garratz” (hablar es fácil, pero hacer es difícil); “Berbak handiak, ezkurrak txikiak” (palabras grandiosas, resultados pequeños); “Gaur hitza eman, bihar haizeak eraman” (la promesa de hoy traerá aire mañana).

En lo que respecta a la escucha y el uso de la palabra, conviene tener presente estas consideraciones: “Aditzaile onari, hizt gutxi” (un buen oyente necesita pocas palabras); “aditu nahi ez duenak, ez du esan behar” (aquel que no quiere escuchar, no debería hablar); “dakizunaz gutxi mintza zaitez, ez dakizunaz bat ere” (di poco de lo que sabes y nada sobre lo que no sabes); “ez gehiegi hitz egin, ez ba da nahi huts egin” (no hables demasiado si no quieres cometer errores); “esaten baduk nahi duana, entzungo duk nahi ez duana” (si dices todo lo que quieres, prepárate para escuchar cosas que no deseas oír). Otra cuestión importante a considerar es que permanecer en silencio cuando no se está de acuerdo y no salir en defensa de la verdad o lo que es justo, se contempla como posicionamiento o complicidad: “Entzun eta isil, baiezko borobil” (Escuchar y callar, es afirmar en redondo).

El honor también se expresa en la justa retribución, permitiendo el mantenimiento de unas relaciones equitativas, tal y como podemos observar en los siguientes dichos populares: “Hartzean dena, zortzen dena” (Lo que recibes, lo debes); “hartuak, emana zor” (lo que se toma, se debe); “bakoitzari berea eta beti adiskide” (a cada cual lo suyo y siempre amigos). De acuerdo con el saber popular, las deudas mantenidas en el tiempo solo traen problemas: “Zor zaharra, min berrizale” (vieja deuda, renovación del dolor).

Por otro lado, dentro de una sociedad comunitarista, no mostrar empatía, compasión y generosidad con tus vecinos/as, no sólo se considera indeseable, sino perjudicial para tu propia subsistencia ya que, llegado un momento de necesidad, puedes ser tú quien requiera de la asistencia de los demás. Habitualmente, quien tiene menos suele ser el más desprendido a la hora de compartir: “Ezer ez duena, emateko prest” (alguien que no tiene nada, siempre está dispuesto a dar). Aprender las bondades de esos sacrificios, resulta esencial para asegurar la reciprocidad y una buena convivencia social: “Jakiteko hartzen, ikas ezazu ematen” (para saber como recibir, aprende a dar). Tener detalles desinteresados también es visto como deseable, al igual que tratar de disculparse haciendo algo para compensar la falta: “emaitzak hausten tu haitzak” (los regalos rompen las rocas).

Según las leyes de Mari, tratar con decencia a los demás y mantener la dignidad es un precepto a tener muy en cuenta, junto con el respeto a los mayores que demuestran sabiduría o hacia las figuras/entidades que pueden actuar como maestros o guías. Del mismo modo, la honra y devoción a lo sagrado han de guiar nuestros pasos en nuestra vida cotidiana y práctica espiritual. Esto no implica, ni mucho menos, que dicha veneración sea ciega. De hecho, si alguien desea presentarse ante Mari, nunca debe arrodillarse ante ella, sino inclinar la cabeza como muestra de reverencia y situarse en cuclillas para entregarle las ofrendas.

Nuestra Dama requiere que tengamos muy presente que todos provenimos de una misma madre: “Besteak ere ama(re)n semeak dira”. Asimismo, las leyendas nos sugieren huir de las apariencias y no subestimar a quien parece más pequeño o aquello que aparenta menos valor: “Ttikia ez guttietsi; haren beharra bihar edo etzi”. El saber popular también nos recuerda que hay personas o criaturas que estiman a quienes podemos despreciar y por ello no merecen nuestra burla: “Ez iñori irririk egin; jendik jende balio dik.” (no te rías de nadie, la gente valora a la gente). Igualmente, se nos hace ver que todos tenemos nuestras faltas para que no juzguemos a la ligera a los demás: “Den orratzik mehenak bere itzala badu”(incluso la aguja más fina tiene su sombra).

Además de la sinceridad y el honor, los habitantes de Euskal Herria siempre han tenido el trabajo y el esfuerzo por bandera: “Hegaztia airerako, gizona lanerako” (los pájaros están hechos para volar y los humanos para trabajar). Tomando el ejemplo de entidades caracterizadas por su naturaleza laboriosa como la propia Mari, los Jentilak, el Basajaun, las Lamiak, los Mairuak o los Galtzagorriak, ser capaz de valerse por uno mismo y poner voluntad en superarse para el desarrollo propio y de la comunidad, han constituido pilares básicos de progreso y afrontamiento de la adversidad. Tal y como expresa el refrán “Iraurk egin dezakeana ez uzti besteri egiten”, no permitas que otros hagan lo que puedes hacer por ti mismo. Si no eres capaz de preocuparte por tu propio bienestar y crecimiento personal de una manera responsable y constructiva, nadie lo hará por ti. Si quieres algo y que valga la pena, tienes que lograrlo por tus propios méritos porque no hay pan sin sufrimiento (“Ez da ogirik neke gaberik”) ni éxito sin trabajo duro (“Garaipena, neke askoren ondorena”).

Igualmente, no se contempla otra forma de trabajar que la aquella que implica consciencia plena y dedicación, tal y como bien resume el dicho: “Lan baratza, lan aratza” (el trabajo que se hace despacio, una labor bien hecha). En cambio, las prisas y la holgazanería son actitudes que ponen en entredicho la verdadera voluntad de aprender y la posibilidad de autosuperación, ganando una buena reputación al ofrecer resultados de calidad.  Sentencias como “Lan lasterra, lan alferra” (el trabajo apresurado, trabajo inútil), “Alfer egon eta alfer-lana egin, biak berdin” (no hacer nada o involucrarse en tareas inútiles son la misma cosa) o “Alferrarendako lanik ez, eta astirik ezdan” (el vago no tiene trabajo ni tampoco tiempo), dan buena cuenta de ello.

