Muchos son los turistas que actualmente se adentran en tierras amescoanas para disfrutar de las hipnóticas aguas turquesas del Urederra, bañarse en las piscinas naturales de Zudaire cuando el calor aprieta, perderse entre la vegetación y las formas sugerentes de las rocas del “Bosque Encantado” y, ocasionalmente, parar a comprar queso a alguno de los pastores que quedan en estos lugares.
Sin embargo, poco o nada saben de la relevancia histórica, la riqueza cultural y folclórica de estos parajes enmarcados entre el norte de la Sierra de Urbasa y el sur de la Sierra de Lóquiz, que ejercen de transición entre la montaña septentrional, densamente boscosa y de esencia agreste, y la ribera meridional, cercana al clima mediterráneo y abierta al intercambio.
Precisamente, su particular geografía poblada de umbrales naturales y su condición fronteriza entre los antiguos dominios de Navarra y Castilla, o lo que actualmente es Álava y la zona de Estella, ha forjado una marcada identidad liminal, con un núcleo duro arraigado a las tradiciones y un carácter de resistencia comunal para sobrevivir a los elementos y otras fuerzas que amenazaron su integridad a lo largo del tiempo.
En el pasado, Améscoa era un topónimo que hacía referencia únicamente a la parte oriental del valle o lo que hoy se conoce como Améscoa Baja (compuesta por Artaza, Baquedano, Baríndano, Ecala, Gollano, San Martín de Améscoa y Zudaire). Su denominación procede de la palabra “ametz”, que designa al quejigo (Quercus faginea). A este término se añade el sufijo locativo -koa, que significa “lugar de”. En consecuencia, Améscoa puede traducirse como “el lugar de los quejigos”, conectando con su fisionomía vegetal ampliamente poblada por viejos robles carrasqueños, otras variantes de la misma familia que conviven con hayas y otras especies arbóreas adaptadas a climas de transición.
El quejigo es un árbol de porte medio y carácter resiliente, que ha proporcionado madera, sombra y cobijo, leña para los hogares y bellotas que complementaban la alimentación en la zona. La etimología del topónimo señala que, para las comunidades que nombraron el lugar, este árbol era un referente esencial dentro del ecosistema simbólico del bosque como lugar de refugio y santuario, habitado por seres sobrenaturales. Además, el topónimo se convirtió en un marcador de identidad, ya que sus habitantes pasaron a ser conocidos como “amescoanos”, fusionándose con el espíritu de árbol sagrado que a lo largo de los siglos fue elemento clave para su supervivencia.
Algunos autores locales, en el siglo XIX, sugirieron que el nombre podría relacionarse con “mesas” o con la idea de “tierras altas”, interpretando Améscoa como “tierras en meseta”. Otros, en un sentido más literario, lo asociaban a “amas” (madres), sugiriendo que se trataba del “valle de las madres”. Estas interpretaciones no resisten el análisis filológico, pero forman parte del modo en que los propios habitantes reflexionaron sobre su territorio y relación con él.
El testimonio escrito más antiguo que se conserva de Améscoa como “lugar de los quejigos” es una donación del Rey Sancho IV al Monasterio de Irache, datada en 1067. Por aquel entonces había otro monasterio ubicado entre el Molino de Zudaire y un ancestral robledal. Dicho templo fue ubicado junto al citado santuario vegetal que probablemente fue lugar de devoción para los vascones antes de la romanización.
Roble carrasqueño de Zudaire, conocido como «el centinela»
Sin embargo, debemos ir más atrás en el tiempo para descubrir los distintos eventos históricos que marcaron el devenir de Améscoa.
Los restos arqueológicos hallados en la sierra de Urbasa y en los alrededores del valle muestran una continuidad de ocupación humana que permite reconstruir la evolución de las comunidades humanas desde la Prehistoria hasta la Edad Antigua.
Debemos tener en cuenta que las Améscoas se sitúan en un pasillo natural entre la depresión del Ebro y la meseta de Urbasa. Esta posición estratégica, unida a la abundancia de agua y a la diversidad de bosques y pastos, explica por qué comunidades prehistóricas eligieron este territorio como lugar de asentamiento. Las cuevas y abrigos de la sierra ofrecían refugio, mientras que los collados facilitaban la caza de cérvidos, jabalíes, bóvidos y otros animales.