Por otra parte, la seriedad que se le otorga al deber demanda el liderazgo de alguien exigente consigo mismo, capaz de involucrarse con intensidad en las tareas o roles que le corresponden, para poder ser legítimamente estricto con sus subordinados. Dichos como “Lanik errazena, agintzea” (el trabajo más fácil es dar órdenes) o “Nagusi eroa baino, gogorra hobe” (un jefe duro es mejor que uno loco), ilustran perfectamente este pensamiento.

La fortaleza que implica doblegar los impulsos hedonistas, adquirir una disciplina y no rendirse ante las dificultades, representa una virtud nuclear para los vascos. En la misma línea, la perseverancia es otra de esas cualidades deseables. Desafíos que aparentemente resultan insuperables, pueden ser logrados gracias a una voluntad firme y un esfuerzo continuado, tal y como recoge el refrán: “Arian, arian, zehetzen da burnia” (golpeando y golpeando, el hierro puede ser pulverizado).

Dentro de la cultura tradicional vasca, la manera en que se plantea cualquier proceso de aprendizaje y adquisición de conocimientos o destrezas de diversa índole es a través de observación paciente, modelado y práctica progresiva, en la medida en que el instructor o figura de supervisión lo permita según el progreso del aprendiz y en base a criterios de seguridad. La frase que mejor resume la importancia de una observación previa antes de involucrarse activamente es: “Zer ikusi, hura ikasi” (lo que uno ve es lo que aprende). Además, para ser eficaz en el desarrollo de una tarea compartida, tienes que haber integrado suficientemente unos conocimientos y procedimientos que te permitan saber cómo operar: “dakienak lan daidi, eztakienak ler daidi” (el que sabe, puede hacer un buen trabajo; el que no sabe, puede tropezar). De ahí que el estilo de aprendizaje recomendado sea pausado y meticuloso.

La sabiduría es un estado y una capacidad que se adquiere a través de la experiencia, integrando la esencia de las enseñanzas antiguas. Nuestros mayores ejercen como los principales referentes y por ello existen varios dichos que apelan a su sapiencia: “Zahar-hitzak, zuhur hitzak” (las palabras viejas, palabras sabias); “Jakindunen artean dabilena, jakindun” (alguien que pasa tiempo entre gente sabia, se convierte en sabio). Entre los elementos esenciales para alcanzar esa sabiduría se destaca una actitud escéptica y crítica, así como templanza para ir digiriendo el conocimiento: “Guti edatea eta guti sinhestea, zuharraren egitea” (beber poco y creer poco es el comportamiento del sabio). Por último, cuando más largo sea el camino andado, mayor será el grado de discernimiento alcanzado: “orga txarrago eta karranka handiago” (cuanto más vieja es la carretera, más brillante es).

Estos preceptos han fundamentado la relación de mi familia con los antiguos poderes, la gobernanza de nuestra Etxea, nuestras relaciones comunitarias y mi educación bajo la tutela de mi abuela. Su seguimiento ha permitido la pervivencia de un fuego que me he comprometido a seguir custodiando y alimentando. Proteger la virtud de ese legado es mi principal cometido.

Shepherd with burning heart – John Bauer (1911)

“Por encima de todas las zarzas” representa la cara externa de un conjunto de saberes ancestrales y experiencias mistéricas personales que permanecerán en un ámbito estrictamente privado. Mi práctica espiritual es demasiado íntima como para compartirla con extraños, ajenos al bagaje sociocultural y dinámica familiar en que he sido criada. Alguien que no ha convivido en el mismo territorio ni ha entrado en contacto con las entidades que lo custodian no puede comprenderlo en todo su significado y profundidad.

Así pues, seguirá siendo un proyecto de divulgación de las distintas manifestaciones culturales y folclóricas que se conservan de la sociedad tradicional vasca, tratando de establecer puentes entre el conocimiento histórico-etnográfico, las experiencias vitales locales y mi propia gnosis personal. Asimismo, mi intención es favorecer un espacio de encuentro acogedor e intercambio respetuoso entre personas con intereses similares, tanto de territorios vecinos como descendientes de la Diáspora.

Cualquiera que se aproxime con honestidad, respeto e interés auténtico a esta casa, será recibido con amabilidad y hospitalidad. Quien falte a la verdad, no respete las normas de convivencia básicas, no sea persona de palabra, intente apropiarse indebidamente de lo que no le corresponde, busque únicamente su propio beneficio sin aportar a la comunidad o perjudique de algún modo el buen desarrollo de las actividades que se promuevan desde esta plataforma, no será bienvenido y deberá asumir las consecuencias de sus actos.

A partir de hoy, «Por encima de todas las zarzas» brilla con un fulgor renovado, aunque preservando su esencia original.

Nuevo logo – diseñado por Kazim Malevtich

Reflexionando sobre los fundamentos de un sendero tradicional y sus implicaciones

En el momento en que decidí iniciar el proyecto “Por encima de todas las zarzas” tuve muy claro que era fundamental explicar desde el principio los rasgos distintivos de la sociedad tradicional euskaldun, sus valores, su manera de pensar, sus creencias mágico-religiosas y la forma en la que los/as vascos/as se conducían. Entre otras cosas, porque tanto el lenguaje como la cultura modulan todos estos elementos, confiriéndoles una personalidad particular y una manera determinada de aproximarse al mundo y sus diferentes realidades.