Una de las cuevas más singulares es la cueva de Basaula en la Sierra de Lóquiz, famosa por contar con pinturas figurativas de la etapa de Postpaleolítico y por sus galerías que se distribuyen en diferentes niveles como “La Sala de Blas” o la “Galería del felino”. Esta caverna, además, guarda en su interior una de las tres colonias existentes en Navarra del murciélago de cueva.
En la sierra de Limitaciones, en el raso de Ustalaza, próximo a Larraona, se halla la sima o cueva de los Cristinos, con una gran sala interior y un hermoso lago de aguas azules, con numerosas estalactitas, estalagmitas, columnas y formaciones rocosas fantásticas que inflaman la imaginación popular, que son designadas con nombres tan sugerentes como «la virgen con el queso» o «confesionarios de las brujas».
No hay evidencias de que fuera una cueva rupestre, sino más bien un refugio natural. Más tarde, se convirtió en almacén de armas y municiones durante las guerras y en cementerio de fusilados. Durante la 1ª Guerra Carlista, el general Zumalacárregui tomó como base de operaciones el valle de las Améscoas (se le conocía como «el lobo de las Améscoas») y los generales liberales («cristinos») intentaron derrotarlo sin demasiado éxito en su propio territorio.
Por otra parte, los monumentos megalíticos situados en la Sierra de Urbasa, dentro de la comarca de las Améscoas (Navarra), forman un patrimonio arqueológico relevante. En los bordes y rasos que dominan los puertos tradicionales de acceso desde Zudaire y Baquedano se conservan numerosos monumentos prehistóricos: dólmenes, túmulos y algún menhir, datados entre el final del Neolítico y la Edad del Bronce (entre los años 2000 y 900 a.C.).
Los yacimientos más destacados son el dolmen de Portuzargaina, dolmen de la Cañada y dolmen de Artekosaro. El 1º está ubicado cerca del Puerto Viejo de Baquedano, formando parte de la “Ruta de los Dólmenes de Urbasa”. El segundo está situado en las Majadas de Arratondo y conserva once losas de su cámara funeraria. Fue excavado en 1921, encontrándose restos óseos de varios individuos y una punta de flecha de sílex, mostrando la práctica del enterramiento colectivo y la cultura material de la época. El tercero es el mejor conservado, con un túmulo que supera los 2,5 metros de altura y una cámara funeraria intacta donde se encontraron restos de más de catorce individuos y puntas de flecha.
En las inmediaciones de Larraona, en los rasos de Ustalaza, hay varios túmulos. Entre ellos cabe señalar Ustalaza II, cerca del manantial de Fuente Chabola del Pinto y la Cueva del Caballo, y Ustalaza IV, próximo al pico de Peñarroya. En la misma zona también se sitúa el menhir de Itaida.
No obstante, el menhir más singular de Améscoa es el de Mugako Harria, descubierto gracias a unos pastores de Urdiain que describieron una losa de grandes proporciones cerca de la cima de Bretxagaina.
En la mitología vasca los Jentilak son los constructores de dólmenes, crómlechs y túmulos. En diversas versiones, al anunciarse la venida de Kixmi (Cristo), los gentiles desaparecieron refugiándose “bajo las piedras” de los megalitos. Esta atribución mítica, que está documentada en toda Euskal Herria, cobra sentido en Urbasa, donde estos monumentos parecen obras de gigantes a ojos de la mentalidad tradicional. Concretamente, los dólmenes de Artekosaro y La Cañada, se mencionan a menudo como “jentilarriak” (piedras de gentiles) y “cosas de los antiguos”.
Las Lamiak también son vistas como entidades feéricas con capacidad de construir dólmenes y puentes, motivo que encaja con la presencia de cursos de agua y surgencias kársticas como el Urederra. En el discurso local, el contraste raso alto–nacedero debió de favorecer estas asociaciones entre “piedras antiguas” y seres acuáticos.
Avanzando hacia la Edad de los Metales, cabe señalar el yacimiento de Amescoazarra, en la entrada del desfiladero del Urederra, que fue investigado por Javier Armendáriz. Este arqueólogo sostiene que durante la Edad del Hierro se levantó allí un castro fortificado con murallas y fosos excavados en la roca. Su función era controlar el corredor del Urederra como paso natural hacia el interior de Navarra. En el siglo XII, sobre ese mismo emplazamiento, se construyó la aldea y castillo de Inzura, aprovechando la estructura base de este lugar estratégico.
A pesar de que la zona es estrecha y de difícil acceso, esto no supuso un impedimento para los romanos. Algunos hallazgos que demuestran su presencia en este territorio son inscripciones latinas en lápidas funerarias y dedicatorias, encontradas en la zona de Larraona y en otros puntos del valle. Estas inscripciones son especialmente valiosas porque muestran un proceso de hibridación cultural, donde se pueden apreciar antropónimos de raíz indígena junto con nombres latinos.
La arqueología sugiere que, tras la caída del Imperio Romano, el valle experimentó un período de inseguridad y despoblación parcial. Sin embargo, la memoria de los lugares antiguos (castros, dólmenes, aras) permaneció en el paisaje. La reutilización de Amescoazarra en la Edad Media es la principal prueba de esa continuidad.
Según las investigaciones de Javier Armendáriz, Inzura aparece citado en 1198 como fortaleza navarra frente a Castilla. En 1201, Sancho VII el Fuerte intentó repoblar la aldea concediéndole fuero propio, aunque la experiencia fue breve y el lugar quedó despoblado a mediados del siglo XIII. Aunque la aldea desapareció, el recuerdo de Inzura pervivió en la toponimia y en las leyendas locales sobre pueblos abandonados.
El período medieval es uno de los más decisivos para comprender la historia de las Améscoas. Las primeras referencias de Améscoa en documentos medievales se encuentran en textos del siglo XI-XII, cuando la monarquía navarra consolidaba su dominio sobre la zona de Estella y el corredor hacia la Rioja. Estos documentos se refieren tanto a donaciones a monasterios como a delimitaciones de términos. La mención de Ameçcoa en cartas reales indica que el valle estaba ya organizado como una unidad reconocible.
Otro de los documentos clave que sentó las bases del gobierno y administración de este territorio fue el fuero de Inzura (1201), inspirado en el de Laguardia y concedido con la intención de repoblar esta área estratégica ofreciendo ventajas legales. A pesar de que Inzura desapareció, los pueblos de las Améscoas conservaron sus derechos forales, que fueron confirmados en repetidas ocasiones por los reyes navarros. Estos fueros se convirtieron en un símbolo identitario y en una garantía frente a abusos externos.
Restos de la muralla de Inzura
Otro hito importante fue la confirmación de privilegios comunales (s. XII y XIII) por parte de diferentes monarcas navarros, que reconocían a los vecinos derechos de aprovechamiento de montes, pastos y aguas. Estos privilegios jurídicos serían la base de la Comunidad de las Améscoas, entidad concejil que aglutinaba a los pueblos del valle. Fue una institución singular que gestionaba colectivamente los recursos naturales del valle. Normalmente sus miembros se reunían en árboles centenarios o ermitas para decidir el uso de los pastos de Urbasa, la tala de árboles, los turnos de los molinos o las penas por infringir las normas. La Comunidad poseía una autonomía jurídica reconocida, lo que le permitía defender sus intereses en pleitos contra pueblos vecinos o incluso contra la Corona.
El modelo comunal de las Améscoas se convirtió en un rasgo identitario: los recursos no eran de particulares, sino de todos los vecinos. Este sistema reforzaba la cohesión social, al tiempo que limitaba las desigualdades.
Un caso singular que merece ser mencionado es el de la junta conformada por representantes de Eulate, Aranarache y Larraona, que hoy constituyen el núcleo de Améscoa Alta, pero formaron parte del Valle de Arana hasta el siglo XVI. Sus reuniones se celebraban en “Batzarremendia”, un bosquecillo sobre un montículo cercano al Urederra. Allí se votaba colectivamente al que sería Alcalde Ordinario. Seguidamente, se nombraba a los otros dos candidatos como sus “jurados” o consejeros para que hubiera un equilibrio de poderes. Este gobierno local tuvo que hacer frente históricamente a muchos desafíos, lidiando con las continuas incursiones castellanas y los ataques de bandidos que se refugiaban en las montañas.