Mis primeros artículos versaron sobre la idea de que “todo lo que tiene nombre, existe”, la importancia del hogar familiar y la comunidad, lo que se considera apropiado y deseable a nivel social, aquello que es mal visto o condenable, cómo esas normas y pautas sociales se encuentran íntimamente vinculadas a las “leyes de Mari” y los códigos de conducta de nuestros espíritus y las bases de nuestra cosmología que, a su vez, se ven reflejadas en la manera de entender y abordar distintas situaciones. Quienes hayan sido observadores probablemente se hayan dado cuenta de que procuraba utilizar refranes populares o fórmulas antiguas como título de mis artículos, bajo la premisa de ir introduciendo esa sabiduría popular transmitida desde la oralidad.

Sin embargo, me temo que esto ha pasado completamente desapercibido para muchos/as seguidores/as. Algunos/as quizás lo consideren intrascendente o poco útil para sus intereses personales y/o la manera de entender su camino mágico. No obstante, considero que merece la pena detenerse a reflexionar sobre la importancia de tomar consciencia de ciertos valores a la hora de acercarse a una senda espiritual que va íntimamente ligada a una forma de vivir y conducirse en la relación con los demás.

A menudo, especialmente entre determinados descendientes de la diáspora vasca e individuos vinculados al mundo esotérico, me encuentro con personas que se sienten fascinadas por elementos folclóricos que resultan exóticos, por los mitos románticos que se han divulgado a lo largo del tiempo, por lo que resuena con sus apetencias o se encuentra alineado con determinadas tendencias sociales o modas modernas. Su aproximación superficial y, en algunos casos, meramente utilitarista, denota una falta de interés hacia la verdadera esencia de la tradición, así como una falta de disposición a asumir las implicaciones éticas y las renuncias o sacrificios que conlleva.

El problema de quedarse en la superficie y no hacer un esfuerzo de comprensión holística de una realidad social y espiritual compleja, es que luego esa gente se acaba haciendo esquemas mentales equivocados y va transmitiendo ideas desvirtuadas a otras personas que se aproximan por primera vez a la cultura o alguna de sus manifestaciones, incluyendo su vertiente mágico-religiosa.

En consecuencia, tanto quienes procuramos ofrecer una divulgación seria, como aquellos/as que preservamos cuidadosamente determinados conocimientos y prácticas con un sustrato folclórico, nos vemos en la tesitura de tener que desmentir estas falsedades aportando una gran cantidad de evidencias. A menudo, teniendo que hacer frente a comentarios ofensivos y actitudes poco respetuosas hacia el esfuerzo ajeno cuando, en realidad, somos nosotros/as quienes tenemos que aguantar la falta de educación y consideración hacia nuestra idiosincrasia local. Poniendo un símil visual, es como si un extraño viniera a decirnos a la puerta de nuestra casa cómo gobernarla y administrarla. Y en el peor de los casos, como si nos hubieran robado un preciado tesoro custodiado durante generaciones que se dedican a exhibir como suyo a ojos del público sin pudor alguno.

Por fortuna, no todo es como he descrito anteriormente. De lo contrario, no seguiría mereciendo la pena sacrificar parte de mi tiempo de descanso a desarrollar nuevos contenidos y organizar encuentros donde poder conocer a personas que sí son respetuosas y muestran un interés auténtico por aprender y compartir conocimientos.

Lo que ha cambiado para mí en estos últimos meses es el valor que le doy a esa entrega por lo que ha implicado a muchos niveles. También soy más consciente de que no todo el mundo está preparado para asimilar determinada información contraria a sus esquemas de conocimiento y/o principios morales por sus características individuales o el momento vital en el que se encuentra. Igualmente, puede que lo que la persona desea en su idealización, en realidad no sea ni adecuado ni asumible para ella. En este sentido, uno/a debe hacer un ejercicio de sinceridad consigo mismo/a y ser consecuente con las conclusiones a las que llegue a la hora de valorar lo que esa opción puede aportarle (por lo que supone en cuanto al aprovechamiento de su tiempo y esfuerzo personal, como por sus consecuencias sociales).

Dicho esto, me gustaría poner sobre la mesa una serie de consideraciones que pueden servir como punto de partida para quien tenga interés en aproximarse con honestidad a las tradiciones locales y la diversidad de sus manifestaciones mágico-religiosas.

Las creencias populares son representaciones sociales, fuertemente influenciadas por la historia y desarrollo cultural de un pueblo. Dichos esquemas incorporan conceptos, significados, valores y prácticas relativas a objetos, individuos y diversos ámbitos de la vida. Suponen elementos de orientación a la hora de percibir e interpretar distintas situaciones en un contexto determinado, condicionando las respuestas o acciones para adaptarse a ese entorno. Muchas veces las creencias son tomadas como meras supersticiones por su componente subjetivo, entendiendo que al tratarse de convicciones, afirmaciones o hechos no probados científicamente son menos valiosos e incluso despreciables por su aparente irracionalidad. Sin embargo, muchos/as no son conscientes de que tras lo que ellos consideran ilógico o infantil, en realidad queda preservada una lógica interna perfectamente coherente dentro de la cosmovisión construida colectivamente por ese grupo humano.

Quienes mantienen determinadas creencias y perpetúan la transmisión de ciertos saberes populares y costumbres no son ignorantes: son capaces de distinguir el razonamiento formal y la evidencia del pensamiento simbólico y experiencias más subjetivas, con un carácter más emotivo. Nuestro cerebro está biológicamente preparado para procesar ambas formas de explorar el mundo: el hipotético-deductivo y el intuitivo. Ambos sistemas de procesamiento nos han servido para sobrevivir y evolucionar. De hecho, dos de los elementos que nos hacen precisamente humanos son el pensamiento figurativo y el lenguaje (en cualquiera de sus modalidades). No obstante, la predominancia del racionalismo heredado del movimiento ilustrado nos ha llevado a una progresiva desacralización del mundo natural, a un abandono del simbolismo y a un rechazo del pensamiento mágico. Todo ello ha generado una serie de resistencias a dar cabida a otra manera de entender e interactuar con nuestro entorno.

Iturritza baserria, Arrazola (Bizkaia) – Revista Astola

            En las leyendas y cuentos populares ya no apreciamos su belleza mito-poética ni el conocimiento escondido tras metáforas y sutilezas: solo vemos fantasía y entretenimiento. Nos acercamos a esos relatos desde la literalidad, sin saber cómo extraer las perlas de sabiduría que nadan en una estructura discursiva orgánica, permeable a distintas influencias y sensibilidades a lo largo del tiempo. Además, quienes se sienten incómodos/as ante la jerarquización, dogmatismo y proselitismo que perciben en las religiones monoteístas, tienden a desmerecer narraciones en cuya superficie encuentran elementos característicos de las mismas, perdiéndose lo que se esconde más allá de lo evidente. Esto dificulta enormemente la posibilidad de rescatar esos tesoros y recuperar el sentido original de la cosmología precristiana, así como los pilares fundamentales de determinadas costumbres o prácticas. No debemos obsesionarnos con una idea romántica e inalcanzable de “pureza”, desvalorizando el sincretismo bien entendido, sino analizar atentamente la manera en la que esa confluencia de distintas procedencias ha dado lugar a un entramado con entidad propia. Tampoco podemos ser tan ingenuos de buscar certezas absolutas en cuestiones que pueden prestarse a distintas interpretaciones. Cada persona tendrá que decidir críticamente qué es lo que más le convence.

            Por otra parte, hay que tener presente que no todos los individuos que participan en la reproducción de determinadas costumbres mantienen necesariamente unas creencias en torno a ellas. La costumbre va ligada al hábito, el cual va generando una serie de disposiciones relativamente permanentes y transferibles tanto a otras personas como a otros momentos del tiempo. El hábito puede dar lugar a un proceso de desensibilización, llevando a la repetición no consciente de determinadas palabras y actos. En este sentido, a la hora de acercarse a un/a paisano/a, es preciso verificar desde qué óptica aborda su forma de involucrarse y cuáles son sus auténticas motivaciones. Así pues no conviene presuponer nada de entrada: nos encontraremos con locales que participan en ritos populares porque se sienten identificados con una herencia cultural que se ha pasado de generación en generación; con otros/as vecinos/as que han puesto interés en conocer el origen de determinadas tradiciones profanas; con unos/as pocos/as que realmente están dispuestos a implicarse verdaderamente en la recuperación, mantenimiento y transmisión de ese conjunto de narraciones orales, composiciones escritas, manifestaciones artísticas, hechos antiguos, festividades, doctrinas, aproximaciones vitales, rituales folclóricos, ceremonias sagradas, etc  

            De nuevo me gustaría subrayar la importancia de la comunicación oral, la observación participante y la interacción directa como vías de aprendizaje experiencial. El mero conocimiento academicista suele resultar incompleto por la falta de contexto y la imposibilidad de visualizar y encarnar algo que no se ha vivido en carne propia. Esto no quita que podamos (y debamos) consultar fuentes escritas de diversa procedencia y pertenecientes a distintas disciplinas que nos ayudarán a sustentar o desmentir determinadas suposiciones o afirmaciones desde una aproximación integral. Por propia experiencia, lo más sabio es centrarse lo más posible en el área geográfica de mayor interés, bien sea porque se ha nacido o residido allí, por la conexión ancestral que mantenemos con ese territorio o porque estamos en proceso de integrarnos en una nueva comunidad.

            Lo más inmediato es focalizarse en el reconocimiento físico del entorno, atendiendo a su orografía, su flora, su fauna, los accidentes geográficos más destacados, los elementos singulares del paisaje y sus habitantes… El siguiente paso es indagar en los factores sociales y culturales: lengua y dialecto hablado, composición de la población, rasgos culturales propios, historia de la región, leyendas y folclore de la zona, formas de ganarse la vida y convivir en sociedad, valores éticos y morales de la comunidad, etc Averiguar los gustos y costumbres de los vecinos siempre ayuda a propiciar una interacción más fluida y evitarse situaciones incómodas que pueden dar lugar a malentendidos e incluso al completo rechazo.

            Todo esto es mucho más valioso para entender la esencia que alimenta una tradición, tanto en su vertiente profana como mistérica. Centrarse en imitar costumbres, ritos, técnicas, fórmulas y “recetas”, apoyándose en los elementos que resultan atractivos estéticamente o que subjetivamente consideramos que pueden a ser más efectivos para lograr unas metas egoístas por la vía rápida, no es una manera respetuosa de acercarse y tratar de formar parte de un sendero tradicional. Conviene preguntarse qué estás dispuesto a hacer y entregar de ti mismo para ganarte un lugar legítimo y merecido.

En la mentalidad tradicional cada pieza que configura la comunidad es importante, sea cual sea tu talento o el rol que desempeñas en ella. Es tan valiosa la labor de un/a campesino/a o un/a guardabosques, como la de un/a artesano/a, un/a profesional liberal, o el ama de casa que se preocupa del cuidado de sus seres queridos. Todo el mundo suma y comparte lo que tiene porque nunca se sabe cuándo y para qué puedes necesitar asistencia en el futuro. El reconocimiento que vas a conseguir no va ligado a un determinado cargo o etiqueta social, sino a tu esfuerzo genuino y lo que verdaderamente reside en tu corazón.