Durante los siglos XII y XIII, la expansión castellana hacia el norte generó frecuentes conflictos por el control de fortalezas y territorios. El castillo de Inzura fue ocupado por Alfonso VIII de Castilla en 1198, junto con Miranda de Arga, lo que muestra la importancia estratégica del valle. En los siglos siguientes, aunque Navarra conservó el dominio del valle, los amescoanos participaron en las tensiones de frontera: incursiones, pleitos por términos, pactos de tregua. Esta situación contribuyó a reforzar la identidad local, pues los vecinos se percibían como defensores de un territorio en disputa.
Más allá de los conflictos militares, la Edad Media fue también una época de intensa vida comunitaria. Las parroquias de los pueblos de Améscoa constituían el centro de la vida social y religiosa. Los registros eclesiásticos permiten conocer la existencia de cofradías, la celebración de fiestas patronales y la importancia de la religiosidad popular. El calendario estaba marcado principalmente por las necesidades del ciclo agrícola y ganadero, pero también por las fiestas litúrgicas. Así, las romerías a Urbasa combinaban devoción y aprovechamiento de pastos.
La Edad Moderna, comprendida aproximadamente entre finales del siglo XV y el siglo XVIII, supuso para las Améscoas un tiempo de continuidad en muchos aspectos de su organización comunal, pero también de transformación progresiva en sus relaciones económicas, políticas y culturales. En esta etapa, el valle se consolidó como espacio rural con fuerte dependencia de los recursos forestales y ganaderos, aunque reforzó sus vínculos con la cercana ciudad de Estella, centro mercantil y religioso de referencia en la merindad.
Tras la incorporación del Reino de Navarra a la Corona de Castilla en 1512, las Améscoas quedaron bajo soberanía castellana, aunque mantuvieron la vigencia de sus fueros y privilegios locales. La permanencia del pacto foral permitió que los pueblos conservaran buena parte de su autonomía en la gestión de recursos comunales, reconociéndose la utilidad de mantener un sistema que garantizaba el sustento de la población y el aprovechamiento racional de los montes y pastos.
Las guerras de los siglos XVI y XVII como la de la independencia de Navarra, la guerra de las Comunidades o los conflictos con Francia, afectaron mayormente a la zona de manera indirecta, sobre todo a través de cargas fiscales y levas de hombres. Sin embargo, las Améscoas no fueron escenario directo de grandes batallas, lo que favoreció cierta estabilidad, a pesar de incendios que dañaron edificios y saqueos que empobrecieron a su población.
La economía amezcoana se ha fundamentado durante siglos en el pastoreo y la explotación racional del bosque, así como en otros oficios tradicionales conectados al folclore y creencias mágicas populares.
Los rebaños de ovejas latxas se desplazaban estacionalmente entre los pastos de Urbasa y las zonas bajas, en un sistema de trashumancia regulado por normas concejiles. La producción de queso y lana era fundamental. La lana, en particular, tenía salida comercial hacia los talleres textiles de Estella y otras localidades de la merindad.
La explotación de quejigos, encinas y hayas proporcionaba leña, carbón vegetal y madera. La elaboración de carbón seguía el sistema tradicional de carboneras, que requería gran esfuerzo humano y largas vigilias. El carbón se destinaba tanto a los hogares como a las ferrerías hidráulicas.
Entre las más forjas productivas y destacadas cabe mencionar la ferrería de Zudaire, que aprovechaba el caudal del río Urederra y llegó a convertirse en uno de los centros siderúrgicos más activos de la comarca. Igualmente cabe señalar la de San Martín, documentada en numerosas ocasiones por su capacidad de abastecer hierro, no solo para el consumo local, sino también para el comercio en mercados más amplios.
También tuvieron notable importancia las ferrerías de Eulate y Larraona, cuyo rendimiento se mantuvo de forma constante durante los siglos XV y XVI, y que gozaron de reconocimiento en los registros fiscales del Reino de Navarra debido a su aportación a las arcas reales. Asimismo, merece destacarse la ferrería de Baríndano, mencionada en los contratos de arriendo y pleitos de la época por su capacidad de producción, así como la de Aranaratxe, que supo adaptarse a las fluctuaciones de la demanda hasta bien entrado el siglo XVII.
El funcionamiento de estas ferrerías no solo transformaba el mineral en hierro maleable, sino que articulaba un complejo entramado social y económico: los herreros, carboneros, carreteros y comerciantes formaban una comunidad laboral en torno a la actividad metalúrgica, garantizando tanto el sustento de las familias locales como la proyección de la comarca hacia otros mercados.
Estas profesiones entraron en crisis debido a la competencia de nuevos sistemas de producción más eficientes, la escasez progresiva de madera y los cambios en las rutas comerciales, lo que llevó a que muchas de estas instalaciones se abandonaran o quedaran reducidas a una actividad testimonial.
A pesar del cierre de las ferrerías, los carboneros continuaron su actividad hasta bien entrado el siglo XX, siendo un pilar importante de la economía local y transmitiendo sus conocimientos de generación en generación.
La figura del carbonero en las Améscoas es un elemento destacado de su cultura tradicional, incluyendo el ámbito de las creencias populares. La confección de carbón vegetal era un trabajo que se desarrollaba en condiciones duras y solitarias, que requería pasar largas temporadas en los montes, vigilando las carboneras incluso de noche. Este contacto con la naturaleza salvaje y la asociación con la oscuridad, les confería una mayor capacidad para comprender las señales de los espíritus locales e interactuar con lo sobrenatural. De hecho, la figura del Olentzero, según las recientes interpretaciones de las leyendas vascas, surge del último Jentil que, en contacto con los humanos, pasó a ejercer labores de carbonero y regalar carbón a quienes necesitaban calentarse en invierno.
Carbonera tradicional (Lapuente Martínez)
En el año 1994, en la 1ª Fiesta del Valle, se decidió incluir una demostración de cómo fabricar carbón vegetal de parte de Luis y Koldo Aznárez, vecinos de Gollano y descendientes de carboneros. Desde entonces hasta la fecha, se ha continuado realizando una simulación de esta actividad en una carbonera habilitada para ello, con el propósito de que los paisanos y visitantes no olviden este oficio y su importancia etnográfica.
En el ámbito femenino, cabría destacar a las hilanderas de Zudaire, Baríndano, Aranaratxe o Larraona, que se dedicaban a tejer lienzos, mantas y prendas de uso cotidiano utilizando lana y lino. Estos materiales procedían tanto de la ganadería trashumante como del cultivo doméstico de fibras textiles. Este trabajo se desarrollaba principalmente en el interior del hogar, aunque con una fuerte dimensión comunitaria. Durante las largas veladas de invierno, varias mujeres se reunían en las casas para coser y conversar, convirtiendo la labor en un espacio de sociabilidad femenina y transmisión de saberes. Cabe señalar que hay leyendas que conectan el arte del hilado con figuras del destino como las Lamiak y también con seres de la noche como las Sorgiñak.
La producción textil de las Améscoas no alcanzó una escala industrial, pero sí tuvo un valor estratégico en la economía doméstica, asegurando la autosuficiencia de las familias. Con la llegada de tejidos manufacturados y la progresiva industrialización del siglo XIX, el oficio de hilandera fue perdiendo peso, aunque pervivió como tarea complementaria hasta mediados del siglo XX.
Otro de los aspectos culturales que debemos destacar de estas tierras es la existencia de un dialecto propio, el amescoano. A pesar de que ha desaparecido como lengua viva, quedan topónimos, refranes, restos léxicos y vestigios escritos que permiten aproximarse a sus rasgos distintivos: una singular mezcla del occidental-vizcaíno, oriental-navarro y central-guipuzcoano.
A nivel escrito, cabe mencionar dos textos históricos producidos por vecinos de las Améscoas: los poemas de Martín Portal, originario de Baquedano (Améscoa Baja) que vivió a principios del S. XVII; el Catecismo de Artaza, redactado por Juan Vicente Díaz, clérigo de Zudaire que ejerció su ministerio desde 1780 a 1823.
Los trabajos de Azkue y de Caro Baroja constituyen las principales fuentes para conocer el amescoano. Azkue incluyó numerosos ejemplos en su “Diccionario Vasco-Español-Francés” (1905), recogiendo términos que le proporcionaron informantes del valle. Caro Baroja, por su parte, en su obra “Materiales para una historia de la lengua vasca en su relación con la latina” (1945), analizó la documentación histórica y ofreció observaciones etnográficas sobre la desaparición del dialecto. Igualmente, cabe destacar el libro “Hablar en amescoano: lingüística histórica en Tierra Estella” de Mikel Belasko y Balbino García de Arbizu, así como el tomo XXII “Toponimia y Cartografía de Navarra”, elaborado durante más de una década por Balbino García de Albizu y Arantza Gárate a partir de fuentes orales amescoanas.