 Si lo que esperas es obtener un determinado rendimiento en el menor tiempo posible, este no es tu camino. Precisamente una senda espiritual tradicional es algo que se forja a fuego lento. Si te interesa introducirte en alguna práctica mágica tradicional, hazlo con paciencia, tesón y disfrutando de cada pequeña experiencia o acto simbólico. Recuerda que no puede desligarse de una visión cosmológica determinada, unos valores y códigos de conducta, una manera de vivir y contribuir a tu comunidad de referencia. Profundiza en ella de forma significativa, integradora y sostenible, respetando el equilibro en ese ecosistema de relaciones y asumiendo los límites, tanto propios como ajenos.

Ezai emana, ezak eraman

En el artículo anterior, se hizo mención a lo que popularmente denominamos “leyes de Mari”, pero no se profundizó en el tema, ya que hablar de estas normas de trato y convivencia, implica también abordar el tema de las prohibiciones o tabús. Ambos elementos delimitan un sistema ético particular al que están, a su vez, asociadas una serie de costumbres y protocolos de comportamiento que aún se mantienen en muchos hogares de la zona vasco-pirenaica, en mayor o menor medida.

Pero no podemos sumergirnos en estas cuestiones sin antes definir la naturaleza y personalidad de nuestra Dama. Mari, tal y como la describe Ortiz-Osés, es una Diosa-Madre Pantea (total, que lo abarca todo), de carácter ctónico-acuático (asociada a las fuerzas telúricas y del agua), nuclear (integra en sí misma a otros poderes y los gobierna), omniparente (que engendra y enlaza todo) y polimórfica (aparece con muchos rostros y tiene el poder de transformarse en distintos elementos). Es un númen ligado al cielo y a la tierra, a la vida y a la muerte, con un carácter ambivalente. En su aspecto luminoso, se presenta como una mujer hermosa, elegantemente vestida con un sayón rojo y de largos cabellos que, a veces se está peinando con un peine de oro y otras veces está hilando en su cueva, representando su poder sobre el Destino. En otras ocasiones, se la puede ver como una doncella bella pero humilde con un pie de oca (Reina de la Lamias y del mundo feérico). Otras veces, se la ve surcando el cielo con un carro tirado por cuatro caballos (al estilo del dios Helios), montada sobre un carnero con la luna llena como corona (Dama Blanca), sobre una escoba (Reina de las brujas), como una hoz o bola de fuego enorme (Señora del cielo), como un árbol con contorno de mujer o con distintas figuras de animales (vaca roja, carnero, gato, perro, oca, serpiente, caballo, buitre, cuervo…). En su vertiente positiva, actúa como como dama que enamora, ayuda, ampara, da consejos, otorga bendiciones o tesoros y propicia la fertilidad y la abundancia. En su vertiente oscura, se la representa como una señora hierática, dura, impasible, peligrosa, terrible, que castiga severamente, secuestra, quita privilegios y es capaz de matar a sus propios hijos/as o siervos/as. Su aojamiento y sus maldiciones producen una profunda melancolía, la locura, la inmovilización y el infortunio. Es por tanto, tan venerada como temida. Sus ofrendas preferidas son el pan, la leche, los huevos, la miel, la sidra, los carneros, las prendas tejidas y las joyas. Como presente, también se puede quemar albahaca y romero. Su día de culto, atendiendo a su conexión lunar, es el viernes. En este día se la describe horneando, peinándose, tejiendo, reuniéndose con su esposo, desatando tormentas o haciendo magia. No obstante, en Aketegi, se cuenta que hace la colada los miércoles.

De ahí que todas estas actividades se llevasen a cabo tradicionalmente en estos días de la semana. Sin embargo, se evitaban otros quehaceres en viernes por considerarse un día mágico, como comenzar a realizar trabajos importantes, llevar el rebaño al monte, sacar miel de las colmenas, etc. Otras tareas se realizaban siguiendo las distintas fases del calendario lunar: en luna nueva se preparaba la tierra y se daba culto a los muertos; en luna creciente se sembraba, se habían injertos y se cortaba el pelo; en luna llena se abonaba; en luna menguante se quitaban los rastrojos, se podaba, se cosechaba y se cortaban las uñas. También se tenían en cuenta las fases de la luna para la concepción: si se deseaba una niña, se debía engendrar en luna llena, practicando sexo matutino y, si se quería un niño, se debía hacer el amor en luna menguante y por la noche.

Ortiz-Osés expone que Mari “está presta a ayudar a quien se encare a ella con un talante positivo frente a ella y a la vida que personifica y que interpreta naturalísticamente en sus mandamientos éticos”, pero también nos advierte que durante las ceremonias o rituales en su presencia, necesitamos utilizar una “cantidad de recursos que hay que poner en movimiento psíquico para poder salir victoriosos de un encuentro con ella o sus subordinados”. Barandiarán” nos indica que no conviene entrar en sus moradas (Anboto, Aketegi, Murumendi, Aizkorri, Aralar, Txindoki, Gaiztozulo, Orhi…) sin ser invitado/a, ni sentarse en su presencia mientras se habla con ella (aun cuando se tenga su permiso para hacerlo) ni darle la espalda, teniendo que salir del lugar de la misma forma en que se entró, bajo pena de quedar petrificado o ser dominado inexorablemente. Tampoco se la debe tratar de usted, ya que ella exige que se le tutee (hablar en “hika”, una forma de tratamiento cercano y de confianza). Además, no se puede coger de sus dominios nada que ella no te haya regalado (por extensión, no debes tomar nada que no sea tuyo en la vida cotidiana sin el permiso de su dueño/a).

Así se nos muestra en una leyenda de Oiartzun, en la cual la criada del casero de Matxiene fue a buscar leña al monte y vio en la entrada de una cueva a una mujer sentada al sol, peinándose. La misteriosa dama, al verse sorprendida, se retiró al interior de la cueva, dejando caer involuntariamente su peine de oro. La criada lo recogió y se lo llevó a casa. Por la noche, se escuchó en la habitación de la criada una voz extraña que decía: “Criada de Matxiene, dame mi peine de oro. Si no, te daré dolor toda tu vida”. Esta leyenda pone de manifiesto la ley que castiga el robo, pero también nos conecta con el tabú de interceder sobre el destino (ya que el peine es un instrumento para manejar el pelo o dar vida o quitar el pelo, otorgando la muerte), con la prohibición de quitarle su peine a la Etxekoandre y con la costumbre de que sea la madre o la hermana mayor la que peine a las niñas o a las ancianas de la familia.

Otra de las leyes principales de Mari obliga a decir siempre la verdad y a castigar duramente la mentira o la negación de un hecho. Esto lo podemos observar en una leyenda de Azpeitia. En ella se cuenta que un pastor llevó a pastar a sus ovejas a Murumendi y sintió sed, por lo que caminó montaña arriba en busca de una fuente. En su recorrido, encontró una caverna, donde halló a una mujer elegantemente vestida. La mujer le preguntó qué buscaba y él le contestó que buscaba agua para saciar la sed. Ella, en cambio, le ofreció sidra. El hombre recibió agradecido la sidra y quiso saber con qué manzanas se había hecho. Ella le respondió: “con las que ha dado a la negación el señor Montes de Ikaztegieta”. Con estas palabras, la Dama le dio a entender al pastor que la sidra estaba hecha con las manzanas que el señor había negado tener en su almacén. De ahí el proverbio vasco “Ezai emana, ezak eraman”: lo dado a la negación, la negación se lo lleva. Es decir, que Amalurra abastece su “despensa” a cuenta de aquellos que niegan lo que tienen y afirman lo que no es.

Otra leyenda de Vilafranca de Oria, nos muestra que uno de los castigos tradicionales por falta a la verdad era lanzar pedrisco sobre las cosechas o bien la pérdida del ganado, que eran los dos bienes que mantenían a las familias. En esta ocasión, un cura se encontró en una encrucijada de camino al pueblo con un caballero de aspecto noble, que resultó ser su avaro y presumido hermano. El caballero admiró la riqueza y hermosura de los trigales y alardeó sobre los caballos que él tenía para poder trillarlos. El cura, irritado, le contestó que él tenía buenos frenos para sujetar a tales caballos. Aquella misma tarde comenzó a gestarse una tormenta de granizo con la fuerza necesaria para asolar los campos. En realidad, en este relato, Mari no solo está castigando la falta de verdad, sino la jactancia y actitud orgullosa de estos hermanos.

Otra norma importante que debe respetarse es no faltar a la palabra dada y cumplir las promesas. Así lo podemos ver en la siguiente leyenda de Zumaya. En ella se narra el pesar de una mujer casada que no conseguía tener descendencia. Era tan fuerte su deseo de concebir que, en voz alta, dijo que quería tanto una niña que estaba dispuesta a que el diablo se la llevase cuando cumpliera los veinte años. Finalmente, le fue concedida una hija, pero cuando estaba próxima la fecha del veinte cumpleaños de esta, la madre se arrepintió de sus palabras y la recluyó en una caja de cristal ante el temor a perderla. Sin embargo, el mismo día en que la joven cumplió los veinte años, el señor del infierno se presentó, rompió la caja y se la llevó consigo. Desde entonces la doncella vivió en Amboto. Aquí, además de ver el castigo por incumplir la promesa, podemos deducir que a esa edad se consideraba tradicionalmente que una mujer era suficientemente madura para pasar de doncella a señora.

Una leyenda de Amezketa nos ilustra el valor del trabajo en la cultura vasca y el premio al esfuerzo. En ella se cuenta que una muchacha (Kattalin) fue a cuidar ovejas. Mientras estaba conduciendo al rebaño, se percató de que le falta una oveja y fue a buscarla. Al rato, la encontró en la entrada de una cueva y Mari la invitó a entrar. La Dama le preguntó quién era y de qué familia provenía. La joven respondió que era huérfana y que las ovejas pertenecían a uno de los señores del pueblo. Mari le propuso que se quedara a vivir con ella y Kattalin se quedó a servir a la Señora durante siete años. Durante su estancia aprendió a hilar, a hornear pan, a utilizar las plantas según sus cualidades, el idioma de los animales y otras habilidades, no dejando jamás la cueva. Un día, la Dama le dio su consentimiento para salir fuera. La muchacha, aunque no quería irse, tuvo que aceptar. Antes de abandonar la caverna, Mari le entregó un saco de carbón. Cuando salió fuera, la doncella descubrió, asombrada, que el carbón se había convertido en oro. Con el oro compró una casa, su propio rebaño y pudo vivir feliz sin estar bajo las órdenes de ningún señor. La honradez, capacidad de trabajo y fidelidad de Kattalin, como se puede apreciar, fue recompensada con la independencia, prosperidad, posición y habilidades que cualquier buena Etxekoandre debería ostentar.