En la actualidad, algunos estudiosos locales han recopilado algunos términos, entre ellos vocablos etnobotánicos y relacionados con la medicina popular, que sobreviven en la memoria de ancianos o en el habla residual. Entre estos materiales cabe destacar el artículo “Estado actual de la onomástica botánica popular en Navarra” (Las Améscoas alta y baja) de Javier Irigaray, quien realizó un trabajo de campo en 1982 consultando a informantes locales.
La recuperación de la memoria lingüística tiene un valor simbólico: supone reivindicar la diversidad cultural de Navarra y reconocer que incluso en territorios hoy mayoritariamente castellanohablantes existió una rica tradición euskaldun. En este sentido, el amescoano no es solo un dialecto desaparecido, sino un símbolo de resistencia cultural y de la capacidad de las comunidades rurales para crear variedades propias adaptadas a su entorno.
Continuando con la visibilización de los aspectos simbólicos de las Améscoas, no pueden dejarse de lado sus tradiciones folclóricas. Entre sus rituales colectivos más destacados, se encuentra el alzamiento del palo de mayo, estudiado por José María Jimeno Jurío.
Según este autor, el rito del mayo tiene raíces muy antiguas, probablemente pagano-romanas y relacionadas con el culto a Flora, diosa de la primavera. Su función original era celebrar el renacer de la naturaleza y pedir protección para las cosechas, las casas y los bienes. De igual modo, otros pueblos de Europa tenían la costumbre de representar el culto a la fertilidad alzando un árbol alto y esbelto en algún lugar visible que servía como punto de reunión comunitaria.
En las Améscoas, el árbol elegido era el haya, abundante en los montes locales. Se cortaba, se pelaba (a veces dejando la punta con ramas) y se adornaba con elementos simbólicos y religiosos. Los mozos del pueblo eran los encargados de todo el proceso: cortar el haya, transportarla, adornarla y levantarla. El trabajo se organizaba mediante sorteos: unos cortaban el haya y los “estayes” o varas largas en forma de tijera; otros se encargaban del transporte con bueyes; los restantes preparaban el hoyo donde se alzaría el tronco. Al elevarlo, los hombres gritaban: “¡Arriba mayo, tente tieso que yo me caigo!”
Levantamiento del mayo en Larraona (foto de Jesús Díaz)
Tras colocarlo, la comunidad celebraba con almuerzos, música, bailes y rondas por el pueblo. Antiguamente, se hacían colectas de alimentos y dinero y una cena final en casa del mayordomo o en la taberna.
El levantamiento del mayo, aún hoy en día sigue un orden específico en base a un calendario rotativo: Larraona lo alza primero, luego San Martín y después Zudaire. Se coloca habitualmente plazas, cruces de caminos o cerca de la iglesia. A diferencia de otros lugares, el mayo permanece erguido todo el año, aunque el periodo más crítico es de mayo a septiembre, cuando mayor peligro hay de que una tormenta arruine las cosechas.
En la punta del mayo se colocan varios elementos significativos que conviene comentar en detalle:
- Una vela de la Candelaria o del Tenebrario para proteger a la comunidad de entidades oscuras.
- Un gallo de madera, símbolo solar que ahuyenta a los espíritus de la noche, incluyendo fantasmas y brujas.
- Dos espadas cruzadas, emblema de defensa, que tenía la función de cortar las tempestades.
- Un pañuelo con cintas y cascabeles, elaborado por las mozas. Los cascabeles han sido talismanes populares para alejar el mal.
- Un ramo de laurel bendecido el Domingo de Ramos, que se usa como protección contra tormentas.
Como dato curioso, cabe señalar que, en 1928, no se levantó el mayo y cayó una gran pedregada que destruyó los cultivos. La gente de la zona lo interpretó como castigo por no cumplir el rito, lo que reforzó la creencia en su poder protector.