Por contrapartida, el abandono de los deberes y la indiferencia ante la necesidad de asistencia a la comunidad son sancionados duramente, tal y como se muestra en la leyenda de la “nuera malquerida”. El relato nos cuenta la historia de una pareja joven que vivía con la madre del marido, la cual odiaba profundamente a su nuera. Debido a la falta de recursos, el hombre se tuvo que ausentar de la casa por un largo tiempo y la suegra, en su ausencia, se aprovechó de la vulnerabilidad de la mujer que estaba sola y encinta. Meses después, la mujer dio a luz a dos bebés, un niño y una niña, pero su suegra le notificó a su hijo que había parido un gato y un perro. El hijo, aterrado, pidió que expulsaran a la esposa. Entonces la suegra mandó a un criado que condujese a la mujer junto a los niños fuera de la casa y que les diera muerte en el monte, trayendo las manos y el corazón de su nuera. Junto a la mujer y los niños, también partió el perro. Al llegar al monte, el criado confesó apenado las órdenes de la suegra y buscó la manera de evitar el asesinato. Así que acabó cortando las manos de la mujer y sacrificando al perro para sacarle el corazón. Para que ella pudiera llevar a los niños sin manos, le colocó dos alforjas y los dejó en el monte, regresando a la casa con el encargo “cumplido”.

La pobre mujer vagó por el monte hasta que, cansada y sedienta, se acercó a un río a beber y darles de beber a sus hijos. Al inclinarse para que estos pudieran sorber el agua con la boca, los niños cayeron al río. La mujer lloraba viendo cómo se ahogaban sus hijos. De pronto, en la otra orilla apareció una mujer hermosa con una vara. Le pidió que sumergiese el brazo derecho y luego el izquierdo, sacando ambos miembros completos del agua. Inmediatamente, le dijo que sumergiese ambos brazos para poder sacar a sus hijos, que resurgieron vivos de las aguas. Después le entregó la vara para que la llevara a la montaña y trazase una línea en medio de un llano para que apareciese una casa donde vivir. Luego, desapareció.

Siguiendo las instrucciones de la dama, subieron al monte y la mujer trazó una raya, haciendo que apareciese ante sus ojos una preciosa casa blanca. Allí vivieron tranquilos durante algunos años. Un día, llegaron a la montaña tres cazadores que pidieron hospedaje a la señora, la cual les acogió amablemente. Uno de ellos, oyó un llanto en la habitación de la mujer y esta le pidió que cerrase la ventana, pero no pudo cerrarla en toda la noche. La siguiente noche que se quedaron a pernoctar, al segundo cazador le pasó lo mismo. La última noche, el tercer cazador llamó a la puerta para pedir cobijo, pero a este no le pidió que cerrase la ventana. Al amanecer, el niño se acercó a él y le dijo: “padre, toma este agua para lavarte”. Después se acercó la niña y le ofreció una toalla: “padre, toma esta toalla para secarte”. El cazador se quedó pasmado y entonces la mujer le contó toda la historia. Finalmente, el cazador se llevó a su esposa e hijos a su casa, pidió que su malévola madre fuese apresada y finalmente fue quemada en la plaza del pueblo.

Barandiarán subraya que las personas deben ser respetadas y que Mari prescribe la asistencia mutua como base de la convivencia entre familiares y vecinos, del mismo modo en que ella trata amablemente a los personajes bondadosos en las leyendas y los asiste en la medida en que lo necesitan.

Estas reglas de conducta, las cuales se han ido desgranando a partir de las leyendas, fueron recogidas por escrito en la obra “Atxiki Sekretua, Sorginaren Eskuliburua” de Patxi Zubizarreta, quien, influenciado por sus conocimientos de teología y la filosofía jesuita, convirtió las leyes de Mari en seis mandamientos básicos:

  • No digas mentiras
  • No robes
  • No seas soberbio
  • No faltes a la palabra dada
  • No permitas que nadie te pierda el respeto
  • No dejes de prestar ayuda al que lo necesita

Estos mandamientos, aunque tienen su utilidad como preceptos morales a nivel social, son demasiado simplistas y han dejado una impronta de negación, prohibición y represión en la población, elementos que no estaban presentes en las afirmaciones originales, que se hacían en positivo. No obstante, Ortiz-Osés propone un análisis más sutil y establece dos niveles de importancia: el de los imperativos (evitar la mentira, el robo y la soberbia) y el de las obligaciones (respetar al otro, asistir a los demás y cumplir con la palabra dada). Los imperativos sancionan la autoafirmación, la autonomía y la ganancia egoísta, mientras que las obligaciones son una forma de alentar la empatía, la participación, el compromiso y la solidaridad comunitaria.

Al margen de estas normas sociales, en la mentalidad del pueblo vasco existe una distinción muy clara entre la frontera del día, reservada para los mortales y las tareas cotidianas, y el mundo de la noche, reino de Gaueko y dominio de las criaturas mágicas. Aquellas personas que salen de noche, normalmente suelen sufrir algún percance, algunas veces fatal, tal y como se escenifica en muchas leyendas. Por ejemplo, se cuenta que en un caserío de Ataun, una hilandera fue retada por sus compañeras a ir por la noche a la fuente más cercana y traer agua fresca para todas. La joven aceptó y se adentró en la oscuridad del bosque. Allí oyó un grito aterrador y una brisa gélida le recorrió todo el cuerpo que anunciaba la presencia de Gaueko. La doncella jamás regreso a casa. De ahí surge el dicho vasco: “eguna egunekoentzat, gaua gauekoentzat” (el día para los del día, la noche para los de la noche”).

Hacer referencia al día y a la noche nos conduce, irremediablemente, a hablar de Eguzki (sol) e Ilargi (luna), la vida y la muerte y la existencia de dos fuerzas diferenciadas pero complementarias (indar y adur).  Ilargi (la luz de los muertos) es la hija mayor de Amalurra y, aunque tiene su papel en los ciclos de nacimiento y renacimiento, así como influencia sobre las plantas y animales, ha estado tradicionalmente asociada a la muerte y a la energía mágica (adur) que circula por todos los seres y religa todas las cosas (“fuerza impansiva”). Ilargi fue la primera luz que la Madre Tierra otorgó a los seres humanos para protegerse de las criaturas de la noche, pero estos se acostumbraron a su influjo y la Dama tuvo que engendrar otra hija con un poder mayor que pudiera ahuyentar a los seres de la noche: Eguzki. Además, la Señora entregó a los seres humanos un amuleto que recordara al sol para protegerse de las criaturas mágicas: el Eguzkilore o Carlina Acaulis. En las leyendas se cuenta que si un genio veía un eguzkilore en la puerta de la casa, tenía que pararse a contar los pelillos de la flor, de modo que llegaba el amanecer y aún no había completado su tarea, retirándose al ver aparecer los primeros rayos.

Eguzki es considerada la energía de la propia vida, pues propicia el crecimiento natural tanto de plantas como de animales y, por tanto, podemos decir que se trata de una fuerza expansiva o desligadora, asociada a la causalidad (al contrario que adur, que se asocia al azar o al destino). Así, Eguzki, aunque es un ser divino, está conectada al mundo material, público, al cuerpo y lo profano, mientras que Ilargi está ligada al mundo espiritual, a la intimidad, al alma y lo sagrado. La primera tiene una polaridad más masculina, a pesar de ser una diosa, y la segunda posee una polaridad más femenina. Eguzki, además de tener el poder de ahuyentar a los espíritus y a los difuntos, aporta bendiciones y protección ante los maleficios, así como virtud sanadora a las plantas que se recogen en la Noche de San Juan.

Esta división entre el mundo natural y mágico, no obstante, estaba presente en las tareas de sanación y también en los trabajos mágicos. Se concebía que la enfermedad podía producirse por causas naturales (berezko) o por causas mágicas (aidetikakoak).  Para tratar las enfermedades naturales se usaban remedios “solares” y para curar las enfermedades por causas mágicas, se hacían ritos, preferentemente nocturnos, donde se pedía la intercesión de espíritus, se usaba magia popular o folklórica o se recitaban oraciones o fórmulas tradicionales. Así pues, toda ama de casa, curandera o bruja, debía conocer y respetar los dominios y límites solares y lunares.

Empero, el caso de la «sorgina» o «belagile» es un tanto particular porque se considera que pertenece tanto al día como a la noche, ya que es mitad humana y, según la creencia popular, medio lamia (la fuerza mágica de adur está activa en ella).  Esto tiene como consecuencia que las prohibiciones o tabús no son tan estrictos sobre ella, lo cual le otorga libertad pero, a su vez, una doble responsabilidad sobre las consecuencias. La magia que practique durante el día será potencialmente “benéfica” como, por ejemplo, hacer limpiezas, sanaciones o protecciones mediante «kutunak» (amuletos), mientras que por la noche podrá realizar prácticas de brujería consideradas popularmente como “maléficas” (necromancia, “begizko”, “birao”…).

Por otra parte, los poderes del sol se ven asimilados en su elemento homólogo: el fuego (sua). El fuego de la chimenea ha sido considerado durante siglos un espíritu del hogar, así como un elemento activo de la Etxea y una forma de ofrenda a los antepasados. Se le atribuía un carácter protector, considerándose un signo de mal augurio que el fuego se apagase. A su vez, tenía una cualidad renovadora y también era elemento de consagración, utilizándose las cenizas del fuego en la fabricación de amuletos y como sistema de purificación para los seres que habían sido emponzoñados o ahojados. Al fuego también se le pueden pedir favores, como cuidar de un ser querido en particular, que ayude a cumplir un deseo o propiciar la segunda dentición de un niño. Tanto las cenizas del tronco de Nochebuena (Gabonzuzi) como las cenizas de la hoguera de San Juan poseen poderes especiales.

Dado que el fuego es un elemento vivificador y protector, la única persona que está autorizada a encenderlo, a nutrirlo y a “tocarlo”, es la Etxekoandre como sacerdotisa de Mari en el hogar. Igualmente, la Etxekoandre o las hijas mayores son las únicas que deben recoger agua de las fuentes o del pozo, porque el agua es otro de los símbolos sagrados de Mari y son dominios de las lamias (hadas que, por su belleza, suelen enamorar a los hombres).

Por último, el cuidado de las abejas, también es una tarea femenina, ya que es considerado un animal sagrado y un miembro más de la familia (su muerte se expresa igual que el fallecimiento de una persona). A las abejas se les informa de los devenires que acontecen a la familia pues son mensajeras de la Dama y, al morir la dueña de la colmena, un pariente cercano o un vecino allegado se les pide que despierten para que produzcan la cera que se usará para la sepultura e iluminar el camino del difunto. La importancia de las abejas en el culto doméstico trae consigo la prohibición de matarlas, al igual que está mal visto matar a una mariquita (marigorri) porque es otro de los animales asociados a Mari y a la predicción del tiempo.

Y hasta aquí llega mi disertación sobre las grandes leyes y tabús vasco-pirenaicos. En próximos artículos, iremos desentrañando los pormenores de otras normas y prohibiciones menores que poseen un sustrato mítico-mágico.

La imagen que se ha utilizado para ilustrar este post pertenece a Binary Soul, compañía creadora de un videojuego de carácter didáctico llamado «Sorginen Kondaira», cuyo objetivo es dar a conocer la mitología vasca a los más pequeños. A continuación, comparto el enlace al juego para que conozcáis su trabajo y podáis hacer llegar este proyecto a otras personas que puedan estar interesadas: http://www.sorginenkondaira.com/