Posteriormente, en 1952, se dejó temporalmente de celebrar esta tradición en Larraona por preocupación ecológica, ya que se consideraba excesivo cortar un haya cada año. En 1997, bajo la alcaldía de Satur Andueza, se recuperó la costumbre. Desde entonces, la organización es más comunitaria: los jóvenes colaboran sin sorteos y el Ayuntamiento ofrece un refrigerio festivo tras la misa.
Además del palo de mayo, las fiestas patronales marcan el calendario festivo de las Améscoas. Son celebraciones que incluyen procesiones, auroras cantadas al alba, música de gaiteros y el protagonismo de las danzas populares. En varios pueblos se conservan las tradicionales soka-dantzak, danzas de cuerda donde vecinos se enlazan para trazar formas circulares al ritmo de la música.
Las romerías a ermitas y montes cercanos, como la que se realiza a San Adrián, son otra de las expresiones más características. Estas peregrinaciones combinan la devoción religiosa con la convivencia festiva, pues tras la misa o el acto litúrgico se acostumbra a compartir almuerzos populares, concursos y juegos rurales.
Entre las diversas festividades locales, merece la pena citar la Fiesta del Valle de las Améscoas, que tiene lugar a finales de junio o principios de julio y en la que destaca la convivencia, exhibiciones rurales y la feria de artesanía. Otra cita importante es el Día del Pastor, celebrado el 12 de octubre, donde se ofrece gastronomía local y se organizan actividades como la venta de queso amescoano y el asado de oveja. Estos festejos fomentan el encuentro social y mantienen vivas las costumbres ancestrales.
La música tradicional, interpretada con instrumentos como el txistu o la gaita navarra, acompaña el ciclo festivo durante todo el año. Los cantares populares y coplas improvisadas mantienen viva la transmisión oral, cargada de humor, memoria histórica y afecto por los paisajes de la sierra de Urbasa y Andía que enmarcan el valle.
En las Améscoas perviven danzas tradicionales como la jota navarra y las soka-dantzak, donde los participantes se toman de la mano formando un círculo. Estas danzas se interpretan en fiestas patronales (Corpus, San Pedro, etc) y eventos destacados y se conservan como parte del patrimonio. Durante estas celebraciones, también se interpretan bailes más solemnes como la Gavota y el Minueto, incorporados históricamente al repertorio local por la influencia de músicos foráneos pero asimilados y adaptados con carácter propio en la comarca.
La composición y recitado de coplas es otro elemento distintivo del folklore amescoano. Entre las coplas de cuestación comunes en la zona destacan rimas como “Aquí estamos cuatro”, que los niños entonan al ir de casa en casa pidiendo alimentos en festividades como el Jueves de Lardero:
«Aquí estamos cuatro,
a tu puerta hemos llegado,
si nos das limosna,
Dios te lo pagará.»
Otras coplas reflejan la riqueza de la tradición oral, con composiciones en euskera y castellano que se transmiten de generación en generación.
En la memoria colectiva de las Améscoas también hay espacio para la creencia en seres mágicos, entre ellas las sorginak.
En 1575, San Martín de Améscoa fue escenario de un proceso de brujería que refleja el intenso miedo y la influencia de la Inquisición y la justicia civil en la Navarra de la época.
Los acusados fueron Juan de Alduy, Martín López y María de Ecala, la coja. Varios testigos declararon atribuyendo a los acusados actividades brujeriles, como presuntas reuniones nocturnas, pactos con el diablo y maleficios dirigidos a la comunidad. A pesar de que tuvieron defensores, la sentencia fue condenatoria, viéndose los acusados obligados al destierro durante dos años. Juan de Alduy y María de Ecala murieron nada más salir de la cárcel por las duras condiciones en las que estuvieron.
Las creencias populares de la zona revelan que los paisanos veían a las brujas como criaturas sobrenaturales capaces de controlar el clima, provocar enfermedades o causar desgracias como destruir cosechas o animales.
La Sierra de Urbasa se consideró un espacio propicio para la brujería por sus antiguas cuevas, espacios liminales y bosques salvajes. Estas creencias arraigaron en la cultura local, dejándonos un rico legado etnográfico donde la frontera entre mito y realidad se diluye.
La creencia en brujas lleva aún a los paisanos a usar el eguzkilore (Carlina acanthifolia) para ahuyentar a estos espíritus nocturnos, colocándose como protección en bordas y caseríos.
Cueva de Basaula
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